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Tema: 18 De Julio

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    18 De Julio



    ALZAMIENTO, HORA 0
    El hoy general Julio de la Torre recuerda a continuación, los instantes que decidieron el comienzo precipitado del alzamiento:
    “Antes de iniciar mi relato debo hacer una breve descripción del edificio de la comisión de límites de Melilla, ya que en él ocurrió el episodio capital de esta narración. El edificio es de una sola planta y está situado en el barrio de la Alcazaba. Tenía abundantes ventanas y lo rodeaban unas tapias, formando en su centro un gran patio, como plaza de armas. En él estábamos citados los que íbamos a actuar en la plaza de Melilla.

    Serían las tres de la tarde del día 17 de julio de 1936 cuando el teniente coronel Maximino Bartomeu llamó a mi casa y me pidió que fuera con él a la Comisión de Límites.
    Ligeros fuimos allí y dentro del edificio ya se encontraban algunos jefes y oficiales, entre los que recuerdo al teniente coronel Seguí Almuzara, cerebro oculto del movimiento en la plaza, el teniente coronel Darío Gazapo, capitán Carmelo Medrano y los tenientes Bragado, Comas, Tasso, Sánchez Suárez, Samaniego, Cano y otros que siento no recordar.
    El teniente coronel Seguí empezó a darnos instrucciones concretas a cada uno: a Bragado, le ordenó hacerse cargo de la delegación gubernativa; a Sánchez Suárez, la inutilización de las radios de todos los barcos del puerto ...
    Entre tanto nuestros enemigos no dormían. Sabían que algo iba a ocurrir. Las autoridades gubernamentales estaban al tanto de otra contrarrevolución que se estaba tramando a la sombra de la nuestra y se encontraban indecisas.
    Pero entre nosotros hubo un Judás, que atemorizado, denunció el sitio y hora de la reunión y por eso, en el momento más crítico, vimos entrar en el patio a un grupo de guardias de Asalto, armados de fusiles, con un oficial, junto con unos policías de paisano.
    Los guardias se distribuyeron alrededor del patio y de esta forma dominaron todas las ventanas del edificio y sus salidas. Al ver esta maniobra, nos miramos todos comprendiendo la situación desesperada en que nos encontrábamos.
    El valiente teniente Sánchez Suárez nos distribuyó granadas de mano, a las que pusimos detonadores, y con nuestras pistolas cargadas nos agazapamos detrás de los muros de las ventanas dispuestos a defender duramente nuestras vidas. En nuestras miradas había el brillo de las heroicas decisiones. Nuestras manos no temblaban. Sabíamos cual era nuestro fin y teníamos la valentía de la nobleza de nuestra causa y el empuje sagrado de los años mozos.
    Se acercaron los policías a la puerta y llamaron. Les salió al encuentro el teniente coronel Gazapo, quien serenamente les preguntó qué deseaban.
    La orden de registro y de detención de los que allí estuvieran, era el propósito de aquellos policías y entonces Gazapo y el capitán Medrano intentaron convencerles de qué siendo aquel un edificio militar no podían efectuarlo de esa forma.
    Mientas se desarrollaba esta conversación, llamé por teléfono a la representación de la Legión, que eran vecinos nuestros, y allí estaba de guardia mi fiel y valiente sargento legionario Sousa.
    -Ven inmediatamente a la Comisión de Límites con unos legionarios. ¡Corremos peligro!.
    Y aquel sargento, fiel a nuestro grito glorioso de, ¡A mí la Legión! Acudió velozmente e irrumpió a la carrera en el patio del edificio en donde estábamos, con un grupo de legionarios.
    Pero aquel pelotón de legionarios no veía a nadie. No veían a sus oficiales, vacilaban y se encontraban rodeados de guardias de Asalto.
    Fue un momento de una intensidad inenarrable. Dentro, nosotros sin poder salir al exterior; en el patio, los legionarios rodeados, sin saber qué hacer ... No sé lo que pasó por mí. De Dios fue aquella inspiración. Me latía el corazón y parecía que me iba a estallar; temblaba mi cuerpo de exaltación y mis nervios me ordenaban salir, y sin poder dominarme, salté al patio atropellando a los que estaban en la puerta y tomé el mando de los legionarios.
    -“¡Fe en mí! ¡Carguen! ¡Apunten!”
    Los fusiles de los legionarios apuntaron a los guardias y mi pistola buscó, certera, el corazón del teniente de Asalto. En nuestros ojos había la cruel y firme decisión de matar ..., pero en aquel momento trágico, cuando la voz de fuego era inminente, uno de aquellos guardias, con el terror reflejado en su rostro, arrojando su fusil al suelo, gritó:
    -¡Mi teniente! ¡Mi teniente! ¡No disparéis! ¡Que somos padres de familia!
    -¡Rendíos! –ordené, y aquellos guardias, que en honor a la verdad no sabían el alcance de su misión, depusieron las armas y se sumaron incondicionalmente a nuestros legionarios.
    Serían las cuatro de la tarde del día 17 de Julio de 1936.

    EL ÚLTIMO MANIFIESTO DE JOSÉ ANTONIO
    Un grupo de españoles, soldados unos y otros hombres civiles, no quiere asistir a la total disolución de la Patria. Se alza hoy contra el Gobierno traidor, inepto, cruel e injusto que la conduce a la ruina.
    Llevamos soportando cinco meses de oprobio. Una especie de banda facciosa se ha adueñado del Poder. Desde su advenimiento no hay una hora tranquila, ni hogar respetable, ni trabajo seguro, ni vida resguardada. Mientras una colección de energúmenos vocifera -incapaz de trabajar- en el Congreso, las casas son profanadas por la Policía (cuando no incendiadas por las turbas), las iglesias entregadas al saqueo, las gentes de bien encarceladas a capricho, por tiempo ilimitado; la ley usa dos pesos desiguales: uno para los del Frente Popular, otro para quienes no militan en él; el Ejército, la Armada, la Policía son minados por agentes de Moscú, enemigos jurados de la civilización española; una Prensa indigna envenena la conciencia popular y cultiva todas las peores pasiones, desde el odio hasta el impudor; no hay pueblo ni casa que no se halle convertido en un infierno de rencores; se estimulan los movimientos separatistas; aumenta el hambre; y por si algo faltara para que el espectáculo alcanzase su última calidad tenebrosa, unos agentes del Gobierno han asesinado en Madrid a un ilustre español, confiado al honor y a la función pública de quienes lo conducían. La canallesca ferocidad de esta última hazaña no halla par en la Europa Moderna y admite el cotejo con las más negras páginas de la Checa rusa.

    Este es el espectáculo de nuestra Patria en la hora justa en que las circunstancias del mundo la llaman a cumplir otra vez un gran destino. Los valores fundamentales de la civilización española recobran, tras siglos de eclipse, su autoridad antigua, mientras otros pueblos que pusieron su fe en un ficticio progreso material ven por minutos declinar su estrella; ante nuestra vieja España misionera y militar, labradora y marinera, se abren caminos esplendorosos. De nosotros los españoles depende que los recorramos. De que estemos unidos y en paz, con nuestras almas y nuestros cuerpos tensos en el esfuerzo común de hacer una gran Patria. Una gran Patria para todos, no para un grupo de privilegiados. Una Patria grande, unida, libre, respetada y próspera. Para luchar por ella rompemos hoy abiertamente contra las fuerzas enemigas que la tienen secuestrada. Nuestra rebeldía es un acto de servicio a la causa española.

