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Tema: La aldea, primera forma de la vida pública

  1. #1
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    La aldea, primera forma de la vida pública

    La aldea, primera forma de la vida pública (I)

    Los cuerpos intermedios,
    Michel Creuzet.
    La aldea es, como dice Jean Daujat, "el germen, el bosquejo, la primera forma social del orden de la vida pública..., la primera comunidad de vida de los hogares". En ella se reúnen la agricultura o la pesca, artesanado, pequeño comercio que suministra lo necesario. Tiene generalmente su escuela, su guarda rural, su cuerpo de bomberos. La vida religiosa está centralizada en la iglesia.


    La municipalidad dicta leyes, vela por la conservación y seguridad de los habitantes.


    "En los pueblos primitivos, añade Daujat, la aldea es la sola forma de vida pública y en ella la autoridad es soberana".



    Función educadora de la aldea


    Vínculo familiar, hogar del campesinado, la aldea educa a los hombres por varios motivos:



    • · Es una comunidad restringida en la que cada uno se conoce. La "sanción social" juega en ella un gran papel. La enseñanza teórica de la moral se encarna aquí en las mismas costumbres, que no se pueden infringir sin que "todo el mundo" lo sepa.
    • · Arraiga en sus habitantes una tradición viviente. No estamos hablando solamente del pasado, rico en valores civilizadores acumulados por generaciones, sino también en el acrecentamiento progresivo de este capital por la juventud. Cultura, obras del ingenio y del arte, élites, vocaciones religiosas y sacerdotales deberían encontrar en la aldea la primera y sólida raíz.
    • · La aldea permite al hombre mantener contacto con la tierra y con el mar.
    • · Y en último término, se tiene la conciencia de actuar como hombres, de establecer con los demás relaciones humanas, y no quedar ahogados, perdidos en el anonimato. El hecho de conocerse no tiene solamente la ventaja de ser un freno a las procacidades. Engendra también una forma de vida, un comportamiento que es lo opuesto al "acondicionamiento". "La libertad, advierte Pierre Péronnet, no reside en una proclamación teórica, sino en una organización, es decir, en la armonía de un conjunto de órganos, de cuerpos intermedios, que prácticamente la favorecen".



    Por estas razones, la aldea es el tipo de comunidad humana sobre la cual se funda lo que se ha dado en llamar "la civilización rural". ¿Qué más hay que añadir?


    "Hay que velar, escribe Pío XII, con el mayor cuidado para que los elementos esenciales de lo que se podría llamar la verdadera civilización rural, se conserven en la nación: ardor en el trabajo, sencillez y rectitud respecto a la autoridad, sobre todo a la de los padres, amor a la patria y fidelidad a las tradiciones que en el curso de los siglos se han mostrado fecundas y beneficiosas, disposición de ayuda mutua, no solamente en el círculo de la propia familia, sino igualmente entre familias diferentes, entre casas diferentes; este valor único, en fin: nuestro espíritu religioso, sin el cual todos éstos que se acaban de enumerar no tendrían ninguna consistencia y perderían toda su valía, quedando reducidos a una avidez desenfrenada de ganancias". "La iglesia, añade el Papa, es el corazón de la aldea".



    Hay que devolverle al hombre que, forzado por la necesidad, fascinado por los "atractivos artificiales y febriles de las ciudades tentaculares", abandona su patria chica, bajo pena de declinación moral, un ambiente de vida que le recuerde su aldea natal. Este ha de ser el objetivo de las "obras de colonización, que conservan las sólidas virtudes de la vida rural", "teniendo el cuidado de no romper las tradiciones familiares y religiosas, de restablecer, acto continuo, el contacto con el medio y con los que tienen la misión divina de guiar las almas hacia su verdadera felicidad; y facilitando todo lo que pudiere hacer nacer en los recién llegados el sentimiento de la solidaridad mutua, de las comunes responsabilidades y del amor a la nueva "patria chica", que los acoge tan generosamente".


