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Honores2Víctor
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Tema: Anotaciones desde el monte - Publicación

  1. #1
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Anotaciones desde el monte - Publicación

    Les presento, escuetamente, mi humilde publicación: https://anotacionesdesdeelmonte.wordpress.com/.

    Asimismo, estoy trabajando en otra relacionada con la economía social y el orden económico natural.

    Sin más, espero que les guste.

    Un saludo,
    Valmadian dio el Víctor.

  2. #2
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación


  3. #3
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    I anotación.

    La crisis de la Iglesia: un suicidio acompasado https://anotacionesdesdeelmonte.word...io-acompasado/

  4. #4
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    II anotación.

    De la artificialidad de las revoluciones: https://anotacionesdesdeelmonte.word...-revoluciones/

    Espero que compartan sus impresiones.

    Un cordial saludo.

  5. #5
    Avatar de Valmadian
    Valmadian está desconectado Miembro carlista
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    Bienvenido, yo fui alumno de Don Dalmacio Negro, pero de eso ya han pasado muchos años.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


    Nada sin Dios

  6. #6
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    III anotación: El milagro de Empel

    https://anotacionesdesdeelmonte.word...agro-de-empel/

  7. #7
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    IV anotación: La superación del Estado en la Posmodernidad

    https://anotacionesdesdeelmonte.word...posmodernidad/

  8. #8
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    V anotación: Entrevista a Juan Mª Fdez. Krohn, el cura papicida

    https://anotacionesdesdeelmonte.word...cura-papicida/

  9. #9
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    Le recomiendo reproducir los artículos completos. Es más atractivo y anima más a le gente a leerlos.

  10. #10
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    Así lo haré, aunque, por extensión, los que excedan el número deseable de líneas, los acortaré para dejarles con la intriga... Le ruego al responsable del foro que vaya eliminando los mensajes en que no estén citados los artículos para hacer más agradable la lectura.

    Un saludo
    Última edición por Diego de Mora; 17/01/2017 a las 20:05
    «Yo..., castellano de la más vieja Castilla, de la Montaña de Santander, como ahora decimos, de la Montaña de Burgos, como decían nuestros antepasados, [...]»
    Marcelino Menéndez Pelayo

  11. #11
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    Cita Iniciado por Diego de Mora Ver mensaje
    Nace este tablón de anotaciones para desahogar mis necesidades intelectuales. De un apremio existencial por expresar mi disgusto frente a la ruina moral de nuestro tiempo; de evocar nostalgias y verdades ya olvidadas.

    Mi estilo será el que algunos ya conocen: prosa agresiva, fulminante. Mi discurso, aquel que marque mi desarrollo vital. Publicaré escritos de todo tipo: bien provenientes de fases superadas, bien del fruto vivo de mi apuesta existencial.

    Solamente aseguro que caeré en el dogma, en la certeza, en la Verdad. Olvídese de nihilismo y verdades a medias. Olvídese de producciones modernas y convenciones aceptadas. Si ha venido en busca de ellas, vuelva por el mismo sitio.

    Las anotaciones que de aquí salgan vienen del puño y letra de uno que se ha echado al monte. Aún conservo creencias firmes, arraigadas. Y aun escribo en papel.

    La periodicidad de las publicaciones es indefinida. No prometo constancia; sólo polémica.

    Diego de Mora
    Hiems MMXVI anno Domini
    Última edición por Diego de Mora; 17/01/2017 a las 19:57
    «Yo..., castellano de la más vieja Castilla, de la Montaña de Santander, como ahora decimos, de la Montaña de Burgos, como decían nuestros antepasados, [...]»
    Marcelino Menéndez Pelayo

  12. #12
    Diego de Mora está desconectado Miembro graduado
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    I anotación.

    La crisis de la Iglesia: un suicidio acompasado


    A todo hombre que tenga la desventura de vivir en la Posmodernidad —y sobre todo, el infortunio de percatarse de tan desgraciado hecho; pues, créanme, no es del todo agradable vivir en una sociedad cuyo modus vivendi resulta sobremanera insuficiente de cara a las pretensiones propias—, le habrá sido dificultoso, cuando no imposible, desasirse de los patrones culturales y vitales que se le ofrecen. Y si lo es para el hombre, también para la Institución.

    Es indudable que la Modernidad —entiéndase por tal término, el sistema civilizatorio derivado del triunfo del liberalismo— ha descargado sus embates contra dos instituciones: la Familia y la Iglesia. No pararemos aquí y ahora en explicar las estrategias de ataque que se esgrimen en su contra. Sobre aquello ya hay escrito. Nos limitaremos a afirmar que son objeto de asalto.

