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Tema: Los montañeses en Andalucía

  1. #1
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    Los montañeses en Andalucía

    El artículo que publiqué ayer en Hispanismo sobre los cántabros en México me recordó el tema de los montañeses que se establecieron en Andalucía, no todos los cuales emigraron a América, sino que se quedaban y abrían tiendas de comestibles, conocidas como "tiendas de montañeses". Estos comercios llegaron a ser muy populares en Sevilla, Cádiz, Jerez, etc. Con mucho esfuerzo y trabajo, durmiendo a veces debajo del mostrador, montaron negocios prósperos. Aquí no los conocíamos por el mote de "jándalos" que les daban sus compatriotas porque se les pegaba el acento andaluz. El gran poeta santanderino Gerardo Diego escribió un libro encantador titulado El jándalo, compuesto de poemas inspirados en diversos lugares y rincones de Andalucía. Gran viajero, el poeta montañés recorrió toda España y numerosos países del mundo, y siempre hablaba con simpatía y cariño de todos los lugares que visitaba. Siempre con tono alegre y positivo, nunca hablaba despreciativamente de ningún lugar.

    Muchas veces estas tiendas funcionaban también como tabernas, y con el tiempo llegaron a ser populares bares. Hoy en día se encuentran en Sevilla bastantes "abacerías", palabra arcaica que ha vuelto a resurgir. En este caso son como una combinación de bar y tienda de comestibles, o simplemente bares con ambiente y decoración de tienda de ultramarinos. Suelen ser locales con cierto encanto, mejores que algunos bares modernos con fea decoración tipo Ikea.
    Última edición por Hyeronimus; 26/07/2013 a las 20:29

  2. #2
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    Re: Los montañeses en Andalucía

    Montañeses abrieron las primeras tiendas de vinos, comestibles y frutas secas en el XVIII

    Había tiendas de montañeses en las que por una puerta despachaban vino y por otra únicamente comestibles. Otras se dedicaban exclusivamente a la venta de frutas secasReclamo de una clásica tienda de montañés, a finales del s. XIX.






    La gran emigración de montañeses a Jerez y a otros muchos pueblos andaluces, tuvo lugar en el siglo XVIII. Y como dicha colonia estaba compuesta por gente realmente emprendedora, apenas llegaban se hacían con un local en cualquier esquina y, poco después, habrían al público una tienda de comestibles, en las que generalmente también vendían vino por vasucos, despachado directamente de pequeños barriles, con su correspondiente tapa; consistente ésta en un pequeño trozo de bacalao o de chacina, colocada sobre un pequeño papel de estraza y puesta encima del vaso. Y porque el papel tapaba, de ahí viene lo de "tapa", que hasta principios del siglo XX no empezaría a servirse sobre un pequeño platito, cuña o concha.; anunciándose al público como "suculentos platitos para hacer boca".

    Como circunstancia curiosa, digamos que, en principio, los mostradores de dichas tiendas, o tabancos, se habían colocado fuera del local, en plena calle, hasta que esta costumbre fue prohibida a finales del XVIII y obligados los dueños a meterlos dentro, abriéndose entonces dos puertas, una para el vino y otra para los comestibles, con objeto de que las mujeres no pusieran reparos a pasar junto a los bebedores que pararan en la taberna.

    También fueron los montañeses los primeros que abrieron en Jerez tiendas dedicadas exclusivamente a la venta de frutas secas. Hoy llamados frutos secos. La primera de todas las que hemos encontrado, aparece establecida en el año 1763, en la plaza del Arenal, en casa de la propiedad de José Bernard, donde se dice que "vive con Tienda de Fruta Seca Joaquín Alonso, de cincuenta años, casado en las Montañas, sin hijos; tiene un mozo, Marcos Palacio, de veintiún años, casado en dichas Montañas, sin hijos y en dicha tienda vive también Joaquín Ruiz, de doce años, soltero". O sea, que la citada tienda de frutas secas estaba atendida por tres personas: su dueño, un mozo y un chicuco. Y posiblemente, al menos el mozo y este último, dormirían debajo del mostrador, como era costumbre de los montañeses jóvenes, hasta que conseguían reunir un pequeño capitalito, con el que abrían entonces, su propia tienda.

    Otra tienda de frutas secas estaba situada en la calle Lancería, número 2, en finca propiedad de Pedro Riquelme, donde "vive con Tienda de Fruta Seca, Lucas de la Torre, de veintiocho años, casado en las Montañas, sin hijos, y Francisco de la Plata, de doce años".

