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Tema: Apología de la Hispanidad

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  1. #1
    Prudencio está desconectado Miembro graduado
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    Re: Apología de la Hispanidad

    Estimado Hyeronimus.

    Excelente el discurso de ese gran sacerdote que fue el Dr.Isidro Gomá y Tomás, Arzobispo de Toledo y Primado de España por la gracia de Dios Nuestro Señor.
    Bueno es contar que hubo una gran amistad entre Monseñor Gomá y Tomás y el Dr.Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) hay mucha correspondencia muy rica entre ambos, y además justo es decirlo a varios de los trece hijos de Hugo Wast les dió su primera comunión en Madrid.
    El discurso lleno de amor a Dios, y profundamente hispanista fue el segundo de esa gran noche de gala en donde todo olía a Dios en el antiguo y majestuoso teatro Colón de Buenos Aires, el primer discurso lo dio el escritor católico Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), profundamente católico e hispanista, discurso que que copio como un homenaje a estos dos grandes hombres de Dios, el uno sacerdote el otro escritor puesta su pluma y su vida al servicio del Señor, como buen siervo fiel que le fue.



    Discurso pronunciado el día 12 de Octubre de 1934 por el escritor católico argentino Dr. Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), en el Teatro Colón y con motivo del día de la raza, durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional celebrado en la Ciudad de Buenos Aires.



    Por la tarde, pasadas las 18, tuvo efecto en el teatro Colón el acto
    organizado por el comité ejecutivo del Congreso Eucarístico Internacional,
    con motivo del Día de la Raza. Desde mucho antes de la hora señalada la
    amplia sala de nuestro primer coliseo se vio colmada por un numeroso
    público, en el que se notaban las personalidades más destacadas de nuestro
    mundo social y de las altas esferas gubernativas. La llegada de cada uno de
    los eminentes prelados dio motivo a calurosas demostraciones de simpatía y
    adhesión, demostraciones que culminaron cuando hizo su aparición Su
    Eminencia el Cardenal Pacelli (quien sería en un futuro el Papa Pío XII).
    Las damas, que lucían que lucían los trajes con que asistieron a las
    ceremonias del día, así como muchos uniformes de algunas congregaciones,
    pusieron una nota de severidad en el ambiente, que desde el primer instante
    tuvo el carácter de un acontecimiento religioso poco frecuente en el Teatro
    Colón.


    El Presidente de la República, general Agustín. P. Justo, ocupaba el palco
    de la Presidencia. Para el Excmo. Cardenal Pacelli y los Cardenales de
    Francia, Polonia, Portugal y Brasil y sus respectivos séquitos se había
    habilitado el palco de las funciones de gala. A poco de llegar, el
    Cardenal Pacelli fue invitado por el Presidente de la República a ocupar un
    sitio en su palco, lugar desde donde escuchó el desarrollo del acto, con
    repetidas muestras de aprobación. Este comenzó con la ejecución de los
    himnos Pontificio y Nacional, bajo la dirección del Sr. Juan José Castro,
    quien igualmente tuvo a su cargo la interpretación de la obertura "Egmont",
    de Beethoven, y del "Encantamiento del Viernes Santo", de Parsifal.
    El primer orador de esa función de gala fue el célebre escritor argentino
    Dr. Gustavo Martínez Zuviría, Director de la Biblioteca Nacional y
    Presidente de la Comisión de Prensa y Publicidad del Congreso Eucarístico,
    novelista católico universalmente conocido bajo el seudónimo de Hugo Wast.

    Discurso del Dr. Martínez Zuviría

    No os sorprenda, señores, mi emoción al usar de la palabra en este momento
    y en presencia de tan ilustre concurso.
    He vacilado mucho al entrar, os lo confieso, pero he recordado la hermosa
    oración de Esther, antes de llegar a la presencia del rey Asuero, y la he
    repetido mentalmente: "Acordaos de mí, Señor, vos que domináis todo poder.
    Poned en mi boca lo que debo decir, a fin de que mis palabras sean
    agradables al príncipe".


    Eminentísimo Señor, que representáis con incomparable majestad al Vicario de
    Cristo en la tierra, rey de reyes, aunque se firme "siervo de los siervos
    de Dios", dignaos aceptar el corazón palpitante de esta gran ciudad latina,
    que tiene en su escudo una cruz. Y a vos, Excmo. Señor Presidente de la
    Nación, dejadme que os diga que el pueblo argentino, que anoche visteis
    desfilar, y cuya fé se muestra en forma intergiversable, está orgulloso de
    veros continuar la lista de sus presidentes católicos, y de afirmar con
    palabras elocuentes y con hechos prácticos vuestras sinceras convicciones,
    fuentes de buen gobierno, por que como vos mismo lo dijisteis en vuestro
    discurso de anoche: los pueblos sueñan todavía con el reino de la justicia y
    del amor que les anticipara el Divino Maestro.