    Ser antimoderno es una cuestión de dignidad. Muchos católicos quisiéramos que la Iglesia retomara los tiempos y rumbos preliberales. Pues la Iglesia no ha sabido leer su papel en el mundo moderno.

    Decía el Venerable Bartolomé Holzhauser que la historia de la Santa Iglesia tenía forma de arco. Diferentes etapas. Algunas crecientes, en auge; otras lisas, de estabilidad. Y las últimas dos, decrecientes, de decadencia. El momento en que la Iglesia abandona la planicie para lanzarse, descontrolada, al suicidio es la coronación, en la catedral de Notre Dame, de Napoleón, en diciembre de 1804. La ceremonia vino a simbolizar la entronización del Hombre. Su desafío y aparente victoria sobre la Autoridad Divina, papal. Toca dicha ruta suicida su culmen, como saben, con la inauguración del Concilio Vaticano II, en 1962.

    Hilan más que nunca al caso de toda esta espiral nihilista posconciliar los sucesos últimos. Ataques terribles contra la Iglesia en las últimas semanas evidencian la situación. El saldo es barbárico: dos sacerdotes asesinados, un templo demolido para levantar, en su emplazamiento, un aparcamiento y decenas de mártires en el Oriente Próximo. La respuesta de la Santa Sede, ninguna. Nada. Lloriqueos, movilizaciones virtuales, homenajes públicos, etc.: política inútil, estéril, que a nada conduce. Ni una respuesta contundente. Ni un solo contacto, ni un atisbo de presión diplomática sobre la teófoba República francesa para impedir la demolición de Santa Rita. Ni una sola condena frente a los atentados. Ni un solo documento explicando las verdaderas razones ocultas, la ferocidad capitalista tras aquello que ellos llaman refugiados. ¡Basta ya!

    Escribo estas líneas para ponerlas en relación con mi última experiencia litúrgica y aquello de que la Iglesia no ha sabido leer su papel en el mundo moderno.

    Discúlpenme la digresión. Desde que era un crío, vengo veraneando en mi patria chica, en Santander. Ya presuponen ustedes, por el objeto de este escrito, que un sujeto como yo debe ser un tipo inactual. Detesto fundirme en el vulgo, vaciarme en él. Pasar las horas en la playa, comprar compulsivamente, almorzar en restaurantes lujosos y otras actividades superficiales propias de les vacances. Cuánta razón tenía Unamuno cuando afirmaba aquello de que «el lujo estalla en las sociedades enriquecidas pero hundidas en ociosidad espiritual».

    Al caso: el jueves pasado fue un día de aquellos que los burgueses llaman malo. Cielo encapotado, lluvia intensa y algún trueno de más. Yo, amante de los momentos melancólicos, salí la tarde a la calle. A ver qué quedaba de la ciudad que vieron los ojos de Menéndez Pelayo. Dieron a parar mis piernas en la parroquia de la Anunciación, de estilo renacentista, justo enfrente de la Catedral. Eran las ocho de la tarde. El portón estaba abierto y me dispuse a entrar.

    La misa transcurrió en la aburrida monotonía de cualquier burda misa posconciliar. No presté mucha atención a la liturgia apocada, salvo en la lectura de los Santos Evangelios y al recibir el Sacramento de la Comunión. Siempre que escucho misa, por alguna razón, me asalta la convicción de que urge rescatar la liturgia tridentina. Una liturgia solemne, espiritual. Que permita al alma adueñarse de sí misma y tocar, por momentos, su propia divinidad. ¡Ay del que sea incapaz de vivir tales momentos!

    No así, mi sorpresa advino cuando, de repente, tras recibir la bendición del cura, las luces se apagaron. El interior del templo quedó todo a oscuras, salvo por una vela que iluminaba en la hornacina del retablo la imagen de la Virgen. El sacerdote dio media vuelta, y como antes se hacía, entonó el Salve Regina. En latín. Los fieles cantamos la oración, y nuestras alabanzas se tornaron en un tono místico, profundo, ascético. Grata sorpresa la mía. Había encontrado los momentos de refugio espiritual que tan desesperadamente buscaba.
    Decía unos párrafos atrás, antes del exabrupto, que la Iglesia no ha sabido leer su papel. No ha sabido leerlo porque aún no ha hecho el diagnóstico correcto de la Modernidad. Me explico. La Iglesia es una institución inactual. Para los menos. El mundo moderno se levantó en su potencia contra la Iglesia, contra sus virtudes. Las más íntimas. La aborrece, pretende destruirla. El mundo moderno está llamado a triunfar. Ha triunfado.