    La Comedia Humana
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  2. #2
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    Re: La aldea, primera forma de la vida pública

    La aldea, primera forma de la vida pública (II)

    Los cuerpos intermedios,
    Michel Creuzet.
    La vida rural, más cercana a la naturaleza, más alejada de las seducciones artificiales, es un factor de estabilidad económica. Dice Pío XII, hablando del "conflicto actual entre la ciudad y el campo", "que se trata de formar hombres diametralmente opuestos".


    "Las ciudades modernas, con su constante desarrollo y sus aglomeraciones humanas, son el producto típico del dominio interesado del gran capital sobre la vida económica; y no sólo sobre la vida económica, sino también sobre el mismo hombre. Efectivamente, como lo ha advertido eficazmente nuestro glorioso predecesor Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno acontece demasiado a menudo que ya no son las necesidades humanas y su importancia natural y objetiva las que regulan la vida económica y el uso del capital, sino, por el contrario, es el capital y sus afanes de ganancia los que determinan las necesidades que hay que satisfacer y su amplitud".



    Este estado de cosas —calificado por Pío XII de antinatural—, corre desgraciadamente el riesgo de extenderse hasta las aldeas.


    "No es al propio régimen (capitalista) a quien hay que culpar, escribe Pío XII, sino al peligro que traería si su influencia viniese a alterar el carácter específico de la vida rural, identificándola a la de los centros urbanos e industriales, haciendo del "campo", como aquí se entiende, una simple extensión o arrabal de la "ciudad". Tal práctica y la teoría que la patrocina son falsas y nocivas."


    "Es el marxismo, como ya se sabe, quien las profesa".



    El riesgo no es imaginario.


    La podredumbre intelectual y moral está conquistando el campo en tal grado, que la civilización rural ha sido gravemente herida.


    Le queda, sin embargo, a esta última el contraveneno que ella misma contiene: una vida naturalmente más estable, un estado de espíritu cimentado ordinariamente sobre el sentido común y el orden natural de las cosas.

    La Comedia Humana
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  3. #3
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    Re: La aldea, primera forma de la vida pública

    La aldea, primera forma de la vida pública (III)

    Los cuerpos intermedios,
    Michel Creuzet.
    Cuerpos subsidiarios de la aldea.


    Al hablar de la aldea, ya hemos abordado los problemas de la civilización rural. Les atañen también a las pequeñas ciudades, en los escalones inmediatamente superiores, ya que los intercambios con las aldeas son continuos. Son sus cuerpos subsidiarios inmediatos.


    Los beneficios de la civilización rural se vuelven a encontrar también en las comunidades a escala humana, como las barriadas de las ciudades, por ejemplo.


    "En las grandes ciudades, escribe Jean-François Gravier, los urbanistas modernos cuidan de organizar en torno de estos dos polos (el campanario y la escuela), lo que ellos llaman "unidades residenciales"; en lenguaje normal: barrios".



    Se ve, pues, que el orden normal y natural de las cosas exige que entre las aldeas y las grandes ciudades gravite una infinidad de grupos humanos intermedios, proporcionando cada uno a las comunidades menos vastas que él mismo, su complemento necesario.


    Las civitas romana prefiguró esta "trabazón de ciudades y predios", ya que comprendía, además de la aglomeración urbana, un sinfín de villas, con una población, cada una de ellas, de dos a tres centenares de habitantes.


    El mal del urbanismo, denunciado por Pío XII, no atañe más que a las grandes ciudades, monstruos engendrados por la "civilización industrial", verdaderas Babilonias en las que desaparece el hombre absorbido por la uniformidad de la masa gregaria.


    No se trata, empero, de hacer volver toda la civilización a la existencia aldeana.


    Tan tentadoras como puedan serlo las nostalgias bucólicas, no corresponden apenas a la realidad del mundo actual.



    No obstante, se pueden perfectamente aliar las ventajas humanas de la civilización rural con el esfuerzo civilizador de las ciudades por medio de sus escuelas secundarias o superiores, sus locales de cultura intelectual y de formación de élites, el prestigio de sus tradiciones, etc.


