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Tema: El Drama del fin de los tiempos. (Revista Tradición Católica)

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    El Drama del fin de los tiempos. (Revista Tradición Católica)

    El drama del fin de los tiempos

    (I)

    P. Emmanuel

    Presentamos un texto capital del Padre Emmanuel, cura párroco de Mesnil-Saint-Loup (Francia): fue escrito hace ahora más de cien años, entre 1883 y 1885. Es inédito en el sentido de que apareció solamente en artículos sucesivos en el boletín parroquial de Mesnil, y no se los volvió a imprimir nunca más desde entonces, ni fueron recogidos en un volumen. Forman parte de un vasto estudio en tres partes : 1º La Santa Iglesia Católica; 2º La Iglesia en el mundo; 3º El drama del fin de los tiempos. Monseñor Marcel Lefebvre declaraba que estas páginas del Padre Emmanuel “entusiasman, se siente en ellas el soplo del Espíritu Santo”; y añade: “Algunas de ellas incluso son proféticas, cuando el Padre Emmanuel describe la Pasión de la Iglesia”: páginas escritas el mismo año “en que León XIII redactó su exorcismo por intercesión de San Miguel, que anuncia la iniquidad en la sede de Pedro. (...) El Reverendo Padre da precisiones sorprendentes sobre el indiferentismo religioso, que corresponde exactamente a la herejía ecuménica de nuestros días. ¿Qué habría dicho y escrito si hubiese vivido en nuestra época? Con sus escritos nos alienta a permanecer firmes en la fe de la Iglesia católica, y a rechazar los compromisos que menoscaban su liturgia, su doctrina y su moral”.Estas páginas proféticas son sobre todo las de la tercera sección, que es la que aquí publicamos.

    I. Unas palabras al lector



    I



    Hemos considerado a la Iglesia en el pasado y en el presente; nos falta contemplarla en el futuro.

    Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo único fuesen trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían sido los de su Hijo mismo; por eso, en ellas buscaremos los documentos de nuestro trabajo.

    La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión. Los detalles de esta Pasión, en la cual la Iglesia manifestará toda la inmensidad de su amor por su divino Esposo, son los que se encuentran consignados en los escritos inspirados del Antiguo Testamento y del Nuevo. Los haremos pasar ante los ojos de nuestros lectores.

    No tenemos intención de espantar a nadie, al abordar semejante tema. Diríamos más: nos parece desgranar, juntamente con las grandes enseñanzas, grandes consuelos.



    II



    Ciertamente es un espectáculo triste ver cómo la humanidad, seducida y enloquecida por el espíritu del mal, trata de ahogar y de aniquilar a la Iglesia, su madre y su tutora divinas. Pero de este espectáculo sale una luz que nos muestra toda la historia en su verdadera luz.

    El hombre se agita sobre la tierra; pero es conducido por fuerzas que no son de la tierra. En la superficie de la historia, el ojo capta trastornos de imperios, civilizaciones que se hacen y que se deshacen. Por debajo, la fe nos hace seguir el gran antagonismo entre Satán y Nuestro Señor; ella nos hace asistir a las astucias y a las violencias de que se vale el Espíritu inmundo, para entrar en la casa de la que Jesucristo lo expulsó. Al fin volverá a entrar en ella, y querrá eliminar de ella a Nuestro Señor. Entonces se rasgarán los velos, lo sobrenatural se manifestará por todas partes; no habrá ya política propiamente dicha, sino que se desarrollará un drama exclusivamente religioso, que abarcará a todo el universo.

    Podemos preguntarnos por qué los escritores sagrados han descrito tan minuciosamente las peripecias de este drama, cuando sólo ocupará algunos pocos años. Es que será la conclusión de toda la historia de la Iglesia y del género humano; es que hará resaltar, con un brillo supremo, el carácter divino de la Iglesia.

    Por otra parte, todas estas profecías tienen el fin incontestable de fortalecer el alma de los fieles creyentes en los días de la gran prueba. Todas las sacudidas, todos los miedos, todas las seducciones que entonces los asaltarán, puesto que han sido predichos con tanta exactitud, formarán entonces otros tantos argumentos en favor de la fe combatida y proscrita. La fe se afianzará en ellos, precisamente por medio de lo que debería destruirla.

    Pero nosotros mismos tenemos que sacar abundantes frutos de la consideración de estos acontecimientos extraños y temibles. Después de haber hablado de ellos, Nuestro Señor dijo a sus discípulos: “Velad, pues, orando en todo tiempo, a fin de merecer el evitar todos estos males venideros, y manteneros en pie ante el Hijo del hombre” (Lc. 21 36).

    Así, pues, el anuncio de estos acontecimientos es un solemne aviso al mundo: “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt. 26 41).

    No sabéis cuándo sucederán estas cosas: velad y orad, para que no os tomen por sorpresa.

    Sabéis que desde ahora la seducción opera en las almas, que el misterio de iniquidad realiza su obra, que la fe es reputada como un oprobio (San Gregorio); velad y orad, para conservar la fe.

    Llegó la hora de la noche, la hora del poder de las tinieblas: velad para que vuestra lámpara no se apague, orad para que el torpor y el sueño no os venzan.

    Más bien levantad vuestras cabezas al cielo; porque la hora de la redención se acerca, porque las primeras luces del alba clarean ya las tinieblas de la noche (Lc. 21 28).



    III



    Después de haber hablado de las enseñanzas, digamos algunas palabras de los consuelos.

    Jamás se habrá visto al mal tan desencadenado; y al mismo tiempo más contenido en la mano de Dios.

    La Iglesia, como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los verdugos que la crucificarán en todos sus miembros; pero no se les permitirá romperle los huesos, que son los elegidos, como tampoco se les permitió romper los del Cordero Pascual extendido sobre la cruz.