    Vivimos, claro es, una época en que la antigua escala de virtudes ha sido subvertida. Vivimos una época disolutoria, en que las relaciones comunitarias están siendo disueltas. eliminadas. Entre ellas, la relación del hombre con Dios. Una época de primacía de los valores materialistas, comerciales; de mercantilización de la vida comunitaria. En todas las esferas. Siguiendo siempre la lógica liberal. La fuerza, autoridad e influencia de la Iglesia se han visto diezmadas como nunca antes. Es un trance insólito: la Iglesia se ha separado del pueblo, y no va a volver a él. Salvo que…

    El Concilio Vaticano II trajo consigo la prostituciónde la Iglesia. Fueron prostituidas, vendidas las virtudes y formas tradicionales. Virtudes y formas que, hasta la entronización napoleónica, moldearon la configuración civilizatoria de la Cristiandad. Y al subvertirse las formas tradicionales, la Iglesia quiso subvertir también las suyas. Siguiendo el adagio darwiniano «adaptarse o perecer», quiso hacerse al mundo moderno. Fatal error.

    La Iglesia se ha deshecho de los patrones tradicionales: ha banalizado elementos y ritos tan íntimos, tan profundos, sagrados como la Eucaristía al negar la transubstanciación, la presencia de Cristo en la Comunión, que es el Corpus catholicae. La Iglesia no ha comprendido que la Revolución liberal, cuya columna fue la religiosa de Lutero, iba dirigida contra ella. Que la subversión de las formas católicas era un ataque directo y sin contemplaciones contra ella. Que los nuevos valores, los modernos, son antagónicos a los nuestros.

    La Iglesia ha querido ser aceptada en una sociedad inaceptable. En un mundo que ha hecho burla del Catolicismo. Y la aceptación, dadas las circunstancias, supone vaciamiento doctrinal y espiritual. Titulaba este escrito suicidio acompasado porque el de la Iglesia, si insiste en estas sus nuevas rutas, es un suicidio que marcha al compás de la espiral nihilista, disolutoria de nuestra época. Tiempo ha que la Modernidad se condenó al suicidio. Cosa nuestra es dejarnos arrastrar por la corriente mortal o enrocarnos en la resistencia más dura.
    La Iglesia ha de ser conductora, pastora de almas. Jamás descarrío. La Iglesia ha de ser el último refugio espiritual de Occidente. El último bastión de resistencia frente a la ruina moral generalizada, hecha ley. Tamaño deshonor sería lo contrario. Y antes prefiero la derrota que no la humillación. ¡Éste es su papel: la ruda resistencia!

    Porque la historia es lineal, y acabará en el momento en que el número de almas elegidas para la Salvación sea completo. Porque Dios no busca a los más, sino a los limpios. Porque Dios no busca a los muchos, sino a los electos.
    Y el que quiera oír, que oiga. Y el que quiera entender, que entienda.

    Diego de Mora
    Tempus veranus MMXVI anno Domini
    ALACRAN dio el Víctor.
    «Yo..., castellano de la más vieja Castilla, de la Montaña de Santander, como ahora decimos, de la Montaña de Burgos, como decían nuestros antepasados, [...]»
    Marcelino Menéndez Pelayo

  13. #13
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    Re: Anotaciones desde el monte - Publicación

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    IV Anotación
    De la tiranía del positivismo en las facultades


    Hace bien poco tiempo que comencé mi andadura universitaria por las facultades españolas de Derecho; y desde que la iniciara, no he podido más que hacer una serie de observaciones que quisiera compartir, sin orden ni concierto expositivos, con el lector. Perdóneseme, así, la anarquía que reinará en esta breve anotación.

    Si le soy sincero, querido lector, cometí un error capital justo al comienzo de mi licenciatura, pues, ingenuo, volqué mis ilusiones en una sola asignatura que por nombre lleva Filosofía del Derecho, otrora en tiempos más sanos, Derecho natural —poco queda ya de éste: el positivismo jurídico lo ha inundado todo—. El profesor encargado de impartir la materia, de cuyo nombre no quiero acordarme, pues tengo a mal lanzar soflamas e injurias en estas hojas, es quizá lo más próximo a un sofista que he conocido. Y como tal, su método didáctico dista bien poco de la retórica vaga y el circunloquio cínico.

