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Honores1Víctor
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Tema: El conocimiento inútil

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    El conocimiento inútil

    Haciéndome eco de la petición de Tautalo, comienzo a transcribir este libro de Jean-François Revel

    El conocimiento inútil

    Jean-François Revel
    Premio Chateaubriand 1988.
    "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira"

    La resistencia a la información

    La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La civilización del siglo XX se ha basado, más que ninguna otra antes de ella, en la información, la enseñanza, la ciencia, la cultura; en una palabra, en el conocimiento, así como en el sistema de gobierno que, por vocación, da acceso a todos: la democracia. Sin duda, igual que la democracia, la libertad de información está en la práctica repartida de manera muy desigual en el planeta. Y hay pocos países en los que una y otra hayan atravesado el siglo sin interrupción, e incluso sin supresión durante varias generaciones. Pero, aunque incompleto y sincopado, el papel desempeñado por la información en los hombres que deciden los asuntos del mundo contemporáneo, y en las reacciones de los demás ante esos asuntos, es incontestablemente más importante, más constante y más general que en épocas anteriores. Los que actúan tienen mejores medios para saber sobre qué datos apoyar su acción, y los que experimentan esa acción están mucho mejor informados sobre lo que hacen los que actúan.
    Es, pues, interesante investigar si esta preponderancia del conocimiento, su precisión y su riqueza, su difusión cada vez más amplia y más rápida, han aportado, como sería natural esperar, una gestión de la humanidad por sí misma más juiciosa que antaño. La cuestión importa aún más puesto que el perfeccionamiento acelerado de las técnicas de transmisión, y el aumento continuo del número de individuos que de ella se aprovecharán, harán aún más del siglo XXI la época en que la información constituirá el elemento central de la civilización.
    En nuestro siglo se encuentran a la vez más conocimientos y más hombres que conocen esos conocimientos. En otras palabras, el conocimiento ha progresado, y aparentemente ha sido seguido en su progreso por la información, que es su diseminación entre el público. En primer lugar la enseñanza tiende a prolongarse cada vez más tiempo y a repetirse cada vez más a menudo en el curso de la vida; luego, las herramientas de comunicación de masas se multiplican y nos cubren de mensajes en un grado inconcebible antes de nosotros. Se trate de vulgarizar la noticia de un descubrimiento científico y de sus perspectivas técnicas, de anunciar un acontecimiento político o de publicar las cifras que permitan apreciar una situación económica, la máquina universal de informar se hace más y más igualitaria y generosa, de modo que anula la vieja discriminación entre la élite en el poder que sabía muy poco y el común de los gobernados que no sabía nada. Hoy, los dos saben o pueden saber mucho. La superioridad de nuestro siglo sobre los precedentes parece, pues, fundarse en que los dirigentes o responsables en todos los terrenos disponen de conocimientos más surtidos y más exactos para preparar sus decisiones, mientras que el público, por su parte, recibe con abundancia las informaciones que le sitúan en posición de juzgar lo acertado de esas decisiones. Una tan fastuosa convergencia de factores favorables ha debido, en buena lógica, engendrar ciertamente una sabiduría y un discernimiento sin parangón en el pasado y, por consiguiente, una mejora prodigiosa de la condición humana. ¿Es así?
    Sería frívolo afirmarlo. Nuestro siglo es uno de los más sangrientos de la historia; se singulariza por la extensión de sus opresiones, de sus persecuciones, de sus exterminios. Es el siglo XX el que ha inventado, o cuando menos sistematizado, el genocidio, el campo de concentración, el aniquilamiento de pueblos enteros mediante la carestía organizada; el que ha concebido en teoría y realizado en la práctica los regímenes de avasallamiento más perfeccionados que hayan abrumado jamás a tan gran cantidad de seres humanos. Esta proeza parece desmentir la opinión según la cual nuestro tiempo habría sido el del triunfo de la democracia. Y, no obstante, lo ha sido, a pesar de todo, por una doble razón. Termina, pese a tantos esfuerzos desplegados, con un mayor número de democracias, las cuales están en mejor estado de funcionamiento que en ningún otro momento de la historia. Además, incluso escarnecida, la democracia se ha impuesto a todos como valor teórico de referencia. Las únicas divergencias a su respecto se refieren a la manera de aplicarla, a la «falsa» y a la «verdadera» puesta en marcha del principio democrático. Incluso si se denuncia la mentira de las tiranías que pretenden obrar en nombre de una pretendida democracia «auténtica», o en la espera de una democracia perfecta pero eternamente futura, debe reconocerse que la especie de los regímenes dictatoriales fundados en un rechace declarado, explícito, doctrinal del principio mismo de la democracia desapareció con el hundimiento del nazismo y del fascismo en 1945, y luego del franquismo en 1975. Las supervivencias son marginales. Por lo menos, como hemos visto, las tiranías más recientes se encuentran reducidas a justificarse en nombre de la misma moral que violan, reducidas a las acrobacias verbales que, a fuerza de monotonía en lo inverosímil, engañan cada día a menos gente. A fin de cuentas, el empleo de ese doble lenguaje no soslaya el problema de la eficacia de la información. Los dirigentes totalitarios disponen de la información a título profesional lo mismo que los dirigentes democráticos, incluso si se obstinan en negársela a sus súbditos, sin, por otra parte, conseguirlo por completo. Los fracasos económicos de los países comunistas, por ejemplo, no proceden de que sus jefes ignoren las causas. Por lo general, las conocen bastante bien y lo dejan entrever de vez en cuando. Pero no quieren o no pueden suprimirlas, por lo menos totalmente, y se limitan, lo más a menudo, a combatir los síntomas por miedo a poner en peligro un orden político y social más precioso a sus ojos que el éxito económico. Por lo menos en ese caso se comprende el motivo de la ineficacia de la información. Puede que, a consecuencia de un cálculo por completo racional, se abstengan de utilizar lo que se conoce. Pues existen frecuentes circunstancias, tanto en la vida de las sociedades como en la de los individuos, en las que se debe evitar tener en cuenta una verdad que se conoce muy bien, porque redundaría contra el propio interés si se sacaran las consecuencias de la misma.
    No obstante, la impotencia de la información para iluminar la acción, o, incluso, simplemente la convicción, sería una desgracia banal si no fuera consecuencia más que de la censura, de la hipocresía y de la mentira. Aún continuaría siendo comprensible si se añadieran a estas causas los mecanismos medianamente sinceros de la mala fe, tan bien descritos desde hace tiempo por tantos moralistas, novelistas, dramaturgos y psicólogos. Sin embargo, podemos sorprendernos al comprobar la desacostumbrada amplitud alcanzada por esos mecanismos. Disponen de una verdadera industria de la comunicación. Con una severidad globalmente sumaria, pero corriente para con los profesionales de la comunicación, así como con los dirigentes políticos, el público tiende a considerar la mala fe casi como una segunda naturaleza en la mayoría de los individuos cuya misión es informar, dirigir, pensar, hablar. ¿Podría ser que la misma abundancia de conocimientos asequibles y de informaciones disponibles excitara el deseo de esconderlos más bien que de utilizarlos? ¿Podría ser que el acceso a la verdad desencadenara más resentimiento que satisfacción, la sensación de un peligro más que la de un poder? ¿Cómo explicar la escasez de información exacta en las sociedades libres, en las que han desaparecido en gran parte los obstáculos materiales para su difusión, de manera que los nombres pueden conocerla fácilmente si sienten curiosidad por ella o simplemente si no la rechazan? Sí, es por este interrogante como se llega a las orillas del gran misterio. Las sociedades abiertas, para utilizar el adjetivo de Henri Bergson y de Karl Popper, son a la vez la causa y el efecto de la libertad de informar y de informarse. Sin embargo, los que recogen la información parecen tener como preocupación dominante el falsificarla, y los que la reciben la de eludirla. Se invoca sin cesar en esas sociedades un deber de informar y un derecho a la información. Pero los profesionales se muestran tan solícitos en traicionar ese deber como sus clientes tan desinteresados en gozar de ese derecho. En la adulación mutua de los interlocutores de la comedia de la información, productores y consumidores fingen respetarse cuando no hacen más que temerse despreciándose. Sólo en las sociedades abiertas se puede observar y medir el auténtico celo de los hombres en decir la verdad y acogerla, puesto que su reinado no está obstaculizado por nadie más que por ellos mismos. Además, y esto no es lo menos intrigante, ¿cómo pueden actuar hasta tal punto contra su propio interés? Pues la democracia no puede vivir sin una cierta dosis de verdad. No puede sobrevivir si esa verdad queda por debajo de un nivel mínimo. Este régimen, basado en la libre determinación de las grandes opciones por la mayoría, se condena a sí mismo a muerte si los ciudadanos que efectúan tales opciones se pronuncian casi todos en la ignorancia de las realidades, la obcecación de una pasión o la ilusión de una impresión pasajera. La información en la democracia es tan libre, tan sagrada, por haberse hecho cargo de la función de contrarrestar todo lo que oscurece el juicio de los ciudadanos, últimos decisores y jueces del interés general. Pero ¿qué sucede si es la misma información la que se las ingenia para oscurecer el juicio de los jueces? Ahora bien, ¿acaso no se ve muy a menudo que los medios de comunicación que cultivan la exactitud, la competencia y la honradez constituyen la porción más restringida de la profesión, y su audiencia, el más reducido sector del público? ¿No se observa que los periódicos, emisiones, revistas o debates televisivos, las campañas de prensa que agitan las profundidades y originan los más poderosos oleajes, se caracterizan, salvo excepciones, por un contenido informativo cuya pobreza corre parejas con su falsedad? Incluso lo que se llama periodismo de investigación, presentado como ejemplo típico de valentía y de intransigencia, obedece en buena medida a móviles no siempre dictados por el culto desinteresado a la información, aunque ésta fuera auténtica. Frecuentemente se pone de relieve un dossier porque es susceptible, por ejemplo, de destruir a un hombre de Estado, y no por su importancia intrínseca; se deja de lado o se minimiza tal otro dossier, infinitamente más interesante para el interés general, pero desprovisto de utilidad personal o sectaria a corto plazo. Desde fuera, el lector distingue apenas, o en absoluto, la operación noble de la operación mezquina. Pero dígase lo que se quiera del periodismo (y más adelante diré mucho más), debemos guardarnos de incriminar a los periodistas. Si un número demasiado reducido de ellos, en efecto, sirve realmente al ideal teórico de su profesión es porque -repito- el público apenas los incita a ello; y es, pues, en el público, en cada uno de nosotros, donde hay que buscar la causa de la supremacía de los periodistas poco competentes o poco escrupulosos. La oferta se explica por la demanda. Pero la demanda, en materia de información y de análisis, emana de nuestras convicciones. ¿Y cómo se forman éstas? Tomamos nuestras decisiones más importantes en medio de tales abismos de aproximación, de prevención y de pasión que luego, en un hecho nuevo, husmeamos y sopesamos menos su exactitud que su capacidad para acomodarse o no a un sistema de interpretación, a un sentimiento de comodidad moral o a una red de alianzas. Según las leyes que gobiernan a la mezcla de palabras, de apegos, de odios y de temores que llamamos opinión, un hecho no es real ni irreal: es deseable o indeseable. Es un cómplice o un conspirador, un aliado o un adversario, no un objeto digno de conocer. Esta prelación de la utilización posible sobre el saber demostrable, a veces la erigimos incluso en doctrina; la justificamos en su principio.
    Que nuestras opiniones, aunque sean desinteresadas, proceden de influencias diversas, entre las cuales el conocimiento del sujeto figura demasiado a menudo en último lugar, detrás de las creencias, el ambiente cultural, el azar, las apariencias, las pasiones, los prejuicios, el deseo de ver cómo la realidad se amolda a nuestros prejuicios y la pereza de espíritu, no es nada nuevo, desde el tiempo en que Platón nos enseñó la diferencia entre la opinión y la ciencia. Tanto menos nuevo cuanto que el desarrollo de la ciencia desde Platón no cesa de acentuar la distinción entre lo verificable y lo inverificable, entre el pensamiento que se demuestra y el que no se demuestra. Pero comprobar que hoy vivimos en un mundo más modelado que antaño por las aplicaciones de la ciencia no equivale a afirmar que más seres humanos piensen de manera científica. La inmensa mayoría de nosotros utiliza las herramientas creadas por la ciencia, se cuida gracias a la ciencia, hace o no hace niños gracias a la ciencia, sin tomar parte, intelectualmente hablando, en el orden de las disciplinas de pensamiento que engendran los descubrimientos que disfrutamos. Por otra parte, incluso la ínfima minoría que practica estas disciplinas y accede a este orden adquiere sus convicciones no científicas de manera irracional. Sucede que el trabajo científico, por su naturaleza particular, conlleva e impone de manera predominante criterios imposibles de eludir de modo duradero. De la misma manera que un corredor pedestre, por muy demente o estúpido que sea fuera del estadio, acepta en el momento de entrar en él la ley racional del cronómetro. De nada le serviría multiplicar, como el político o el artista, los anuncios y los carteles publicitarios, o convocar reuniones públicas para proclamar que él es campeón del mundo, que corre los cien metros en ocho segundos, cuando todos saben y pueden comprobar que nunca se los cronometran en menos de once. Obligado, por la misma ley de la pista, a la racionalidad, es muy capaz en el metro de emplear la escalera mecánica en sentido inverso. Un gran sabio puede forjarse sus opiniones políticas y morales de manera tan arbitraria y bajo el imperio de consideraciones tan insensatas como los hombres carentes de toda experiencia sobre el razonamiento científico. No existe dentro de su persona una osmosis entre la actividad en que su disciplina le obliga a no afirmar nada sin pruebas y sus opiniones sobre las cosas de la vida y los asuntos corrientes, en que obedece a las mismas incitaciones que cualquier otro hombre. Puede, igual que éste, de manera idénticamente imprevisible, inclinarse por el buen sentido o por la extravagancia, y eludir la evidencia cuando ésta contradice sus creencias, sus preferencias o sus simpatías. Por consiguiente, vivir en una época modelada por la ciencia no nos hace a ninguno de nosotros más aptos para comportarnos de manera científica fuera de los ámbitos y de las condiciones donde reina inequívocamente la obligación de los procedimientos científicos. El hombre, hoy, cuando tiene opción no es ni más ni menos racional ni honesto que en las épocas definidas como precientíficas. Incluso se puede afirmar, para volver a la paradoja ya evocada, que la incoherencia y la falta de honradez intelectual son tanto más alarmantes y graves en nuestros días precisamente porque tenemos ante nuestros ojos, en la ciencia, el modelo de lo que es un pensamiento riguroso. Pero el investigador científico no es, por naturaleza, más honrado que el hombre ignorante. Es alguien que se ha encerrado voluntariamente en unas reglas tales que le condenan, por así decirlo, a la honradez. Por temperamento un ignorante puede ser más honrado que un sabio. En las disciplinas que, por su mismo objeto, no presuponen una sujeción demostrativa total, que se imponga desde el exterior a la subjetividad del investigador, por ejemplo, las ciencias sociales y la historia, se ve fácilmente reinar la ligereza, la mala fe, la trituración ideológica de los hechos, las rivalidades de clan, que ocasionalmente se anteponen al puro amor de la verdad, que se pretende reverenciar.
    Conviene recordar estas nociones elementales porque no se comprenderán nada las angustias de nuestra época, que se supone científica, si no se ve que por «comportamiento científico» no hay que entender exclusivamente el conjunto de diligencias propias de la investigación científica en un sentido estricto. Comportarse científicamente, en otras palabras, unir racionalidad y honradez, es no pronunciarse sobre una cuestión más que después de haber tomado en consideración todas las informaciones de que se puede disponer, sin eliminar deliberadamente ninguna, sin deformar ni expurgar ninguna, y después de haber sacado lo mejor que se sepa y de buena fe las conclusiones que parezcan autorizar. Nueve de cada diez veces la información no será suficientemente completa y su interpretación lo bastante indudable para conducir a una certeza. Pero si el juicio final tiene, pues, en raras ocasiones un carácter plenamente científico, en cambio la actitud que a él nos lleva puede tener siempre ese carácter. La distinción platónica entre la opinión y la ciencia o, para traducirlo mejor (en mi opinión), entre el juicio conjetural (doxa) y el conocimiento cierto (episteme), proviene de la materia sobre la que se opina y no de la actitud del que opina. Se trate de simple opinión o de conocimiento cierto, en ambos casos Platón supone la lógica y la buena fe. La diferencia resulta de que el conocimiento cierto se refiere a objetos que se prestan a una demostración irrefutable, mientras que la opinión se mueve en esferas donde no podemos reunir más que un conjunto de probabilidades. Y, sin embargo, aún queda que la opinión, aunque simplemente plausible y desprovista de certeza absoluta, puede ser alcanzada o no de manera tan rigurosa como fuera posible, basándose en un honrado examen de todos los datos a que se tuviera acceso. La conjetura no es lo arbitrario. No requiere ni menos probidad, ni menos exactitud, ni menos erudición que la ciencia. Por el contrario, requiere tal vez más, en la medida en que la virtud de la prudencia constituye su principal parapeto. Pues el interés por la verdad, o por su aproximación menos imperfecta, la voluntad de utilizar de buena fe las informaciones a nuestro alcance, derivan de inclinaciones personales totalmente independientes del estado de la ciencia en el momento en que se vive. Según toda probabilidad, el porcentaje de seres humanos provistos de esas inclinaciones no debía, en las épocas precientíficas, ser inferior al de hoy. O más bien quisiéramos saber si la existencia ante nuestros ojos de un modelo de conocimiento cierto determina entre nosotros la aparición de un mayor porcentaje de personas inclinadas a pensar de modo racional. Sin arriesgarnos a emitir hipótesis sobre ello, de momento sólo recordemos que de todos modos la mayor parte, con mucho, de las cuestiones sobre las cuales la humanidad contemporánea forma sus convicciones y toma sus decisiones corresponde al sector conjeturable y no al sector científico del pensamiento. Pero no por ello dejamos de gozar de una superioridad considerable sobre los hombres que vivieron antes que nosotros, pues en ese mismo sector conjeturable podemos explotar una riqueza de informaciones que les era desconocida. Incluso prescindiendo de la ventaja que constituye la ciencia, nuestras posibilidades son, por consiguiente, mayores que nunca, también en las otras esferas, de encontrar bastante a menudo lo que Platón llamaba la «opinión verdadera», es decir, la conjetura que, sin basarse en una demostración obligatoria, resulta ser exacta. Pero ¿aprovechamos estas posibilidades tanto como podríamos? De la respuesta a esta pregunta depende la supervivencia de nuestra civilización.

    http://www.conoze.com/doc.php?doc=3742

  2. #2
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    Re: El conocimiento inútil

    ¿Qué es nuestra civilización?




