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Tema: Joseph de Maistre ( Wikipedia )

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    Joseph de Maistre ( Wikipedia )

    Joseph de Maistre (1753-1821), teórico político y filósofo francés, máximo representante del pensamiento conservador opuesto a las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa.
    Nació en Chambéry y realizó estudios de derecho en Turín, antes de convertirse en miembro del tribunal de justicia (Senado) de Saboya. Tras ser ocupada esta provincia por las tropas francesas, en 1793, buscó refugio en Lausana, pero cuatro años más tarde el Directorio francés logró que fuera expulsado de territorio suizo, donde había llevado a cabo una intensa actividad contrarrevolucionaria. Marchó de nuevo a Turín, y el rey de Cerdeña, Carlos Manuel IV, le nombró ministro plenipotenciario en San Petersburgo (Rusia). Permaneció en dicho cargo desde 1802 hasta 1817, año en que regresó a Turín, donde residió hasta su muerte.
    Profundamente influido por el pensamiento de Jakob Böhme, Louis-Claude de Saint-Martin y Emanuel Swedenborg, Joseph de Maistre se alzó contra la que consideraba “teofobia del pensamiento moderno”, que se había desprovisto de toda referencia a la providencia divina como elemento explicativo de los fenómenos de la naturaleza y la sociedad. Puso a Dios en el centro de todas sus doctrinas, afirmando que el Creador se manifiesta de forma misteriosa, especialmente a través de los milagros, a los cuales el hombre debe responder con la oración (Veladas de San Petersburgo, 3 vols., 1821). Remiso a las tesis de René Descartes y Nicolás de Malebranche, sostuvo que la razón humana debe intentar entender el orden divino, incluso aunque aquélla no pudiera discernir en su plenitud, dado que la perfección de la especia humana desapareció tras el pecado original. En Plan para un nuevo equilibrio de Europa (1798) desarrolló la idea según la cual el hombre era culpable de hacer que la historia deviniera en el mal universal.
    La filosofía política de Joseph de Maistre, dotada de un absoluto pesimismo, parte del principio de que la injusticia no puede ser vencida, como prueba la muerte de Jesucristo, el justo por excelencia. Su principal obra política, Consideraciones sobre Francia (1797), presenta a la Revolución Francesa (sujeto central de sus reflexiones) como un acontecimiento satánico y “radicalmente malo”, tanto por sus causas como por sus efectos. Enemigo declarado, al igual que el filósofo británico Edmund Burke, de las ideas propugnadas por la Ilustración, condenó igualmente la democracia, por ser causa de desorden social, y se mostró firme partidario de la monarquía hereditaria. Este conservadurismo añade a la religión y al poder espiritual infalible del papa una función fundamental: liderar la lucha contra la decadencia histórica a que se dirige la humanidad (Sobre el papa, 1819).

  2. #2
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    Re: Joseph de Maistre ( Wikipedia )

    En el bicentenario de la muerte de Joseph de Maistre (1821-2021)
    Roberto de Mattei
    24 de febrero de 2021



    Este 26 de febrero de 2021 se cumplen doscientos años del fallecimiento del conde Joseph de Maistre (1753-1821), uno de los grandes maestros del pensamiento contrarrevolucionario del siglo XIX.

    Joesph-Marie de Maistre nació en Chambéry (Saboya) el 1º de abril de 1753. Primogénito de diez hermanos, pertenecía a una familia de fieles servidores de la dinastía saboyana, y sucedió a su padre François-Xavier como magistrado y senador del reino de Cerdeña. Estudió jurisprudencia en Turín, y finalizó sus estudios en 1772, dedicándose en su ciudad natal a la profesión de magistrado. La invasión napoleónica en 1796 dio lugar a un periodo de desventura y exilio para la dinastía saboyana que duró hasta que en 1802 el rey Víctor Manuel I lo envió a San Petersburgo como ministro plenipotenciario ante la corte del zar Alejandro I.