    Pero, aun en esto, hay que distinguir entre las "ciudades" y la "ciudad", propiamente dicha. Algunas podrán tener universidades, academias, hospitales modernos, amplias bibliotecas. Otras, en cambio, no tendrán más que un colegio, y aun habrá otras que no lleguen más que a ser un centro administrativo, episcopal o militar.


    Igual al variado número de posibilidades, así habrá un sinnúmero de pequeños focos en cuyo alrededor los hombres podrán civilizarse.


    Esta es la vida social y su orden natural. Pero no es ésta la concepción que preside el monstruoso crecimiento de las "ciudades tentaculares".

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  4. #4
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    Re: La aldea, primera forma de la vida pública

    a forma de la vida pública (IV)

    Los cuerpos intermedios,
    Michel Creuzet.
    Las ciudades tentaculares


    "En Polonia, escribe el comunista Kolakowski, hay dos factores que actúan con toda evidencia en favor de la laicización y de los que se puede decir que tienen una fuerza objetiva en el país: primero, la urbanización de la vida social, y segundo, el progreso de la instrucción".


    Dejemos de lado el segundo punto, función de la escuela laica en el progreso del comunismo, que no es nuestro objeto aquí.


    En cuanto al primer punto, ¿cómo puede favorecer "la urbanización de la vida social" a la "laicización" y, en la visión de Kolakorwski, a la marxistización de un país? ¿Y cómo se puede tener, con el simple hecho de aumentar las agrupaciones urbanas, una influencia ideológica en el sentido revolucionario?


    Es que se ha desviado a la ciudad de su objetivo natural.



    "Centro en torno al cual las aldeas y los campos se agrupan con la finalidad de recibir de él y de encontrar en él todo aquello que les falta para poder participar de esta vida civilizada", nos dice Jean Daujat.


    Esta función complementaria de la ciudad con respecto al campo, desaparece del panorama común al capitalismo liberal y al marxismo.


    La ciudad tiende a transformarse en la sola comunidad de vida civilizada. Lejos de favorecer el desarrollo y la civilización de las aldeas y los campos, los "grandes centros" vuelven anémico todo lo que no les incumbe directamente, y, en primer término, las ciudades más pequeñas con sus predios respectivos.


    Al capitalismo liberal, nos lo dijo Pío XI, le interesa aumentar la producción y crear nuevas necesidades, a menudo artificiales, para acumular riquezas. El siglo XIX vivió en el anhelo de que esta carrera hacia el bienestar aprovechase a todos los hombres, aun a los más desgraciados. Demasiado confiado en el automatismo de las leyes del mercado, el liberalismo económico ha apiñado al elemento obrero venido de los campos en esos "cuarteles", en esas chozas pestíferas que son aún el oprobio de las grandes ciudades industriales.


    Simultáneamente, la economía rural quedaba reducida a un estado de inferioridad con respecto a la industria, más rápidamente "rentable". De ahí el "éxodo del campo" y la concentración urbana en las ciudades muy grandes.



    Desde hace aproximadamente dos años, Sao Paulo ha aumentado en más de un millón de habitantes.


    En el "gran Dakar" se habían previsto construcciones para alojar a la población venida del campo. ¡No bien terminadas de construir ya había a su alrededor, en 1960, una verdadera ciudad hecha de latas, equivalente en superficie a las nuevas barriadas!


    La región parisiense ve llegar cada año cien mil provincianos.


    En la Argentina, el tercio de la población total se agrupa en unas pocas enormes aglomeraciones.


    La construcción de ciudades "concentracionarias" con materiales muy ligeros y a precios elevadísimos, ha hecho la fortuna de un capitalismo abusivo.


    También ha hecho la fortuna del marxismo. Nada favorece más a la "enajenación", al desarraigo de los individuos que la urbanización excesiva. El "acondicionamiento" político, moral y psicológico queda favorecido por ello. La personalidad se diluye en "conglomerados" que ya no son de talla humana.


