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Tema: Discursos de Vázquez de Mella

  1. #1
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    Discursos de Vázquez de Mella

    El concepto dinámico de la tradición

    El hombre discurre y, por lo tanto, inventa, combina, transforma, es decir, progresa, y transmite a los demás las conquistas de su progreso. El primer invento ha sido el primer progreso; y el primer progreso, al transmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba. La tradición es el efecto del progreso; pero como le comunica, es decir, le conserva y le propaga, ella misma es el progreso social. El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al alcanzar el primer resplandor si la tradición no la recoge u la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de su llama.

    La tradición es el progreso hereditario; y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Una generación, si es heredera de las anteriores, que le transmiten por tradición hereditaria lo que han recibido, puede recogerla y hacer lo que hacen los buenos herederos: aumentarla y perfeccionarla, para comunicarla mejorada a sus sucesores. Puede también malbaratar la herencia o repudiarla. En este caso, lega la miseria o la ruina: y si ha edificado algo, destruyendo lo anterior, no tiene derecho a que la generación siguiente, desheredada del patrimonio deshecho, acepte lo suyo: y lo probable es que se quede sin los dos. Y es que la Tradición, si incluye el derecho de los antepasados a la inmortalidad y al respeto de sus obras, implica también el derecho de las generaciones y de los siglos posteriores a que no se le destruya la herencia de las precedentes por una generación intermedia amotinada. La autonomía selvática de hacer tabla rasa de todo lo anterior y sujetar las sociedades a una serie de aniquilamientos y creaciones, es un género de locura que consistiría en afirmar el derecho de la onda sobre el río y el cauce, cuando la tradición es le derecho del río sobre la onda que agita sus aguas.

    El anillo vivo de una cadena de siglos, si no está conforme con los que preceden y quiere que so lo estén los que le siguen, puede salir de la cadena para existir por su cuenta; pero no tiene derecho a destruirla ni a privar a los posteriores de los anillos precedentes.

    Y siendo todas las autonomías iguales, las de los siglos precedentes y las de los posteriores valen más que las de un momento dado de la Historia, aún suponiendo -lo que no ha sucedido nunca- que una oligarquía no usurpe el nombre de todos y no haga pasar el capricho de los menos por la voluntad de los más. Luego por encima de esa imaginaria autonomía está el deber de subordinarse a la tradición hasta por el imperio de las mayorías, que rara vez son simultáneas; pero que, cuando se trata de las instituciones que expresan los grandes hechos de un pueblo, son siempre sucesivas.

    Ved, señores, cómo la tradición, ridículamente desdeñada por los que ni siquiera han penetrado su concepto, no sólo es elemento necesario del progreso, sino una ley social importantísima, la que expresa la continuidad histórica de un pueblo, aunque no se hayan parado a pensar sobre ella ciertos sociólogos que, por detenerse demasiado a admitir la naturaleza animal, no han tenido tiempo de estudiar la humana en que radica.

    Esta es la causa de que todo hombre, aún sin advertirlo y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por ser ya una tradición acumulada. Que se despoje, si puede, de lo que ha recibido de sus ascendientes y verá que lo que queda no es le mismo, sino una persona mutilada que reclama la tradición como el complemento de su existencia. El revolucionario más audaz que, en nombre de una teoría idealista, formada más por la fantasía que por el entendimiento, se propone derribar el edificio social y pulverizar hasta los sillares de sus cimientos para levantar otro de nueva planta, si antes de empezar el derribo se detiene a preguntarse a sí mismo quién es ; si la pasión no le ciega, oirá una voz que le dice desde los muros que amenaza y desde el fondo de su alma: Eres una tradición compendiada que se quiere suicidar; eres el último vástago de una dinastía de antepasados tan antigua como el linaje humano; ninguna es más secular que la tuya. Si uno sólo faltara en esa cadena de miles de años, no existirías; quieres derrocar una estirpe de tradiciones y eres en parte obra de ellas. Quieres destruir una tradición en nombre de tu autonomía y empiezas por negar las autonomías anteriores y por desconocer las siguientes; al inaugurar tu obra, quieres que continúe una tradición contra las tradiciones pasadas y contra las tradiciones venideras, proclamando la única verdad de la tuya. Mirando atrás, eres parricida; mirando adelante, asesino, y mirándote a ti mismo, un demente que cree destruir a los demás cuando se mata a sí mismo.

    Los hombres grandes son aquellos que saben conservar, en una sociedad intangible, la herencia de la tradición; los que no sólo la conservan , sino que la corrigen; o los que, no satisfechos con conservarla y corregirla, la perfeccionan y la aumentan. Y el más tradicionalista no es el que sólo conserva, sino el que, además de conservar, corrige, el que añade y acrecienta, porque sigue mejor el ejemplo de los fundadores, no limitándose a mantener el caudal, sino haciendo lo que ellos hicieron: producir y prolongar con el progreso sus obras.

    Por eso los hombres más grandes de la historia son los más tradicionalistas; es decir, los que no dejan tras de sí más que tradición. Solo el vulgo que no funda no transmite nada propio: y muchas veces, sin conocerlas siquiera, repudia las herencias de los demás. En suma,la autonomía individual es la soledad del aislamiento, rompiendo la trama social de las generaciones e interrumpiendo bruscamente, si a tanto alcanza su fuerza disolvente, la continuidad de la vida de un pueblo. La tradición es la familia agrupada en derredor del mismo hogar, en donde se sustituyen los hombres y las llamas, que duran más que los hombres.

    Discurso del Parque de la Salud de Barcelona, 17 de mayo de 1903
    Última edición por Frodo; 27/08/2005 a las 13:20

  2. #2
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    Discursos de Vázquez de Mella

    El catolicismo en nuestra historia

    Ese vínculo que une nuestra vida con la vida de la Patria nos obliga a mucho. A lo primero que nos obliga es a conocerla, y no se puede amar lo que se ignora. De aquí voy a deducir una consecuencia: que si es necesario conocer a la nación para amarla, hay que conocer su vida íntima, hay que conocer la directriz de su historia, el principio vital que ha informado su ser y todas las manifestaciones de su genio, y para conocer eso, cuando se trata de España, hay que conocer la Religión Católica.

    Pero ¿es verdad que la Religión Católica constituye el elemento predominante y directivo de la Patria y de la nación española? Para negarlo, a fin de eludir la consecuencia de la enseñanza religiosa obligatoria, hay que negar su historia, es decir, negar a España, no tengo más que trazar ante vosotros las líneas más grandes y más generales de esa historia para demostraros que la Religión Católica es la inspiradora de España, la informadora de toda su vida, la que le ha dado el ser, y que sin ella no hay alma, ni carácter, ni espíritu nacional.

    Salimos de la unidad externa y poderosa de Roma, que tendió su mano por España, cerca de seis siglos, pero ni con su inmensa red administrativa y militar, ni con la transfusión de su lengua y de su derecho, no con terribles hecatombes que dejaron pavesas y escombros en lo lugares que fueron ciudades heroicas, pudo salvar las diferencias de las razas iberoceltas y de las colonizadoras fenicias y helénicas, que, apoyadas en la diversidad geográfica, latían bajo su yugo, recibiendo su poderosa influencia, pero también devolviéndola y comunicándola en la literatura y en el Imperio. Fué necesaria una unidad más fuerte y más íntima que llegase hasta las conciencias y aunase en un dogma, en una moral y en un culto de almas, y las iluminase con la palabra de los Apóstoles, y las ungiese con sangre de mártires, y las limpiase de la ley pagana en los circos y en los concilios, estrechándolas con una solidaridad interna, que, por ministerio de la Iglesia y del tiempo, se convertirá en alma colectiva. Por eso, cuando el caudillaje militar de los bárbaros se repartió los girones de la púrpura imperial sobre el cadáver de Roma, la Iglesia se interpuso entre el godo, arriano y rudo, y el hispanorromano, católico y culto, y venció a los vencedores, infundiéndoles la fe y el saber de los vencidos.

    Cegó en los Concilios Toledanos el abismo que los separaba, formando aquel Código singular, el mejor de su época, el Fuero Juzgo, donde brotaba ya, rompiendo la corteza absolutista, el germen de la Monarquía cristiana, con la diferencia del Rey y del tirano, y se armonizaban los tres grande elementos de la civilización que empezaba: el romanismo, el germanismo y el cristianismo, superior y más poderoso que los dos. Suprimió la ley de castas y la separación familiar, sembrando la semilla de la nacionalidad en un surco tan hondo que podrá crecer y prosperar bajo las olas de la invasión musulmana. Y cuando esa invasión se desborda y las legiones sarracenas se apoderan de las islas y de las grandes ciudades del Mediterráneo, y saltan el Pirineo y hacen temblar a Europa, ¿quien salva la civilización de una catástrofe, organizando la lucha secular de la Reconquista? ¿quién la dirige? ¿de dónde salen los grandes ejércitos que van a pelear desde las montañas hasta las llanuras y de las llanuras hasta el mar? Salen de las cuevas de los eremitas y tienen su base de operaciones en los monasterios de las montañas. Esa reconquista, que es la cruzada de Occidente, no es una serie de guerras como las cruzadas de Oriente, es una sola campaña, un inmenso campo de batalla, donde se dan cita las generaciones y los siglos, guiados por el mismo plan que va trazando la Iglesia con la Cruz en el suelo peninsular. El ejército central sale de la cueva del Auseva; el de la izquierda, baja de los Santuarios de la Burunda y de San Juan de la Peña; el de la extrema izquierda recibe un impulso de los que se extienden por la Marca Hispánica y acampa en Ripoll, y el de la derecha aparecerá en la frontera de Portugal más tarde, sembrando los templos de etapas de su jornada. ¿Y que sucede cuándo los ejércitos avanzan? Alfonso II, apoyándose en algunos núcleos de resistencia que han quedado intactos en Galicia, llevará un día sus fronteras hasta el Miño; Ramiro II, las llevará, después de la memorable batalla de Simancas, hasta el Duero; Alfonso VI, las llevará hasta el Tajo, y Alfonso el Batallador, hasta las Riberas del Ebro, desde Tudela a Zaragoza; y las huestes que recorren la orilla del Mediterráneo, que tendrá que agitarse debajo de sus garras, llegarán con Berenguer IV hasta la desembocadura del Ebro, arrojando a los dominadores más allá de la Rivera de Tortosa; y las que siguen la línea del Atlántico llegaron con Alfonso Enríquez a la desembocadura del Tajo, que los lanzará a la desoladora llanura del Alemtejo. Y cuando una nueva invasión, que parece que trae el desierto y la traslada por encima del estrecho, nos ataca, todos los reyes avanzarán unánimes, porque Alfonso IX de León entrega parte de sus guerreros y se queda de reserva con los demás, y entonces será la Iglesia la que extienda sus mantos de los caballeros de sus órdenes militares para que cubran la tierra empapada con su sangre en el Centro peninsular y puedan pasar sobre ella los reyes confederados alrededor de la Cruz y llevarla en triunfo por el paso del Muradal hasta las colinas de las Navas, y descender después, con un santo que esconde el sayal del armiño, hasta el Guadalquivir, y llegar más tarde a la vega de Granada, y ponerla en sus adarves. Y no se parará allí a dormir el sueño de la victoria realizada, bajo pabellones de laurel; se asomará al mar para cautivarle y educarle con su fe y su genio, y se detendrá un momento a descansar en el pórtico de la Rábida para convertirle en pórtico de un Nuevo Mundo, y, por medio de un sublime terciario, Colón, que anda buscando dinero para una nueva cruzada, protegido por tres frailes, Fray Juan Pérez, fray Antonio de Marchena y fray Diego de Deza, y por una reina que lleva por apellido el de la Iglesia, cruzará por rumbos desconocidos el Océano y podrá el nombre de la Virgen. ofreciéndole su empresa a la carabela que dirige; el de San Salvador a la primera isla que descubre, el de Santa Cruz a la primera nave que construye en la Isabela; y al desembarcar en Cádiz, después del segundo viaje, cubrirá su cuerpo con el sayal del franciscano. Y será entonces cuando los guerreros emularán la fe de la legión de misioneros más heroicos que el mundo ha conocido; y, con el ardor del P. Olmedo o el P. Zumárraga, y Anchieta y Montoya, el gran Cortés, apenas pasado Tabasco, pondrá el nombre de Veracruz a la primera ciudad que levante el continente mejicano. Y cuando aquel glorioso aventurero, cuyo centenario vamos a celebrar, Vasco Núñez de Balboa, saliendo de Santa María de Darién con un puñado de españoles, y dominando tribus indias que le secundan o se dispersan, atraviesa, ante los mismos naturales consternados, ríos que se desbordan, pantanos que tienen la muerte en la superficie y en el aire, y selvas jamás cruzadas, itinerario que produce espanto en el ánimo de los viajeros modernos, cuando, después de exceder las fuerzas humanas, ve tenderse ante sus ojos el inmenso mar del Sur como un espejo que quiere reflejar tanto heroísmo, antes de penetrar en él con la espada en la mano o tomar posesión de sus aguas en nombre de los monarcas españoles, caerá de rodillas al lado de su Capellán Andrés de Vera, y entonará aquel Te Deum que con ellos entonará toda nuestra raza, acompañados por el murmullo solemne de las olas del Océano, que pronto va a quedar cautivo entre los brazos de nuestra costa y estrechado por nuestros genio.

    Por la Iglesia fuimos con el P. Urdaneta y Elcano a dar la vuelta la planeta, y con San Francisco Javier a evangelizar millones de hombres más allá de las fronteras donde pasaron las victorias de Alejandro.