    La prueba será limitada, abreviada, por causa de los elegidos; y los elegidos se salvarán; y los elegidos serán todos los verdaderos humildes.

    Finalmente, la prueba concluirá por un triunfo inaudito de la Iglesia, comparable a una resurrección.

    En esos tiempos, e incluso en los preludios de la crisis suprema, la Iglesia verá cómo se convierten los restos de las naciones. Pero su consuelo más vivo será el retorno de los Judíos.

    Los Judíos se convertirán, ya antes, ya durante el triunfo de la Iglesia; y San Pablo, que anuncia este gran acontecimiento, no puede aguantarse de alegría al contemplar sus consecuencias.

    Como se ve, podemos aplicar aquí a la Iglesia la palabra de los Salmos: “Según la multitud de las aflicciones que han llenado mi corazón, vuestras consolaciones, Señor, han alegrado mi alma” (Sal. 93 18).





    II. Los signos precursores



    I



    El tema del fin del mundo ha sido agitado desde el comienzo de la Iglesia. San Pablo había dado sobre este punto preciosas enseñanzas a los cristianos de Tesalónica; y como a pesar de sus instrucciones orales, los espíritus seguían inquietos por causa de predicciones y rumores sin fundamento, les dirige una carta muy grave para calmar esas inquietudes.

    “Os rogamos, hermanos, por lo que atañe al advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con El, que no os dejéis tan pronto impresionar, abandonando vuestro sentir, ni os alarméis, ni por visiones, ni por ciertos discursos, ni por cartas que se suponen enviadas por nosotros, como que sea inminente el día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera; porque antes ha de venir la apostasía, y se ha de manifestar el hombre del pecado, el hijo de la perdición... ¿No recordáis que, estando todavía con vosotros, os decía yo esto? Y ahora ya lo que le detiene, con el objeto de que no se manifieste sino a su tiempo. Porque el misterio de iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que lo detiene ahora desaparezca de en medio” (II Tes. 2 1-7).

    Así, el fin del mundo no llegará sin que antes se revele un hombre espantosamente malvado e impío, que San Pablo califica llamándolo el hombre del pecado, el hijo de la perdición. Y éste, a su vez, no se manifestará sino después de una apostasía general, y después de la desaparición de un obstáculo providencial sobre el que el Apóstol había instruido de viva voz a sus fieles.



    II



    ¿De qué apostasía quiere hablar San Pablo? No se trata de una defección parcial; porque dice, de manera absoluta, la apostasía. No se lo puede entender, por desgracia, sino de la apostasía en masa de las sociedades cristianas, que social y civilmente renegarán de su bautismo; de la defección de estas naciones que Jesucristo, según la enérgica expresión de San Pablo, había hecho con-corporales a su Iglesia (Ef. 3 6). Sólo esta apostasía hará posible la manifestación, y la dominación, del enemigo personal de Jesucristo, en una palabra, del Anticristo.

    Nuestro Señor dijo: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Lc. 18 8). El divino Maestro veía declinar la fe en el mundo llegado a su vejez. No es que los vientos del siglo puedan hacer vacilar esta llama inextinguible, sino que las sociedades, ebrias por el bienestar material, la rechazarán como importuna.

    Volviendo las espaldas a la fe, el mundo va camino de las tinieblas, y se convierte en juguete de las ilusiones de la mentira. Considera como luces a meteoritos engañosos. Sería capaz de considerar como las primeras luces del día los brillos rojos del incendio.

    Al renegar de Jesucristo, es preciso que caiga mal que le pese en las garras de Satán, a quien tan justamente se llama príncipe de las tinieblas. No puede permanecer neutro; no puede crearse una independencia. Su apostasía lo pone directamente bajo el poder del diablo y de sus satélites.

    El docto Estio, al estudiar el texto del Apóstol, dice que esta apostasía comenzó con Lutero y con Calvino. Es el punto de partida. Desde entonces ha recorrido un camino espantoso.

    Hoy esta apostasía tiende a consumarse. Toma el nombre de Revolución, que es la insurrección del hombre contra Dios y su Cristo. Tiene por fórmula el laicismo, que es la eliminación de Dios y de su Cristo.

    Así vemos a las sociedades secretas, investidas del poder público, encarnizarse en descristianizar Francia, quitándole uno por uno todos los elementos sobrenaturales de que la habían impregnado quince siglos de fe. Estos sectarios sólo persiguen un fin: sellar la apostasía definitiva, y preparar el camino al hombre del pecado.

    Los cristianos deben reaccionar, con todas las energías de que disponen, contra esta obra abominable; y para eso han de hacer entrar a Jesucristo en la vida privada y pública, en las costumbres y en las leyes, en la educación y en la instrucción. Por desgracia, hace ya tiempo que en todo eso Jesucristo no es lo que debería ser, a saber todo. Hace ya tiempo que reina una semi-apostasía. ¿Cómo, por ejemplo, después de que la instrucción ha sido paganizada, habríamos podido formar otra cosa que semi-cristianos?

    Al trabajar en el sentido directamente opuesto a la Francmasonería, los cristianos retrasarán el advenimiento del hombre del pecado; facilitarán a la Iglesia la paz y la independencia de que tiene necesidad, para captar y convertir al mundo que se abre ante Ella.

    Ahí se concentra toda la lucha de la hora presente: ¿dejaremos, sí o no, nosotros los bautizados, que se consume la apostasía que en un breve lapso de tiempo ha de permitir la manifestación del Anticristo?



    III



    El Apóstol habla, en términos enigmáticos para nosotros, de un obstáculo que se opone a la aparición del hombre de pecado: “Sólo falta que el que lo detiene ahora, dice, desaparezca de en medio”.