    Recuerdo, allá a principios de curso, que dicho personaje nos obligó a leer un texto nefasto sobre el cual articuló y fundamentó el posterior desarrollo de su asignatura: La construcción de la realidad social, del filósofo angloamericano John Searle. La tesis que Searle sostiene en su panfleto no consiste sino, mutatis mutandis, en que la realidad social es construida, edificada al modo científico por el individuo, a su albur y voluntad. Tesis, falaz e infundada, que fue asumida con inmediatez y sin más examen crítico que la ciega aceptación por el común de mis compañeros — ¡estúpidos ellos!— .
    Mas la argucia no era en absoluto gratuita. El texto fue utilizado, en efecto, con un doble propósito, derivado el uno del otro: en primer término, para desalojar de nuestro pensamiento cualquier noción de ley estática, superior; en segundo término, para asentar en nuestras mentes vírgenes, inmaculadas la doctrina positivista.

    No es ya que se cuestione la existencia de un Derecho en las cosas, como sostuvieron los clásicos, o bien que se niegue el origen intrínseco, presocial y prepolítico del Derecho, recogido como gavillas de la realidad, del logos estoico. Ahora, pretende Searle, es la legislación la que construye, la que levanta ex nihilo la sociedad.

    ¡Ah, el positivismo! Estúpida doctrina para demonios engreídos. Demonios que se pretenden con la facultad de hacer aquello reservado a Él. ¡El positivismo! Aquella doctrina que proclama dios al hombre; aquella doctrina que inviste al hombre de la ilusión de la omnipotencia humana; que le dice: Ven, hombre, y crea y ordena las cosas según tu voluntad. Aquella doctrina que hace, en suma, de la voluntad del hombre única ley. Operativa y rigorista, por lo demás, los propios positivistas la negaron: pues aun Hart hubo de reconocer el contenido mínimo moral del Derecho, en última palabra, la existencia del Derecho natural.
    En efecto, el positivismo se yergue hoy religión jurídica de nuestro tiempo. Pese a su puerilidad, su simpleza, ejerce un dominio absoluto sobre la jurisprudencia. La cosa es incomprensible: si bien se mira, el credo positivista, con la salvedad de la taxonomía de Von Wright, parece pensado por un crío. «La única restricción —explica Dalmacio Negro— consiste en que se haga todo legalmente, como mandaba Rousseau. Lo legal no es sin más lo legítimo, que tiene una connotación moral. Lainversión totalitaria […] consiste en que lo legal sea lo único legítimo: es legítimo todo lo que es legal si se ajusta al procedimiento establecido por los gobiernos»1.

    Y sentencia el sabio: Hoy día no hay Derecho; hay legislación. Ya nadie sabe qué es el Derecho 2. Y tanta razón lleva en sus palabras que uno no puede sino anotar en estas líneas la degradación que ha sobrevenido a la figura del jurista. El juriconsulto, en otros tiempos, era precisamente aquello:iuris-consultus, el hombre al que se le consultaba sobre el Derecho, según sus tres funciones:respondere, agere, cavere. Un hombre no ya sólo prudente, sino justo; esto es, virtuoso en grado máximo. Y dicha figura ha alcanzado hoy tal extremo de degradación que el jurista no es hoy otra cosa que un autómata dedicado a aplicar mecánicamente reglas que ha memorizado.

    «El hecho crucial consistió en que el Estado empezase a monopolizar la actividad política y lo público mediante la Legislación a partir del derecho político. El antiguo Gobierno estaba limitado por las creencias y, concretamente, por el Derecho Divino y el Derecho Natural custodiado e interpretado por la Iglesia, pues no es más que la Ley divina no revelada, concretada o explicitada,in corde conscripta decía San Agustín, inscrita en el corazón, e ínsita en los usos y las costumbres, en el êthos. En suma, estaba limitado por la Constitución consuetudinaria, no siempre escrita: aquella parte del Derecho relativa a la institución gubernamental. “Esa antigua Constitución del gobierno que es nuestra única garantía de ley y de libertad”, evocaba Burke refiriéndose a la Constitución inglesa. En definitiva, el Gobierno estaba limitado por el Derecho como las reglas del orden natural por creación divina; de ahí la idea del Gobierno bajo el imperio de la ley, barruntadapor los griegos, de la que el Estado de Derecho es un remedo.