    La observación del Alphonse de Lamartine de que «sería imposible encontrarse con el conde Joseph de Maistre sin imaginar que se pasaba ante alguien grande» se entiende bien si se echa una ojeada a los despachos enviados por el representante del rey de Cerdeña a la corte del zar envió a su soberano (cf. Joseph de Maistre, Napoleone, la Russia, l’Europa, Donzelli, Roma 1994). Los despachos enviados desde San Petersburgo nos permiten seguir etapa a etapa las incursiones de Napoleón en una partida en la que, decía, «está en juego el mundo». Más que despachos, se trata de extensas relaciones ricas de observaciones eruditas y profundos aforismos que no entendía Víctor Manuel, hombre honrado pero de inteligencia mediocre, que a través de su principal dignatario hizo llegar a su ministro en San Petersburgo el siguiente mensaje: «Por el amor de Dios, díganle al conde De Maistre que mande despachos en vez de disertaciones».

    En los catorce largos años que permaneció en Rusia, el gran pensador redactó obras fundamentales como las Veladas de San Petersburgo y Essai sur le principe générateur des constitutions politiques, polémico tratado contra las ideologías revolucionarias que despreciando las enseñanzas de la historia y de la experiencia pretendían elaborar un modelo puramente abstracto de las instituciones sociales y políticas. En dicho libro, relanzado hace unos días en italiano por la editorial Fiducia, Maistre nos recuerda que la soberanía es un sello distintivo natural y necesario de la sociedad humana. La soberanía constituye la sociedad, porque una sociedad no puede subsistir sin autoridad, poder y leyes. Una sociedad despojada de su soberanía está destinada a descomponerse y morir como un cuerpo separado del alma.

    Tras la caída de Napoleón, Víctor Manuel I no pensó en él para representarlo en el Congreso de Viena que se inauguró en 1814. Los resultados del histórico congreso decepcionaron a De Maistre, para el cual una restauración puramente exterior no podría resistir por mucho tiempo la influencia revolucionaria. «La contrarrevolución –afirmó lapidariamente– no será una revolución de signo contrario, sino lo contrario de la Revolución».

    El 27 de marzo de 1817, De Maistre abandonó definitivamente Rusia, que había llegado a ser su segunda patria, y regresó a Turín, donde fue recibido con tardíos honores; entre ellos, fue nombrado regente de la Cancillería del Reino de Cerdeña. Hasta su muerte fue un ardoroso miembro de las Amistades Católicas del P. Bruno Lanteri, asociación católica antiiluminista que tenía ramificaciones en Francia, Austria y el Piamonte. «Nuestro objetivo –escribía en diciembre de 1817 al conde Friedrich Stolberg, que había abjurado del protestantismo– es precisamente hacer contrapeso a la funesta propaganda del siglo pasado. Estamos plenamente seguros de que no fallaremos si hacemos en pro del bien lo mismo que ha hecho dicha propaganda con tan deplorable éxito».

    Una de las sombras que envuelven la figura de De Maistre es su participación juvenil en la Masonería. En 1774 ingresó en la logia de rito inglés Troi Mortieres, y en 1778 se pasó a la de rito escocés rectificado Parfaite Sincérité. Acabada la Revolución Francesa, y sobre todo después de su llegada a Rusia en 1803, abandonó la Masonería, si bien pareció establecer una distinción entre los iluminados, que conspiraban contra el trono y el altar, y una suerte de masonería espiritual partidaria de la religión y la monarquía. Pero es preciso rechazar sin ambigüedades esa distinción. Las condenas pontificias abarcan toda expresión masónica, no sólo algunos sectores, como recalca la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en su documento del 26 de noviembre de 1983, que establece que «no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia».

    Los más rigurosos estudiosos del pensador saboyano, como Marc Froidefont (Théologie de Joseph de Maistre, Garnier, París 2010) han desmontado no obstante los intentos por parte de algunos ambientes esotéricos de apoderarse de un escritor auténticamente católico como Joseph de Maistre. Junto con Luis Gabriel de Bonald (1754-1840), Juan Donoso Cortés (1809-1853), Ludwig Haller (1768-1854) y muchos otros, De Maistre se cuenta entre aquellos autores que dieron la cara para denunciar valerosamente y con claridad las nefastas consecuencias de la Revolución Francesa. Monseñor Henri Delassus (1836-1921), cuya obra sintetiza el pensamiento de la contrarrevolución católica del siglo XIX, dice que De Maistre lo supo ver (La conjuración anticristiana, Desclée de Brower, Lila 1910, p.42), y lo califica de profeta de los tiempos actuales (L’américanisme et la conjuration antichrétienne, Lila 1899, p. 235), y lo señala como uno de sus principales puntos de referencia.