    Puede parecer fútil hablar de «nuestra civilización», ya que la humanidad entera no puede considerarse como una sola y misma civilización ni desde el punto de vista de las instituciones políticas, ni desde el de la riqueza y el nivel técnico, ni por sus leyes civiles y penales, ni por sus costumbres, y todavía menos por sus creencias, sus mentalidades, sus religiones, sus morales, sus artes. Más aún, la tendencia a reivindicar la diversidad, la particularidad y la «identidad» culturales, como se acostumbra ahora a decir, ha prevalecido, desde mediados del siglo XX, sobre la aceptación de criterios universales de civilización, aunque sean vagos. La descolonización ha acentuado aún más la recusación de lo que, simplificando, se llama «modelo occidental», entendido a la vez como receta de desarrollo económico y como supuesta preponderancia de un racionalismo que se remonta, según se dice, al siglo de las Luces, y que el mismo Occidente discute. ¿Acaso no se ha llegado a suscribir humildemente esta condena del etnocentrismo, esta relatividad de las culturas, esta proclamación de la equivalencia de todas las morales? Los occidentales son paradójicamente casi los únicos en haberlo hecho, pues los portavoces de las culturas no occidentales, por lo menos en sus proclamaciones más agudas, parecen haberse hecho cargo y devuelto la primacía a la intolerancia etnocéntrica que había constituido la regla en las comunidades humanas del pasado, condenando como necias, impuras, incluso impías las maneras de vivir de los demás, y por encima de todo el «modelo occidental». Tal es el caso, en particular, del Islam en las manifestaciones más virulentas de su renacimiento moderno, pero no sólo del Islam.
    No parece, pues, el momento adecuado para hablar de una civilización común, cuando la humanidad se lanza de nuevo deliberadamente hacia la fragmentación, glorifica la incomprensión recíproca y voluntaria de las culturas. ¿Hemos estado nunca más alejados de un sistema de valores universalmente compartidos? Sin embargo, la contradicción sólo es flagrante en apariencia. Por diversas que sean, todas las civilizaciones viven hoy en una perpetua interacción, cuya resultante común, a la larga, pesará más sobre cada una de ellas que sus particularidades separadoras. Se admite ya como evidente la existencia de esta interacción en las esferas económicas, geopolíticas y geoestratégicas. En cambio, se tiene menos en cuenta, a despecho de todas las habladurías, hasta qué punto la información se ha convertido en el instrumento principal, como agente permanente de la omnipresencia del planeta en sí mismo. No la verdadera información, por cierto -justamente ahí radica el problema-, sino el continuo torrente de mensajes que empieza a inundar a los espíritus desde la escuela, pues la enseñanza no es más que una de las ramas de la información. Cada minuto el hombre contemporáneo tiene una imagen del mundo y de su sociedad en el mundo. Actúa y reacciona en función de esa imagen. No cesa de transformarla o de confirmarla. Cuanto más falsa es, más peligrosas son sus acciones y sus reacciones tanto para él como para los demás. Pero ya no puede dejar de tener la imagen, o no tenerla más que limitada a las únicas realidades que le rodean. Por lo menos, ese caso es en la actualidad rarísimo y en vías de extinción.
    La reivindicación de la «identidad cultural» sirve, por otra parte, a las minorías dirigentes del Tercer Mundo para justificar la censura de la información y el ejercicio de la dictadura. Con el pretexto de proteger la pureza cultural de su pueblo, esos dirigentes lo mantienen tanto como les es posible en la ignorancia de lo que sucede en el mundo y de lo que éste piensa de ellos. Dejan filtrar, o inventan si es preciso, las informaciones que les permiten disimular sus fracasos y perpetuar sus imposturas. Pero el mismo encarnizamiento que despliegan en interceptar, en falsificar e incluso en confeccionar totalmente la información demuestra hasta qué punto son conscientes de depender de ella; más aún, si cabe, que de la economía o del ejército. ¡Cuántos jefes de Estado de nuestra época han debido su gloria no a lo que hacían, sino a lo que hacían decir!
    La destrucción de la información verdadera y la construcción de la información falsa derivan, pues, de análisis muy racionales y perfectamente conformes al «modelo occidental» que se supone que rechazan. Occidente ha comprendido desde hace tiempo que en una sociedad que respira gracias a la circulación de la información, regular esta circulación constituye un elemento determinante del poder. En ese punto, por lo menos, los protectores de la identidad cultural no han tenido ningún reparo en seguir las enseñanzas de la «racionalidad» occidental.
    En cuanto a la irracionalidad de Occidente, si fuera preciso citar una de sus manifestaciones, bastaría con mencionar nuestras controversias sobre el racionalismo. Que después de tres milenios de adiestramiento en la discusión filosófica los espíritus educados en la tradición occidental no hayan perdido el vicio de disertar sobre nociones abstractas sin haberlas definido, confirma que una civilización puede estar enteramente construida sobre métodos de pensamiento que no obstante no son efectivamente practicados más que por una ínfima minoría de sus miembros. En particular, los filósofos de nuestro tiempo, tan preocupados por el espíritu elegante como olvidadizos de las técnicas rudimentarias de la discusión y de la investigación intelectuales que nos enseñaron Platón y Aristóteles, no han ayudado mucho a sus contemporáneos a reflexionar con seriedad. No nos sorprendamos, pues, de ver con tanta frecuencia cómo los cambios de impresiones sobre conceptos elementales se encallen en la más desesperante confusión. Pero -se objetará- ¿por qué hay que reflexionar con seriedad? Acepto la objeción: no hay ninguna obligación, sino en relación a ciertos objetivos determinados. Construir un avión no deriva de ningún imperativo inherente a la condición humana. Podemos prescindir de ello. Pero si se decide hacerlo, no se construirá un avión capaz de volar si no se observan las normas del pensamiento racional. Lo que, a fin de cuentas, no implica la consecuencia de que la racionalidad gobierne todas las actividades del ingeniero aeronáutico, afortunadamente para él: puede pintar, componer música o escucharla, practicar una religión, sin dejar por ello de diseñar aviones. Hagamos votos porque los mexicanos no se conviertan en racionales, sobre todo cuando se trata del arte, pero dudo de que se puedan sanear las finanzas de México de otro modo que no sea por un cálculo racional. Que un ministro de Economía cingalés amigo mío consulte a un brujo para contrarrestar el hechizo que sufre su suegra, puede sorprenderme, pero su «identidad cultural» en ese asunto ni me concierne ni me molesta, aunque me parezca irracional e ineficaz, incluso respecto al problema de la suegra. En cambio, cuando ese mismo ministro participa en una conferencia del Fondo Monetario Internacional, se inserta sin escapatoria posible en el contexto universal de la racionalidad económica. Entonces, como profesional, aprueba aquellos axiomas. Rechazarlos presupondría excluirse del sistema o provocar la parálisis del mismo. En la esfera racional, sólo puede actuarse racionalmente, pero es evidente que la realidad y la vida conllevan muchas otras esferas.
    Además, esta distinción no implica que todos los hombres se comporten indefectiblemente de manera racional incluso en las materias en las que sólo la razón puede y debería regir. Si tal fuera el caso, la humanidad se habría salvado hace ya largo tiempo. Ahora bien, la humanidad no actúa tanto como se dice en razón de sus intereses. Al contrario, en general da pruebas de un desconcertante desinterés, puesto que no cesa de extraviarse con testarudez en toda clase de empresas aberrantes que, por otra parte, paga muy caras. En cuanto a la racionalidad, repitamos que numerosas actividades del hombre no la atestiguan en absoluto y que, en las que sí lo hacen, persistimos en apartarnos de ella cada vez que esperamos hacerlo impunemente.
    Casi da vergüenza deber insistir en tales perogrulladas. El caso es que la palabra racionalismo no ha cesado de cambiar de significado. Puede, por ejemplo, designar los grandes sistemas metafísicos del siglo XVII y querer decir, como en Descartes o Leibniz, que el universo es racional porque Dios mismo es Razón. Puede igualmente designar, en el siglo siguiente, lo contrario, de manera que el «culto de la Razón» adquiere entonces una acepción ante todo antirreligiosa y atea. La Razón deviene la facultad humana por excelencia, y las «Luces» se oponen a las «supersticiones», a la barbarie, a las restricciones «liberticidas» que no autoriza ninguna ley. Universal, idéntica en todos los hombres, a condición de no enturbiar su transparencia, la Razón, según esta filosofía, es la única competente para explicar la naturaleza, formular la ley moral, definir el sistema político, garantizar a la vez los derechos del hombre y la autoridad legítima de los gobernantes. A partir de principios del siglo XIX (el vocablo se forja y se extiende, por otra parte, en esa época) los adeptos del racionalismo son ante todo los enemigos de los dogmas y los fieles de la ciencia.
    Incluso si ha perdido muy recientemente su carácter antirreligioso, la concepción intelectual y moral del racionalismo heredada de las Luces permanece presupuesta y subyacente en todo el mundo contemporáneo. Cuando un país siniestrado necesita medicamentos y víveres apela a la racionalidad occidental y no a su propia identidad cultural. Lo racional sirve de referencia explícita o implícita cada vez que se firma en alguna parte una petición contra una opresión, una violación de los derechos del hombre, una persecución, un golpe de Estado, una dictadura, el racismo, una guerra, una injusticia social o económica. Por supuesto, la mayor parte de las sociedades, de los gobiernos, de los partidos, de las camarillas, se sirven de ese patrón para juzgar y condenar al prójimo mucho más que a ellos mismos. Sin embargo, es precisamente este instrumento de medida el que aceptan, incluso si ellos mismos hacen trampa en la manera de utilizarlo. En otro sentido aún, la palabra racionalismo, en los siglos XIX y XX, se utiliza peyorativamente para designar la actitud cerrada, llamada en francés como escarnio «cientificismo», idea fija que consiste en reducir toda la actividad del espíritu a su componente lógico, ignorando la originalidad y la función del mito, de la poesía, de la fe, de la ideología, de la intuición, de la pasión, del culto de lo bello e incluso de la sed de lo feo y del mal, del deseo de servidumbre y del amor por el error. Pero a partir de la crítica de esa visión estrecha se pasa demasiado fácilmente a la tesis más o menos confesada según la cual no existiría, en resumidas cuentas, ninguna diferencia entre las conductas racionales y las otras; o, por mejor decirlo, que no existirían conductas realmente racionales ni conocimientos realmente científicos. Todas las conductas serían irracionales y todos los conocimientos serían maneras de ver de igual valor. Las conductas llamadas racionales no lo serían más que en apariencia y las maneras de ver se derivarían de una opción siempre pasional e ideológica.
    Aunque esta última hipótesis fuera exacta -empecemos por subrayarlo- no quitaría su carácter racional a un cierto grupo de conductas y de conocimientos, ni su eficacia probablemente superior. Incluso si es un sectarismo cientificista lo que me impulsa a explicar mi gripe por un virus más que por un maleficio echado por un vecino malintencionado, ciertamente aumentaré mis posibilidades de curarla atacando al virus y no al vecino. Aunque haya millones de personas, hasta en las ciudadelas del racionalismo occidental, que creen o se figuran creer en la astrología, esos mismos individuos cuando quieren cubrirse contra un eventual peligro futuro antes que a su astrólogo van a consultar a su agente de seguros. El más feroz defensor del ocultismo prefiere antes de emprender un viaje confiar la revisión de su coche a un mecánico que a un mago. Del mismo modo, los guías intelectuales o políticos de las sociedades en que se exalta la «identidad cultural» antioccidental viven y funcionan en dos sectores a la vez: un sector verbal, en el que cantan a la «identidad cultural», y el sector operativo, en el que saben muy bien que los tractores y los abonos son mucho más útiles a la agricultura que los discursos.
    Realmente, demasiado a menudo el sector hechizante y, en particular, ideológico, prevalece en la práctica sobre la racionalidad. Pero las nefastas consecuencias de esa preferencia aparecen, ineluctablemente, más pronto o más tarde. Incluso sucede que los responsables de este error, o sus sucesores, terminan por denunciarlo o a veces por corregirlo. Se oyen periódicamente esas palinodias en los países comunistas, y también en muchas naciones del Tercer Mundo, por ejemplo, después de las estupideces de la moda del «desarrollo auto-centrado». El altavoz que utiliza la ideología de la identidad cultural o del socialismo da paso, cuando es preciso, a otro proporcionado por la racionalidad económica. Un jefe de Estado que conozco bien, por la mañana pronuncia una diatriba ardiente contra las compañías multinacionales, y por la tarde despliega todos sus esfuerzos y su encanto para incitar al presidente de una de esas mismas compañías a invertir en su país y crear una de sus filiales en él. No veamos aquí una contradicción, sino, a lo sumo, un desdoblamiento. A causa de la identidad cultural, ese dirigente debe, primero, seguir la moda del lirismo tercermundista y, después, como hay que vivir, debe ponerse a trabajar y reintegrarse al universo lógico a fin de atraer a los capitales. Sean cuales sean las cegueras ideológicas y las extravagancias de la propaganda, existe así, por primera vez en nuestros días, un fondo común mundial de informaciones y de racionalidad en el que todos los gobiernos coinciden, por lo menos con intermitencias, y en el que incluso los más delirantes hacen de vez en cuando una incursión forzada. Todo país vive hoy bajo la influencia de ese fondo mundial de informaciones, sea para aprovecharse de él, sea para resistirle, o para tratar de adulterarlo en su provecho, pero sin conseguir jamás sustraerse a él, ni escapar al contragolpe de lo que en él se vierte en cada instante.
    Se puede, pues, sin resumir en exceso, hablar de «nuestra civilización», reflejando con esta expresión una relativa unidad, aunque se quiebre por miríadas de antagonismos y de diferencias. Pensemos que no ha pasado tanto tiempo desde que los habitantes de ciertas partes del mundo ignoraban incluso la existencia de otras partes del mundo y no tenían ninguna noción precisa, cuando la tenían, de lo que sucedía en aquellas de que habían oído hablar. Comparado con esa parcelación de anteayer en áreas aisladas, que separaban una ausencia completa, una escasez extrema o una parsimonia irrisoria de la comunicación, nuestro mundo es un todo; aunque no precisamente uniforme, sus componentes actúan en cada minuto del día y de la noche unos sobre otros, por el canal y por la fuerza de la información. Su futuro depende, pues, y esto es mucho menos corrientemente comprendido, de la utilización correcta o incorrecta, honesta o deshonesta, de esa información. ¿Cuál es entonces el destino de la información en esta civilización que vive de ella y por ella? Ésta es la cuestión capital. ¿Para qué sirve y cómo se utiliza, para el bien, para el mal, el éxito o el fracaso, para sí mismo o contra sí mismo, para instruir o para engañar al prójimo, entenderse o pelearse, alimentar o reducir al hambre, avasallar o liberar, humillar al hombre o respetarle? Esta cuestión, evidentemente, no puede ser ni planteada ni tratada de la misma manera según se tome en consideración a los dirigentes o a los pueblos, las sociedades democráticas o los regímenes totalitarios, los conocimientos directamente relacionados con los problemas políticos y estratégicos o los otros, las sociedades autoritarias tradicionales o las dictaduras modernas, los países que alcanzaron tiempo ha un buen nivel de educación o los que aún soportan una enseñanza insuficiente, los que disponen de una gran densidad de diarios y de medios de información o aquellos en los que son escasos y pobres de contenido, los países laicos y los países teocráticos, y entre estos últimos, los intolerantes o los que se abren al pluralismo religioso. La cuestión, en fin, no se plantea de la misma manera según concierna a los intelectuales o a las gentes que no tienen ni tiempo, ni la pretensión, ni la responsabilidad de reunir, de comprobar, de interpretar las informaciones y de extraer de ellas las ideas que van a influenciar a la opinión pública. A pesar de estas diferencias entre las sociedades contemporáneas y entre los miembros de cada una de ellas, una gran novedad destaca: la dificultad, para ver claro y actuar juiciosamente, no se debe ya, actualmente, a la falta de información. La información existe en abundancia. La información es el tirano del mundo moderno, pero ella es, también, la sirvienta. Estamos, ciertamente, muy lejos de saber en cada caso todo lo que necesitaríamos conocer para comprender y actuar. Pero abundan aún más los ejemplos de casos en que juzgamos y decidimos, tomamos riesgos y los hacemos correr a los demás, convencemos al prójimo y le incitamos a decidirse, fundándonos en informaciones que sabemos que son falsas, o por lo menos sin querer tener en cuenta informaciones totalmente ciertas, de que disponemos o podríamos disponer si quisiéramos. Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira.


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  3. #3
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    Wink Re: El conocimiento inútil

    Gracias por el texto, ya te comentaré.
    Saludos
    Kurt

  4. #4
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: El conocimiento inútil

    De la mentira simple




    La noción de mentira puede parecer demasiado grosera, demasiado rudimentaria para convenir al conjunto de comportamientos de resistencia a la información que trato de describir. No los cubre todos, me apresuro a admitirlo. Entre el error involuntario y el engaño deliberado se despliegan numerosas variedades de híbridos en que ambos se mezclan según todas las dosificaciones posibles. Se sabe qué lugar ocupan en nuestra actividad psíquica las delicadas asociaciones de falsedad y sinceridad; la necesidad de creer, más fuerte que el deseo de saber; la mala fe, por la cual tomamos la precaución de disimularnos la verdad a nosotros mismos para estar más seguros de nuestra firmeza cuando la neguemos delante del prójimo; la repugnancia a reconocer un error, salvo si podemos imputarlo a nuestras cualidades; finalmente -y sobre todo- nuestra capacidad para implantar en nuestro espíritu esas explicaciones sistemáticas de lo real que se llaman ideologías, especie de máquinas para escoger los hechos favorables a nuestras convicciones y rechazar los otros. La curiosidad que muestran, desde siempre, por estos aspectos de nuestra vida espiritual filósofos, historiadores, moralistas, sociólogos, les ha inspirado tantas reflexiones sardónicas o amargas, análisis perspicaces y fórmulas picantes, ha sugerido a los dramaturgos y a los novelistas tantas escenas cómicas o lúgubres, que hemos llegado a ser un poco ingratos con la mentira en estado bruto, servida al natural, la que se practica con toda la intención de engañar. Tendemos a infravalorar su lugar y a subestimar su rendimiento. Una observación puede ayudarnos a reparar esa injusticia, recordemos que todas las maniobras y contorsiones mentales y morales que hemos evocado tienen una finalidad común: dispensarnos de utilizar la información y, sobre todo, impedir dejarla utilizar, es decir, dejarla circular. Es bien evidente que a tal efecto la mentira simple constituye el medio más económico. Por agradables que sean las ingeniosas figuras del ballet inmemorial y sin cesar renovado que danza el hombre para evitar la verdad, incluso cuando ésta se erige en medio de su camino, convengamos en que es aún más cómodo desembarazarse de ella antes de que se haga visible. La ideología y la mala fe son soluciones complejas, costosas en energía, en tiempo y hasta en inteligencia. Su empleo no se justifica más que en caso de fracaso de la mentira pura. Por lo demás, ese fracaso es mucho menos frecuente de lo que insinúan los adeptos de las sutilezas superfluas.
    Ninguna mentira podría imponerse, de manera duradera, en las ciencias exactas. De vez en cuando, en ellas se producen supercherías. Pueden engañar algún tiempo a la comunidad científica, pero dependen en última instancia de la psicopatología. Sus autores saben en el fondo de sí mismos que no dejarán de ser aireadas en breve plazo y que pagarán su efímera gloria con el deshonor definitivo. Un raro ejemplo de longevidad de una estafa científica fue, en la Unión Soviética, el de la teoría biológica de Lyssenko, que se impuso desde 1935 hasta 1964: o, más exactamente, que fue impuesta por un Estado totalitario a todo un país como doctrina oficial. Pero el lyssenkismo no gozó jamás del menor crédito en los medios científicos internacionales. Lyssenko -que rechazaba la teoría cromosómica, negaba la existencia de los genes y condenaba en términos chocarreros la «desviación fascista y trotskista-bukharinista de la genética»- debió la hegemonía local de su biología delirante, menos a su habilidad como impostor que a la voluntad política de Stalin y de Jruschov. Fue un éxito del poder más que del charlatanismo, de la fuerza más que del talento. Pero no fue menos un éxito excepcional de la mentira. Durante treinta años, una inmensa población, privada de toda información científica externa, fue obligada a vivir el sueño de un iluminado sostenido por un Estado totalitario. Los auténticos biólogos fueron perseguidos, encarcelados, deportados, fusilados; los manuales escolares, las enciclopedias, los cursos universitarios, expurgados de toda referencia a la ciencia verdadera, reputada «ciencia burguesa» y opuesta a la «ciencia proletaria». El sublime desinterés de esta mentira intelectual fue atestiguado, además, por los efectos desastrosos del lyssenkismo sobre la agricultura soviética. Por otra parte, nada más conmovedor, para los que todavía creen en las virtudes redentoras de la renunciación, que la ascesis con que Stalin y Jruschov destrozaron su agricultura por todos los medios, incluidos los científicos. Pues la «agrobiología» de Lyssenko, decretada agronomía de Estado, profesaba la inutilidad de los abonos, prohibía las hibridaciones, puesto que era notorio, según la doctrina, que una especie se transformaba por sí misma en otra, sin cruces: el centeno en trigo, la col en nabo, el pino en abeto, y recíprocamente. El gran hombre prescribía a los campesinos el «trigo hendido de los faraones», lo que hizo bajar a la mitad los rendimientos, ya fuertemente disminuidos por la colectivización forzosa de las tierras, que lo había precedido. La tragicomedia lyssenkiana nos cuenta la extraña historia, difícil de creer en nuestro siglo, de una teoría científica impuesta a un país por los mismos medios que la prohibición del alcohol en Estados Unidos, pero con un coeficiente de éxito más elevado, por ser la policía de un Estado totalitario incomparablemente más eficaz que la de una democracia.
    Si por esta razón en una democracia ninguna superchería en las ciencias exactas puede recibir por vía obligatoria el estatuto de doctrina oficial, universal y obligatoria en cambio, en las ciencias humanas, sociales, económicas, históricas, regidas por un sistema de prueba menos riguroso por naturaleza, se llega a engañar a la opinión pública, e incluso a la opinión científica, sin ninguna necesidad de recurrir a la coacción estatal. Ciertamente, no se elude emplear eventualmente la coacción jerárquica, es decir, explotar una posición universitaria elevada en la burocracia del espíritu para promover sus concepciones y sus discípulos. Pero esto no es más que un coadyuvante, y lo esencial continúa siendo la fuerza de persuasión que se incorpora a una seudodemostración.
    Así, se vio surgir en el siglo XX una de las mayores y a la vez más nefastas mentiras científicas de los tiempos modernos: el mito ario. El estudio del sánscrito y de los parentescos estructurales que las comparaciones revelaban había permitido identificar el grupo de lenguas denominadas indoeuropeas. Este descubrimiento indujo a varias generaciones de sabios a postular, detrás de esa vasta unidad lingüística, la unidad correspondiente de un sustrato racial. Fabricaron así, de pies a cabeza, a los «arios», raza asiática, vagamente indo-persa, fundamento inesperado de la superioridad de los... germanos. Europa se inventó unos antepasados, a los cuales opuso otra fantasía seudocientífica, infiriendo también gratuitamente de un grupo de lenguas una raza, la raza «semítica», desprovista de todo soporte antropológico serio.
    En el siglo XX se habrá visto a sociólogos arreglar los resultados de ciertas encuestas con objeto de demostrar con cifras que, por ejemplo, los alumnos de las últimas clases de la enseñanza secundaria que entraban luego en la enseñanza universitaria procedían todos de la «burguesía». Se acreditaba así la idea de que la educación en las sociedades liberales, lejos de cumplir la función igualitaria que se le supone desde que se democratiza, no constituye, de hecho, más que un instrumento de transmisión del poder entre generaciones en el seno de la clase dominante. Por supuesto, se abstuvieron de remontarse a la generación de los abuelos, en la muestra escolar escogida, lo que habría acabado de destruir una tesis, ya de por sí frágil, sin una discreta depuración de los datos en la fase de los padres.
    En particular, el investigador no tenía en cuenta los elementos «burgueses» que no conseguían terminar sus estudios secundarios y que, por consiguiente, no lograban el acceso a la enseñanza superior. Una descripción honrada y completa repartida sobre dos o tres generaciones habría puesto en evidencia un doble movimiento: un movimiento ascendente desde las categorías más pobres hacia los diplomas que dan acceso a las carreras medias o superiores y un movimiento descendente de los niños nacidos en familias acomodadas hacia ocupaciones medianas o mediocres, en todo caso menos buenas que las de sus padres, privados de los diplomas necesarios para mejorar. Esta pintura exacta habría revelado, en el ascenso profesional vinculado a los estudios, la acción de dos factores: un factor social innegable, que procuraba a los niños de medios acomodados y cultivados condiciones más favorables que a los demás, y un factor personal, que expresaba las dotes, la inteligencia y la afición a aprender.
    El segundo factor, al filo de la evolución histórica, y a medida en que se va desarrollando la democratización de la enseñanza, ¿llega a ser, poco a poco, más determinante que el primero? Ésa es la cuestión. Pues la teoría del origen puramente socioeconómico del éxito escolar y universitario va acompañada por un postulado que consiste en negar toda desigualdad de dones intelectuales entre los niños e incluso toda diversidad de esos dones. No hay, no debe haber, alumnos buenos y malos: no hay más que víctimas o beneficiarios de las injusticias sociales. Se ve cómo la primera mentira, negando todo efecto igualador de una educación democratizada, conduce a la segunda, negando que existan disposiciones más o menos pronunciadas para el trabajo intelectual. Hay que disimular a toda costa el hecho de que numerosos niños procedentes de ambientes modestos tienen más éxitos en sus estudios y en su carrera que muchos niños procedentes de medios acomodados. Para lograrlo, se ha ido pasando de la teoría a la práctica, hasta proponer reformas de la enseñanza expresamente concebidas para impedir a los niños más dotados y más trabajadores progresar más de prisa que los otros. Como todo buen alumno es sospechoso de serlo porque pertenece a las clases privilegiadas, y el buen alumno que no pertenece a ellas es culpable de desmentir la teoría, la justicia exige -más adelante veremos cómo- que todos los alumnos se vuelvan malos, a fin de que todos puedan volver a empezar juntos y con buen pie hacia un porvenir igualitario y radiante.
    Aunque en las ciencias sociales la frontera entre la mentira flagrante y la deformación ideológica más o menos consciente, que constituye un fenómeno diferente, es bastante vaga, podemos hablar de mentira cuando nos ocupamos de una falsificación palpable de cifras, de datos; de hechos. Un sector en el que la ciencia económica ha hecho florecer, con una exuberancia desbordante, ese tipo de mentira es el que trata de los países en vías de desarrollo. Fueron motivos ante todo políticos los que inspiraron la gran impostura del tercermundismo, pero las mentiras científicas de ciertos economistas, demógrafos o agrónomos han proporcionado a esa impostura muchos eslóganes que la han sostenido y esparcido. Expresiones tales como «decenas de millones de niños mueren cada año de desnutrición en el mundo», «los países ricos son cada vez más ricos y los países pobres cada vez más pobres», «la situación alimentaria mundial no cesa de degradarse», «cada día hay más miseria en el Tercer Mundo», «la vaca del rico se come el grano del pobre», «intercambio desigual», «pillaje de las materias primas», «dependencia», «fracaso de la revolución verde», «cultivos alimenticios sacrificados a los cultivos de exportación», «el Fondo Monetario Internacional culpable del hambre del Tercer Mundo», «las compañías multinacionales manipulan en su provecho los cursos mundiales», traducen, en el mejor de los casos, teorías demasiado vagas para que se pueda comprobarlas o refutarlas, y, en el peor, que es el más frecuente, cínicas contraverdades, que se oponen a la experiencia más fácilmente comprobable. De momento, aún no he examinado el tejido conjuntivo que une insensiblemente la sociología con la ideología, el conocimiento con la alucinación: me he limitado a mencionar algunos ejemplos de mentiras científicas entre las más materialmente tangibles.
    La mentira científica es, pues, tanto más marginal cuanto más veraz y objetiva es una ciencia. Es tanto más artera cuanto más una ciencia depende de las conjeturas, y tanto más tentadora cuanto más se preste a ser explotada como fuente de argumentos en el debate político. Por su misma naturaleza, ciertas esferas, aunque sobre ellas dispongamos de conocimientos precisos, favorecen la floración de temas sugeridos sobre todo por la imaginación, la pasión y la propaganda. Por ejemplo, las discusiones sobre los peligros de las centrales y, con mayor razón, de los armamentos nucleares, aunque legítimas y necesarias, unen con frecuencia la ficción a la realidad, con objeto de asustar al público más que de informarle con exactitud. A veces sucede que unos sabios se convierten en propagadores de esas deformaciones, a las que aportan el aval de su celebridad. Pero, repetimos, no se puede decidir fácilmente, en esos abusos de confianza, lo que se debe a la mentira voluntaria, a la autosugestión ideológica o a la debilidad de carácter frente a las presiones. Salvo alguna excepción, la explotación de la autoridad científica con fines de propaganda no científica depende menos de la mentira simple que de la compleja. Me ocuparé, pues, de ello en su lugar.
    En cambio, la mentira simple, voluntaria, conscientemente empleada como medio de acción, es una práctica corriente en la esfera política, ya emane de los Estados, de los partidos, de los sindicatos, de las administraciones públicas o de otros centros de poder. Es trivial decir que-la mentira es parte integrante de la política, que constituye tanto un medio de gobierno como de oposición, un instrumento en las relaciones internacionales, que es un derecho, incluso un deber, cuando están en juego intereses superiores, una especie de obligación profesional, aunque sea bajo la forma del secreto. Sin embargo, lo que sucede es que nos acostumbramos incluso a esas triviales comprobaciones y ello acaba por disimular la amplitud y la influencia de la plaga comprobada. El engaño ambiental y pegajoso que sumerge a la humanidad no puede dejar de alterar la percepción que ella tiene de su propio estado y de los factores que lo determinan.
    Desde el punto de vista de la libertad de informar e informarse, y sobre todo de la posibilidad de ser informado, es decir, de la posibilidad de que una información variada y relativamente exacta llegue por sí misma a todos en la vida cotidiana como un hecho natural, incluso cuando no se la busca, el mundo se divide en tres sectores: el sector de la mentira de Estado, organizada y sistemática; el sector de la información libre; el sector de la subinformación. En el primer sector, el de los regímenes totalitarios, dominan la censura -que es una defensa pasiva contra las informaciones indeseables- y la propaganda, que es una técnica activa que consiste en reconstruir e incluso inventar totalmente la actualidad, para hacerla acorde con la imagen deseada por el poder. En el sector libre reina la información muy abundante y de bastante buena calidad que caracteriza a las sociedades democráticas, con variantes que dependen, particularmente, del grado de control de los medios audiovisuales por parte del Estado, los partidos, las religiones o los sindicatos. El tercer sector es una mezcla de los dos primeros, con diversas dosificaciones de dictadura y de libertad, según los países, pero sobre todo adolece de una gran pobreza. Censurada o no, la información se caracteriza, en ese caso, por su indigencia. Podría pensarse que ese tercer sector corresponde, de manera netamente definida, al Tercer Mundo. Sería un error. En primer lugar, una gran parte del Tercer Mundo, en el sentido económico, forma parte de los sistemas totalitarios comunistas. Luego, varios países del Tercer Mundo, y no de los menos importantes -pensemos especialmente en India, Brasil, Filipinas-, gozan de instituciones democráticas, aunque sean recientes, frágiles y sujetas a eclipses. Estos países disponen de una prensa y de unos medios de comunicación a menudo más abundantes, variados e incluso independientes del poder que ciertos países desarrollados. Finalmente, cuando las dictaduras se instalan donde existía una tradición de libertad de prensa -en Chile desde 1973, en Uruguay o en el Perú en los años setenta- la censura no consigue siempre suprimir la información tanto como ella quisiera. Debe soportar, incluso si les persigue y acaba finalmente por prohibirlos, ciertos títulos antiguos, conocidos en el extranjero y defendidos por periodistas y propietarios coriáceos. En todo caso, en conjunto y en su lógica dominante, incluso a veces allí donde la información es libre o podría serlo, el Tercer Mundo está aquejado por una carestía de noticias que agrava la omnipotencia de los eslóganes simplistas de la propaganda.
    De entrada, lo que impresiona en ese desglose escueto en tres sectores principales es que el sector de la información libre es minoritario, como lo es la misma democracia política, lo que no constituye ninguna novedad. Además, como ya he hecho observar en un libro precedente[1], el recuento habitual de los países democráticos en el mundo, que apenas sobrepasa la tercera parte de los miembros de las Naciones Unidas, peca todavía de optimismo. Porque entre esos países se encuentran muchos que figuran entre los menos poblados del planeta: tales como Suiza, Bélgica, Dinamarca o Austria, por ejemplo, o Canadá, inmenso, pero del que se olvida que sólo tiene 25 millones de habitantes. Cuando se evalúa, en proporción a la población mundial, cuántos son los seres humanos libremente informados, se encuentra un porcentaje más bajo aún del que se supondría después de la primera ojeada a la lista. No obstante, dos progresos han venido a corregir esta triste impresión: la democracia se ha recuperado ligeramente, en superficie, desde 1975; por otra parte, los emisores de información del mundo libre se desbordan cada vez más sobre el mundo totalitario y sobre las dictaduras tercermundistas, que, por lo demás, se quejan de ello: las agencias de prensa, la misma prensa, aunque con cuentagotas, las radios, incluso las televisiones -en la vecindad de las fronteras y pronto vía satélite- encaminan hacia los públicos del mundo totalitario o subdesarrollado, o los dos a la vez, una parte de las noticias y de los comentarios que sus gobiernos preferirían dejarles ignorar. Sin embargo, tengamos también en cuenta un movimiento en sentido inverso: la propaganda del mundo totalitario penetra sin obstáculos en el mundo libre, el cual a menudo se muestra muy receptivo.
    Otro aspecto llama la atención en el cuadro que he esbozado: que la mentira política, hoy, y ello es una novedad, tiende a engañar ante todo a la opinión pública. La mentira política a la antigua tendía a engañar a los demás gobiernos. En nuestros días, esa mentira directa entre poderosos ya no puede existir. Abundantemente abastecido en informaciones públicas o secretas, cada dirigente sabe a qué atenerse sobre los medios del otro, sus recursos, su poderío militar, la solidez interna de su poder. Ambos pueden continuar, ciertamente, engañándose recíprocamente sobre sus intenciones, pero ya es rarísimo que logren mentirse con éxito sobre los hechos. Por lo menos no lo logran más que mediante un rodeo, un conjunto de procedimientos indirectos, a los cuales nuestra época ha dado el nombre de desinformación y que tienen todos como objetivo común emponzoñar las fuentes de información del otro, creándole la ilusión de que él ha descubierto solo, gracias a su habilidad y a la excelencia de sus servicios, lo que se ha fabricado a ese propósito y se ha empujado subrepticiamente hacia él para hacérselo tragar. Por lo demás, la desinformación influencia en una buena medida a los gobiernos a través de sus opiniones públicas, que ella toma a menudo como primer objetivo. Actúa sobre los periódicos, los medios de comunicación, los expertos, los institutos de investigación, las Iglesias, que condicionan a la opinión mientras acosan a los dirigentes con sus amonestaciones y sus consejos.
    Es, pues, en primer lugar contra la opinión pública, o, dicho de otro modo, contra la humanidad en su conjunto, y no sólo contra los gobiernos, como actúa la mentira o la privación de la verdad, que es su forma elemental. ¿Por qué? «La primera de todas las fuerzas es la opinión pública», dijo Simón Bolívar. Ésa es la razón por la cual los que temen que la opinión pública esté demasiado bien informada están interesados en actuar de manera que la primera de todas las fuerzas que pesen sobre ella sea la mentira.
    En los sistemas totalitarios, la mentira no es solamente una de las armas del poder político o de los intereses corporativos, sino que tapiza y acolcha la vida pública en su totalidad. Es el barniz que disimula el foso que se abre entre el dominio exclusivo del partido único y su evidente incapacidad para gobernar la sociedad. En ese tipo de régimen, la mentira no es sólo un ardid intermitente, es la afirmación permanente de lo contrario de lo que todo el mundo puede comprobar. Por otra parte, la autorización excepcional para decir lo que todo el mundo sabe, o, más bien, de decir en voz alta lo que todo el mundo decía tiempo ha en voz baja, es precisamente el sentido exacto de la palabra glasnost, puesta de moda por Gorbachov. Esa palabra, que se ha traducido incorrectamente en Occidente por «apertura» o «transparencia», significa más bien «divulgación» o «publicación». Es el acto por el cual se abre a la discusión pública lo que era de notoriedad pública: el alcoholismo, el absentismo, la corrupción, la insuficiencia y la mala calidad de la producción. Estos movimientos de divulgación aparecen en la época de las sucesiones, cuando un nuevo dirigente puede hacer responsable del estado catastrófico de la economía a su predecesor y no al sistema. Es lo que se ha visto, tanto después de la muerte de Mao como después de la de Brézhnev, del que Gorbachov ha sido el primer sucesor real válido, aunque Andrópov, a pesar de su enfermedad, ya esbozara brevemente una operación de glasnost proclamando especialmente abierta la lucha contra la desviación entre el trabajo real y el ficticio. Reducir un poco esa desviación entre la ficción y la realidad, cuando ha llegado a ser tan grande que el mismo sistema está amenazado de descomposición, tal es el objetivo de la divulgación, que es principalmente una denuncia de fallos individuales y burocráticos. Pero en la medida en que no ataca la causa verdadera y última del fracaso global, es decir, el mismo sistema, no pone fin a la mentira fundamental sobre la que se construye toda la sociedad. Porque un mal sistema puede permitirse aún menos errores que uno bueno, de la misma manera que un organismo anémico puede recobrar más difícilmente sus fuerzas después de una afección, un abuso, un accidente, que un organismo sano, los reformadores totalitarios persiguen los desfallecimientos y las trampas en la ejecución de las tareas, así como alientan en su prensa críticas contra los chapuceros subalternos y las innumerables averías de la máquina, a condición de que no se profiera la idea intolerable: que es la misma máquina la que es mala y que es preciso reemplazarla por otra completamente diferente. Incluso en la sinceridad, hay que mentir sobre lo esencial. La mentira totalitaria es una de las más completas que la historia ha conocido. Su objetivo es, a la vez, impedir a la población recibir informaciones del exterior e impedir al mundo exterior conocer la verdad sobre la población, haciendo particularmente imposible, o extremadamente difícil, un trabajo correcto de los periodistas extranjeros in situ. En las relaciones internacionales, igualmente, el uso que hacen los totalitarios de la mentira flagrante sobrepasa la media mundial. Todos los autores que han narrado esa inmersión en la mentira, los Orwell, Solzhenitsin, Zinoviev -pues solamente el genio literario puede hacer experimentar a los que lo ignoran una experiencia casi inexpresable en el lenguaje lógico de los expertos-, han insistido en la idea de que la mentira no es un simple coadyuvante, sino una componente orgánica del totalitarismo, una protección sin la cual no podría sobrevivir.
    A menudo se oye a ciudadanos de países democráticos alabar a un hombre político por su astucia, su arte en embaucar a la opinión pública y en engañar a sus rivales. En cierto modo es como si los clientes de un banco plebiscitaran al director por sus talentos como ratero. La democracia no puede vivir sin la verdad, el totalitarismo no puede vivir sin la mentira; la democracia se suicida si se deja invadir por la mentira, el totalitarismo si se deja invadir por la verdad. Como la humanidad se encuentra comprometida en una civilización dominada por la información, una civilización que no sería viable si fuera regida de manera predominante sobre la base de una información constantemente falseada, creo indispensable, si es que queremos perseverar en la vía en que nos hallamos, la universalización de la democracia y, por añadidura, su perfeccionamiento. Pero creo más probable, en el presente estado de las costumbres, de las fuerzas y del modo en que queremos vivir, el triunfo de la mentira y de su corolario político.
    Notas
    [1] La Tentation totalitaire, Laffont, 1976