    Por este obstáculo que detiene, los más antiguos Padres griegos y latinos entendieron casi unánimemente el imperio romano. Por consiguiente, explican a San Pablo del siguiente modo: Mientras subsista el imperio romano, el Anticristo no aparecerá.

    Los intérpretes más recientes no se conforman con esta glosa; no admiten que la suerte de la Iglesia parezca ligada a la de un imperio; pero en vano buscan otra explicación que sea realmente satisfactoria.

    Confieso ingenuamente que el pensamiento de los antiguos intérpretes no me parece tan despreciable, mientras se la entienda con cierta amplitud.

    Observemos que San Pablo, al anunciar a los fieles una apostasía, cuando la conversión del mundo a penas estaba esbozada, debió darles una panorámica de todo el futuro de la Iglesia. Les había hecho saber que las naciones se convertirían, que se formarían sociedades cristianas, y luego que estas sociedades perderían la fe. Les mostró sin duda que el imperio romano sería transformado, que un poder cristiano remplazaría al poder pagano, y que la autoridad de los Césares pasaría a manos bautizadas que se servirían de él para extender el reino de Jesucristo. Y por eso pudo añadir: Mientras dure este estado de cosas, estad tranquilos, el Anticristo no aparecerá.

    Por lo tanto, el sentido del Apóstol, entendido ampliamente, sería el siguiente: Mientras la dominación del mundo permanezca entre las manos bautizadas de la raza latina, el enemigo de Jesucristo no se manifestará.

    Observemos, como corolario de esta interpretación, que los francmasones se oponen ante todo y sobre todo a la restauración del poder cristiano. Que un príncipe se anuncie como cristiano, se ponen en obra todos los medios para deshacerse de él. Es lo que no debe suceder a ningún precio 1 . Así, pues, el poder cristiano es lo que impediría a la secta alcanzar su objetivo.

    Por otra parte, las razas latinas están destinadas o a ejercer en el mundo una influencia católica, o a abdicar. Su misión es la de servir a la difusión del Evangelio; y su existencia política está ligada a esta misión. El día en que renunciasen a ella por la apostasía completa, serían aniquiladas; y el Anticristo, saliendo probablemente de Oriente, las aplastaría fácilmente con los pies 2 .

    También aquí les toca a los cristianos obrar sobre el espíritu público, obligar a los gobiernos a volver a adoptar las tradiciones cristianas, fuera de las cuales no hay más que decadencia para las naciones europeas y especialmente para nuestra pobre patria.





    III. El hombre de pecado



    I



    Entra dentro de lo posible, aunque la apostasía se encuentre muy avanzada, que los cristianos, por un esfuerzo generoso, hagan retroceder a los conductores de la descristianización a ultranza, y obtengan así para la Iglesia días de consuelo y de paz antes de la gran prueba. Este resultado lo esperamos, no de los hombres, sino de Dios; no tanto de los esfuerzos cuanto de las oraciones.

    En este orden de ideas, algunos autores piadosos esperan, después de la crisis presente, un triunfo de la Iglesia, algo así como un domingo de Ramos, en el cual esta Madre será saludada por los clamores de amor de los hijos de Jacob, reunidos a las naciones en la unidad de una misma fe. Nos asociamos de buena gana a estas esperanzas, que apuntan a un hecho formalmente anunciado por los profetas, y del cual volveremos a hablar en su lugar.

    Sea lo que fuere, este triunfo, si Dios nos lo concede, no será de larga duración. Los enemigos de la Iglesia, aturdidos por un momento, proseguirán su obra satánica con redoblado odio. Podemos representarnos el estado de la Iglesia en ese momento, como semejante en todo al estado de Nuestro Señor durante los días que precedieron a su Pasión.

    El mundo será profundamente agitado, como lo estaba el pueblo judío reunido para las fiestas pascuales. Habrá rumores inmensos, y cada cual hablará de la Iglesia, unos para decir que ella es divina, otros para decir que ella no lo es. La Iglesia se encontrará expuesta a los más insidiosos ataques del librepensamiento; pero jamás habrá logrado mejor que entonces reducir al silencio a sus adversarios, pulverizando sus sofismas...

    En resumen, el mundo será puesto enfrente de la verdad; la irradiación divina de la Iglesia brillará ante sus ojos; pero él desviará la cabeza, y dirá: ¡No me interesa!

    Este desprecio de la verdad, este abuso de las gracias tendrá como consecuencia la revelación del hombre de pecado. La humanidad habrá querido a este amo inmundo: ella lo tendrá. Y por él se producirá una seducción de iniquidad, una eficacia de error (así tradujo Bossuet a San Pablo) que castigará a los hombres por haber rechazado y odiado la Verdad.

    Al hablar así, no estamos entregándonos a imaginaciones, sino que seguimos al Apóstol. En efecto, según él, toda seducción de iniquidad obrará “sobre los que se pierden, por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de salvarse. Por eso Dios les enviará una eficacia de error, con que crean a la mentira; para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (II Tes. 2 11-12).



    II



    Cuando aparezca el hombre de pecado, será, como dice San Pablo, a su tiempo; es decir, en un momento en que el cuerpo de los malvados, endurecido contra los dardos de la gracia, hecho compacto e impermeable por la obstinación de su malicia, reclamará esta cabeza.naturaleza profundamente viciada y que renunciará incluso a la esperanza.



    III



    Siendo tan diametralmente opuesto a Nuestro Señor, realizará obras en oposición directa con las suyas. Será para Satán un órgano selecto, un instrumento de predilección.

    Así como Dios, al enviar a su Hijo al mundo, lo revistió del poder de hacer milagros, e incluso de devolver la vida a los muertos, del mismo modo Satán, haciendo un pacto con el hombre de pecado, le comunicará el poder de hacer falsos milagros. Por eso dice San Pablo que “su advenimiento será según la operación de Satanás, con todo poder, señales y prodigios falsos”. Nuestro Señor sólo hizo milagros por bondad, y se negó a hacer milagros por pura ostentación; el Anticristo se complacerá en ellos, y los pueblos, por un justo juicio de Dios, de dejarán engañar por sus malabarismos.

