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Tema: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿qué hacer?

  1. #1
    Avatar de Villores
    Villores está desconectado Miembro graduado
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    Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿qué hacer?

    Ante el increíble e insólito panorama donde impera un laicismo profesional que “ordena y manda” a la sociedad actual con el único objetivo de destruir y hacer desaparecer la civilización cristiana, y sabiendo también la existencia de algunas personas que desean fervientemente la reconquista de la Unidad Católica de España, pero que dicen no saber lo que hay que hacer al servicio de tamaña empresa, porque aún estando conformes con el "qué" no aciertan en el "cómo", les aconsejamos lleven a la práctica estas primeras respuestas elementales pero eficacísimas:

    1.- A todos aquellos, que aun teniendo la esencia, no saben qué hacer, pueden ponerse a las órdenes de los que además de la esencia tienen corazón y sí saben lo que hay que hacer, y ayudarles.

    2.- A los que no aciertan a obedecer a otros, pueden optar siempre por dos salidas:

    a.- La de testimoniar su fe con el ejemplo y orar para alcanzar la meta deseada.

    b.- La apoyar y sostener con el dinero, factor número dos en orden de importancia, al número uno que es poner el corazón en la acción, en las horas de gestión, en el tiempo dedicado a hacer cosas y recados, en una palabra a:
    La RECONQUISTA de la UNIDAD CATÓLICA de ESPAÑA
    y


    CONFESIONALIDAD CATÓLICA del ESTADO

    La Unidad Católica es una situación de derecho público en que coinciden la confesionalidad del Estado y una interpretación restrictiva de la libertad de cultos. Se puede trabajar en cualquiera de estos dos apartados.
    La confesionalidad del Estado tiene una importante interacción con la confesionalidad de la sociedad.

    La confesionalidad de la sociedad consiste en manifestaciones religiosas públicas a cargo de particulares; por ejemplo, la instalación de imágenes y monumentos religiosos a cualquier nivel, desde las puertas de las casas a las cumbres de las montañas; bendecir la mesa, no sólo en casa, sino en público, en banquetes, etc.
    La confesionalidad del Estado es la acogida en las leyes y en toda clase de disposiciones y actos oficiales de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia. Por ejemplo, hacer guardar el descanso dominical. Tenemos que conservar lo que aún queda de religioso en el Estado ateo, como la presencia de monjas y signos religiosos en los hospitales. Y después, restaurar esas manifestaciones externas en donde fueron suprimidas, como volver a instalar crucifijos en las escuelas de donde se quitaron.
    Los liberales en el Poder han encontrado una fórmula astuta de anular las manifestaciones religiosas públicas sin que se note; es desnaturalizarlas diciendo que las respetan, pero no como actos de culto a Dios que son, sino solamente por lo que tienen de fenómenos culturales, de base exclusivamente psicológica, que se han ido sumando a nuestro folklore a lo largo del tiempo. Así falsificadas, los impíos no tienen inconveniente en autorizarlas y aun de participar en ellas.
    Queda, por tanto, aclarar la otra parte de la Unidad Católica, que es la interpretación restrictiva de la libertad de cultos, la lucha contra las religiones falsas.
    La lucha contra las religiones falsas es un mecanismo de seguridad ineludible que rodea y protege la confesionalidad católica del Estado. Pueden coexistir la confesionalidad católica y la libertad de cultos, pero en equilibrio inestable; porque las religiones falsas, aunque sean insignificantes y aun guerreen entre sí, lo primero que hacen es unirse para derribar la confesionalidad católica del Estado. Nuestra historia lo demuestra.
    Precisamente por eso se define la Unidad Católica como una situación jurídica en la que coinciden la confesionalidad y la restricción severa de la libertad de cultos. No es sinónima de la confesionalidad escueta.
    Debemos, pues, trabajar en explicar la pureza del verdadero ser religioso de procesiones, ceremonias, festividades, etc., denunciando como supercherías los intentos de presentarlos como meros elementos del folklore.
    Bueno es restablecer las manifestaciones públicas donde fueron suprimidas. Pero las acciones que llevan a situaciones confesionales "de hecho", conseguidas mediante el ingenio personal, o por "poderes fácticos", deben ser elevadas a su debido rango de frutos de leyes y disposiciones oficiales escritas.
    Hay en este escalón dos fases relacionadas entre sí: Una, la reconstrucción de la confesionalidad escrita, en asuntos aislados, en disposiciones sueltas, una a una; y otra, la confesionalidad global o propiamente dicha, de donde derivará todo lo demás, que es la confesionalidad general expresada en Leyes Fundamentales o en la Constitución. Esta es la cumbre y el remate de la reconquista de nuestra Unidad Católica. Directamente la sirven y preparan los que trabajan por un cambio del Régimen ateo, no sólo del Gobierno.
    En todo caso, hay que evitar que la confesionalidad caiga en el olvido y en el desuso, y que los católicos se acostumbren al laicismo, al liberalismo y a la democracia.
    Esto se consigue hablando y escribiendo sobre el tema, "oporttune et importune".
    Manuel de SANTA CRUZ , Presidente de la Junta Nacional para la Reconquista de la UNIDAD CATÓLICA de ESPAÑA

  2. #2
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    04 feb, 07
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Totalmente de acuerdo. Activismo, pero sin olvidar la contemplación. No hay actividad eficaz sin oración que la bendiga...

    Manifestación pública de la Fe siempre, aunque ello traiga consigo la incomprensión y hasta la persecución.

    El catolicismo no puede quedarse restringido a la capilla, hay que conquistar la calle... Sin cobardías, sin complejos, sin timideces que dejan el campo abierto al Enemigo.

    Nuestro objetivo no puede ser, como bien indica el autor, conformarnos con el cambio de Gobierno... Hemos de cambiar el Estado, y para eso hemos de insuflar el Espíritu en la sociedad que será, Dios mediante, la que vuelque esta situación desquiciada y aberrante.

    Cada uno con sus medios, cada uno en lo que mejor pueda... Pero ninguno de espectador. El cristianismo y el amor a España que es consustancial a él exigen nuestra intervención.

    Religio est Libertas!

  3. #3
    Gothico está desconectado Miembro Respetado
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    17 abr, 06
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Ni el papa, ni la conferencia episcopal española, ni los obispos ni los curas ni las monjas quieren la Unidad católica de España.
    Lo primero que habría que hacer es convencerles a ellos (y dirán que eso son cosas de fachas).
    Todo lo demás que se diga, por tanto, no valdrá para nada.