    Si aspirásemos a reemplazar un partido por otro, una tiranía por otra, nos faltaría el valor -prenda de almas limpias- para lanzarnos al riesgo de esta decisión suprema. No habría tampoco entre nosotros hombres que visten uniformes gloriosos del Ejército, de la Marina, de la Aviación, de la Guardia Civil. Ellos saben que sus armas no pueden emplearse al servicio de un bando, sino al de la permanencia de España, que es lo que está en peligro. Nuestro triunfo no será el de un grupo reaccionario, ni representará para el pueblo la pérdida de ninguna ventaja. Al contrario: nuestra obra será una obra nacional, que sabrá elevar las condiciones de vida del pueblo -verdaderamente espantosas en algunas regiones- y le hará participar en el orgullo de un gran destino recobrado.

    ¡Trabajadores, labradores, intelectuales, soldados, marinos, guardianes de nuestra Patria: sacudid la resignación ante el cuadro de su hundimiento y venid con nosotros por España una, grande y libre! ¡Qué Dios nos ayude! ¡Arriba España!

    Alicante, 17 de julio de 1.936.-
    José Antonio Primo de Rivera.






    Alocución al Pueblo Español por el General Franco
    (Manifiesto de Las Palmas)

    ¡Españoles!

    A cuantos sentís el santo amor a España, a los que en las filas del Ejército y Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la Patria, a los que jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la Nación os llama a su defensa.

    La situación de España es cada día que pasa más crítica; la anarquía reina en la mayoría de sus campos y pueblos; autoridades de nombramiento gubernativo presiden, cuando no fomentan, las revueltas. A tiros de pistola y ametralladoras se dirimen las diferencias entre los bandos de ciudadanos, que alevosa y traidoramente se asesinan sin que los poderes públicos impongan la paz y la justicia.

    Huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la Nación, arruinando y destruyendo sus fuentes de riqueza y creando una situación de hambre que lanzará a la desesperación a los hombres trabajadores.

    Los monumentos y tesoros artísticos son objeto de los más enconados ataques de las hordas revolucionarias, obedeciendo a las consignas que reciben de las directivas extranjeras, que cuentan con la complicidad o negligencia de gobernadores y monterillas.

    Los más graves delitos se cometen en las ciudades y en los campos mientras las fuerzas del orden público permanecen acuarteladas, corroídas por la desesperación que provoca una obediencia ciega a gobernantes que intentan deshonrarlas. El Ejército, la Marina y demás institutos armados son blanco de los más soeces y calumniosos ataques precisamente por parte de aquellos que debían velar por su prestigio.

    Los estados de excepción y alarma sólo sirven para amordazar al pueblo y que España ignore lo que sucede fuera de las puertas de sus villas y ciudades, así como para encarcelar a los pretendidos adversarios políticos.

    La Constitución, por todos suspendida y vulnerada, sufre un eclipse total; ni igualdad ante la ley, ni libertad, aherrojada por la tiranía; ni fraternidad cuando el odio y el crimen han sustituido al mutuo respeto; ni la unidad de la Patria, amenazada por el desgarramiento territorial más que por el regionalismo, que los propios poderes fomentan; ni integridad y defensa de nuestras fronteras cuando en el corazón de España se escuchan las emisoras extranjeras que predican la destrucción y reparto de nuestro suelo.

    La Magistratura, cuya independencia garantiza la Constitución, sufre igualmente persecuciones que la enervan o mediatizan y recibe los más duros ataques a su independencia.

    Pactos electorales hechos a costa de la integridad de la propia Patria, unidos a los asaltos a Gobiernos Civiles y cajas fuertes para falsear las actas, formaron la máscara de legalidad que nos preside. Nada contuvo la apetencia de poder, destitución ilegal del moderador, glorificación de las revoluciones de Asturias y catalana, una y otra quebrantadoras de la Constitución, que, en nombre del pueblo, era el Código fundamental de nuestras instituciones.

    Al espíritu revolucionario e inconsciente de las masas engañadas y explotadas por los agentes soviéticos, que ocultan la sangrienta realidad de aquel régimen que sacrificó para su existencia veinticinco millones de personas, se unen la malicia y negligencia de autoridades de todo orden que, amparadas en un poder claudicante, carecen de autoridad y prestigio para imponer el orden y el imperio de la libertad y de la justicia.

    ¿Es que se puede consentir un día más el vergonzoso espectáculo que estamos dando al mundo?

    ¿Es que podemos abandonar a España a los enemigos de la Patria, con un proceder cobarde y traidor, entregándola sin lucha y sin resistencia?

    ¡¡Eso no!! Que lo hagan los traidores, pero no lo haremos quienes juramos defenderla.

    Justicia e igualdad ante la ley os ofrecemos. Paz y amor entre los españoles. Libertad y fraternidad exentas de libertinaje y tiranía. Trabajo para todos. Justicia social, llevada a cabo sin enconos ni violencias, y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía española.

    Pero, frente a eso, una guerra sin cuartel a los explotadores de la política, a los engañadores del obrero honrado, a los extranjeros y a los extranjerizantes que directa o solapadamente intentan destruir a España.

    En estos momentos es España entera la que se levanta pidiendo paz, fraternidad y justicia; en todas las regiones, el Ejército, la Marina y las fuerzas del orden público se lanzan a defender la Patria. La energía en el sostenimiento del orden estará en proporción a la magnitud de las resistencias que ofrezcan.

    Nuestro impulso no se determina por la defensa de unos intereses bastardos ni por el deseo de retroceder en el camino de la Historia, porque las instituciones, sean cuales fueren, deben garantizar un mínimo de convivencia entre los ciudadanos que, no obstante las ilusiones puestas por tantos españoles, se han visto defraudados, pese a la transigencia y comprensión de todos los organismos nacionales, con una respuesta anárquica cuya realidad es imponderable.

    Como la pureza de nuestras intenciones nos impide el yugular aquellas conquistas que representan un avance en el mejoramiento político-social, y el espíritu de odio y venganza no tiene albergue en nuestros pechos, del forzoso naufragio que sufrirán algunos ensayos legislativos, sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra Patria, por primera vez, y por este orden, la trilogía FRATERNIDAD, LIBERTAD e IGUALDAD.
    Españoles: ¡¡¡ VIVA ESPAÑA !!!

    ¡¡¡VIVA EL HONRADO PUEBLO ESPAÑOL y maditos los que en lugar de cambiar sus deberes traicionan a España!!!


    General Francisco Franco.
    Santa Cruz de Tenerife, a las cinco y cuarto horas del día 18 de julio de 1936.