    Por lo que precede está claro que el Anticristo se presentará al mundo como el tipo más completo de estos falsos profetas que fanatizan a las masas, y que las conducen a todos los excesos bajo el pretexto de una reforma religiosa. Desde este punto de vista, Mahoma parece haber sido su verdadero precursor. Pero el Anticristo lo superará inmediatamente en perversidad, en habilidad, y también en la plenitud de su poder satánico.

    En el próximo artículo estudiaremos los orígenes y desarrollo de su poder, y las fases de la guerra de exterminio que desencadenará contra la Iglesia de Jesucristo.





    IV. Imperio del Anticristo:

    Visión del profeta Daniel



    I



    Una noche el profeta Daniel tuvo una visión formidable. Mientras que los cuatro vientos del cielo se combatían en un vasto mar, vio surgir del medio de las olas cuatro fieras monstruosas.

    Eran una leona, un oso, un leopardo de cuatro cabezas, y no sé que monstruo de una fuerza prodigiosa, que tenía dientes y uñas de hierro, y diez coronas en la frente.

    Le fue revelado al profeta que estas cuatro fieras significaban cuatro imperios que se levantarían sucesivamente sobre las olas cambiantes de la humanidad.

    Ahora bien, mientras que Daniel consideraba con espanto la cuarta fiera, vio nacer un pequeño cuerno en medio de los otros diez, que abatía a tres de ellos, y crecía más que todos los demás; y este cuerno tenía como ojos de hombre, y una boca que profería grandes discursos; y hacía la guerra a los santos del Altísimo, y prevalecía contra ellos.

    El profeta pidió el significado de esta visión extraña. Le fue dicho que los diez cuernos representaban a diez reyes; que el pequeño cuerno era un rey que acabaría por dominar sobre toda la tierra con un poder inaudito. “Vomitará, le fue dicho, blasfemias contra Dios, atropellará a los santos del Altísimo, y se creerá con facultad de mudar las festividades y las leyes, y los santos serán dejados en sus manos por un tiempo, dos tiempos, y la mitad de un tiempo” (Dan. 7 25).



    II



    Por este rey, todos los intérpretes entienden al Anticristo.

    ¿Cuál es la bestia en que sale, al tiempo señalado, este cuerno de impiedad? Es la Revolución, por la que se entiende todo el cuerpo de los impíos, que obedecen a un motor oculto, que se levanta contra Dios: la Revolución, poder a la vez satánico y bestial, satánico como animado de un espíritu infernal, bestial como entregado a todos los instintos de la naturaleza degradada. Tiene dientes y uñas de hierro: pues forja leyes despóticas, por medio de las cuales despedaza la libertad humana. Trata de apoderarse de los reyes y de los gobiernos, que deben pactar con ella. Cuando aparezca el Anticristo, tendrá diez reyes a su servicio, como si fueran diez cuernos en la frente.

    El Anticristo, nos dice Daniel, aparecerá como un pequeño cuerno; es decir, sus comienzos serán oscuros. No saldrá de familia real; será un Mahoma, un Madhi, que se elevará poco a poco por la osadía de sus imposturas, secundadas por la complicidad total del diablo.

    Efectivamente, el cuerno que lo representa es muy diferente de los demás. Tiene ojos como ojos de hombre; pues el nuevo rey es un vidente, un falso profeta. Tiene una boca que profiere palabras grandilocuentes; porque se impone no menos por el brillo de su palabra y la seducción de sus promesas, que por la fuerza de las armas y las astucias de la política.

    Todo el mundo tendrá pronto las miradas vueltas hacia el impostor, cuyas hazañas celebrarán las trompetas de una prensa complaciente. Su popularidad hará sombra a varios de los soberanos apóstatas, que se repartirán entonces el imperio de la bestia revolucionaria. De ello se seguirá una lucha gigantesca, en la cual, según Daniel, el Anticristo abatirá a tres de sus rivales.

    En ese momento todos los pueblos, fanatizados por sus prodigios y sus victorias, lo aclamarán como el salvador de la humanidad. Y los otros reyes no tendrán más remedio que sometérsele.

    Comenzará entonces una crisis terrible para la Iglesia de Dios. Pues el cuerno de impiedad, después de llegar a la cumbre del poder, hará la guerra a los santos y prevalecerá contra ellos.



    III



    Es probable que, durante todo este primer período que podrá durar largos años, el hombre del pecado afectará tener aires de moderación hipócrita.

    Judío, se presentará a los Judíos como el Mesías prometido, como el restaurador de la ley de Moisés; tratará de aplicar en su favor las misteriosas profecías de Isaías y de Ezequiel; reconstruirá, según el parecer de varios Padres, el templo de Jerusalén. Los Judíos, al menos en parte, deslumbrados por sus falsos milagros y su fasto insolente, lo recibirán a él, el falso Cristo; y pondrán a su disposición la alta finanza, toda la prensa, y las logias masónicas del mundo entero.

    Es también muy verosímil que el Anticristo tratará con consideración, para encumbrarse, a los partidarios de las falsas religiones. Se presentará como plenamente respetuoso de la libertad de cultos, una de las máximas y uno de las mentiras de la bestia revolucionaria. Dirá a los budistas que él mismo es un Buda; a los musulmanes, que Mahoma es un gran profeta. Incluso no es nada imposible que el mundo musulmán acepte al falso Mesías de los Judíos como un nuevo Mahoma.