    http://www.conoze.com/doc.php?doc=3744
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  5. #5
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    Re: El conocimiento inútil

    Magnífico, Hyeronimus, que nuestros foreros y visitantes puedan acceder a esta obra.

    No te va a decepcionar, Kurt, aunque -claro- Revel no sea de los "nuestros"...


  6. #6
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: El conocimiento inútil

    El gran tabú




    No se puede estudiar con plena claridad la información en el mundo contemporáneo más que a partir de un punto de observación situado en una democracia. Sólo la democracia permite observar sin trabas a la vez su propio sistema y los otros dos: el sistema totalitario y todas las variantes del sistema mixto, en el que se mezclan censura y libertad. En efecto, sólo en una democracia un simple ciudadano puede llevar a cabo tales encuestas y divulgar los resultados de las mismas para proponerlos a la reflexión pública. Ciertamente, no dudo de que los dirigentes de los países totalitarios, sus servicios especializados, sus embajadas efectúan estudios muy profundos sobre la prensa occidental, sobre nuestros medios de comunicación, sobre nuestra opinión pública, cuyo funcionamiento demuestran, a diario, conocer muy bien. Saben igualmente muy bien, y con razón, cómo monopolizan ellos mismos la información en sus países, y con qué objetivo. Pero, por la naturaleza misma de su sistema, ninguno de esos datos es puesto a la libre disposición del público, y ningún ciudadano ordinario tiene ni la licencia ni la posibilidad de informarse sobre la situación de la información mundial, y aún menos de publicar un trabajo sobre ese tema si lograra realizarlo. En los países de censura mitigada puede suceder que un intelectual haga aparecer un libro o un artículo severo para con la información de su país, pero es raro que sus declaraciones agiten a las multitudes y obtengan la posibilidad de un debate nacional rodeado de un mínimo de imparcialidad. De hecho, el intelectual del Tercer Mundo publicará, por lo general, su estudio en un país extranjero, lo que le colocará en una posición falsa y le hará ser acusado de traición. Del mismo modo, el intelectual de los países totalitarios no se expresa llana y abiertamente más que cuando está en el exilio, lo que le hace ser condenado como renegado en su propio país y le hace sospechoso a los ojos de la izquierda de los países democráticos. La glasnost gorbachoviana viene de arriba, no de abajo. De donde resulta que, por razones tanto materiales como morales, la información sobre la información no es practicable más que en el sector democrático del planeta. Sólo allí se tiene toda libertad y comodidad para observar, a la vez, a los dos otros sistemas y al suyo propio, pero, necesariamente, desde el interior de éste y con una visión afectada por las agitaciones de ese universo democrático. El observador se encuentra así sometido a todas las presiones, agitaciones, distorsiones y deformaciones inherentes a la vida de la democracia. La información sobre la información sufre la repercusión de la guerra civil legal que se desarrolla sin tregua en el seno de la civilización democrática y, más que en otras partes, en el seno de su sistema cultural, del que forma parte la información. Ella es una de las armas de combate en esos conflictos internos, y en consecuencia, se deforma y se desvía de su destino primario y natural. En democracia, el obstáculo a la objetividad de la información no es ya, pues -o lo es muy poco-, la censura; lo son los prejuicios, la parcialidad, los odios entre partidos políticos y las familias intelectuales, que alteran y adulteran los juicios e incluso las simples comprobaciones. A veces, más incluso que la convicción, es el temor del «qué dirán» ideológico quien tiraniza y amordaza la libertad de expresión. Lo que más paraliza, cuando la censura ha dejado de existir, es el tabú.
    Recordémoslo, el tabú es una prohibición ritual, que Roger Caillois en L'Homme et le sacré define muy justamente como un «imperativo categórico negativo». Añade que el tabú consiste siempre en una prohibición, nunca en una prescripción. Pero toda prohibición implica prescripción: prohibiros atravesar ese campo que está ante vosotros es prescribiros rodearlo. En las democracias, ¿cuál es el tabú más fuerte de nuestra época desde la segunda guerra mundial? Sin duda, a mi juicio, es el que prohíbe a todo escritor, a todo periodista, a todo hombre político mencionar un atentado contra los derechos del hombre, un abuso de poder cualquiera, un trivial fracaso económico, en suma, dar una información sobre un hecho que se sitúa en una sociedad clasificada convencionalmente «de izquierdas» sin señalar inmediatamente una imperfección equivalente en una dictadura de derechas o en una sociedad capitalista democrática.
    Un amigo, al que mostré las primeras páginas de este libro cuando acababa de empezarlo, me dijo al devolvérmelas: «He respirado cuando he leído su condena del mito ario. Sin embargo, en este texto son demasiado numerosos los ejemplos citados en detrimento de la izquierda. El lector pensará, de entrada: ¡Vamos! Otra vez cae en sus viejas obsesiones. Nos anuncia un libro sobre la información y nos repite su número contra el totalitarismo. Le ruego que se confine en las generalidades filosóficas, o bien no cite jamás ningún caso desagradable para la izquierda sin presentar en seguida un ejemplo abrumador para la derecha, y mejor dos que uno, si es posible.»
    Las democracias en el siglo XX han sido amenazadas en su existencia por dos enemigos totalitarios, decididos, por doctrina y por interés, a hacerlas desaparecer: el nazismo y el comunismo. Han conseguido deshacerse del primero, al precio de una guerra mundial. El segundo subsiste. No cesa, desde 1945, de aumentar su poderío y de ampliar su imperio. Ahora bien, la izquierda no ha cesado de imponer el mito curioso de que los dos totalitarismos han sido y continúan siendo igualmente activos, igualmente presentes, igualmente peligrosos, y que es, pues, un deber no atacar o criticar nunca a uno sin atacar al otro. Aún más, esta igualdad de tratamiento y esta rigurosa equivalencia entre un totalitarismo que ya no existe y un totalitarismo que continúa existiendo representa una posición considerada ya como inclinada a la derecha. Es el límite que no se debe pasar en la hostilidad al comunismo, so pena de convertirse uno en sospechoso de fascismo, o de simpatizante de los «totalitarismos de derechas». En los países democráticos, los comunistas, por razones evidentes, pero también el grueso de los batallones de la izquierda no comunista, por razones más turbias, se niegan o se han negado durante mucho tiempo a ver en el comunismo un totalitarismo. En la mayor parte del Tercer Mundo aún es esa negativa la que prevalece. Según esa visión de las cosas, en vías de extinción a nivel racional, pero todavía influyente a nivel irracional, el totalitarismo no subsiste más que en su versión fascista, sostenida y favorecida por el «imperialismo», el cual no puede ser más que norteamericano. Es, pues, el único que hay que combatir realmente, incluyendo en ese combate una vigilancia sin tregua con respecto al renacimiento, que se supone que es incesante o inminente, del peligro nazi en la Europa Occidental. Si desde más o menos 1975 una parte de la izquierda se resigna a hablar y dejar hablar de amenaza totalitaria comunista, esta tolerancia no llega hasta autorizar a la derecha a hacer lo mismo, porque ésta es congénitamente sospechosa de no mencionar el comunismo más que para silenciar mejor el fascismo. Sólo la izquierda puede deplorar con todas las garantías morales los horrores del comunismo. Sólo tendréis derecho a la palabra si anteriormente os habéis volcado en elogios a Mao, a Castro o a los khmers rojos. O, por lo menos, ninguna denuncia del comunismo, si procede del campo liberal, podrá pasar la aduana ideológica de la izquierda si no se hace acompañar de su contrapeso exacto de denuncia de un crimen fascista. Un escritor polaco que vive en París, Piotr Rawicz, me contó a mediados de los años setenta que había entregado a un periódico un artículo sobre diversos libros que trataban del comunismo y del nazismo. Como conclusión de su reseña había escrito: «De todos modos, el nazismo posee a mis ojos una gran superioridad sobre el comunismo, y es que desapareció en 1945.» Cuando abrió el diario para leer su artículo impreso, comprobó que esta última frase había sido suprimida.
    Se siente que no conviene que el nazismo haya desaparecido. La más grande de las victorias que las democracias modernas han conseguido en el curso de su historia no debe, al parecer, haber dado ningún resultado. Un poco de claridad: es natural que el mundo libre permanezca vigilante e intransigente ante todo renacimiento, o todo síntoma de renacimiento, en su seno o en su esfera de influencia, de una extrema derecha antidemocrática; es, a la vez, una obligación y una precaución elemental. Que, además, el conocimiento y la consciencia históricos de la gran patología totalitaria de los años treinta sean perpetuados, desarrollados, difundidos por la historia y la enseñanza, es indispensable para permitir al hombre comprenderse mejor a sí mismo y desconfiar más de sus propias inclinaciones. Pero ante las resurrecciones alucinantes del peligro nazi, se tiene la impresión de que se trata de otra cosa muy diferente; que se trata de hacer ver como si ese peligro continuara siendo o volviera a ser el mismo que en 1933 o 1939, como si no lo hubiéramos borrado con tanta sangre y sufrimientos, como si nuestra civilización no hubiera finalmente rechazado de su organismo ese veneno fatal, con una lucidez sin duda tardía (siempre sucede así en las democracias), pero a fin de cuentas heroica e inflexible, como si, después de tantas abominaciones que no supimos ni ver venir ni querer prevenir, no hubiéramos, en definitiva, y a alto precio, hecho triunfar la causa del Bien. Nadie lo duda: el nazismo y el fascismo constituyeron perversiones políticas y morales de las que Europa se hizo culpable. He aquí por qué ella se alzó contra esos regímenes, no sin una dura expiación, los combatió, destruyó, los eliminó de la realidad, hará pronto medio siglo, y, creo yo, los eliminó de toda perspectiva plausible en el futuro. ¿Qué más se puede pedir?
    ¿Qué objeto tiene fingir que nos encontramos ante los mismos monstruos de antes de la guerra? ¿A qué necesidad responde el culto retroactivo, al revés, de esas momias? La respuesta a esta pregunta no se desvía del tema de este libro, muy al contrario, ya que puede ayudar a comprender, en parte, cómo se ha construido la rejilla a través de la cual nuestra época lee la información.
    El proceso de Klaus Barbie, en 1987, en Lyon, ciudad en la que el acusado había dirigido la Gestapo durante la ocupación, hizo resurgir los sentimientos turbadores de los franceses con respecto a ese período. Y no solamente de los franceses, ya que toda la prensa europea y norteamericana se apasionó por el asunto. Por una parte, Francia siempre había deseado que Barbie fuera extraditado, o raptado, para poder juzgarle. Por otra parte, a partir de su captura, y durante todos los preparativos del proceso, se oyó expresar el lancinante temor de que Barbie se sirviera de la sala de audiencias para «ensuciar a la Resistencia», es decir, revelara los nombres de los agentes dobles o de los traidores, informadores de la Gestapo, o de auténticos resistentes que habrían hablado bajo la tortura, sin que nadie lo supiera luego. He aquí algo que denota ya una actitud incoherente con respecto a la información. Por una parte, se suscita un proceso con fines educativos, más que represivos, para hacer toda la luz sobre ese período y para que las jóvenes generaciones no olviden su atrocidad. Es muy saludable. Por otra parte, se impide que la investigación de la verdad vaya hasta el final. Ahora bien: ¿no hay también un inmenso interés moral en mostrar a la juventud que la naturaleza humana, ¡ay!, es propensa a colaborar con el más fuerte, y no sólo bajo las ocupaciones, que todo poder totalitario secreta la bajeza a su alrededor y que, por esa razón, más vale vivir en democracia bajo la única autoridad de las leyes que constriñen al hombre a la virtud? Tal era el sentido de ese proceso, ¿no es cierto? Jacques Chaban-Delmas, antiguo gran resistente, ex primer ministro, presidente de la Asamblea Nacional, fue a explicar en la televisión, poco antes de la primera audiencia, que, habiendo examinado ciertos documentos confidenciales y reputados explosivos, quería tranquilizar totalmente a los supervivientes de la Resistencia y a otras personalidades activas e inactivas durante la ocupación: esos malditos documentos no contenían nada que pudiera inquietarlos; ningún traidor, ningún agente doble, ni agente simple había escapado a la depuración, en 1944; nadie tenía que temer nada; ningún, absolutamente ningún ex colaborador de los servicios alemanes había vivido en paz, ni hecho una brillante carrera en la IV y V Repúblicas por no haber sido descubierto en la liberación. Evidentemente, esta categórica aseveración, por mucho que emane de Chaban-Delmas, es inverosímil y procede más del ritual del exorcista que del deseo de incrementar la lucidez histórica y política de los ciudadanos. Ya comprendo que Barbie podía mentir para vengarse calumniando a inocentes y sembrando la discordia entre los antiguos resistentes y la duda en el país. Pero, ¡qué ingenuidad haber buscado ese proceso sin haber tomado en consideración tal riesgo! Ya que ese riesgo se asumía, había que reflexionar seriamente en un quite que no fuera el mito infantil de una Francia inmaculada, en la que ningún culpable habría escapado a la justicia.
    Por su parte, durante los preparativos del proceso, los portavoces de las organizaciones judías y de la asociación SOS Racismo declaran, en el curso de conferencias de prensa y en diversas entrevistas, que Francia no ha ajustado suficientemente las cuentas a los responsables de la colaboración. Lo que es tan falso como la afirmación precedente. Sin ser infalible ni exhaustiva, ni siempre equitativa, la depuración francesa fue muy severa: 10 000 fusilados, centenares de miles condenados a penas de prisión o la «indignidad nacional». Las sanciones, incluso después de su término, marcaban por mucho tiempo con infamia a los que las habían sufrido y les hacían difícil el retorno a una vida normal. Quienquiera que haya vivido en ese período en Francia no puede haber olvidado la atmósfera de caza del hombre que entonces se desató, de manera muy comprensible, al acabarse los horrores de la guerra, contra los cómplices de los nazis e incluso contra los simples simpatizantes del régimen de Vichy. Pero, ¿por qué se declara por una parte que la depuración no dejó escapar a ningún traidor, y por otra que aún está por terminar? Es porque la primera afirmación tiene por función permitir eludir la verdad histórica, y la segunda propulsar una fábula política, a saber, que el nazismo continuaba siendo un peligro actual, un volcán activo en plena erupción. En efecto, si la depuración se quedó corta, entonces los nazis aún están entre nosotros, está claro. En pocas palabras, no había más que un puñado de cómplices franceses de Hitler bajo la ocupación, pero los colaboracionistas pululan hoy... ¡es lógico! Mientras nos abstenemos de hacer ver a los historiadores la eventual cara oculta de la Resistencia, hay que aprovechar la ocasión del proceso Barbie para movilizar energías contra el nazismo omnipresente, evidentemente, ¿no es así?, como una amenaza actual. Pues es actual esta marea fascista que nos rodea y sube alrededor nuestro. El 9 de mayo de 1987, las televisiones francesas insisten ampliamente sobre el desfile de las habituales tres docenas de neonazis que se exhiben en Lyon con uniformes de fantasía. ¡Ése es el gran peligro del momento! Ha llegado la ocasión de reaccionar. Con un celo que hubiera sido más oportuno en 1933, se organizan coloquios de advertencia; por ejemplo contra los «revisionistas», esos historiadores o seudohistoriadores que sostienen que las cámaras de gas no existieron jamás. En vez de tratarlos como se merecían, es decir, como un puñado de lunáticos, odiosos sin duda, pero insignificantes, se orquesta contra ellos la publicidad de la indignación rugiente, que les confiere una notoriedad a la cual no habrían ciertamente podido pretender con sus caprichos de maníacos marginales. Lo que hubiera debido ser desechado con un despectivo papirotazo, suscita llamadas al levantamiento en masa del pueblo contra, al parecer, una segunda invasión de los blindados hitlerianos. En vez de refutar con frialdad y sobriedad las elucubraciones de los sedicentes revisionistas, ¿por qué amplificarlas desmesuradamente hasta hacer de ellas un nuevo Tercer Reich en gestación, si no porque acalorándose contra un peligro imaginario uno se dispensa de combatir los peligros presentes y bien reales? Pisotear las cenizas de un pasado que, por otra parte, no se quiere verdaderamente conocer cansa menos que enfrentarse al peligro totalitario bien vivo que no queremos ver, hoy, ante nuestros ojos.
    Muy diferentes eran el análisis y la preocupación de Simone Veil, la célebre política francesa, ex presidenta de la Asamblea europea y ex deportada, cuando rechazaba, decía ella entonces, la «banalización» del genocidio. Apruebo su rechazo. Sin embargo, confieso no entender muy bien el sentido de su expresión. Si entiende por ello que hay que rechazar el olvido del genocidio de la segunda guerra mundial, o una tendencia a describirlo como menos escandaloso de lo que fue, estoy de acuerdo, pero yo no veo manifestarse esa indiferencia hacia el pasado más que en los energúmenos revisionistas ya mencionados. La historia, la investigación, los relatos, la novela, la película, la ficción o el documento televisados, cada vez más numerosos a medida que nos alejamos del período de los hechos, parecen, al contrario, no haber cesado de conservar y desarrollar nuestro conocimiento histórico de la pesadilla nazi en general y del holocausto en particular, de profundizar nuestro sentimiento de lo inconcebible, de lo inaceptable, de lo imprescriptible ante lo que el hombre se hizo entonces a sí mismo. Yo no percibo ninguna aceptación retrospectiva de esos crímenes contra la humanidad, ninguna indulgencia retroactiva a su respecto, ninguna usura de la sensibilidad a su evocación; tal vez, incluso, lo contrario. Si, en cambio, la señora Veil entiende por «banalización» la descarada tibieza con la que hemos visto y vemos aún suceder ante nuestros ojos ciertos genocidios, no ya pasados, sino muy presentes, entonces comparto mucho más su inquietud. En efecto, ver cómo se embota nuestra sensibilidad ante los genocidios en curso tendería a demostrar que no extraemos las enseñanzas de nuestro recuerdo de los genocidios pasados. El conocimiento de los crímenes pasados se convertiría, para nosotros, en una circunstancia agravante, si no nos sirviera para impedir los crímenes presentes y futuros. El culto del recuerdo es, en primer lugar, por supuesto, el homenaje que debemos a la memoria de las víctimas, pero debe ser también la fuente de una vigilancia creciente contra la repetición de los genocidios, y no solamente en los mismos lugares contra las mismas personas, sino donde sea y contra quien sea. Ahora bien, si hay genocidios que hayan sido «banalizados» en los años setenta y ochenta, son los del presente, no los del pasado. Lo que se ha banalizado, para nosotros, no es el genocidio de la segunda guerra mundial en nuestra memoria; son, salvo raras excepciones, los genocidios que se están perpetrando en el mundo contemporáneo, ante nuestros ojos. Tratar lo pasado como actual y lo actual como pasado me parece una mala manera de preparara el futuro.[2]
    Nuestra vigilancia con respecto al pasado nazi tiene diversas funciones. Una, indispensable, consiste en no dejar borrar su recuerdo ni que se pierda la lección. Otra es la contraria: consiste en ahogar ciertos aspectos, por no poder confesarlos o asumirlos. Una tercera función, en fin, y que en la práctica es la más importante, consiste en actualizar de un modo imaginario y artificialmente heroico, en mantener para el nazismo un estatuto de peligro actual, en relacionar con él toda clase de fenómenos del mundo contemporáneo, con objeto de conservar el mito de que existe aún en la humanidad de fines del siglo XX y, verosímilmente, durante largo tiempo, no un solo totalitarismo, sino dos, de peso sensiblemente igual.
    Esta equivalencia artificial tiene por función, también, minimizar las fechorías del comunismo, de presentarlo como menos temible y menos condenable, del mismo modo que el miedo, en sí mismo legítimo al comunismo, sirvió absurdamente de justificación a los que ayudaron o justificaron al nazismo antes de 1945. Razonar así era ya un error cuando existían realmente dos totalitarismos y no uno solo, pero absolver o tolerar uno cuando el otro ha desaparecido, es una aberración abisal, que no tiene siquiera la excusa de ser un mal cálculo.
    La evocación de los crímenes hitlerianos debiera tener por efecto incitarnos a prevenir el retorno de nuevos crímenes parecidos o, si no pudiéramos impedirlo, hacernos ser mucho más severos que antes con sus autores, Sin embargo, lo que sucede es lo contrario. Los genocidios nazis y fascistas del pasado sirven de circunstancias atenuantes a los genocidios comunistas del presente o a los exterminios tercermundistas «revolucionarios». El «Imperio del Mal» en nuestro planeta, ya no es ni la URSS ni otro país socialista, Vietnam, Camboya o Etiopía. Tres países están «programados» para ese título: África del Sur, Israel y Chile.
    No hay que creer que esa atenuación de las fechorías actuales del totalitarismo comunista por medio del pasado nazi es obra únicamente de una izquierda complaciente o ciega. Así, con ocasión del proceso Barbie, en un diario de derechas, Le Figaro (6 de mayo de 1987), un periodista de derechas, André Frossard, ex resistente, conocido por el fervor de su fe católica, por la fineza de su inteligencia y por su hostilidad al comunismo, declara que no se puede, a pesar de todo, comparar los crímenes soviéticos y el gulag, por mucho horror que inspiren, con los crímenes nazis, porque «no ha habido en Rusia un sistema que previese la liquidación de todo ser humano bajo pretexto de su inconformidad con las normas». El exterminio nazi ataca a gentes, dice, que «no han cometido otro delito que el de venir al mundo».
    Como el lector sabe que tal error histórico no puede ser voluntario en ese autor, demuestra, por consiguiente, la interiorización del tabú ideológico incluso en los adversarios de la ideología comunista. Por supuesto, no hay que confundir la represión, por sanguinaria que sea, el internamiento o la deportación, incluso cuando hace morir a los hombres por centenares de miles, con el exterminio planificado, premeditado, de toda una categoría de seres humanos por el simple motivo de pertenecer, precisamente, a dicha categoría. De igual modo, se distinguen corrientemente los crímenes de guerra, cometidos en combate y en la prolongación de la acción, de los crímenes contra la humanidad, que resultan de la fría voluntad de destruir un grupo de hombres determinado. Hay prescripción para los primeros después de un lapso de tiempo, los segundos son imprescriptibles. Pero, justamente, la historia del comunismo internacional, contrariamente a la afirmación de André Frossard, ofrece muchos ejemplos de exterminación decidida en frío contra una categoría social o socioprofesional o una población bien definida, a menudo y además, con un matiz racial: a principios de los años treinta tuvo lugar, por ejemplo, el genocidio de los ucranianos, por medio de una hambre que, tal como está probado de manera concluyente hoy, fue provocada y organizada por Stalin.[3]
    Esa destrucción sistemática por hambre quería golpear a aquella población, en primer lugar, porque rebosaba de campesinos independientes, recalcitrantes ante la colectivización forzosa de las tierras, los kulaks, y luego por ser ucraniana, es decir, no rusa. Entonces, sólo en Ucrania, y a consecuencia de esa hambre política, murieron tantas personas como más tarde en toda Europa a consecuencia del holocausto. Que el lector haga el favor de respetarse y de respetarme lo suficiente como para no suponer que trato de «banalizar» el holocausto judío: trato, por el contrario, de desbanalizar el genocidio ucraniano.
    Notas
    [2] Cogí al vuelo, y por casualidad, en una emisora de radio, en mayo de 1987, estas palabras de un superviviente de una redada antijudía organizada por Barbie: «Espero una condena ejemplar. No a causa del hombre: Barbie es un personaje totalmente secundario. Lo que hay que condenar es la ideología que lo ha engendrado.» Confieso, en cuanto a mí, haber estado animado por una esperanza inversa cuando empezó el proceso. Experimenté entonces un deseo, tal vez no muy noble, de venganza por las víctimas; quería la humillación pública de un individuo por el cual sentía una viva repulsión; deseaba que se le pusiera ante sus crímenes. Pero, afortunadamente, la ideología que le ha engendrado me parece condenada sin apelación desde hace varios decenios. Por lo que se refiere a la teoría, me parece que la cuestión está resuelta y sólo temo ver florecer en esta esfera, con ocasión del proceso, los tópicos grandilocuentes que -ésos sí- «banalizarán» el horror. Por otra parte, si de lo que se trataba era de atacar a una ideología, y no a un hombre, ya se había hecho: Barbie, con la idea que encarnaba, había sido condenado dos veces a muerte en rebeldía tras dos procesos, algunos años después de terminada la guerra.
    [3] Robert Conquest, The Harvest of 'Sorrow, 1986.