    Por la Religión fuimos a pelear en los pantanos de Flandes, para contrabalancear el poder de la protesta, que hubiera sucumbido sin la hora trágica en que se hundió la Invencible; por ella hicimos la última cruzada de Lepanto; fué nuestra nació, como se ha dicho muy bien, la amazona que salvó a la raza latina de la servidumbre protestante, y la libertad y la moral del servo arbitrio, de la fe sin obras, de la predestinación necesaria, con los teólogos de Trento y con los tercios que pelearon en todos los campos de batalla de Europa; y nosotros fuimos los que todavía, al comenzar el siglo XIX, en las luchas napoleónicas, salvamos a Europa de la tiranía revolucionaria del Cesar, como se ha reconocido, pues fué un francés, Chateaubriand, quien dijo con razón que los cañones de Bailén habían hecho temblar todos los gabinetes europeos.

    Y en las contiendas de los siglos XIX y XX, ¿no es verdad que todo gira alrededor de la Cruz? Nuestras luchas civiles, nuestras contiendas políticas, o por afirmaciones o por negaciones, todas se refieren a la Iglesia; y nuestros enemigos de hoy mismo, si se suprimiera el Catolicismo en España, se quedarían asombrados, se quedarían absortos mirándose unos a otros, al encontrarse sin programa. El grado de odio y de opresión a la Iglesia, lo que se ha de cercenar de sus derechos, lo que se han de limitar sus facultades, ese es el programa de los que se llaman anticlericales, de modo que aún como negaciones viven en esa afirmación soberana, que es el soporte espiritual de la Patria.

    Discurso en la Real Academia de Jurisprudencia, 17 de mayo de 1913
    Última edición por Frodo; 27/08/2005 a las 13:20

  3. #3
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    Discursos de Vázquez de Mella

    Municipio autárquico

    Yo soy partidario de una reivindicación municipal, que empiece por considerar al municipio, no como una creación legal, no como una creación artificiosa de poder ejecutivo, dividido, según todos los tratadistas de la centralización y según las leyes que padecemos, en tres partes: una, la administración general; otra, la administración provincial, y la otra, la administración municipal. No, yo reconozco que el Municipio es el primer grado de lo que llamo soberanía social; es la primera escuela de la ciudadanía que nace espontáneamente de la congregación de familias que sienten necesidades múltiples y comunes, que ellas no pueden satisfacer aisladamente y que les obliga a juntarse y producir una representación común, que es sociedad natural.

    El municipio es la Universidad de la ciudadanía, en aquel punto en que termina la vida doméstica interior de la familia y el hombre se lanza, por decirlo así, a la vida pública. De ahí la necesidad extraordinaria de su emancipación; de ahí al necesidad de acabar con el régimen oprobioso, tiránico y centralizador que padecemos. Hoy no existe autonomía en el Municipio; el Municipio no es más que una creación legal, no es más que una sección, una parte del Poder ejecutivo en funciones.

    Cuando un Municipio trata de unirse a otro o de segregarse, no le basta la voluntad de los vecinos, es necesario que el Poder central la ratifique; cuando se trata de funcionar, el alcalde tiene dos delegaciones: una, la delegación política, en que se hace dependiente inmediato del Gobernador, que a su vez es amovible y responsable ante el señor Ministro de la Gobernación; y otra, la delegación administrativa, que queda absorbida por la delegación política. La centralización se completa con el nombramiento de los alcaldes de Real Orden, ese escándalo de los concejales y alcaldes interinos que vienen a destruir arbitrariamente la obra de los propietarios, y hasta el nombramiento de aquellos funcionarios técnicos asalariados por el municipio, y que él sólo no puede establecer sin la aquiescencia de sus superiores jerárquicos; no hay autonomía en el presupuesto municipal, porque depende, o de la Diputación o del Gobernador; y todo se cercena, y el ayuntamiento se convierte en una rueda administrativa. Si la comisión provincial, formada de acuerdo con los caciques, llega a ser lo suficientemente poderosa, por motivos y pretextos que todos conocemos y que se filtran a través de los artículos de la Ley municipal, las elecciones se anulan y los Ayuntamientos en forma interina, se establecen, y entonces el cacique cuenta con todos los medios para oprimir a los electores, para vejarles y para falsificar la verdadera voluntad electora.

    Yo en este punto soy partidario de que el Ayuntamiento y el Municipio sean, no una creación arbitraria de la ley, sino el reconocimiento de una personalidad natural, formada por la agrupación de familias para defender sus mutuos intereses; que no exista la doble representación, y que si existe, mientras no se paren, pueda fijarse en caso de conflicto, la política, hasta en el juez Municipal, pero que no se desposea al alcalde de aquella propia representación que tiene como Delegado del Municipio; quiero que exista la representación permanente y la representación variable; quiero que tenga el Municipio el derecho a formar libremente hermandad con los demás municipios; quiero que se arregle y se establezca la verdadera Hacienda Municipal, no con ese indigno y ridículo prorrateo entre el Estado y el Municipio, en que se merman mutuamente unos mismos tributos, sino que cobre la Hacienda municipal lo que resta de los bienes comunales y los de propios, y, reintegrándole de las enormes cantidades que le detenta el Estado (más de 300 millones), recobre el Municipio sus facultades y se establezca de una vez la órbita en donde los tributos municipales se recauden, sin tener la intromisión vergonzosa del Estado que los limita y los cercena: quiero que el Municipio, en toda la esfera administrativa, sea absolutamente independiente que sobre él no se levanten más que superiores jerárquicos en su aspecto externo, pero que no toquen a su vida interna.

    Cuando esto suceda, cuando teniendo en cuenta, por un lado, la tradición nacional, y, por otro, se resientan las necesidades grandes, después que la Revolución haya dejado pasar su rasero sobre todos los organismos administrativos y locales desde hace un siglo, se podrán establecer los cimientos de una verdadera organización regional: mientras esto no suceda, en vano será otorgar mancomunidades ni delegaciones, porque únicamente sobre los Municipios libres se podrán establecer las regiones autónomas e independientes dentro de su propia esfera.

    Discurso en el Congreso, 30 de junio de 1916.

  4. #4
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    Discursos de Vázquez de Mella

    La autonomía de la sociedad y el poder del Estado

    Si este régimen sucumbe, si cae, si se desmorona, es necesario sustituirlo, pues no basta la crítica meramente negativa; ningún sistema se destruye si no se le opone el sistema contrario. Yo creo que este sistema contrario es el que está en el fondo de la Constitución interna de todas las regiones; es nuestra Constitución histórica; es la de todas las regiones españolas que tenían entre sí una solidaridad estrecha, cuando se formaron espontáneamente en la Historia, y no por decretos ni pragmáticas de reyes, sino surgiendo de las entrañas de la sociedad misma. Observad que las antiguas instituciones no tienen fecha fija en su aparición; cuando aparecen, cuando oficialmente se las conoce, llevaban ya siglos de existencia, estaban enterradas en las entrañas de un pueblo. Vosotros podéis decir: en tal fecha se celebraron las primeras Cortes Catalanas; otros dirán: en tal fecha se celebraron las primeras Cortes de Castilla. ¡Sí! Pero los elementos sociales que las constituían, las fuerzas sociales que las integraban, venían de lejos. Se puede señalar la época de la aparición de los gremios y municipios; pero estos gremios y municipios tenían gérmenes mucho más antiguos. Lo mismo sucede con las lenguas romances: podéis señalar el primer documento, y así me hablaréis del Poema del Cid, o de la Vida de Sta María Egipcíaca, para la castellana; del Desconhort, de Raimundo Lulio, para la catalana; pero la lengua existía ya, se hablaba antes; y es que ésas instituciones históricas, nacidas de las entrañas del pueblo, de la verdadera soberanía popular, que se manifestaba en las costumbres, con las que ha acabado el centralismo moderno, nacían, como las fuentes, de una roca; y, a veces, no son más que unas gotas de agua que se van filtrando por un poco de musgo; después, el hilo de agua crece con otros que se agregan, y poco a poco se va formando el arroyo, que se convierte en torrente, y el torrente en río impetuoso, que marca su curso en el mar. De esta manera nacen las instituciones históricas; no trazadas en un cuadernillo constitucional y copiadas de otros cuadernillos constitucionales de otros pueblos, como un hecho social que hay que respetar, y no se puede sujetar a los caprichos de los hombres públicos.

    Fijaos bien que entonces las Cortes de Cataluña, las Cortes de Navarra, las de León, las de Castilla, los Estados Generales de Francia, el Parlamento inglés, las Dietas de Alemania, de Polonia, de Hungría, tienen en la Edad Media una relación más íntima, una semejanza histórica más estrecha, que la que tienen en los momentos actuales las diferentes formas parlamentarias de los pueblos europeos; porque no se copiaron unos a otros; se copiaron de un fondo común: de la misma soberanía social que pusieron en ellos la Iglesia y la costumbre. Y hay que volver a aquel concepto de la soberanía que entonces se manifestó y que yo he designado con el nombre de soberanía social, como diferente de la soberanía política. Todo el régimen moderno está fundado en la unificación de la soberanía; y esa unificación, al hacerla exclusivamente política, al designarle una sola fuente, que es la multitud, la soberanía popular, ha venido a establecer ese inmenso centralismo que todavía quiere agrandar el colectivismo actual.

    Esa unificación de la soberanía es la causa y el cimiento del régimen parlamentario, y la diferenciación de las dos, el verdadero régimen representativo. Si no existe más que una sola soberanía, que emana de la muchedumbre, y lleva a la cumbre el Estado, del Estado descenderá en forma de una inmensa jerarquía de delegados y funcionarios. Y si existe una soberanía social que emerge de la familia y que, por una escala gradual de necesidades. produce el municipio y, por otra escala análoga, engendra, por la federación de los municipios, la comarca, y después, por la federación de éstas, la región; esa soberanía social limitará la soberanía política, que solo existe como una necesidad colectiva de orden y de dirección para todo lo que es común, pero nada más que para lo que es común y de conjunto.

    Y entonces sucederá que, en frente de la soberanía puramente política, estará la jerarquía social; ya no estará la jerarquía de delegados y de funcionarios que desciende desde la cumbre hasta los últimos límites sociales. Habrá una jerarquía ascendente de personas colectivas, enlazadas por clases y categorías distintas, que, saliendo de la familia, se levantarán hasta el Estado, que no tendrá a su cargo más que la dirección del conjunto.

    Así veríamos que los límites del Poder no se basan en la división interior del Poder mismo. Los límites son externos, como lo son todos los límites; allí donde empieza una independencia, terminarán los límites de una cosa; serán orgánicos y externos y no será la división artificial de ese Poder separado en fracciones opuestas unas a otras.

    Conferencia en el Teatro Goya de Barcelona, 5 de junio de 1921

  5. #5
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    Re: Discursos de Vázquez de Mella

    La Monarquía tradicional

    Pero, en la verdadera monarquía, casi todos los ataques que se dirigen están fundados principalmente sobre un gran sofisma: el sofisma es no ver aquello que apuntaba ya Julio Feriol en un libro desgraciadamente incompleto y en el prólogo, que dedicó a Felipe II: Los reyes no son una persona sola, son dos. En los Monarcas hay dos personalidades, y, cuando se les ataca, se suele no ver más que una sola, la que vale menos, la persona física. Un Monarca, es una persona física y una persona moral e histórica. La persona física puede valer muy poco, puede ser inferior a la mayoría de sus súbditos, pero la moral y la histórica valen mucho; ésa es de tal naturaleza, que suple lo que a la otra la falta, y lo suple muchas veces con exceso.

    Separad en un Rey esas dos personalidades; que las separe él mismo, y la revolución no necesitará asaltar el Alcázar; ya él le habrá tomado la delantera; encontrará allí a un revolucionario coronado. Pero ponédle enfrente de un hombre superior a la persona física del Rey, como muchas veces se han encontrado frente a frente en la Historia. Suponed un Rey de escasa capacidad, de menos cultura, de carácter no acentuado, que tiene muchos súbditos que le son superiores por completo en entendimiento, en voluntad, en carácter. ¿Queréis más? Poned frente a él a un hombre que reúna en grado superior ese entendimiento, esa voluntad, ese carácter; hacédlos que choquen, para ver quien vence. ¿Que le faltará? ¿Ambición? Suponed que la tiene, ¿Riquezas? Suponed que tenga más que el Monarca. ¿Una espada? Que tenga detrás un ejército y una sociedad electrizada. Decidle que se ponga en movimiento y derribe una Monarquía; si lo hace; el Monarca cae, y él ocupa su puesto. Pues bien; ese dictador..'¿Que es un dictador? Yo lo he dicho alguna vez, un dictador es un Rey sin corona; pero que la anda buscando.

    Pues bien, señores, decidle a ese dictador que se ponga la corona. Si es un genio, no se la ciñe. ¿Porque se él era superior en entendimiento, en voluntad, en fuerza; si ha derribado la Monarquía?Es que no ha visto más que la persona física del Rey, y ahora hecha de menos la personal e histórica; es que no tiene una genealogía; es que no tiene una estirpe, una tradición, una historia, es que entonces comprende que él ha sido súbdito y ha estado mezclado entre los súbitos y ha vivido con ellos en la misma clase; no puede ser aquel poder arbitro imparcial, colocado en un región más pura, donde no llegan los intereses de clases ni las pasiones de partido; es porque e subleva contra él el orgullo y la vanidad humana que no quieren ser mandados por un igual suyo y que, para reclamar la igualdad de unos con otros, quieren que haya uno desigual sobre todos, y quieren obedecer a un hombre, obedecen a una tradición, obedecen a una serie de generaciones que han sido como arcos en un vasto acueducto por donde ha corrido el río del espíritu nacional, saliendo las aguas por el arco de una corona para caer sobre nosotros, no como un mandato que humilla, sino como una ley y una autoridad que ennoblece y exalta.

