A la hora de juzgar el fenómeno inmigratorio, así como el comportamiento demagógico de nuestra clase política acerca del mismo, conviene especialmente realizar un mínimo análisis de lo que significa la violencia en la religión musulmana. Aunque mucho se ha hablado, especialmente desde los atentados de Nueva York, Madrid y Londres acerca del particular, y aunque ha habido voces sensatas que han intentado ilustrar a la opinión pública sin caer en irenismos voluntaristas, la visión que la clase política y la mayoría de los mass media nos han transmitido es la siguiente:

1. El Islam es una de las tres religiones monoteístas, pacífica, espiritual, y perfectamente conciliable en la mayor parte de sus postulados con el cristianismo
2. En muchos países islámicos hay atropellos graves contra los “derechos civiles”, pero son debidos fundamentalmente al subdesarrollo y al estado “medieval” de su cultura y organización política, no a la religión.
3. La interpretación de los radicales y terroristas islámicos de la violencia y la guerra santa no es correcta, correspondiendo únicamente a una visión sesgada de una religión pacífica.

A estas tres tesis falsas, hay que replicar necesariamente de la siguiente forma:
1. Desde un punto de vista católico esto es una herejía, pese a las manifestaciones ambiguas y a los deslices de la jerarquía eclesiástica en los últimos decenios. El error y la Verdad no están en el mismo plano, ni deben dialogar. El Islam es una religión postcristiana y estructurada psicológica y sociológicamente para ser rival del cristianismo y aniquilarlo. Musulmanes y cristianos NO creemos en el mismo Dios, aunque no me voy a extender ahora en consideraciones teológicas.
2. Los comportamientos brutales por parte del poder civil en muchos países no son otra cosa que la perfecta aplicación de la doctrina islámica, que exige de la legislación el quedar completamente sometida a los principios “jurídicos” del Islam. La sharia o ley islámica debe prevalecer en Dar al-Islam (conjunto de territorios sometidos a la fe mahometana). Recuerden el caso de Arabia Saudí, gran aliado de Occidente: la apostasía por parte de un musulmán o el proselitismo por parte de un “infiel” están castigados con la muerte. Y por proselitismo se entiende portar simplemente cualquier clase de elemento religioso, como una Biblia o un crucifijo.
3. La interpretación “radical” del Corán no es, ni más ni menos, que la ortodoxa, y se corresponde con la trayectoria islámica desde la hégira de Mahoma. El Islam se ha impuesto a sangre y fuego por el mundo entero, y sólo ha devuelto un país de los que llegó a conquistar: España. Por allí por donde pasa, arrasa el sustrato anterior, no deja piedra sobre piedra, ni siquiera lo que les puede ser útil. Sin ir más lejos, tenemos el ejemplo de los actuales palestinos, que después de destruir el aeropuerto que habían construido los judíos en los territorios descolonizados, han solicitado ayuda exterior para construir uno nuevo. Moratinos, por supuesto, se ha apresurado a concedérsela…

Y es precisamente en este último punto donde reside el nudo de la cuestión, donde encontramos las implicaciones que conllevará en relación con las masas inmigrantes. Las suras (conjuntos de versos del Corán) pacíficas que se citan para engañar al público desinformado y deseoso de apaciguar su conciencia y sus preocupaciones, se corresponden casi en su totalidad con las que Mahoma escribió en Medina, antes de su huida a La Meca. El Corán es un libro escrito a la medida de las necesidades de su profeta, hasta el punto, por ejemplo, de que el número máximo de esposas autorizadas es de cuatro menos para Mahoma, a quien Alá liberó expresamente de tal precepto por indicación del arcángel San Gabriel cuando le apeteció casarse con Fátima… He aquí la razón de las evidentes contradicciones del texto, así como de la dificultad de interpretación por parte de un profano, acrecentada por el hecho de que el orden de las suras no es temático o cronológico, sino que sigue un criterio tan razonable como el de su extensión decreciente (salvo la primera o Al-Fatiyah).

Cuando Mahoma llega a La Meca y comienza a excitar a sus seguidores de cara a recuperar militarmente Medina y a comenzar una expansión que sólo se detendría en Covadonga y Poitiers, escribe las suras donde establece el precepto de la yihad. La “guerra santa” divide al mundo en dos zonas “Dar al-Islam” (la casa del Islam) y “Dar al-Garb” (la casa de la guerra). Con los infieles sólo cabe la paz si no existe posibilidad de victoria militar, y, además, ellos toleran que se predique el Islam en sus países, facilitando su conversión o sometimiento, sin que exista reciprocidad por parte mahometana. Esta astucia debería resultarnos mucho más familiar a los españoles que a nadie, pues la hemos sufrido en la Reconquista, en las campañas de los Austrias contra el turco y en la guerra de África del siglo pasado. ¿O es que estas cosas ya no se explican en los libros de Historia?

Si entrásemos en disquisiciones de mayor profundidad, descubriríamos que existe una escuela coránica, llamada de estilo nasikh, que, ante la contradicción palpable, subraya que el hecho de que las suras “violentas” fuesen “reveladas” después invalida directamente a las anteriores, sin más discusiones. Sin embargo, y dado que hablar de “dogma” o “heterodoxia” en una religión desestructurada como la islámica no tiene mucho sentido, basta con que echemos un vistazo a los últimos catorce siglos para darnos cuenta de que sólo se puede decir que “el Islam es una religión de paz”, como hizo George W. Bush, si se miente.

Nuestra bienintencionada y optimista sociedad de hoy, que se cree los mitos rousseaunianos a pies juntillas, cree que dando hedonismo y materialismo a estos inmigrantes musulmanes, que llegan a riadas a nuestras fronteras, pronto olvidarán sus creencias y raíces. Pero la realidad, de momento, está mostrándose bien distinta: gente aparentemente acomodada y adaptada a Occidente se rebela violentamente y comete atrocidades indiscriminadas contra personas anónimas. El panorama es desalentador, el relativismo nos deja inermes frente a un enemigo que no vacilará. Mientras Europa se desarma espiritualmente, el Islam percibe como nuestra propia decadencia le está poniendo en bandeja el triunfo, para el que sólo necesitan un poco de paciencia y un mucho de audacia y determinación. Desligar de estas reflexiones las decisiones que se deban tomar en cuanto a políticas inmigratorias será (está siendo) un error irreparable y que costará, en el mejor de los casos, muchísima sangre subsanar algún día.

Arturo Fontangordo