    ¿Qué podemos saber? Tal vez llegará a decir, en su hipocresía, y semejante en esto a Herodes su precursor, que quiere adorar a Jesucristo. Pero no se tratará sino de una burla amarga. ¡Ay de los cristianos que soporten sin indignación que su adorable Salvador sea colocado en pie de igualdad con Buda y Mahoma, en no sé qué panteón de falsos dioses!

    Todos estos artificios, semejantes a las caricias del caballero que quiere subirse a su montura, ganarán insensiblemente el mundo para el enemigo de Jesucristo; pero una vez bien asentado sobre los estribos, hará valer los frenos y las espuelas; y pesará entonces sobre la humanidad la más espantosa de las tiranías.



    IV



    San Pablo nos da a conocer de un solo trazo de pluma el carácter extremo de esta tiranía, la más odiosa que existió y que existirá jamás.

    El hombre del pecado, dice, el hijo de la perdición, el impío, “hará frente y se levantará contra todo el que se llama Dios o tiene carácter religioso, hasta llegar a invadir el santuario de Dios, y poner en él su trono, ostentándose a sí mismo como quien es Dios” (II Tes. 2 4).

    Daniel lo había predicho antes que San Pablo. “No atenderá a los dioses de sus padres, ni a la favorita de sus mujeres, ni hará caso de ningún dios, pues se creerá superior a todos” (Dan. 11 37).

    Así, pues, cuando el Anticristo haya sometido al mundo, cuando haya colocado en todas partes sus lugartenientes y sus criaturas, cuando pueda hacer valer en su propio provecho todos los recursos de una centralización llevada a su colmo: entonces se quitará la máscara, proclamará que todos los cultos quedan abolidos, se presentará como el único Dios, y bajo las más espantosas e infamantes penas intentará forzar a todos los habitantes de la tierra a que adoren su propia divinidad, con exclusión de toda otra.

    A eso llegará la famosa libertad de cultos, que tanto se predica ahora; la promiscuidad de los errores exige lógicamente esta conclusión.

    Mientras estaba en la tierra, el adorable Jesús, dulce y humilde de corazón, que era Dios, no se propuso nunca a la adoración de sus apóstoles; al contrario, llegó hasta a ponerse de rodillas ante ellos, al lavarles los pies. Mas el Anticristo, monstruo de impiedad y de orgullo, se hará adorar por la humanidad enloquecida y seducida; ella habrá escogido este amo, prefiriéndolo al primero.

    ¡Y no se piense que la trampa será evidente! No olvidemos, dice San Gregorio, que el monstruo dispondrá del poder del diablo para hacer prodigios: y así, mientras que al comienzo los milagros estaban del lado de los mártires, en ese momento parecerán estar del lado de los verdugos. Habrá un deslumbramiento, un vértigo. Sólo los verdaderos humildes, afianzados en Dios, se darán cuenta de la impostura y escaparán a la tentación.

    Pero ¿dónde establecerá su culto el Anticristo? San Pablo dice: “en el templo de Dios”. San Ireneo, casi contemporáneo de los Apóstoles, precisa más, y dice que en el templo de Jerusalén, que hará reconstruir. Ese será el centro de la horrible religión. San Juan, por otra parte, nos hace saber que la imagen del monstruo será propuesta en todas partes a la adoración de los hombres (Apoc. 13 24).

    Entonces el budismo, mahometismo, protestantismo, etc., serán suprimidos y abolidos. Pero no hace falta decir que el furor del mundo se dirigirá contra Nuestro Señor y su Iglesia. El Anticristo hará cesar el culto público; suprimirá, dice Daniel, el sacrificio perpetuo. No se podrá ya celebrar la Santa Misa más que en las cavernas y lugares ocultos. Las iglesias profanadas presentarán a las miradas de todos la abominación de la desolación, a saber, la imagen del monstruo colocada sobre los altares del verdadero Dios. En la Revolución francesa hubo un ensayo de todo esto.

    Aquí se dejará sentir la mano de Dios. Abreviará esos días de suma angustia. Esta persecución, que conmovería a las mismas columnas del cielo, durará sólo un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo, a saber, tres años y medio.



    V. Los predicadores del Anticristo: Visión de San Juan



    I



    Los Libros Santos, que entran en tantos detalles sobre el hombre del pecado, nos dan a conocer a un agente misterioso de seducción que le someterá la tierra. Este agente, a la vez uno y múltiple, es, según San Gregorio, una especie de cuerpo docente que propagará por todas partes las doctrinas perversas de la Revolución.

    El Anticristo tendrá sus lugartenientes y sus generales; poseerá un ejército numerosísimo. Apenas se atreve uno a entender, al pie de la letra, la cifra que San Juan nos da de él al hablar de la sola caballería (Apoc. 9 16) 3 . Pero tendrá sobre todo a su servicio falsos profetas como él, iluminados del diablo, doctores de mentiras; enemigo personal de Jesucristo, copiará al divino Maestro, rodeándose de apóstoles a la inversa.

    Hablemos, pues, según San Juan, de estos doctores impíos, a quienes daremos el nombre, con San Gregorio, de predicadores del Anticristo.



    II



    San Juan, en el capítulo 13 de su Apocalipsis, describe una visión completamente semejante a la de Daniel. Ve surgir del mar un monstruo único, que reúne en sí mismo por una horrible síntesis todas las características de las cuatro bestias contempladas por el profeta. Este monstruo se asemeja al leopardo; tiene patas de oso y cabeza de león; y tiene siete cabezas y diez cuernos.

    Representa el imperio del Anticristo, formado por todas las corrupciones de la humanidad. Representa también al Anticristo mismo, que es el nudo de todo este conglomerado violento de miembros incoherentes y dispares. Creeríamos ver al impostor, con el cortejo de cristianos apóstatas, de musulmanes fanatizados, de judíos iluminados, que lo seguirá por todas partes.

    Ahora bien, mientras San Juan consideraba esta Bestia, vio que una de sus cabezas estaba como herida de muerte; y que luego su herida mortal fue curada. Y toda la tierra se maravilló ante la Bestia.