    Esa es la Monarquía, esa es la persona moral y histórica del Rey, que cubre y hace que desaparezcan las deficiencias de la persona física. Y nadie, nadie puede ejercer el poder personal supremo, como lo puede ejercer un Rey; y por eso yo pido que el Rey tenga iniciativas que deba tener y al mismo tiempo las ejerza por sí mismo; y que responda de ellas, y aquí está la dificultad y aquí está todo el fondo de la cuestión.

    La Monarquía tradicional -nacida al amparo de la Iglesia y arraigada en la historia-, es magistratura tan magnífica y se presenta de tal manera rodeada de majestad y grandeza a la mente del filósofo y al corazón del poeta, que ninguna que se llame monárquico, aunque sea de las monarquías falsificadas que ahora se estilan, si posee alguna ilustración y entendimiento, puede dejar de rendirse ante ella y cantar sus glorias y ponderar sus maravillas, si, forzado por las circunstancias, tiene que luchar contra los secuaces de la forma republicana.

    Porque defender el parlamentarismo monárquico contra el parlamentarismo republicano sin apelar para nada a la Monarquía representativa tradicional es tarea imposible, como lo demuestran evidentemente los doctores constitucionales cuando, por medio de un vulgar sofisma, procuran hacer de la Monarquía histórica y la revolucionaria una misma institución, con el propósito de atribuir a la segunda las glorias y prestigios de la primera.

    Pueden conseguir así efectos de momento entre la indocta masa liberal; pero la verdad no tarda en abrirse paso a través de las argucias y sutilezas, y concluye por ser objeto de mofa o desprecio el sofisma si lleva su temeridad hasta el punto de confundir en uno, según lo exigen y lo piden las necesidades de la polémica, el principio y ser de la Monarquía cristiana y de la parlamentaria liberal.

    Un abismo las separa. Porque, mientras una reconoce y expresa de la manera más adecuada todos los atributos de la soberanía, la otra los mutila y divide, dándoles sujetos diferentes y sustituyendo la unidad, que los reduce al orden, con equilibrios y combinaciones que la convierten en máquina artificiosa y complicada, incapaz de excitar efectos ni de engendrar convicciones.

    En el suelo feraz del derecho cristiano brotó el árbol de la Monarquía representativa e histórica; y cuando se desarrolló fecundado por la savia popular, bajo sus ramas frondosas comenzó a levantarse la nación, que de él recibió el ser; y de tal manera se confundieron en una de sus vidas, que la robustez y lozanía de la institución monárquica coincidió siempre con la grandeza nacional, y la ventura y prosperidad de la Patria fueron siempre en España florecimiento de la Monarquía y acrecentamiento del amor a la realeza.

    Por eso la Monarquía española es sinónimo de Nación española.

    Y por modo tan maravilloso se identifican en un mismo ser social, que no se puede suprimir la Monarquía sin suprimir la historia nacional, y, por lo tanto, a la nación misma.

    Elemento esencial de la Patria son las tradiciones fundamentales; y siendo la Monarquía la primera tradición política, claramente se deduce que es parte esencial de la Patria, y que, por fuerza de la lógica, los que se levantan contra la primera tienen que aborrecer la segunda.

    Discurso en el Congreso, 17 de junio de 1914

  6. #6
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    Texto de Vázquez de Mella


    Carlos VII

    Carlos VII es el prototipo de esa raza de hombres que tienen un nivel moral mucho más alto que su siglo. La fe religiosa más ardiente, el amor a la Patria llevado hasta el delirio, la veneración más rendida a las grandes instituciones de los grandes siglos, la admiración inteligente y sincera de todos los resplandores de la ciencia, la industria y las artes de los tiempos modernos; el conocimiento de los pueblos del viejo y del nuevo Continente, aprendidos en la Historia y en el estudio constante de viajes sabiamente combinados para que muestren la realidad de la vida social por todos sus aspectos, los espectáculos más sorprendentes de la naturaleza y los ejemplos de heroísmo y grandeza moral más altos del siglo. El fragor de las batallas, la vida agitada del soldado y las más tiernas intimidades del hogar, odios inextinguibles y amores delirantes, ingratitudes son nombre y lealtades sin medida, expatriaciones, destierros y aclamaciones frenéticas de millares de soldados; la vida humana por todos sus aspectos, con todas sus sombras y todas sus claridades, han pasado alrededor de esa figura, delineando los contornos del primer caballero del mundo, no sólo por la alcurnia de sus blasones y de la progenie de su raza, sino por aquellas excelsas cualidades que la mano de Dios y los hechos de la Historia han ido derramando sobre un hombre que puede decir que, para forjar su carácter y darle temple de acero, para que no se quiebre al luchar el cuerpo a cuerpo con la Revolución, se han dado cita todas las grandezas de la naturaleza y del alma, todas las tristezas del corazón y los odios sañudos de las pasiones adversas irritadas.

    Cuéntase en los poemas caballerescos que un príncipe de heroicos alientos, teniendo que pelear con un gigante que tiranizaba a las gentes de su pueblo, y no pudiendo vencerle más que con la espada de su padre, sepultado con aquella debajo de una montaña, horadó la mole de rocas,y, separando con hercúleo esfuerzo las losas del sepulcro, despertó al rey muerto del sueño perdurable, y, recibiendo de sus manos el acero siempre victorioso, dió muerte al adversario en reñida contienda y libertó de servidumbres a su reino. Carlos VII, sabiendo que a la Revolución, que es la mentira, sólo se la vence con la verdad, ha penetrado en el panteón de los siglos de nuestra historia, y, separando las escorias que el absolutismo cesarista y el parlamentarismo han arrojado sobre el altar y el trono, pilares de la Patria común, ha logrado alzar la losa funeraria y recoger en sus manos, limpia de herrumbres e impurezas, la antigua corona real para mostrarla a los pueblos como símbolo de la autoridad que no oprime y de la libertad que no se rebela, seguro de que en ella se mellarán las espadas de la Revolución y que saldrá radiante de la prueba caldaria de la dinamita anarquista, en que perecerán todas las obras que no estén rematadas por la cruz.

    Y Carlos VII en todos sus manifiestos habla un lenguaje más claro y preciso que Carlos V, y el Conde de Montemolín, porque aquellos dos reyes, muertos en el destierro por amar a la justicia y aborrecer la iniquidad, se dirigían a una sociedad que presenciaba el comienzo del desarrollo de un sistema funesto que aún no había producido todos sus frutos de muerte, y su obra tenía que ser, más que protesta negativa contra lo que se alzaba que de afirmación precisa de lo que tenía que levantarse; pues no habiendo recorrido toda su escala el error y el mal, ni se sabía lo que la inundación dejaría de anegar, ni se conocían todas las instituciones que habían de salir purificadas de la contraprueba de los incendios revolucionarios.

    Ahora, cuando el ciclo revolucionario se ha cerrado en los dominios de la inteligencia con el retroceso a las últimas negaciones del paganismo, y está próximo a cerrarse en las realidades de la vida con el derrumbamiento de la sociedad, derrocada de los sillares graníticos en que la había cimentado la Iglesia, al terrible empuje del ejército del desorden, puede el Rey cristiano desplegar a los cientos la gloriosa bandera de los antiguos días y presentarla a los pueblos como el emblema de sus esperanzas y el palladium de sus libertades.

    Sí, de sus libertades, que después de un siglo de revoluciones hechas en nombre de la libertad, ésta es cautiva que gime pidiendo aire y luz en las mazmorras del derecho nuevo. El Estado ateo es el tirano que todo lo avasalla, levantándose como una montaña de plomo sobre los organismos sociales dislocados y las espaldas de una manada de siervos. Fuera de la libertad de la blasfemia y la de crucificar de nuevo a Jesucristo, la Revolución en todas sus formas y en todos sus partidos no ha traído al mundo más que la restauración de la esclavitud gentílica. Clases enteras sufren en las galerías de las minas y de las fábricas las torturas de la afrentosa servidumbre,y, después de diecinueve siglos de cristianismo, los talleres que han renegado del eterno modelo de Nazaret son mercados donde los más fuertes comercian con los más débiles, trocando en una mercancía lo que antes era persona rescatada con la sangre de un Dios, y ahora, a fuerza de la libertad revolucionaria, ha vuelto a ser cosa.

    Por eso Carlos VII habla a la sociedad moderna un lenguaje que hasta ahora no había ésta comprendido, porque el odio sectario y la ignorancia criminal que le sirve de compañera inseparable, lo habían desfigurado, falsificándolo, para poder combatirlo. La fórmula constante de su pensamiento precisamente se resume en la opuesta a la que sus contrarios le atribuyen; odio al absolutismo y amor a la libertad. Es decir, guerra al estado centralizador y socialista que usurpa las atribuciones de todas las entidades sociales, concentrándolas en su voluntad despótica para considerarse a sí mismo como la única persona social que existe por propio derecho, mientras las otras, comenzando por la familia y acabando por la Iglesia, viven por concesión o tolerancia; y amor entusiasta a todas las justas libertades que, como las civiles, enaltecen al hombre reconociendo sus fueros imprescriptibles, como las públicas garantizan contra los abusos del poder esos derechos, y como las políticas le hacen participar, sin arrogarse la soberanía, del ejercicio de sus funciones.

    De aquí que Carlos VII pueda compendiar los principios de su política en esta fórmula que es el resumen de todos sus manifiestos y la esencia de la Monarquía española, cristiana en su esencia y federal en su forma: manumisión de los esclavos y emancipación de los siervos hechos por el liberalismo, en nombre de la libertad, devolviendo a todos los miembros y personas sociales los derechos que el Estado moderno les usurpa y que el Poder cristiano tiene la obligación de reconocer y secundar.

    A la Iglesia las libertades que las regalías le usurpan; a la familia y sus prolongaciones, la escuela y la Universidad, el derecho a enseñar que el Estado docente monopoliza y absorbe; al municipio, la franquicia de administrar con independencia sus intereses, hoy gestionados bajo la inspección y el dominio del Poder central; a la región, sus derechos de conservar y perfeccionar la propia legislación civil, lengua y literatura, y de dirimir los peculiares litigios sin dependencias burocráticas; a las clases sociales, empezando por la agricultura, el comercio y la industria, siguiendo por las corporaciones científicas y acabando por la aristocracia y el clero, el derecho a nombrar sus especiales procuradores y ligarlos a su voluntad con mandato imperativo, declarando incompatible su cargo con toda suerte de empleos y honores; a las Cortes, espejo de la sociedad y compendio de las fuerzas nacionales, la facultad de exigir como condición indispensable su consentimiento para establecer impuestos nuevos y variar leyes fundamentales; al Consejo Real, las prerrogativas, disueltas en interminable serie de oficinas burocráticas, ara todos los asuntos generales en que le Monarca necesita su concurso; al Rey, el ejercicio libre de las facultades que ahora usurpa la oligarquía del Gabinete por el refrendo ministerial, y, finalmente, a la nación entera, el derecho de ser libre bajo un soberano esclavo del deber y súbdito de Cristo.

    A cada derecho hollado y a cada necesidad sentida por la sociedad española corresponde una parte de este programa. Y ahora que la nación se arrastra en el lecho de su miseria, viendo los horizontes empañados por nubes siniestras y sintiendo la pesadumbre de un Ejército al que se niega el derecho a la gloria, en vano será que la voz apagada de los sofismas y los explotadores de la masa servil, traten de oscurecer los entendimientos y torcer las voluntades; porque los hechos usan de la palabra con tanta elocuencia, que los ojos se abren a la luz y los brazos se levantan al cielo para darle gracias porque, en medio de las terribles desventuras que nos aquejan, aún hay una Patria que salvar y un hombre que puede salvarla.

    El odio y la calumnia, celebrando esponsales con la ignorancia, se han juntado para arrojar ira y lodo a esa noble figura del destierro que comparte con el Vicario de Cristo la saña de las sectas y el respeto y el amor de los que rinden homenaje a la majestad del derecho y a la grandeza del infortunio. ¡No importa! Por encima de la gritería de los partidos que se reparten el botín, y de los clamores de las sectas que aclaman a Barrabás y piden la muerte del justo, se destaca la figura del gran Rey que no vacila, porque se apoya en la Cruz y que, el día de la catástrofe de los suyos, al despedirse de la legión tebana de los tiempos modernos que traspone con él la frontera de la Patria, no desmaya, y, revelando toda la constancia viril de nuestra raza, consuele a los héroes que lloran con esta frase profética, que es ella sola una epopeya: ¡Volveré!

    Dios ha querido, sin duda, premiar al gran caballero de la edad contemporánea; y por eso, a despecho de las iras y la ceguedad de los partidos liberales, no necesita él volver a España; es España la que vuelve a Carlos VII, empujada por esos partidos próximos a deshonrarla después de haberla saqueado.

    El Correo Español, 6 de enero de 1894

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    ESTUDIO PRELIMINAR, por Rafael Gambra

    VÁZQUEZ DE MELLA










    ESTUDIO PRELIMINAR, por Rafael Gambra








    Entre las primeras figuras del pensamiento o de la política, hay hombres llamados a participar -como protagonistas o como inspiradores- el los grandes hechos de la Historia; otros, en cambio, parecen destinados sólo a mantener el fuego sagrado de un ideal o de una misión, a transmitir de una a otra generación la antorcha encendida de una ilusión de un espíritu.