    Joseph de Maistre siempre estuvo íntimamente ligado a Saboya, como su paisano San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Annecy. En el aspecto espiritual, pertenecía a una escuela que se originaba en San Francisco de Sales y que tras el injerto ignaciano de las Amistades Católicas culminó en San Juan Bosco (1815-1888), fundador de los Salesianos. En su Historia de Italia, Don Bosco dedica todo un capítulo a Joseph de Maistre, y estuvo muy vinculado a su familia. El conde Rodolfo de Maistre, hijo de Joseph, alojó a Don Bosco en su palacio, situado en el Quirinal, durante su primera estancia en Roma del 21 de febrero al 16 de abril de 1958. Los hijos de Rodolfo –Francesco, Carlo y Eugenio– trataron a Don Bosco con la misma dedicación y amistad. Cuando falleció Don Bosco, el conde Carlo de Maistre escribió al beato padre Michele Rua (1837-1910), que sucedió al fundador en la dirección de la orden salesiana: «La amistad de aquel santo varón era un valiosísimo tesoro que todos los de la casa disfrutábamos enormemente. En medio de las pruebas que la Divina Providencia disponía para nosotros, una palabra o una frase de Don Bosco infundía siempre mucho consuelo a nuestros atribulados corazones».

    El conde Joseph de Maistre murió en Turín el 26 de febrero de 1821 y fue sepultado en la iglesia de los Santos Mártires, de aquellos padres jesuitas a los que, sobre todo en Rusia, siempre había defendido a capa y espada. A su vez, San Juan Bosco reposa en la iglesia de María Auxiliadora, a pocos centenares de metros en línea recta del lugar donde el conde saboyano espera la resurrección eterna. En las paredes de la primera capilla del lado del Evangelio de la mencionada iglesia se encuentra la lápida sepulcral de Joseph de Maistre, todavía objeto de visita para quienes veneran su memoria.



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    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: Joseph de Maistre ( Wikipedia )

    .
    Última edición por ReynoDeGranada; 06/09/2021 a las 13:00 Razón: Repetido
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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  4. #4
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    Re: Joseph de Maistre ( Wikipedia )

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    De Maistre y la Inquisición Española

    Emilio Urdapilleta 02/09/2021

    El Conde Joseph Marie de Maistre (1753-1821) nació en Chambéry, entonces parte del Reino de Saboya y Cerdeña. Aunque su lengua franca literaria fue el francés y poseía un gran respeto hacia la historia del Reino de Francia, siempre se consideró como súbdito del Rey de Cerdeña. De hecho, hasta el último día de su vida sirvió a dicho monarca, especialmente en su rol de Embajador en Rusia.

    De Maistre siempre fue una especie de «enfant terrible», imposible de alinearlo dentro de una corriente filosófica particular. En todo caso, podríamos decir que es el «Padre de los Contrarrevolucionarios» en Europa, pero con un pensamiento original que se distancia mucho de lo que posteriormente fue la línea de dicho movimiento, más hecho a la tijera del pensamiento anglosajón antes que un tradicionalismo propiamente dicho.

    De esta manera, mucha más influencia política han tenido pensadores de medio pelo como Edmund Burke (1729-1797), quien en sus «Reflexiones sobre la Revolución Francesa» criticó los excesos de dicho estallido social, poniéndose en un pretendido rol de «supremacía moral» que no es tal, pues no más de 100 años atrás Inglaterra también entró en la fase final de su larguísima revolución iniciada en tiempos de Enrique VIII (1491-1547), con expolio y expropiaciones a la Iglesia Católica que duraron casi dos siglos, pasando por un par de regicidios, el de María Estuardo (1542-1587) la legítima reina asesinada por la usurpadora Elisabeth I (1533-1603) y el de Carlos I (1600-1649), decapitado a su vez por el tirano «Lord Protector» Oliver Cromwell (1599-1658) y sus «sans culotte parlamentarios» al decir de Thomas Carlyle, quienes instauraron un verdadero «Reinado del Terror» en las islas británicas, con genocidio de millones de católicos anglo-irlandeses incluido. El proceso revolucionario de Inglaterra concluiría en 1688-1689 con la denominada «Revolución Gloriosa» (según la historiografía «Whig» anglo-liberal), que consistió nada más y nada menos que en la invasión del Ejército de Holanda a las Islas Británicas para instalar a un monarca protestante puesto que el legítimo Rey Jacobo II (1633-1701), quien terminó siendo derrocado por tropas foráneas, era católico y había garantizado que sus herederos también lo serían.