    Las causas ya se vieron aquí en un sensacional artículo de J. M. Gambra:
    http://www.hispanismo.org/showthread.php?t=4100

  4. #4
    Avatar de Villores
    Villores está desconectado Miembro graduado
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    En tanto en cuanto que la Unidad Católica tiene una vertiente temporal no es indispensable -aunque sí tremendamente conveniente- contar apoyo eclesial. Por tanto esta circustancia excepcional -pero no nueva, no es la primera heterodoxía incrustada en la Iglesia- no nos exime de nuestra obligación de Reconquista de la Unidad Católica.

    Pero además, como se dice en lenguaje iuspenalista, la carga de la prueba no la tenemos nosotros, sino ellos. Que demuestren las autoridades eclesiásticas porque no podemos defender la Unidad Católica, porque contradicen el Magisterio multisecular -y de eficacia y validez actualísima-, porque se dan el abrazo de Vergara con la Revolución.

    Pese a todo sí que hay obispos, curas y monjas que aún hoy quieren la Unidad Católica. Y como dijo Miguel Ayuso hace tres años en la Cena de Cristo Rey: "cuando un principio [el de la Unidad Católica] más se niega o escamotea lo que hay que hacer es reafirmarlo aún más para que no prescriba".

  5. #5
    Halloran está desconectado Miembro novel
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Creo que es más importante recuperar un entorno de respeto para las creencias de cada cuál que el afirmar la confesionalidad del Estado. Porque no está en juego la Iglesia (las puertas del infierno no podrán contra ella, etc.), sino la libertad individual y -incluso más importante, fíjese- la autonomía moral.

    Intentando acabar con la influencia de la Iglesia en la sociedad lo que se busca es un estado de anomia en la persona, de forma y manera que pueda hacerse, desde el Poder, un adoctrinamiento más sencillo. De algún modo, es lo mismo que se busca cuando se reforman las leyes de educación para primar aquellas materias que no impliquen la creación del espíritu crítico.

    Lo que buscan son borregos. Y un creyente en un Dios personal (un Dios que te ama a ti, justamente porque eres tú, no porque seas parte de nada) es difícilmente borreguizable.

  6. #6
    Avatar de Villores
    Villores está desconectado Miembro graduado
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Halloran tu argumentación es puramente liberal. ¿También respeto a las creencias de los mahometanos?

  7. #7
    Halloran está desconectado Miembro novel
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Respeto a cualquier creencia, sea la que sea, siempre que no plantee problemas de convivencia dentro del marco establecido de derechos y libertades.

    No sé si la argumentación es liberal: más bien creo que es de sentido común. Por otro lado, cabría plantearse qué es más dañino, si la presencia de otras religiones distintas a la cristiana (incluyo protestantes) o la proliferación de movimientos sectarios destructivos.

    El Islam (que no, que no voy a decir esa gran mentira de que es "la religión de la paz"), en tanto que religión, debe tener el mismo respeto que el judaísmo, el cristianismo o el budismo.

    Ahora bien, qué duda cabe que nuestra cultura está enraízada en el cristianismo. Aunque es ocioso remarcarlo, lo remarco: no es únicamente por la presencia de templos en nuestros pueblos y ciudades, sino por todo un sistema de valores que, digan lo que digan, tienen más de evangélicos que de Revolución Francesa. Si una persona, por la razón que sea -y entiendo ahora como "razón" también la religión o su falta de ella- atenta en su vida cotidiana contra ese sistema de valores o, lo que es lo mismo, contra la legislación que ha emanado de él, deberá ser castigada conforme al derecho.

    Pero eso no implica el no respetar la opción religiosa de cada cual porque, no hay que olvidarlo, una buena parte de los musulmanes que hoy residen en España son musulmanes por cultura, y no por asunción personal.

  8. #8
    Avatar de Ordóñez
    Ordóñez está desconectado Puerto y Puerta D Yndias
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    ¿ Y por qué no respetar la zoofilia ? ¿ En qué basas tu " sentido común " ? Puro abstractismo liberal; lo de siempre. Y mira que tienen foros donde rebuznar a gusto; pues nada....

  9. #9
    Halloran está desconectado Miembro novel
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    A ver, que me parece que perdemos el norte.

    Aquí se está hablando de "reconquistar la unidad católica de España", y se ha cuestionado la necesidad de respetar otras religiones. Hasta donde yo llego, la zoofilia no es una religión o, al menos, yo no la entiendo como tal.

    Si estoy equivocado en este extremo, explíqueseme. Y si no, preséntense argumentos y no se falte al respeto que, por el momento, no creo haber rebuznado. Difícil sería, incluso habiéndolo hecho, que se hubiera oído el tal rebuzno a través del escrito.

    Creo, como escribía Tautalo, que religio est libertas (y eso es, justamente, lo que nos permite diferenciar religión de secta), y lo amplio: omnia religio libertas (que otra cosa sería decir veritas). Por tanto, todas las religiones deben merecernos el respeto que queremos para la nuestra. Otra cosa es que, en la práctica actual, el Islam esté siendo promocionado y subvencionado mientras la Iglesia Católica está siendo perseguida, pero eso no nos debe llevar al extremo de perder de vista que cuanto de bueno y verdadero se encuentra en las otras religiones viene de Dios (Comp. Cat. 170).

    Y todas ellas algo de bueno y verdadero tienen, aunque sea el mero hecho de que nacen de la búsqueda humana de Dios, lo cual es bueno (por el fin buscado) y verdadero (en cuanto da testimonio de la necesidad que siente la creatura por su Creador).

  10. #10
    Avatar de Ordóñez
    Ordóñez está desconectado Puerto y Puerta D Yndias
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    ¿ Quién te dice a ti que la zoofilia no puede ser una religión ? ¿ No entra dentro de las religiones que citas la poligamia ? Ante ese papelote poco higiénico llamado " constitución ", todos podemos esgrimir lo " religioso ", siempre y cuando no sea católico. Esas religiones que citas son falsas. La Palabra de Dios es lo católico y lo otro invenciones humanas. Ya me imagino tu respuesta del buen rollito y el sentido común....


    España lo es por Altar y Trono, y todo lo que sea buscar algo fuera de este marco, no es ya que sea falso, sino inviable como nos demuestran ya 2 siglos de nefasto abstractismo liberal.

  11. #11
    Halloran está desconectado Miembro novel
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Respondiendo brevemente:

    • Creo que la zoofilia no puede ser una religión porque ni busca la Verdad ni se encuentra con Dios.
    • Poligamia y zoofilia, por el momento, no son sinónimos. Ni siquiera son equiparables. La primera de ellas guarda el orden natural mientras que la segunda se sitúa fuera de él.
    • Nadie ha hablado de Constitución, así que no sé a qué viene eso ahora. En todo caso, con la Constitución en la mano, todos podemos esgrimir lo "religioso", incluso los católicos. Otra cosa es que en el momento actual se estén pasando la Constitución por donde no diré por no faltar al decoro.
    • Esas religiones son falsas, y por ello ya he dejado dicho que otra cosa sería hablar de religión y Verdad.