    Apoyados en el redescubierto derecho romano en su versión griega justinianea, por ejemplo en la máxima quod principum placuit legis habet rationem, lo que le place al príncipe tiene fuerza de ley, los reyes empezaron a legislar y la Legislación se superpuso progresivamente al derecho tradicional, el ius commune, como otra especie de derecho común pero más abarcador en el sentido de más general.
    Los medios de conocer el Derecho eran la costumbre y, en su caso las leyes viejas, igual que en el derecho romano o germánico, consideradas como formando parte del Derecho Natural, de las reglas del orden establecidas por la divinidad. Esto constituía el derecho en el sentido tradicional, que es el propio del Derecho: derecho jurisprudencial, de los jueces, que surge espontáneamente de la realidad social como ius commune del pueblo.

    Con el Estado, la fuente del derecho es la ley ordenada por el soberano. Los pactos o contratos que contrae la autonomía de la voluntad particular, quedan supeditados a ella. La ley dejó así de ser únicamente un medio de conocimiento del derecho, de lo recto según el êthos, para convertirse en su origen Y con el tiempo, la Legislación estatal se fue imponiendo al derecho común de carácter consuetudinario. Se eliminó así la sensibilidad popular sobre lo que es recto según el Derecho, como barrera contra la ilimitación del poder: la ley, en su origen una forma del Derecho, se convertirá con el Estado en fuente de producción de la Legislación y medio de conocimiento del derecho e instrumento del poder»3.

    Ha de reconocerse que, de tener por verdadera la tesis de Austin, para quien la ley es un mandato coactivo emitido por el soberano, «el positivismo jurídico lleva inexorablemente al totalitarismo, para el que la legalidad quiere decir sumisión y disciplina»4. Y si se acepta que la ley, los principios generales del derecho y la costumbre son fuentes del Derecho, y no medios de conocimiento del mismo 5, no se está sino constatando la afirmación anterior. Tal cosa equivaldría a afirmar, en fin, que, ya que la ley, creada por el soberano, es fuente del Derecho, en última instancia, es el soberano la fuente misma del Derecho, a saber, que, en sus últimas consecuencias, el soberano es el Derecho mismo. Nota que, parafraseando a un borbón soberano de destino desdichado, se concreta en «la loi c’est moi». Y de ahí la razón subyacente a la afirmación de Dalmacio Negro: el positivismo conduce indefectiblemente al totalitarismo porque no considera límite alguno.

    Cerrando a vuelapluma: es aquella la doctrina que se nos enseña a los protojuristas vírgenes en las facultades de Derecho continentales. No se pretende ya negar la Ley natural, la existencia de una ley moral universal al hombre: ya siquiera se enseña. Y se nos hace creer que el Derecho emerge de la nada; que un poder ficticio, constituido por un agregado de voluntades individuales, lo crea y legitima por su fuerza y bajo su fuerza 6. He ahí la doctrina que tiraniza las facultades continentales. He ahí la tiranía lapidadora del positivismo.

    Diego de Mora
    Hiems MMXVII anno Domini

    NOTA: Recuerden los positivistas en el día en que su conciencia se someta al juicio final, si es que por ventura gozan de aquello, que, lejos de formar juristas, están formando leguleyos, autómatas de la Legislación.
    1 Dalmacio NEGRO, «La ley trascendental de la Política», Razón Española (Madrid), nº 199 (2016), pp. 148-149.
    2 Esta cita es ilocalizable en la obra de Dalmacio Negro; no obstante, acostumbra a repetirla en tertulias y coloquios, como podemos atestiguar sus discípulos.

    3 Dalmacio NEGRO, Historia de las formas del Estado, El buey mudo (Madrid, 2010), pp. 115 y 116.

    4 Dalmacio NEGRO, «La ley trascendental de la Política», Razón Española (Madrid), nº 199 (2016), pp. 149.

    5 Cfr. Juan Becharms VALLET DE GOYTISOLO, ¿Fuentes formales del Derecho o elementos mediadores entre la naturaleza de las cosas y los hechos jurídicos?, Marcial Pons (Paracuellos del Jarama, 2004).

    6 Sobre el falso concepto de soberanía anotaré unas cuantas líneas en otra ocasión.

    https://anotacionesdesdeelmonte.word...as-facultades/

    Última edición por Diego de Mora; 20/03/2017 a las 21:21
    «Yo..., castellano de la más vieja Castilla, de la Montaña de Santander, como ahora decimos, de la Montaña de Burgos, como decían nuestros antepasados, [...]»
    Marcelino Menéndez Pelayo

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