    Don Francisco Franco Bahamonde, General de División y Jefe de las Fuerzas Armadas de África,

    HAGO SABER:

    Una vez más el Ejército, unido a las demás fuerzas de la Nación, se ha visto obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de españoles que veían con amargura infinita desaparecer lo que a todos puede unirnos en un ideal común: ESPAÑA.

    Se trata de restablecer el imperio del ORDEN dentro de la REPÚBLICA, no solamente en sus apariencia o signos exteriores, si no también en su misma esencia; para ello precisa obrar con JUSTICIA que no repara en clases ni categorías sociales, a las que ni se halaga, ni se persigue, cesando de estar dividido el país en dos grupos, el de los que disfrutan del poder y el de los que eran atropellados en sus derechos, aún tratándose de leyes hechas por los mismos que las vulneraron: la conducta de cada uno guiará la conducta que con relación a él seguirá la AUTORIDAD, otro elemento desaparecido de nuestra nación y que es indispensable en toda colectividad humana, tanto si es en régimen democrático, como si es en régimen soviético, en donde llegara a su máximo rigor. El restablecimiento de este principio de AUTORIDAD, olvidado en los últimos años, exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares, por la seriedad con que se impondrán y la rapidez con que se llevarán a cabo sin titubeos ni vacilaciones.

    Por lo que afecta al elemento obrero, queda garantizada la libertad de trabajo, no admitiéndose coacciones ni de una parte ni de otra. Las aspiraciones de patronos y obreros serán estudiadas y resueltas con la mayor justicia posible, en un plan de cooperación, confiando en que la sensatez de los últimos y la caridad de los primeros, hermanándose con la razón, la justicia y el patriotismo sabrán conducir las luchas sociales a un terreno de comprensión con beneficio para todos y para el país. El que voluntariamente se niegue a cooperar o dificulte la consecución de estos fines será el que primera y principalmente sufrirá las consecuencias.

    Para llevar a cabo la labor anunciada rápidamente.


    El Telegrama del Rif - Melilla, Sábado, 18 de Julio de 1936.-

  2. #2
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    Re: 18 De Julio

    BREVES ANALES DE SETENTA Y DOS HORAS
    Por Tomas Borras.


    "un Ejército paisano de 250.000 hombres ..."
    Para entender lo ocurrido en España –me refiero a la precipitación y desorden de los hechos- desde el 17 al 20 de Julio de 1936, fecha de oro, hay que considerar lo que no se recuerda: que el Poder público (Gobierno, Cámara, partidos concentrados en el Frente Popular), iba a imponer el sistema comunista el 1º de agosto.
    Caso extraña en la lista y carácter de las revoluciones, que desde el Mando se preparase la subversión del orden político regido por los mismos que le conculcaban. El ataque a la Monarquía, abandonada por quienes debieron defenderla, fue el primer paso –volar el dique de contención, que resistía desde 1899- para liquidar sin escrúpulo la independencia de España. La República fue el segundo trámite, prometida “con obispos y banqueros”, al instante maculada con quema de edificios religiosos, linchamientos de señores (los “caramelos envenenados”), persecución de los grupos opositores legales, y “ley de Defensa de la República”, que anulaba la Constitución y, al dejar a los ciudadanos a merced de los fretepopulistas, atornillaba la tiranía sin réplica. La culminación de ese rápido procero, cinco años, iba a ser la República comunista, de intención ibérica, pues segundarían los vendidos al atrapar a Portugal en la red, maniobrándole desde Madrid. “¡Atención al disco rojo!”, chirrido de los titulares en los diarios zurdos desde la Revolución de 1934, ensayo general “con todo”, crímenes incluidos, de la que perfilaba el Poder minuciosamente. El disco rojo, con un Ejército paisano de 250.000 hombres con buenas armas, Estado Mayor de Moscú y de Francia, el Ejército auténtico “triturado” y los poquísimos soldados y oficiales restantes con permisos veraniegos, las masas sindicaleras dispuestas, los comités alrededor de la mesa, las instrucciones repartidas ..., ese disco rojo que señalaba victoria debía ser el sol que alumbrase las matanzas del 1º de agosto fatídico, el definitivo “Finis Hispaniae”.


    José Antonio, fundador de una Falange que se dejaba en las esquinas jirones sin vida de sus grupos.
    Paralelamente, las fuerzas dispersas, mínimas, de los defensores del ser de la patria, de su libertad y dignidad, a duras penas malvivían en la penumbra, perseguidas a muerte, heridas, encarceladas, desterradas, burlando a sicarios y soplones, dejándose en los campos y en las esquinas de las ciudades jirones sin vida de sus grupos. Falange Española de las Jons, el Requeté, los monárquicos del “Tyre”, a la desesperada y sin más espera que en Dios, hacían frente al alud como podían y podían poco en lo material. Por su parte, los oficiales del Ejército, alistados en la UME (“Unión Militar Española”), eran núcleo único con estructura, mando técnico central y programa inmediato. A la UME agregábanse los guerrilleros civiles, algunos ya curtidos en la milicia del fuego y la muerte, los falangistas.


    Mola, cerebro coordinador de las distintas fuerzas dispersas, defensoras del ser de la patria.
    Así, los ordenadores, Mola su cerebro, contaban con un escalafón de combatientes decididos a gloria o sepultura, muchachos inflamados de amor suicida por España, además de los soldados escasísimos y trabajados por la propaganda, por la estupenda propaganda aturdidora de los marxistas y sus cómplices. Esos civiles que se militarizaban, bajo el mando de la famosa profesionalidad nacional, vivieron al margen del error cometido, políticamente, al definirse la República como paso al bolchevismo; el error, mortal, consistió en enredilar a las clases sensatas que forman el fiel de la balanza en los Estados, a los de tendencia conservadora, a los de orden, a los pudientes, en ese redil de la colaboración con la misma República que lo mejor que pretendía de ellos era exterminarlos.
    Cinco años de tanteos, batalla de verborrea, dinero perdido, paciencia ante el agravio, engaño ilusionado y procura de enderezar lo torcido, en fin, falta de visión, de sentido común y de valor, sacaron de la liza a la gran mayoría de los que pudieron decidir el combate –pues era combate- con su peso específico en la sociedad. Solas quedaron las almas aguerridas, iluminadas, únicos los inasequibles al desaliento, sí, pero a la bobería de pactantes contemporizadores con el diablo, los del mal menor y el bien posible, los del todo lo arreglarán los votos ... ¡La Revolución del disco rojo no pudo soñar auxiliares más ignaros y dóciles!