    Los intérpretes ven aquí uno de los falsos prodigios del Anticristo; uno de sus principales lugartenientes, o tal vez él mismo, parecerá gravemente herido; ya se lo creerá muerto, cuando de repente, por un artificio diabólico, se levantará lleno de vida. Esta impostura será celebrada por todos los periódicos, ese día casualmente muy crédulos; y el entusiasmo se convertirá en delirio.

    “Entonces, continúa San Juan, los hombres adoraron al dragón, porque había dado la potestad a la Bestia, y adoraron a la Bestia, diciendo: «¿Quién es semejante a la Bestia, y quién es capaz de pelear con ella?».

    Así el diablo será públicamente adorado, y también el Anticristo; y no será un doble culto, pues el primero será adorado en el segundo. San Juan nos hace asistir luego a la persecución contra la Iglesia.

    “Y le fue dada boca que hablase grandes cosas y blasfemias, y le fue dada potestad de actuar durante cuarenta y dos meses”.

    Es el mismo vaticinio que Daniel, y designa el tiempo de la persecución cuando llegue a su paroxismo. Cuarenta y dos meses son justo tres años y medio.

    “Y abrió su boca para lanzar blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre y de su tabernáculo, de los que tienen su morada en el cielo. Y le fue dado hacer la guerra contra los santos, y vencerlos; y le fue dada potestad sobre toda tribu, y pueblo, y lengua, y nación. Y la adorarán todos los que habitan sobre la tierra, cuyo nombre no está escrito en el libro de la vida del Cordero, que ha sido degollado desde la creación del mundo. Quien tenga oído, oiga. Quien lleva al cautiverio, al cautiverio irá; quien a espada matare, a espada también se le matará irremisiblemente. Aquí esta la paciencia y la fe de los santos” (Apoc. 13 3-11).

    Así describe el apóstol amado la terrible persecución. A todas las amenazas se les añadirán todas las seducciones; de ello resultará un fanatismo delirante que echará al mundo entero a los pies de la Bestia. Pero todos los asaltos del infierno fracasarán ante “la paciencia y la fe de los santos”.



    III



    San Juan nos pinta a continuación el gran agente de seducción que doblegará los espíritus de los hombres al culto de la Bestia.

    “Y vi, prosigue, otra Bestia que subía de la tierra; y tenía dos cuernos semejantes a los del Cordero, y hablaba como dragón. Y la potestad de la primera Bestia la ejecuta toda en su presencia. Y hace que la tierra y los que habitan en ella adoren a la Bestia primera, cuya herida de muerte había sido curada. Y hace grandes prodigios, de modo que aun fuego hace bajar del cielo a la tierra a vista de los hombres. Y seduce a los que habitan sobre la tierra a causa de los prodigios que le ha sido dado obrar en presencia de la Bestia, diciendo a los que habitan sobre la tierra que hicieran una imagen de la Bestia que lleva la herida de la espada y revivió. Y le fue dado dar espíritu a la imagen de la Bestia, de suerte que aun hablase la imagen de la Bestia, y que hiciese que cuantos no adorasen la imagen de la Bestia fueran muertos. Y hace que a todos, los pequeños y los grandes, los ricos y los pobres, los libres y los siervos, se les ponga una marca sobre su mano derecha o sobre su frente, y que nadie pueda comprar o vender, sino quien lleve la marca, que es el nombre de la Bestia o el número de su nombre. Aquí está la sabiduría. Quien tenga inteligencia, calcule el número de la Bestia, pues es número humano. Y su número es 666” (Apoc. 13 11-18).

    Esta es la segunda parte de la profecía de San Juan. San Gregorio interpreta este misterioso pasaje en el sentido de que, como hemos dicho, el Anticristo tendrá su colegio de predicadores y de apóstoles a la inversa. Y estos doctores de mentira serán algo así como nuestros sabios modernos, pero aumentados con poderes de magos o de espiritistas.

    Tendrán la apariencia del Cordero. Simularán las máximas evangélicas de paz, de concordia, de libertad, de fraternidad humana; pero bajo estas apariencias propagarán el ateísmo más desvergonzado.

    Tendrán la apariencia del Cordero. Se presentarán como agentes de persuasión, respetuosos hacia todas las conciencias; pero luego harán morir en los tormentos a quienes se nieguen a escucharlos.

    “Sus auditores, dice con energía San Gregorio, serán todos los réprobos; su táctica, sigue diciendo, consistirá en proclamar que el género humano, durante las edades de fe, estaba sumergido en las tinieblas; y saludarán el advenimiento del Anticristo como la aparición del día y el despertar del mundo” (Moralia in Job, lib. XXXIII).

    Estos predicadores serán apoyados por falsos prodigios. Instruidos por el diablo y su satélite de secretos naturales todavía desconocidos, los misioneros del Anticristo espantarán y seducirán a las muchedumbres por toda clase de sortilegios; harán descender fuego del cielo, y hablar las imágenes del Anticristo que habrán levantado.

    Pero eso no es todo. Obligarán a todos los hombres, bajo pena de muerte, a adorar estas imágenes parlantes. Los obligarán a llevar, en la mano derecha o en la frente, el número del monstruo. Y todo el que no tenga este número, no podrá ni comprar ni vender.

    Aquí se muestra el espantoso refinamiento de la persecución suprema. El que no lleve la marca del monstruo se encontrará, por este solo hecho, fuera de la ley, fuera de la sociedad, merecedor de muerte.

    Pero ¿acaso no vemos desde ahora cómo se esboza un intento de esta tiranía?