    Es decir, Burke critica a Francia pero no mira las tropelías, vejaciones y masacres llevadas a cabo por sus propios partidarios en Inglaterra. Porque para Edmund Burke, lo importante era «preservar el orden heredado», sin importar si este orden fuera válido o legítimo, sin que importe el sentido de justicia y de verdad. Es un mero pragmatismo liberal-conservador en el que la Secta Anglicana tiene el mismo valor que la Iglesia Católica, en el que las instituciones son solo un refugio para mantener privilegios de la nueva casta de usurpadores que asumieron el poder en el país y que alcanzaban su apogeo después de 1688-1689. Burke, en el fondo, representa al Anglicanismo en su faceta más hipócrita y descarada: haz lo que yo digo, no lo que yo hago, vendiendo pescado podrido a diestra y siniestra. Porque en el fondo, lo que importa en el «conservadurismo a-la-whig» es simplemente «preservar» al orden existente para que los usurpadores de antaño no sean castigados por sus fechorías. Así, con Edmund Burke se cumple perfectamente el axioma: «el conservador no es sino un liberal con límite de velocidad».

    Dentro del linaje ideológico abierto por Burke, tenemos a personajes que son presentados como luminarias del pensamiento conservador y que por supuesto, «conservan» todos los errores del liberalismo anglo. Los más famosos en la actualidad son Roger Scruton, Russell Kirk o William F. Buckley. Para todos ellos, el catolicismo queda reducido al ámbito privado, como si fuera un accesorio más en la vida de las personas, una especie de «club social» y «carnet de identidad» más que el centro de sus vidas. De hecho, Scruton, a pesar de su anglo-catolicismo, jamás abandonó a la Secta Anglicana. Así como ninguno de ellos se ha puesto a criticar la inmoralidad del pensamiento anglo de los siglos XVI al XVII, que fueron el alimento de las sangrientas revoluciones a ambos lados del Canal de la Mancha. Todo lo contrario: Scruton llega al punto de querer hacer un pastiche ideológico entre la denominada «Escuela Austríaca» de economía con los tory y «whig clásicos» de su país, poniendo a un personaje tan repulsivo como corto de luces, David Hume (1711-1776), en el mismo equipo que Friedrich von Hayek (1899-1992). En ese sentido, Scruton tiene razón: ambos están en el mismo equipo liberal y enemigo de todo lo que representa la Iglesia Católica, pero la trampa del recientemente fallecido inglés está en que los presenta como la «síntesis conservadora» en un hegelianismo macabro. Para estos personajes, la «historiografía whig» es vista como una «vaca sagrada» mientras que todo lo que venga de España, el primer Imperio Moderno y el más civilizador de todos, es reducido a la nefasta «leyenda negra» cuya principal caricatura es la «Inquisición Española». De hecho, en el imaginario colectivo inglés «The Spanish Inquisition» es visto como algo en parte chistoso y en parte mortífero, lo que se refleja perfectamente con los talentosos comediantes «Monty Python».

    Los comediantes ingleses Monty Python en uno de sus más famosos actos: "Nobody Expects the Spanish Inquisition" (Nadie Espera a la Inquisición Española). Es la perfecta representación de cómo los ingleses ven al Tribunal del Santo Oficio: algo cómico y mortífero. [Imagen: BBC de Londres/Getty].
    Los comediantes ingleses Monty Python en uno de sus más famosos actos: «Nobody Expects the Spanish Inquisition» (Nadie Espera a la Inquisición Española). Es la perfecta representación de cómo los ingleses ven al Tribunal del Santo Oficio: algo cómico y mortífero. [Imagen: BBC de Londres/Getty].
    Hacemos toda esta digresión para volver a hablar del Conde de Maistre. Porque este caballero saboyano, aunque suele ser presentado «en el equipo» de los conservadores cortados según la tijera anglo, en realidad está muy lejos de ese absurdo de aceptar «liberalismo camuflado». Joseph Marie tenía ciertos conceptos absolutamente diferentes a las ideas que llamaríamos «Burkeanas»: era principalmente y por encima de todo, un católico ultramontano que estaba a favor de restaurar el Antiguo Régimen (y nos referimos al verdadero, no al absolutismo monárquico de cuño protestante). No debe extrañarnos, pues, que tanto los «conservadores anglo» como los sede-vacantistas y sede-privacionistas de la era posmoderna lo miren con malos ojos.