    Calvo Sotelo, el gran político, no casualmente elegido para la eliminación y el martirio.
    En ese momento clímax de paso fuerte a la solución maximalista del proceso revolucionario, de contextura perfecta y brutalmente masiva del Poder agresivo y, por el contrario, de alguna preparación eficaz de la UME, con la adhesión de los divinos caballeros de la España agonizante, el Gobierno decidió librarse de los pocos, aunque endurecidos e irrefrenables, que le molestaban como mosquitos. Es parte de la táctica leninista, en situaciones en que hay que batir al contrarrevolucionario, la provocación. Como los ánimos estaban candentes, una provocación científicamente motada haría salir de sus escondites a los aún libres entre las mallas de la persecución, y en un día la contrarrevolución sería aplastada. En seguida, en paz, pues los pazguatos del bien posible y el mal menor no rechistarían y el Frente Popular colocaría ufano la bandera de hoz y martillo en la cúspide de su maniobra en tres tiempos. La provocación fue el asesinato de José Calvo Sotelo.
    La réplica fue la que el traicionero Gobierno esperaba. Saltó la gente ardida. Pero no fue lo que se esperaba el Gobierno de Judas. Saltó la gente, mas con el punto de apoyo firme de un reducido Ejército incomparable. Sí. La clave de la victoria de España sobre sus asesinos se llama Ejército de Marruecos.

    Allí, la coherencia de los elementos armados, la lejanía de la vigilancia del “aparato” policiaco y subpolicíaco (los sindicatos anarquistas y marxistas), el volumen de los efectivos y, sobre todo, su calidad, el espíritu de cuantos vestían uniforme, de general a soldado de segunda (contadas excepciones de masonazos o estómagos frentepolulistas), todo ello conjunto, más la imposibilidad de disolver las magníficas agrupaciones por exigir su presencia en la zona un compromiso internacional, forjó el arma contra los caínes. Había en Marruecos un hueste capacitada, entusiasta, invencible y vencedora siempre, de solo un corazón, de pensamiento único. Y estaba jurado en la revista del Llano Amarillo, que como un solo hombre, como un varonil hombre entero, aquellos quince mil acudirían a la voz de peligro, fieles a la orden de la España crucificada, saltando sobre la Bestia roja para acabar con ella y con su gran crimen.

    Se contaba con Sanjurjo, con Franco, con Goded, Saliquet, Franjul, Ponte, Orgaz y Varela, primera futura Junta gobernante, añadido Mola, con matemática y paciencia exactas y sutiles, se tejían los hilos de la leva con los nudos de los mandos. Escasa leva, pues son pocos en el trance los decididos. Y con el ansia febril de adelantarse al 1º de agosto. Pues si el 1º de agosto estaban en la calle las tremendas fuerzas de la Revolución roja, ya no cabría sino morir decentemente.

    El grito de rabia que origina el asesinato del puro mártir, cuando los demás están encarcelados, José Antonio, Ledesma Ramos, Pradera, Maeztu... , cuantos podían agregar su civilidad a los militares; la indignación que produce la herida en el honor, inferida por los del “¡Muera España!” “¡Viva Rusia!” en efecto, como calculó el Poder, hace que la gente se eche a la calle. La gente eran los españoles. Así empieza la Segunda Guerra de Independencia. Como empezó la de 1808, con decisión para hacer lo que había que hacer, costase lo que costase, paisanos y oficiales unidos en el paso adelante, a la buena de Dios, que es la buena si Dios es uno de los combatientes. Así se puso en pie el “¡No importa!” definitivo de España.

    Ello origina la lucha general según planos y planes, sino confuso forcejeo local, en cada pueblo de resultado diferente, combate caótico, sin cohesión ni extenso objetivo premeditado. Morir o liberar a la ciudad, o la aldea: ése es el designio. Se lanzan al asalto de las férreas estructuras frentepopulizantes como David contra Goliat. El Ejército de Marruecos, con la flota en poder de la marinería homicida, está allí bloqueado, no podrá pasar el Estrecho. “¡No pasarán!”, empieza el estribillo de la Bestia borracha de sangre.

    Son setenta y dos horas decisivas, se oye crujir la Historia, de lo que suceda depende la vida de una nación, y depende la vida de Europa, y depende la vida de una civilización bautizada de Cristiandad. Setenta y dos horas en que lo alucinante trágico planea sobre la patria en forma de burla. El amanecer del día 20 alumbrará un cadáver cristiano o el cuerpo ensangrentado, pero erguido, en pie.

    “Madrid se pierde. No importa. Resistid hasta que llegue Mola.” Es la consigna que nos dan a los falangistas. El Cuartel de la Montaña, los regimientos de Carabanchel, los del Pacífico, el de El Pardo han de ganar Madrid, con los falangistas y los cadetes. Fanjul entra en el Cuartel, los tiros comienzan el 19, la madrugada del 20 alumbra el exterminio y saña. Por el suelo yacen los despedazados en las irrupciones, al final, después de quemar todos los cartuchos, después de los cuerpo a cuerpo. Es el otro Parque de Monteleón. Madrid será en adelante, para los honrados, el Madrid del Dos de Mayo y del Cuartel de la Montaña. Los del “¡Arriba España!” en Carabanchel y el Pacífico son luego fusilados. Las cárceles rebosan y comienzan las checas a sustituir a las cárceles. Por cunetas, desmontes, solares y calles aparecen los primeros “besugos frescos”, como llaman a los arrancados de su hogar y caídos con el tiro en la nuca. Madrid paga los votos aquellos, su confianza e la República. Desde el Poder se cacarea: “¿A dónde van esos locos?” En efecto, ellos tienen todo cuanto es preciso para ganar una guerra. Los españoles, un nada: locura de razón.

    En Valencia, indecisiones –indecisión, musa de la derrota-. Paterna posición erizo, quemas de edificios públicos en la hermosa de toda hermosura, soldados que no saben a quién obedecer, jefes rebasados por las masas, barcos extranjeros en el puerto a la ayuda de su revolución, de la extranjera, las famosas derechas, las que tuvieron fe en los consabidos “procedimientos democráticos”, sacadas a la calle y asesinadas, saqueos, incautaciones. Es el terror, los cien días de darle satisfacción al “pueblo”, que anunciaba la oratoria mitinesca. Y Alicante, con José Antonio entre rejas, con el intento de liberación y fusilamiento de los de Callosa de Segura, abnegados inmolados, perdido Alicante luego de intentos de poquísimos contra muchísimos e inundación de Levante por la barbarie de disfraz de casulla robada. Allí actuó el Gran Oriente, el de suave sonrisa y maneras de pastelero para entregar a la víctima cándida bien asegurada.

    En Badajoz mandonea en el acto el preparado, como en todas partes, un Comité del Frente Popular. Se incendia, se asalta y fusila, se llenan las poblaciones de furias rojas, ganan así una provincia entera, la ferocidad es característica de los “defensores de la legalidad”: doce personas quemadas vivas en Fuente de Cantos, ráfagas de crímenes por doquier, los ojos cuajados de visiones de sangre, los pocos “nacionales”, como nos llaman, pereciendo en los choques de “ni heridos ni prisioneros”.

    A Barcelona va Goded, que cambia su mando, señalado para Valencia, a última hora. Hay numancias como en todas partes, pues son uno contra diez mil y los parapetos alargan las horas en espera de lo que ocurra en el resto de España, si es afortunado. Allí hay servidores del separatismo además del sovietismo. El cerco, la lucha, Goded procura que se salve, por lo menos, en última instancia, la vida de los suyos. Cree capitular con caballeros, respondiendo él solo. Si se acepta la rendición honrosa, es para fusilar a todos después. Barcelona, enloquecida. Con ella toda Cataluña cae en el cepo.