    Me complace eludir al escudo de Buenos Aires delante, de V. E. Monseñor Gomá
    y Tomás, primado de España, por que es recordar al gran español don. Juan de
    Garay, que en 1580 abrió los cimientos de esta ciudad; y en testimonio de su
    fe católica la puso bajo la advocación de la Santísima Trinidad y le dio por
    blasón un águila coronada, que empuñaba una cruz roja, semejante a la que
    llevan en su manto los caballeros de Calatrava.
    Las armas de Buenos Aires, son ahora la insignia del XXXII Congreso
    Eucarístico Internacional, con la diferencia de que el águila no levanta una
    cruz, sino la resplandeciente custodia Eucarística.
    A vos Excmo. Señor, que habéis dado gloria a Dios y a las letras castellanas
    escribiendo con pluma de oro libros profundos y hermosos por su ciencia y
    por su fervor, os complacerá sin duda descubrir en los cimientos de Buenos
    Aires esta roca firme de la fundación, sellada con la católica y
    españolísima cruz de aquellos caballeros que hacían voto de defender, aún
    con las armas, la Inmaculada Concepción de María, objeto de vuestra ardiente
    devoción y tema de algunos de vuestros libros.
    Todos conocéis, señores, la historia de los Congresos Eucarísticos y sabéis
    quienes son los autores de la iniciativa de celebrar en Buenos Aires el
    primer congreso de la América Latina.


    No era fácil lograrlo, por que todas las naciones del mundo se disputan la
    gloria de estas asambleas.
    Los abogados de Buenos Aires, llamémoslos así, no se intimidaron ante los
    grandes títulos que otros países podrían aducir.
    El que observa el viento, no sembrará; el que interroga las nubes no
    cosechará, dice un proverbio de Salomón.
    La cuestión se promovió en el Congreso de Ámsterdam en 1924 y se repitió en
    el de Cartago en 1928 y triunfó en el de Dublín en 1930. Y esto que estamos
    viendo es su realización más que estupenda milagrosa.
    No perdonaríais mi distracción si olvidara los nombres de los insignes
    personajes que tuvieron la iniciativa de celebrarlo en Buenos Aires.
    Uno de ellos no ha presenciado el triunfo de su idea. Fray José María
    Liqueno, humilde y celoso franciscano fallecido en 1925.
    Como los santos en el cielo no se desinteresan de sus obras en la tierra,
    podemos creer que el P. Liqueno ha prestado el Congreso Eucarístico de
    Buenos Aires todo su valimento en la presencia de Dios; y quien sabe en qué
    medida ha contribuido al éxito.
    Otro es el apostólico soldado de Cristo, doctor Tomás R. Cullen, cuyos
    trabajos en los Congresos Eucarísticos de Ámsterdam y de Cartago continuó en
    Dublín un prelado argentino a quien todos conocéis y veneráis, Monseñor
    Daniel Figueroa.


    Más poco habrían podido ellos solos si no hubieran conquistado la ayuda
    entusiasta de los delegados españoles en Ámsterdam, en Cartago y en Dublín.
    A Vuestra Excelencia me refiero, señor Arzobispo de Toledo, y a vuestro
    noble compatriota, el Excelentísimo obispo de Madrid-Alcalá, aquí presente,
    que fuisteis en aquellos decisivos momentos los mejores amigos de la
    Argentina.


    Tenemos la gloria de asistir al más grande de los Congresos Eucarísticos
    Internacionales. Buenos Aires, foco de las miradas del mundo católico, es la
    nueva Jerusalén a donde convergen los caminos de millones de modernos
    cruzados, que vienen a adorar la Hostia. Y por el insigne honor de albergar
    en sus muros al Legado del Papa, que es en esta asamblea como el Papa mismo,
    se la puede elogiar con las palabras que la Iglesia pronuncia en la misa de
    la Inmaculada Concepción: "Tus fundamentos están en la montaña santa. Hoy se
    canta tu gloria, oh ciudad de Dios".


    Después de los millones de comuniones que han hecho en las últimas semanas
    las mujeres de Buenos Aires; después de la enternecedora comunión de 107.000
    niños, en la mañana de ayer en Palermo; después de la impresionante comunión
    de los hombres, en la madrugada de hoy, que desbordó todas las previsiones
    pues se esperaban cuarenta mil y concurrieron doscientos mil, y hemos
    presenciado atónitos cuadros dignos de la Iglesia primitiva, hombres adultos
    aproximarse a un sacerdote desconocido y confesarse con él, allí, en plena
    calle, en plena luz, unas veces de rodillas, otras ambos de pie, pegados al
    oído del confesor los labios del penitente, y abrazados ambos y sin
    preocuparse de la muchedumbre, que pasaba silenciosa rozándolos; y hemos
    visto dividir una Forma en cinco, seis, ocho partes, para que pudieran
    comulgar ocho hombres con una sola Hostia; después de estas escenas que ni
    se vieron jamás, ni se presumieron nunca, podemos afirmar que Buenos Aires
    está en estado de gracia.


