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Tema: Los orígenes del Cristianismo en España

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    Los orígenes del Cristianismo en España

    Índice: EL CRISTIANISMO EN ESPAÑA. CREENCIAS RELIGIOSAS ANTERIORES. PREDICACIÓN Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO EN LA PENÍNSULA. CONSTANTINO Y OSIO. PRISCILIANO Y EL PRISCILIANISMO. LA ÉPOCA DE TEODOSIO EL GRANDE. PRUDENCIO. PAULO OROSIO. LA PRIMITIVA IGLESIA HISPANO-ROMANA[1]

    EL CRISTIANISMO EN ESPAÑA.

    Mientras la España romanizada seguía el Curso de la evolución política, cultural, económica y social del Imperio de Roma, y la cualidad de país románico quedaba marcada en ella para siglos como uno de sus caracteres distintivos, en la Península aparecía y se iba difundiendo la religión de Cristo, que, al arraigar profundamente entre los españoles, haría de España un país cristiano.

    El Cristianismo unía a todos los hombres por el amor al prójimo y la caridad, como hijos de un Padre común, predicaba la buena nueva de la redención del género humano y ponía la fe, en el amor de Dios y en la observancia de una nueva ética —la moral cristiana— la regla de la conducta individual y el camino para la salvación y la vida eterna y ultraterrena de las almas. Así, la religión cristiana suponía una nueva universalidad, muy superior a la del mundo romano, y un nuevo modo de ser de los hombres, centrado ahora en la intimidad del individuo, capaz por sí mismo de realizar por la fe y la conducta el fin sobrenatural al que le destinaba el Dios que le había creado. El hombre cristiano es un hombre radicalmente nuevo, y la gran revolución que el Cristianismo representa desde el punto de vista estrictamente histórico radica precisamente en la interioridad del hombre, en su transformación íntima como tal, dueño de una fe que le hace consciente de ser criatura de un Dios Creador y que viene a romper todas las ligaduras que, por el temor, ataban al hombre antiguo a las fuerzas de La Naturaleza, a misteriosos poderes ocultos en los que buscaba protección tutelar y a la propia comunidad política divinizada. Estos hombres nuevos, estos cristianos, harán de España un país que seguirá siendo romano durante mucho tiempo por su cultura, su lengua y sus instituciones, pero que además será cristiano por ese nuevo modo de ser espiritual de sus habitantes, que transforma sustancialmente las costumbres y las concepciones éticas y sociales.

    CREENCIAS RELIGIOSAS ANTERIORES.

    La romanización de España había supuesto también la introducción entre los pueblos indígenas de las concepciones religiosas romanas: pero las religiones primitivas no desaparecieron, sino que, por el contrario, mostraron en varias comarcas una vitalidad que ni siquiera el Cristianismo logró apagar completamente. La actitud oficial de los Romanos respecto de las religiones indígenas fue la de una tolerancia muy amplia, explicable por la naturaleza misma de la religión romana, sin dogma ni moral, falta de unas normas que recojan las creencias básicas en un dogma cerrado y ajena a toda idea de revelación sobrenatural, de premio o de castigo de las acciones humanas en una vida ultraterrena.

    Por ello, la religión romana incorpora creencias que proceden de los orígenes más diversos y en ella caben todos los dioses: desde las deidades del Olimpo griego, que adoptó bajo nombres romanos o fundió con los dioses propios de análoga significación, hasta las divinidades orientales que recibieron culto de los romanos, como la egipcia Isis, Mithra o el Sol. La primitiva religión de Roma había sido la de un pueblo de agricultores que buscan protección contra las fuerzas naturales que actúan en provecho o daño de los campos, en el ser invisible e inmaterial que se atribuye a todas las cosas vivas o inanimadas. Este ser invisible es el numen o genio de cada cosa: de los campos, las cosechas, los linderos, etc. Por otra parte, el soplo, aliento o espíritu que anima a los cuerpos de los hombres los abandona al morir y a veces vaga por el espacio y puede ser maligno (larvae) o protector de sus descendientes en la tierra. La vida ultraterrenal de estos espíritus está sostenida por el culto doméstico que se les rinde en el hogar: culto a los antepasados (Inanes), al genio tutelar de la familia, a los númenes protectores de los graneros y despensas familiares (penates o de los campos (lares).