    Vázquez de Mella perteneció claramente a estos últimos. Entra en la vida pública española después de la segunda Guerra Carlista, cuando los ideales que habían animado a aquel gran movimiento de rebeldía popular parecían asfixiarse bajo el peso de la derrota, y de la ruina de mucho hogares, del ansia de paz y de olvido. Su vida política se extiende a lo largo de aquel enervante período que va desde la restauración de Sagunto hasta la caída definitiva de la monarquía constitucional, época de la amarga crisis nacional de 98 y de los impulsos regeneradores por vía europeizante. Su muerte (1928) se produce en la última parte de la Dictadura, es decir, antes de la gran eclosión de sentimiento españolista y tradicional que provocó la segunda República, y se culminaría con el Movimiento Nacional. No conoció, pues, aquella magnífica delimitación de campos en la que el espíritu cristiano contrario a la Revolución dejó de ser meramente conservador, anémicamente liberal, para abrazar por entero las ideas de que él fué cantor y apóstol, ideas que quizá llegara a juzgar, en sus momentos de desaliento, confinadas ya a una minoría ininfluyente. No le fué dado conocer ni las ilusionadas esperanzas de la segunda Corte de Estella, ni la increíble realidad de revivir, en pleno siglo XX, otra guerra en la línea de las carlistas, coronada ahora por una victoria que esperaron cinco generaciones de españoles leales.

    Sin embargo, hoy, a los sesenta años de su entrada en la vida parlamentaria, puede apreciarse el extraordinario papel histórico que cumplió su obra.



    La revolución de 1868, que derribó la monarquía isabelina, fué el primer movimiento revolucionario en que hubo una participación del pueblo español, y tuvo, por tanto, una cierta significación social. En él se revelaron los primeros y amargos frutos de lo que llamó Menéndez Pelayo "dos siglos de sistemática e incesante labor para producir artificialmente la revolución aquí donde nunca podía ser orgánica". Hasta entonces, la revolución había sido en España obra de minorías intelectual y volitivamente extranjerizadas, ajenas en todo caso al sentir y a las necesidades reales de las clases populares enraizadas en la nación. La revolución de 68 con el subsiguiente ensayo de una monarquía electiva y la anárquica época republicana, pusieron de manifiesto la grave crisis institucional y moral que habían producido cuarenta años de liberalismo. Entonces, el Carlismo, que llevaba años sesteando en el recuerdo de las pretéritas glorias castrenses, volvió a presentarse a los ojos de todos como la sola esperanza de orden y unión. Un extenso grupo de pensadores adscritos al movimiento neocatólico -Villoslada, Manterola, Gabino Tejado, Aparisi Guijarro- advienen entonces al Carlismo y emprenden una campaña en la que éste deja de aparecer ante la opinión como una supervivencia política, para convertirse en bandera de restauración nacional. Gentes de todas las tendencias antirrevolucionarias y católicas engrosan las filas del Carlismo o vuelven a él sus miradas esperándolo todo del estallido de la guerra en el Norte. Una circunstancia más vino a hacer aquella coyuntura especialmente propicia para la causa del tradicionalismo: la proclamación como rey del tercero de los Carlos en el destierro -Carlos VII-, uniría a las más prometedoras condiciones personales, una convicción y un entusiasmo sin límites.



    La guerra, sin embargo, demasiado localizada y falta de reservas, resultó nuevamente adversa para los carlistas, a pesar de sus innumerables e insospechadas victorias. Los cuarenta años de régimen constitucional tampoco habían pasado en balde a los efectos de crear extensos intereses privados, familiares y profesionales que nada bueno podían esperar de una restauración legitimista. El espíritu burgués y acomodaticio no tardó en abandonar la causa carlista en cuánto vislumbró una restauración liberal-conservadora en la figura de Alfonso XII.



    Con la derrota final sobrevinieron los momentos más críticos para la supervivencia del Carlismo. Al desaliento que sigue a un largo sacrificio de vidas y haciendas hubo de unirse la hábil gestión conciliadora de Cánovas del Castillo, alma de una restauración cuyo programa fué una unión nacional bajo una nueva monarquía liberal.

    Este ensayo, cuando los ánimos sufrían la decepción de la derrota y el anhelo de paz, parecía que iba a lograr en España una mansa consolidación del régimen constitucional. Ello importaría en la realidad el triunfo de aquel escepticismo y atonía nacionales que, impasibles a la pérdida los últimos restos de las Españas de Ultramar y de nuestro prestigio exterior, habrían de cuajar, como fruto de amargura, en la generación del 98. Y, lo que es más grave, se corría el peligro de que ese tradicionalismo español consciente y

    actuante, que hasta entonces se había encarnado en la epopeya popular del Carlismo, quedase reducido a una estéril fuente de moderatismos en el seno de aquel artificioso ambiente doctrinario.



    Tal fué el escenario humano e histórico que el destino había reservado a Mella. El no llegó al Carlismo por tradición familiar -la influencia de su padre era hostil a ello-, ni por reflexión o madurez de la edad, sino por esa convicción sincera y abierta que puede surgir en la primera juventud, la edad de las posturas íntegras y generosas. Sus primeras armas las hizo en un periódico tradicionalista de Santiago -El Pensamiento Galaico-, por los años de 1887 a 90. Cuando Llauder fundó El Correo Español en Madrid, se fijó en la figura del joven periodista asturiano y lo presentó como una nueva esperanza.

    Navarra lo eligió Diputado a Cortes a los veintinueve años. A partir de ese momento la elocuencia de Mella, movida de la convicción y del amor, entusiasmó al pueblo carlista, en los momentos más difíciles para la supervivencia del tradicionalismo en su concreción de partido o Comunión. Mella no sólo lanzó en aquel tiempo el grito de aún vive el Carlismo, sino que fué el gran sistematizador y expositor del conjunto de las ideas políticas y sociales que entrañaba nuestro régimen tradicional, de las que realizo una luminosa síntesis,logrando presentar ante aquella generación un todo coherente de ideas extraídas del difuso elenco del tradicionalismo, hasta entonces más sentido que comprendido.

    Dos grandes aspectos hay que considerar en la figura y en la obra de Vázquez de Mella: el orador y el pensador político.



    * * *



    El primer aspecto es, sin duda, el más importante desde el punto de vista de su misión histórica inmediata y popular. El segundo aspecto, es decir, la obra intelectual del mantenimiento de una conciencia tradicionalista fué compartida con Menéndez Pelayo, la extraordinaria figura de la cultura española en la época que media entre las dos últimas guerras de España. Sin embargo, como he destacado en alguna ocasión (1), el hecho característico y diferencial del tradicionalismo español, que lo hace especialmente apto y fecundo para una verdadera restauración nacional, es su profundo arraigo popular, su asiento en una zona de las clases populares. En la conservación de este espíritu popular y en su supervivencia a la derrota de 1876 y al período canovista tiene una parte esencialísima la palabra cálida, arrebatadora, henchida de fé y de sinceridad, de Vázquez de Mella.



    (1) Rafael Gambra, La Primera Guerra Civil de España, Escélicer, Madrid, 1950



    La oratoria, como la poesía, debe poner al hombre en contacto con las cosas mismas: el orador, además de sus ideas, debe trasmitir a su auditorio el espíritu, el aliento inspirador que las anima. El auditorio debe entrar en contacto con el mundo de valores y de impulsos que mueven la voz del orador. "Por eso -dice Pemán-, fué Mella pura y perfectamente orador. Porque trajo la oratoria a su verdadero terreno de conciencia viva de un pueblo... Y fué fiel ciertamente al don de Dios. Se mantuvo en su puesto y cumplió su misión. No gobernó nunca..(2)". A Mella, en efecto, le fué ofrecida una cartera de Ministro en dos ocasiones: una, en sus mocedades, en los ensayos unionistas de Cánovas; otra, al final de su vida, en el Gobierno nacional que presidiría Maura. En ambos casos, rehusó. Nunca escuchó el fácil canto de sirena que le comprometería en una fórmula circunstancial de transacción, que, si en algún caso puede ser lícita, no lo era para quien tenía la alta misión de salvar para el mañana la continuidad y el entusiasmo de unas posiciones íntegras.



    (2) José María Pemán, Prólogo al tomo II de las Obras de Mella



    Su labor oratoria fué extraordinariamente difícil, casi insuperable: en un parlamento divorciado de la verdadera realidad nacional, entregado generalmente a minúsculos doctrinarismos, El se levantaba para impugnar el significado político de todos aquellos grupos y también al propio parlamentarismo; para salirse de la cuestión remontándose a principios que eran una condenación fundamental y sangrienta de cuanto allí se propugnaba; para remover la conciencia religiosa y patriótica de aquellos hombres, quizá en los momentos de su vida más ajenos a tales sentimientos. En estas condiciones, sólo que se le tolerase hubiera sido maravilla. Pero Mella consiguió que se le escuchase en suspenso, que toda la Cámara, por un momento, viviese aquel impulso de inspiración, que los diferentes partidos depusieran pos un instante sus antagonismos para aplaudir unidos al cantor de la común tradición patria.



    Su espíritu atraía por su sana sencillez casi infantil, por la abierta sinceridad de sus convicciones. A nadie como a él se le hubiera podido aplicar la definición que Quintiliano daba del orador: vir bonus dicendi peritus.

    La elocuencia de Mella sirvió a este fin general de presentar ante aquella generación, de una forma vívida y cordial, la fe de sus mayores manteniendo vivo su espíritu y su entusiasmo; pero, además, prestó tres grandes servicios a la vida de la patria, con motivo de otras tantas coyunturas históricas de su tiempo.



    Ante todo, en la ocasión tristísima de la guerra de Cuba y Filipinas. Mella denunció, antes de su estallido, la corrompidísima administración española en la isla de Cuba; y durante aquella torpe y claudicante acción bélica, exigió de los gobiernos una aptitud digna y responsable, destacando con toda claridad ante el Parlamento el radical divorcio entre la verdadera voluntad nacional y el oscuro juego de aquella trama caciquil y parlamentaria, única culpable del desastroso fin.

    En segundo lugar, ante el desaliento nacional del 98 y frente a las tendencias europeizantes, Mella realizó ante la conciencia española una labor paralela y complementaria a la de Menéndez Pelayo. Como el polígrafo santanderino en un plano erudito, presentó Mella ante el pueblo y en el Parlamento una interpretación total de nuestro pasado y de nuestra cultura, de la que se desprendían los motivos de un patriotismo superior al de la generalidad de los pueblos por fundarse en la constante y sacrificada lealtad a una fé religiosa.

    Por último, ante la gran catástrofe europea de la Guerra del 14, frente al mimetismo aliadófilo de los liberales, Mella sostuvo una postura germanófila basada en motivos históricos y patrióticos, que contribuyó en alto grado al mantenimiento de nuestra neutralidad.



    * * *



    Pero si la figura de Mella tiene como orador esta profunda significación histórica, no la tiene menor su posición intelectual. A Mella no se le puede situar en una corriente ideológica porque no era, en absoluto, lo que hoy se llama teórico o un intelectual. A pesar de su espíritu sistematizador, su obra fué brote espontáneo de un impulso creador y, como toda obra maestra, no exenta de los defectos inherentes a lo, en cierto modo, improvisado; pero con la virtud única de lo que es fruto de la inspiración. Por eso es imposible asignar a Mella precedentes científicos; él no poseía, quizá, una extensa erudición contemporánea: bebió, simplemente, en el mejor manantial de las esencias patrias y ,movida su voluntad a la vez que penetrada su inteligencia, supo a un tiempo cantar poéticamente y exponer intelectualmente. Mella no escribió apenas fuera del periodismo, ni siquiera volvió sobre su obra para corregirla: su vida fué un presente continuado hasta la muerte.



    Mucho debió Mella, como ambiente y como inspiración, a los clásicos del tradicionalismo español, especialmente a Donoso y Balmes; pero la obra de trabar en su sistema total y coherente el mundo de ideas del tradicionalismo político estaba reservado al joven periodista asturiano que, además, sabría presentarlo ante su época de un modo nuevo y sugestivo: no como un partido o escuela política, sino como el alma misma de la Patria de la que representa la continuidad y pervivencia. Ello, unido a su elocuencia, determinaría el milagro de un gran resurgimiento del Carlismo precisamente en los momentos en que atravesaba la tremenda crisis de la segunda guerra perdida.



    Desde la época en que cayó el antiguo régimen -el reinado de Fernando VII- quizá la más clara autoconciencia de lo que representó el orden tradicional corresponda a la concepción de Mella a lo largo de su vida oratoria y periodística. Los primeros realistas y carlistas -la época de la primera guerra y de Balmes- conocieron sin duda de un modo más directo y vívido el ambiente y el medio tradicional, pero no poseyeron la clara conciencia de cuanto aquella representaba, de los supuestos en que se apoyaba, de su ensamblaje con el pasado español, de lo que era fundamental y lo que era accesorio. Defendían una realidad vivamente sentida frente a unas ideas que reputaban heréticas y extranjeras. Mella, en cambio, ve en los atisbos geniales, en intentos formidables de visión general, la síntesis profunda de fe y de vida, de filosofía política y de historia, que constituye el orden tradicional, la gran realización política de nuestra vieja Monarquía. Incorpora a su concepción el espíritu medieval, forja la teoría de las coexistentes soberanías social y política, la de la soberanía tradicional para la concreción del poder; la idea, por fin, de la tradición en su sentido dinámico, cuyo alcance no ha sido todavía plenamente valorado...