    http://www.conoze.com/doc.php?doc=3745

  7. #7
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    Re: El conocimiento inútil

    El gran tabú (y II)




    ¿Debe considerarse la ejecución en masa de oponentes políticos, reales o inventados, o de una clase cuyo género de vida contraviene las normas, como de una esencia diferente de la ejecución por motivos puramente raciales? Los soviéticos diezmados a causa de la gran purga de 1937, los camboyanos asesinados por los khmers rojos a finales de los años setenta, los tibetanos muertos o acorralados hasta la muerte por los chinos desde 1950 -un millón, la mitad de la población-, todas esas víctimas murieron, no ya por haber intentado rebelarse, sino porque habían cometido la equivocación de nacer en categorías sociales, religiosas, profesionales que se suponía obstaculizaban «objetivamente», por su simple existencia, a la aparición del «hombre nuevo», noción, por otra parte, racista. No son más que unos cuantos ejemplos contemporáneos, y podría citar muchos otros en Vietnam, en China o en África. Se trata de verdaderos crímenes contra la humanidad, y no de crímenes de guerra. Ninguna guerra los justifica, ni civil ni extranjera, salvo en el caso del Tibet; y aun esa excusa no sirve mucho, tampoco, en tal caso, pues el exterminio de los tibetanos llegó a ser masivo, sobre todo durante la «Revolución cultural» china, mucho después del final de la conquista, después de la anexión y de la «pacificación». Los chinos castigaban con la muerte a todo tibetano sorprendido rezando o... ¡hablando en tibetano! La religión, la misma lengua debían, pues, ser borradas de la faz del planeta. Estos acontecimientos, tanto en el Tibet como en Camboya, se desarrollaron, ¿quién lo ignora?, mucho después de la segunda guerra mundial y, sin embargo, no me parece que la pedagogía del holocausto haya atenuado la plácida indiferencia y la complicidad pasiva de los occidentales ante esos crímenes contra la humanidad. Estos tenían graves defectos que les impedían excitar nuestro indignado celo: eran actuales, tenían lugar ante nuestros ojos y eran «de izquierda».
    Recuerdo que no trato esta cuestión en este punto de mi libro más que para justificar el aparente desequilibrio eventual de los ejemplos que voy a escoger a continuación. Lo que quiero demostrar, a título previo, es que no tengo que observar un equilibrio entre una fuente real de falsificación de la información y un fantasma. La eficacia de la fuente real, en efecto, procede en parte de ese fantasma, que crea un terreno favorable a todas las falsas equivalencias: por ejemplo, entre el imperio soviético y el apartheid sudafricano. Se puede juzgar y yo juzgo el segundo fenómeno tan odioso, más odioso aún para la dignidad humana inmediata que el primero. Pero difiere completamente por sus causas, por su naturaleza, por sus actos y por su evolución posible, así como por sus repercusiones futuras. Mencionar estos dos casos como dos formas de un mismo totalitarismo constituye, en sí una información falsa que no puede conducir más que a políticas catastróficas. Por otra parte, la confusión beneficia únicamente al sistema soviético, pues si se oye a menudo decir: «No tenéis derecho a denunciar el peligro soviético mientras no hayáis desmantelado el apartheid», no se oye nunca o no se osa jamás decir lo contrario. El desequilibrio se origina, pues, aquí, en la misma raíz de la percepción, que erige en objeto un «totalitarismo de derechas» supuesto, en el mundo actual, tan sólido, amenazante, homogéneo e internacional como el «totalitarismo de izquierdas». Ahora bien, esta alteración de la percepción se deriva en parte de la persistencia imaginaria del nazismo... a menos que sea verdadero el caso recíproco y que la resurrección imaginaria no sea cultivada más que para permitir mantener la ilusión de una igualdad de los pretendidos «dos» peligros totalitarios. Tal paralelismo postizo aprovecha evidentemente al totalitarismo comunista, principal peligro mundial de tal naturaleza en la actualidad. Mi objetivo en este libro es decidir si la verdad es mejor conocida y mejor utilizada que antaño; debía, pues, describir desde este momento algunas consecuencias del mito de la eternidad del nazismo.
    He aquí una más, de las que yo fui candido y estupefacto artífice, y luego espectador cada vez más interesado por las interioridades del ciclón que había, a pesar mío, desencadenado. El sábado 4 de noviembre de 1978 apareció en el semanario L'Express, cuya dirección había yo asumido dos meses atrás, una larga entrevista con Louis Darquier de Pellepoix, que había sido comisario general de los Asuntos Judíos en el gobierno de Vichy, entre mayo de 1942 y febrero de 1944. Un periodista le había descubierto, todavía vivo, en España, adonde había huido después de la Liberación. Para mí, dar a conocer al público esa entrevista se justificaba por varios motivos. Era, en primer lugar, un documento histórico. La historia consiste en recoger los testimonios de todos los actores, y no solamente de los que nos caen simpáticos. No había habido más que dos comisarios de los Asuntos Judíos bajo la ocupación: Xavier Vallat, muerto en 1972, y ese Darquier, octogenario, enfermo, al que ya no le quedaba mucho tiempo para poder hablar (debía morir en 1981). Pues bien: en treinta y cuatro años, ni un solo periodista, ni un solo historiador había ido a verle. ¡Extraña falta de curiosidad! ¡Sorprendente concepto de la investigación! ¿Quién evaluará un día las pérdidas definitivas de información debidas a la negligencia profesional en el reportaje y en las ciencias históricas? A mi juicio, la entrevista con Darquier tenía además un interés psicológico y filosófico: permitía comprobar lo que sucede exactamente en el cerebro de un doctrinario totalitario. Todos los hombres sustentan opiniones subjetivas, insostenibles, intransigentes, pero lo que distingue a la convicción totalitaria es que pasa a los hechos para aniquilar, si puede, a todos los que no la comparten o a los que ella designa como enemigos. ¿Cómo se elabora? ¿Cómo toma posesión de un cerebro humano hasta el punto de hacerle considerar como normales el encarcelamiento, la deportación, el asesinato de sus semejantes? Pequeño comerciante de Cahors, Darquier (cuya añadidura nobiliaria «de Pellepoix» era una pura fantasía) construía su visión del mundo con las mismas ideas fijas que los campeones intelectuales y literarios del antisemitismo de entonces, los Céline, Drieu La Rochelle, Brasillach, Maurras o Rebatet. La cultura, la inteligencia, el mismo genio no hacían mella en ese tipo de fantasma y le aportaban su concurso según los mismos mecanismos que la ignorancia y la imbecilidad. En una época tan devastada como la nuestra por las ideologías totalitarias, no me parecía superfluo presentar un ejemplar que permitiera captar mejor su génesis mental y, también, la resistencia a los mentís infligidos por los hechos. Darquier rehusaba hoscamente retractarse y confesar haber errado en nada. En ese punto tampoco se distinguía en nada de otros criminales totalitarios de inteligencia muy superior a la suya, por ejemplo, los dirigentes del primer período, más estaliniano, de la Polonia comunista. Esos dirigentes, un cuarto de siglo después de haber sido expulsados del poder, cuentan con una inconsciente franqueza en un libro edificante, «ONI»(«Ellos»), sus fracasos y sus crímenes, pero concluyen que no se equivocaron nunca y aseguran orgullosamente que actuarían como lo hicieron si debieran volver a empezar.[4]
    Todas esas razones para publicar la entrevista me parecieron tan evidentes, la causa, a los ojos de la historia, de tal modo vista para sentencia, las mismas declaraciones de Darquier, en su abyecto alegato, de una falsedad a tal punto palpable, que en verdad no tuve cuando adopté mi decisión la impresión de mostrar al público un documento muy original. Recuerdo que un viernes, vigilia de la salida del número, interrogado sobre su contenido por un colega de la prensa radiofónica, sólo mencioné de paso la entrevista con Darquier, más bien arqueológica a mi juicio, para insistir más largamente sobre los méritos de una encuesta sobre el «Porvenir de los maestros», que aparecía en la portada.
    Sin embargo, durante el fin de semana me llegaron los primeros fragores del trueno de la tempestad que yo había impremeditadamente desencadenado. Primero atribuí a la simple necedad algunos fragmentos de comentarios cogidos al vuelo por la radio, en los que parecía inexplicablemente creerse que las enormidades de Darquier traducían el pensamiento del periodista, e, incluso, ¡que Darquier era un colaborador del periódico! Un malentendido tan grosero, me dije a mí mismo, no resistiría a la lectura del texto por toda persona de buena fe. Mi perplejidad aumentó cuando, el lunes por la mañana, oí a Simone Veil, en una emisión matinal de mucha difusión, hablar de lo que tan súbitamente se convertía en un tema de discordia nacional. Fue precisamente en el curso de esa conversación radiofónica cuando Simone Veil esgrimió, que yo sepa, por primera vez, la acusación de «banalización» del nazismo, término que persisto en considerar, en este caso, como un contrasentido. En efecto, dirigir la luz sobre los actos y los pensamientos de los criminales políticos impide, por el contrario, habituarse a los horrores totalitarios y previene la tendencia a olvidarlos. ¿Cómo, al mismo tiempo, proclamar la necesidad de luchar contra el riesgo del olvido del holocausto por las jóvenes generaciones y denunciar como una «banalización» la divulgación de un documento que reaviva su recuerdo al mostrar, precisamente, cómo puede desarrollarse su proyecto en los hombres? Pues el valor pedagógico y profiláctico de la historia de los genocidios es nulo si no comprendemos cómo cualquier hombre puede convertirse en su autor o su cómplice. El espectáculo del pasado debe incitarnos, no a la buena conciencia extraída de una condena retrospectiva del mal, sino a la desconfianza ante nuestra propia capacidad de cometerlo. Dentro de cada uno de nosotros dormita un Darquier de Pellepoix. Por tal razón los genocidios se continúan llevando a cabo todos los días y también la de que, si tienen por autores a nosotros mismos o a nuestros amigos, ya no los llamamos genocidios.
    Somos ciegos a la lógica de la aberración cuando reside en nosotros mismos. Así, el Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos (MRAP), organización de fachada del partido comunista, que por supuesto tomó parte en la campaña contra L'Express en el asunto Darquier, tenía por secretario general a un hombre que, siendo él mismo judío, sin embargo había aprobado, como disciplinado comunista, la represión antisemita de Stalin, en ocasión del llamado «complot de las batas blancas», en 1953. O también Claude Lanzmann, creador de ese imperecedero monumento cinematográfico e histórico sobre el holocausto que es Shoah, pone en duda (véase Les Temps Modernes, febrero de 1987) la responsabilidad soviética en la matanza de miles de oficiales polacos en Katyn, en 1940. Aunque los historiadores hayan confirmado abrumadoramente esta responsabilidad, establecida desde 1943 en un informe de la Cruz Roja, Lanzmann habla con un escepticismo tenaz de los crímenes «imputados» a Stalin por la «propaganda nazi». ¿Se da él mismo cuenta de que se deja así dominar por una obsesión de negar lo que no le gusta idéntica a la que impulsa a un Robert Faurisson y a los «revisionistas» a poner en duda las pruebas de la existencia de los campos de la muerte? Sus falsos campos de la muerte, pero éstos soviéticos, son aquellos donde, antes de 1941, fueron además deportados dos millones de polacos, de los que por lo menos la mitad murió a consecuencia de malos tratos.
    Al desarrollar su argumentación, discutible a mi juicio, pero respetable, sobre el peligro de «banalizar» el nazismo, Simone Veil había reconocido, con su habitual honradez, que ciertamente no podía haber dudas ni sobre los sentimientos del periódico ni sobre los del periodista que había interrogado a Darquier. En efecto, es difícil experimentar incertidumbre alguna al leer las réplicas que servían de entrada en materia.
    «L'Express: Señor, hace ahora treinta y seis años que usted entregó a los alemanes 75 000 hombres, mujeres y niños. Usted es el Eichmann francés.
    Louis Darquier de Pellepoix: ¿Qué cifras son ésas?
    L'Express: Todo el mundo las conoce. Son oficiales. Se encuentran también en este documento. (Le muestro, abierto en la página correspondiente, el "Memorial de la deportación de los judíos de Francia", de Serge Klarsfeld.)»
    Durante toda la entrevista, habíamos intercalado en itálica, cada vez que nuestro camarada no había tenido tiempo de detallarlas de viva voz, las informaciones que refutaban o abrumaban a Darquier. He aquí un ejemplo de ese método:
    «L'Express: En el mes de febrero de 1943, usted propuso al gobierno de Vichy un cierto número de medidas en las cuales ni los mismos alemanes habían pensado.
    Cita intercalada. "Declaración de Louis Darquier de Pellepoix al Petit Parisién, el 1." de febrero de 1943.
    "Propongo al gobierno:
    "1. Instituir el uso obligatorio de la estrella amarilla en la zona no ocupada.
    "2. Prohibir a los judíos, sin ninguna derogación, el acceso y ejercicio de las funciones públicas. Sean cuales fueren, en efecto, el valor intelectual y los servicios rendidos por un individuo judío, no es menos cierto que es judío y que, por ello mismo, introduce en los organismos en que él ocupa un cargo, no solamente una resistencia natural a las operaciones de arianización, sino también un espíritu que modifica, a la larga, de una manera profunda, el valor de toda la Administración francesa.
    "3. La retirada de la nacionalidad francesa a todos los judíos que la adquirieron después de 1927..."
    L. Darquier: De esta historia de la estrella amarilla en la zona libre no me acuerdo. Debe de tratarse, una vez más, de vuestra propaganda judía...
    L'Express: En absoluto. Aquí está, con todas las letras, en el Petit Parisién del 1.° de febrero de 1943.
    L. Darquier: Tal vez... tal vez...»
    O el párrafo en el que nuestro colaborador, Philippe Ganier-Raymond (que en una ocasión fue tratado por Darquier de «agente de Tel-Aviv»), cita el documento acusatorio:
    «L. Darquier: Los alemanes no cesaban de ponerme obstáculos.
    L'Express: ¡Ah!, ¿sí? Entonces, ¿qué significa esta nota del 29 de mayo de 1943, dirigida a Roethke, el sucesor de Dannecker, en Knochen: "En varias ocasiones, Darquier nos ha pedido que apoyemos sus proyectos de ley, pues, desde hace mucho tiempo, ha perdido toda esperanza de que el gobierno francés acepte uno solo de sus proyectos"?
    L. Darquier: ¡Es otra falsedad! ¡Una falsificación fabricada luego por los judíos! ¡Ah, esos judíos, son inconmensurables!»
    Estas líneas -y las hay más violentas- habrían debido, de entrada, pulverizar toda posibilidad de malentendido y toda tentativa, malévola o estúpida, de atribuir a L'Express cualquier connivencia con el antiguo comisario general de los Asuntos Judíos.
    ¡Pero la mayoría de la prensa reaccionó como si nosotros hubiéramos querido proceder a una rehabilitación del antisemitismo de los tiempos de Vichy! A veces asisto a alguno de esos coloquios nobles y opulentos en que mis colegas, obsesionados por los escrúpulos, se interrogan sobre los misterios de la objetividad, ese ideal que todos afirman perseguir con inflexible ardor, pero que, al oírlos, es tan inalcanzable como la perfección divina. Entonces no puedo evitar reír para mis adentros pensando en este episodio y en otros tantos, en que he podido ver a periódicos y a otros medios de comunicación, con todo conocimiento de causa, pretender haber comprobado algo que era radicalmente opuesto a lo que ellos habían visto, leído u oído. El enemigo interior de la objetividad de la información es a menudo más temible que el enemigo exterior, la atracción de la mentira que las amenazas de la censura.
    Pero, ¿por qué nos veíamos reducidos a defendernos como si, a pesar de todas nuestras precauciones de presentación, L'Express hubiera refrendado por su cuenta, en 1978, los eructos de un desecho de los años cuarenta, cuando se conocían, por otra parte, las tomas de posición sistemáticas del periódico en favor de la causa judía y del Estado de Israel, y que sus dos propietarios sucesivos, el antiguo, Jean-Jacques Servan-Schreiber, y el nuevo, James Goldsmith, eran, ambos, judíos o medio-judíos, y que el presidente de su comité editorial se llamaba Raymond Aron?
    Si dejo a un lado las gentes que, bajo la presión de la campaña y menos por maldad que por estupidez, creyeron de buena fe en la adhesión de L'Express a Darquier, encuentro cuatro razones al romo contrasentido que se cometía o se fingía cometer.
    La primera razón es política. La izquierda detestaba a L'Express, considerando como que había «girado a la derecha» desde 1972. No le perdonaba sus críticas de la Unión de la Izquierda y de su Programa Común. Los primeros en la prensa francesa habíamos, en 1974, publicado en exclusiva las mejores páginas del Archipiélago Gulag. En enero de 1976, Jean-Jacques Servan-Schreiber había decidido consagrar un número entero, cuya tirada excepcional fue de un millón de ejemplares, a la presentación de extractos de mi libro, La tentación totalitaria, operación que la izquierda había tomado como una agresión. De ahí el odio y el deseo de venganza que sólo pueden explicar, por ejemplo, que un periodista tan sagaz como Pierre Viansson-Ponté haya firmado, en la primera página de Le Monde, el 7 de noviembre de 1978, un artículo en el que fingía gemir sobre la conversión de L'Express al antisemitismo y a la colaboración. Es uno de los muy numerosos casos en que se ve a la izquierda, que se pretende intelectualmente autónoma, caer, tan pronto como empieza a polemizar, en la más vulgar indumentaria estaliniana. Pero el gozo de decirse: «No se nos van a escapar esta vez» no era tampoco ajeno a la derecha; su rencor se remontaba a nuestras luchas por la independencia de Argelia; luego, contra la mayor parte de las medidas políticas o económicas de los presidentes De Gaulle y Pompidou. Nuestro mitigado apoyo al presidente Valéry Giscard d'Estaing, que, por otra parte, no era seguido por toda la derecha, no bastaba para borrar animosidades que atizaba, además, un espíritu de elegante competencia comercial en colegas encantados de crearnos problemas.
    Una segunda razón, menos anecdótica y más respetable, había inspirado alguna preocupación a las organizaciones judías que siguen creyendo que la evocación del antisemitismo pasado, incluso para poner en la picota a los culpables, puede reavivar ese vicio en vez de aniquilarlo. De nuevo se ve aquí surgir la contradicción entre la voluntad de recordar el pasado, por piedad debida a la memoria de las víctimas, y el deseo de olvidarlo, por miedo a crear agitación que repercutiría contra los judíos. En Francia, cada vez que un judío escribe un ensayo, una obra histórica, una película que evoque con demasiada precisión la ideología y las persecuciones antisemitas, inmediatamente otros judíos le reprochan reavivar las pasiones antijudías entregándose a malsanas exageraciones. Así fue cómo Raymond Aron, después de haber aprobado la publicación de la entrevista y haber firmado conmigo, en Le Monde, una refutación indignada de las alegaciones inaceptables e injustificadas de Viansson-Ponté, se ablandó un poco más tarde, acosado por eminentes amigos de la comunidad judía, e incluso escribió en L'Express un ambiguo editorial en el que su solidaridad con el periódico no era lo más destacado. Aron quería que yo le asociara a las decisiones, lo que yo hacía con mucho gusto, mientras él mismo se sentía profundamente indeciso y, sobre todo, presto a doblegarse en el momento en que aparecían los inevitables tumultos que siguen a toda iniciativa audaz. Indicio interesante: los judíos inmigrados y naturalizados inmediatamente antes o justamente después de la guerra, llegados casi todos de Europa Central, no tuvieron jamás la menor duda (ellos o sus descendientes) acerca de lo que habíamos querido hacer. Siempre me apoyaron en los debates a los que me invitaron varias asociaciones judías. Les parecía de una claridad deslumbradora que exponer ante todo el mundo los lamentables y nauseabundos raciocinios de un sanguinario fanático no tenía por objeto y no podía tener por efecto más que hacerlos repugnantes a la opinión pública. Pues ellos estaban históricamente a salvo de los turbios sentimientos que, junto a los demás franceses, los judíos de vieja raíz francesa experimentaban ante el pasado fascista de su patria; pasado a la vez reprobado y absuelto, deshonrado y deprimido, muy a menudo escamoteado y minimizado, ciertamente condenado, pero, sobre todo, archivado y que debía continuar siéndolo en virtud de una especie de pacto de olvido o de atenuación.
    De ahí procede la tercera razón que tienen los franceses para interpretar la comedia de la horrorizada sorpresa cuando se pone ante sus narices un fragmento de su historia: y no solamente los franceses, sino todos los europeos, puesto que, aparte de los británicos, los suizos y los suecos, todos los europeos han aportado su piedra para la construcción del edificio totalitario que se derrumbó en 1945. En este caso, el documento Darquier recordaba desagradablemente a los franceses puros que había existido un nazismo de origen puramente francés. El nazismo que había reinado sobre nuestro territorio no se debía enteramente a la derrota de 1940 y a la ocupación. El tendero de Cahors, triunfalmente elegido, desde antes de la guerra, en el Consejo Municipal de París, en 1935, por un programa cuyo artículo único era el antisemitismo, no había sido importado del extranjero ni impuesto por los invasores. Lo que muchos temieron, en el tornado suscitado por el documento de L'Express, fue, como debía suceder en ocasión del proceso de Barbie, que se empezara a hurgar en el pasado de la colaboración y de la Resistencia. Por otra parte, ese desagrado no dejó de producirse. En el ardor de la reapertura de los dossiers se pronunciaron nombres de personalidades todavía en activo y de elevada posición, que habían sido partidarias de Vichy e incluso un poco más. Su pánico vino a incrementar la oleada de protestas. Y como esas personas disponían de excelentes relaciones profesionales y mundanas, vi cómo un día el propietario del periódico, Jimmy Goldsmith, irrumpía en mi despacho, durante una sesión del comité editorial, lo que constituía, además, una incongruencia por su parte, se dejaba caer, agobiado, en un sillón, y pasándose la mano por la frente con expresión preocupada, murmuraba varias veces, en tono trágico: «¡No queremos sangre!... ¡No queremos sangre!...» ¡Cielos! ¿Cuándo habíamos querido nosotros sangre? Desconcertados, nos interrogamos con la mirada. ¿Qué sangre habíamos podido o podríamos verter? Se trataba, en realidad, no de la vida, sino de la reputación y de la comodidad cívica de algunas relaciones de Jimmy, relaciones cuyos dossiers, aunque amnistiados desde hacía tiempo, no estaban vacíos. Igual que Aron, que había sido influenciado por ciertas organizaciones judías y se extraviaba,[5] a mi juicio, en un pobrísimo análisis, Jimmy lo había sido por antiguos colaboracionistas, hoy día integrados en el establishment de los negocios del que él mismo formaba parte. O, más bien, uno y otro habían sufrido ambas presiones. Para hacerse reprender por los vichystas, Aron tenía a mano a su gran amigo Alfred Fabre-Luce, antiguo doctrinario de la colaboración, aunque arrepentido, y cuyo pasado había sido «olvidado» por Aron, aunque éste no le tratara con muchas consideraciones durante la guerra, en Londres, en su diario La France Libre. Fabre-Luce, algún tiempo después, me cogió aparte y me increpó (en el curso de una recepción en casa de Aron, precisamente) moviendo la cabeza y reprendiéndome: o ¡Muy bonito lo que has hecho! ¡Vamos hacia una nueva depuración! ¡Has vuelto a abrir la puerta a la discordia civil!»