    Un clima como este es el "baño" soñado por el materialismo.


    La urbanización abusiva es una condición importante en esta "masificación" que Pío XII oponía a la organización humana del "pueblo verdadero".


    Separado de la naturaleza, preocupado con la sola producción de bienes materiales, hundido en una vida artificial, sometido a presiones sociales cada vez mayores-, desequilibrado físicamente por la excesiva multiplicidad de sensaciones y por una tensión nerviosa anormal, ¿cómo podría resistir el hombre? ¿Cómo no habría de ser la presa determinada por los regímenes totalitarios? ¿Cómo no habría de perder de vista su fin natural y sobrenatural?





    Sin mencionar la miseria, generalmente mayor que en la vida rural, porque en aquélla el número de los que no poseen nada propio es considerablemente mayor. Fuera de su empleo, el obrero de las ciudades no tiene apenas los medios de conseguir su alimento, como lo puede hacer el de la aldea, que posee un huerto, algunas aves y, a veces, un trozo de tierra de cultivo.


    El hombre de las ciudades excesivamente grandes tiende a convertirse en alguien que no puede nada por sí mismo, depende estrechamente del medió social y no tiene ya raíces, es decir, en el propio tipo del proletario, instrumento de la revolución permanente.


    A estos inconvenientes de las ciudades tentaculares hay que añadir el peligro moral del anonimato, de las grandes muchedumbres y del "descastamiento". De él hemos hablado con respecto a la aldea. A él volveremos en el capítulo destinado a la civilización.


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  5. #5
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    Re: La aldea, primera forma de la vida pública

    La aldea, primera forma de la vida pública (y V)

    Los cuerpos intermedios,
    Michel Creuzet.
    "Urbanización" marxista de la vida rural


    Se comprende que el marxismo, como lo subrayaba Pío XII, haya pretendido llevar hasta el campo el "acondicionamiento urbano".


    Lo ha hecho matando la civilización rural, colectivizando y centralizando al máximo la tierra, los cultivos, la economía y la misma vida de sus habitantes.


    No es raro que haya católicos que presenten esta maniobra como un progreso: como aquel periodista que recientemente se felicitaba de ver desaparecer las aldeas.


    Ya no serán de ahora en adelante más que prolongaciones de la gran urbe.


    Esta colectivización tiene en mientes la posición de clases. Prosigue la labor del urbanismo liberal, que dividía las aglomeraciones urbanas en barrios burgueses, obreros, etc., de tal manera que las personas de condiciones diferentes pudieran ignorarse y combatirse más fácilmente.


    En otros tiempos se podía ver al zapatero remendón codearse con el financiero en el mismo inmueble y echar juntos una parrafada.


    Enrique IV de Francia apreciaba esta familiaridad "democrática" de las clases sociales, como se puede comprobar en una de sus cartas, que cita Itinéraires (núm. 54. junio de 1961, rué Garaniére, París VI).


    Complementariedad recíproca de la aldea y de la ciudad.



    Si la aldea no puede pasar sin la ciudad, a su vez la "ciudad, escribe Jean Daujat, no puede pasar sin la cooperación del campo: y los recursos suministrados por la agricultura y la ganadería. Y si la civilización no existe más que a partir del desenvolvimiento de la vida urbana, no trae como consecuencia la desaparición ni siquiera la disminución de la vida rural; no obliga ni siquiera al predominio de la vida urbana, sino a una justa proporción, a un equilibrio de cooperaciones y cualidades complementarias de la vida urbana y rural. Será necesaria, pues, la reunión de la ciudad con los campos circundantes para construir un tipo acabado de vida social en orden público".


    Este "vasto conjunto de ciudades y campos" expone en toda su amplitud el problema de las comunidades locales intermedias, desde el municipio hasta la región.