    ¡Inolvidables Escenas, señores! Doscientos mil hombres, que, sin respeto
    humano, iban a comulgar, mientras otros hombres, millares y millares, desde
    los balcones o las aceras, los contemplaban emocionados, todos sorprendidos
    y muchos llenos de envidia.
    En cuantos ojos hemos leído anoche esta melancólica declaración: "Si yo
    tuviera fuerzas para romper tales prisiones; si yo tuviera energía para
    desdeñar tal censura; si yo tuviera valor para desafiar tal sonrisa, yo
    haría como ustedes, tocaría en el hombro a un sacerdote, me confesaría aquí
    mismo, comulgaría después y mi alma quedaría en paz. ¡Pero no tengo fuerzas!
    ¡Recen por mí!
    Sí, señores, anoche rezamos por ellos.


    Este es uno de los frutos del Congreso Eucarístico Internacional.
    Delante de estos cuadros uno se pregunta: ¿dónde está el secreto de los
    Congresos Eucarísticos para atraer a las almas?.
    No es difícil descubrirlo.
    Hasta los hombres que han perdido en los revueltos caminos del mundo, el
    recuerdo de la niñez y del hogar, cuando un gran peligro amenaza su vida o
    su honor, buscan un punto de apoyo, algo seguro en que afirmar la voluntad o
    la esperanza e instintivamente tienden los brazos al recuerdo de la madre
    viva o muerta.


    Así, los pueblos ebrios de arte, fatigados de ciencia, desesperados de
    orgullo y hastío, un día sienten la necesidad de una palabra simple que les
    dé la clave de las dos o tres cuestiones fundamentales que nos interesan:
    ¿De dónde viene el hombre? ¿Adónde va? ¿Por qué existe el dolor? Con saber
    eso basta.
    Inútil interrogar a la filosofía pretenciosa y escéptica.
    Inútil preguntar a la herejía confusa y contradictoria. Londres contesta de
    un modo, Berlín de otro, Moscú de cien.
    Sólo Roma, que es la madre de las naciones civilizadas, desde hace veinte
    siglos, responde con la misma palabra inmutable y sencilla. Por que Roma es
    la Iglesia, y la Iglesia es el Papa infalible. El alma llega a sentir
    aquella interior ansiedad del padre del muchacho enfermo, que refiere San
    Marcos y exclama con voz que enternece y descubre la silenciosa llaga de los
    incrédulos: "Señor, creo, es decir, no creo todavía: ayuda a mi
    incredulidad. Cura mi escepticismo".
    Comprendo la contradicción y la vaciedad de esa filosofía liviana, que en el
    siglo XVIII niega a Cristo, en el XIX a Dios, en el XX niega la santidad,
    la moral y la patria, para abrazar los dogmas sangrientos y disolutos del
    comunismo.
    Y se cansa de oír hablar de los derechos del hombre; y se pregunta: ¿Sólo
    derechos tiene el hombre? ¿No tiene también deberes? 'Cuáles son los deberes
    del hombre?


    Pero esa es la doctrina del sacrificio que sólo Roma conoce.
    El sacrificio que sorprende y escandaliza al hombre de mundo es la copa
    dulcísima en que beben los santos: "A todos los éxtasis, dice Santa
    Teresita, yo prefiero el sacrificio".
    El Señor escucha siempre la voz de los que quieren creer y todavía no creen.
    Y sale El mismo en su busca; y recorre los campos, las calles, las plazas.
    Cristo ha llegado a Buenos Aires y anda buscando obreros para su viña.
    ¿Recordáis el episodio evangélico?
    El Señor salió de mañana y encontró unos hombres que no trabajaban ¿Qué
    hacéis que no trabajáis? Id a mi viña. Os pagaré un denario. Salió al
    mediodía y halló otros. Salió mas tarde, a la siesta, y todavía encontró
    obreros desocupados. ¿Por qué estáis así todo el día en la plaza sin hacer
    nada?. Id a mi viña, os daré un denario.


    A todos les pagó igual, no conforme al tiempo que le habían servido, sino
    conforme a su propia inescrutable voluntad de repartir sus gracias sin
    acepción de personas.
    De tal modo que los obreros del atardecer resultaron ser los mejores
    pagados.