    Finalmente, no debemos olvidar que en su juventud, De Maistre estuvo a favor de muchas de las reivindicaciones realizadas por los filósofos de la ilustración. Él mismo, en varias de sus cartas, lo admite arrepentido. ¿Por lo demás, quién en ese entonces no quería formar parte del «Club de los Ilustrados»? Incluso integró hasta 1793 una sociedad teosófica cuasi-masónica de tipo «martinista» (sus biógrafos no se ponen de acuerdo en el verdadero carácter de dicha agrupación) que buscaba crear un nuevo misticismo cristiano para Europa. Posteriormente, De Maistre repudiaría a ese tipo de organizaciones como una especie de «delirio de juventud» y abjuraría de todas ellas ante su hermano, el Obispo Electo de Aosta R. P. André Marie De Maistre (1757-1818). Sin embargo, el Conde Saboyano seguiría hasta el final de sus vidas leyendo y adquiriendo libros sobre teosofía y ocultismo… ¡Supongo que para combatir al enemigo hay que conocerlo muy bien!

    En fin, Joseph de Maistre es lectura obligada para todo contra-revolucionario que se precie de serlo. Desde su acendrada crítica «Contra Rousseau» hasta su obra póstuma «Examen a la Filosofía de Francis Bacon», hace pedazos a los edificios anglo-franceses del mundo posmoderno. De hecho, el Conde no oculta su desprecio a casi todo lo que haya salido de Britania tras el advenimiento de Enrique VIII. Sus libros más populares son «Consideraciones sobre la Revolución Francesa», «Principios Generadores de las Constituciones Políticas», «Veladas de San Petersburgo» y especialmente, «El Papa», obra en la que fue uno de los primeros autores seglares en proponer la absoluta infalibilidad papal, doctrina que ya existía desde que se estableció la Iglesia Católica, pero que fue proclamada oficialmente como dogma en 1870. ¡Ah, se retuercen al leer esto los sede-privacionistas, sede-vacantistas y demás lobos vestidos de cordero que habitan el mundo!

    Y una de las obras menos conocidas pero más fundamentales para comprender bien el pensamiento de Joseph de Maistre son sus «Cartas a un Caballero Ruso sobre la Inquisición Española».

    Mucho antes de que hayan existido «españolistas» venidos de los distintos continentes del mundo para «reivindicar» al grandioso y magnánimo Imperio Español ahogado en la «leyenda negra» que fagocitó sus entrañas, desde su función como Embajador de Cerdeña en Rusia, el Conde de Maistre realizó una de las más contundentes apologías en favor de la tan mancillada institución conocida como «Inquisición Española» y cuyo nombre oficial era Tribunal del Santo Oficio.

    La tesis general del Conde de Maistre se resume en sus seis cartas, cada una de ellas trata sobre un punto en específico sobre la Inquisición Española.

    Nos explica al comenzar que contrariamente a lo que el vulgo cree (o se le hizo creer por medio de la propaganda y la «leyenda negra»), el Tribunal del Santo Oficio no era «eclesiástico» sino que se hallaba dentro de la jurisdicción del Rey. Es bien sabido que la Iglesia Católica se opuso siempre y se opone a cualquier intento de quitar la vida a otra persona, pero la sociedad muchas veces requiere, en casos extraordinarios, que se tomen medidas graves para preservar el orden y la seguridad del Reino. Así, la «Inquisición» nada tenía que ver en sí misma con la Iglesia Católica, aunque participaban en ella algunos sacerdotes pero este punto lo explicaremos más adelante. La «Pena de Muerte» es algo tan antiguo como la misma historia y nos dice el Conde de Maistre que no existió país en el mundo que no la haya utilizado alguna vez, sin embargo, a la Inquisición Española se le echa encima toda la crítica por haber ejecutado, con el mayor escrúpulo imaginable, algunas «sentencias capitales». ¿Qué clase de Tribunal, en el siglo XV, sería entonces? Se pide a la Inquisición algo que ningún solo tribunal en toda la historia (hasta ese entonces, señalemos que De Maistre escribe esto en 1815) ha sabido hacer: abolir las ejecuciones que llegan a segar las vidas de otros seres humanos. Con todo eso, nos dice el Conde que nunca ha existido una nación más noble y justa en la historia que España, que ha querido que su Inquisición esté conformada por los hombres más ilustres y sensatos del país, tanto civiles como eclesiásticos, y que estos siempre han tomado las mejores y más sabias decisiones dadas las circunstancias. No olvidemos que De Maistre, amante de las tradiciones y la historia, era súbdito del Reino de Cerdeña, que tenía una profunda vinculación histórica con España. Podríamos hasta considerar a ese territorio como un miembro más de la «Hispanidad».