    En un principio, estos númenes no fueron concebidos con figura humana, pero son esenciales a toda cosa (la ciudad, las montañas, los bosques, las fuentes, etc.), incluso a los conceptos abstractos, como “Libertas’, “Victoria”, “Concordia”, “Fides”, la Justicia, el Estado. La ciudad tuvo como deidades protectoras a Júpiter, Marte. Quirino (el padre de Rómulo o Rómulo mismo divinizado); más tarde, al numen de la propia ciudad, la diosa Roma. La influencia griega hizo después que estos dioses se personificasen en formas humanas y se representasen en estatuas; los viejos dioses se identificaron con las deidades de la jerarquía olímpica; el panteón romano se enriquece con multitud de divinidades, en cuyo honor se levantan templos o recintos sagrados en que habita el dios. Con el Principado se rinde culto público al Emperador como representación de Roma y el Imperio, y este culto, mezcla de religión, adulación y patriotismo, sirvió de vínculo unificador de todo el mundo romano; al morir, el Príncipe era divinizado (divina) por el Senado. El culto es algo esencial a la religión romana porque los hombres dependen de los dioses y éstos pueden influir en bien o en mal de las cosas que al hombre interesan.

    De ahí la necesidad del culto en cuanto conviene complacer al dios en cada caso para atraerse sus favores, y si el culto se ha realizado conforme a los ritos establecidos, los dioses mismos vienen obligados a prestar la protección solicitada. La religión se entiende, pues, como un pacto entre el hombre y los dioses, con sus respectivos derechos y obligaciones. y el culto, puramente externo y formalista, se realiza por medio de sacrificios en el ara o prisma de piedra. Hay un culto privado, corno el de la religión doméstica, y otro público, cuyos ritos son regulados por el Estado como una rama de la administración y dirigidos por sacerdotes (Pontífices, Augures, Flatnines), organizados en corporaciones (collegia, sodalitates).

    Esta religión hubo de ser por fuerza tolerante con las creencias religiosas indígenas y en las regiones de romanización más tardía los cultos primitivos persistieron, libres de contaminaciones romanizadoras o identificándose las deidades indígenas con otras romanas. Entre los indígenas continuó el culto céltico a las madres Matres en la Lusitania siguió adorándose al Sol y la Luna, con nombres romanos, a Endovélico y Ataecina; en la Tarraconense se mantuvieron vivos en muchas comarcas los variados cultos locales, y en las regiones más romanizadas, como la Bética, se perdieron pronto las creencias primitivas y en ellas se rindió culto a los dioses del panteón romano, como Júpiter, Juno, Minerva, Marte, Ceres, Hércules, Diana, etc., y a divinidades orientales, como Isis, Serapis, Cibeles y Mithra. En toda la España romana se estableció el culto al Emperador, y las regiones meno romanizadas y más fieles a sus antiguas religiones fueron escrupulosas observantes del culto imperial, que de este modo resultó ser un lazo espiritual de unión y contribuyó considerablemente a la unificación de España.

    Muy pronto se erigió en Tarragona un altar en honor de Augusto, y, muerto este Príncipe, se levantó en la misma ciudad un templo para su culto como “Divuus Augustus”. Las distintas provincias, conventos y municipios fueron centros
    de culto al Emperador, que no pasó de ser, en realidad, una fría ceremonia oficial, con intervención del “Flamen provinciae”, de los Seviros Augustales de las ciudades y de las Asambleas provinciales. Los Romanos introdujeron también en España sus ritos funerarios, y los muertos se enterraron a la salida de las ciudades o junto a los caminos, o los cadáveres fueron incinerados y sus cenizas depositadas en urnas de piedra, metal, barro o vidrio, que se colocaban en tumbas o nichos. El temor a no ser sepultados hizo a los Romanos reunirse en Corporaciones (collegia funeraticia., como los de Coimbra), que tenían por finalidad procurar sepultura gratuita a sus asociados.


    PREDICACIÓN Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO EN LA PENÍNSULA.
    CONSTANTINO Y OSIO.