    Cristo hoy recorre las calles y las plazas de Buenos Aires.
    Ya conoce a sus obreros de siempre; ahora busca a los otros. Quia tempus
    misericordi ejus, quia, quia venit tempus.
    "Ha llegado el momento de la
    misericordia".
    Hay que confesar digámoslo con seguridad y orgullo, que Buenos Aires, y
    cuando digo Buenos Aires digo la Nación, y digo nuestra América y digo
    nuestra raza, se ha puesto de pie, para seguir a Cristo y librar bajo su
    pabellón las supremas batallas contra las puertas del infierno, por la fé,
    por la familia, por la patria.
    Sí, señores, la Nación se ha puesto de pie.
    Permitidme citar una vez más el Santo Evangelio según el texto de San Lucas.
    Fue en la última Pascua. Tomó el pan y lo repartió diciendo "Este es mi
    cuerpo". Luego el Cáliz: "Esta es mi sangre, que será derramada por
    vosotros. Y sin embargo, aquí, sobre la mesa, está la mano del que me
    traiciona". Y aquellos hombres que le escuchan, sin comprenderlo todo,
    empiezan a disputar sobre cosas nimias; y el Señor los calma y les enseña y
    de pronto les dice: "El que no tenga, venda su túnica y compre una espada;
    por que estamos llegando al fin". Y ellos contestaron: "Señor, he aquí dos
    espadas".


    Así ha respondido la Nación Argentina a la voz de Jesús, que le decía "Vamos
    llegando al fin. ¿Estas dispuesta? Vende la túnica y compra una espada".
    "Señor, estoy dispuesta: aquí tienes dos espadas".
    Y hemos presentado al Señor la nueva ley de los obispados y este maravilloso
    Congreso Eucarístico.
    Transformación milagrosa y más oportuna que nunca.


    Buenos Aires, con sus millones de Hostias consagradas es un inmenso copón
    que la mano del Papa levanta a los cielos.
    Y de este copón y de esas Hostias que son la carne viva y adorable de
    Nuestro Señor Jesucristo se alza esta oración.
    Señor, Dios de los ejércitos, pero también Príncipe de la paz, mira lo que
    está pasando en la tierra. Y por la desesperación de las madres que ven
    partir los batallones; y por la plegaria de las esposas que oyen con
    espanto los clarines, convocando una nueva clase; y por el llanto sin culpa
    de los huérfanos; y por el sagrado heroísmo de los campos de batalla; y por
    la desolación de los heridos, abandonados en los bosques profundos de
    nuestra América; y por la sed de los agonizantes, y por la contrición de los
    que ven llegar las sombras de su última noche; y por la esperanza de los que
    ven encenderse al morir las verdades eternas; y por el último grito que es a
    veces la primera oración del soldado que muere; y por la gracia bautismal de
    los 107.000 niños cuyos padres hemos oído vuestra palabra "dejad a los niños
    que vengan a mí" y los hemos empujado a vuestros brazos; y por las
    doscientas mil comuniones de hombres, a la medianoche, y por las misas de
    estos mil sacerdotes venidos de toda la tierra; y por las manos doblemente
    consagradas de estos doscientos obispos; y por la ardiente devoción de
    vuestros Cardenales; y por la piedad del Papa, que ha querido aumentar
    vuestra gloria con magnificencia de rey; y por la dulzura de vuestra Madre
    Madre, a quien invocamos Reina de la paz; y de nuevo por el dolor de todas
    las madres que pierden sus hijos en la guerra; y por la sangre de Cristo,
    que llena este inmenso copón de Buenos Aires, os imploramos la paz para
    nuestra América, la paz para España, la paz para el mundo inquieto y triste.
    Pero la paz que pedimos no es solamente la cesación de las batallas.
    Recordemos las palabras de Jesús, cuando lloró ante las puertas de
    Jerusalén: "Si a lo menos conocieras lo que haría tu paz. Pero estas cosas
    están ahora ocultas a tus ojos".


    Ahora no, Señor, ahora hemos visto, ahora sabemos donde está la paz.
    El instinto secreto de una raza, que a pesar de sus prevaricaciones sigue
    siendo íntimamente católica, nos ha advertido en estos días del Congreso
    Eucarístico dónde está la fuente de la paz.
    Como el torrente del profeta Ezequiel, cuyas aguas endulzaban el mar, por
    que nacían a la puerta del Santuario, la fuente de la paz para los pueblos y
    para los soldados, para los espíritus y para los corazones, está en el copón
    de la Eucaristía.


    Y Buenos Aires ya lo ha descubierto en esta suprema jornada y puede exclamar
    como la esposa del Cantar de los Cantares:
    "Yo soy a sus ojos la que ha encontrado la paz".
    Hyeronimus dio el Víctor.

  2. #2
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    Hyeronimus está desconectado Miembro Respetado
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    16 ene, 07
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    Re: Apología de la Hispanidad

    Hugo Wast, como siempre, excelente. Y desgraciadamente tan poco conocido y leído, y menos aquí en España.

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