gracias a sus sudores y desvelos. Un templo airoso neogótico, con dos torres, admiración de todos cuantos lleguen a Santa Isabel.
Otro Tabor, mimado por el prefecto apostólico, es la misión de Banapá, con todo su complejo de edificios y su equipo de personal preparado para atender al servicio pastoral de la misión, la escuela, el internado y talleres profesionales de agricultura para explotar la amplia finca, carpintería, zapatería, albañilería, etc... hasta imprenta en los primeros años del s. XX, para editar una discreta revista informativa, “La Guinea Española” que irá creciendo. Para construir la catedral y poner en marcha la imprenta ha tenido un buen colaborador en el P. Luis Sagarra, un misionero catalán “todo-terreno”.
Más allá de prefecto apostólico
Desde 1890 nuestro misionero biografiado se ha entregado en cuerpo y alma a la misión que la Congregación le ha confiado como prefecto apostólico de las misiones del Golfo de Guinea. Ha trabajado duro y sin descanso. Lo reconocen el instituto misionero y la Santa Sede. En los albores del siglo XX la Iglesia de Guinea ha alcanzado una madurez suficiente como para ser reconocida como vicariato apostólico y con obispo al frente. El nuevo superior general, P. Clemente Serrat, considera que el crecimiento de esta joven iglesia de Guinea, a los 20 años de evangelización, requiere ya la categoría y rango de vicariato y la presencia y servicio de un obispo. Por esas fechas, “las Misiones cuentan en la Guinea con 11 residencias de Misioneros y tres de religiosas, con un personal de 80 individuos, manteniendo abiertos 14 Colegios, en los que educan, alimentan y visten a 548 niños y 303 niñas”.
El gobierno de Madrid, consciente de su mal proceder contra los misioneros injustamente calumniados, apoya la propuesta del gobierno general de los claretianos ante la Santa Sede. Es el reconocimiento oficial de la labor evangelizadora, humanizadora y cultural de los misioneros claretianos en Guinea, de la cual el P. Armengol Coll ha sido el director y animador durante catorce años, habiendo pasado sus Calvarios, pero también habiendo gozado de muchos Tabores.
Y, aunque ante un posible nombramiento haya repetido varias veces el P. Armengol que “todas las mitras echaría al Muni”, obediente siempre el hijo de Cal Traginer de Ivars d’Urgell, el hasta ahora prefecto apostólico será el primer obispo al frente de la joven Iglesia de Guinea. Y con su catedral inaugurada.
Con motivo del nombramiento, el P. Armengol ha de viajar a Madrid y Roma Se embarca en el San Francisco que zarpa del puerto de Santa Isabel el 26 de febrero de 1904. Un atronador cañonazo resuena en la bahía cuando el buque leva anclas a las cuatro de la tarde, rumbo a Barcelona adonde llega el 18 de marzo a las seis de la tarde. A los pocos días el P. Armengol ha de llorar la muerte de otro de sus misioneros en Guinea, el P. Benito Allueva Castro, un aragonés dotado e inteligente, de 27 años. Ha llegado a las misiones guineanas el 16 de febrero, en el mismo San Francisco en que ha partido el P. Armengol. La muerte no perdona en ese trópico africano ni a los más jóvenes ni a los más dotados. El P. Benito ha vivido sólo veinte días en esas misiones, entregado al estudio del bubi y el inglés negro para ser un evangelizador útil entre esas gentes de color.
De Barcelona pasa el P. Armengol a Madrid, bien abrigado, pues teme mucho el frío de la capital. El cambio del trópico africano a los fríos de Europa le provoca siempre inevitablemente catarros y gripes.
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