    Posteriormente a Mella, en los últimos treinta años, se ha operado un proceso de olvido, de fragmentación y de idealización en el conjunto de ideas políticas que integran el sistema tradicional español. Sentimientos tan arraigados en el alma española como el monárquico o el foral de determinadas regiones van siendo desconocidos para las nuevas generaciones; multitud de pequeños movimientos construyen su credo y su verdad sobre fragmentos aislados del pensamiento tradicionalista; y, al mismo tiempo, éste se convierte para una extensa opinión en algo utópico, irrealizable, útil sólo para construir párrafos líricos y remover el patriotismo en momentos en que es necesaria la unión.

    Si el tradicionalismo de la primera mitad del XIX se hallaba demasiado envuelto por la historia concreta, la tradicional todavía es una realización imperfecta, el tradicionalismo actual de este siglo se encuentra desarraigado de los hechos, de las concreciones reales y viables, envuelto en las brumas de un recuerdo lejano e idealizado. Entre ambos momentos aparece Mella como un punto luminoso, tradicionalista y carlista, es decir, político teórico y político histórico.





    El legado de Mella



    Para penetrar en el pensamiento de Mella es preciso, ante todo, comprender, el sentido en que emplea el calificativo de social, que es, diríamos,la piedra angular de lo que constituye su principal aportación.

    Hoy es muy empleado este calificativo, generalmente precedido del artículo neutro -lo social-, que es un modo de sustantivar conceptos sólo oscuramente conocidos y muy equívocamente empleados. Este concepto actual de lo social coincide en un aspecto con el de Mella, pero difiere muy esencialmente en otro y por ello puede ocasionar multitud de equívocos. He aquí, como ejemplo, un párrafo de Mella que podría juzgarse enteramente actual: "(se extiende por España) un movimiento social que nace del impulso de todo un pueblo.,.; y esa ola social indica que este régimen, estos partidos, estas oligarquías que hoy tienen que transformarse...(3)"

    Esta frase podría ser citada como un anticipo profético de lo que hoy se llama política social. Coinciden ambos conceptos, además de en una común referencia a la sociedad, en su aspecto negativo, esto es, en su intención crítica respecto del sistema político liberal o individualista.



    (3) Vázquez de Mella, Juan. Obras Completas. Junta del Homenaje a Mella, Madrid, 1932, tomo VIII, pág. 202.



    El liberalismo que partía, como es sabido, de la bondad natural del hombre, y que propugnaba una organización racional del Estado y de la sociedad, procuró la destrucción de todas las sociedades e instituciones intermedias entre el poder político y el individuo. Eran éstas consideradas como productos irracionales de un pasado medieval, y constituían para los hombres de la Revolución aquella sociedad que, según Rousseau, era causa de la perversión del hombre. Como dice el propio Mella, "la obra política de la Revolución francesa consistió principalmente en destruir toda aquella serie de organismos intermedios -patrimonios familiares, gremios, universidades autónomas, municipios con bienes propios, administraciones regionales, el mismo patrimonio de la Iglesia- que como corporaciones protectoras se extendían entre el individuo y el Estado". Sobre las ruinas de todas estas instituciones que coartaban la libertad del individuo debería elevarse el nuevo Estado racional, con el imperativo de inhibirse de toda otra función que no fuese la meramente negativa de defender la libertad de los individuos.



    Estas instituciones intermedias, que, durante el Medievo y aun durante la Edad Moderna hasta la Revolución, tuvieron vida propia y autónoma, podrían distribuirse en dos distintos órdenes: unas tenían un carácter natural, respondían a tendencias de la naturaleza específica del hombre: así, el impulso que llamaríamos de afectividad y continuidad, determinaba la institución familiar, con el pleno ejercicio de la patria potestad en su esfera, su propio patrimonio y su continuidad en el tiempo a través de adecuados medios sucesorios; el impulso económico-material, determinaba las clases profesionales y la institución gremial, permanente y autónoma; el impulso defensivo engendraba la institución militar, más vinculada por su naturaleza al poder político, pero con su existencia intangible y su propio fuero; el impulso intelectual, por fin, exigía la agrupación universitaria, libre y dotada de su propia personalidad y carácter. Fácilmente pueden reconocerse en estos impulsos las facultades que asignaba Platón a la naturaleza humana- apetito, ánimo e intelecto-,y en tales instituciones, las clases que reconoció el mismo Platón en el Estado ideal. No puede olvidarse que la Edad Media cristiana se propuso la realización del Estado estamentario de Platón, no según la teoría del Grande Hombre que reasumiera al individuo, sino según el principio aristotélico de la sociabilidad natural, es decir, de los impulsos ínsitos en la naturaleza del hombre con una espontánea realización en instituciones adecuadas.



    El segundo grupo de instituciones intermedias tiene su carácter más fáctico o existencial que específico o natural. Brota de la realidad geográfica y de la realización histórica de las sociedades humanas y determina la institución municipal para el Gobierno de las agrupaciones ciudadanas o rurales, y la regional, que representa el derecho de toda más amplia sociedad histórica a administrarse por sí misma y a gobernarse por las propias leyes que brotan de su personalidad.

    Sobre estas instituciones naturales y fácticas surge la necesidad de unidad y dirección que exige, en el terreno religioso, propiamente espiritual, la institución eclesiástica,y en el orden humano, natural, la dirección del Estado.



    Con la Revolución, la familia fué privada de su continuidad a través del tiempo por medio de unas leyes sucesorias individualistas, y, más tarde,ya bajo signo socialista, de su área vital mediante una tendente supresión de la propiedad privada. La Universidad se convirtió de "libre ayuntamiento de maestros y discípulos", en mera oficina estatal para la expedición y registro de títulos académicos. La clase, como unidad consciente de su destino y autodefensora, desapareció con la supresión de gremios y la confiscación de sus bienes.

    El municipio dejó de tener personalidad la aplicarse leyes uniformistas, y potencia económica comunal al ser desamortizados sus bienes, y pasó a vivir de "un recargo del presupuesto". La región, en fin, llegó a carecer, en España -pueblo eminentemente federativo y regional- de toda realidad jurídica e institucional. "Así, el Estado contemporáneo -concluye Mella- no reconoce la existencia jurídica del gremio, ni del municipio, ni de la universidad, ni de la misma familia, si no están sancionadas por su expresa voluntad.



    Esto ha originado en los individuos dos sentimientos disolventes que son hoy generales entre los miembros de cualquier sociedad civil: el sentimiento de impotencia frente al poder del Estado,que en cualquier momento puede convertirse de laxo y tolerante en despótico y arbitrario; y el sentimiento de desarraigo que hace a cada hombre ajeno a toda institución y a cualquier destino colectivo, espectador de todas las cosas, preocupado sólo por su propio bienestar o, a lo sumo y en razón de instintos primarios de la sangre, por el de su propia familia; y, a la inversa, convierte a toda obra colectiva, a toda institución del régimen uniformista, en fingimiento externo, mentira manifiesta. Nadie se siente hoy vinculado a un gremio, a una universidad, a un pueblo o a una región, de forma tal que, aunque perciba sus defectos, los vea como algo propio, criticable sólo "desde dentro".



    Inversamente, la disolución de las sociedades intermedias, naturales e históricas, ha engendrado en el Estado dos características que son también generales y casi necesarias: su carácter absolutista y su falta de estabilidad. Mella, que nunca reconoció trabas ambientales y oportunistas para la verdad y la consecuencia lógica, lanzó contra un régimen que se preciaba de creador de la libertad, el dictado del tiránico y absolutista, precisamente el mismo que se empleaba para designar el tradicionalismo político. Y- lo que es más grave para aquel régimen-, apoyándose en razones irrebatibles. "Si hay un poder- dice Mella- que asume toda la soberanía, si los derechos de los ciudadanos están a merced de su voluntad, si basta que él estima que una situación es grave para que pueda suspender las garantías legales de los ciudadanos, ¿qué cosa es esto, variando los nombres, más que un bárbaro absolutismo?". Donde no existen autonomías ni contrapoderes en el seno de la sociedad, sino que todo depende del Estado, no puede esperarse más que la tiranía, solapada o violenta, pero tiranía siempre.

    Un mecanismo estatal difuso y meramente legal ha creado, al suprimir las responsabilidades concretas y las efectivas contenciones, un poder realmente ilimitado. El trámite legal y dialéctico de las democracias a los socialismos es históricamente posterior a Mella, pero está previsto por él.



    La falta de estabilidad -que es un hecho empírico en los regímenes de suelo revolucionario- se deriva también de la falta de unas instituciones sociales, tradicionales en su obrar y vinculadas a un fin natural. Ellas eran, en la sociedad, como las raíces sobre los terrenos, a los que deparan contención y arraigo. Un régimen que en aquellas condiciones sólo podría evolucionar lentamente, queda, al ser reasumido todo poder y todo institucionalismo, en un estado unitariamente estructurado, a merced de cualquier eventualidad o movimiento de opinión.



    Pero de todos estos males el más trágico y urgente, por ser el que afecta a la vida misma en un sentido inmediato, es el de las relaciones laborales entre los ciudadanos, el llamada por antonomasia problema social. En un régimen que no reconoció a los débiles el derecho eficaz de asociación para su defensa al no sancionar la función gremial, en que no existía tampoco la propiedad común que aseguraba un mínimun vital a los desheredados, en que el Estado conocía sólo la exterioridad jurídica de los contratos, tenía que quedar el débil, necesariamente, a merced del poderoso. No es preciso entrar a describir el siglo del capitalismo -la época de Mella- en que, al lado del lujo y del despreocupado vivir de la burguesía, se iniciaba el más desesperado pauperismo: aquél que para nada es solidario de su medio ni siente el menor apego a su trabajo.

    Esta realidad lleva pronto a conflictos inaplazables, a situaciones-límite, tales como el paro obrero y el odio de clases que anuncia la Revolución. Surge entonces la necesidad de imponer un orden, una dirección, a la sociedad misma. De la autonomía individual y de la función meramente jurídica del Estado, no se había derivado la libertad y el progreso, sino la esclavitud y la guerra. Ello hace preciso que en el seno de las relaciones sociales vuelva a surgir una estructura, un principio interno de orden y contención. De aquí se origina la preocupación social típica de nuestro tiempo.



    Todas las soluciones del problema social pueden reducirse a dos posiciones generales: una consiste en que el Estado, previamente erigido en institución única, repase los límites meramente negativos y jurídicos a que, por las exigencias teóricas del propio liberalismo, se hallaba reducido, y se convierta en administrador de la riqueza nacional y en reglamentador de las relaciones económico-sociales. Esta es la solución propugnada por el socialismo, y también por aquellos sistemas que, bajo el nombre genérico de política social, representan un socialismo tendente y libre de violencias.

    La otra solución, aunque se la presente a menudo como una especie de término medio entre el individualismo y el socialismo o, es, en cuanto a lo social, mucho más radical que ésta. Consiste, no en que el Estado ejerza una tutela sobre la sociedad para imponerle una estructura coherente y duradera, sino en la restauración de la propia sociedad con su órganos naturales y su propia vitalidad interior. No en que lo social se convierta en una función más del poder político, sino en que sea una realidad más amplia de finalidades y órganos varios que contenga en sí- y requiera, en un aspecto- a la autoridad civil.



    Esta tesis, que se ha llamado corporativa y orgánica, encontró en Mella el expositor y fundamentador, a mi juicio, más profundo y coherente. El vió toda su inmensa amplitud y se negó a darle esas denominaciones por estimar que rebasa con mucho lo por ella significado (4). Seguramente el propio nombre del socialismo le hubiera convenido con toda propiedad, de no haberlo ilógicamente usurpado una teoría que, por el contrario, representa el estatismo absoluto, es decir, la completa absorción de la sociedad por el Estado, de la estructura social por la política. Por eso improvisó Mella para esta concepción el nombre del sociedalismo.

    Ella es el hilo conductor de todo su pensamiento, riquísimo en facetas y matices, y también el mensaje de Mella para nuestra época.



    (4) Víd. sobre la denominación de corporativa: Obras Completas, tomo VIII, pág. 155.







    El concepto de soberanía social



    El fundamento primero de éste que Mella llama sociedalismo es una concepción del hombre en la que se adelanta un cuarto de siglo a las actuales teorías personalistas -hostiles al individualismo- que, desde Max Scheler y Berdiaeff, se extienden hasta Brunner y Mounier.

    El concepto de individuo -dice Mella-, que tanto se repite y que sirve de centro a todo un sistema, si bien se mira, no es otra cosa más que un concepto puramente abstracto (5).

    Cada hombre es, en cierto modo, una condensación de la historia de su vida, y si, por un proceso de abstracción, se prescindiera de la evolución de su pasado vivido y de la tradición humana en que se halla inserto -esto es, de su tiempo real, personal y transpersonal-, no quedaría más que un inimaginable haz de potencias inactuadas, algo meramente potencial, exento de toda determinación. El hombre no es captable ni en su individualidad teórica, ni tampoco en su ser social, como pretende la sociología de corte universalista. Porque ambos son aspectos abstractos de una y única realidad.



    (5) Obras Completas, tomo XI, pág. 49



    Pero sea de la cuestión metafísica lo que fuere, lo cierto es que la experiencia no nos ofrece, desde luego, más que sólo hombre: el hombre concreto de carne y hueso, con sus peculiaridades individuales y sus tendencias sociales, que es el dato empírico de que habremos de partir. Máxime teniendo en cuenta que la política, como algo práctico -el arte de dirigir la nave del Estado-, ha de seguir al supuesto -según el adagio escolástico actiones sunt suppositorum-, en este caso, a la persona concreta.

    De aquí el absurdo de fundamentar una teoría política en una concepción abstracta del individuo que exige desembarazarle de todas las instituciones naturales que encuadran y completan su ser y su obrar, y que sea representado en la gobernación del Estado de un modo individual, según el principio de sufragio inorgánico. Porque, como dice Mella en un golpe de evidencia, "el verdadero individuo, en lo que tiene de más singular, que sería el carácter nativo, no es representable por nadie más que por él mismo" (6).