    Así podríamos seguir citando numerosas tiendas de frutas secas - o frutos secos, en masculino, como se dice ahora -, establecidas en los distintos barrios jerezanos. En 1829 encontramos otra tienda de fruta seca y taberna, en la calle Letrados, de la que era propietario o encargado, José Pérez de la Sierra; contando el local con un cuarto interior, para reuniones de los parroquianos.

    Según estadísticas de la primera mitad del siglo XIX, el promedio de consumo de vino a granel, en los tabancos y tiendas de montañeses, venía a ser de alrededor de cerca de cinco mil botas anuales. O sea, de unos dos millones y medio largos de litros; sabiendo que la bota jerezana hace treinta y cuatro arrobas de dieciséis litros. Y debido a la gran proliferación de tales negocios, el ayuntamiento se propuso el ordenamiento de los mismos; obligando a sus propietarios, montañeses en su mayoría, a meter dentro los mostradores y a dividir lo que eran tiendas mixtas, para despachar por una puerta el vino y por otra los comestibles.

    Pero, a pesar de tan polémicas divisiones, aún existía quien trataba de saltarse a la torera todas las ordenanzas municipales, referentes a dichos despachos; porque se sabe que a denuncias de los PP. Dominicos, en la tarde del día 15 de febrero de 1801 se personó la ronda que celaba la tranquilidad del vecindario, en una tienda de montañés ubicada en la calle Larga, esquina a la Puerta de Sevilla, frente a la fachada principal del templo de Santo Domingo, debido a un fuerte alboroto que se había suscitado en la misma, sorprendiendo al mozo de la tienda que, en aquél preciso momento, se encontraba despachando vino, en el mostrador destinado a tienda de frutas secas; siendo sancionado con multa de dos ducados.

    Como hemos comentado, la mayoría de las tiendas de los montañeses, fueran de vinos, comestibles o frutas secas, se establecían, mayormente, en esquinas de calles muy transitadas; y así por ejemplo encontramos, a finales del siglo XVIII, una tienda de estas en la Lancería, esquina a la calle Algarve; y otra, en la misma Lancería, esquina a la Corredera; otras en todas las esquinas de la calle Arcos; y en las calles Medina, Naranjas, Bizcocheros, Caldereros, Pajarete, Clavel, Sevilla, Guadalete, San Cristóbal, Pozuerlo, Plazuela de Vargas, etc. Hasta un total de unas sesenta tiendas de montañeses.

    Medio siglo antes, según una estadística municipal de oficios, ya se habían contabilizado "cincuenta tenderos de fruta seca, vino, vinagre y aceite, con un total de sesenta y nueve mozos a su servicio".

    Curiosamente, ya en el siglo XX, hubo una conocidísima tienda de montañés, en la calle Medina, esquina a la de Prieta, conocida por la tienda de "El Cristo", propiedad de Manuel Bejarano Lara, donde por una puerta despachaban ultramarinos y coloniales, así como embutidos y chacinas de todas clases; mientras que por la otra expendía vino embotellado de todas las primeras marcas, a cinco pesetas la botella y a 2,50 la media.

    Otra tienda, conocida por "Las Antillas", hubo en la calle Porvera 25, mixta de comestibles y vinos. Pero quizás la última tienda de montañés, verdaderamente importante, fuera una que existió durante muchos años del pasado siglo, en la calle Cerrofuerte, esquina a la de Martín Fernández; llamada "Nuestra Señora de las Nieves", propiedad de Emilio Muñoz de la Rosa, que era al mismo tiempo, almacén de comestibles, estanco y despacho de vinos .

    Montañeses abrieron las primeras tiendas de vinos, comestibles...

  3. #3
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    Re: Los montañeses en Andalucía

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    Montañeses en Sevilla : la verdadera historia de Trifón
    por Abel Infanzón
    La tienda del Reloj, en la Puerta del Arenal, donde empezó Trifón
    "Hoy en día tengo sesenta y dos años. Cincuenta trabajando detrás del mostrador, trece años de dependiente y treinta y siete años como industrial; hoy vivo feliz, tengo mujer, hijos y nietos, y si Dios quiere pienso retirarme el año que viene, y entonces le entregaré a mi hijo Rogelio Gómez Gómez el negocio, y nada más que le diré que trabaje con la misma fe que yo lo he hecho, y que tenga el mismo prestigio profesional"...