    En Baleares se lucha, se ganan Mallorca y las islas chicas, se pierde Mahón. Zaragoza se salva, los pueblos se suman al Alzamiento, la línea “leal” de los desleales y la “facciosa” de los legítimos queda a tres kilómetros del Pilar, con pueblos envueltos y en apretado sitio. Huesca y Teruel sufren con los populeros en los arrabales a pedrada y bayonetazo, defendiéndose. Oviedo es islote azul en la Asturias roja, allí otra Numancia, ésta feroz, en destrucción lenta y heroísmo de meses, tesonera de españolidad. Oviedo salva, con su decisión sacrificada y con Aranda y Caballero, todas las provincias de su Sur, Palencia, León, Zamora ... y las líneas de Madrid. Pues si los mineros no acuden arremolinados al cebo de Oviedo, se derraman sobre las minas leonesas, en pie, y se pierden la Castilla y el León, antiguos nobles. Y perece Valladolid dinamitado, y el Alto de los Leones no se denominaría así ahora. Eran veinte mil hombres de pelo en pecho y cartucho entre los dientes. Oviedo se deja agarrar, pero no suelta la mano que la agarra. Es otra de las claves del triunfo.

    En Galicia el choque es encarnizado y en revuelto montón, no se sabe quién vence, a nadie le importa la táctica ni el conjunto, Dios decidirá al final cuando no queden enemigos. El Ferrol es llave de victoria o derrota. Los buques de la Armada pasan de mano a mano, según la alternativa de ganancia. A lo último decide un hombre: el oficial Salvador Moreno entra, pistola empuñada, en el “Almirante Cervera” y se impone por ley de energía y ley de disciplina. Es el fin. Galicia se gana, añadidos los honrosos combates de las cuatro provincias. Buena prenda de porvenir. Galicia, la de los soldados mudos, que hablan sólo por o que hacen, y lo que hacen lo hacen muy pocos más.

    Canarias no vacila ni en motín de un solo hombre. Unánime, con Franco, ya capitán del rescate. Las provincias africanas, con la España de que son porción. Castilla la Vieja, entera, por algo es rectora política de la nacionalidad desde Fernán González San Sebastián, Bilbao se pierden de momento. Álava queda, en ese azar de lo imprevisible, del lado de lo natural, libre de zafiedades postizas. Como Cáceres, sin un tiro; como Salamanca, tan absoluta era su devoción por la doctrina de la España eterna, asimismo Logroño. Toledo es teñido de rojo, salvo la otra Numancia del Alcázar, donde se refugia la guarnición, un puñado, la Guardia Civil y el otro puñado, la Falange. Albacete se pierde, le inunda la riada que rebasa Valencia, así como Murcia, la sana y católica, en aquellas horas puesta de máscara comunista. Pamplona, Navarra, dio el ejemplo: hasta los niños, la montaña de boina amapola, la ribera de camisa azul.

    Valladolid saca sus jonsistas y las escuadras labradoras toma el fusil y se va a salvar Madrid. Valladolid y Burgos impiden que salgan de Madrid los doscientos cincuenta mil combatientes rojos e invadan el centro peninsular o se derramen por el Sur, aniquilando las ciudades andaluzas propicias. Valladolid y Burgos hacen de ventosa, como Oviedo. Y son cabeza de la Castilla que, con Salamanca, regirá los comienzos de la Cruzada.

    En Andalucía hay varia fortuna. Sucede en Cádiz que la primorosa ciudad se dispone después de aventar unos cuantos cuervos graznadores para servicio de los hombres representativos de la bandera. En Sevilla, el milagro de los milagros: un general con el disco de gramófono de la marcha legionaria y los garrochistas y caballistas de la labranza señoril, más la audacia de la Falange Sevillana, una de las mejores, en total pocos centenares, domina por la gracia de la Gracia a hordas avezadas en número innúmero, que se refugian en Triana, y al llegar, “de veras” esta vez, la Legión apacigua la ciudad y gana para la Sagrada Causa el cogollo de la zona oriental andaluza. El increíble suceso se llama Queipo de Llano. Granada se incorpora al Movimiento después de duras escaramuzas, sangrientas y ciegas. Málaga, Jaén, Almería, Huelva se pierden: como Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Santander. Se gana Córdoba, dirigida por un gobernante no frentepopulista, sin matanzas por ello, sin más crisis que el minuto de la buena decisión.

    Yagüe, jefe de la hueste capacitada, entusiasta, de Marruecos, clave de la victoria.
    Franco vive, previo a su hazaña militar y civil, un anteepisodio en el que se ve la mano de la Providencia. El 17 de julio se recibe en Las Palmas la noticia del Alzamiento en Melilla de los bravos de Yagüe, el azul. En el archipiélago que adelanta España hacía la bien amadas Africa y América, reside como desterrado con mando el general que inquieta con su silenciosa calma al Ministerio encargado de la subversión “desde arriba”. Franco lo tiene todo preparado. En Gando hay un bimotor inglés con turistas a bordo. Es el que de madrugada eleva el vuelo con Francisco Franco, cuya misión es ponerse a la cabeza de los del juramento del Llano Amarillo. Pero el Frente Popular, como buena organización comunista, tiene un servicio de espionaje perfecto; que espioneo y propaganda son sus dos actividades sobresalientes.
    En los aeródromos franceses de Marruecos se da la alarma. Hay que detener ese avión y asesinar a Franco. Los pistoleros son convocados por sus capitostes.

    Reposta el bimotor en Agadir. Sin novedad. Los frentepopulistas no disponen allí de muchos elementos. Casablanca es la estación peligrosa. De Tánger había salido una cuadrilla de asesinos para Casablanca, al mando de Cerdeira, mientras en el aeródromo de Tánger esperaba otro “gang”, y a Casabranca llamaban por todos los procedimientos los frenéticos timbres de alarma de Madrid.

    Se esquiva el riesgo por adelantarse el avión a los cálculos de los criminales. A las cuatro y media de la madrugada (del 19) surgía a las nubes de la plaza, desde el suelo, bien provisto de gasolina, el bimotor que conducía a un Caudillo. Era poco antes de que a toda marcha se precipitase el “auto” de Cerdeira y sus cerdeiros hacia la pista desierta, aun resonando en el aire el zumbido de los motores. El Mal no había triunfado. (Hay momentos en que así, a tictac de segundos, el Destino juega sus dados). Franco, su nombre, es la bandera izada en el corazón e los españoles, fiel a sí mismo.

    Ya es llamas y oro duro el sol de Tetuán cuando Buruaga, avisado desde Arbaua, se dirige al avión que aún ronronea en el aterrizaja. En la portezuela, abierta con mano tranquila, aparece un militar. Buruaga da el clamor: “¡Ha llegado Franco!” El del parte oficio al de 1939: “La guerra ha terminado.”

