(No confundir con su nieto, farandulero progre del mismo nombre, inicialmente falangista y finalmente antifranquista confeso, fallecido en 2002).
ADOLFO MARSILLACH, UN PATRIOTA OLVIDADO
Mientras el Ejército va reconquistando palmo a palmo la tierra española para recoser los pedazos a que la había reducido la traición, acude con frecuencia a nuestro recuerdo la evocación de un hombre heroico que consagró, toda su vida a velar, con el celo de un inquisidor mayor, por la amenazada -y al fin, maltratada—unidad de la Patria. Hemos nombrado, con trémolos de emoción en el rasguear de la pluma, a aquel periodista batallador y valeroso que se llamó Adolfo Marsillach.
Cuarenta años de lucha contra el separatismo, matriz paridora de todos los males, sólo le produjeron estrecheces y sinsabores, mientras sus enemigos, que lo eran por serlo de España, se encaramaban a todas las cimas del Poder y gustaban el placer morboso de deshacer una nación forjada con dolor y esfuerzo por la Geografía y la Historia, en muchos siglos de comunes afanes. No se doblegó nunca, no claudicó jamás. Vivió de lo que le rendía modestamente su pluma y cubría el déficit crónico de su presupuesto arrancando cada mes un pedazo al pequeño patrimonio heredado. Por eso murió en la pobreza, viejo y enfermo, casi olvidado de todos, con el dolor de ver que su labor de tantos años, su obra infatigable de defensor de la unidad española, no había servido para nada ante la obcecación suicida de un pueblo que no sabía reaccionar contra sus enemigos, y que parecía empeñado en labrarse su propia ruina.
No hubo pluma más constante que la suya para anunciar la catástrofe a que nos llevaba el separatismo, ni voz más sincera para desenmascarar a los que llamándose suavemente regionalistas, lo que alentaban en realidad eran propósitos secesionistas. Más que a los partidos extremos del catalanismo, más que a los anarquistas, temía y reputaba como enemigos de España a los hombres de la Lliga.
—Son peores que Maciá—me decía cada vez qué hablábamos de los jefes de este partido de historia siniestra.
En alguna ocasión estas gentes intentaron sobornarle, hacerle abandonar aquella especie de monomaniaco delirio españolista que resultaba tan inoportuno. Imposible. La voz de Adolfo Marsillach tronaba infatigablemente contra los traidores, denunciando mil veces ante la adormecida opinión española el gran crimen que se estaba fraguando.
Se organizo entonces la persecución sin tregua de este hombre bueno, honrado e indulgente que era para todos Adolfo Marsillach, acorralándolo como si se tratase de una alimaña. Se le cerraron las páginas de todos los periódicos de Cataluña, se le impidió el acceso a todo cargo público, y hasta su hijo, periodista brillante y expertísimo, alcanzado también por la persecución, se vio forzado a ocultar su primer apellido para que los periódicos catalanes admitiesen sus trabajos.
Un periódico catalanista escribió cierta vez: "Contra Marsillach, todos los catalanistas, lo mismo los de izquierda que los de derecha, nos hallamos unidos."
Y era verdad. Todo el catalanismo, que era, aunque ahora se quiera hacer creer otra cosa, la mayoría de Cataluña, lo odiaba por el único delito de defender a España, porque era un patriota insobornable que no se cansaba de denunciar traiciones y, sobre todo, porque cometía la enorme audacia de declarar que, entre una España empobrecida y triste, y una Cataluña traidora, él, catalán, optaba por la primera.
¡Pobre Marsillach! Murió, cuando ya parecía perdida toda esperanza de recobrar la España que él amaba y servía; cuando el separatismo de todos los matices, orgulloso de su triunfo, se creía invencible, y ya no sólo en Cataluña, sino en todo el ancho campo nacional era delito dar un viva a España.
Días antes de morir, cuando el cáncer que le llevó al sepulcro roía su pobre vida, aún me contaba con lágrimas en los ojos que no había perdido por completo la confianza en España.
—Todo esto—me decía—no es sino una pesadilla horrible que pronto ha de pasar. Yo no puedo creer que España haya llegado al grado de envilecimiento que habría que suponerle si frente a todas estas desventuras no tuviese una reacción.
¡Qué gozo sería el suyo si pudiese al par nuestro gustar del espectáculo glorioso de esta España alzada contra sus enemigos en heroica cruzada de reconquista nacional! Su fe, Dios lo quiso, no era vana.
—A. MARTÍNEZ TOMAS
ABC 6-Abril-1937
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