Siento no estar de acuerdo con las ditirámbicas críticas que empezaron a poner por las nubes a Avatar. Tampoco puedo negar que James Cameron ha sabido resolver un problema que las superproducciones contemporáneas tenían pendiente resolver, esto es: la verosimilitud del cuerpo digital, conseguir que el espectador estableciera los mismos vínculos emocionales que con un cuerpo humano.

Cameron tenía el precedente del Gollum, es cierto. Pero en Avatar el problema es más complejo y está más presente en la pantalla. La idea central que sustenta la película la del avatar, ser que resulta de la conexión con la mente de un humano y de la mezcla de su código genético con el de los alienígenas Na'vi es una excelente metáfora del secreto de su éxito: haber sabido conservar los rasgos humanos en los rasgos extraterrestres, haber utilizado la tecnología para darle una segunda vida al cuerpo humano y proyectarlo hacia el paraíso.

Hablemos del paraíso, porque así ha concebido Cameron el planeta Pandora, como un Edén galáctico. Superada la primera impresión, en la que es inevitable pensar que Avatar abre camino para el futuro del cine, con su exuberancia formal y su experiencia inmersita, el diseño de la película se hunde en lo hortera y lo cursi. Qué colores fosforescentes!!! Qué ángeles-medusa!!!

Cameron ha escrito Avatar con los libros sobre la tarea del héroe de Joseph Campbell en una mano y Un hombre llamado caballo en la otra. La evocación del western liberal de los setenta nos informa de que el otrora cineasta militarista quiere que le concedan el Premio Nobel de la Paz, apoyando la pureza de la vida nativa y el deseo de conservación del entorno natural. No deja de ser curioso que una película tan ecológica, tan políticamente correcta, sea la más tecnófila de la historia.

Personalmente prefiero a un Cameron que el éxito de Titanic ha borrado de la faz de la tierra. El Cameron de Aliens, Terminator, Mentiras arriesgadas y, sobre todo, de la extraordinaria Terminator 2, ha sido apagado por el rey del mundo con ansias de impresionar sin olvidar lo importante del mensaje. Y lo que le ha salido es, más allá de lo vistoso del resultado, bastante patillero.