    Amanece ese 20 de julio, en que el sol ha de contemplar cómo queda, después de un eclipse de noticias de setenta y dos horas, el mapa, el territorio. Y es así: por la continuidad como nación están Las Palmas, Tenerife, las plazas y provincias africanas, Baleares, excepto Mahón; Cádiz, Sevilla, ciudad, y algún pueblo; Córdoba capital, y poquísimos pueblos, también; Granada, ciudad tan sólo y tan sola; Cáceres, y no todo; Avila, en parte, con la capital; Segovia, en idéntica situación, como Soria; Teruel, la capital, y algo de territorio alrededor de su enclave; Zaragoza y parte de la provincia; Huesca, capital, y poca provincia; Pamplona, Vitoria, Logroño, Burgos, Palencia, Valladolid, Salamanca, Zamora, León, con merma de pueblos norteños; Orense, Lugo, Pontevedra, La Coruña. Lo demás, dos terceras partes de la España peninsular, en uñas de la Konmintern soviética y de los pactos secretos de San Sebastián, disgregadores.


    “¿A dónde van esos locos?” Los locos de Marruecos siguen el día 20 de julio frente al Estrecho, dominado por la flota de la marinería verduga. Los locos de las provincias donde no cesó el fuego se defienden, copados, en su propia probable sepultura. En la reducida España libre toman las armas muchachos y viejos alistados, pues “morir es acto de servicio”. Sol del 20 de julio, y no disco, alumbró el final del primer episodio, el inextricable enmarañado al azar las malas y las buenas suertes. Pero se había adelantado España a la Antiespaña, y el 1º de agosto rojo abortó. Ahora estaba a la defensiva. Quien se anticipa lleva un punto. Los otros puntos de la ganancia allí, en un despacho de la Alta Comisaría, en Tetuán, alrededor las líneas de impávidos en posición de firmes, la mente de Franco, el capitán recién llegado ligando la estrategia en que habían de enredarse los pies que pisoteaban el suelo sacro.

    ABC. 18 de Julio de 1958.-

  3. #3
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    Re: 18 De Julio

    Para mí la verdadera batalla ganada en la guerra civil fue la unión de los patriotas y la gente de bien.
    Como los mandos de las diferentes facciones, que podrían haber tenido luchas intestinas, se unieron en un frente común ante el enemigo comunista que queria romper España y todo lo que ella significaba y significa.

    El verdadero triumfo fue la unión de Carlistas, conservadores, Falangistas, Cristianos de bien y militares bajo un mismo ideal, extirpar de nuestra patria el virus marxista. Cosa que no supieron hacer los del bando repúblicano, donde comunistas, anarquistas y demás "libertarios" se peleaban entre ellos. Por otra parte cosa de esperar de una banda de ineptos, entre los que contaban putas, chorizos, y gente de la misma calaña. ¿Y así querían ganar la guerra ?

    Arriba España

  4. #4
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    Re: 18 De Julio

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  5. #5
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    Re: 18 De Julio

    Pero de que sirvió la unión del carlismo, si después le cerraron sus cículos, ignoraron su doctrina, cerraron sus períodicos, exiliaron a algunos significados con el carlismo, o sufrieron censura, eso siempre me lo he preguntado yo. Fué la fuerza política heterogénea que más hombres aportó a la guerra cívil, y en lso lugares más dificiles, y recibío el peor pago de todos.

    Aún así fueron fieles a sus principios de dender a Dios y España.

  6. #6
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    Re: 18 De Julio

    Saludos:

    Yo tb creo que, probablemente, fue el Carlismo el gran perjudicado tras la Guerra Civil, ya que fue el sector del Ejército Nacional que más bajas tuvo y que participó en los frentes más complicados.

    Además, fue relegado de la vida política y devorado en esa entelequia que fue FET y de las JONS.

    Aun así, yo creo que gran parte de los carlistas que participaron en nuestra Guerra Civil, quedaron satisfechos de, por lo menos, haber acabado con los rojos, el peligro separatista y la defensa del catolicismo.

    Hay un libro muy bueno escrito por un carlista e incide en este aspecto del porqué lucharon, que comentamos en Aurrera. Os dejo el comentario que hacemos en la web:

    Riesgo y Ventura de los Tercios de Requetés, Luis Fabián Blazquez (Colección Luis Hernando de Larramendi)

    Bajo el seudónimo de Luis Fabián Blazquez, el teniente coronel Ángel Lasala Perruca nos presenta un interesantísimo libro que nos permite conocer, de modo exhaustivo, la vida de los Tercios de Requetés durante la Guerra Civil. El autor recoge la organización de los mismos, su historia, anécdotas y batallas de los Tercios, haciendo especial hincapié en los Tercios de las Provincias Vascas y Navarra. Un libro muy recomendable para conocer, más de cerca, a los Tercios de Requetés.



  7. #7
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    Re: 18 De Julio

    No os falta razón,¿ pero que quereis ?, ¿ que en el bando nacional pasase como en el repúblicano? ¿luchas internas y matanzas entre unos y otros?
    La derecha sabe (o por lo menos sabía...) que aunque haya diferencias entre las diferentes facciones, deben ser una unidad frente a un enemigo tan poderoso como el Marxismo.

  8. #8
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    Re: 18 De Julio

    No es cuyestión de luchas internas, pero en españa el democristianismo, el liberalismo arrinconó ala verdadera esencia de la tradición española. Prueva de ello es , que en lso lugares dónde más separatismo hay actualmente, es dónde eran zonas carlistas por escelencia, y en las partes de españa que hoy hay conflictos nacionalistas.

  9. #9
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    Re: 18 De Julio

    Eso de que el carlismo fue el que aportó más hombres, no lo sé la verdad. Lo del gran perjudicado....Pues ahí habría que entrar a valorar más a la Falange, tanto o más como el carlismo. Por lo demás Gasko, la derecha....Ya ves lo que hizo, absorber a la Falange. La derecha no supo unirse ni hacer nada, sino verlas venir y hacer oportunismo, como siempre. Ni el carlismo ni la falange fueron ni son derecha, por otra parte.

    Con todo, el régimen franquista fue mucho menos malo de todo lo que nos pudo pasar de haber triunfado el FP.

  10. #10
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    Re: 18 De Julio

    Saludos:

    Según los datos que en su momento dió la Junta Técnica de Gobierno, los carlistas fueron quienes más hombres dieron al Alzamiento, dentro del espectro de las fuerzas políticas que apoyaron el Alzamiento. Quizás, si que es cierto, que, aunque la Falange era más minoritaria que el Carlismo en cuanto a número de militantes y simpatizantes, es probable que el porcentaje de falangistas fuese superior al de carlistas, no así en número. Ya sabes, cosas de porcentajes más que nada...

    Y por supuesto, totalmente de acuerdo con Alonso en que fue, sin lugar a dudas, preferible 40 años con Franquito que 40 años siendo los limpiabotas de la URSS, que es lo que hubiera pasado de ganar el Frente Popular...

  11. #11
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    Re: 18 De Julio

    Concuerdo contigo vascongado. No obstante, yo hago saber, más que nada por lo que escribió Sir Gasko, que yo nunca nunca me aliaré con la derecha liberal; otra cosa es que ellos vengan a nosotros y acepten la Tradición Hispánica rechazando la Revolución Francesa.