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  6. #6
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    Re: La aldea, primera forma de la vida pública

    EL SILBO DE AFIRMACIÓN EN LA ALDEA



    Miguel Hernández


    Alto soy de mirar a las palmeras,
    rudo de convivir con las montañas...
    Yo me vi bajo y blando en las aceras
    de una ciudad espléndida de arañas.
    Difíciles barrancos de escaleras,
    calladas cataratas de ascensores,
    ¡qué impresión de vacío!,
    ocupaban el puesto de mis flores,
    los aires de mis aires y mi río.

    Yo vi lo más notable de lo mío
    llevado del demonio, y Dios ausente.
    Yo te tuve en el lejos del olvido,
    aldea, huerto, fuente
    en que me vi al descuido:
    huerto, donde me hallé la mejor vida,
    aldea, donde al aire y libremente,
    en una paz meé larga y tendida.

    Pero volví en seguida
    mi atención a las puras existencias
    de mi retiro hacia mi ausencia atento,
    y todas sus ausencias
    me llenaron de luz el pensamiento.

    Iba mi pie sin tierra, ¡qué tormento!,
    vacilando en la cera de los pisos,
    con un temor continuo, un sobresalto,
    que aumentaban los timbres, los avisos,
    las alarmas, los hombres y el asfalto.
    ¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!
    ¡Orden!, ¡Orden! ¡Qué altiva
    imposición del orden una mano,
    un color, un sonido!
    Mi cualidad visiva,
    ¡ay!, perdía el sentido.

    Topado por mil senos, embestido
    por más de mil peligros, tentaciones,
    mecánicas jaurías,
    me seguían lujurias y claxones,
    deseos y tranvías.

    ¡Cuánto labio de púrpuras teatrales,
    exageradamente pecadores!
    ¡Cuánto vocabulario de cristales,
    al frenesí llevando los colores
    en una pugna, en una competencia
    de originalidad y de excelencia!
    ¡Qué confusión! ¡Babel de las babeles!
    ¡Gran ciudad!: ¡gran demontre!: ¡gran puñeta!
    ¡el mundo sobre rieles,
    y su desequilibrio en bicicleta!

    Los vicios desdentados, las ancianas
    echándose en las canas rosicleres,
    infamia de las canas,
    y aun buscando sin tuétano placeres.
    Árboles, como locos, enjaulados:
    Alamedas, jardines
    para destuetanarse el mundo; y lados
    de creación ultrajada por orines.

    Huele el macho a jazmines,
    y menos lo que es todo parece
    la hembra oliendo a cuadra y podredumbre.

    ¡Ay, cómo empequeñece
    andar metido en esta muchedumbre!
    ¡Ay!, ¿dónde está mi cumbre,
    mi pureza, y el valle del sesteo
    de mi ganado aquel y su pastura?

    Y miro, y sólo veo
    velocidad de vicio y de locura.
    Todo eléctrico: todo de momento.
    Nada serenidad, paz recogida.
    Eléctrica la luz, la voz, el viento,
    y eléctrica la vida.
    Todo electricidad: todo presteza
    eléctrica: la flor y la sonrisa,
    el orden, la belleza,
    la canción y la prisa.
    Nada es por voluntad de ser, por gana,
    por vocación de ser. ¿Qué hacéis las cosas
    de Dios aquí: la nube, la manzana,
    el borrico, las piedras y las rosas?

    ¡Rascacielos!: ¡qué risa!: ¡rascaleches!
    ¡Qué presunción los manda hasta el retiro
    de Dios! ¿Cuándo será, Señor, que eches
    tanta soberbia abajo de un suspiro?
    ¡Ascensores!: ¡qué rabia! A ver, ¿cuál sube
    a la talla de un monte y sobrepasa
    el perfil de una nube,
    o el cardo, que de místico se abrasa
    en la serrana gracia de la altura?
    ¡Metro!: ¡qué noche oscura
    para el suicidio del que desespera!:
    ¡qué subterránea y vasta gusanera,
    donde se cata y zumba
    la labor y el secreto de la tumba!
    ¡Asfalto!: ¡qué impiedad para mi planta!
    ¡Ay, qué de menos echa
    el tacto de mi pie mundos de arcilla
    cuyo contacto imanta,
    paisajes de cosecha,
    caricias y tropiezos de semilla!