    (6) Obras Completas, tomo VIII, pág. 150



    Este error brota de otro más amplio, nacido del seno mismo del racionalismo moderno, que consiste en concebir a la sociedad en general como algo puramente racional, producto de la convención humana y no de la naturaleza. Para el liberalismo roussoniano el hombre, naturalmente libre y bueno, accede a vivir en sociedad por un voluntario pacto con sus semejantes. La sociedad, por su misma artificiosidad, coarta la libertad del hombre y le hacer perder su espontánea inocencia. La solución radicará en destruir las estructuras irracionales que la sociedad ha creado en su espontánea evolución a través de los tiempos, y en edificar una nueva sociedad racional que no prenda la hombre en sus mallas ni coaccione su primitiva libertad. Para la concepción socialista de la vida en cambio, el hombre es un producto de la sociedad, entidad cuya estructura y leyes de evolución son penetrables científicamente. Una y otra teoría ven en la sociedad -aditiva y unitariamente considerada- una instancia superior de formación racional.



    Pero, según , Mella, la sociedad no es algo ajeno al hombre mismo -un pacto y una estructura que se le impone- ni tampoco una realidad superior que incluye en sí y determina al hombre. La sociedad se funda en la misma naturaleza del hombre que es, por ella, un "animal social". En esta concepción de la sociabilidad como natural en el hombre se halla implícita una amplísima teoría, que fué ignorada por el racionalismo liberal y por el socialismo, que es su consecuencia lógica.



    Aunque la diferencia específica del hombre sea la racionalidad, su naturaleza abarca distintos estratos de ser, con sus correspondientes formas de conocer y querer. Existe en el hombre un conocimiento sensible, animal, de cosas individuales, con su correspondiente apetito sensible, que tiende a los objetos conocidos ya, pero sin penetrar en la razón de apetibilidad. Existe, en fin, un conocimiento intelectual o racional de esencias universales, que determina el querer libre o albedrío. Y una tendencia de la naturaleza profunda del hombre, como es la sociabilidad, ha de incluir en sí todos esos estratos ónticos en que cala el ser humano. O, lo que es lo mismo, en la construcción de la sociedad han de colaborar instinto, sensibilidad e inteligencia, porque cualquier conocimiento o cualquier tendencia espontánea del hombre los incluye y penetra en apretada síntesis. De aquí que sociedades estructuradas en un lento y, hasta cierto punto, ciego proceso de adaptación, que incluyen en su génesis tanto instinto como razón, ofrecen generalmente condiciones de vida, estabilidad, y aún de progreso, superiores a las fundadas en convenciones o constituciones meramente racionales.



    Durante el siglo pasado se realizó sobre las estructuras sociales de la mayor parte de los pueblos algo semejante a lo que representaría destruir la anómala distribución de campos y bosques por la regularidad geométrica de un jardín, sin pensar en la posibilidad de que sequías o lluvias torrenciales impidan en le intermedio su realización. O a lo que hubiera sido el ideal esperantista de acabar, en gracia a la unidad idiomática, con el caudal de sabiduría popular, sentido filosófico y posibilidades estéticas de las lenguas tradicionales.



    Y si en el modo natural de constituirse las sociedades están representados los varios estratos que penetra el ser del hombre con formas no racionales -instintivas- de adaptación y de arraigo, también, y como hemos visto, las distintas facultades del espíritu humano contribuyen a conformar, según el esquema platónico, las clases sociales y sus correspondientes instituciones.

    La naturaleza humana imprime por otra parte en la sociedad la individuación y la historicidad propias del hombre. No sólo en los usos, costumbres y peculiaridades de gobierno pueden individualizarse las sociedades civiles, de acuerdo con su medio y tradición, sino aún en la misma legislación positiva que, aunque deba interpretar para ser justa la única y eterna ley natural, puede concretarse en mil diferentes formas. Toda unidad local o histórica -afirma Mella- tiene derecho, aunque viva en una más amplia comunidad estatal, a mantener y cultivar su propia estructura político-social.

    Por último, la unidad sustancial del hombre -y la exigencia de la unidad final en sus obras- están representadas en la sociedad por el deber político,. Esta unificación ha sido doble en la evolución de los pueblos cristianos: la civil y la eclesiástica. Supuesto que el fin último del hombre, como dice Santo Tomás, no se alcanza por los solos medios naturales, es preciso, al lado del poder civil, otro que sea depositario y administrador de la gracia, debiendo convivir ambos poderes mediante una delimitación de campos y una cierta influencia indirecta.



    La diferencia fundamental entre la teoría política nacida de la Revolución y la que expone Mella es ésta: concibe aquella la soberanía política como una instancia superior racional (llámesela Nación o Estado), único principio unificador y estructurador del orden social o de la convivencia humana. Concíbela Mella, en cambio, como cumplidora de un fin y con unas prerrogativas, que la lado de otros fines y de otras instituciones, fuentes asimismo de poder y en su propia jurisdicción.

    Estos otros fines naturales -plasmados en adecuadas y vigorosas instituciones- son, juntamente con el propio fin específico del Estado, la única fuente -teórica y práctica- de limitación del poder. La concepción teleológica o finalista es la única que puede eliminar el problema de la limitación -y aún del origen del poder- sin recurrir a las ficciones metafísicas de la transmisión. (7).



    (7) Víd. Obras completas, tomo XI, págs. 18 y 61.



    Y no puede interpretarse que, con la reabsorción en el Estado, se trata meramente de una distinta pero posible concepción del orden político-social. Porque si esas instituciones naturales son el adecuado complemento de la libre actividad humana, y su existencia es el único freno real y práctico al despotismo estatal, en ella se halla, en cierto modo, incluido el hombre.

    Cuando todo depende del Estado- dice Mella-, también quedan atacados los derechos individuales; porque si para realizar el hombre sus fines necesita asociarse a sus semejantes, y este derecho lo regula o lo niega a veces el Estado, es claro que mata la independencia personal..., y no deja siquiera al hombre una fortaleza desde cuyas almenas pueda oponerse a las invasiones de su poder.



    Esta concepción político-social de Mella, que encuentra el origen de la sociedad en el mismo individuo personal considerado en su concreción y en su naturaleza, tiene su fundamento en la más pura raíz del aristotelismo escolástico: según esta teoría, todos los seres naturales -y el hombre entre ellos- están compuestos, metafísicamente, de potencia y acto. Sólo Dios es acto puro: los demás seres han de realizar sus potencias en la vida. Su ser es un ser en movimiento, que consiste, precisamente, en el tránsito de la potencia al acto. Apetecer es pedir,necesitar, tender a algo a lo que por naturaleza se está ordenado. Y así como todas las cosas tienen una primera fraternidad en el ser, tienen después otras relaciones de conveniencia que las hace mutuamente perfectibles. Ello determina unas naturales inclinaciones o tendencias en todos los seres, que se realizan de diverso modo según que se trate de seres inconscientes , conscientes o racionales. Pero el fundamento es general y se basa en la suprema ley de orden y armonía, idea que es piedra angular en el pensamiento de Vázquez Mella (8).



    (8) Víd. Esteban Bilbao, La idea de orden como fundamento de una filosofía política en Vázquez de Mella, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Madrid, 1945



    En el hombre, cuya característica específica consiste en ese acceso a una esfera superior de común inteligibilidad y comprensión que se llama racionalidad, es la sociedad o vida de relación, una tendencia básica, una condición necesaria. Esto es lo que se expresa al decir que es animal social o que es social por naturaleza.

    Las tendencias sociales corresponderán así, como hemos visto, a los grandes grupos de facultades del hombre: el impulso primario de la afectividad y la reproducción (vida familiar), el impulso de cooperación económica (asociaciones laborales), la tendencia a la colaboración intelectual (universidad en su sentido lato), la necesidad de defensa (ejército), y posteriormente, la necesidad de coordinación y dirección que engendra el poder político o Estado.

    La sociedad, como tal, se forma de la interferente convivencia de estas formas de vida social, y se realiza al filo del tiempo en un proceso histórico en el que intervienen instinto, sensibilidad y razón, y se concreta en unidades histórico-locales -pueblo o nación- de diversa fisonomía. Por lo cual, constituye una esencial alteración de la naturaleza de las cosas el concebir a la sociedad como una estructura unificada y superior, de constitución racional, que establece o crea a las demás instituciones infrasoberanas.



    Llegamos así al concepto de soberanía social, que es piedra angular en el pensamiento de Mella y que, según él mismo la define, es "la jerarquía de personas colectivas, de poderes organizados, de clases, que suben desde la familia hasta la soberanía que llamo política concretada en el Estado, al que debe auxiliar, pero también contener" (9).

    La idea de soberanía social incluye, pues, la existencia de instituciones autónomas en la realización de sus fines naturales, y la de conjunto jerarquizado, que se opone, como teóricamente intangible y como prácticamente poderoso, a la soberanía política. Ambas soberanías -la social y la política- se incluyen armónicamente, con sus fines naturales propios y complementarios, dentro del concepto de orden.



    (9) Obras completas, tomo XV, pág. 180



    Este conjunto armónico de instituciones naturales no supone, sin embargo, una concreción política propia de cada pueblo -región o nación- que aparezca respetable de un modo cuasi natural. Por esto, en el pensamiento de Mella se añade a la idea de la soberanía social la de la soberanía tradicional. "Así, la Monarquía -dice- tiene para nosotros el apoyo de una soberanía muy grande, muy poderosa, y que hoy no se quiere reconocer: la soberanía que llamaré tradicional, en virtud de la cuál la serie de generaciones sucesivas tiene derecho por el vínculo espiritual que las liga y las enlaza interiormente, a que las generaciones siguientes no le rompan y no puedan, por un movimiento rebelde de un día, derribar el santuario y el alcázar que ellas levantaron, y legar a las venideras montañas de escombros" (10). Aquí radica el concepto dinámico de tradición sostenido por Vázquez Mella. Es éste una anticipada aplicación a las colectividades históricas de la durée reelle bergsoniana y de todas las modernas teorías psicológicas de la corriente de la conciencia. No es posible señalar momentos ni hechos aislados en la vida de los hombres o de los pueblos, porque todos son producto de una sola evolución y se penetran y funden en una trama continua. Por eso, el régimen político de un pueblo debe brotar de esa evolución profunda y identificarse con ella y no ser convención momentánea de la razón especulativa desarraigada de la razón histórica.



    (10) Obras completas, tomo XV, pág. 196



    Este institucionalismo orgánico, en fin, que coloca al Estado dentro de un orden de fines naturales, reaparece en el pensamiento actual como el único medio viable de limitar el poder del Estado y evitar su evolución, en cierto modo dialéctica, desde la democracia hasta el socialismo totalitario. Así, por ejemplo, dice Roland Maspétiol en su reciente obra "LJEtat devant la personne et la société" :"El poder del Estado puede ser limitado por medio de la institucionalización de diversos elementos de la sociedad civil con vistas a mantener su autonomía y su espontaneidad sobre la base de un poder nivelador. Este sistema tiende a asignar a los grupos naturales de la sociedad civil, erigida en comunidad orgánica, su propia autonomía y su propia garantía. Este modo es, a menudo,presentado bajo el nombre de doctrina corporativa, en torno a la cual se pueden agrupar el conjunto de principios que reconocen a las familias, a los grupos locales, a las profesiones, a las tendencias culturales, etc., una base independiente dotada de un poder de decisión y de legislación interno, oponiéndose así eficazmente al poder estatal. No existe más que una manera de defender la libertad, cada vez más amenazada; restaurar contrapoderes y fijar las bases de un derecho que el Estado no pueda modificar según su sólo capricho" (11).



    (11) Maspétiol, R. L'Etat devant la personne et la societé, París, 1948, pág. 108.

    Víd. asimismo, la idea de Institucionalización del campesinado en la obra del mismo autor, L'Ordre eternel des Champs, París, 1946.

    Y también: Jouvenel, B. Du Pouvoir. Histoire naturelle de sa croissance, Géneve, 1945, págs. 424 y ss.

    Duclos, P. L'Evolution des rapports politiques depuis 1750, París, 1950.





    El proceso federativo



    Este conjunto de instituciones autónomas calcadas sobre las facultades del hombre, cimentadas en una fé común y aglutinadas por la Monarquía, constituye propiamente lo que podríamos llamar el régimen tradicional, que se desarrolló a lo largo de los siglos en la Edad Media y Moderna en los pueblos cristianos. Sin embargo, quizá en ningún lugar tuvo este proceso creador un desarrollo tan puro y característico como en España.



    Sir Ernest Barker, el conocido tratadista político británico, reconoce (12) que fué España el primer país que puso en práctica un régimen representativo. En las Cortes de Castilla y de Aragón aparecen, en efecto, las primeras representaciones colectivas de ciudades y clases. El antiguo régimen político-social de los reinos españoles fué -según Mella- la mejor realización histórica de aquella más perfecta forma de gobierno que Santo Tomás hacía consistir en una armonía de las tres formas legítimas de gobierno aristotélicas: la democracia, la aristocracia y la monarquía. "España -dice- fué una federación de repúblicas democráticas en los municipios y aristocráticas, con aristocracia social, en las regiones, levantadas sobre la monarquía natural de la familia y dirigidas por la monarquía política del Estado".