  12. #12
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    Re: 18 De Julio

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    ¿Por qué hubo un 18 de julio?

    José Javier Esparza
    La Gaceta

    Sin el alzamiento de 1936, la consecutiva guerra civil y su victoria, Franco habría pasado a la Historia simplemente como un sobresaliente militar de la guerra de África. Pero hubo un 18 de julio. Hubo una guerra. La ganó él. De ahí salió un régimen que modificó para siempre la Historia de España. Por eso es imprescindible empezar este repaso del franquismo, cerca ya del cuadragésimo aniversario de la muerte de Franco, por el principio: por qué hubo un 18 de julio de 1936.


    Primer acto: Octubre de 1934

    Hay que repasar los acontecimientos para entender qué pasó. En octubre de 1934, la izquierda –fundamentalmente el Partido Socialista- y el separatismo catalán habían intentado un levantamiento revolucionario contra el gobierno de la República. La excusa fue la entrada en el Gobierno de la CEDA, el partido de las derechas, que era, por cierto, el que había ganado las anteriores elecciones, pero al que la presión de la izquierda había vetado hasta entonces las carteras ministeriales. Los socialistas, mayoritariamente bolchevizados bajo el liderazgo de Largo Caballero, querían instaurar la dictadura del proletariado, y los separatistas catalanes, por su parte, aspiraban a proclamar su independencia. El golpe de la izquierda fracasó, aunque en lugares como Asturias dio lugar a una pre-guerra civil.

    Las represalias políticas sobre los dirigentes de la intentona fueron mínimas: el propio Largo Caballero, principal líder del complot, sólo cumplió un año de cárcel y, juzgado, resultó asombrosamente absuelto. Sin embargo, la propaganda de la izquierda, que exageró hasta el infinito la represión gubernamental sobre los insurrectos (y, enseguida, el nimio caso de corrupción conocido como “estraperlo”), creó una atmósfera de revanchismo absolutamente insoportable. La inestabilidad de los sucesivos gobiernos de centro-derecha, acosados por la hostilidad del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, hizo el resto. En noviembre de 1935 Alcalá Zamora fuerza un cambio de gobierno, desaloja del poder a la CEDA, entrega el gabinete a un hombre de su confianza, Portela Valladares, y firma el decreto de disolución de las cámaras con la consiguiente convocatoria automática de elecciones legislativas. Una de las primeras decisiones de Portela fue alejar de Madrid a los militares que consideraba poco afectos. Franco, por ejemplo, fue enviado a las Canarias.

    Alcalá Zamora tenía, sin duda, sus razones. Persuadido de que la derecha no compartía su proyecto republicano original, y convencido igualmente de que la izquierda volvería a echarse al monte si la derecha ganaba de nuevo, don Niceto se veía a sí mismo como la única garantía de estabilidad. Su objetivo era crear una gran fuerza de centro que templara a unos y a otros. Sin duda Alcalá Zamora sobreestimó sus propias capacidades, porque aquel “centro” nunca fue una “gran fuerza”. De hecho, se hundiría en la más absoluta irrelevancia. Las elecciones de febrero de 1936 fueron su tumba.

    Urnas sucias

    Las elecciones de febrero de 1936 fueron cualquier cosa menos un ejemplo de limpieza democrática. El clima general, para empezar, era de una crispación irreversible. La izquierda comparecía en un amplio bloque, el Frente Popular, que abarcaba desde los republicanos de Azaña hasta el entonces pequeño Partido Comunista, pasando, por supuesto, por el Partido Socialista Obrero Español, que era el gran partido de masas de la izquierda. La coalición contaba además con el respaldo expreso de los anarquistas de la CNT. Azaña veía este bloque como una “conjunción republicana” que permitiría mantener a la derecha alejada del poder y llevar a cabo el proyecto reformista radical por el que venía clamando desde 1930: una suerte de revolución francesa a la española. ¿Y la izquierda revolucionaria aceptaría quedarse al margen? Azaña parecía persuadido de que su mera persona bastaba para conjurar cualquier peligro. Además, contaba con la proximidad de socialistas notables como Indalecio Prieto, partidarios de una “revolución gradual”. Pero las cosas se veían de forma muy distinta en el ala mayoritaria del PSOE, la de Largo Caballero, para quien la victoria electoral no era sino un paso necesario para instaurar la dictadura del proletariado. Hay que leer los textos del propio Largo Caballero y de su periódico, “Claridad”: el PSOE de entonces soñaba abiertamente con una España soviética.

    La derecha, por su parte, comparecía a las elecciones entre la exasperación, la decepción y el miedo: alejada alevosamente del poder –legítimamente ganado- por maniobras de palacio, enfrentada a la áspera constatación de que sus votos habían servido para bien poca cosa y, para colmo, aterrada por la inequívoca voluntad revolucionaria de la izquierda, las candidaturas de la derecha aspiraban cada vez mas a soluciones “de orden” y creían cada vez menos en la propia República. No había, ciertamente, un proyecto de derechas para la II República: si alguna vez lo hubo, la amarga experiencia de gobierno lo había disuelto para siempre.

    Las elecciones las ganó el Frente Popular. Lo que nadie puede decir es que las ganó limpiamente. Nunca se proclamaron los resultados –en votos- de la primera vuelta. De hecho, el primer cálculo relativamente documentado del escrutinio real fue el que publicó Tusell en los años 70 (un empate con leve ventaja de la izquierda), y aun este resulta discutible. El recuento de los votos y la consecuente atribución de actas fue una merienda de negros por la presión violenta de los piquetes de la izquierda, que adulteraron escrutinios y atribuyeron actas de diputado a su antojo. No hay nada más ilustrativo que leer las memorias de los propios interesados, desde Azaña hasta Prieto, que no ocultan los sucesos. El volumen de las memorias de Alcalá Zamora “Asalto a la República” (La Esfera, 2011) lo confirma. El reciente volumen de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular” (Espasa 2017) despeja toda duda.

    La derecha denunció el robo de papeletas, pero sus quejas no fueron atendidas por “falta de pruebas”. En plena vorágine, el gobierno de Portela, aterrado, resuelve resignar el poder en Azaña, o sea, en los vencedores de la primera vuelta, de manera que la segunda ronda de las elecciones –porque era un sistema de dos vueltas- se verifica bajo el control de los mismos que habían adulterado la primera. La propaganda de la izquierda ha mitificado mucho la victoria electoral del Frente Popular en 1936, pero la verdad es que aquello fue, propiamente hablando, un “pucherazo”.