    La cuarta razón de las extrañas reacciones que agitaron entonces a los franceses es la más interesante, porque es la más irracional y la de más graves consecuencias. Se basa en nuestra necesidad de remedar la batalla contra el antisemitismo, el holocausto, la colaboración, el nazismo y el fascismo, como si fuera una batalla actual. Primero, se trata de una satisfacción simbólica y de una revancha onírica: libramos el combate que no libramos en 1942, por lo menos todos nosotros, ni mucho menos. Además, en esta batalla contra espectros, la victoria es segura. El resultado se conoce anticipadamente, Darquier ya está vencido. A la buena conciencia, muy legítima, que tienen todos los que se alinean en el campo del Bien, se añade el placer de hacerlo sin riesgos. Además, al lanzarse al ataque contra un enemigo que ya no existe, puede decirse que se cumple con el deber de defensor de la libertad, lo que dispensa de hacerlo ante las amenazas concretas, actuales y reales que la ponen en peligro, pero que son evidentemente mucho más difíciles de contrarrestar.
    Incluso la magistratura francesa, en esta gran movilización nacional de energías, tuvo empeño en manifestar contra el régimen de Vichy el coraje que le había faltado deplorablemente treinta y cinco años atrás. El abogado de L'Express y futuro ministro de Justicia, Robert Badinter, con quien almorcé a principios de noviembre, por razones, por otra parte, sin relación alguna con el asunto, me confió haber encontrado, la víspera, el parquet (como se llama en Francia al local del palacio de Justicia reservado a los miembros del ministerio público fuera de las audiencias) «zumbante y trémulo» por la cólera suscitada por el caso Darquier. Debía estar preparado a afrontar demandas judiciales. En efecto, en estricto derecho, el simple hecho de imprimir frases del estilo de las de Darquier, incluso desaprobándolas enérgicamente, constituye el delito material de incitación al odio racial. Entonces, ¿qué se hace cuando se quiere publicar el testimonio de un personaje histórico que expresa tesis peligrosas para los derechos del hombre? En teoría, cada vez que se reedita la página de Aristóteles justificando la esclavitud o el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas de Gobineau, se cae bajo el peso de la ley, que no aprecia más que la materialidad del delito y no la intención científica del editor. En lodo caso, la apreciación de esa intención compele enteramente a la autoridad judicial. Ahora bien, si la intención de L'Express era clara, la del parquet no lo era menos. Pretendía, una vez más, hacer la comedia de fingir creer que el periódico no había presentado al público un documento sobre hechos ocurridos casi cuatro décadas antes, sin el menor equívoco en su apreciación moral, sino que había fabricado un manifiesto antisemita de su propia cosecha. Incluso se esparcieron rumores poniendo en duda la autenticidad de la entrevista, como si nosotros hubiéramos forjado, con fines de propaganda nazi, el personaje y sus declaraciones. Se me intimó que mostrara la grabación. Pero ninguna ley dice que toda entrevista deba ser grabada. Millares de entrevistas han sido realizadas antes de la invención del magnetófono. Y, desde esa invención, no todo entrevistado acepta la presencia de un instrumento que a veces le molesta. Yo he entrevistado personalmente dos veces a Valéry Giscard d'Estaing durante su presidencia, y una vez al rey de España, sin magnetófono. Pero no por el lo sus manifestaciones fueron menos fielmente transcritas. Por otra parte, muchos periodistas prefieren trabajar tomando notas. Además, los delirios de Darquier eran muy conocidos. Otros del mismo estilo habían aparecido, algunos años antes, en Le Monde sin promover, caso curioso, entonces ningún huracán, ni siquiera la menor corriente de aire. Estábamos en pleno surrealismo judicial, pero, tal como me dijo en un tono bonachón y divertido Alain Peyrefitte, el ministro de Justicia entonces en funciones, «habría sido inconcebible que la acción pública no se pusiera en camino». El camino resultó ser un callejón sin salida. Hice, ante un juez de instrucción cortés y consternado, una declaración circunstanciada y sincera, y luego ya no volví a oír nada más del asunto. Añadiré que tomé la precaución, al preparar la publicación de la entrevista, de informarme en la Cancillería sobre la situación del dossier Darquier, por teléfono, exactamente el 27 de agosto de 1978. Se me respondió que Darquier había sido condenado a muerte en rebeldía el 10 de diciembre de 1947, que su pena había prescrito en 1968 y que contra él no subsistía más que la prohibición de residencia. La mascarada ideológica que atribuía a L'Express las tesis del criminal que nosotros acusábamos se agotó muy pronto, dejando aparte un epílogo bufo de la Liga de los Derechos del Hombre, más puntillosa en este caso que cuando dio su bendición a los veredictos de Moscú en 1937. Henri Noguères, su presidente, me reclamó un «derecho de respuesta», de la misma amplitud que el escrito reprobado. Se lo reconocí, por pura generosidad, contra toda racionalidad jurídica... Pero todavía espero su texto.
    El verdadero epílogo, a decir verdad, y el resultado positivo de esta agitación fueron la difusión, en febrero de 1979, por la segunda cadena de la televisión francesa, del serial americano Holocausto que narraba el calvario de una familia judía alemana, en el apogeo del antisemitismo a principios del Tercer Reich y su martirio en los años de la «solución final». Fiel a su incongruencia, Francia, sin dejar de proclamar su deseo de conjurar el olvido, había, a través de su televisión estatal, rehusado comprar Holocausto, que había sido presentado en un festival internacional poco antes, y cuyos derechos habían sido adquiridos por las más importantes televisiones del mundo, incluida la alemana. El presidente de la primera cadena francesa (llamada TF1) había justificado su rechazo por escrúpulos de origen artístico, encontrando esa película de mala calidad e indigna de nuestras pequeñas pantallas. Una tan despreciable excomunión hacía reír. La televisión francesa, en su producción de ficción, había sido constantemente incapaz de afrontar decididamente los grandes temas contemporáneos y tratarlos de manera simple y directa, en un estilo a la vez popular y cuidado, serio y veraz. Nuestra ficción se dividía entre producciones indigentes para llenar espacios y una pacotilla de obras de pretendida vanguardia, de un estetismo pretencioso, que no contentaban más que a sus autores. Lo que nosotros hacíamos, o, más bien, lo que habíamos hecho mejor, era el telefilm histórico, por lo general sacado de una novela clásica, y a condición de que el tema tuviera por lo menos un siglo de antigüedad y no se prestara a demasiadas controversias. Había que distraer sin instruir. Holocausto era todo lo contrario de esta producción convencional. Los productores habían tenido la valentía de escoger uno de los temas más dolorosos de nuestra época, una vergüenza para la humanidad, un escenario incómodo y perturbador. La trama histórica era sólida, los caracteres fuertemente definidos e interpretados por grandes actores, la dramatización era novelada sin florituras de mala ley, pero sin simplismo. Raymond Aron que, joven investigador en Berlín durante los años treinta, había sido testigo del período, me confió cuánto le había impresionado la verdad psicológica de ciertos personajes de los que había conocido los equivalentes reales. Evocaba una copia exacta de ese gran almacén judío, cuyos antepasados, en la película, no habían sido más que alemanes, cuyo patriotismo, hoja de servicios, sensibilidad, cultura y gusto eran totalmente alemanes, y que no podían, pues, creer en la verosimilitud de las persecuciones que comenzaban, ni, por consiguiente, desconfiar. Que la necesaria esquematización de un serial televisado pudiera, aquí y allí, confinar con el melodrama, no podrá sorprender. Pero hay que entenderse. Cuando se tiene constantemente en la boca las expresiones de arte popular y de cultura de masas, se deben aceptar las simplificaciones que son inseparables de las mismas y que después de lodo caracterizan también una parte importante de la novela popular del siglo XIX. Si no, limitémonos a documentales estrictos, muy superiores en calidad histórica, pero que no llegarán jamás al gran público. Claude Lanzmann, que trabajaba entonces en Shoah, hizo toda la campaña que pudo contra la difusión de Holocausto en Francia, temiendo que le hiciera la competencia y estropeara el tema. Aparte de que esa actitud traducía un escaso respeto por la libertad de elección del público, se basaba en un error de diagnóstico: Shoah no solamente trasciende, con mucho, en valor, al serial americano, sino que es una obra de otra naturaleza. Ambos films no apelan, en absoluto, al mismo tipo de curiosidad ni de emoción. No tienen más razón para estorbarse o para excluirse como no la habría en prohibir Quo Vadis para asegurar el éxito de La historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Sienkiewicz ha tenido decenas de millones de lectores (y aún más espectadores han visto las numerosas películas adaptadas de su novela), pero dudo de que haya quitado ni uno solo a Gibbon.
    Me escandalicé de que en un país tan puntilloso sobre el tema del antisemitismo, hasta el punto de confundir editorial y documento periodístico, y tan preocupado en perpetuar el recuerdo del genocidio, fuera, sin embargo, el único en no difundir la primera narración televisada de calidad y cierta amplitud que se había realizado sobre esa tragedia. Decidí, pues, en L'Express, hacer alguna propaganda para alertar al público y tratar de hacer variar su decisión a las autoridades competentes. Esto me costó ser inmediatamente acusado, en el curso de una conferencia de prensa, por el presidente de TF1, de haberme convertido en el agente de Holocausto, porque mi editor, Robert Laffont, había publicado el guión en forma de libro (de lo que, por otra parte, ni me había enterado) y que la difusión de la película estimularía las ventas. Se admirará, una vez más, la altura moral del debate de las ideas en Francia, y sobre todo e! sentido de la deontología que manifestaba con esa imputación calumniosa el responsable de un gran servicio público. ¿Seguía él consignas políticas? Lo ignoro. ¿Deseo de Valéry Giscard d'Estaing de no despertar simpatías proisraelitas? ¿De no molestar a los alemanes? Hubiera sido muy ingenuo por su parte, pero los hombres de Estado lo son a menudo. En todo caso, dirigí nuestra súplica por Holocausto a la segunda cadena (llamada Antena 2). Contestó que le gustaría mucho pasar la película, pero que no disponía de los créditos necesarios para la compra de los derechos. Inmediatamente, abrí en las columnas del periódico una suscripción para «acudir en ayuda de la televisión francesa menesterosa» y los donativos afluyeron. Porque unas semanas después del asunto de Darquier, la opinión pública se había vuelto en favor de L'Express, tan evidentes eran la inanidad de las acusaciones de las que éramos objeto y la malevolencia de las intenciones que las inspiraban. Yo no ignoraba que un organismo del Estado no tenía derecho a aceptar donativos. Nuestra suscripción no era más que una manera de mantener el interés. Los suscriptores fueron reembolsados en el momento en que vencimos. Porque, finalmente, el presidente de Antena 2, Maurice Ulrich, hombre inteligente y de gran olfato, me telefoneó un día para anunciarme que acababa de comprar los derechos de Holocausto. El éxito de audiencia y la resonancia hicieron, creo yo, que no se arrepintiera de su decisión.
    El contratiempo que viví en 1978, a causa de un documento sobre la colaboración francesa con los nazis, se volvió a producir diez años más tarde en la República Federal de Alemania, a una escala mucho más amplia y a un nivel político de mayor envergadura. Pero el muro de deshonestidad y de imbecilidad con el cual tropezó en esta ocasión el simple esfuerzo de conocimiento histórico fue exactamente el mismo en Alemania y en otros lugares. Quiero hablar del huracán desencadenado por el discurso pronunciado el 10 de noviembre de 1978 en el Bundestag por el presidente (cristianodemócrata) de esta asamblea, Philip Jenninger, quien se vio obligado a dimitir a causa del escándalo. El tema de su discurso era la triste conmemoración del quincuagésimo aniversario de la «Noche de Cristal», en el curso de la cual las SS y las secciones de asalto hitlerianas habían atacado a los judíos en todo el país, habían arrasado sus viviendas, saqueado sus comercios, incendiado sus sinagogas, cometido todo tipo de atrocidades y arrestado y encarcelado a miles de personas. ¿Cómo pudo la mayoría del pueblo alemán permanecer indiferente ante este horror perpetrado contra sus conciudadanos? Y aún más, ¿qué puede ayudar a entender el período de 1933-1938, durante el cual el nazismo se estableció en una de las naciones más civilizadas del mundo, paraíso de la filosofía, la música, la ciencia, la historia, la sociología; que contaba con un nivel de instrucción popular sumamente desarrollado y con universidades respetables y prestigiosas? Éste es el tema de reflexión que se propuso Jenninger y el asunto que trató. Habría podido contentarse con vociferar algunos indignados lamentos, condenar con voz temblorosa el racismo, el antisemitismo y la «exclusión», y concluir, mediante una vibrante grandeza demagógica, incitando a que hubiera una mayor vigilancia para con un nazismo, que habría proclamado siempre renaciente entre nosotros. Entonces habría obtenido un éxito clamoroso; tendría de su lado a todos los memos virtuosos y a los arribistas hipócritas del planeta, que precisamente son incapaces o indiferentes para impedir que se produzcan nuevos genocidios, o incluso para discernir cuándo tienen lugar, por no haber analizado los verdaderos orígenes de los antecedentes. Jenninger habría dado un notable impulso a su carrera política. La ha destrozado al optar por la integridad.
    Una primera ráfaga de informaciones de agencias y de artículos describió y condenó el discurso del presidente del Bundestag casi como una justificación, una rehabilitación del nazismo, en cualquier caso una absolución. ¡La abominable historia «revisionista» hacía su entrada a la cabeza de la representación parlamentaria alemana! Fue esta inconcebible e incalificable interpretación la que suscitó una ofensiva de una irresistible violencia contra Jenninger, que le obligó a dimitir en veinticuatro horas, el 11 de noviembre. El poderoso papel que jugaron las imágenes emitidas por la televisión constituye un factor particularmente sintomático de nuestro tiempo. En las pantallas del mundo entero se proyectaron las mismas secuencias, procedentes de una cadena de televisión alemana, que mostraban a unos diputados del Bundestag cubriéndose el rostro con ambas manos en señal de aflicción y a otros abandonando ostensiblemente el hemiciclo. La impresión de conjunto era la de una consternación y una desaprobación universales. Ahora bien, el Bundestag cuenta con 520 diputados y, de acuerdo con su naturaleza, la televisión se concentró en las dos o tres docenas de ellos -menos del 10%- que adoptaron un comportamiento fuera de lo común, que no querían o no podían comprender el discurso. Desde luego, la televisión no es culpable: se limita a filmar lo que se mueve. No se concentra en los rostros firmes, incluso si representan el 90 % de los presentes. Así es como los telespectadores han «visto» la casi totalidad de los parlamentarios abandonar el hemiciclo.
    Una segunda ola llegó de improviso, compuesta de una ración superabundante de artículos y de comentarios. Rectificó notablemente la versión divulgada en primer lugar. Nos enteramos, o al menos adivinamos, que en realidad Jenninger no había ensalzado el nazismo. Al contrario, más bien parecía haberlo condenado. (Era muy considerado percatarse de ello, pero este beneficio de la duda llegaba un poco tarde para el desdichado.) Sin embargo, su agravio había consistido, al buscar una explicación histórica del fenómeno, en presentar el racismo nazi de forma casi demasiado neutral, en parecer admitirlo, en suma -y aquí se repetía el inevitable comodín, él mismo convertido en repugnante trivialidad - , de «trivializarlo». Una buena muestra tomada al azar de este género de clichés nos llega con un artículo de Alberto Cavallari, en La Repubblica del 15 de noviembre de 1988. «Con tantas explicaciones-justificaciones -escribe este periodista-, en realidad el riesgo radica en que la misma historia sea abolida.»[6] ¡Diablos! ¿Cómo es eso? ¿Cómo puede abolirse la historia al practicarla, y por el contrario servirla al rechazarla? Misterio. Esta apología en favor del oscurantismo procede directamente del «tabú» al que antes aludía. Quiere decir: hay cosas que no responden a la inteligencia y a las cuales tan sólo conviene un anatema. Aquí es donde conduce esta actitud de huida con el anatema y de prohibición del conocimiento en beneficio de la polémica vulgar. Presenta un gravísimo peligro, que ya he subrayado: al rechazar el estudio de las fuerzas humanas y sociales que exponen siempre a todo individuo, a todo pueblo, a la tentación totalitaria, se deja eternamente abierta la posibilidad de que sucumban a ella. Pues el anatema no instruye, no cura. Sólo la comprensión instruye, previene, cura. No se reduce el riesgo totalitario al preferir la indignación en la ignorancia a la curación por la inteligencia.
    En una tercera fase del caso Jenninger, la verdad termina finalmente por aparecer. Con una nobleza moral y un rigor deontológico muy poco frecuentes, y después de haber escrito el 11 de noviembre, al igual que la mayoría de los restantes órganos de prensa del mundo, que Jenninger había hecho una apología del nazismo, La Stampa de Turín reconoció y rectificó su error. «Empieza a haber algo que causa estupor -escribe Barbara Spinelli el 16 -, en el desdén que Philipp Jenninger sigue suscitando aquí en Italia y en el conjunto de las izquierdas alemana y europea. Al parecer, de nada sirven las aclaraciones, las citas exactas... De nada tampoco el hecho de que personalidades autorizadas como Simón Wiesenlhal, maestro en desenmascarar a los nazis, hayan defendido a Jenninger, aprobado su descripción de la Alemania hitleriana y calificado de gran tragedia su dimisión.»[7] En La Stampa del día 18, Galli della Loggia explicaba: «Después de haber informado en un principio, en virtud de la fidelidad de los informes de agencia, de la barbaridad de que el presidente del Bundestag había hecho una defensa pública del nazismo, nuestro periódico ha sido el único que ha querido luego analizar y entender exactamente lo que había ocurrido. Hemos conseguido el texto íntegro del discurso y lo hemos publicado. De esta forma los lectores han podido comprobar con sus propios ojos que la noticia era absolutamente falsa.»[8] En efecto, vergüenza difícilmente verosímil, después de que hubiera transcurrido casi una semana desde el acontecimiento, los periódicos habían publicado millones de líneas de consideraciones ostentosas y de sermones virtuosos, pero que yo sepa a ninguno de los grandes periódicos europeos y norteamericanos antes que La Stampa del 16 y del 17 de noviembre se le había ocurrido este acto elemental de la información pura: ¡imprimir el texto íntegro del discurso!
    En los ejemplos que he analizado, las actitudes prevalecientes mezclan una negativa a conocer la historia con una necesidad de volverla a vivir bajo la forma de puesta en escena. La ignorancia voluntaria del pasado conlleva la falsificación del presente. Tal es la función del tabú.
    Notas
    [4] Teresa Toranska, «ONI», Des staliniens polonais s'expliquent, traducido del polaco por Laurence Dyèvre, prólogo de Jan Krauze, Flammarion, 1986.
    [5] En el artículo citado en la página 45, Raymond Aron escribe, refiriéndose a la publicación de la conversación mantenida con Darquier: «Al encontrarme ausente de París en el momento en que se tomó la decisión, no conocí el texto de antemano y el comité editorial no pudo discutir sobre él.» [L'Express núm. 1 427 del 11 de noviembre de 1978.) Esta frase no coincide con lo que yo recuerdo. Si es cierto que Aron no leyó la entrevista, también lo es que le dije que obraba en mi poder y que tenía la intención de publicarla. No formuló ninguna objeción y se marchó de viaje. De hecho, ni él ni yo imaginábamos las tormentas que causarían la necedad y la malevolencia.
    [6] «A furia di spiegazioni-giustificazioni il rischio infatti è che la storia stessa sia cancellata.»
    [7] «Comincia ad esserci qualcosa di stupefacente, nello sdegno che Philipp Jenninger continua a suscitare da noi in Italia, oltre che nella sinistra tedesca ed europea. A nulla sembrano servire i chiarimenti, le citazioni esatte. A nulla sembrano giovare i commenti di personalità antorevoli come Simon Wiesenthal, che pure è addestrato a stanare nazisti e nonostante cio ha difeso Jenninger, ha approvato la sua raffigurazione della Germania hitleriana, e ha definíto una "grande tragedia " le sue dimissioni.»
    [8] «Questo giornale è stato l'único, nel nostro Paese, che -di fronte all'oggettiva enormitá di una notizia secondo la quale il presidente del Parlamento tedesco avrebbe fatto publica apologia del nazismo nientemeno che commemorando l'inizio dello sterminio degli ebrei da parte del medesimo- ha riportato si la natizia per quella che essa era, per come era giunta dalle agenzie, ma ha voluto contrallare e capire esattamente quanto era successo, cercando il testo integrale del discorso e pubblicandolo. I lettori de La Stampa hanno così potuto constatare con i loro occhi che quella notizia ero nel mérito assolutamente falsa.»


