EVENCIO, vallisoletano de pro, ex seminarista, adicto al pantalón gris de tergal y a las baladas de Laura Pausini, emigró a Madrid a estudiar la carrera y decidió convertirse en un tipo cool .

Evencio lo dio todo por la modernidad. Se hizo amante de la cocina de fusión y un discípulo lejano de Sergi Arola le metió un facazo de 60 euros por un menú que llevaba «espuma de cochinillo», un chupa-chup Kojak y «un rollito vietnamita caramelizado con Nocilla de dos colores».

Se internó también en las cimas del arte actual. Y aunque le parecía una trangallada, impostó careto de sumo éxtasis en la exposición en el Reina Sofía de un fenómeno húngaro, triunfador en la Bienal de Venecia, que presentó una vídeo-instalación basada en una «relectura freak » de escenas de Aquí hay tomate .

En música, se chupó sin pestañear una obra maestra de John Cage: tres horas y cuarto con una única nota. En ropa, dejó el tergal y se hipotecó hasta las orejas para ir de Paul Smith. Y aunque toda la vida había sido carne de Super-García en la hora cero , se pasó al cine de Lars Von Trier en versión subtitulada.

Evencio creía que al fin era cool . Sin embargo, seguía siendo un perfecto gañán: no era gay, ¡y hasta le gustaban las mujeres!