    Dice la propia Iglesia Católica en su Declaración Nostra Aetate, hablando de las religiones no cristianas, que
    La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn., 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.

    Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.
    Por lo tanto, si se quiere recuperar el catolicismo en España, ¿qué sentido tendría hacer oídos sordos a la propia Iglesia?

    Debemos -deber como obligación cristiana: nos exhorta la Iglesia a ello- respetar a las demás religiones. Y esto no entra en contradicción ni con el anuncio del evangelio ni con la reconstrucción de España.

  12. #12
    Avatar de Cirujeda
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    07 nov, 06
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Halloran: Te sugiero que, puestos a utilizar argumentos de autoridad, utilices citas del Magisterio anterior al Vaticano II, pues son mejor acogidos en este foro (aunque no es mi caso, pues encuentro complementariedad donde otros ven contradicción).

    Creo que hay algo en lo que casi todos coincidimos, que no es otra cosa que el influjo masónico en la mentalidad dominante hoy día, como se ve, por ejemplo, en el rechazo a todo lo católico y la comprensión hacia cualquier otra manifestación religiosa.

    Y, en España, la masonería es muy fuerte desde hace mucho tiempo, aunque Franco minimizara muchísimo sus efectos en la sociedad.

    Para reconquistar la Unidad Católica de España, tenemos que tener claros los enemigos. Por eso menciono a la masonería.

    Un saludo.
    "La Verdad os hará libres"

  13. #13
    Avatar de Villores
    Villores está desconectado Miembro graduado
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿quá hacer?

    Para los que se empeñan en que la secta del falso profeta Mahoma defiende el orden natural:

    APOLOGÍA DEL CRISTIANISMO FRENTE AL ISLAM


    José Miguel Gambra.

    Apología quiere decir defensa, defensa oratoria o dialéctica como la que hiciera Sócrates frente a Anito y Melito que le acusaban de impiedad y de corromper a la juventud ateniense. La apología supone, pues, una acusación que se hace ante un tribunal y consiste en rebatir esa acusación hasta lograr, incluso, que el acusador aparezca como culpable. Por tanto, la apología del cristianismo frente al Islam deberá refutar las acusaciones que el Islam hace al cristianismo, y las que hacen sus defensores o parciales en diversos grados, desde los liberales en sentido estricto hasta los católicos progresistas, inficionados de liberalismo.
    Los mahometanos nos acusan a los cristianos de ser infieles, de no profesar la fe islámica y de no seguir los preceptos del Corán. Porque, aunque nos reconocen el mérito de someternos a la Biblia, admitimos algunas doctrinas, a su juicio, falsas, como la creencia en la Trinidad y en la divinidad de Nuestro Señor, lo cual es para ellos una forma de politeísmo. El liberalismo acusa al cristianismo tradicional de intransigencia y el ecumenismo progresista, de no ver los aspectos positivos del Islam como religión monoteísta que adora al mismo Dios que los cristianos. En fin, el catolicismo tradicional o catolicismo a secas, acobardado quizás por estas acusaciones, podría también achacarse no haber logrado la conversión del Islam que, a diferencia de otras religiones, parece competir con el cristianismo en vitalidad, expansión y perdurabilidad.
    Frente a estos ataques, frente a las dudas que a nosotros mismos puedan producirnos, no cabe hacer en este breve espacio una apología pormenorizada del cristianismo. Creo, sin embargo, que con entender el Islam en su verdadera dimensión podremos dar razón del cristianismo frente a los defensores de Mahoma.




    El credo y los preceptos islámicos

    Empezaremos por comparar las doctrinas teológicas y morales del Islam con las del cristianismo. El credo que, según los entendidos, puede extraerse del Corán es tan breve que se reduce a cinco tesis: 1) Alá es uno y trascendente; 2) Mahoma es su profeta, 3) el Corán es la palabra de Alá, 4) los ángeles nos protegen y 5) el hombre resucitará y recibirá un premio o castigo eterno.
    Esté brevísimo credo no contiene nada sobre Dios que no pueda alcanzar la sola razón natural del hombre : que hay un Dios fuera del mundo, que el alma es inmortal y que recibe en el otro mundo premio o castigo. Nada hay de sobrenatural en esta fe que suprime las principales creencias del cristianismo sobre Dios. Porque, al decir que es uno, excluye que sea trino y que el Padre tenga un Hijo al que envió entre los hombres para predicar la buena nueva y para que muriera por nuestra salvación (Corán 4, 169; 5, 76-77 ).
    En realidad, Alá no es el Dios de los cristianos ; sólo coinciden ambos en el carácter negativo de ser uno y en el de no ser lo mismo que el mundo. Alá no es, como el verdadero Dios, esencialmente amor; no se ha manifiesta sobrenaturalmente a los hombres para que, conociéndole más allá de lo que la razón natural les enseña, le amen en su corazón, le reciban, y adquieran así la potestad de hacerse hijos de Dios. Alá es, al contrario, un dios que se oculta tras veinte mil velos, encerrado en sí mismo, dentro de su omnipotencia y sabiduría, que sólo es para el hombre un amo que no necesita de un mediador (4, 169). Sólo pide el hombre el sometimiento servil, como indica el término “islam” (sumisión) con que se designa a sí misma esta religión.
    En consonancia con esta idea que se hacen de su dios, se ha de entender el quinto punto del credo islámico: este dios paga sus servidores con bienes materiales, como a siervos, con una vida eterna en un paraíso de placeres sensibles, de jardines deliciosos, donde se les ofrecerán vírgenes de mirada modesta y de grandes ojos negros (37, 47), pero no concede a los hombres como un padre a sus hijos el don de su presencia y compañía. El gran ausente de ese paraíso es Alá, inaccesible y oculto para siempre a todo hombre.
    Y también conforme a ello, el dios musulmán, en vez de enviar a un hijo que no puede tener, manda un código cuyos preceptos exigen sólo la sumisión en actos externos. No pide principalmente la adhesión interior de la fe y el amor. Así se comprende que los cinco pilares del Islam, a los que se reducen las normas morales del Corán, sean sobre todo actos rituales externos: 1) “hacer profesión de fe (chahada)” y no retractarse de ella (para lo cual es suficiente la pronunciación verbal de las palabras “Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta”, sin necesidad de adhesión intelectual). 2) Hay que recitar la oración canónica a las horas preceptivas; 3) ha de hacerse la limosna legal; 4) se ha de practicar el ayuno en el mes del ramadán y 5) se ha de peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida.
    Aparte de esto, la ley islámica, contenida en el Corán, ofrece innumerables preceptos de una laxitud moral extraordinaria: admite la ley del talión (2, 173), permite la esclavitud (4, 28), hace de las mujeres seres naturalmente inferiores, acepta la poligamia y el divorcio, y transige con la sodomía (4, 20). No mantiene el derecho de gentes más elemental, porque permite el asesinato (47, 4), da pié al terrorismo , la confiscación, la reducción a servidumbre y todo género de vejaciones con los no creyentes, esto es con quienes se niegan a hacer su profesión de fe (aunque diferenciando en esto a los hombres del libro, judíos y cristianos, de los ídólatras y descreídos).
    Acerca de la ley coránica cabe destacar, de una parte, que se trata de una ley cómoda y transigente que, para la naturaleza caída del hombre, resulta fácil de cumplir, infinitamente más fácil que la moral cristiana. De otra parte, se diría que, si tales preceptos constituyen los pilares del Islam, lo que para éste importa principalmente es reforzar la conciencia de grupo de la comunidad de creyentes y la exclusión de quienes no lo son.
    En igual consonancia con esa concepción de dios, más amo que padre, está el método de “evangelización” de los mahometanos que consiste en someter a los infieles por la espada y el látigo hasta que cumplan los referidos rituales, sin importar si en ellos hay conversión interna o no. Algazel, célebre filósofo irracionalista del Islam, señalaba que la mayor parte de las conversiones se obtienen a la sombra de la espada y de la lanza, porque estos logran hacer lo que la razón no puede, pero que luego, andando el tiempo, se hace natural y voluntaria la adhesión de la mente .
    En resumen, los contenidos de la religión Mahometana, sus creencias y sus preceptos, constituyen un gigantesco paso hacia atrás en el conocimiento de Dios y en la moral que la sitúa, muy por debajo del cristianismo, a una altura similar, si no inferior, a la teología y la moral que los filósofos griegos alcanzaron cuatro siglos antes de Nuestro Señor. Si de alguna manera cabe defender al Islam, sólo puede hacerse por comparación a la religión politeísta y a los instintos y costumbres primitivos de los hombres del desierto a quienes primero convirtió Mahoma .

