que viven y trabajan duro y para los muchos que en este cementerio de los misioneros, que es Guinea, han sepultado su salud, su vida y sus ilusiones misioneras”.
No tardará mucho el P. Armengol en unirse a ellos. Al estrenar el año 1918, ha escrito al superior general de los claretianos, Martín Alsina: “¡Haga el Señor que la paz venga pronto!”. El fin de la primera guerra mundial tardará todavía unos meses en llegar. Pero la paz y el descanso para este esforzado misionero obispo, se acercan ya.
El 14 de abril de 1918, el “Padre Obispo”, ha inaugurado la nueva iglesia de Baney. A su regreso, las cinco horas de travesía nocturna por el mar se le han hecho eternas. Al amanecer, desde alta mar, vislumbra las afiladas torres de su catedral y eso le anima, pero llega herido de muerte. Como de costumbre en sus viajes, al llegar lo primero que hace es mudarse de ropa y celebrar la misa con el fervor y la pausa de siempre. Es ésta la última misa de su vida sacerdotal y misionera.
Se encuentra muy mal y se acuesta. Llaman al médico. El enfermo toma los medicamentos recetados, pero no mejora. Hay consulta médica. Coinciden en la gravedad del caso. Alguien le sugiere que si recupera la salud, cantarán un Te Deum de acción de gracias a toda orquesta. Él se santigua y empieza a cantarlo con alegría en el rostro, agradeciendo al Señor la muerte que llega.
Pero la agonía se alarga hasta la madrugada del día 21, con pleno uso de sus facultades. En ese estado de lucidez, renueva su profesión religiosa, y le encarga al P. Nicolás González: “Escriba al reverendísimo padre general, diciéndole que le doy satisfacción de todo y que protesto querer morir en la congregación como humilde religioso”.
Y muere al amanecer del día 21 de abril, domingo, pero no en la cama, sino en un sencillo sillón de rejilla. Eso sí: muere como un santo, digno de figurar en el catálogo de los “claretianos de ayer y de hoy”.
http://www.claret.org/sites/default/...gol_coll_0.pdf
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