    El general

    ¿Qué hacía Franco hasta ese momento? Mirar. Moverse aquí y allá. Aparecer en la vida pública, pero sin estridencias. En 1936 Franco era un joven general de 44 años –llevaba el fajín desde los 33- que levantaba las mayores suspicacias en el Frente Popular. Había sido gentilhombre de cámara de Alfonso XIII, que incluso apadrinó su boda, lo cual le convertía en un monárquico aun sin serlo de forma militante. Primer director de la Academia Militar de Zaragoza –hasta que Azaña la cerró-, relegado luego al mando de una brigada en La Coruña y compensado más tarde con un destino en las Baleares, Franco volvió a entrar en la cúpula militar cuando el gobierno de Gil Robles le ascendió a general de división y, aún más, se le encomendó la misión de sofocar la revuelta de octubre de 1934, cosa que hizo bajo el mando nominal de un militar republicano y masón: el general López Ochoa. Al año siguiente Franco fue designado jefe del Estado Mayor del Ejército, un nombramiento que situaba al general inequívocamente en el ámbito político de la derecha republicana. Por eso se le alejó a las Canarias en cuanto Alcalá Zamora privó a la derecha del poder.

    El gobierno del Frente Popular enseguida dio muestras de su debilidad. Azaña formó un gabinete exclusivamente republicano, sin socialistas, pues éstos, pese a su mayoría parlamentaria, prefirieron mantenerse al margen de los ministerios. ¿Por generosidad? En realidad, no: más bien para llevar a cabo en las calles lo que no hubieran podido hacer desde el poder ejecutivo. Si Alcalá Zamora esperaba poder controlar a la izquierda republicana, los hechos demostraron que erró gravemente. Y no menor fue el error de Azaña al pensar que podía controlar a su vez a los socialistas. Sólo un dato: el estado de alarma, proclamado formalmente por el gobierno Portela Valladares el 17 de febrero de 1936, fue prorrogado después, mes tras mes, por el gobierno de Azaña contra lo que el propio Frente Popular prometía en su programa.

    Primavera trágica

    ¿Había razones para la alarma? Sí. La violencia ya se había adueñado de las calles. Entre febrero y junio de 1936 va a haber más de trescientos asesinatos políticos. La mecha la habían prendido los anarquistas años atrás, durante el primer mandato de Azaña. Ahora los socialistas se sumaban a la orgía de pistolas e incendios. En el otro lado, los falangistas contestaban. Y no sólo ellos, porque el clima político se deterioró muy rápidamente. El gobierno, ante semejante paisaje, se vio desbordado por los acontecimientos. Podía reprimir a las derechas, pero lo tenía mucho más difícil con las izquierdas porque, al fin y al cabo, su mayoría parlamentaria dependía de ellas.

    Para conjurar el clima de guerra civil y asentar su propio poder, Azaña y el socialista Indalecio Prieto urdieron una maniobra más o menos legal que pasaba por derribar a Alcalá Zamora de la presidencia de la República, pues no se fiaban de éste. Ocurría que la ley limitaba a sólo dos las posibilidades del presidente de disolver las cortes, y la segunda debía ser enjuiciada por la cámara. Alcalá Zamora, en efecto, había disuelto las cortes dos veces: una, para formar las constituyentes, y la segunda para convocar las elecciones de 1936 (es decir, para llevar a la izquierda al poder). A esto se agarraron Prieto y Azaña para acusar al presidente de haber disuelto las cortes injustificadamente. En realidad se trataba de un golpe de estado legal. El objetivo era que Azaña quedara como presidente de la República e Indalecio Prieto fuera nombrado presidente del Gobierno, pero algo torció sus planes: la oposición del ala socialista mayoritaria, la de Largo Caballero, que no quería ver en modo alguno a Prieto en el gobierno. ¿Por qué? Tanto por ambición de Largo, alérgico a cualquier liderazgo que no fuera el suyo, como por temor a que Prieto paralizara el proceso revolucionario. Las facciones de Prieto y Largo habían llegado a enfrentarse a tiros en la campaña electoral. Ahora no iban a hacer las paces. Prieto se quedó sin regalo. Era abril de 1936.

    La jefatura del gobierno acabó recayendo en un hombre de Azaña, Casares Quiroga, sin energía para controlar a las izquierdas desbocadas. Al contrario, toda su voluntad parecía puesta en ganarse la aquiescencia de los revolucionarios. El resultado fue una política absolutamente arbitraria. Un buen ejemplo de esta política hemipléjica lo sufrió Franco en sus propias carnes cuando concurrió como candidato en las elecciones parciales de Cuenca. En esta provincia, la jarana electoral de febrero había dejado a la circunscripción sin representantes. Hubo que repetir los comicios y las derechas presentaron una lista “preventiva”: la componían José Antonio Primo de Rivera, para librarle de la cárcel, Goicoechea, que era el jefe más notorio de los monárquicos de Renovación Española, y el propio Franco, al parecer porque Gil Robles, entonces en la oposición, quería traerle a Madrid y exhibir su presencia en las Cortes a modo de advertencia. El Gobierno vetó la candidatura de Franco y el resultado final de las elecciones fue tan fraudulento como el de las generales.

    A estas alturas las conspiraciones dentro de la derecha ya eran imparables. ¿Y Franco? Franco se reúne con unos y con otros, participa junto a Mola en una discreta asamblea con generales retirados, mantiene también contacto con la CEDA, incluso se entrevista con José Antonio Primo de Rivera (y no se entendieron en absoluto). Pero si algo caracteriza a Franco en este periodo es su extrema prudencia. Muchos le reprocharán entonces indecisión y falta de arrojo, pero no era eso: durante su etapa de jefe del Estado Mayor –Payne y Palacios han documentado muy bien este episodio-, Franco había creado un servicio de contravigilancia para conocer el ambiente en los cuarteles, y gracias a ese instrumento supo que el porcentaje de revolucionarios dentro de las fuerzas armadas era elevadísimo. Franco sabe que cualquier intento de apartar al Frente Popular del poder derramará inevitablemente mucha sangre. Y sabe también que la pasividad del Gobierno está llevando las cosas a una situación sin retorno. El 23 de junio Franco escribe al entonces presidente del Gobierno, Casares Quiroga, manifestándole su inquietud por la situación política y la preocupación en ámbitos militares. Era un último cartucho. Casares ni siquiera contestó.

    Mola tuvo listo su plan al final de la primavera. No era un pronunciamiento al estilo decimonónico, ni tampoco un golpe “técnico” con ocupación de centros de poder, sino más bien una especie de marcha militar sobre Madrid a partir de los centros que se esperaba controlar en la periferia: Barcelona, Pamplona, Galicia, Andalucía… Franco seguía sin verlo claro, pero la efervescencia en las calles y la impotencia del gobierno empujaban a un desenlace inevitable. El 13 de julio, policías de obediencia socialista salen del cuartel de Pontejos, en Madrid, para matar a los líderes de la oposición. A Gil Robles alguien le avisa antes y puede poner pies en polvorosa, pero a Calvo Sotelo le localizan en su casa, le hacen subir a un furgón y allí le descerrajan dos tiros en la cabeza. “Ese atentado es la guerra”, dijo el líder socialista Zugazagoitia cuando los propios autores del crimen le contaron lo que había hecho.

    Era verdad. Ese día, Franco dejó de dudar. El levantamiento empezó en la tarde del 17 de julio en Melilla. El golpe propiamente dicho fracasó, pero como aquello no era una simple conspiración militar, sino una rebelión de media España, se convirtió en guerra civil. Así comenzó todo.



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