«Vergonya eterna per a la nació culpable de destrucció tanta»
Los decretos desamortizadores de 1836 completaron y aumentaron el desastre que supuso el año anterior para muchos de los conventos y monasterios. Uno de ellos, el más importante, el Real Decreto de 8 de marzo de 1836, firmado por Mendizábal y la Reina Gobernadora, María Cristina de Borbón, decía:
«Pasaron ya para siempre, para no volver nunca, las circunstancias que hicieron útil la existencia de los Regulares (religiosos). Quedan suprimidos todos los monasterios, Conventos y demás Casas de Comunidad o de Institutos Religiosos de varones. Se prohíbe volver a la vida en común a los religiosos. Se prohíbe el uso público del hábito. Todos los bienes raíces, muebles y semovientes, rentas, derechos y acciones de todas las Casas de Comunidad, se aplicarán a la Real Caja de Amortización, para extinción de la Deuda Pública».
Dice Pérez Bustamante: «pasaron al Estado sus cuantiosas propiedades y se decretó su venta. Muchas de ellas se vendieron a precios irrisorios y pasaron a aumentar las fortunas de quienes eran ya propietarios opulentos, por lo cual no consiguió el Tesoro los ingresos que esperaba, ni aminoró la Deuda» (1).
Muchos de los Monasterios que habían quedado levemente dañados en los sucesos de julio y agosto de 1835 acabaron entonces de ser arruinados y destruidos. Así se perdieron verdaderas joyas arquitectónicas, tales como el Monasterio de Ripoll, que fue saqueado por las turbas y un grupo de migueletes insubordinados, profanadas las tumbas de los Condes de Barcelona, allí enterrados, destruidas las imágenes y objetos de culto, saqueado, robado y finalmente, incendiado el Convento y la Iglesia. Fueron ultrajados y quemados los restos de Wifredo el Velloso, de Ramón Berenguer III el Grande, de Ramón Berenguer IV y de otros Condes, que fueron los forjadores de Cataluña. Ocho siglos de historia no merecieron respeto alguno a la turba desenfrenada. La desamortización, la subasta y la venta, completaron la acción destructora (2). Se perdió la cuna de la historiografía catalana (3).
Conventos franciscanos de Santa Ana de Alcover y de Escornalbou, fueron abandonados por sus moradores, tras los sucesos de Reus. El populacho forzó las puertas y se dedicó al pillaje y a la destrucción. Existía en Escornalbou un Museo de las Misiones, único en el país, así como una de las mejores bibliotecas de Cataluña. Todo fue víctima impune de la rapiña. Los dos Conventos fueron quemados.
La Cartuja de Scala Dei, de la que deriva el nombre Priorato dado a una de las comarcas catalanas, fue fundado por Alfonso II en 1164. Los religiosos se dispersaron el 24 de julio, tras conocer los sucesos de Reus; gentes de los pueblos vecinos cayeron como aves de rapiña sobre el Monasterio, saqueándolo e incendiándolo. Posteriormente se completó su total destrucción, a causa del robo de materiales para otras construcciones. De Scala Dei, no queda piedra sobre piedra.
También fue incendiada y saqueada otra Cartuja, la de Montalegre. Igual suerte sufrieron el Santuario dominico de San Magín de Brufaganya, el Convento de los Mercedarios de Santa Coloma de Queralt y el Monasterio del Císter de Santa María de Lavaix, en la comarca de Tremp; era éste uno de los monasterios más antiguos de Cataluña; su fundación primitiva databa del siglo VIII; el claustro del siglo XI. Tenía una muy importante biblioteca. Bastaron unas horas para hacer desaparecer once siglos de historia.
El Monasterio de San Jerónimo del Valle de Hebrón, en Barcelona, del siglo XIV, fue atacado primero por unos incendiarios de Sant Cugat y, días más arde completaron la acción otros de Horta y San Andrés de Palomar. Abandonado, fue objeto de extracción de materiales para otras construcciones. Hoy se ha perdido hasta el rastro.
Tuvo más suerte el Monasterio de San Jerónimo de la Murtra, cerca de Badalona que, a pesar del saqueo y el incendio, parte importante del edificio permaneció en pie.