    ¿Qué son todos esos maestros de la enseñanza sin Dios, sino los precursores del Anticristo? La Revolución quiere tener su cuerpo docente, encargado oficialmente de descristianizar la juventud, y de imprimir en la frente de todos, pequeños y grandes, pobres y ricos, la marca del Dios-Estado. La enseñanza obligatoria y laica no tiene otro fin. Ya se preparan leyes para prohibir la entrada en las carreras públicas a todo el que no haya recibido la firma de las escuelas del Estado. El día en que pasen estas leyes abominables, se habrá puesto fin a la libertad humana. Entraremos entonces en una tiranía sombría, sofocante, infernal. El Anticristo podrá venir.

    Como la conciencia pública, queremos esperarlo, es aún demasiado cristiana para soportar semejante tortura, se buscan todos los medios posibles para adormecerla.

    Por otra parte, que los creyentes se consuelen. Todos estos extremos servirán, en los planes de Dios, para hacer brillar la paciencia y la fe de los santos. Es lo que veremos en el capítulo siguiente.



    VI. La iglesia

    durante la tormenta

    I

    San Gregorio Magno, en sus luminosos comentarios sobre Job, abre las más profundas perspectivas sobre toda la historia de la Iglesia. Es que él mismo estaba visiblemente animado de este espíritu profético derramado en todas las Escrituras.

    Contempla a la Iglesia, al fin de los tiempos, bajo la figura de Job humillado y sufriente, expuesto a las insinuaciones pérfidas de su mujer y a las críticas amargas de sus amigos; él, delante de quien en otros tiempos se levantaban los ancianos, y los príncipes guardaban silencio.

    La Iglesia, dice muchas veces el gran Papa, hacia el término de su peregrinación, será privada de todo poder temporal; incluso se tratará de quitarle todo punto de apoyo sobre la tierra.

    Pero va más lejos, y declara que será despojada del brillo mismo que proviene de los dones sobrenaturales.

    “Se retirará, dice, el poder de los milagros, será quitada la gracia de las curaciones, desaparecerá la profecía, disminuirá el don de una larga abstinencia, se callarán las enseñanzas de la doctrina, cesarán los prodigios milagrosos. Eso no quiere decir que no habrá nada de todo eso; pero todas estas señales ya no brillarán abiertamente y de mil maneras, como en las primeras edades. Será incluso la ocasión propicia para realizar un maravilloso discernimiento. En ese estado humillado de la Iglesia crecerá la recompensa de los buenos, que se aferrarán a ella únicamente con miras a los bienes celestiales; por lo que a los malvados se refiere, no viendo en ella ningún atractivo temporal, no tendrán ya nada que disimular, y se mostrarán tal como son” (Moralia in Job, lib. XXXV).

    ¡Qué palabra terrible: se callarán las enseñanzas de la doctrina! San Gregorio proclama en otras partes que la Iglesia prefiere morir a callarse. Por lo tanto, ella hablará: pero su enseñanza será obstaculizada, su voz será ahogada; ella hablará: pero muchos de los que deberían gritar sobre los techos no se atreverán a hacerlo por temor a los hombres.

    Y eso será la ocasión de un discernimiento temible.

    San Gregorio vuelve frecuentemente sobre esta verdad, de que hay en la Iglesia tres categorías de personas: los hipócritas o falsos cristianos, los débiles y los fuertes. Ahora bien, en esos momentos de angustia, los hipócritas se quitarán la máscara, y manifestarán abiertamente su apostasía secreta; los débiles, desgraciadamente, perecerán en gran número, y el corazón de la Iglesia sangrará de ello; finalmente, muchos de los mismos fuertes, demasiado confiados en su fuerza, caerán como las estrellas del cielo.

    A pesar de todas estas tristezas punzantes, la Iglesia no perderá ni la valentía ni la confianza. Será sostenida por la promesa del Salvador, consignada en las Escrituras, de que esos días serán abreviados a causa de los elegidos. Sabiendo que los elegidos serán salvados a pesar de todo, se entregará, en lo más recio de la tormenta, a la salvación de las almas con una energía infatigable.



    II



    En efecto, a pesar del espantoso escándalo de esos tiempos de perdición, no hay que pensar que los pequeños y los débiles se perderán necesariamente. El camino de salvación seguirá estando abierto, y la salvación será posible para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación proporcionados a la magnitud del peligro. Y sólo perecerán aquellos de entre los pequeños que, por haber abandonado las alas de su madre, serán presa del ave rapaz.

    ¿Cuáles serán esos medios de preservación? Las Escrituras no nos dan ninguna indicación sobre este punto; mas nosotros podemos formular sin temeridad algunas conjeturas.

    La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor para los tiempos de la toma y destrucción de Jerusalén, y aplicable, según el parecer de los intérpretes, a la última persecución.

    “Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, estar en el lugar santo (¡el que lee, entienda!), entonces los que estén en la Judea huyan a los montes... Rogad que vuestra fuga no sea en invierno ni en sábado, porque habrá entonces tribulación grande, cual no la hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si no se acortaran aquellos días, no se salvaría hombre viviente; mas en atención a los elegidos serán acortados aquellos días” (Mt. 24 15, 20-22).

    En conformidad con estas instrucciones del Salvador, la Iglesia salvará a los pequeños de su rebaño por medio de la fuga; Ella les preparará refugios inaccesibles, donde los colmillos de la Bestia no los alcanzarán.

    Uno puede preguntarse cómo habrán entonces refugios inaccesibles, cuando la tierra se encontrará repleta y surcada de vías de comunicación. Hay que contestar que Dios proveerá por sí mismo a la seguridad de los fugitivos. San Juan nos hace entrever la acción de la Providencia.