    ¡Ay, no encuentro, no encuentro
    la plenitud del mundo en este centro!
    En los naranjos dulces de mi río,
    asombros de oro en estas latitudes,
    oh ciudad cojitranca, desvarío,
    sólo abarca mi mano plenitudes.
    No concuerdo con todas estas cosas
    de escaparate y de bisutería:
    entre sus variedades procelosas,
    es la persona mía,
    como el árbol, un triste anacronismo.
    Y el triste de mí mismo,
    sale por su alegría,
    que se quedó en el mayo de mi huerto,
    de este urbano bullicio
    donde no estoy de mí seguro cierto,
    y es pormayor la vida como el vicio.

    * * *

    He medio boquiabierto
    la soledad cerrada de mi huerto.
    He regado las plantas:
    las de mis pies impuras y otras santas,
    en la sequía breve de mi ausencia
    por nadie reemplazada. Se derrama,
    rogándome asistencia,
    el limonero al suelo, ya cansino,
    de tanto agrio picudo.
    En el miembro desnudo de una rama,
    se le ve al ave el trino
    recóndito, desnudo.

    Aquí la vida es pormenor: hormiga,
    muerte, cariño, pena,
    piedra, horizonte, río, luz, espiga,
    vidrio, surco y arena.
    Aquí está la basura
    en las calles, y no en los corazones.
    Aquí todo se sabe y se murmura:
    No puede haber oculta la criatura
    mala, y menos las malas intenciones.

    Nace un niño, y entera
    la madre a todo el mundo del contorno.
    Hay pimentón tendido en la ladera,
    hay pan dentro del horno,
    y el olor llena el ámbito, rebasa
    los límites del marco de las puertas,
    penetra en toda la casa
    y panifica el aire de las huertas.

    Con una paz de aceite derramado,
    enciende el río un lado y otro lado
    de su imposible, por eterna, huida.
    Como una miel muy lenta destilada,
    por la serenidad de su caída
    sube la luz a las palmeras: cada
    palmera se disputa
    la soledad suprema de los vientos,
    la delicada gloria de la fruta
    y la supremacía
    de la elegancia de los movimientos
    en la más venturosa geografía.

    Está el agua que trina de tan fría
    en la pila y la alberca
    donde aprendí a nadar. Están los pavos,
    la Navidad se acerca,
    explotando de broma en los tapiales,
    con los desplantes y los gestos bravos
    y las barbas con ramos de corales.
    Las venas manantiales
    de mi pozo serrano
    me dan, en el pozal que les envío,
    pureza y lustración para la mano,
    para la tierra seca amor y frío.

    Haciendo el hortelano,
    hoy en este solaz de regadío
    de mi huerto me quedo.
    No quiero más ciudad, que me reduce
    su visión, y su mundo me da miedo.

    ¡Cómo el limón reluce
    encima de mi frente y la descansa!
    ¡Cómo apunta en el cruce
    de la luz y la tierra el lilio puro!
    Se combate la pita, y se remansa
    el perejil en un aparte oscuro.
    Hay az'har, ¡qué osadía de la nieve!
    y estamos en diciembre, que hasta enero,
    a oler, lucir y porfiar se atreve
    en el alrededor del limonero.

    Lo que haya de venir, aquí lo espero
    cultivando el romero y la pobreza.
    Aquí de nuevo empieza
    el orden, se reanuda
    el reposo, por yerros alterado,
    mi vida humilde, y por humilde, muda.
    Y Dios dirá, que está siempre callado.





  7. #7
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    Re: La aldea, primera forma de la vida pública

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Huid de la ciudad

    La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notar en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una primavera que venden en los mercados. Durante el verano el sol abrasa las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de barro. Los días buenos sólo llegan en el invierno. Albert Camus, La peste.

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