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  8. #8
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    Re: El conocimiento inútil

    Función del tabú




    La izquierda, incluso -y sobre todo- la no comunista, necesita cultivar la ficción de que existe un totalitarismo de derechas tan imponente como el de 1935 o de 1940, a escala mundial, con objeto de poder pasar la esponja sobre el totalitarismo comunista. Ciertamente, violaciones de los derechos del hombre, tiranías, represiones, exterminios e incluso genocidios pululan fuera del sector comunista del planeta. Es una evidencia, y pulularon mucho antes de que el comunismo hiciera su aparición en escena. Que sea preciso combatirlos y esforzarse en crear una especie de orden democrático mundial es algo de lo que todo hombre honrado está convencido. Pero esto es precisamente lo que nosotros no hacemos. Porque nos prohibimos a nosotros mismos comprender y, por consiguiente, tratar los males que pretendemos atacar, cuando asimilamos los unos a los otros y reducimos a la unidad supuesta de un totalitarismo de esencia nazi realidades tan dispares como el apartheid sudafricano, la dictadura del general Pinochet en Chile, la represión de manifestaciones estudiantiles por el gobierno de Seúl o, incluso, en una democracia, la expulsión a su país de origen de inmigrados clandestinos desprovistos de autorización de residencia. Es indispensable, por una parte, luchar contra todas las injusticias en el mundo, y, por otra, conocer bien el pasado nazi. Pero no queremos conocer el pasado nazi; queremos utilizarlo para proyectar un color uniforme sobre los atentados contemporáneos a la dignidad humana que, por esa misma confusión, no podemos conocer tampoco, ni explicarlos, ni extirparlos. Un doble rechazo de la información censura el pasado nazi y disfraza los atentados actuales a los derechos del hombre, sirviendo la primera operación de ejecución de la segunda. De ahí procede la aparente inconsecuencia que consiste en invocar, con o sin motivo, el monstruo nazi, mientras se protesta con vehemencia contra toda publicación o incluso reedición de un documento que arroje la luz sobre sus fuentes y sus mecanismos. Antes del caso Darquier, vi surgir ese miedo al conocimiento con ocasión de la reedición de La France juive de Édouard Drumont, en 1968, en la editorial Jean-Jacques Pauvert. Suponiendo erróneamente que esa reedición figuraba en una colección dirigida por mí (aunque, pecado frecuente en demasiados periodistas, no comprobó una «información» que le gustaba), Jean-Francis Held (al que, por otra parte, empleé más tarde en L'Express) me reprochó vivamente en Le Nouvel Observateur el portarme como un agente propagador de Drumont. Por mi parte, yo no veía más que ventajas en permitir a mis contemporáneos juzgar personalmente a Drumont, cuya nefasta influencia merecía una investigación. Yo había rehusado incluirlo en mi colección porque una Sociedad de Amigos de Drumont, jurídicamente habilitada para velar por las obras de ese autor, tenía la facultad de imponer al editor, a guisa de prólogo, una larga rehabilitación debida al historiador de extrema derecha Étienne Beau de Loménie. Tanto como encontraba útil hacer accesible el documento, reprobaba con todo mi corazón que se lo elogiara. En un artículo aparecido en L'Express del 8 de abril de 1968, exponía tal punto de vista, refutaba severamente la apología de Beau de Loménie e invitaba a los lectores a interrogarse sobre el misterio de la fortuna de que habían gozado las teorías abracadabrantes, pero asesinas de Drumont. Pero no por ello Le Nouvel Observateur desistió de su ataque contra mí, que publicó después de mi artículo, bastante claro, creo yo, aunque él fingió ignorarlo. Me vi, pues, obligado a replicar de nuevo, en el mismo Observateur, esta vez. La France juive había sido escrita en 1866: ¡debía de haber muy poderosos motivos para querer esconder a los franceses ese texto de 102 años atrás! ¿No habría valido más preguntarse por qué ese galimatías estúpido y vulgar había ejercido sobre nuestra cultura, hasta 1939, tal influencia ideológica, tan humillante para nuestro orgullo intelectual? ¿Se olvidaba que Georges Bernanos, profeta del cristianismo de izquierdas, había, él mismo, publicado en 1931 un panfleto antisemita, La Grande Peur des bien-pensants, dedicado a la memoria y consagrado a la gloria de Édouard Drumont, obra todavía en venta? Ahí se veía ya desplegarse los dos postigos del comportamiento que he intentado describir a propósito de Barbie y de Darquier: esgrimir sin tregua el espantajo de un peligro totalitario de derechas alrededor nuestro y, mientras tanto, cerrar el paso en lo posible a los documentos que puedan permitir al público saber lo que ha sido verdaderamente el totalitarismo de derechas.
    «¿Por qué no reeditar Mein Kampf?», me objetaba Held.«¿Por qué no? -le respondí yo-. E incluso convendría absolutamente hacerlo.» Yo proseguía así: «Convendría absolutamente que el mayor número posible de gente tuviese un conocimiento profundo de un libro cuyo autor ha estado a punto de costar la vida a Europa, ha dado un regusto de sangre y de podredumbre a nuestra civilización, marcado la historia del mundo y sacudido toda nuestra época. ¿O es que hay que volver a empezar eternamente desde cero? ¿Hay que esperar siempre con la cabeza vacía y las manos desnudas los nuevos ataques de la derecha? ¿O más vale estar prevenidos de que no se trata de fenómenos inéditos?
    Para mí, "desmitificar" no consiste en juzgar en el lugar de los lectores, sino ponerlos en situación de hacerlo por sus propios medios. No es juzgar por ellos, sino proporcionarles los elementos que les permitan juzgar.
    Nuestra ilusión consiste en imaginarnos constantemente que la derecha bajo su forma virulenta es un monstruo sepultado, y ser siempre sorprendidos y pillados desprevenidos por sus resurgimientos. Peor todavía; consiste en no reconocer en sus manifestaciones actuales la repetición de sus actos y de sus doctrinas pasadas. A los veinte años, yo pensaba que después de las lecciones de la segunda guerra mundial ya nunca más se verían campos de concentración, y no han dejado de existir; que ya no se verían más genocidios, y se han sucedido sin interrupción; que no se vería ya más racismo, y no se ve más que eso; que nunca más se vería reprimir huelgas o manifestaciones pacíficas por la fuerza, y ello es el pan de cada día; que nunca más se vería contestar, suprimir o reducir la libertad de información, y los gobiernos no la toleran en la práctica en ninguna parte; que nunca más se asistiría a golpes de Estado militares, y raro es el año que no aporte uno; que nunca más habrían dictaduras, y mire por el lado que mire casi no veo más que dictaduras; que las garantías del individuo ante las policías y la justicia llegarían a ser intocables, y se pueden contar con los dedos de una mano los países en que son más o menos respetadas.
    ¿Es, pues, juicioso considerar las expresiones pasadas del pensamiento reaccionario como curiosidades prehistóricas, refutadas por los hechos, e indignas de ser mencionadas? ¿Es lógico añadir después que hay que impedir a la gente leerlas porque les perjudicaría? ¿No deseamos, más bien, silenciar un pasado que nos avergüenza?
    Temo que haya mucho que perder en tratar así a nuestros conciudadanos como criaturas, incapaces de pensar por sí mismas y de pronunciarse basándose en documentos, y pienso que al querer describirles un pasado de agua de rosas les estamos preparando, una vez más, un futuro de vitriolo.»
    Se observará que ya en esa época yo formulaba con cierta ingenuidad esta objeción: ¿cómo pretendéis enseñar a los jóvenes espíritus a identificar y rechazar la tentación nazi, hoy, si les prohibís adquirir conocimiento de las fuentes ideológicas del nazismo de ayer? Propagar el conocimiento exacto del nazismo no era, y no es, el objetivo buscado; yo no lo veía claramente entonces. El objetivo buscado es doble: por una parte, aplicar la etiqueta nazi sobre toda clase de comportamientos, que pueden ser muy condenables, pero que no tienen nada que ver con el nazismo histórico; por otra parte, impedir comprender que el nazismo auténtico no existe ya y que el principal peligro totalitario, global y planetario, desde la derrota del nazismo, viene del comunismo. Para obtener ese resultado es, pues, deseable mantener la mayor ignorancia posible sobre el pasado, de manera que facilite el mayor engaño posible en el presente.
    Las referencias históricas que preceden pueden inducir a pensar que mi hipótesis se aplica sobre todo al caso francés y al de los países que fueron ocupados por los nazis o los fascistas. Esos países, en efecto, mantienen con su pasado una relación turbia, debida a su deseo de condenar y negar a la vez la colaboración con el ocupante totalitario. Esta relación con el recuerdo se hace aún más mórbida en los países que fueron, ellos mismos, cuna del nazismo y del fascismo. Sin embargo, hecho más desconcertante, la actual manía de ver al fascismo activo en todas partes, varios decenios después de su muerte, reina también en los países que no fueron ni fascistas ni ocupados. En los Estados Unidos, es más bien el maccarthysmo quien desempeña el papel de arma disuasiva ante toda crítica dirigida contra la izquierda e incluso contra el comunismo totalitario. La acusación de «resucitar el maccarthysmo» o de librarse a la «caza de brujas» acecha a todo intelectual que se inquieta por la vulnerabilidad ideológica de Occidente a los temas de la propaganda comunista. Colmo de la paradoja, en la misma Gran Bretaña, nación que ha merecido más que ninguna otra permanecer indemne de la neurosis obsesiva con respecto a la extrema derecha, se oye a veces calificar de «fascistas» a personas que simplemente cometen el error de votar conservador o de rechazar el desarme unilateral. Así, durante la campaña electoral de la primavera de 1987, el Guardian comparó a Margaret Thatcher a un «general nazi». Denis Healey, ex ministro de Defensa y ex ministro de Hacienda, gritó por su parte ante la multitud congregada para escucharle que el gobierno de la señora Thatcher estaba formado por «esclavos de esa dama, supervivientes silenciosos de su holocausto personal».[9] Dadas las resonancias que evoca el término «holocausto», hay que atribuir tales hipérboles a una malignidad indigna o a una completa inconsciencia. No obstante, la «banalización» del insulto supremo no sería admitida en el otro sentido; por ejemplo, las protestas hubieran arreciado si la señora Thatcher hubiera decidido llamar al señor Healey «chequista» o «amigo del Gulag», porque proclamaba su admiración por la Unión Soviética o recomendaba volver a nacionalizar las empresas que ella había privatizado.
    La efervescencia electoral no explica, ella sola, esos excesos de lenguaje. Es cómodo para la izquierda asimilar al fascismo las ideas que difieran de las suyas y es imperioso hinchar el peligro fascista para desviar la atención pública del peligro comunista. Aquí, la luz que proyectan sobre el presente los recuerdos de la segunda guerra mundial sirve para aumentar fenómenos marginales y meter en el mismo molde actitudes heterogéneas. Así, con gran estupor, recibí, a principios de 1985, una invitación para ir, en calidad de «experto», a testificar ante el Parlamento Europeo de Bruselas sobre «el ascenso del fascismo y del racismo en Europa». Como las últimas dictaduras fascistas, la griega, la española y la portuguesa, habían precisamente desaparecido de Europa hacía diez años; como ningún partido con posibilidades de tomar el poder ya no invocaba sus doctrinas; como nada comparable a las poderosas «ligas» de la preguerra parecía tener talla para demoler a las democracias, habría podido creer en un retraso del correo e imaginarme ante una misiva enviada cincuenta años atrás. Pero en 1935 el Parlamento Europeo no existía, y me vi forzado a rendirme a la evidencia: era en septiembre de 1984 cuando, a propuesta del grupo socialista, el Parlamento Europeo había creado una comisión investigadora encargada de examinar el auge del fascismo y del racismo en Europa. Por otra parte, dicho Parlamento, sintiéndose investido de una misión universal, invitaba a la comisión a perseguir a la plaga fascista mucho más allá de las fronteras de la Comunidad, cabe preguntarse con qué título. Pero, para empezar, se iba a limpiar Europa. Así, en el momento en que el imperialismo soviético extendía cada vez más sobre nosotros y sobre el mundo entero las redes de su ingeniosa estrategia, en que el terrorismo de importación oriental se ensañaba contra las sociedades liberales, en que sufríamos de un crónico marasmo del empleo, en que nuestras economías y nuestras tecnologías atrasadas se encontraban embestidas por la competencia comercial de Japón y de los nuevos países industriales, en que el totalitarismo colonial se perpetuaba en Europa central, he aquí que la cuestión prioritaria para el Parlamento Europeo, a la cual decidía consagrar su tiempo y el dinero de los contribuyentes, era la ascensión del fascismo, precisamente en una de las escasas regiones del planeta en que la democracia parecía bastante sólida para excluir con certeza su retorno... por lo menos durante el lapso que puede cubrir la previsión política razonable. La cuestión del ascenso de los peligros fascistas fue igualmente considerada prioritaria por dieciocho de los veinticuatro «expertos» desplazados a Bruselas, con todos los gastos pagados, para declarar, de enero a marzo de 1985, ante la comisión. Yo figuré entre los seis de la minoría que consideró más bien residuales, comparados con el fascismo de masas de la anteguerra, los grupos extremistas de derecha actuales.[10]
    El mismo enunciado del tema sometido a la encuesta de la comisión hacía temer que el objetivo perseguido no fuera la información, sino la construcción de un objeto ideológico. Una primera operación de alquimia verbal tendente a unificar elementos dispares fue llevada a cabo gracias al uso de la noción de fascismo. Se encuentran, efectivamente, esparcidos a través de Europa grupos o grupúsculos de extrema derecha, en primer lugar muy pequeños, luego muy heterogéneos, entre los cuales hay algunas decenas de plumíferos maníacos, nostálgicos de la imaginería nazi; fieles de la derecha nacionalista, eventualmente monárquicos o católicos integristas; sociedades de pensamiento sin actividad política, como la nueva derecha intelectual en Francia, a saber, los teóricos de las revistas Éléments y Nouvelle École, anticristianos, antiamericanos y anticapitalistas; grupos terroristas llamados «negros», cuyos verdaderos inspiradores y comanditarios son, por lo demás, muy difíciles de identificar: en la República Federal de Alemania escribe, en efecto, uno de los especialistas del terrorismo, «todos, digo todos los grupos neonazis verificados son o han sido suscitados, infiltrados y manipulados por Alemania del Este».[11] Ninguno de tales grupos ha reunido jamás bastantes electores para llevar a un solo diputado a un parlamento. La única formación neofascista que ha obtenido de manera seguida una representación parlamentaria es el MSI (Movimento Soziale Italiano) que, merced al sistema del escrutinio proporcional, consigue regularmente, con un 5 o 6 % de votos, algunos escaños. Pero, excluido de lo que los italianos llaman el «arco constitucional», es decir, tratado en la Cámara como si no existiera, este partido, sin periódicos ni acceso a las combinaciones ministeriales, no ejerce, en la práctica, ninguna influencia. Además, rompiendo en ese punto con la doctrina fascista de la anteguerra, se ha incorporado en teoría a los principios democráticos y se prohíbe a sí mismo la vía «putschista», en la que su debilidad no le permitiría, por otra parte, cosechar más que el ridículo y algunos meses de prisión.
    Los redactores de la cuestión perpetraban, pues, una doble trampa: asimilación de los grupos esporádicos de hoy al fascismo de la anteguerra; unificación ficticia de esos grupos. Era la segunda fusión alquímica. Permitía decantar la poción mágica en estado puro: la urgencia prioritaria y urgente de ocuparse de un peligro fascista global. Comparar las capillas excéntricas y esqueléticas de la extrema derecha de fin de siglo con los poderosos partidos de masas que acaparaban la escena política entre las dos guerras y terminaron por ocuparla por entero, es algo que choca excesivamente con la verosimilitud. También hace falta, para que se pueda tomar en serio la asimilación, conferir a la extrema derecha contemporánea una cierta consistencia, introducir en ella la unidad, la coordinación, incluso la concertación. Aislado, cada uno de estos grupos es un mosquito; todos reunidos es un dispositivo de conjunto, pueden parecer un ejército de elefantes. De ahí la obsesión en demostrar que forman una organización internacional coherente. El 4 de junio de 1987, todavía, el semanario parisiense de izquierdas L'Événement du Jeudi cubría toda su primera plana con este título en caracteres enormes: «La Internacional neonazi.» ¡Siempre los grandes problemas de actualidad! Se observará de paso, también aquí, una inversión en la percepción de las amenazas. En una época en que existe una muy viva, muy real y verdaderamente gigantesca Internacional, la que anima Moscú, a la cual no se puede negar una cierta omnipresencia y el título de actor de primer rango en los asuntos del mundo, la imaginación de la izquierda se consume frenéticamente para reunir los fragmentos del derechismo paleontológico arrinconados en los intersticios de nuestras sociedades ampliamente democráticas para gritarnos: «¡Desengañaos! ¡No miréis más hacia el Este! ¡Mirad por aquí! ¡Ved la Internacional neonazi! ¡Éste es el verdadero peligro!» ¡Y un semanario cubre su primera plana en el mismo momento en que Gorbachov está a punto de vencer a Europa haciendo progresar cada día un poco más la ejecución de su plan de desnuclearización de nuestro continente, muy vieja ambición soviética, destinado a provocar la retirada estadounidense y la dislocación del dispositivo de seguridad instalado cuarenta años atrás, con ocasión de la firma del Pacto Atlántico. ¡Malditas pamplinas! Hablemos un poco de los peligros verdaderamente graves y, si hace falta, fabriquémoslos.
    Podría interpretarse esta actitud como síntoma de secreta resignación de una civilización que, sabiéndose impotente para resistir a la fuerza, que, poco a poco, la domina, libra, por compensación, un combate teatral contra un mal ficticio o, por lo menos, desmesuradamente aumentado. Para hinchar la ficticia unidad de un nuevo fascismo internacional, pura construcción del espíritu, la receta bien conocida de la amalgama hecha a batiburrillo en la misma marmita a los excitados del neonazismo muscular, los criminales muy temibles del terrorismo que se ve negro, y exclusivamente negro, o aun los investigadores científicos que cometen el error de escoger por disciplina la sociobiología. El Guardian y el Times Literary Supplement, el más prestigioso semanario literario del Reino Unido, llegan incluso a confundir, o pretender confundir, a los neoliberales franceses, discípulos de Locke, Montesquieu y Tocqueville, con la nueva derecha, heredera de Gobineau y de Maurras. ¿Incompetencia? ¿Mala fe? A menudo ambas se ayudan la una a la otra.[12] La primera etapa consiste en hinchar y unificar artificialmente los efectivos del fascismo; la segunda en agregarle la derecha democrática, los conservadores, los partidarios del liberalismo económico, los adversarios de las nacionalizaciones y del colectivismo. Al final, todo el mundo es fascista..., salvo los socialistas y los comunistas, por supuesto. Peor aún: desaprobar una personalidad de izquierdas, incluso en un punto sin relación con la política, es, a veces, caer en el fascismo. Marek Halter, de ordinario más circunspecto, escribe en Paris-Match (1° de julio de 1988) a propósito de Marguerite Duras: «Algunos le reprochan el parisiensismo de su papel en el asunto Villemin. Son a menudo los mismos que perdonan a Céline haber construido una parte de su obra a costa de los judíos.» En 1984, se encontró un niño atado y ahogado en un río cercano a un pueblo del este de Francia. Producto de sombríos odios familiares, el crimen fue imputado al cuñado de los padres de la víctima (que a su vez fue asesinado por el padre) y luego a la propia madre del niño, Christine Villemin, aunque esto nunca pudo ser probado. Este caso apasionó a toda Francia y claro está incitó a los periódicos a consultar sobre el tema a intelectuales totalmente incompetentes, como Marguerite Duras, que manifestó su seguridad de que Christine Villemin era culpable. Fue atacada a causa de esta declaración desconsiderada. ¿Qué relación, ¡diantre!, puede existir entre reprobar su irresponsabilidad en un asunto de derecho común y aprobar el antisemitismo de Céline? Una sola: no seguir a Duras en sus divagaciones es hacerse cómplice del Holocausto.
    A la ascensión del fascismo, los autores del tema de encuesta sometido a la perspicacia de la Asamblea Europea añadieron la ascensión del racismo. Debemos, pues, examinar la función política de esta noción en el tabú.
    Notas
    [9] Citado por Il Giornale, de Milán (22 de mayo de 1987).
    [10] Los otros minoritarios fueron los profesores Raoul Girardet y Olivier Passelecq (ambos del Instituto de Estudios Políticos de París), el profesor Erwin Scheuch (de la República Federal de Alemania), André Glucksmann y el disidente soviético Mijaíl Voslensky. Las veinticuatro declaraciones son aquellas cuyo texto se reproduce íntegramente en los anexos del informe final, que tengo ante mis ojos. Pero fueron en número muy superior a esa cifra las personalidades de toda Europa -presidentes de asociaciones diversas, diputados, dirigentes sindicales- que fueron invitadas a ilustrar a la comisión.
    [11] Xavier Raufer, Terrorisme, J. J. Pauvert, 1984. El autor cita algunos hechos en apoyo de su tesis: «La vigilia de Navidad de 1959, unas sinagogas son embadurnadas con cruces gamadas en grandes ciudades alemanas. Inmensa emoción en el mundo entero. El gobierno federal presenta sus excusas. Pravda, en particular, se ensaña con los "revanchistas". Son detenidos dos "embadurnadores", que designan a su jefe: Bernhard Schlottmann, agente de los servicios de información de Alemania del Este, actuando por órdenes de sus superiores.
    «Entre cien casos idénticos, varios son especialmente reveladores.
    »Un tal Herbert Bormann monta, en Essen, un "grupo de combate nacionalsocialista democrático", o KDNS. Investigación. Bormann es, en Alemania del Este, como "comunista perseguido por los nazis", poseedor de una carta oficial de... víctima del fascismo. Más aún: el 15 de enero de 1975, a las 15 horas, la radio de propaganda de Alemania del Este, Radio Libertad y Progreso, denuncia violentamente la creación, ese mismo día, de ese partido "anticomunista y nazi"... que sólo será fundado el día siguiente.»
    [12] El 6 de febrero de 1986, el Guardian atacaba a la revista Commentaire, fundada por Raymond Aron y dirigida por uno de sus más fieles y notables herederos intelectuales, Jean-Claude Casanova, clasificándolo, junto a mí, por otra parte, en la «nueva derecha». Yo ya había tenido derecho al mismo tratamiento en el Times Literary Supplement a causa de mi libro El rechazo del Estado (1984). Se sabe que la nueva derecha francesa no tiene nada que ver con el liberalismo, al que odia.


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    Re: El conocimiento inútil