    Sólo hay un punto de esta religión que es una novedad y no constituye un recorte o minoración del cristianismo. Me refiero al tercer elemento del credo islámico arriba presentado, según el cual el Corán es la palabra de Alá. Aunque esto puede parecer similar a lo que ocurre con las escrituras, entendidas como palabra de Dios, se trata, según veremos, de algo muy diferente.

    Los motivos de credibilidad

    Pero dejemos ahora el contenido del Islam para considerar los motivos de credibilidad. La religión católica se apoya en una creencia sobre cosas que la razón no alcanza a entender pero que son, con todo, razonables. Y lo son porque, aunque la fe necesita de la gracia, hay motivos racionales que justifican esa fe. Entre esos motivos de credibilidad se cuentan, además de las razones filosóficas, la historia, el ejemplo de vida de quien enseñó la doctrina católica, las profecías y los milagros.
    Empezaremos por la historia. Los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento son, según la doctrina católica, inspirados y verdaderos en todas sus proposiciones. Sin embargo, al estar escritas por hombres de una cultura, con un lenguaje y un estilo propio, debe hacerse una exégesis que establezca el sentido verdadero de los textos bíblicos, comparándolos unos con otros, así como con los restantes conocimientos humanos, históricos o de cualquier otra naturaleza, que permitan alumbrar ese sentido. En última instancia la autoridad de la Iglesia es la que fija definitivamente ese sentido.
    En cambio, el Islam pretende, como luego veremos, que es la misma mano de Alá la que ha escrito el Corán y que el Profeta no intervino en su elaboración para nada. Por eso pretenden que el Corán tiene una inerrancia absoluta y cree que está en perfecta consonancia con el Antiguo y Nuevo Testamento, que éste predice el Corán así como el Corán confirma la Biblia (2, 91), pues entienden que tanto la Biblia como el Corán proceden de Alá.
    Sin embargo los hechos referidos en el Corán, a diferencia de la maravillosa coherencia histórica de los evangelios, en numerosas ocasiones ni coinciden con los textos bíblicos ni están refrendados por hechos históricamente conocidos. El caso más flagrante es la afirmación de que Nuestro Señor Jesucristo no fue crucificado, porque los judíos se equivocaron y crucificaron a otro que se le parecía (4, 156), todo lo cual sucedió en tiempos de Moisés y de los faraones. Sin embargo, la crucifixión está atestiguada históricamente, no sólo por los evangelistas y por numerosos escritos cristianos, sino también por historiadores paganos que, como Tácito, mencionan el hecho de la condena de un tal Cristo bajo Poncio Pilato en tiempos del emperador Tiberio (Anales, XV, 44), es decir, 1500 años después de lo que dice el Corán.
    También comete innumerables errores acerca de la Historia Sagrada, escrita muchos siglos antes. Así, por sólo citar unos ejemplos, mantiene que Abraham construyó la Kaaba (2, 119); y de la Virgen María dice que era hija de Imram (3, 31-32) confundiéndola con otra María que era hermana de Moisés y Aarón (19, 29). Nada de extraño tiene que éstos y otros muchos errores se den en quien, como Mahoma, no conoció sino de oídas las Escrituras. Pero tales incoherencias con la Biblia de un Corán que pretende haber sido escrito directamente por Alá, y ser continuación y perfeccionamiento de los Libros Sagrados, pone en serias dudas verdad absoluta y literal verdad que el Corán pretende tener.
    Por lo que se refiere a las profecías, la credibilidad de N.S. se ve reforzada porque llevó a efecto las profecías escritas, mucho tiempo antes, sobre su nacimiento, su vida, muerte y resurrección. Nada de todo esto se da con Mahoma y con el Islam, aunque lo pretende. Pues mantiene que el profeta fue anunciado por Abraham (2,123), e incluso por N.S. (61, 6), aunque nada aparece de tal cosa en los documentos anteriores a Mahoma.
    En cuanto los signos milagrosos que dan testimonio visible contra las leyes naturales de la verdad divina del cristianismo, Mahoma ni siquiera pretende necesitar tal cosa, pues según dice el Corán es él mismo suficiente milagro .
    Merece, en fin, en la pena considerar más detalladamente si la vida de Mahoma, si su ejemplo, su abnegación, su entrega y su pureza, le avalan como profeta digno de dar a conocer la culminación de las escrituras.
    Mahoma fue un camellero de la Meca nacido en el 570 aproximadamente. Era hombre inculto que no sabía leer y cuya juventud debió ser bastante desgraciada. A los 25 años caso con Jadicha, viuda mayor que él, lo cual le proporcionó una situación económica agradable. Era hombre receptivo, interesado por las narraciones religiosas de su entorno. Así conoció un poco, muy poco, de la religión cristiana ortodoxa, de la judía, de la religión de Zaratustra y de las numerosas sectas heréticas difundidas en Oriente (gnosticismo, maniqueismo, nestorianismo etc.).
    A los cuarenta años recibe una supuesta visión del ángel Gabriel que luego se repetiría a lo largo de toda su vida. Empieza a predicar en la Meca y es mal recibido; pocos le siguen y muchos le atacan. En el año 622 decide trasladarse a Medina con sus seguidores (la égira donde empieza la era musulmana). Allí empieza su buena racha: tiene seguidores con los cuales da principio su carrera política y militar. Asaltó varias caravanas de los mequies, incluso durante el mes sagrado. Las críticas que esto le atrajeron se solventan por medio de una aparición en que se justifica ese acto de hostilidad sacrílego diciendo que es más graves la infidelidad que guerrear durante el mes sagrado. Se distancia luego de los judíos, con los cuales había estado en buenas relaciones y, para reforzar la originalidad de sus enseñanzas, decide cambiar la dirección del rezo (qibla), de Jerusalén a la Meca. Esto le hace objeto de nuevas críticas, pero de nuevo una aparición consignada en el Corán viene a justificarle. Tras diversas batallas, se adueña de la Meca y extiende sus dominios por buena parte de Arabia, a lo cual contribuye no poco la decadencia de los imperios Bizantino y Persa. De nuevo el Corán, que insta a la guerra santa contra los infieles, promete el paraíso a quienes arriesgan su vida y hacienda en ella (9, 89-90) y el infierno a quienes no siguen al profeta, viene a ser un aliado fundamental para su éxito militar. Numerosos pasajes del Corán sirven de apoyo a los intereses guerreros de Mahoma, como la condena al infierno de los perezosos que se negaron a seguirle en la expedición de Tabuk (9, 62 ss.).
    Entretanto, muerta Jadicha su primera mujer, a la que fue relativamente fiel, Mahoma se entregó a una poligamia desenfrenada. Casó primero con Aísa, niña al parecer de menos de diez años, hija de Abubeker, que le sucedió en la jefatura de los creyentes. También se casó con Zeinab, esposa de Zeid, un hijo adoptivo suyo, que la había repudiado vista de inclinación de Mahoma hacia ella. Y así llegó a tener, ya cincuentón, entre nueve y quince mujeres, dependiendo de los autores, más algunas concubinas.
    Ni siquiera las muy laxas leyes matrimoniales del Corán para los creyentes fueron, bajo muchos aspectos, cumplidas por el propio Mahoma. Algunas de estas leyes surgieron para justificar a posteriori los actos del profeta. Por ejemplo aquélla del pasaje 33, 35 donde se explica que Mahoma, no sólo no hizo mal al casarse con la mujer de su hijo, sino que ese matrimonio fue hecho por el mismo Alá, para que no se considerará un crimen el matrimonio con la mujer y un hijo adoptivo. Como Mahoma excedió con mucho las cuatro mujeres que permitía el Corán al común de los mortales, hay en éste una larga serie de versículos que dan prerrogativas especiales y exclusivas al Profeta. La más notable es la siguiente:

    O profeta, le dice Alá, te está permitido casarte con las mujeres que deseares; las cautivas que Alá haya hecho caer en tus manos, las hijas de tus tíos y de tus tías maternas y paternas que se libren a tu pasión y toda mujer fiel que entregue su corazón al profeta, si el profeta quiere desposarla. Es un privilegio que te concedemos sobre todos los creyentes (33, 47).

    Por otro lado, como el bueno de Mahoma, era extremadamente celoso, prohibió a todo creyente que hable a las mujeres del profeta, a no ser tras un velo. Y llevó sus celos hasta más allá de la muerte, pues, aunque en general estaba permitido casarse con las viudas, prohibió también a los creyentes que “se casen con ninguna de las que hayan cohabitando con el Profeta, porque sería grave a los ojos de Alá” (33, 51a).Y es que, como dice algo antes, “las mujeres de Profeta no son como las demás mujeres” (33, 30).
    Mahoma, habiendo dominado al menos nominalmente toda la península arábiga, muere en el año 632 en brazos de su mujer favorita Aísa, que tiene veinte años y no volverás a casarse, a pesar de haberle sobrevivido cincuenta años.

    Difícilmente puede tomarse a Mahoma como ejemplo de vida y, menos aún, tenerle por profeta. Porque, si bien los profetas a veces cometieron graves faltas, como el rey David, nunca se sirvieron de las profecías en provecho y justificación de sí mismos. Más difícil es todavía tener a Mahoma por culminación y sello de los profetas, por encima de N. S. Jesucristo, pues no cabe la comparación entre ambos, incluso desde el punto de vista de lo que la razón natural propone a cualquiera como norma de vida.
    ¿Qué comparación cabe? De un lado Mahoma, pretendido profeta que unifica el fanatismo irracional de un visionario y la impostura interesada de un embaucador, en cuya doctrina se contienen muchas cosas para provecho propio, para adquirir mayor poder militar, político y religioso, sin sacrificio personal de sus intereses y pasiones, incluso en lo más inferior. De otro lado N.S. que, por proclamar la doctrina del Padre que le ha enviado, recibe vergonzosa muerte y, aún así, pide perdón por sus verdugos. De un lado Mahoma, hombre de vida sanguinaria y vengativa que hace la guerra para beneficio propio. De otro lado Jesús que se niega a ser proclamado rey y se ofrece en sacrificio por la salvación de los hombres. Ni siquiera desde el punto de vista de los autores paganos serían comparables estos dos hombres: Jesús ofrece una vida superior a cuánto imaginaron los filósofos, quienes no llegaron a concebir el amor divino a los hombres y menos fueron capaces de entender que un dios pudiera morir por ese amor. En cambio Mahoma es muy inferior a la vida virtuosa que los filósofos griegos propusieron con la sola luz de la razón.

    Religión inferior, de cruel moralidad, con promesas de felicidad sensual, predicada por un profeta fanático e interesado, de vida carnal y guerrera; religión no avalada por profecías ni milagros ¿cómo se puede acusar a los cristianos de no creer en ella? Es más, dando la vuelta a la cuestión, podemos preguntarnos ¿cómo es posible que los mahometanos se mantengan en una secta superficial o leve como la suya? O, acusándonos a nosotros mismos, podemos preguntarnos ¿cómo los cristianos no han sido capaces de convertir al Islam?.

