Revista FUERZA NUEVA, nº 84, 17-Ago-1968
Paul Claudel y nuestra Cruzada
En el centenario del nacimiento de Paul Claudel (1868-1955), Barcelona ha rendido emocionado y significativo homenaje a la memoria del gran poeta francés, tan entrañablemente vinculado a España y muy singularmente a esta ciudad desde que en ella tuvo lugar el Congreso Eucarístico internacional (1952) y en cuyo certamen poético fue mantenedor, pronunciando un extraordinario discurso sobre el tema “Los escritores y la Eucaristía”.
-Por aquellos días- nos ha dicho Octavio Saltor- nos habíamos trasladado a París Juan Estelrich y yo, con el encargo de montar en la capital de Francia, buena atalaya mundial, la primera Oficina de Información de la España nacional, financiada por don Francisco Cambó, que, como es sabido, al iniciarse el Alzamiento había decidido considerar disuelta la antigua Lliga y aconsejado a sus componentes, es decir, a sus propios correligionarios, que se sumaran con fervor al Movimiento acaudillado por Franco y colaboraran lealmente con él, como única salida viable para la trágica situación a que España había llegado en 1936.
Nuestra tarea resultó mucho más difícil de lo que hubiéramos podido imaginarnos, porque, con enorme sorpresa, nos encontramos con cerradas incomprensiones por parte de sectores y personas a quienes teníamos derecho a suponer en la mejor disposición para entender cabalmente las razones supremas de nuestra Cruzada, entre cuyos objetivos fundamentales figuraba, obvio es decirlo, la defensa de los derechos y de la libertad de la Iglesia Católica, tan sañudamente perseguida aquí hasta entonces. Pero sorpresa mayor aun, y ciertamente sobremanera grata, fue la que recibimos al ver que, por su propio impulso, pues ni siquiera le conocíamos personalmente ni habíamos establecido relación directa ni indirecta con él, se ponía a nuestro lado nada menos que Paul Claudel, cuyos artículos en “Le Figaro” alcanzaron inmensa resonancia y nos ayudaron decisivamente a abrir camino a la verdad en aquel complicado París de 1936.
Pero hizo más, mucho más, Paul Claudel por la verdad y por España. Profundamente impresionado por la furia de la persecución y por la indomable entereza de sus innumerables víctimas, entre las cuales, como él mismo señaló certeramente, no se dio “ni una sola apostasía”, compuso su grandiosa oda a nuestros mártires, poema inmortal en que de nuevo brilla, juntamente con su alta inspiración religiosa, aquel amor, aquella predilección por los temas españoles, que le llevó a escribir obras como la dedicada a la exaltación del descubrimiento de América, o aquella otra titulada “El zapato de raso”, de análoga inspiración esencial, pocos años ha puesta en escena a todo honor en el gran teatro del Liceo.
Por todo ello, fue invitado a venir, como mantenedor del certamen poético, a nuestro inolvidable Congreso Eucarístico Internacional (1952), ocasión aprovechada para inaugurar y bendecir, en el claustro de la catedral, el altar dedicado a los mismos mártires a quienes él cantara con tan poderoso aliento. Paul Claudel fue entonces el primero en arrodillarse ante ese altar, donde ahora el doctor don José Sanabre Sanromá, archivero de la archidiócesis y autor del “Martirologio Diocesano”, ha celebrado una misa, como acto principal del homenaje rendido a la memoria del gran poeta francés, noble y generoso amigo de España.
Fernando VÁZQUEZ-PRADA
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