    No debe olvidarse jamás, dice el Conde, que la Inquisición Española surgió en un momento trascendental en la historia de la humanidad: cuando España se liberaba, luego de casi ocho siglos, de la dominación musulmana. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, por obvias razones de seguridad interna así como motivos religiosos, necesitaron de este instrumento para poder asentar su poder tras la larga contienda que mantuvieron contra los mahometanos, quienes fueron derrotados definitivamente en 1492. En los territorios reconquistados, quedaron cientos de miles de infieles, sean estos moros o judíos. Es sabido que la judería se había ganado el resentimiento de la población cristiana por la usura y otras actividades que realizaban en conjunto con los musulmanes. Así, la Inquisición se encargó de acabar con los «últimos focos» de peligro que pudieran venir de estas poblaciones conquistadas. Se hizo de manera muy sencilla: conviértanse a la religión verdadera o salgan de España. Los que rehusaban aceptar a Jesucristo, eran expulsados en plazos perentorios y sus bienes quedaban en manos del Santo Oficio… ¡C’etait la guerre!

    Y de todas maneras, nos señala el Conde Saboyano que la Inquisición, tras esa primera fase que fue ciertamente la más sangrienta, permaneció como un Tribunal exclusivamente dedicado a inspeccionar a los Católicos. No faltaban quienes, diciéndose conversos, seguían judaizando o mahometizando. Esto sin contar a la gran herejía moderna llamada protestantismo, que empezaba a surgir con fuerza en la actual Alemania. Con un razonamiento difícil de refutar, De Maistre nos dice que gracias a la Inquisición Española, el país se libró de casi 200 años de guerras religiosas que devastaron Europa Central y gran parte de las demás naciones del viejo continente gracias al delirio y el orgullo de Martín Lutero y sus secuaces.

    Pero volviendo al asunto de los sacerdotes y la Inquisición. ¿Qué hacían ellos allí? ¿Acaso la Iglesia Católica no prohíbe que cualquiera de sus miembros cause la muerte a otro ser humano, y más aun a un sacerdote? En efecto, esto es cierto y el Conde lo confirma de muchas maneras. Pero más importante es la explicación que nos da sobre la participación del elemento sacerdotal en la Inquisición Española: estaban allí para velar por la vida y los intereses de los acusados. Los prelados actuaban en el Santo Oficio como la garantía para que aquellos que estaban siendo juzgados, lo sean con la mayor piedad, misericordia y justicia, siempre y cuando los imputados confiesen sus fallos y pidan perdón. La suavidad y caridad de la Inquisición era tanta que muchas veces, reos de crímenes comunes preferían «proferir algunas herejías» antes de ser capturados para que sean enviados al Tribunal del Santo Oficio, donde con rezar un Padrenuestro, un Avemaría, recitar un Auto de Fe y pedir perdón de corazón, eran liberados de culpa y pena, con absolución y todo. Desde luego, con los reos relapsos y los herejes pertinaces, la Inquisición tomaba medidas más severas y en esos casos, los Sacerdotes ya nada tenían que hacer más que orar por el alma del impenitente, que muchas veces era sentenciado a confiscación de bienes, exilio o la misma muerte.

    Con todo eso, el Conde de Maistre nos dice lo mismo que muchos historiadores de nuestros tiempos respecto al número de condenas a muerte de la Inquisición Española: muchas menas de las que llevaron a cabo en pocos años los demás países. Escribe en su cuarta carta:

    «Después de los horrores que hemos visto en Europa, ¡con qué cara se atreve a culpar a España de una institución que los habría advertido a todos! El Santo Oficio, con unos sesenta juicios en un siglo, nos habría ahorrado el espectáculo de un montón de cadáveres que sobrepasaría la altura de los Alpes, y detendría el curso del Rin y el Po. Pero de todos los europeos, el francés sería sin duda el crítico más insoportable de la Inquisición, después de los males que causó o provocó en el mundo, después de los males aún más terribles que sufrió en él mismo. Sería imperdonable que se le ocurriera bromear con España sobre las sabias instituciones que la han preservado. Hagamos justicia a esta ilustre nación. Es una de las pocas que, en el continente europeo, no tuvo complicidad alguna en la revolución francesa».