    El Corán, otra jugada maestra de Satanás

    La respuesta está en el Corán; no ciertamente en lo que dice, pues tomado como libro supuestamente inspirado, no resistiría la crítica y apenas si pueden salvarse algunos destellos de enseñanza admisible, sino en el valor que los mahometanos le atribuyen.
    El Corán difiere de la Biblia en que está escrito por Alá mismo, no por una autor humano que, aunque inspirado y verdadero, escribe con las limitaciones del lenguaje y cultura que le son propios. El Corán original, “la madre del libro” está junto a Alá (43,3; 56, 79) y él lo ha hecho descender (tanzil) (26,192; 4, 113), por medio del ángel Gabriel (2, 91; 4, 113), de manera instantánea sobre Mahoma, quien lo poseyó desde ese momento. Sin embargo, lo va recitando a lo largo de su vida, conforme a una supuesta inspiración que discierne el momento adecuado para esa recitación, que no altera un solo versículo del Corán eterno (2,100).
    Esto, que puede parecer una cuestión de detalle, es, sin embargo, una diferencia capital para entender el poder de convicción del Corán y percibir el tufillo de demoníaca genialidad que le anima.
    Una frase del Corán dice: “el Corán es la verdad ¿acaso no te bastará el testimonio de tu señor?” (41,53). En esta frase está contenido toda la fuerza persuasiva del Islam. Al presentarse el Corán como el libro escrito por Alá, por el dios musulmán, se convierte con ello en la fuente de a todo conocimiento que podamos pretender. Por ello no hay filosofía islámica, a no ser como gnosis, o interpretación esotérica, de lo contenido en el texto coránico que sería, según eso, el saber exotérico para el pueblo. Ésta es, en líneas generales, la interpretación chiita del Corán, que dio lugar, dentro del Islam, a un cierto tipo de escuelas filosóficas. Y aún éstas fueron combatidas frecuentemente por otras tendencias de los mismos musulmanes, especialmente por los que se atienen a la ley estricta de la Charria y a la lectura literal del Corán. Las iras de estos partidarios de la letra coránica cayeron sobre algunos filósofos como Al-Halla, al que crucificaron, y Averroes (que murió encarcelado).
    En todo caso, no hay más pensamiento que el que gira en torno al Corán, no hay otra fuente de conocimiento. A diferencia de esto, el cristianismo distingue el conocimiento natural del conocimiento revelado, y se toma el inmenso trabajo demostrar la compatibilidad de ambos, de entender los textos sagrados sin despreciar el saber histórico, filosófico y científico, sin dejar de lado las evidencias racionales. De hecho ¿qué ha aportado el Islam a la ciencia o a la filosofía? Muy poco. Su contribución más importante se limita a la transmisión de conocimientos ajenos .
    Ahora bien, al ser el Corán la fuente de todo conocimiento ¿dónde sino en el Corán mismo hemos de buscar la seguridad de que el Corán es la verdad? Así se entiende la segunda parte de la frase coránica citada arriba: “¿acaso no te basta el testimonio de tu señor?”. El Corán no necesita motivos de credibilidad, como los que antes hemos citado, no necesita de milagros, porque, como dice Mahoma, no hay mayor milagro que el Corán mismo.

    Visto desde fuera, esto no es más que un círculo vicioso: el Corán es verdadero porque el Corán dice que es verdadero. Y, sin embargo, no hay nada más eficaz que un círculo vicioso, o una petición de principio, para hacer inatacable una doctrina. Por eso es imposible polemizar con los mahometanos para tratar de convencerles de sus errores. Porque para polemizar, para rebatir y persuadir a alguien, ha de adoptarse su punto de vista, lo cual, en nuestro caso, conllevaría tomar como punto de partida de la discusión el Corán mismo . Cualquier argumento externo al Corán, si choca con la letra del libro queda por ello mismo desautorizado para los mahometanos: que la historia atestigua errores en el Corán, la historia está equivocada; que la razón muestra la miseria de las leyes del Corán, la razón se ha extraviado.
    Así, cualquiera de los argumentos que hemos usado arriba se da de bruces con esta monstruosa petición de principio. Por ejemplo, la ausencia de virtudes de Mahoma sólo puede establecerse conforme a un código moral como el de algún filósofo griego o el del cristianismo. Pero como Mahoma recitaba el Corán según le inspiraban las circunstancias, todos los actos execrables que a Mahoma le imputaron incluso sus propios seguidores, tienen la correspondiente explicación en las suras del Corán y resulta, por tanto, que su vida es todo un ejemplo: “tenéis un excelente ejemplo en vuestro profeta; un ejemplo para todos los que esperan en Alá y creen en el último día” (33, 21).
    La única razón externa que admitió Mahoma era que nadie es capaz de escribir algo tan perfecto como el Corán (2, 21). Pero aquí de nuevo nos hallamos en el mismo círculo vicioso: la perfección de los versos del Corán sólo podía determinarse por comparación a una literatura árabe que fuera ajena al Corán. Ahora bien, la literatura anterior a Mahoma fue despreciada por sus seguidores ya que la consideraban asociada al paganismo y la idolatría , y la posterior tomó como norma y referencia al Corán pues, al estar escrito por Alá, su lenguaje tenía que ser perfecto. Otra vez tenemos que el Corán es perfecto porque lo dice el Corán.
    El Corán -acabamos verlo- es la verdad; pero también es la norma o camino de los mahometanos: el Corán pretende ser la ley que establece todos los aspectos de la vida musulmana, de la vida familiar y política, de la vida interior y exterior, de la religión en el fuero interno y en el culto. Conforme al Corán se constituye la Uma o comunidad de creyentes, en cuyo seno valen las leyes de beneficencia y los derechos civiles, y fuera de la cual no hay ley protectora, ni deber alguno que cumplir, a no ser el de enseñar y propagar el Corán. La Uma es la segunda base de la persistencia del Islam. Gracias a la inserción de los mahometanos en ella, gracias a que sólo pueden crear lazos íntimos entre sí (4, 143) y al enorme poder psicológico que tienen sobre sus miembros las sociedades completamente cerradas, gracias al desarrollo de toda su vida en el seno de esa comunidad inspirada en el Corán, no se viene abajo en la mente del musulmán el círculo vicioso Coránico.
    En fin, el Corán es la vida para los musulmanes, porque sólo en él hallan palabras de vida eterna. Sólo quien ha hecho la profesión de fe y no se retracta tiene derecho a la vida en este mundo y se le promete la vida perdurable en el paraíso de las huríes.