    Durante el Principado, el Cristianismo inició su penetración en Roma y sus provincias, llevando a los pobres y a los oprimidos una doctrina sencilla y consoladora, que triunfaría al cabo del viejo Paganismo. Pero los orígenes de la propagación en España de la religión cristiana son oscuros; las noticias históricas contemporáneas o próximas a los hechos, escasísimas: y las fuentes posteriores sobre los primeros tiempos del Cristianismo en la Península muy insuficientes. Piadosas tradiciones, que se pueden remontar al siglo VIII o a lo sumo al VII, hablan de un viaje de Santiago el Mayor a España y de su predicación en tierras españolas, y otra tradición, sobre la que no hay noticias anteriores al siglo IX, se refiere al traslado de los restos del Apóstol a Galicia por un grupo de discípulos que los habrían traído desde Jerusalén donde el Apóstol fué martirizado y muerto. Esta tradición acerca de la venida de Santiago a la Península, aunque durante siglos arraigase profundamente entre los españoles y se convirtiese en tina tradición nacional, no está comprobada históricamente, y los historiadores más modernos no aceptan su realidad histórica (P. Zacarías García Villada). El primer evangelizador de España parece haber sido, no Santiago, sino San Pablo, según testimonios dignos de crédito, algunos del mismo siglo I, que permiten considerar su predicación en la Península como un hecho históricamente cierto. El propio Apóstol, en una de sus Epístolas, manifiesta su propósito de venir a España; San Clemente de Roma, uno de los primeros sucesores de San Pedro, habla en una carta dirigida a los cristianos de Corinto hacia el año 96, de que San Pablo llegó en su predicación hasta “los términos de Occidente”, refiriéndose con ello probablemente a España; y otras fuentes de los siglos II al V aluden también a este viaje, que debió de realizarse durante los años 63 a 67. Con esta predicación, acerca de cuyos resultados nada sabemos, se relaciona la tradición de la venida a España de siete Obispos, consagrados en Roma por San Pedro y San Pablo, los llamados “Varones apostólicos” Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio. de los cuales uno, Indalecio, debía de ser hispano, a juzgar por su nombre indígena. Esta tradición tiene en su apoyo los “Calendarios mozárabes”, conservados en copias que no son anteriores a la primera mitad del siglo XI, pero cuya redacción originaria puede remontarse más allá del siglo VI; en ellos se consigna la fiesta de estos Santos Varones el 1 de mayo. La historia de su misión está mezclada en sus detalles con narraciones legendarias de la hagiografía medieval; pero hoy existe inclinación a creer históricamente cierta la venida a España de estos siete varones y la fundación por ellos de las primeras sedes episcopales en ciudades cuya existencia está comprobada en la época de su predicación: Acci (Guadix), Illiberis (luego Elvira, en Granada), Illiturgis (entre Bailén y Andújar), Urci (cerca de Vera, en Almería). Vergi (cuyo emplazamiento se discute si estuvo en la provincia de Jaén o en Berja, de Almería), Carcesa (Cazorla o Carchel, en Jaén) y Abula (Avila o más probablemente Abla, entre jaén y Almería). De ser esto cierto,, la primera penetración del Cristianismo se habría producido en las regiones más romanizadas de la Península.

    Desde el siglo I, el Cristianismo empieza, pues, a difundirse por España, sobre todo en las ciudades y en las comarcas más romanizadas y posiblemente con mayor acción evangelizadora entre la población inmigrada que entre la indígena, más apegada, particularmente en los campos, a sus viejos dioses locales y a sus arraigadas supersticiones idolátricas. La difusión del Cristianismo en la Península no fué tan lenta como algunos han supuesto, y a fines del siglo II debían de ser ya bastante numerosas las comunidades cristianas existentes. El año 180 San Irineo habla de las “Iglesias de España”, y el 202 Tertuliano enumera entre los países cristianizados “todos los confines de las Españas”, y aunque el ardor proselitista haya podido prestar cierta exageración a estas afirmaciones, parece indudable que en el siglo in había avanzado considerablemente la evangelización de los españoles. Las primeras persecuciones contra los cristianos comienzan en España a mediados del siglo In, y con motivo de ellas tenemos noticia de algunas diócesis y de los nombres de los primeros mártires. Los Cristianos, representantes de una nueva universalidad, que no era la del Imperio romano, organizados en comunidades propias ajenas al Estado, hostiles al servicio militar y en franca rebeldía respecto del culto oficial al Emperador, fueron considerados enemigos del poder público y jurídicamente perseguidos por el delito de lesa majestad, no por su religión misma, sino porque sus creencias representaban un peligro para el Estado.