    Las últimas dos misivas del Conde están dedicadas a las mentiras propagandísticas de los países protestantes, encabezados por Inglaterra, la «Pérfida Albión» que como siempre, gracias a su poderosa maquinaria de publicar mentiras que se hacen pasar por hechos históricos, han creado alrededor del mundo una imagen escandalosa sobre lo que fue en verdad la Inquisición Española. Pero De Maistre no deja títere con cabeza:

    “Cristo sería muy vilipendiado en Londres… Si a algún hombre exagerado se le ocurriera sostener que la espantosa profecía se ha cumplido y que la aceptación de la repugnante dedicatoria llevada adelante por la legislatura inglesa, y sobre todo por parte del cuerpo episcopal, es una expresa renuncia nacional a la fe cristiana, sin duda estaría equivocado, y sin embargo, me gustaría saber qué le respondería un inglés de buena fe… Esta digresión me ha parecido de la mayor importancia para mostrarle que la nación inglesa no tiene derecho alguno, y menos que cualquier otra, a reprochar a los españoles por su “detestable Inquisición”, ya que esta institución les sirvió para protegerse de los crímenes detestables cometidos en Inglaterra durante dos siglos, de las calamidades detestables que les siguieron y del aniquilamiento aún más detestable del cristianismo, que ahora sólo existe de nombre en este gran país. Si la elegí por sobre otro, es porque incuestionablemente ocupa el primer lugar entre todos los países protestantes, y que teniendo más medios que tienen para retener la fe, porque ha retenido la jerarquía y varias formas útiles, ha llegado sin embargo a convertirse en cualquier cosa, en “un perfecto indiferentismo” que no hay necesidad de que sea probado. Y si comparamos inclusive con España, con otros países católicos, con Francia, por ejemplo, o con la Alemania ortodoxa, encontraremos que (los españoles) hicieron perfectamente bien al levantar una fuerte barrera contra los innovadores de cualquier especie… Para finalizar mi profesión de fe, Sr. Conde, no terminaré estas cartas sin declarar expresamente que, siendo enemigo mortal de las exageraciones de todo tipo, estoy muy lejos de debilitar mi causa negándome a ceder en algo. Quería demostrar que la Inquisición es en sí misma una institución saludable, que ha rendido los servicios más importantes para España, y que ha sido ridícula y vergonzosamente calumniada por el fanatismo sectario y filosófico».

    Esa crítica del Conde de Maistre podría perfectamente ser dedicada a los «conservadores anglo» que citamos al inicio de este breve artículo… Pues «preservar» la jerarquía y las formas útiles pero sin buscar la verdad fundamental que está en el Divino Magisterio de Roma, solo logra que las naciones lentamente caigan en el relativismo moral, la indiferencia total y en la gradual conversión del cristianismo en un objeto de museo o a lo sumo, un club privado de amigos. De Maistre no está en el mismo «barco» que anglicanos de medias tintas como Burke y Scruton.

    Podríamos extraer muchas más cosas, pero preferimos concluir diciendo que De Maistre está mucho más allá, como hemos visto, de un simple «conservadurismo». Entiende que solo una institución como la Inquisición Española podía preservar a una gran nación de tantos males como los que se desataron en Europa. Desde luego, él no propone que todos los países tengan algo similar, pues cada pueblo tiene los gobernantes y las instituciones que merece, parafraseándole. Simplemente, nos muestra que todo aquello que se realiza bajo la tutela de la Iglesia Católica (sin que el Santo Oficio haya sido un tribunal eclesial sino civil) siempre producirá resultados más fructíferos, más bellos y duraderos a largo plazo. Los 200 años de hegemonía española a nivel mundial desde 1492 coinciden con la era más espléndida de la Inquisición. Y cuando esta institución empezó a ser cuestionada por los absolutistas borbónicos, España también entró en decadencia. ¿Ya lo ha pensado así el ilustre lector? Le dejamos con esa pregunta.

    https://elparlante.com.py/historia-u...cion-espanola/
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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