    El Corán es, por consiguiente el camino, la verdad y la vida. Es decir, para el Islam, como han señalado algunos entendidos, el Corán hace el papel que N. S. Jesucristo hace en el cristianismo. Y en eso consiste una de las jugadas maestras de Satanás, porque incapaz de competir con Dios Padre que envía a su divino e inmaculado Hijo, en el cual tenemos todas las razones para creer, envía como respuesta un libro y lo envía como escrito por el mismo Alá, de manera que anula cualquier otro dato o premisa ajeno al Corán y, por tanto, lo hace irrefutable. Si además tenemos en cuenta: 1) que para admitir la teología islámica sólo se necesita acatar lo que la razón natural dicta, 2) que la ley contenida en el Corán la cumplen sin dificultad los hombres sensuales y con instinto gregario, 3) que conforme a ese libro, el castigo de la apostasía es la pena capital, en este mundo, y la condenación eterna en el otro y, finalmente, 4) que exige de los fieles vivan aislados de quienes no han pronunciado la chahada; dado todo esto, no es de extrañar que la conversión de los musulmanes sea extremadamente difícil. Porque, en virtud de todo esto, el mahometano se convierte en una especie de autista religioso y cultural.

    Nada de extraordinario se esconde, pues, tras la persistencia del Islam, ni tras el fracaso cristiano en su conversión. Nada de extraño tiene que con los moriscos sólo cupiera la expulsión, a pesar de los intentos de conversión y, como hoy se dice, de integración. Y hoy que se presenta una situación similar, cuando los mahometanos se instalan en el seno de nuestra sociedad, de nada vale tampoco el diálogo propugnado por los ecumenistas. En uno de esos encuentros interreligiosos que preparan los católicos liberales, cuando uno de ellos invitó a quer qué los mahometanos organizaran una reunión similar, un influyente musulmán, allí presente, contestó a las claras: “¿Por qué habríamos de hacerlo? Vosotros no tenéis nada que enseñarnos y nosotros no tenemos nada que aprender”. Ante semejante actitud, sólo con una postura de firmeza que desarraigue a los musulmanes emigrantes del contacto con la Uma; sólo impidiendo su protección mutua y su hermandad, sólo cuando no hacen su vida entera dentro de la comunidad de creyentes, se tambalea su fe basada en el demoníaco círculo vicioso del Corán.


    Para los que se empeñan en una cínica laicidad:

    LA AMBIVALENCIA DE LA LAICIDAD Y LA PERMANENCIA DEL LAICISMO: LA NECESIDAD DE RECONSTITUIR EL DERECHO PÚBLICO CRISTIANO

    por

    MIGUEL AYUSO


    1. De nominibus non est disputandum? o Res denominatur a potiori?

    Laicismo y laicidad. Dos términos emparentados. Con significados, por lo mismo, entrelazados. El primero, lo denota el sufijo “ismo”, ligado a una ideología. Una ideología, la liberal, basada en la marginación de la Iglesia de las realidades humanas y sociales. En efecto, el naturalismo racionalista puesto por obra en la Revolución liberal, y condenado por el magisterio de la Iglesia, recibió entre otros el nombre de laicismo. El segundo, relacionado en su inicio con una situación generada por esa ideología en la Francia del último tercio del ochocientos. Así pues, laicismo y laicidad como términos que expresan un mismo concepto.



    Hoy, en cambio, parece que hay sectores interesados en contraponerlos. Principalmente el “clericalismo” (tomando el término en el sentido que le daba Augusto del Noce , esto es, la subordinación del discurso político e intelectual católico al dominante en cada momento) y la democracia cristiana. El laicismo agresivo se diferenciaría, así, de la laicidad respetuosa, y la pareja “laicismo y laicidad” se interpretaría disyuntivamente como “laicismo o laicidad”. Pero, ¿resulta fundada una tal oposición? ¿O más bien es dado hallar en la misma un simple matiz entre dos versiones de una misma ideología? Un indicio, entre muchos, y de singular relevancia, nos conduce hacia esta segunda posibilidad: la protesta que hacen los secuaces de la laicidad de respetar la “separación” entre la Iglesia y el Estado, con el consiguiente rechazo de la tesis del Estado católico. Ahora bien, la Iglesia no puede (sin traicionar su misión) dejar de afirmar que hay una ley moral natural, que Ella custodia, y a la que los poderes públicos deben someterse . Esto es, el núcleo del Estado (que no es el Estado moderno sino la comunidad política clásica) católico, de lo que se llama con terminología de origen protestante la “confesionalidad del Estado”, y –con denominación tradicional que presupone una mayoría sociológica– “unidad católica” .

    Cuando se afirma que “ninguna confesión (religiosa) tendrá carácter estatal” –según hace, por ejemplo, el artículo 16 de la Constitución española– podría pensarse que no se ha salido del ámbito de esa tesis tradicional, ya que el Estado católico lejos de estatalizar la religión, se somete a su invariante moral del orden político . En la práctica, sin embargo, lo que se está postulando es el agnosticismo político, que no puede sino concluir exigiendo la sumisión de la Iglesia (previo olvido de su misión de garante de esa ortodoxia pública) al Estado: la “laicidad del Estado” siempre termina en la “laicidad de la Iglesia” , esto es, en la pretensión de que ésta renuncie a su misión y se limite a ofertar su “producto” (pura opción) dentro del respeto de las reglas del “mercado”. Esta ha sido siempre la lógica de la laicidad, pero que ahora –pasado el momento fuerte de las “religiones civiles”– se evidencia con toda claridad. Por lo mismo, ante la falsa oposición entre laicismo y laicidad debe proclamarse que “ni laicismo ni laicidad”.

    2. Al principio... Non est potestas nisi a Deo.

    Sin embargo, no siempre se produjo la confusión de hoy. No es del caso trazar la historia de las relaciones entre religión y política . Pero quizá sí lo sea recordar la constante de su vinculación recíproca y también el carácter moral de las instituciones y del poder político. Éste no es simple fuerza, sino que viene modalizado por su dimensión humana y moral . Tanto en su origen, pues no hay poder que no venga de Dios, como en su ejercicio, ya que se orienta al fin de –disciplinando las relaciones entre los hombres en sociedad– permitir que éstos sean más plenamente hombres. De ahí se deduce la exigencia (moral y aun religiosa) de obedecer los dictados del poder, cualquiera que sea el gobernante, pero también la posibilidad de desautorizarlo (en principio en cuanto a actos singulares, pudiendo llegar incluso a la resistencia y, en la escuela española, al tiranicidio) cuando deja de orientarse a su finalidad .

