NEANDERTALES Y CROMAÑONES
Dejando de lado, que la teoría de la evolución es un cuento para adolescentes, como la excelente novela de Salinger, El guardián entre el centeno, creo que es sobresaliente el nivel de fabulación con el que Juan Luis de Arsuaga, en El collar del neandertal, entretiene a doctos y a profanos con un tema escasamente manoseado, a día de hoy, por las huestes de Zapatero y su memoria histérica. Para todos aquellos que no conozcan la brillante hoja de méritos de Arsuaga al servicio de la tecno-ciencia de nuestros días, decir que, además profesor universitario y paleoantropólogo de prestigio internacional, es codirector a ratos libres del Proyecto Atapuerca.
Arsuaga y sus becarias, hace años que investigan metódicamente a través de de pelvis roídas, chuscos tallados y graffitis en peñascos y recovecos, la vida y milagros de nuestros presuntos antepasados. Como dichos parientes mostraron escasa afición a la lepto-escritura -característica que comparten con nuestros bachilleres-, al bueno de Arsuaga no le quedó más remedio que echar mano del Carbono-14, y si te he visto, no me acuerdo. A esa prueba “científicamente irrefutable” hasta las cachas -que en numerosas ocasiones ha demostrado ser menos de fiar que Mariano Rubio al frente del Banco de España-, le fue añadiendo convenientemente por el camino toda una serie de conjeturas antropológicas que, como ninguno de los presentes se encontraba allí para levantar acta, dieron como resultado un corpus teórico infalible, angustiosamente similar, del que goza el psicoanálisis en cafeterías y discotecas de Buenos Aires.
Según se desprende del libro, hace 300.000 años que el hombre neandertal surgió en Europa, al mismo tiempo que en África y por arte de birlibirloque, aparecía el cromañón, más conocido en su casa a la hora de las comidas como “Homo sapiens”. Durante 10.000 años convivieron ambas especies en un mismo nicho sin mezclarse genéticamente; esto es, ignorándose por completo, en el primer caso de segregación racial documentado de la historia de la humanidad, en unos tiempos donde no exitían ni progres multiculturalistas, ni las Pocahontas entreguistas. Con la última glaciación, hace ya la friolera cifra de 30.000 años, el “hombre” neandertal se extinguió por donde vino, quedando el cromañón al frente de un planeta por montera para construir a destajo, autopistas, peajes y parlamentos regionales.
La extinción de marras se justifica en el libro por la escasa inteligencia simbólica que gastaba nuestro candidato europeo, frente a la aberración desmesurada que mostraban nuestros abuelos llegados en patera. Pues vale. Pero de lo que no hay duda, es que el profesor Arsuaga y sus becarias ignoran que el neandertal no llegó a extinguirse por completo, pues a pesar de sus pesares, en España todavía pueden encontrarse numerosos ejemplares de una especie que, para sorpresa de la comunidad científica internacional, paga religiosamente la contribución y juega a la Bonoloto.
Me explico. Donde los neandertales de a pie, más de cuarenta millones, que no son pocos, el pasado 29 de diciembre sólo veíamos corretear a veintidós muchachos en calzoncillos tras un balón de cuero plastificado en un pachanga subvencionada, los cromañones de Cataluña y Euskadi, ciegos de serotonina en vena, contemplaban extasiados a dos ejércitos invictos de maniobras a orillas del Nervión.
Donde los neandertales no comprendíamos la laxitud de las autoridades con determinadas pancartas exhibidas en el estadio, los cromañones atiborrados de calimotxo y porros, exigían en ellas el derecho de los verdugos-gudaris, enchironados por genocidio, a ser trasladados a Cromañolandia para que, familiares, parientes y amigotes de herriko-caverna no tengan que desplazarse fuera de los territorios de caza y extorsión conocidos.
Donde los neandertales, más toscos, pero más nobles, asistíamos a la quema de banderas nacionales, arrancadas eso sí, de edificios públicos y no en el campo de batalla, los cromañones ensayaban grupalmente los tormentos a los que someterán en un futuro a los neandertales mesetarios, en el nombre de la pureza sabiniana, el narcisismo-leninismo de Joseba Permach y la madre que lo parió, que por lo visto, era más lista y casta que ninguna.
Donde los neandertales solamente pudimos distinguir en el palco a toda esa jauría de vividores, chupones, manipuladores e hipócritas, entre los que destacaban, los chamanes Ibarretxe y Carod-Rovira, los cromañones de la grada, imploraban su divina intercesión para que los dioses les concediesen el paraíso autodeterminado tras diecinueve dias y quinientas noches. Paraiso donde todo cromañón, no lo olvidemos, tiene asegurado vivir sin pegar palo al agua, y derecho a ser atendido, las veinticuatro horas, por hembras siempre dispuestas a la fecundación, y como no, al fregoteo a mano de los palominos del patriarcado con pedigrí micro-patriotico y despacho oficial.
Un neandertal, de los más lúcidos que habitó en este país, espetó hace ya tiempo, aquello de "¡que inventen ellos!". Viendo en que ha derivado la cosa, ya nadie duda que podría haberse callado.
Arnau Jara
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