    Función política del racismo




    Así el gran tabú tiene por función legitimar el totalitarismo «de izquierdas»... ya que aún se le califica de ese modo. En teoría, los guardianes del tabú velan por la equidad del reparto de los juicios qué emitimos sobre los dos totalitarismos. En la práctica, esta imparcialidad aparente presupone la fabricación previa de un totalitarismo; de derechas que, en el contexto de la segunda mitad del siglo XX, es una pura creación del espíritu, lo que en la filosofía antigua se denominaba un «ente de razón». Se entendía por ello no que ese «ente» fuera racional o razonable, sino que era un producto de nuestra facultad cogitativa, un concepto al cual no correspondía ningún objeto real. Ciertamente, los regímenes contemporáneos que no son comunistas no son todos democráticos, ni mucho menos, pero los regímenes no democráticos y no comunistas no constituyen una potencia política y estratégica homogénea construida según un mismo principio, provista de una misma estructura de poder e inspirada por una misma ideología. En otras palabras, no hay en 1988, año en que aparecen estas líneas, un nazismo mundial que sería la antítesis melliza del comunismo mundial. La pretendida igualdad de tratamiento entre los dos aprovecha, pues, al comunismo. Éste se ve absuelto gracias a ese subterfugio o, en el peor de los casos, condenado con la sentencia en suspenso bajo el pretexto de que no tenemos derecho moral a declararlo enemigo del género humano mientras el fascismo internacional no haya sido también extirpado. Como el fascismo internacional no existe, no hay riesgos de extirparlo pronto, lo que confiere una duración eterna a la inmunidad de que goza el comunismo. Además, ni siquiera en el plano puramente formal, verbal, es respetada la igualdad de tratamiento. No reprobamos los crímenes contra la humanidad cometidos en Afganistán con la milésima parte del vigor cotidiano que volcamos en nuestras diatribas contra el apartheid sudafricano. En el plano económico, las firmas occidentales se retiran de África del Sur, mientras multiplican sus ofertas de servicios a la Unión Soviética. En el plano político, ningún dirigente político de ningún país democrático recibe al general Pinochet ni le visita. En cambio, el presidente de la República Francesa y el presidente del Consejo italiano han recibido al general Jaruzelski, y el presidente del gobierno español ha visitado a Fidel Castro. El primer ministro griego (socialista, como los tres precedentes) ha tomado, por su parte, durante los años ochenta, aún más categóricamente posición en favor del comunismo internacional y del terrorismo cada vez que se le ha presentado la ocasión. En la práctica, igual que en teoría, la igualdad de los dos peligros totalitarios es, pues, un mito dispuesto de tal manera que mecánicamente funciona en provecho del comunismo.
    He tratado en otro lugar de ese comportamiento absolutorio que he llamado «no dar la razón a ninguno».[13] Si vuelvo ahora a ocuparme del tema es bajo el aspecto de la información. En efecto, en esa esfera, más particularmente, el proceso de no dar la razón a ninguno juega regularmente en favor del comunismo. La preocupación por evitar toda condena unilateral del comunismo «mientras subsistan regímenes fascistas» ha llevado, desde hace mucho tiempo, a una censura masiva o, por lo menos, a una atenuación de la información sobre el mundo comunista y sus aliados oficiales u oficiosos, así como a un hábito de aceptar el carácter crónico de las violaciones de los derechos del hombre inherentes al sistema comunista. De los regímenes autoritarios de Chile después de 1973, de las Filipinas hasta 1986, de Corea del Sur hasta 1987, de África del Sur, se puede decir todo lo que se quiera, salvo que nos falta o nos faltaba información sobre ellos. Nadie sospechará que los medios de comunicación occidentales tienden a dejar pasar en silencio los crímenes y fechorías de esos gobiernos o a subestimar la amplitud de las protestas y manifestaciones populares de que son el blanco. Cuando esbozan reformas que van por el buen camino, es raro que nuestros medios de comunicación nos informen de ello, si no es con medias palabras y, en general, para subrayar su insuficiencia. En cambio, todo anuncio de reforma liberal que aparece en un país comunista es acogido con simpatía y confianza, detallado y machacado. No podría pasar inadvertido. El anuncio ya equivale a la realización. Dudarlo sería señal de mala voluntad. Cuando se trata de hombres de Estado occidentales es una exigencia del espíritu crítico, para un periodista, no confundir las declaraciones de intención con los actos. Cuando se trata de hombres de Estado soviéticos, es una actitud tendenciosa y parcial no tomar las primeras por los segundos. Según el Neue Zürcher Zeitung, los redactores en jefe de los principales diarios alemanes han llamado al orden varias veces a algunos de sus corresponsales en Moscú, en 1987, reprochándoles mostrar demasiado escepticismo y tibieza ante el programa de reformas de Gorbachov. Se les pedía hablar de ello de manera más constructiva, con más entusiasmo y fe en el porvenir.
    Tales son algunas de las razones por las cuales, en un libro en que planteo la cuestión de saber si los hombres de nuestro tiempo utilizan efectivamente y desean verdaderamente utilizar todas las informaciones de que disponen, los ejemplos de disimulación flagrante o de negligencia voluntaria de la verdad que encuentro con más frecuencia se sitúan casi todos, inevitablemente, del lado comunista y, de manera más general, a la izquierda. Durante mucho tiempo la falta de honradez intelectual ha estado en la derecha o, por lo menos, equitativamente repartida. Desde 1945, ese elemento esencial para la felicidad humana está siendo egoísticamente monopolizado por la izquierda. Entre las dos guerras, los partidarios de Hitler y los de Stalin podían rivalizar en un pie de igualdad, en la picardía, consciente y cínicamente practicada en honor de los inocentes demócratas, a su juicio tan fáciles de engañar. Desde la desaparición del nazismo, y sobre todo desde que los socialistas europeos y los «liberales» norteamericanos, en su práctica del debate público, empezaron a copiar los procedimientos comunistas, la falta de probidad intelectual está en la izquierda. No es que la derecha haya perdido las ganas de utilizarla, sino que ha perdido el talento preciso para ello. Ya no tiene ni los recursos filosóficos ni la virtuosidad dialéctica necesarios. Incluso cuando dice la verdad, ya no la creen. En cuanto a los liberales, caen en las celadas de la izquierda aceptando sus postulados con la esperanza de reanudar un diálogo de buena fe. Los desgraciados no comprenden que esos postulados son construidos de tal manera que contienen en su esencia su inevitable condena.
    Un buen ejemplo de uno de esos postulados envenenados nos lo da la noción de racismo, tal como se la emplea en nuestros días, noción tan vaga y tan vasta que ningún demócrata, por sincero y escrupuloso que sea, puede evitar caer bajo el peso de esa acusación.
    La primera etapa de la utilización del racismo en la construcción del gran tabú consiste en reducir el múltiplo a la unidad, es decir, en reducir toda clase de comportamientos, sin duda criticables, pero de gravedad, de nocividad y, sobre todo, de orígenes diversos, a un solo concepto fundamental: el racismo. La segunda etapa tiene por objeto asimilar ese racismo unificado, obtenido por fusión en un solo bloque de una miríada de extractos de conductas discriminatorias o despreciativas, al racismo ideológico, doctrinario y seudocientífico de los teóricos del Tercer Reich. En una tercera etapa, en fin, se calificará de discriminatoria y se reducirá, pues, al racismo, y por eso mismo al nazismo, toda medida que tenga por objeto clasificar a seres humanos y distinguirlos los unos de los otros, aunque sea por razones puramente prácticas, de orden escolar, sanitario, profesional o estrictamente reglamentario. Por ejemplo, imponer un examen de selección para la entrada en la universidad puede ser una medida buena o mala. Se puede discutir desde un punto de vista pedagógico y social. Pero en las manifestaciones de alumnos de segunda enseñanza que tuvieron lugar en Francia en diciembre de 1986 y en España poco después, la argumentación técnica no desempeñó ningún papel. La retórica de la protesta estaba entresacada de la metafísica antirracista. Condenaba el principio del examen en como «comportamiento de exclusión». El eslogan era «no a la discriminación». Dicho de otra manera, el aspirante a la universidad cuyos conocimientos se querían comprobar se comparaba a sí mismo al negro de África del Sur o al judío perseguido por Hitler. El gobierno que proponía la selección resultaba, pues, ser fascista, a causa de un proyecto que no podía interpretarse más que con la ayuda del paradigma racista, puesto que selección universitaria implica separación, exclusión, discriminación y, ¿quién sabe?, tal vez deportación...
    Todo sistema totalitario tiene por resorte una ideología cuya función es justificar un plan de dominación planetaria, que realiza, entre otros medios, por la eliminación, física si es preciso, de grupos hostiles o molestos. En la ideología comunista, esos grupos son sociales; en la ideología nazi, eran raciales. Fundada sobre la tesis de la desigualdad biológica de las razas humanas, de la superioridad de ciertas razas sobre otras, y sobre el pretendido derecho de las «razas superiores» a someter, o incluso hacer desaparecer a las razas llamadas «inferiores», impuras o molestas, la metafísica racista del nazismo inspiró, como se sabe, un programa de exterminio de los judíos y gitanos de Europa, de sojuzgación de los latinos y los eslavos. Lo absurdo de la teoría procede, además, entre otras pruebas, del hecho de que -ningún antropólogo lo ignora- no existe una raza judía. El judaísmo y la judaidad (este último término ha sido introducido por Albert Memmi para designar el sentimiento de pertenecer a una tradición cultural y consuetudinaria de los judíos no religiosos)[14] se encuentran en casi todas las razas humanas. Es cierto que la contradicción en los términos es casi una de las condiciones del sectarismo ideológico. ¿Qué marxista piensa en constatar que en el curso del siglo XX las injusticias sociales se reducen en las sociedades capitalistas y se agravan en las sociedades socialistas?
    El racismo nazi constituyó, pues, una monstruosidad bien definida, netamente localizada en el espacio y en el tiempo, una clasificación ideológica fundada sobre una obsesión por lo puro y lo impuro, que por otra parte no es ajena, según otros criterios, a la mentalidad segregativa comunista, con sus «ratas viscosas», sus «víboras lúbricas» y otros «chacales» o «hienas», con los que no se termina más que «liquidándolos» con las «luchas». Del mismo modo, bajo la Revolución francesa, durante la guerra civil de la Vendée, la Convención proclamó su firme propósito de «exterminar a los bandoleros de la Vendée», incluida la población civil, para «purgar completamente el suelo de la libertad de esa raza maldita». Se apreciará la lógica del razonamiento que preconiza el genocidio en nombre de la libertad. Los «comportamientos de exclusión» aliados a una ideología totalitaria conducen, en efecto, a una lógica.
    ¿Se deduce de ello que todo comportamiento xenófobo, aunque se limite a una cierta condescendiente desconfianza hacia el extranjero, como se ve en todos los países, deriva de la ideología nazi o conduce hasta ella? Si es así, entonces toda la humanidad ha sido siempre nazi y continúa siéndolo. Incluso diría que es incurable. Una sola solución: exterminarla. La desconfianza, el miedo o el desprecio hacia el individuo diferente, que viene de una comunidad diferente, practica una religión diferente, habla una lengua diferente, tiene una apariencia física diferente, son sentimientos antiguos y universales. Dan lugar a conductas de exclusión. En el mejor de los casos, de distinción; en el peor, de segregación, que son las conductas espontáneas, populares, ¡ay!, de los hombres entre sí. No es una opción razonada: es un dato antropológico. Para superar estos sentimientos y corregir estas conductas, cada uno de nosotros necesita una educación, una filosofía política, fruto de una larga participación en la civilización democrática, de una larga impregnación de las mentalidades por una moral humanista y universalista. «Es el racismo lo que es natural -escribe Albert Memmi -, y el antirracismo lo que no lo es: este último no puede ser más que una conquista larga y difícil, siempre amenazada, como lo es toda experiencia cultural.»[15] Conseguir que todos hagan suya esta experiencia cultural es un resultado que no es fácil de obtener, rápidamente, en todas partes, y que ciertamente no se logrará tratando de verdugo nazi a todo individuo cuya alma contiene resabios de prejuicios xenófobos o racistas, y que no mantiene con su vecino mogrebí o negro unas relaciones tan fraternales y corteses como sería de desear. En Francia, la asociación SOS Racisme ha llevado a cabo a menudo campañas cuyo mensaje principal era menos la obligación moral de la comprensión mutua entre franceses y africanos que la excomunión de los franceses como infames racistas, sólo aptos para inscribirse en las tropas de asalto hitlerianas. Es evidente que una generalización tan injuriosa no puede más que hacer enloquecer de rabia a toda clase de personas que no se sienten en absoluto racistas y que no tienen intención de llegar a serlo. Se opone al objetivo buscado, si éste es realmente mejorar las relaciones entre grupos de orígenes diferentes y no envenenarlas para explotarlas políticamente.
    Un error nefasto, yo diría incluso que criminal cuando es voluntario, asimila al racismo ideológico y exterminador las actitudes de rechazo provocadas por fuertes aflujos de trabajadores inmigrados. Sin duda tales actitudes son indeseables, sin duda es preciso hacerlas desaparecer, pero esto sólo se puede conseguir mediante la educación, la explicación, la persuasión y, sobre todo, remediando las condiciones concretas que causan las fricciones entre recién llegados y antiguos residentes. No es insultando a estos últimos y tratándolos de fascistas como habrá una posibilidad de hacer surgir en ellos buenas disposiciones ante los inmigrados que, según su punto de vista, vienen a invadirlos. No es con la intolerancia como se enseña la tolerancia. ¿Cómo pretendéis, en verdad, inculcar a vuestra sociedad el respeto por la persona humana con relación a los inmigrados, si practicáis el desprecio cuando habláis a vuestros propios conciudadanos? Los mismos que denuncian los «comportamientos de exclusión» con relación a los inmigrados o a los enfermos del SIDA lo hacen ellos mismos, sin pudor, cuando precipitan en el abismo infame del racismo nazi y quieren herir, de hecho si no de derecho, de muerte política a aquellos de sus conciudadanos que se equivocan, sin duda, cuando son hostiles a los inmigrados, pero a los que valdría más convencer que excomulgar.
    Todas las mezclas de población, sobre todo en medios urbanos pobres, engendran fricciones entre comunidades, las cuales tienen por origen mucho menos el racismo que las dificultades de la vida. La mejor prueba de ello es que tales fricciones surgen, por ejemplo, en los Estados Unidos, entre hispanos y negros, entre negros americanos y negros haitianos; en la India, entre bengalíes residentes en Bengala y bengalíes procedentes de Bangladesh; en Italia, a principios de los años sesenta, entre italianos del sur, llegados en masa a Lombardía y Piamonte, para aprovechar los empleos creados por la expansión industrial, e italianos del norte, que trataron a sus conciudadanos meridionales a menudo mucho peor que los franceses han tratado a los mogrebíes, o los alemanes a los turcos, o aun los noruegos a los pakistaníes. El gobierno socialista español de Felipe González no ha cesado, durante los años ochenta, creyendo luchar contra el paro, de erigir diques contra la inmigración de procedencia hispanoamericana, aunque esos inmigrantes no fueran diferentes de los españoles de la península, ni por la lengua, ni por la religión, ni por la raza (los indios puros no quieren nunca emigrar a Europa). Es interesante subrayar que Felipe González ha justificado su política con las mismas razones que Jean-Marie Le Pen en Francia: los inmigrados quitarían el trabajo a los españoles. Se ha demostrado ampliamente que ese cálculo era casi siempre falso en los países desarrollados, en los que pueden coexistir un paro elevado y una necesidad de mano de obra. En ciertos casos, es exacto que el inmigrante puede arrebatar el lugar de trabajo a un candidato autóctono, pero sólo cuando es más cualificado que este último, hipótesis que concierne a la inmigración que va de un país más desarrollado a otro menos desarrollado, y no a la inversa. Las denegaciones de permiso de residencia, las molestias y las expulsiones que sufren, después de 1982, en España, los hispanoamericanos por parte del gobierno socialista son tanto más chocantes cuanto que millones de españoles han encontrado continuamente y siguen encontrando empleos en América Latina, adonde afluyeron tras la guerra civil y donde, en elevado número, han conservado la costumbre y la facultad de instalarse después. Felipe González creyendo, sin duda, proteger los intereses de los trabajadores españoles ha cometido, sin embargo, a mi juicio, en este punto, un error económico y una mezquindad moral. Pero, ¿habría por tal motivo derecho a tratarle de émulo de Eichmann?
    Cuando las tensiones raciales inherentes a la inmigración comenzaron en Francia a hinchar los efectivos del Frente Nacional, la izquierda entonces en el poder no se molestó en absoluto de tratar en profundidad las causas de esas tensiones. Vio en el ascenso de Jean-Marie Le Pen una ganga política. Por una parte, hizo cuanto pudo para acreditar la idea de que el Frente Nacional de Le Pen era el resurgimiento de la extrema derecha totalitaria de la anteguerra. Por otra, modificó la ley electoral francesa de manera que permitió a esa extrema derecha obtener una representación parlamentaria y, en consecuencia, una legitimidad. Finalmente, ella acusó... a los liberales de complicidad con el Frente Nacional, es decir, por extrapolación histórica, con el fascismo y el racismo. En suma, se había rizado el rizo infernal, la aplastante demostración se había consumado, y a establecerlo tendía el tema propuesto a la comisión de encuesta de la Asamblea Europea: el Frente Nacional no era nada más que la reencarnación del partido nacionalsocialista, y la derecha liberal no difería en su esencia del Frente Nacional, ni, a escala europea, de la corriente fascista y racista. Volvemos a encontrar ahí una vieja obsesión de los socialistas, que no les impide, por otra parte, proclamarse campeones de la tolerancia y del pluralismo: el que no es socialista no puede ser un verdadero demócrata.
    Nuevamente, lo que llama la atención en la comparación puesta de moda entre el «fenómeno Le Pen» y el nacimiento de la oleada hitleriana durante los años veinte y treinta, es la indigencia del análisis y la negligencia en el estudio de las informaciones. Cuando Michel Rocard declara: «Hitler también, en sus principios, no tenía detrás de él más que una débil porción del electorado», tiene razón, en el sentido de que más vale cuidar un mal en sus principios que más tarde. Pero comete una grosera falta de lógica, porque, si es verdad que todo lo que ha llegado a ser grande empezó por ser pequeño, en cambio todo lo que es pequeño no está destinado a convertirse en grande. Todo escolar sabe, o sabía en todo caso en la Edad Media (aunque parece que hemos retrocedido, en lógica formal, desde ese período), que un solo elemento común entre dos realidades no convierte en comunes a todos los demás. Si es exacto que Louis Renault no era más que un pequeño garajista antes de llegar a ser uno de los más grandes constructores del siglo XX, de ello no se deduce que todos los pequeños garajistas vayan a convertirse en grandes constructores. Si Van Gogh, que era un genio, casi no vendió ni un cuadro en el curso de su-corta carrera, no se puede deducir que todo pintor que no venda sus cuadros sea un genio. Reconozco, y lo deploro, que la izquierda, y los liberales aterrorizados por la izquierda, se las ingeniaron para hacer prosperar al Frente Nacional. Pero no estoy seguro de que su innegable capacidad para transformar los inconvenientes en catástrofes baste, no obstante, para izar el FN hasta el poderío que tuvo en su tiempo el partido «socialista nacional de los obreros alemanes» de Adolf Hitler. En lugar de ocuparse de las causas reales de la subida electoral de Le Pen a partir de 1983, en lo que tenían de inédito, para aportar los remedios específicos que se imponían, nos abalanzamos sobre analogías históricamente ridículas y, por añadidura, muy halagadoras para Le Pen. Porque Hitler encarna para nosotros el genio del mal, pero un genio del mal que es, a pesar de todo, un genio. Comparar a Le Pen con Hitler, es colocarle al nivel de un hombre que ha sabido hacerse dueño absoluto de una nación de 80 millones de habitantes, primera potencia industrial de Europa, que ha engañado a los más finos diplomáticos y a los más grandes políticos de su tiempo, construido, en menos de diez años, el primer ejército del mundo y el más moderno, conquistado, en menos de un año, la totalidad del Viejo Continente con la ayuda benévola, lograda súbitamente en el instante decisivo con turbadora virtuosidad, de la Unión Soviética. En el terreno de la fuerza pura - ¡y la fuerza pura ejerce una gran seducción sobre los seres humanos!- es hacerle mucho honor a Le Pen al colocarle en la misma categoría que el canciller del Tercer Reich, como personaje histórico. Yo diría incluso que es de una insigne torpeza y de una extraña necedad. ¡Qué «imagen» se le proporciona, y gratis! ¡Le Pen, considerado como capaz de cambiar el curso de la historia mundial, aunque fuera para desgracia de la humanidad!... ¡Qué promoción!
    Hay para preguntarse para qué sirven todos los instrumentos de conocimiento de que disponemos: los sondeos, los estudios de opinión, las encuestas sociológicas, las estadísticas económicas, la exploración de las mentalidades... El Frente Nacional, en cambio, escrutó muy bien y muy juiciosamente, en su génesis, su reclutamiento electoral, su base social. Por ejemplo, una encuesta de 1984[16] muestra claramente que el crecimiento del electorado de Le Pen procede principalmente de reacciones negativas ante la inmigración, el paro, la delincuencia, pero que la opinión, en su conjunto, continúa rechazando la ideología racista, sigue manteniéndose firme en su antirracismo de principio y, salvo una muy pequeña minoría, aprueba las diligencias judiciales contra los comportamientos racistas. Aún más, a propósito de la delincuencia, «si es verdad -comenta el autor del análisis del sondeo- que la presencia de inmigrados es considerada como una amenaza para la población francesa, los inmigrados no son considerados como una causa primera de la inseguridad». El deber de las élites políticas, en vez de insultar a sus conciudadanos y de entregarse a divagaciones históricas tan estúpidas como intrépidas, era investigar por qué «la presencia de inmigrados es considerada como una amenaza»; cuáles son las condiciones de vida y las conductas colectivas, tanto por parte de los inmigrados como de la población autóctona, que hacen brotar ese sentimiento, y, por fin, qué rectificaciones se pueden proponer a los unos y a los otros para disipar las desconfianzas y mejorar las relaciones. Algunas horas, tal vez sólo unos minutos, de un trabajo intelectual poco fatigoso habrían bastado a nuestros timoneles políticos y a nuestros tribunos moralizadores para advertir, echando una ojeada a esa encuesta y algunas otras, que la hostilidad a la inmigración se explica muy poco por la ideología, las convicciones políticas o la filiación socioprofesional, y que en cambio disminuye con el nivel de instrucción. ¿Hay que ser un gran hechicero para adivinar (continúo citando) que «las mayores prevenciones ante los inmigrados son expresadas por personas que sufren el contacto de los inmigrados en su trabajo o en su vecindad»? He aquí por qué el electorado del Frente Nacional comprende una importante proporción de obreros y por qué se «beneficia de una transferencia específica de la izquierda hacia la extrema derecha», como nos demuestra Jérôme Jaffré, director de estudios políticos de la SOFRES. Esta transferencia no deja de acelerarse con el tiempo. En 1987, el mismo autor, analizando diversos sondeos, concluyó que el electorado de Le Pen comprende cada vez más electores de las categorías modestas y medias -obreros, empleados, profesiones intermedias-, y de jóvenes, en proporción superior a la que atraen los demás partidos. Este electorado cuenta con tantos electores que habían votado por Mitterrand como electores que habían votado por Giscard en 1981.[17] Los simpatizantes lepenistas tránsfugas de los partidos liberales del centro y del centro-derecha no llegan más que al 12 %. Es un mentís a un tema de propaganda y de polémica favorito de la izquierda: es, en efecto, falso que el movimiento Le Pen sea la prolongación y una especie de endurecimiento natural del liberalismo. Su electorado se ha «separado progresivamente de la derecha clásica».[18]
    También es sustancialmente distinto de los movimientos fascistas de la primera mitad del siglo XX, y los ciudadanos que se le han incorporado piensan muy poco -está muy claro- en buscar sus directrices en Mein Kampf, salvo, evidentemente, si se les induce a ello. A fuerza de oírse tratar de proveedores de los hornos crematorios, pueden acabar por experimentar la curiosidad de ir a ver en qué consiste la Weltanschauung nacionalsocialista que se les atribuye. En realidad, como ha visto y descrito muy bien uno de los historiadores más competentes de ese tipo de corrientes, Michel Winock, el movimiento de Le Pen se relaciona más bien con la antigua tradición del «nacional-populismo», que no es, por otra parte, exclusivo de Francia, pero que en nuestro país tuvo por prototipo, en el siglo XIX, el boulangismo,[19] que, por lo demás, fracasó. El nacional-populismo encuentra su campo abonado en los ambientes modestos (blancos pobres, pequeños empleados en los Estados Unidos, por ejemplo), posee una indiscutible propensión al racismo y a la xenofobia, pero como conducta irracional y no como ideología argumentada; finalmente constituye, o ha constituido, cuando menos en Europa, una amenaza para las instituciones democráticas. Las lecciones de la segunda guerra mundial han descalificado para siempre los programas de la derecha tradicionalista, así como la derecha revolucionaria de la anteguerra, abiertamente favorables una y otra al establecimiento de regímenes autoritarios y orientados a la destrucción de la democracia. Esas derechas habían efectuado un trabajo de argumentación histórica y teórica de una amplitud por lo menos igual a la de la literatura marxista y que, por otra parte, iba en el mismo sentido que ésta en ciertos puntos esenciales, particularmente la condenación del capitalismo, del liberalismo, del parlamentarismo, del sufragio universal como modo de designación de los gobernantes. Cincuenta años más tarde, Jean-Marie Le Pen, o cualquier otro, aun cuando lo quisieran, no podrían permitirse, so pena de desaparecer, inscribir crudamente la destrucción de la democracia en su programa... lo que no impide, según los sondeos antes mencionados, que una mayoría de franceses consideren a Le Pen como «un peligro para la democracia». Esto demuestra, y es tranquilizador, que la vigilancia continúa siendo grande, incluso si el FN se abstiene de una retórica antidemocrática explícita.
    En cuanto al racismo elemental, a los «comportamientos discriminatorios», declarados o latentes, a veces asesinos, lo más a menudo recusados severamente por la mayoría de la población, es el racismo típico de los conflictos creados por la inmigración. La hostilidad hacia los inmigrados no puede explicarse por un racismo previo. Es un racismo derivado, no doctrinal, que se explica por las malas relaciones con los inmigrados. A partir del momento en que se rehusaba mirar cara a cara la realidad de tales conflictos, una realidad social de todos los tiempos; a partir del momento en que se consideraba reaccionario darse cuenta y proclamar que todo aflujo importante de inmigrados en una comunidad urbana alumbra inevitables malentendidos; a partir del momento en que se prohibía considerar que los errores y las torpezas no eran, tal vez, siempre obra de la población autóctona, se escurría el bulto ante el problema humano, económico, social, político, escolar, cultural, religioso, de la inmigración. Ya no se era un gobernante, sino un demagogo, que no quería ver la situación más que bajo el ángulo de la requisitoria que de ella iba a sacar contra sus adversarios, y que así preparaba el camino a otro demagogo, el cual no tenía más que alargar la mano para recoger los beneficios de la incompetencia y de la cobardía de nuestras autoridades políticas y religiosas ante la realidad histórica. Cuando no se tiene la valentía y la honradez de abordar y tratar una dificultad en lo que es, cuando no se piensa más que en extraer de ella temas de discursos beneficiosos para sí mismo, se transforma la dificultad en carroña y, a partir de entonces, se pierde el derecho moral de taparse la nariz cuando empiece a heder y a atraer a los buitres. He oído personalmente, en un suburbio de Marsella, a un maestro tratar, en términos apenas velados, de racistas a padres de alumnos porque se inquietaban al comprobar que sus hijos eran inscritos en unas clases en las que casi la mitad de los niños no hablaban corrientemente el francés. Parece que la sugerencia de crear clases especiales de recuperación para hijos de inmigrados hablando mal o no hablando en absoluto el francés es indicio de un «comportamiento discriminatorio». Para mí el no hacerlo así es lo que me parece más bien indicio de tal comportamiento. El arte pedagógico debe concebir la enseñanza en función de las necesidades del alumno, es decir, sus necesidades de progreso: no en la adaptación a su ignorancia presente. A semejanza de sus mentores políticos, el maestro, muy orgulloso de sí mismo, se imaginaba probablemente que gracias a él el fascismo no pasaría: pues bien, acababa de fabricar dos nuevos electores del Frente Nacional.
    Notas
    [13] Cómo terminan las democracias, capítulo XXIV.
    [14] Albert Memmi, Portrait d'un Juif, París, 1961.
    [15] Albert Memmi, Le Racisme (description, définition, traitement), París, Gallimard, 1982.
    [16] Les Français et les Immigrés, por Muriel Humbertjean, cap. V de la colección anual SOFRES-Opinion publique, París, Gallimard, 1985.
    [17] Op. cit., capítulo X. Se puede leer también un modelo de reportaje por Christian Jelen (Le Point, 20 de julio de 1987) sobre el ambiente inmigrado y las reacciones a tal medio ambiente en la ciudad de Aix-en-Provence. Jelen describe notablemente dos barrios de esa ciudad que desde hacía mucho tiempo votaban en su mayor parte comunista y que se han convertido, entre 1981 y 1986, en feudos electorales del Frente Nacional. Para precaverse del racismo, sería mejor diagnosticar y erradicar las causas profundas de estas evoluciones que organizar, a costa de los contribuyentes, en la plaza de la Concordia, para el gran mundo, conciertos de música pop que no sirven más que para promover la imagen publicitaria de algunos narcisistas de la política-espectáculo y para irritar aún más a las poblaciones afectadas por el neorracismo plebeyo.
    [18] Jérôme Jaffré, «Ne pas se tromper sur M. Le Pen», Le Monde, 26/5/1987.
    [19] Del nombre del general Georges Boulanger (1837-1891), que fue muy popular durante algún tiempo, y que la derecha antirrepublicana creyó capaz de provocar un cambio de régimen. Paradoja clásica: Boulanger fue una «criatura» de Clemenceau, entonces líder de la extrema izquierda en el Parlamento.