    En el capítulo 12 del Apocalipsis, nos presenta a una Mujer revestida del sol y coronada de estrellas; es la Iglesia. Esta Mujer sufre los dolores del parto; porque la Iglesia da a luz a Dios en las almas, en medio de grandes sufrimientos. Ante ella se aposta un gran dragón rojo, imagen del diablo y de sus continuas emboscadas. Pero la Mujer huye al desierto, “a un lugar preparado por Dios mismo, para que allí la sustenten durante mil doscientos sesenta días” (Apoc. 12 6). Estos 1260 días, que son tres años y medio, indican el tiempo de la persecución del Anticristo, como queda manifiesto por los demás pasajes del Apocalipsis. Por lo tanto, durante este tiempo la Iglesia, en la persona de los débiles, huirá al desierto, a la soledad; y Dios mismo se cuidará en mantenerla escondida y alimentarla.

    El fin del mismo capítulo contiene detalles sobre esta huida. Se le dieron a la Mujer dos grandes alas de águila, para transportarla al desierto. El dragón trata de perseguirla, y su boca vomita en pos de ella agua como río; pero la tierra socorre a la Mujer, y absorbe el río. Estas palabras enigmáticas designan alguna gran maravilla que Dios realizará en favor de su Iglesia; la rabia del dragón vendrá a morir a sus pies.

    Sin embargo, mientras los débiles orarán con seguridad en una soledad misteriosa, los fuertes y los valientes entablarán una lucha formidable, en presencia del mundo entero, con el dragón desencadenado.



    III



    En efecto, está fuera de toda duda que habrá, en los últimos tiempos, santos de una virtud heroica. Al comienzo, Dios dio a su Iglesia los Apóstoles, que abatieron el imperio idólatra, y la fundaron y cimentaron en su propia sangre. Al final le dará también hijos y defensores, probablemente ni menos santos ni menores.

    San Agustín exclama, al pensar en ellos: “En comparación con los santos y fieles que habrá entonces, ¿qué somos nosotros? Pues, para ponerlos a prueba el diablo, a quien nosotros debemos combatir al precio de mil peligros, estará desencadenado, cuando ahora está atado. Y sin embargo, añade, es de creer que ya en el día de hoy Cristo tiene soldados lo bastante prudentes y fuertes, para poder despistar con sabiduría, si es preciso, todas sus emboscadas, y soportar con paciencia los asaltos de su enemigo, incluso cuando está desencadenado” (De Civitate Dei, lib. XX, 8).

    San Agustín se pregunta luego: ¿Habrán aún conversiones, en esos tiempos de perdición? ¿Se bautizará aún a los niños, a pesar de las prohibiciones del monstruo? ¿Los santos tendrán entonces el poder de arrancar almas de las fauces del dragón furioso? El gran Doctor contesta afirmativamente a todas estas preguntas. Sin lugar a dudas, las conversiones serán más raras, pero por eso mismo resultarán más sorprendentes. Sin lugar a dudas, y por regla general, es preciso que Satán esté atado para que se lo pueda despojar (Mt. 11 29); pero, en esos días, Dios se complacerá en mostrar que su gracia es más fuerte que el fuerte mismo, en su desencadenamiento más furioso.

    Cada cual puede observar cuán consoladoras son estas verdades.

    Mas ¿quiénes serán los santos de los últimos tiempos? Nos gusta pensar que entre ellos habrá soldados. El Anticristo será un conquistador, y mandará a ejércitos; pero encontrará ante él Legiones Tebanas, héroes de esta raza gloriosa e indomable que tiene a los Macabeos por antecesores, y que cuenta entre sus líneas a los Cruzados, los campesinos de la Vandea y del Tirol, y finalmente los Zuavos pontificios. A esos soldados los podrá aplastar bajo el peso de sus huestes numerosísimas, pero no los hará huir.

    Pero el Anticristo será sobre todo un impostor; por consiguiente, encontrará como principales adversarios a los apóstoles armados del crucifijo. Como la última persecución revestirá el aspecto de una seducción, éstos unirán a la paciencia de los mártires la ciencia de los doctores. Nuestro Señor se los hizo ver un día a Santa Teresa, con espadas luminosas en las manos.

    A la cabeza de estas falanges intrépidas, aparecerán dos enviados extraordinarios de Dios, dos gigantes en santidad, dos sobrevivientes de las edades antiguas: acabamos de nombrar a Henoc y Elías, de los que hablaremos en el artículo siguiente.

    (continuará)

    (1) El Padre Deschamps da curiosos detalles sobre el odio vivo que la francmasonería tiene a los representantes del poder cristiano. Existe cierta prueba en que el iniciado recibe esta consigna enigmática: L.D.P. Ahora bien, esta consigna tiene doble sentido. En el primero quiere decir: Libertad de pensar. Es la rebeldía contra Dios. En el segundo quiere decir : Lilia destrue pedibus: aplasta los lirios con los pies. Es la destrucción de las monarquías cristianas, que siempre tuvieron al lirio como su símbolo.

    (2) Es tradición de los primeros siglos de la Iglesia, consignada en Lactancio, que un día el imperio del mundo volverá a Asia: Imperium in Asiam revertetur.

    (3) Este pasaje, por otra parte, se refiere tal vez a tiempos anteriores a los del Anticristo (Cornelio a Lapide).

  2. #2
    Avatar de Cavaleiro
    Cavaleiro está desconectado del minifundio a la parcelaria
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    Re: El Drama del fin de los tiempos. (Revista Tradición Católica)

    Muchas gracias, Litus, por reproducir este interesantísimo texto. Le he echado una ojeada superficial, a falta de tiempo, y he de decir que su mensaje preclaro me ha impresionado. Lo leeré con dedicación y detenimiento en los próximos días. Gracias otra vez por haberlo difundido.

  3. #3
    Avatar de Litus
    Litus está desconectado "El nombre de España, que hoy
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    Re: El Drama del fin de los tiempos. (Revista Tradición Católica)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    De nada Cavaleiro, aunque veo que hay palabras que se han imprimido mal.

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