    Sin embargo, aún más que el institucionalismo de clases y en el régimen representativo, fué característica la historia política de España en el proceso de federación política. No puede olvidarse que en nuestra Patria, sin perjuicio de poseer un espíritu nacional que "no cabiendo en la Península hizo surgir un continente nuevo para darle albergue", fué siempre, hasta la revolución, una federación de cientos de reinos por la monarquía. Nuestro mismo escudo no es uno, sino la composición de cuatro aglutinados bajo la corona de un mismo Rey. La unidad nacional y la unidad política no surgieron en nuestra Patria por una imposición de quien pudiera hacerlo,sino que nacieron de siglos de convivencia y de lucha común y se realizaron, en general, por un lento proceso de incorporación verdaderamente político.



    La no identificación entre el Estado -la monarquía- y la nación que, por virtud del institucionalismo orgánico que, hemos visto, se daba en siglos medios, hacía posible federaciones políticas -monarquías duales- sin que nadie pensase en la unión de las correspondientes nacionalidades. Y que la declaración de guerra de soberanos, por ejemplo,no impidiese la normal relación y comercio de los pueblos. Así, en nuestra alta Edad Media, pudieron confluir diversas coronas en un sólo monarca sin que pasase de un efímero y externo hecho histórico, porque la profunda y verdadera unidad espiritual no había madurado aún entre aquellos pueblos (piénsese en Sancho el Mayor de Navarra). Y, en cambio,a principios de la Edad Moderna, la unidad monárquica no era ya sólo un hecho que engendraba inmediatamente una estable y cordial unidad nacional, sino que resultaba, en cierto modo, exigida e impulsada por la misma auténtica unidad ya existente en la sociedad (piénsese en el reinado de los Reyes Católicos).



    La unidad superior de los pueblos peninsulares -el hecho de que el nombre de español se hubiera convertido en poco más que una denominación geográfica en algo profundamente sentido- se había realizado como un efecto de la lucha siete veces secular contra el mundo mahometano. Y lo que en su origen fué efecto, producto realísimo de la historia y de la vida, pasa a ser causa, imprimiendo un modo de ser y de agruparse a los que han constituido, en torno a esa unidad, una nacionalidad.



    Así como la unidad concebida en sentido estatal moderno no tiene otra forma de verificarse que el uniformismo y la centralización, la unidad íntima nacida del sentimiento y de la Historia, puede ser compatible con un respeto absoluto a las peculiaridades, incluso políticas, de los pueblos federados. Por ello pudo decir Mella, con Pedro José Pidal, que la antigua Castilla "era una especie de confederación de repúblicas administrativas presididas por la monarquía" y que España "fué un conjunto de reinos autónomos vinculados por la fe y gobernados por la monarquía".



    Pero en este caso, ¿en que para el ser y la unidad de las grandes nacionalidades que, como España, se forjaron al cabo de los siglos?

    Para responder a esto se encuentra implícita en la obra de Mella una teoría sobre la superposición y la evolución de los vínculos nacionales, que entraña una verdadera filosofía de la historia. Según esta teoría, que encontramos apenas esbozada, en la naturaleza de los vínculos que determinan la existencia de un pueblo se da un progreso en el sentido de una mayor espiritualización o alejamiento del factor material, sea racial, económico o geográfico.



    Las nacionalidades primitivas que vienen determinadas generalmente por una estirpe familiar prolongada en sentido racial, o bien por un imperativo del suelo o del modo de vida. Mas tarde, una progresiva depuración de estos vínculos va ligando pueblos de raza, medio o vida diferentes en torno a una común dignificación histórica que puede ser de diversa índole. Así, en el seno de una gran nacionalidad actual, como la española, pueden coexistir, en superposición y mutua penetración, regionalidades de carácter étnico, como la eúskara; geográfico, como la riojana; de antigua nacionalidad política, como la aragonesa, la navarra, etc..."A medida que la civilización progresa -apunta Mella- la influencia del medio y de la economía es menor, y podría formularse esta ley que toda la historia confirma: la influencia del factor físico sobre el hombre (y sobre las nacionalidades, por tanto) está en razón inversa de la civilización" (13).



    (13) Obras completas, tomo X, pág. 197.



    Así, en nuestra Patria, "que es un conjunto de naciones que han confundido parte de su vida en la unidad superior (más espiritual), que se llama España" (14), no está constituido el vínculo nacional "por la geografía..., ni por la lengua...,ni por la raza..., ni aún por la raza histórica..," (15), sino por "una causa espiritual, superior y directiva, que liga a los hombres por su entendimiento y voluntad, la que establece una práctica común de la vida, que después es generadora de una unidad moral que, al transmitirse de generación en generación, va siendo un efecto que se convierte en causa y que realiza esa unidad espiritual que se refleja- por no citar más que este carácter- en la unidad de una historia general e independiente" (16).



    (14) Obras completas, tomo X, pág. 320.

    (15) Obras completas, tomo X, págs. 197 y ss.

    (16) Obras completas, tomo X, pág. 202.



    Pero este vínculo superior que hoy nos une -y que para los españoles , es de carácter predominantemente religioso, con determinaciones humanas e históricas propias- ha de ser considerado hacia atrás como un producto de la historia, y al presente, como un elemento vivo de unidad. No debe, sin embargo, proyectarse al futuro como algo sustantivado e inalterable, porque entonces se diseca la tradición que nos ha dado vida. El principio de las nacionalidades sin instancia ulterior procede cabalmente de esa confusión moderna entre el Estado y la Nación y su concepción como una única estructura superior y racional de la que reciben vida y organización las demás sociedades infrasoberanas. El proceso federativo de nuestra Edad Media cristiana y la progresiva espiritualización de los vínculos unitivos no tiene por que truncarse, máxime cuando el principio nacionalista y el punto de vista nacional conducen siempre a la guerra permanente. En los estados modernos el interés nacional y la razón de Estado han de ser, como es sabido, causa inapelable. Y en los países totalitarios se llegó a crear toda una doctrina nacional, con el dogmatismo de una religión y su correspondiente enseñanza obligatoria y reglamentada.



    Pero, según la doctrina de la espiritualización y superposición de vínculos nacionales- que responde a la práctica federativa de los siglos cristianos-, el proceso de integración habría de permanecer siempre abierto: al final de este proceso estaría, como vínculo de unión para todos los hombres, la unidad superior y última de la catolicidad, libre de toda modalidad humana. Y el proceso que a ello condujere habría sido, no la imposición de una parte, sino una libre integración -o federación- vista por todos los pueblos como cosa propia y que para nada mataría las anteriores estructuras nacionales. Esto es, un proceso semejante al que en España condujo a la unidad nacional.

    La ascensión hacia esta armoniosa meta debería, por otra parte,marchar al unísono con el progreso material que permite -y exige- el gobierno de cada vez más amplias extensiones y multitudes.

    Esta es la filosofía de la historia que he dicho estaba implícita en el pensamiento de Mella.



    Y en lo acaecido después de truncarse el proceso medieval federativo puede verse una realización de lo que Mella llamaba ley de necesidades, que ya hemos visto: la Revolución consagró el principio de las nacionalidades cerradas, con sus construcciones racionales y definitivas de las Naciones. Pero como la necesidad de sucesiva ampliación de las sociedades políticas pertenece, en cierto modo, a la naturaleza del hombre y de la civilización, el proceso amenaza realizarse hoy, aunque por cauces bien diferentes, en las tendencias internacionalistas del socialismo.



    Igualmente se encuentra una confirmación de la teoría político-social de Mella en el estado interno de las actuales nacionalidades europeas. Ese don precioso de estabilidad, que permite a los hombres ordenar su futuro y el de los suyos de acuerdo con leyes eternas, y que es el más sano fruto que debe ofrecer un régimen político, no lo ha poseído, quizá, en los últimos siglos, más que la Monarquía británica. Es frecuente entre los ingleses atribuir esta virtud a la superpuesta democracia liberal de su régimen, pero no sería difícil demostrar que no es por ella, sino más bien a pesar de ella. En los pueblos continentales puede atribuirse esa condición a la riqueza de su imperio, pero sería cuestión si esto es así o si, al contrario, procede su pujanza de su estabilidad.

    No es difícil, sin embargo, concluir que esa virtud nace de haberse mantenido allí la tradición, es decir, la continuidad con el antiguo régimen y, en gran parte, la estructura autonomista y orgánica. "Los británicos -dice Barker- no tienen una Constitución escrita. Su Constitución es algo que perdura en la mente de los hombres: y la parte que está escrita procede de la Carta Magna que hubo de otorgar el Rey Juan en época tan remota como el año 1215" Un origen, por tanto, esencialmente distinto del constitucionalismo racional y apriorístico de la Revolución Francesa.

    Así ha sido posible continuar allí hasta hoy el proceso, no sólo de incorporación de pueblos extraños -al modo de la antigua Hispanidad- en la Comunidad Británica de Naciones, sino de pacífica asimilación de concepciones políticas modernas, como el liberalismo, y, aún hoy, aunque con probable fracaso, del mismo socialismo.



    España no ha podido hallar fuera de su cauce tradicional ni aún le efímera estabilidad que, por algún tiempo y de precario, han logrado para sí otros pueblos del continente.

    Pueden enumerarse las lacras políticas y sociales que padece desde hace más de un siglo nuestra sociedad civil, por contraposición con las características que Mella asignaba a nuestra monarquía tradicional:la pérdida del institucionalismo social ocasionó el individualismo y el problema social, en primer término, y el auge del socialismo, en segundo; la desaparición de la estructura regionalista fué causa de la atonía local, primero, y del separatismo más tarde; la muerte de nuestro autonomismo administrativo, originó la irresponsabilidad y mala administración, que han sido endémicas entre nosotros; la ruptura de nuestra continuidad política y el estado de guerra civil casi permanente.



    Remedio necesario para tal situación, es para Mella volver a crear esa cadena de instituciones intermedias, estabilizadas y estructuradoras, que sean a la vez el más serio y permanente apoyo del Estado y su contrapoder limitador (17).

    Parece empeño contradictorio el de volver a crear con una acción estatal lo que, por su misma naturaleza, ha de ser independiente del poder político. Y, efectivamente, para hacerlo con propiedad, habría que hablar más bien de crear condiciones debidas para que la sociedad vuelva a realizar sus fines naturales a través de instituciones adecuadas y autónomas, que encuadren y completen a la persona.

    A este efecto, existen dos clases de sistemas políticos: los que buscan y procuran apoyarse en instituciones de vida enraizada y autónoma, y los que pugnan por desembarazarse de cuanto no responde a su poder e iniciativa inmediata.

    "Nosotros -dice Mella- queremos cercar al Estado de corporaciones y de clases organizadas, y vosotros las habéis destruido" Los últimos de estos regímenes son momentáneamente más poderosos; los primeros, en cambio, prolongan su vigencia a través de los siglos y, lo que es más importante, permiten a la sociedad civil vivir su propia vida y espontaneidad.



    (17) Obras completas, tomo VIII, págs. 166 y 167.



    Para terminar todo este extenso y profundo ideario político, nos ofrece Mella una idea de gran trascendencia práctica: la viabilidad de tal sistema por medio de un previo hecho político: la instauración de la auténtica monarquía, "la primera de las instituciones, que se nutre de la tradición y es el canal por donde corren las demás, que parecen verse en ella coronadas" (18).

    Para muchos, el sistema político que Mella sistematizó constituye no más que un ideal irrealizable, de carácter meramente regulativo, propio sólo para inspirar párrafos líricos en el momento de aunar voluntades y remover el patriotismo. Es muy general en las escuelas políticas de hoy el colocar este ideario como lema propio al cuál dicen tender, mientras en la práctica realizan una política concretamente liberal en unos casos -apoyándose en el carácter democrático de las instituciones tradicionales- o totalitario en otros -fundándose en el carácter unitario y personal de nuestra monarquía-. Frente a estos pseudo-tradicionalismos ve Mella la realizabilidad de tal sistema mediante la acción reordenadora de una institución como la monarquía que, por su misma naturaleza y cuando no se halla mediatizada por otros poderes o intereses, ha de asentarse en el tiempo y no en la momentánea oportunidad. Y, frente a todos los regímenes de tesis o de opinión, ve Mella en tal ideario el verdadero empirismo político y el único régimen eficaz y establemente realizable entre nosotros.



    (18) Obras completas, tomo XV, pág. 167.





    Lo que fué y lo que no fué Vázquez Mella



    Vázquez Mella fué, como puede deducirse de todo este resumen, no sólo el "cantor" y el "verbo" de la Tradición, como tantas veces se le ha llamado, sino también el "logos" que, aún en términos oratorios y casi improvisados, hizo explícito y coherente todo un sistema de ideas que hasta él permanecieron más vividas y sentidas que comprendidas.



    Sin embargo, bajo la forma del más cálido de los elogios a su personalidad y a la originalidad de su obra, se ha introducido muy a menudo una afirmación que atenta fundamentalmente a la auténtica significación de Mella y al sentido profundo de lo que él defendió. Mella- se ha dicho- forjó todo un sistema político sobre distintos temas y aspectos de la sociedad medieval e injertó todo este contenido doctrinal a un partido meramente dinástico- el Carlismo-, supervivencia del absolutismo del siglo XVIII. Según esta visión de las cosas, la figura de Mella queda realzada como restaurador de nuestro antiguo espíritu nacional, pero a costa de que su posición se vea reducida a una ocurrencia más entre las de nuestros abigarrado siglo XIX. Nuestras luchas civiles -esas que eran para Menéndez Pelayo el único dato para encontrar todavía en el siglo XIX virilidad en nuestro pueblo (19)-,quedarían así privadas de su sentido religioso y doctrinal, y el Carlismo, desconectado de toda continuidad con el espíritu de nuestra antigua y gloriosa monarquía.



    (19) Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, tomo VIII, pág. 516.