    Estas palabras pertenecen a un excepcional documento para la historia de los montañeses en el comercio sevillano: la breve "Autobiografía" que el popular "Trifón", de "La Flor de Toranzo", acaba de publicar (escrita por su mujer, Isabel Gómez López) en la revista "Capela", que alienta Bernardo Víctor Carande como "Boletín de Información Personal de un hombre que vive en el campo". No recordamos (desde las notas que envió a "Casco Antiguo" este pasado verano don Antonio González Nicolás) un documento tan curioso sobre este interesantísimo y crucial aspecto de la historia del comercio sevillano, como es la presencia de los inmigrantes procedentes de la Montaña, de los que "Trifón" (ya sevillano, y bético por más señas, como Plácido el de Las Teresas, otro buen montañés) es un señero ejemplo.

    El texto autobiográfico de nuestro personaje tiene, como tantas cosas de la ciudad, carácter de bodas de oro. Porque también Trifón llegó a Sevilla en 1929, el año de la Exposición. "Tenía entonces -nos dice- doce años de edad; vine colocado a la tienda "El Reloj", entonces propiedad de don Fernando Ortiz Pérez (q.e.p.d.); desde entonces empecé como dependiente". Trifón en realidad no se llama así, sino Triunfo Venancio Gómez Ortiz, nacido el 1 de abril de 1917 "en el Valle de Toranzo", en un pueblecito que se llama San Martín de Toranzo (Santander)". Pero esta historia de "Trifón" tiene un curioso origen, que este querido montañés narra con singular gracia: "Al incorporarme (al cuartel) para ir al frente me tocó un sargento que por lo visto sabía de santos más que yo, y al preguntarme: ¿Su nombre? Le respondí: Triunfo Gómez Ortiz. Se me quedó mirando con cara de pocos amigos y me dijo: ¿Qué nombre es ese? Eso ni es nombre ni es ná. Y repetía "Triunfo, Triunfo...Será Trifón". Y desde entonces este buen señor me bautizó de nuevo: Trifón Gómez Ortiz, y con este nombre soy conocido comercialmente".

    Pero habíamos dejado a Trifón de dependiente en "El Reloj", en la Sevilla de la Exposición. Allí estuvo seis años, trabajando como entonces lo hacían los internos de los comercios, según se ve en sus palabras: "Algunos iban con vacaciones a ver a sus padres; yo no fui a verlos, pues cuando iba a ir estalló nuestra guerra civil y adonde fui fue a la guerra, con dieciocho años. Así es que seis años sin ver a nadie de mi familia y sin esperanzas de verlos. Yo, en zona nacional; Santander en zona roja, como se decía entonces". Después ya viene la historia del bautizo como "Trifón", la guerra, una herida casi al finalizar la contienda, en el frente de Monterrubio (Badajoz). Convaleciente, Trifón ve por fin a sus padres, y hay una gran tragedia humana en sus palabras: "No conocía a mis hermanos, y de mis padres tenía una imagen distinta a la que encontré. Habían envejecido, bien es verdad que yo salí un niño y volvía un hombre de veintidos años". Se recupera después Trifón, es licenciado, y decide volver a Sevilla, a "El Reloj" de la Puerta del Arenal, hasta que en 1942 se establece con un paisano en la calle San Luis, "y de común acuerdo decidimos titular nuestro negocio con el nombre de nuestro valle, La Flor de Toranzo". A los tres años, en 1945, ambos socios se separan, y Trifón sigue solo con la tienda de la Macarena. Hasta que, en 1952, lo traspasa y logra su deseo de volver al centro, y se establece en su actual sitio de Jimios esquina a Barcelona y Joaquín Guichot, donde en 1966 labró una casa de nueva planta, en cuyos bajos tiene el negocio y en cuyos altos vive la familia. "Y esta es mi historia -concluye Trifón en "Capela"-, la historia de un montañés que también cumple cincuenta años detrás del mostrador". Y de qué forma, podríamos añadir, día y noche, siempre al pie del cañón, en el especial sentido del trabajo y del tesón que han tenido estos ilustres montañeses, gloria del comercio sevillano.
    Trifón Gómez, cortando jamón en su tienda de La Flor de Toranzo
    Montaeses en Sevilla: la verdadera historia de Trifn

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