    La primera persecución de que tenemos noticias en España fué la de Decio, a mediados del siglo IV, durante la cual algunos cristianos apostataron por temor al tormento o simularon, mediante un certificado falso (libellus), que habían sacrificado a los dioses; pero la conducta de estos cristianos (libellatici) fué considerada por la Iglesia como verdadera apostasía. Por una epístola de San Cipriano, Obispo de Cartago, sabemos que fueron libeláticos los Obispos de León-Astorga y de Mérida, Basílides y Marcial, y conocemos la existencia en esa época de las dos diócesis mencionadas y de la diócesis de Zaragoza. Unos años después, la persecución emprendida por el Emperador Valeriano quedó señalada en España por el martirio de San Fructuoso, Obispo de Tarragona, y el gran número de mártires ocasionados por las persecuciones de la época de Diocleciano prueba la extensión alcanzada por el Cristianismo al iniciarse el siglo IV. La persecución comenzada por Diocleciano en el año 295 estuvo principalmente dirigida contra los cristianos del ejército, que relajaban la disciplina militar por la incompatibilidad, en muchos casos, de su condición de cristianos y de su oficio de soldados, como sucedió en España con San Marcelo, centurión español de la “Legio VII Gémina”, quien sufrió el martirio.

    [Año 303] Esta persecución produjo también otros mártires, como Santas Justa y Rutina, de Sevilla; y cuando Diocleciano no sólo persiguió a los Cristianos como rebeldes al Estado, sino que prohibió su culto y confiscó sus bienes, desencadenando, una de las mayores matanzas, en un intento de galvanizar el viejo Paganismo, nuevos mártires españoles murieron por su fe cristiana y sus virtudes fueron cantadas por Prudencio, en el himno IV de su “Peristéfanon”: Santa Eulalia de Mérida, San Félix de Gerona, San Cucufate de Barcelona, Santos Justo y Pastor de Alcalá, Santa Engracia y otros muchos mártires de Zaragoza.

    Pero éstas serán las últimas persecuciones contra los cristianos, y el Paganismo se extingue, en realidad, con Diocleciano y Maximiano. Sólo con las primeras herejías aparecerán nuevos enemigos de la doctrina cristiana, y una matrona española, Lucila, favorece la propagación de la secta donatista, que tuvo poca influencia en España y que hacía depender de la dignidad del ministro la eficacia del sacramento.
    La nueva estructura del Imperio, en la que Roma había perdido toda supremacía y capitalidad, y las provincias españolas, alejadas del Oriente que había triunfado, toda influencia política y cultural, atraviesa en los primeros años del siglo IV una crisis reveladora de que tampoco la división del gobierno imperial había sido un remedio eficaz contra la decadencia de aquel enorme Estado universal. Constantino, un hijo de Constancio Cloro, el sucesor de Maximiano en Occidente, sabrá mirar hacia el futuro, abrir el cauce político a la expansión del Cristianismo por el mundo romano y atraerse con ello grandes masas de ciudadanos rebeldes, al hacer su religión compatible con el Estado. Durante algún tiempo, el Imperio conoce de nuevo las luchas civiles que Diocleciano había querido evitar con su nueva organización, y Constantino lucha por el gobierno de Occidente con Majencio, el hijo de Maximiano, hasta vencerle cerca de Roma, junto al puente Milvio, que cruza las aguas del Tíber.

    Dueño del Occidente, Constantino, que al elegir un Dios protector de sus ejércitos había adoptado el Dios de los Cristianos, instaura la libertad religiosa por el Edicto, promulgado en Milán por el propio Constantino y el Emperador de Oriente, Licinio, que sitúa la religión cristiana en condiciones de igualdad respecto del Paganismo. Por entonces, se celebra en España el primer Concilio de la Iglesia española, reunido en Iliberis (Granada), cuyos cánones contra la idolatría muestran la preocupación por desterrar viejas prácticas religiosas de los hispanos, y nombres españoles vuelven a figurar en la historia del Imperio, como Osio, Obispo de Córdoba, llamado por Constantino para que le aconseje en las disputas teológicas que las primeras herejías han abierto en el seno del Cristianismo. Por otra parte, la literatura hispano-latina renace en estos primeros años del siglo IV, y los hexámetros de Juvenco, el presbítero español que canta la vida de Cristo, inician un género nuevo, el poema cristiano, que alcanzará más tarde con Prudencio los más nobles acentos de poesía y realidad.