    Ya el propio Mella hubo de enfrentarse con esta afirmación en el Parlamento, en una rectificación que se halla recogida en sus obras bajo el título No hay cambio sustancial en el Carlismo (20): "Su Señoría -dice contestando al señor Figueroa- nos considera como si fuéramos (los carlistas) la evocación de un sepulcro de la Edad Media, como si hubiéramos surgido de improviso en la sociedad y viniéramos de un osario donde están para S.S. las instituciones que pertenecieron a otras épocas. Y afirma S.S. que vengo yo a hacer una evolución en el Carlismo, y que se asombrarían los carlistas de hace cincuenta años si oyesen que yo hablaba de la monarquía representativa y de la monarquía federal, es decir, una evolución que viene a transformar el programa del partido carlista.(...) Pero S.S. -repone- puede haber encontrado, no ciertamente el origen histórico, pero sí el origen oficial de la comunión tradicionalista, y podría haberlo encontrado en el reinado de Fernando VII, cuándo en los proyectos de las Cortes de 1812 representaba nuestros principios Jovellanos en los apéndices a la Memoria de la Junta Central, y en sus escritos políticos el ilustre Capmany, como el Barón de Eroles defendió el programa fuerista y regionalista (en la guerra de la Constitución)"



    (20) Obras completas, tomo XI, pág. 81.



    El mismo argumento se ha repetido mil veces, porque con él se ha pretendido siempre el mismo objeto: justificar cualquier postura política sin dejar de aceptar los principios fundamentales de nuestra fe y de nuestra tradición nacional. Pero a poco que se examine en sus fuentes nuestra historia de los dos últimos siglos habrá de llegarse a esta opuesta conclusión, que estimo realmente esperanzadora: nuestro país es quizá el único donde lo que podríamos llamar, en términos generales, tradicionalismo, no es una reconstrucción artificial o una posición erudita, sino una continuidad viva y actuante enraizada en el pueblo mismo, y realizada a través de toda una epopeya bélica de resistencia nacional que se ha prolongado hasta nuestros días. En la guerra de 1793 contra la Revolución Francesa, en la Independencia, en los realistas durante las luchas de Fernando VII, y en los carlistas en las sucesivas guerras civiles, pueden hallarse de un modo explícito y entusiasta los mismos ideales y sentimientos que más tarde habrían de inspirar la palabra de Vázquez Mella o la pluma de Menéndez Pelayo. Es decir,que el tradicionalismo español no es una restauración teórica, sino un espíritu nacional vivo y concreto, con todas las inmensas posibilidades que para el futuro se desprenden de ella.



    Más aún: en siglo XVIII borbónico, que suele citarse como un absolutismo regalista en que se interrumpe nuestro régimen tradicional y, con ello, nuestra continuidad política, está muy lejos de ser rectamente interpretado, puesto que, como dice Mella, "al final de estos siglos, ante la Revolución Francesa, quedaba todavía una Constitución interna de España, aunque estaba mermada la representación de las antiguas Cortes y los derechos de los fuero de las regiones" (21). Durante esta época las tendencias enciclopedistas y regalistas que se dejaban sentir en la corte y clases elevadas, en poco o en nada llegaban al pueblo, que conservó su propia organización y espíritu. Fué un ejemplo práctico del poder de resistencia que el propio ser de un pueblo posee cuando se halla institucionalizado en sus propios órganos autónomos.



    (21) obras completas, tomo XV, pág. 306.



    Mella, en mi opinión -y en la suya propia-,no hizo sino beber en un gran río que es el tradicionalismo español -o más exactamente el Carlismo, que es su concreción humana e histórica- y, sobre esa fuente de inspiración, hizo explícito lo que estaba oculto, sistematizó lo que estaba diseminado, movió voluntades y avivó conciencias. Pero nada fué Mella menos que un erudito: difícilmente con su contextura mental hubiera podido forjar una reconstrucción arqueológica en el terreno político. A Mella no se le puede comprender en sus fuentes bibliográficas porque apenas existen, sino en su propia personalidad y en el ambiente que le envolvió: aquel Carlismo de fines de siglo, con la grandeza y la amargura infinitas de la segunda guerra perdida.

  8. #8
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    Re: ESTUDIO PRELIMINAR, por Rafael Gambra

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    Los planes de la banca judía sobre España (“Profecía” de Vázquez de Mella)

    EN 1 DICIEMBRE, 2016 POR LAINTEGRIDADBLOG
    “¿Cómo no se han meditado, por los políticos españoles que ocupan el banco azul, los peligros e inconvenientes de entregarnos en manos de la Banca judía?.Recordad lo que ha sucedido en Hungría. En Hungría estaba prohibido a los judíos adquirir propiedad territorial. En 1862 se consiguió, por arte de esa Banca, que se les autorizase para ello, y resultó que, al cabo de pocos años, en la poderosa y rica Bohemia, sesenta de las casas más ilustres habían dejado en las garras de los judíos toda su fortuna; y ésta es la hora en que la cuarta parte de la propiedad de Bohemia está en poder de los Rothschild, como también están en poder de los judíos las cuatro quintas partes de la provincia de Padua en Italia.Un día Hungría quiso hacer un empréstito con esa casa poderosa; y, desde el momento en que se dejó penetrar a los Rothschild en la Hacienda de esta nación, se arruinó, en términos que tiene hoy una de las deudas más enormes de Europa. Parece que hay algunos que se sonríen, sin duda porque yo combato a los judíos.El que quiera conocer los propósitos y la conducta de la Banca judía, el que quiera saber el programa judaico que desarrollaba un ilustre rabino, !ilustre dentro de la sinagoga, por supuesto! , no tiene más que leer un libro inglés de John Readelif, donde está inserto íntegramente. Notabilísimo trabajo que, por su franqueza y claridad, han llegado a llamar varios publicistas “el programa judaico”.Son dignos de meditarse algunos párrafos de ese documento ; porque, después de ensalzar el rabino a que me refiero la raza judaica, y de decir que la Providencia le ha dotado de “la astucia del zorro, la memoria del perro, el instinto de asociación de los castores y la frialdad de la serpiente”, añade que para esa raza ha sonado la hora de que se cumpla la profecía de Abraham, y llegue así a dominar el mundo entero ; y expone y desarrolla el plan financiero que debe seguir para ejercer la dominación y el monopolio de los Estados. Y dice, entre otras cosas, lo siguiente, que suplico al Sr. Ministro de Hacienda que medite:“Hoy, todos los emperadores, reyes y príncipes reinantes “están cargados de deudas”, contraídas para sostener ejércitos numerosos y permanentes que apoyen sus tronos vacilantes. La “Bolsa cotiza y regula esas deudas, y somos en gran parte dueños de la Bolsa” en casi todas las plazas. Es menester, pues, que nos empeñemos en facilitar más y más “los empréstitos” para convertirnos en “árbitros de todos los valores”, y, en cuanto fuere posible, “tomar en cambio”, por los capitales que suministramos a las naciones, “la explotación de sus vías férreas, de sus minas, de sus selvas, de sus grandes fábricas, como también otros inmuebles, y aún la administración de los impuestos”.Parece imposible que tan fácilmente hayamos olvidado el cuadro que se ofreció a los ojos de Europa al hundirse el gran imperio napoleónico. El día terrible en que en los campos de Waterloo era derrotado Napoleón, se hallaba allí el fundador de la dinastía de los Rothschild acechando el momento en que Napoleón cayera vencido por Inglaterra, y con Napoleón se derrumbara aquel imperio que parecía superior al de Ciro y al de Alejandro.
    Allí, en aquel campo de muerte, había un hombre atento al resultado de la batalla, no para tomar parte en la tristeza de la derrota o en la alegría de la victoria, sino para marchar precipitadamente a la costa en caballos preparados, para saltar al barco que le esperaba, dirigirse a Inglaterra, llegar a la Bolsa de Londres y jugar a juego visto, utilizando la desgracia para multiplicar su fortuna en aquella cotización que hizo a Nathan Mayer el primero de los Rothschild británicos.Acordáos, si queréis, de cómo acabó “la casa Baring”; de cómo trató Rothschild de poner asechanzas a nuestro crédito para conseguir que quebrase el Banco de España, como había hecho quebrar al de “La Unión” de París. Y observad que al lado de la casa Rothschild, y protegida por ella y en relación bancaria íntima, está una casa de Londres que se llama la “casa Morgan”; y que esa casa Morgan está unida con otra casa Morgan establecida en Nueva York, donde se hallan aquellos senadores que también se apellidan así, y que nos han insultado y escarnecido en el Parlamento de los Estados Unidos.Recordad que unidos a esos Morgan están todos los agentes que cubren los empréstitos filibusteros, y ved cómo esos agentes se unen al Morgan senador, y el Morgan senador a la Banca judía Morgan de Nueva York, que está en relación con la Banca judía Morgan de Londres, y éstas a las órdenes de Rothschild.Este es el encadenamiento con el cual puede suceder que todavía esos judíos alarguen una mano al Ministro de Hacienda y otra al Estado español, y traten de sacarnos los últimos restos de la fortuna nacional, al mismo tiempo de redondean el negocio y dan muestras de lo que ha hecho en la Historia esa Banca judía fomentando, por medio de la Morgan de los Estados Unidos, la insurrección de Cuba, y abrumados nosotros por el infortunio, concluyamos teniendo allí como factor de la guerra, a la sucursal de Rothschil, y teniendo aquí como factor también de nuestra ruina a la casa Rothschild.******A un miembro de la mayoría gubernamental, el Sr. Burell le dice Mella en esta misma sesión: “Su Señoría se ha querido introducir en el campo del carlismo y presentarme a mí como un heterodoxo. !Yo heterodoxo, Sr. Burell!Su Señoría podrá ser heterodoxo con relación a los fusionistas, como lo ha sido antes con relación a los conservadores, pero yo no me he mudado de sitio, y por eso no soy heterodoxo. Un gran heterodoxo sería yo el día en que me separase de la Iglesia, y, con la gracia de Dios, no me separaré de ella mientras aliente, como seré hasta la muerte fiel a la Monarquía que ampara y defiende sus derechos”.Un poco antes, Mella se había dirigido al Sr. Burell en estos términos :Su Señoría nos habla de la civilización cristiana. Este programa judaico, que tanto enseña, dice, entre otras cosas, lo que voy a leer a Su Señoría:“El oro es el poder más grande de la tierra; el oro es la fuerza”, la recompensa, el instrumento de todo goce, todo lo que el hombre teme y codicia; he aquí el gran misterio, la profunda ciencia del espíritu que rige al mundo. !He aquí lo por venir! Dieciocho siglos han pertenecido a nuestros enemigos; pero el siglo actual y los siglos futuros nos deben pertenecer a nosotros, !pueblo de Israel!, y nos pertenecerá seguramente”.Si Su Señoría busca en la literatura del pueblo de Israel, a contar desde el Talmud, palabras semejantes, blasfemias tremendas y horribles contra la civilización cristiana, allí encontrará S. S. cuantas quiera. Esa raza lleva dentro del pecho, como una especie de tabernáculo sacrílego, un odio inextinguible contra todo el régimen cristiano.Ese odio se ha traducido en las leyes y se ha llevado muchas veces a las instituciones informadas por el liberalismo. Hoy, los grandes librepensadores modernos tienen como directores en muchos puntos a esa raza judaica. Y S. S. debe saber que esa civilización cristiana, de la que habla como si fuese sinónima de la civilización contemporánea, fue negada primero por la Protesta luterana, que se levantó un día a negar, con soberbia satánica, todo lo que había afirmado la sociedad cristiana.¿No sabe Su Señoría que esa Protesta filosófica engendró una Protesta política que tuvo por fórmula el “Contrato Social” de Rousseau, y por hecho la “Revolución francesa”, y que esa Protesta política, esa Protesta Filosófica y la Protesta religiosa van ahora a concentrarse, por el orden dialéctico de las negaciones, en una tremenda “Protesta civil”?.Pues entonces, ¿cómo pretende S.S. hablar en nombre de la civilización cristiana? Pues qué, ¿no está la civilización cristiana negada precisamente en las leyes, en los principios y en las instituciones modernas? ¿Qué significación tiene, si no, todo ese derecho moderno del que S. S. nos hablaba? ¿No radica y se funda todo él en la “autonomía de la razón individual”.¿Y qué significa esa autonomía sino el derecho de dirigirse a sí misma con entera independencia, y por lo tanto, el de manifestar todas las ideas, sino extendiendo esas manifestaciones emancipadas de un orden religioso y moral preestablecido, y por lo tanto, libérrimas, sin obstáculos ni limitación?¿Y cómo se puede afirmar ese supuesto derecho en el hombre, de creer y sostener lo que mejor le parezca, sin negar a Dios el derecho absoluto a “imponer deberes religiosos” a la voluntad humana, y “revelar verdades” superiores a la órbita finita de la razón?Créame, Sr. Burell : Una vez negado el orden cristiano, no hay más remedio que ir al desorden racionalista, y de allí derechamente al monismo panteísta. Ya ve Su Señoría cómo no se puede hacer a un tiempo la apología de todos esos principios en que descansa el derecho de los tiempos modernos, y la de la civilización cristiana, sin incurrir en las más elementales contradicciones.(Intervención de Mella en el Congreso de los Diputados de 19 de Agosto de 1896 sobre cuestiones de Hacienda y presupuestos).

    https://laintegridadblog.wordpress.c...quez-de-mella/
    Trifón dio el Víctor.
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
    𝕽𝖆𝖒𝖎𝖗𝖔 𝕷𝖊𝖉𝖊𝖘𝖒𝖆 𝕽𝖆𝖒𝖔𝖘

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