En nuestro país, como en todos los europeos, durante toda la Edad Media e incluso gran parte del Renacimiento y principio de la Moderna, la alquimia estuvo muy en boga y puede decirse que fue la forma en que se cultivó lo que ahora llamamos Química.
Importada de Oriente por árabes y hebreos, perseguía la quimera de alcanzar la riqueza, transmutando los metales en oro mediante la fantástica piedra filosofal, o conseguir la inmortalidad gracias a un no menos ilusorio elixir de larga vida. Iban tan egoístas ambiciones envueltas en un ropaje filosófico que mezclaba la química con un arcaico esoterismo hebreo, la cábala, basada en la magia simbólica de letras, números y astrología, lo que daba una curiosa algarabía, que no dejaba, sin embargo, de tener una relativa consistencia por un ingenioso entrelazamiento entre las aristotélicas virtudes de los cuerpos, las operaciones mágicas y las correspondencias astrológicas.
También en España a todas las figuras sobresalientes de esta época se les atribuyeron, con razón o sin ella, ribetes alquímicos y así han figurado como alquimistas Raimundo Lulio y Arnaldo de Vilanova, (aunque después se haya puesto en claro que la mayor parte de obras alquímicas que se les atribuyeron son apócrifas). Tuvo, sin embargo, España en la Edad Media verdaderos cultivadores de la alquimia, como el célebre Marqués de Villena, Luis de Centellas de Valencia, autor de unas célebres coplas sobre la piedra filosofal, el doctor Manresa de Murcia y Baltasar de Zamora, por no citar más que unos pocos.
De todas maneras, la historia detallada de la alquimia en España está todavía por escribir.
Que incluso muchos monarcas la cultivaron o estuvieron en relación con ella, está fuera de duda: En los de Aragón, Pedro IV, su hijo Juan I y el rey Martín. En Castilla, incluso a Alfonso X se le dio fama de alquimista, aunque el libro «El tesoro» que se había atribuido al rey Sabio se ha demostrado que es apócrifo. En este libro se dice que su autor cuando «de tierra de Egipto un sabio llegó», tuvo tratos con él, pues:
La Piedra que llaman philosofal
Sabia fazer e me la enseñó;
Fazimosla juntos, después solo yo,
Con que muchas vezes crescio mi caudal
Con estos precedentes nada es de extrañar que Felipe II, también «para hacer crecer su caudal», tuviese sus tratos con la alquimia. Hay que hacer notar que la alquimia en el siglo XVI no era ya lo que había sido en la Edad Media. Era una alquimia, más «ilustrada»; se había liberado en gran parte del ropaje filosófico-místico y pretendía ya, descaradamente, tan sólo la fabricación de metales nobles. O sea, que equivalía a una metalurgia fraudulenta del oro y la plata.
El que, incautamente, fuesen víctimas de las artimañas de los alquimistas, incluso mucha gente ilustrada, no debe extrañarnos pues nada se sabía entonces de las leyes fundamentales de la Química. La ley de la conservación de la materia estaba todavía por descubrir, aunque tras el descubrimiento de dicha ley, se ha visto que, en el fondo, los alquimistas tenían razón ya que la transmutación de los elementos es posible gracias a las modernas técnicas atómicas.
Felipe II, durante todo su reinado, vio las arcas del Estado muy mermadas: un mal que provenía ya de su padre, el emperador Carlos V, que lo sufrió, aunque en menor escala. Es verdad que la nación recaudaba cinco millones de escudos al año en tiempo de paz, pero las constantes guerras exigían enormes dispendios a los que se añadían los que representaban empresas tan magnas como la construcción del Escorial. Por esto tenía que acudirse continuamente a subsidios, incrementos de impuestos e incluso préstamos de particulares. Estos últimos eran los más gravosos, pues hicieron caer al rey prudente en manos de usureros, a los que no pudiéndoles pagar de otra manera se recompensaba con cesión de encomiendas, venta de oficios e incluso de hidalguías.
Las naves de oro y plata que, procedentes del Nuevo Mundo, llegaban a Sevilla, apenas bastaban para remediar el mal y sí sólo para acuciar a los prestamistas a reclamar las deudas.
No es que Felipe II, astuto y desconfiado por naturaleza, creyese en los alquimistas, pero tampoco descartaba la posibilidad de sanear con sus artilugios el tesoro del Estado. Por esto tuvo tratos con ellos, aunque siempre a través de intermediarios, que eran sus secretarios.
Francisco Rodríguez Marín, buen conocedor de aquellos tiempos, ha demostrado que por lo menos en dos ocasiones —1559 y 1567— el rey financió ensayos de alquimistas, cuyos resultados esperaba ansiosamente le comunicasen sus secretarios, que eran los que, a través de la red de espías que tenían extendida por toda Europa, se ponían en contacto con estos embaucadores, gente generalmente nómada que iba de un país a otro, huyendo de la persecución -consecuente al descubrimiento de sus supercherías.
En 1559 parece que las relaciones fueron con un tal Tiberio de Roa, de Malinas y otro tal Pedro Stenberg y, en 1567, Pedro de Hoyo, secretario de Felipe II, se puso en relación con un innominado «maestro», que tenía que realizar la transformación de metales corrientes en plata.
El citado Rodríguez Marín, infatigable escrutador de archivos, ha encontrado incluso los billetes originales en que Pedro de Hoyo daba cuenta al rey de los resultados de las experiencias, billetes que llevan anotaciones marginales del propio Felipe II. Claro está, las experiencias se iban prolongando sin ningún resultado, hasta que el maestro acababa por desaparecer... Lo más curioso del caso es que parece que el maestro que contrató Pedro de Hoyo no actuaba de mala fe, ...a no ser que fuese excesivamente buena la del secretario.
En realidad, a estos “alquimistas” hoy les llamaríamos simplemente falsificadores, pues lo que perseguían era dar aspecto de la plata a metales corrientes, plomo, cinc, estaño, generalmente aleándolos con mercurio y, así, parece que se llegaron a obtener metales blancos que resistían las pruebas mecánicas, aunque no la «del fuego», lo que era muy natural, pues al volatilizarse el mercurio se deshacía la amalgama. De todas maneras, no es de creer que Felipe II emplease grandes sumas en estos ensayos, ya que, siempre cauto, estaba a la espera de resultados positivos.
Dice Rodríguez Marín que no debe por esto cargarse sobre la fama de Felipe IIl la acusación de que intentaba acuñar moneda falsa. Hay que tener en cuenta que no se tenía entonces ninguna idea de lo que era la pureza química de los metales que se sometían tan sólo a pruebas físicas, y que el propio Estado era víctima del latrocinio de muchos que mermaban las monedas, simplemente cercenando sus bordes con un troquel para quitarles así un pequeño aro de oro o plata.
Por lo demás, el recurrir a remedios desesperados en casos de penuria estatal se ha dado incluso en épocas muy posteriores a las de Felipe II. El mismo Federico el Grande de Prusia acudió, con idéntico objeto, a los alquimistas, pues es bien sabido que tan mal de dinero andaba que ni a sus embajadores pagaba, de donde la frase: «Trabajar para el rey de Prusia».
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