    Al producirse la ruptura entre Constantino y Licinio, la victoria de Constantino le convierte en Emperador único de un Imperio casi cristianizado. Pero el Cristianismo, en el que Constantino quiere apoyar la unidad espiritual del viejo mundo romano, se ve desgarrado por la herejía de Arrio, un presbítero de Alejandría que niega la unidad de la esencia divina de las tres personas de la Trinidad y hace de Cristo un ser de naturaleza distinta, aunque semejante. La perturbación que esta doctrina producía en la creencia fundamental de la divinidad de Cristo hizo necesaria la
    reunión en Nicea de un primer Concilio universal [Año 325] en el que la iglesia aparece como un solo cuerpo por encima de las diversas Iglesias nacionales, y el español Osio será el alma de este Concilio, que condena el Arrianismo y define el Símbolo de la Fe. La doctrina de Arrio encuentra en Osio su mayor enemigo, en lucha por la unidad de las creencias cristianas, pero la herejía perdura; el mismo Constantino, poco antes de morir, recibe el bautismo [337] de manos de un Obispo arriano: su hijo, Constancio II, se convierte en un defensor de Arrio, y en el tránsito del Paganismo que se extingue al Cristianismo que triunfa, [342 a 354], nuevas doctrinas desvirtúan el credo cristiano, como el Gnosticismo, que intenta conciliar la nueva religión con la Filosofía de la Antigüedad y degenera en una creencia esotérica, sólo accesible a los iniciados mediante la comprensión y conocimiento intuitivos (gnosis), que se sustituye a la fe, enfrenta Dios al mundo corno mal sustancial, niega la redención por el sacrificio de Cristo y se dedica a las prácticas mágicas.


    PRISCILIANO Y EL PRISCILIANISMO.

    En estrecha relación con el dualismo gnóstico que opone el bien absoluto al mal absoluto, el persa Manes comienza la predicación de la doctrina maniqueísta, según la cual la luz y las tinieblas se encuentran en lucha permanente, siendo Cristo tan sólo un profeta enviado por Dios, y un discípulo de Manes, Marcos, parece que vino a España e inició en Sus doctrinas al retórico Elpidio y a una mujer noble llamada Agapé contribuyendo a que se difundiesen en la Península creencias y prácticas, cuyo recuerdo nos ha llegado en algunos objetos arqueológicos de probable significación gnóstica.

    Mientras estas herejías logran en España algunos adeptos y preparan el camino al Priscilianismo, Constancio II favorece el Arrianismo con la protección imperial e intenta ejercer presión sobre Osio, que en avanzada edad es llamado a Sirmio [356 ó 357], residencia del Emperador; se reúne el Sínodo de Alejandría, [362], que acuerda admitir en la Iglesia a los Obispos arrianos arrepentidos, y a ello se ponen los rigoristas, como el Obispo de Cagliari, Lucifer, formándose la secta luciferiana que en España representó Gregorio de Elvira; y dos años después, el gobierno del Imperio vuelve a dividirse entre Valentiniano r, en Occidente, y el arriano Valente, en Oriente. El Arrianismo se adueña del mundo oriental, y de allí se difunde entre los Godos del Danubio y los Vándalos de la Panonia. Los Visigodos se establecen más tarde al sur del Danubio y los Bárbaros se asientan en territorios del Imperio romano. En lucha con los Visigodos perece el Emperador Valente, y Graciano, sucesor en Occidente de Valentiniano, ha de llamar para contenerles a un español, un hijo del “comes” o conde Teodosio que había sido años antes el vencedor en Britania y Mauritania. De Cauca (Coca), en la tierra de los antiguos Vacceos, donde vivía confinado por el propio Graciano, saldrá Teodosio el Grande, en una hora grave del Imperio como último apoyo del mundo romano y postrer unificador.