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    Ya, cuando había aparecido la «nueva derecha», los socialistas no la habían analizado en sí misma; la habían explotado para acusar a los liberales de complicidad con ella. Al revés del Frente Nacional, que amontonaba electores sin tener muchas ideas, la nueva derecha reunía ideas, pero no electores. Sobre todo, como escribía Raymond Aron en un editorial de L'Express, se prohibía a sí misma «emitir un juicio sobre el régimen democrático». Aron continuaba: «El antiigualitarismo la orienta hacia la derecha, pero una derecha que no se parece en nada a la de Georges Pompidou, y aún menos a la de Giscard d'Estaing. Desde su punto de vista, la derecha democrático liberal no representa más que una versión edulcorada del socialismo igualitario y una versión atenuada del mercantilismo americano.» Yo iré más lejos: por su antiamericanismo cultural, la nueva derecha estaba más cerca de los socialistas - Jack Lang o Régis Debray, por ejemplo- que de los liberales. Ninguna de esas consideraciones retuvo, por supuesto, a los líderes de la izquierda de hacer una amalgama entre los liberales y la nueva derecha, tal como debían hacerlo más tarde entre los liberales y el Frente Nacional.
    En el curso de una velada contra el racismo, el 21 de febrero de 1985, en la Mutualidad, la sala abroncaba a los oradores de la oposición liberal antes incluso de que hubieran subido al estrado. El antirracismo traduce una reivindicación moral universal; afirma el valor absoluto de la persona humana. Dejar que se degrade en tema de campaña para elecciones cantonales, no es respetar mucho esa universalidad de la ley moral. La consciencia del Bien y del Mal no pertenece a los titulares de carnets de partidos de izquierda. Incluso desde el punto de vista de la finta política, no se ve muy bien qué beneficio se espera obtener de tales excesos. Cuando el ex primer ministro, Laurent Fabius, se atreve a pretender no observar ya ninguna diferencia notoria entre la derecha y la extrema derecha, ¿se da cuenta de la enormidad que profiere? Porque, si él tuviera razón, ello querría decir que entre el 60 y el 65 % de los franceses serían, según la terminología socialista, unos «fascistas». O esto es falso, y entonces no se puede excusar esta declaración irresponsable, o es verdad, y entonces Francia se encuentra en un estado desesperado, del que los socialistas, que la han gobernado, deben rendir cuentas a la nación.
    Todo ocurre, pues, como si la izquierda, súbitamente privada de ideología y de programas, reconstruyera, gracias al «peligro fascista», el universo maniqueo que necesita para sentirse a sus anchas. Se trate de economía, de garantías sociales, de modernización industrial, de la libertad de prensa o de la enseñanza, todos los partidos socialistas en el poder en Europa se vuelven, en la práctica, hacia el neoliberalismo o el simple realismo. La defensa, la política extranjera, el Tercer Mundo, ya casi no enfrentan, sobre todo en Francia, a liberales y socialistas a lo largo de fronteras bien definidas.
    ¿A qué puede, pues, la izquierda enganchar todavía su identidad? El partido comunista está en hibernación en el hielo ideológico, esperando subsistir, liofilizado así en estado de embrión, hasta el III milenario. El partido socialista se moviliza para el combate contra la «peste parda».
    Por desgracia, ya lo hemos visto, el «caso Le Pen»[20] se presta mal al maniqueísmo político. El lobo come en todos los apriscos. El sondeo IFOP-Le Point de 29 de abril de 1985 muestra que la mayor antipatía a los árabes se encuentra en los obreros, la menor en los industriales, los grandes comerciantes y las profesiones liberales. El prejuicio racista se superpone a todas las clases sociales y en todos los partidos. De modo que no puede ser explotado en una batalla en la que los buenos y los malos se alinearían disciplinadamente según los contornos electorales deseados. A fin de cuentas, el poder anterior a 1981, las municipalidades de derechas, ha de soportar su parte de responsabilidad, porque canalizó a los inmigrados hacia los barrios pobres, en los que ya se detectaban malas condiciones de habitabilidad.
    La xenofobia, por otra parte, no explica ella sola el ascenso del Frente Nacional. Despreciando los clichés, Sud-Ouest del 28 de marzo de 1985 compara los datos del aumento de paro y del retroceso de la izquierda desde 1981. Sobre 26 departamentos en que el voto de extrema derecha sobrepasa el 9 % en las elecciones cantonales, 11 figuran entre los que el paro ha aumentado en un 70 % o más desde 1981. En el Loire, departamento de gran tradición obrera, con una tasa moderada de inmigrados, pero económicamente malparado, el voto a Le Pen alcanza, ya en 1984, el 10,7 %. La mayoría presidencial cae, entre 1981 y 1985, de 52,8 % a 33,9 %. Igual aumento de Le Pen en Lorena y en Alsacia, donde, a pesar de todo, la inmigración es menos importante que en el Mediodía.
    ¿Por qué dos amalgamas odiosas y peligrosas? Con la primera, se hace culpable a la sociedad francesa de los atentados antisemitas cometidos por el terrorismo internacional.[21] Mediante la segunda, se nos quiere obligar a toda costa a ver en las tensiones de la cohabitación, relacionadas con la inmigración, el renacimiento del racismo ideológico y totalitario, del nazismo en sus orígenes, con su doctrina sistematizada y seudocientífica sobre la desigualdad de las razas humanas. Afrontamos un desafío a la vez menos grave y más difícil. Lo peor, es cierto, siempre tiene sus partidarios. Las falsas tragedias sirven de excusa a los que no pueden resolver los problemas.
    Así, pues, en lugar de buscar remedios adecuados a las dificultades prácticas y a los trastornos psicológicos que trae consigo toda fuerte concentración inmigrada en un ambiente urbano, la izquierda ha consagrado su energía a explicarlos por el retorno de una vasta conspiración fascista y racista. Luego relacionó con esta teoría los atentados antisemitas que ensangrentaron a Europa a partir de 1980. Después de haber dejado degenerar en xenofobia los resentimientos debidos a la inmigración, unió a ello el antisemitismo y el fascismo del pasado, fenómenos sin ninguna relación con el primero, para imputar, finalmente, una vez más la responsabilidad del glorioso «paquete» al liberalismo. Muy contenta por su hallazgo, pudo, por consiguiente, negligir ocuparse seriamente tanto de las causas del neorracismo plebeyo como del terrorismo internacional. «La multiplicación de atentados de inspiración fascista y neonazi en la Europa occidental obliga, por lo menos, a interrogarse sobre ciertas convergencias que parecen cada vez menos fortuitas», se podía leer en el editorial de Le Monde de los días 5 y 6 de octubre de 1980, número cuya primera página estaba enteramente ocupada por el título «El atentado contra la sinagoga de la calle Copernic». En primera página igualmente, ese mismo día, bajo el título «El Estado sin honor», Philippe Boucher denunciaba «la tolerancia activa» y «la complicidad pasiva de la policía, de las autoridades, del Estado» ante la extrema derecha. El mismo Jacques Fauvet, director del diario, escribía, asimismo en la primera página: «Totalmente absorta en sus combates de retaguardia contra las mil y una variantes del marxismo, del que, sin embargo, no cesa de celebrar la muerte, toda una clase intelectual, dominante en los nuevos cenáculos y los grandes medios de comunicación, ha olvidado replicar e incluso prestar atención a los artículos y a las obras que vehiculan una doctrina fundamentalmente autoritaria, elitista y racista.»
    En su número 3-4 de octubre de 1982, bajo el título «Hace dos años de Copernic», Le Monde escribía: «Ya no se trata de acusar a la extrema derecha neonazi, de sugerir orígenes españoles, chipriotas o libios... ¡No! La policía ya está segura y lo estuvo rápidamente: el atentado de la calle Copernic ha sido cometido por un grupo palestino marginal.» Rindo homenaje a este meritorio acto de contrición, añadiendo que el grupo palestino en cuestión no tenía nada de marginal, que, además, no estaba desprovisto de apoyos libios y sirios, y que, en sus artículos de 1980, Philippe Boucher y Jacques Fauvet no se habían limitado a incriminar a «la extrema derecha neonazi»: acusaban al gobierno liberal de Giscard d'Estaing y Raymond Barre, así como a «toda una clase intelectual» -léase: los «nuevos filósofos», los «nuevos economistas», los neoliberales-, a los adversarios del totalitarismo en general, culpables de llevar a cabo «combates de retaguardia contra el marxismo». Fauvet estaba visiblemente poco informado sobre la orientación tomada por el «sentido de la historia», pues en aquellos años era más bien el marxismo quien llevaba a cabo «combates de retaguardia».
    En tal punto de imputación calumniosa, nos salimos de la democracia. El combate político en la democracia autoriza, tal vez (no estoy de acuerdo, pero me resigno a ello), una cierta dosis de falsificación de los hechos por las necesidades de la polémica, pero no la falsificación absoluta. Esto es justamente lo que caracteriza a los regímenes totalitarios. Se observará que los socialistas de la corriente llamada democrática, en el curso de los años setenta, han adoptado tranquilamente esa costumbre. Interviniendo en una reunión del partido socialista francés, el 28 de junio de 1987, Jean-Pierre Chevènement, que fue ministro de Industria, luego de Educación y en 1988 llegó a ministro de Defensa, «ideólogo» notorio de su partido, repite la ecuación: racismo, igual a fascismo, que es igual a liberalismo. ¿Cuál es su demostración? Muy simple. Los liberales -dice- ridiculizaron nuestras medidas de 1982, que estaban destinadas a aminorar la importación de magnetoscopios japoneses. Son, pues, favorables a la libre circulación de las mercancías. Pero una vez ellos mismos en el poder, expulsaron, por avión, en 1986, a un centenar de africanos, inmigrados clandestinos en situación irregular. (Fue la famosa querella llamada el «chárter de los malíes».) Conclusión: las mercancías tienen más valor para los liberales que los derechos del hombre.[22]
    Evidentemente, si es con un pensamiento de esta elevación y una probidad de esta índole como los socialistas pretenden enfrentarse a los desafíos de nuestra época, no nos queda más que cubrirnos el rostro y callarnos. En esta perorata macarrónica me ocuparé de un solo punto, porque denota una nueva prolongación de la lista de los comportamientos definidos como racistas y fascistas. Si para no violar los derechos del hombre un país debe decidir que todos los súbditos extranjeros, procedentes de todos los continentes del mundo, pueden, en una cantidad indeterminada, franquear sus fronteras y residir en su territorio sin ninguna autorización previa, sin permiso de trabajo, sin recursos confesables, sin control posible y sin límite de tiempo, entonces me pregunto qué país escaparía a la acusación de fascismo y de racismo: en todo caso, ninguno de aquellos de donde provienen la mayoría de inmigrados que llegan a Francia. En efecto, los gobiernos del Tercer Mundo se cubren, por lo general, con reglamentaciones muy severas e impertinentes (todo viajero lo sabe por experiencia) en materia de visados, de control de fronteras y de permiso de residencia. Haré, además, observar que hay que ser particularmente inconsciente para preconizar en Occidente, y sólo en Occidente, la supresión de todo control de documentos de identidad y de toda expulsión de extranjeros en estado de infracción de las leyes, en una época en que las democracias son precisamente las naciones más atiborradas de bandas terroristas de todas las procedencias, que se pasean por ellas sin restricciones. En todo caso, lo más interesante en este encadenamiento de ideas es que la izquierda llega a incorporar al racismo, al fascismo, al mismo nazismo, una multitud de realidades heteróclitas, gracias a la noción vasta y vaga de «comportamientos de exclusión». Una vez que los liberales la siguieron en ese terreno, todo se llamó racismo e hitlerismo: incluso aislar un enfermo contagioso, suspender un alumno en un examen, devolver a sus países respectivos a inmigrantes clandestinos. Ahora nosotros podemos hablar de «banalización» del nazismo. Cuando Simone Veil vulgarizó este vocablo, en 1978, cometió por exceso de celo un ligero contrasentido. Lo que ella quería contrarrestar, era, de hecho, la justificación del nazismo (lo que no era el caso, como hemos visto en la presentación de las declaraciones de Darquier) o, más aún, la normalización del nazismo, en el sentido de «presentar como normal» el genocidio. Pero la verdadera banalización, en el sentido propio del término «hacer banal», anodino, es a lo que estamos asistiendo cuando los obsesionados de la exclusión empiezan a ver hitlerismo en todas partes y a atribuir ese concepto histórico e ideológico bien preciso a los menores hechos y gestos que no les gustan. ¿Qué horror puede inspirar el nazismo a la juventud si se le dice que el policía que comprueba la identidad de un transeúnte es un nazi? Después del asunto del «chárter de los malíes», el ministro del Interior de la «derecha», Charles Pasqua, habiendo llevado la provocación hasta declarar que no tenía ningún interés especial en ofrecer el avión a los clandestinos expulsados y que con gusto los colocaría, en caso necesario, en un tren, el presidente de SOS Racisme, Harlem Désir, clamó que Pasqua era un nuevo Klaus Barbie, porque el antiguo jefe de la Gestapo de Lyon metía, también, en 1943, en trenes a las víctimas del nazismo para expedirlos hacia los campos de la muerte. Luminoso, ¿no es cierto? El debate público no cesaba de elevarse, de afinarse, de precisarse, de ennoblecerse. En el proceso de Schleicher, en el que se juzgaba a terroristas culpables de haber asesinado a dos policías, rematándolos en el suelo después de haberlos herido, uno de los acusados gritó, dirigiéndose al tribunal: «¡Estamos ante las Secciones Especiales de Vichy!» ¿Por qué no? ¿Acaso no era objeto de un «comportamiento de exclusión» al ser juzgado por asesinato? ¿Acaso todo lo que leía y oía no le enseñaba que, para atraerse la simpatía, bastaba con tratar de vichistas, fascistas, racistas, a todos los que requieren contra ti la aplicación de la ley, o incluso si son de una opinión diferente a la tuya? Poco a poco, los liberales, tetanizados por las reprimendas de la izquierda, han llegado a confundir bajo la misma denominación infamante de «comportamientos discriminatorios» las simples aplicaciones de leyes o de reglamentos democráticos y las auténticas vejaciones, brutalidades o crímenes racistas. En cambio, cuando era un mogrebí el que había cometido un crimen, muchos periodistas silenciaban muy a menudo su nacionalidad, por miedo a ser calificados, a su vez, de racistas, lo que aumentaba la irritación de los residentes franceses de los barrios mixtos y llevaba nuevos votos al cuévano de Le Pen. Después de haber rehusado plantear los problemas específicos de la inmigración, se creía resolverlos negando la existencia del producto político, el Frente Nacional, nacido de esa ceguera. Como la virtud impotente era un lujo más accesible que la inteligencia activa, se creían en paz salmodiando los términos execrados de «Dachau» o «Treblinka», y acusando de complacencia a los liberales que deseaban reducir el electorado del Frente Nacional con la acción política sobre los datos reales de la vida en sociedad, y no chillando fórmulas conjuratorias a los pies del títere de Hitler. La debilidad mental alcanzó cimas aún inexploradas el día en que izquierdas y liberales intimidados se abalanzaron juntos, vociferando injurias los unos contra los otros, en la última de las bromas y engaños fabricados en el taller de Jean-Marie Le Pen: su proposición de encerrar a todos los «sidaicos» en «sidatorios». Hizo caer a todos, o a casi todos, en su celada. Como los nazis habían internado a los homosexuales en campos de concentración y asesinado a los disminuidos físicos, ¡se iba a tratar el SIDA a la luz del proceso de Barbie!
    La tempestad del SIDA confirma, por desgracia, la regla que dice que los hombres se interesan a menudo menos por la información que por sus repercusiones posibles sobre sus creencias y deseos. Pierre Bayle lo dijo muy bien largo tiempo ha: «Los obstáculos a un buen examen no proceden tanto de la vaciedad del espíritu como de que está lleno de prejuicios.» Incluso en materia científica y médica, son precisamente las consideraciones científicas y médicas las que, a veces, tienen menos peso en nuestros debates. La izquierda y los liberales temen que el miedo colectivo de la epidemia favorezca comportamientos indignos y discriminatorios respecto a homosexuales, toxicómanos y extranjeros. La xenofobia debida al SIDA reina, además, en todas partes: en Extremo Oriente contra los europeos, en la India contra los africanos, en Italia contra los suizos, en Inglaterra contra los escoceses. La demagogia de la extrema derecha se aprovecha del pánico para preconizar medidas de expulsión. Suscita, por reacción, la tendencia inversa, que impulsa a exagerar el peligro de la exclusión y a minimizar el del virus y la enfermedad.
    ¿Cómo no se ve que entrar en ese sistema de denuncias furibundas dobladas de diagnósticos calmantes constituye una victoria para los demagogos? A partir del momento en que, en materia de detección, de cuidados clínicos, de prevención del contagio, nuestros juicios se inspiran ante todo en el miedo a ser confundidos con Jean-Marie Le Pen, él ya ha ganado. Ha conseguido que no se decida nada sobre el SIDA si no es con respecto a él. ¡Como si éste fuera verdaderamente el punto esencial de la cuestión!
    Lo que sorprende, en esta polémica, es que los argumentos han ido abandonando poco a poco el campo médico, científico y terapéutico. ¡Incluso el episcopado francés ha sentido la necesidad de certificar que el SIDA no es un castigo de Dios! En vez de que el examen del problema sirva para elaborar una política, son las «divergencias» políticas las que sirven de criterios para el análisis del problema. Con el pretexto, por ejemplo, de que un control generalizado, por otra parte irreal e irrealizable, de toda la sociedad, puede atentar contra las libertades individuales, ¿hay que renunciar a toda forma de detección sistemática? Esto no se ha visto nunca en la historia de las epidemias. ¿Qué valor pueden tener, en estas condiciones, las tranquilizantes estadísticas que invocamos?
    Parece contradictorio querer combatir una enfermedad imponiéndose como doctrina que es inmoral tratar de conocer su extensión entre la población. No hay, no debiera haber, antagonismo entre el aspecto médico y el moral del combate contra la plaga. Ambos aspectos están indisolublemente ligados. Siempre lo han estado en la medicina. Los demagogos de izquierda, que niegan el aspecto médico en nombre del aspecto moral, son tan peligrosos como los demagogos de derechas, que niegan el aspecto moral en nombre del aspecto médico.
    Sobre todo, lo que los científicos no debieran tener en cuenta en absoluto son las presiones políticas e ideológicas. Que influyen en el debate se vio claramente en la III Conferencia Internacional sobre el SIDA, a principios de junio de 1987, en Washington, y en el coloquio organizado algunos días más tarde cerca de Annecy por la Fundación Mérieux, los días 20 y 21 de junio, sobre el tema «Epidemias y sociedad». Que la lucha contra el SIDA no puede desarrollarse sin la acción de los políticos es evidente, aunque sólo fuera por los costos gigantescos que va a conllevar. Pero la acción política es una cosa y el prejuicio o la pasión política son otras, que, además, estorban a la acción. No es sin estupor, en el curso de todo este período de interrogaciones y de discusiones sobre la nueva enfermedad, que se oye a ciertos sociólogos incriminar sólo a «la violencia que ejerce la sociedad sobre sus miembros» o proclamar que «el verdadero peligro es el miedo», como si el virus HIV no existiera, fuera una pura invención de los adversarios de la revolución sexual o, en el peor de los casos, un desagradable detalle en un cuadro en el que lo esencial estaría constituido por las relaciones humanas.
    Pero a pesar de todo convendría no olvidar completamente que el SIDA era, cuando se hablaba de ese modo, una enfermedad mortal contra la que no existía aún ningún tratamiento y, por otra parte» una epidemia. El ministro de Sanidad francés del momento, madame Michèle Barzach, precisamente se opuso, en el coloquio de Annecy, a que el término de epidemia conviniera al SIDA. No se trataba según ella, más que de una endemia. Para el gran público, endemia tiene una resonancia menos enloquecedora que epidemia. Pero los historiadores de enfermedades presentes en el coloquio tuvieron todos la ocasión de precisar, educadamente, que una endemia no es nada más que una epidemia que dura. La sífilis en Europa fue, primero, una epidemia, en el siglo XVI, después de haber sido traída del Nuevo Mundo, se convirtió en una endemia, es decir, una «enfermedad indígena», a partir del siguiente siglo. Tal como explicó el profesor Luc Montagnier en su comunicado, la difusión del virus, hoy, como la de los virus de ayer, se produce ante todo por la mezcla de poblaciones.
    La mayoría de las grandes epidemias del pasado suscitaron reacciones irracionales porque el conocimiento humano no había llegado aún al estado en que podía identificar la causa del mal, descubrir su modo de transmisión y esperar encontrar un medio de curarlo. Debiéramos poder evitar esas reacciones irracionales en estos finales del siglo XX, porque sabemos cuál es la naturaleza del virus, conocemos el modo de transmisión y tenemos razones para creer que se encontrará una manera de neutralizarlo. Pero la solución vendrá de la investigación científica y de la prevención contra el contagio; de nada más. No vendrá ni del optimismo plácido, ni de peroratas sobre el respeto (indudablemente) debido a la persona humana, ni de furiosos anatemas contra los «impuros». Para barrer a esos desechos del subpensamiento es preciso que los investigadores no se dejen asustar, que impongan más enérgicamente la actitud científica e intervengan más pronto en el debate, cada vez que aparece una nueva manipulación, venga del lado que venga.
    Es curioso ver cómo ciertos fantasmas, por ejemplo el fantasma hitleriano ligado al SIDA, parecen igualmente repartidos entre las familias ideológicas más opuestas. En la Conferencia de Washington, una «Unión contra el Capitalismo y el Imperialismo» hacía distribuir unos folletos denunciando el SIDA como «una ofensiva racista del gobierno estadounidense contra los gays y los negros». En París, el Movimiento Gay se manifestó, el 20 de junio de 1987, ostentando el triángulo rosa, alusión muy clara a la persecución nazi contra los homosexuales. Ciertos manifestantes se habían incluso disfrazado de deportados de la segunda guerra mundial, presentando el aspecto siniestramente evocador de los pensionarios de los campos nazis. ¿Nos encontramos realmente en ese punto? ¿Es serio situar la cuestión en ese terreno? ¿Cómo creer en el valor de las exhortaciones a cultivar la memoria del holocausto, si se asimilan al nazismo los esfuerzos de las autoridades democráticas para luchar contra una epidemia?
    Ignoro si el virus HIV es hitleriano, fascista, estalinista, trotskista, desviacionista o social-traidor, si lleva el triángulo rosa o la cruz gamada, y pienso que el mismo virus lo ignora también. Encuentro estas alucinaciones y estos vaticinios absolutamente consternantes. En la época de la gran peste del siglo XIV, los médicos de toda Europa discutían entre ellos para saber si la plaga se transmitía por los miasmas del aire o por el tacto. El rey de Francia, deseoso de ver las cosas claras con objeto de tomar, en caso necesario, medidas de prevención útiles a la población, hizo una consulta a los más grandes sabios de la Sorbona. Después de haber deliberado sobre el tema, esos representantes eminentes de la élite intelectual del país dieron su veredicto: el mal no procedía ni de los miasmas ni del contacto, sino ¡de una determinada conjunción astrológica de los planetas!
    Aunque nosotros disponemos de muchos más medios de información me pregunto si, en el caso del SIDA, somos mucho más inteligentes.
    Detrás de toda esa inmensa exageración de un peligro racista y fascista en Europa, comparable a lo que había sido antes de la segunda guerra mundial, se esconde en realidad una negativa persistente, en la pura línea leninista, a reconocer la autenticidad de la democracia liberal y pluralista. Aunque ellos lo nieguen, los socialistas europeos, igual que los «liberales» norteamericanos, por lo menos muchos de ellos si no la totalidad, encuentran que la frontera entre los defensores y los enemigos de la democracia y de los derechos del hombre pasa entre ellos y los liberales (en el sentido europeo; «conservadores» en el sentido norteamericano), y no entre todos los demócratas y los comunistas. En otras palabras, los verdaderos totalitarios continúan siendo, a sus ojos, los partidarios del capitalismo y de la sociedad abierta, y, curiosamente, lo piensan ahora más que en el pasado. Es el caso desde, aproximadamente, 1975, que se produce en la mayoría de partidos reunidos en la Internacional Socialista, y más particularmente los laboristas británicos, y el SPD alemán, después de que Helmut Schmidt perdiera la Cancillería. Es el mismo caso, por supuesto, y aún más, para todo lo que está a la izquierda de los socialistas, los «verdes» alemanes, los «radicales» norteamericanos, los seguidores de la «Campaign for Nuclear Disarmament» en el Reino Unido. También ellos se manifiestan siempre contra la OTAN, los Estados Unidos, Occidente, jamás contra la Unión Soviética, la dictadura sandinista de Nicaragua o los estalinistas de Addis-Abeba que diezman a los desgraciados campesinos etíopes. Reclaman ruidosamente elecciones libres en Corea del Sur, sin darse cuenta de que ya se han celebrado, pero nunca en Angola, o en Mozambique o en Vietnam. El mito de un renacimiento en Europa de un movimiento racista y fascista, del que los liberales serían los cómplices objetivos, o incluso los instigadores, responde a esa necesidad que conserva la izquierda, a pesar de todas sus conversiones periódicas en sentido contrario, de volver a esbozar en lo absoluto la vieja separación del mundo en dos campos, los partidarios y los adversarios del capitalismo liberal.
    El autor del informe final sobre los trabajos de la comisión del Parlamento Europeo, Dimitrios Evrigenis, reconoció, por otra parte, con mucho sentido común y honradez, para terminar, la puerilidad de las angustias que habían motivado la puesta en marcha de la encuesta. El ponente concluyó que no había un ascenso fascista real en Europa, que no se observaba ninguna contestación significativa del sistema democrático. En cambio, y es preciso darle la razón, señalaba, en el contexto de una inmigración mal conducida, una acentuación de las tendencias xenófobas, una explotación política de esas tendencias, y una indulgencia con respecto a esa explotación: lo que el señor Evrigenis denunciaba, con buen juicio y un aplastante humor lingüístico, como «la aparición de una especie nueva: el xenofobófilo». Combatir la «xenofobofilia» implica un deber para el demócrata y, por suerte, es tarea que se halla por completo a su alcance. La «xenofobofilia» representa, en efecto, un mal latente o manifiesto en toda sociedad, un mal que hay que vigilar y neutralizar, ciertamente, con constancia: no es, para la democracia, el cataclismo final. No es tampoco el pecado absoluto que condene a la indignidad a nuestra civilización liberal, tal como la izquierda quisiera hacernos creer.
    Notas
    [20] Eric Roussel, Le Cas Le Pen, París, J. C. Lattés, 1985.
    [21] A propósito de la operación de propaganda mediante la cual la izquierda trató de atribuir a los liberales franceses lo que correspondía al Próximo Oriente, los atentados antisemitas de la calle Copernic (3 de octubre de 1980) y de la calle Rosiers (9 de agosto de 1982), en París, me remito a un libro precedente, Le Terrorisme contre la démocratie (Pluriel, 1987), concretamente, el prólogo, pp. IX-XIII. ¿Se dan cuenta los socialistas franceses de que esta clase de calumnia es exactamente la que utilizaba Adolf Hitler para deshacerse de sus oponentes?
    [22] Se reprochó al ministro del Interior haber embarcado con demasiada brutalidad a dichos malíes en el chárter. Pero, ¿se atacaba en verdad el método, o más bien el mismo sentido y el principio de la expulsión?


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