Los Monasterios de Poblet y Santas Creus, también abandonados por los religiosos tras los sucesos de Reus, fueron asaltados e incendiados. Las tumbas reales del Monasterio de Poblet fueron ultrajadas y saqueadas. La importante Biblioteca fue saqueada y quemada.
La desamortización de 1836 completó la obra destructora de 1835. Así se perdieron para siempre obras de arte arquitectónico de valor incalculable, como los Conventos de San Francisco y Santa Catalina de Barcelona. Muchas de las piezas de más valor fueron robadas o vendidas aI mejor postor. Algunas de ellas fueron vendidas a extranjeros, como el púlpito de San Francisco, de un sólo bloque de piedra, que se halla en el Museo Kensington de Londres. Miles y miles de pergaminos, incunables, libros valiosísimos, fueron quemados, destruido. La. Comisión incautadora pudo recoger unos 137.000 volúmenes, únicos que se han podido conservar, y mínima parte: de los que existían.
Con la desamortización de 1836 desaparecieron todos los monasterios y conventos de religiosos varones, como Sant Cugat del Vallés, San Agustín de Gerona, San Pedro de Camprodón, Besalú, Sant Benet de Bages, etc., todos ellos de notable valor arquitectónico, histórico y cultural.
Ángel Guimerá visitó en 1921 el Monasterio de Poblet; en el Álbum escribió «Vergonya eterna per a la nació culpable de destrucció tanta». Las salvajadas del verano de 1835 y de 1836 no tienen paliativos. Es un baldón histórico para todo un pueblo.
Los conventos incendiados o abandonados, así como los intactos que la ley de desamortización arrebatada a sus legítimos dueños, fueron puestos a la venta. Sólo una minoría insignificante de los ciudadanos, los enterados, estuvo en disposición de acudir a la compra dichos bienes. Esta venta fue un vil negocio para algunos ciudadanos.La autoridad eclesiástica dictó disposiciones para que los católicos se abstuvieran de comprar bienes robados. En general, así se cumplió. Pero hubo excepciones; muchos industriales, banqueros, potentados, dejaron de lado la conciencia y, sin escrúpulos, adquirieron enormes posesiones de órdenes religiosas suprimidas, como el banquero Remisa, establecido en Madrid.
Tampoco el Estado se ocupó de sacar el mejor beneficio de la venta de unos bienes que no le habían costado nada. Así el Monasterio de Bellpuig de Les Avellanes se compró desembolsando tan sólo 360 duros. «La burguesía catalana (una parte, diríamos nosotros) no sólo era partidaria de la desamortización, sino que se aprovechó intensamente de la forma como se llevó a cabo» (4).
Los Conventos incendiados, abandonados, o, simplemente incautados, encontraron pronto nuevo destino. Así los talleres «La Barcelonesa» se establecieron en el Convento de San Agustín; la nueva fábrica Bonaplata se instaló en el Convento de Santa Bárbara; una fábrica de cerillas se estableció en el Convento de los Capuchinos de Gracia, Cuarteles, dependencias oficiales, Salas de Baile, Teatros..., se fueron instalando en conventos.
Mendizábal tenía muchos simpatizantes en Cataluña. Cuando cesó en la Jefatura del Gobierno, la Junta de Comercio de Barcelona, Comisión de Fábricas y el Colegio de Gremios, elevaron a la Reina Gobernadora un escrito pidiendo su continuación: «Es decir (comenta Tasis), la continuación de la desamortización, y también de un proteccionismo que parecía a los industriales catalanes una condición previa a toda política, y que Mendizábal prometía respetar» (5). La Barcelona, liberal y progresista, dedicó una calle a Mendizábal.
(1) C. Pérez Bustamante: «Compendio de Historia de España». Madrid, 1967
(2)La Iglesia de Santa María de Ripoll fue restaurada (1886-1893) gracias a la acción del Obispo de Vich, José Morgades.
(3)Ripoll no es la cuna de Cataluña, como se dice. Si, empero, se le puede llamar cuna de la historiografía catalana» feliz expresión de Soldevila.
(4)Emili Giralt: «História de Catalunya». Ed. Aedos, Cap. VII
(5)Rafael Tasis :« Barcelona. Imatge i Història d’una ciutat». Barcelona, 1961.
Texto citado de:
Marcelo Capdeferro: “Otra Historia de Cataluña”. Ed Acervo, Barcelona, Reedición 2003.
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