    Por estos años se difunde en España una secta cuyo origen hay que buscarlo en el gnosticismo, el maniqueísmo y el rigorismo luciferiano. Los antiguos iniciados por la “gnosis” y que por ella se libran de la sensualidad son ahora unos “elegidos” que practican la pobreza, la castidad y la abstinencia de carnes y se sienten iluminados en la interpretación de las Escrituras. La secta se extiende especialmente por Galicia y Lusitania, y en ella ingresa joven aún, un discípulo de Elpidio y Agapé llamado Prisciliano. Rico, inquieto, culto, atractivo y dotado, al parecer, de extraordinaria fuerza persuasiva. Prisciliano sabe atraerse en poco tiempo a las masas, singularmente a las mujeres, e incluso a algunos Obispos. Surgió así el Priscilianismo, que produjo grandes disputas en la Iglesia española y que todavía hoy se discute si fué realmente una secta herética o si Prisciliano fué víctima de las pasiones y del exceso de celo de su tiempo, porque los opúsculos escritos por Prisciliano no fueron descubiertos hasta el siglo XIX y su lectura no disipa del todo las dudas. Sin embargo, en las ideas de Prisciliano, que se defendió hasta el fin de la acusación de herejía, presentando a sus seguidores sólo como gentes consagradas a Dios en el ascetismo, se transparentan doctrinas precursoras de la Reforma protestante y del libre examen, al creer en una inspiración divina mediante la cual Dios continuaba hablando a sus escogidos. Denunciado Prisciliano a Idacio, Obispo de Mérida y Metropolitano de la Lusitania, protesta de su fe sin lograr convencerle, y en Zaragoza se reúne un Concilio que anatemiza algunas prácticas de los priscilianistas; pero poco después dos Obispos de la secta consagran a Prisciliano como Obispo de Ávila y surge tina lucha apasionada con los priscilianistas que ni siquiera acabará cuando dos años más tarde Prisciliano es condenado y muerto.

    LA ÉPOCA DE TEODOSIO EL GRANDE

    [379] Entretanto, Teodosio ha sido proclamado Emperador de Oriente ha vencido a los Godos, que sólo como federados quedan establecidos en la Mesia, ha recibido el bautismo en Tesalónica [380] y va a completar la obra iniciada por Constantino, continuada después por el arriano Constancio II al declarar el Cristianismo religión oficial y cerrar los templos paganos, y por Graciano al rechazar el viejo título de Pontífice Máximo. Teodosio, en efecto, en unión de San Dámaso, un Papa de origen español, procurará hacer efectiva en el Imperio la unidad y universalidad de la Iglesia al proclamar el Credo de Nicea como religión del Estado, declarar “cristianos católicos” a sus creyentes y situar definitivamente el Arrianismo entre las herejías. Los disidentes no tendrán ya en lo sucesivo la tolerancia del Estado romano porque Teodosio busca en el Cristianismo católico la unidad espiritual del Imperio.

    Sin embargo, esta unidad sigue perturbada en España, la patria de Teodosio, por las disputas suscitadas por el Priscilianismo. Un usurpador, el español Magno Clemente Máximo [383], se ha proclamado Augusto, ha quedado al frente de España. las Galias y Britania y ha mandado prender a Prisciliano, instigado por Idacio [384]. Prisciliano y sus partidarios comparecen ante un Concilio en
    Burdeos, apelan al Emperador y la causa pasa al fuero secular. Juzgado Prisciliano en Tréveris por el Prefecto del Pretorio, es condenado por el delito de magia y degollado; pero el Priscilianismo no se extingue [385] sino que adquiere nueva fuerza en España
    y las Galias y Prisciliano es considerado como un mártir. Por otra parte la unidad política y la paz del Imperio se ven quebrantadas por nuevas luchas, y Teodosio tiene que combatir a Máximo, [387] a quien vence en Aquileia y a un nuevo usurpador, el retórico Eugenio, último defensor del Paganismo [393], vencido también por Teodosio quien queda como Emperador único, entra triunfador en Roma [394] y arroja del Senado al único símbolo ostensible de las antiguas deidades que aun permanecía en pie: la estatua de la diosa Victoria, la alada protectora de las armas romanas.

    La época de Teodosio el Grande queda señalada por una nueva presencia de los hispanos en la historia del Imperio, pero no como en los días de Séneca y Trajano en el radiante mediodía del mundo romano, sino en la hora melancólica del atardecer. En una y otra, España da Emperadores a Roma y se asocia con su genio propio a la cultura latina, ya integrada en la universalidad romana de los siglos i y u, ya en la nueva Catolicidad del Cristianismo, que se modela en aquélla. Por entonces, una virgen española, Egeria, primera monja andariega, hace un viaje a los Santos Lugares desde su tierra galaica y nos deja su recuerdo en tina narración encantadora de ingenuidad y sencillez. Y en los días (le Teodosio, otro español. Aurelio Prudencio Clemente, un provincial de Calahorra o de Zaragoza nacido el 348, rétor en su juventud, gobernador por dos veces de una provincia (probablemente la Tarraconense), acompaña a Teodosio, investido con un cargo militar cerca del Emperador; es testigo de las últimas luchas contra los vestigios del Paganismo, y cuando se acerca a la vejez será el primer gran poeta que sabe cantar en versos latinos las emociones de ese hombre nuevo que es el cristiano. Prudencio, en sus poemas didácticos _“Hamartigenia”. “Apotheosis”, “Psychoinachia”, “Contra Syrnmachum”. etc.—, combate las herejías con los vehementes acentos propios de un hispano, canta la Trinidad y la Fe del Cristianismo y personifica las abstracciones haciendo hablar y combatir entre sí las Virtudes y las Pasiones, la Paciencia. la Cólera, la Molicie “de ojos vagos y lánguida voz”, con lo que se adelanta a la Edad Media y a los Autos Sacramentales.

    PRUDENCIO. PAULO OROSIO.

    Este ferviente cristianismo de Prudencio no niega, sin embargo la grandeza romana, sino que resuelve su admiración por la “áurea Roma” en una concepción providencialista de la Historia que le hace precursor de San Agustín y de Bossuet: Dios quiso que los hombres se uniesen bajo la ley romana para que esta unidad sirviese a la universalidad del Cristianismo. Pero Prudencio es, sobre todo, el creador de la poesía lírica cristiana, que renueva la lírica latina, apenas cultivada desde los tiempos de Horacio y la traspasa en sus himnos cristianos de una nueva idealidad y del sentimiento ardiente y heroico del espíritu hispánico. Cantor de las distintas horas del día en sus himnos del “Cathemcrinon”, tan pronto es delicado y tierno como terrible y grandioso. y en su libro de las Coronas (“Peristephanon”), Prudencio se conmueve como cristiano ante el sacrificio y heroicidad de los mártires, y en sus himnos brota el primer patriotismo español cuando se enternece llamando “nuestros” a los mártires hispanos, cuyo martirio nos describe con notas de sobrio realismo y una fantasía contenida por la verdad histórica: esto es, al modo español.

    Al morir Teodosio el Grande [395] y sucederle sus hijos Honorio en occidente y Arcadio en Oriente, la España cristiana seguía perturbada por el Priscilianismo, y, ante la ineficacia de un Sínodo reunido en Zaragoza para combatirlo, hubo de celebrarse el primer Concilio de Toledo [400], al que acudieron muchos priscilianistas,
    en su mayor parte se retractaron de sus errores. Un año después se acentuaba la presión de los pueblos bárbaros en las fronteras del Imperio, y Alarico llevaba los Visigodos a Italia; pero Estilicón, un vándalo romanizado, lograba detenerle. Sin embargo, la descomposición interna vuelve a manifestarse por la aparición de nuevos usurpadores, como Constantino, [407] aclamado Emperador por las legiones de Britania, quien se hace dueño de las Galias y de España, mientras los pueblos bárbaros, ávidos de tierras fértiles donde establecerse, se desbordan por las regiones occidentales del Imperio. Geroncio, un general de Constantino se alza, a su vez, contra el usurpador, entra en tratos con los Vándalos, Alanos y Suevos, que recorrían las Galias, y les abre las puertas 409 de España. Huyendo de ellos, escapa entonces de la Península un joven presbítero de la Lusitania, Paulo Orosio, y llega a Africa, donde visitará al Obispo de Hipona Agustín y, obedeciendo a los deseos del Santo, escribirá los siete libros de una Historia Universal (“Historias contra Paganos”), en la que por primera vez un hispano afirma, frente a Roma, el sentimiento de una patria, madre de los Celtíberos y de Numancia.

    LA PRIMITIVA IGLESIA HISPANO-ROMANA

    Cuando los pueblos bárbaros penetran en España, el país seguía siendo romano por su organización, su cultura y su lengua; pero existía una nueva organización, la de la Iglesia cristiana, y en el espíritu y la vida de los hispano romanos se había producido la profunda transformación que el Cristianismo suponía. Así, la
    moral cristiana se esfuerza por sustituir a la antigua libertad de costumbres, y los temas de inspiración cristianos penetran en la literatura con los poemas de Juvenco y Prudencio y las obras del Obispo de Barcelona, San Paciano, y en las artes plásticas con los símbolos y representaciones cristianas de los sarcófagos y de las laudas de mosaico, descubiertas en las necrópolis o en las basílicas análogas éstas, por lo demás, a los edificios paganos en cuanto a sus características arquitectónicas, y de las que se conservan ruinas en Mérida, Ampurias, etc.

    Difundido el Cristianismo por la Península, el pueblo cristiano queda organizado en comunidades unidas por la profesión de una misma fe y por vínculos fraternales. Estas comunidades forman la Iglesia de Cristo y están integradas por el clero y los fieles. El clero dirige la Iglesia, se distingue externamente de los legos por el uso del cabello corto o tonsura y se constituye en una jerarquía eclesiástica formada por los Obispos, los Presbíteros y los Diáconos, a los que se unen después jerarquías inferiores, como los Subdiáconos, Acólitos, etc. Los Obispos gobiernan las comunidades cristianas de un determinado territorio (diócesis), ordenan los clérigos, celebran el Sacrificio de la Misa y tienen jurisdicción civil sobre el clero y sobre los fieles en los casos en que éstos deseen someter- se a ella, y criminal cuando se trata (le delitos religiosos o eclesiásticos, jurisdicción que paulatinamente llegó a ser reconocida por el Estado romano; en la elección de los Obispos tiene alguna intervención el pueblo cristiano. Los Presbíteros celebran también la Misa, y los Diáconos administran el Bautismo y la Comunión. La gran masa de los cristianos está constituida por los legos (fideles), entre los que se destacan pronto grupos de solitarios (monjes) y de vírgenes o viudas veladas, que se consagran unos y otras especialmente a Dios y viven aislados o en grupos, formando monasterios, de los que en España hay ya noticias en el siglo IV.

    El conjunto de clérigos y fieles constituye la Iglesia, y las comunidades cristianas españolas reconocieron desde sus orígenes la primacía de la Iglesia de Roma, acudiendo a ella siempre que hubo que decidir cuestiones importantes, como las de los libeláticos y los priscilianistas. Las comunidades cristianas tienen como centro una determinada ciudad, residencia de un Obispo que dirige la vida religiosa del clero y de los fieles de la ciudad y de su distrito rural, constituyéndose así la Diócesis, base de la organización eclesiástica, con una unidad geográfica, un patrimonio propio, formado por las aportaciones de los fieles, y una jurisdicción. En los siglos III y IV, sabemos ya de la existencia de algunas diócesis españolas, como las de Mérida, León-Astorga, Zaragoza, Tarragona, Sevilla, Córdoba, Toledo, etc., y es posible que en las regiones del Norte y Noroeste de la Península los límites de las diócesis coincidieran con los de las antiguas divisiones tribales. Por otra parte, la preponderancia de la sede episcopal establecida en la capital de cada una de las distintas provincias hispánicas y la celebración en ella de Concilios o asambleas que reunían a todos los Obispos, Presbíteros y fieles de las diócesis de la provincia, originó la formación de nuevas circunscripciones eclesiásticas, que coincidían con las fronteras geográficas de la provincia y en las que el Obispo de la capital provincial (Metropolitano) ocupaba una posición preeminente.

    Además, al extenderse el Cristianismo por los campos y surgir en éstos numerosas comunidades cristianas, se encargó de su dirección a Presbíteros, sometidos a la jurisdicción del Obispo, y de este modo surgieron las iglesias rurales o “parroquias”. El nacimiento de estas iglesias rurales, que pronto adquieren un patrimonio propio e independiente del de las diócesis; la creación de parroquias en las ciudades mismas: los derechos que los propietarios de los latifundios se atribuyen sobre las iglesias rurales que ellos construyen a su costa dentro de sus propiedades, y el número creciente de monasterios en que viven agrupados los monjes consagrados a Dios, que han adquirido también un patrimonio propio, determinan un proceso de desmembración de las diócesis, especialmente en el aspecto patrimonial.

    BIBLIOGRAFIA

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    [1]GARCÍA DE VALDEAVELLANO Luís (1955): Historia de España, De los orígenes a la baja Edad Media. Volumen I. Madrid: Manuales de la revista de occidente, Artes Gráficas Clavileño S.A. Págs. 240 a 253
    Última edición por Nok; 20/03/2010 a las 13:38 Razón: ortografía
    El hombre que sólo tiene en consideración a su generación, ha nacido para unos pocos,
    después de el habrán miles y miles de personas, tenlo en cuenta.
    Si la virtud trae consigo la fama, nuestra reputación sobrevivirá,
    la posteridad juzgará sin malicia y honrará nuestra memoria.

    Lucius Annæus Seneca (Córdoba, 4 a. C.- Roma, 65)

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