    Igualmente, ese fundamento religioso del origen y ejercicio del poder no elimina su autonomía. En puridad esto ha ocurrido siempre, en el seno de cualquier civilización, pues la teocracia (por lo demás desconocida en el mundo cristiano pero no en otros universos culturales) no deja de ser un doble “truco” para disimular que en realidad Dios no gobierna directamente el mundo, sino por medio de causas segundas, y que hacer del gobernante el oráculo de Dios destruye la acción humana como libre y responsable, presidida por la virtud de la prudencia . Sin embargo, aunque la autonomía del poder temporal respecto del espiritual se pueda encontrar en el fondo de cualquier civilización, cuando se acierta a destapar –como se ha visto– el truco mendaz de la teocracia, su articulación más plena pertenece sólo al cristianismo. Éste conoce cosas de Dios y cosas del César. Éste exige también la Iglesia, distinta –a lo largo del tiempo– del Imperio, de los reinos y del Estado, constituida en autoridad que limita las potestades temporales. Así pertenece en exclusiva al cristianismo la existencia de un ámbito profano, laico, “distinto” pero no “separado” del ámbito religioso . Lo que se conoce como el régimen de Cristiandad articula esa dualidad, armónica y convergente más que polémica, aunque no exenta de conflictos, causados de sólito por la pretensión del poder temporal de arrogarse el derecho de definir la verdad (propio de la autoridad) o, en otras ocasiones, por el envilecimiento de ésta al conducirse como un poder. El cuadro de la Cristiandad, con sus luces y sus sombras, es de –en la famosa descripción leonina– la dichosa edad aquella en que la filosofía cristiana gobernaba las comunidades .

    3. El Estado moderno y sus transformaciones: la puesta en plural del pecado original y la doctrina social de la Iglesia como contestación cristiana del mundo moderno.

    Esta autonomía de lo temporal, tras el surgimiento del Estado, sufrirá una inflexión. El Estado, que es un orden territorial cerrado, nació para poner fin a las guerras de religión, de las que el mundo hispánico se vio libre por su unidad católica, de modo que se asentó como instancia de neutralización, indiferente ante las religiones. Pero, por otra parte, la Reforma protestante puso en marcha un proceso de secularización cuyas fases se han ido apurando hasta llegar a la situación presente . Primero independizando el orden humano del divino y dejando la religión como puro elemento político: cuius regio, eius et religio. Después poniendo el fundamento de la comunidad de los hombres en la voluntad humana, verdadera puesta en plural del pecado original . Más adelante, separando las distintas formas de la sociabilidad humana del influjo religioso, alcanzando –finalmente– hasta la propia familia en tal empeño .

    La cuestión teológica y moral se hace política, social y familiar. De ahí el surgimiento de la doctrina social y política de la Iglesia stricto sensu(lato sensu es muy anterior), pues conforme la herejía se va tornando política y social, la respuesta a la misma ha de desenvolverse en ese orden: por eso el magisterio eclesiástico haya tenido en la edad contemporánea el carácter diferencial de ocuparse, de un modo inusitado en siglos anteriores, de cuestiones de orden político, cultural, económico-social etc. La doctrina social de la Iglesia aparece, por lo mismo, vinculada a la teología, y más concretamente a la teología moral, lo que la separa tajantemente de ideologías y programas políticos. Brota de formular cuidadosamente los resultados de la reflexión sobre la vida del hombre en sociedad a la luz de la fe y busca orientar la conducta cristiana desde un ángulo práctico-práctico o pastoral, por lo que no puede desgajarse de la realidad que los signos de los tiempos imponen y que exige una constante actualización del “carisma profético” que pertenece a la Iglesia. En consecuencia, concierne directamente a la misión evangelizadora de la Iglesia, ofreciéndonos todo un cuerpo de doctrina centrado en la proclamación del Reino de Cristo sobre las sociedades humanas como condición única de su ordenación justa y de su vida progresiva y pacífica.

    En puridad tal doctrina no es meramente reactiva, sino afirmativa, aunque incorpore elementos de rechazo del mundo moderno, por lo que converge con la doctrina y las acciones denominadas contrarrevolucionarias, esto es, opuestas a la Revolución, entendida ésta como acción descristianizadora sistemática por medio del influjo de las ideas e instituciones . De consuno, pues, la filosofía política contrarrevolucionaria y la doctrina social de la Iglesia han consistido en una suerte de “contestación cristiana del mundo moderno”. Hoy, no sé hasta qué punto su sentido histórico –el de ambas, aunque de modo distinto– está en trance de difuminarse, pero en su raíz no significó sino la comprensión de que los métodos intelectuales y, por ende, sus consecuencias prácticas y políticas, del mundo moderno, de la revolución, eran ajenos y contrarios al orden sobrenatural, y no en el mero sentido de un orden natural que desconoce la gracia, mas en el radical de que son tan extraños a la naturaleza como a la gracia .

    4. La ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política.

    De ahí que se pueda afirmar como moralmente cierta, sin caer en confusión de planos o incurrir en una interpretación errónea de lo que pertenece al Evangelio y a la vida cristiana, la conexión entre los procesos políticos y la descristianización que se ha producido en los últimos siglos, especialmente en los últimos decenios, de modo singular en España: “Precisamente porque aquel lenguaje profético del Magisterio ilumina, con luz sobrenatural venida de Dios mismo, algo que resulta también patente a la experiencia social y al análisis filosófico de las corrientes e ideologías a las que atribuimos aquel intrínseco efecto descristianizador. Lo que el estudio y la docilidad al Magisterio pontificio ponen en claro, y dejan fuera de toda duda, es que los movimientos políticos y sociales que han caracterizado el curso de la humanidad contemporánea en los últimos siglos, no son sólo opciones de orden ideológico o de preferencia por tal o cual sistema de organización de la sociedad política o de la vida económica (...). Son la puesta en práctica en la vida colectiva, en la vida de la sociedad y de la política, del inmanentismo antropocéntrico y antiteístico" .

    Por eso se ha hablado de “la ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política”. Sin embargo, no puede obviarse que tal política, en el caso español objeto de examen, y aun en una consideración más universal, fue no sólo avalada sino en algún modo incluso impulsada por el Vaticano, que estaría en el origen de esa política que habría producido la ruina espiritual de nuestro pueblo.

    La trayectoria histórica de España en relación con la presencia socialmente operante de la fe católica ha presentado, sin duda, caracteres especiales en la Edad moderna, ligados a la identificación de España con la Cristiandad decadente, a la que sucede tras la expansión americana en una suerte de christianitas minor que prolongó el primado de la Iglesia cuando en el “concierto europeo” comenzaba a imponerse el primado del Estado (moderno). En la Edad contemporánea, por su parte, la revolución liberal, tras la senda de la –entre nosotros– excepcional heterodoxia del dieciocho, introdujo una herida en esa cristiandad de residuo, dejando sólo una christianitas minima, la del pueblo tradicional en combate –bélico con frecuencia– contra la pretensión de fundar un “orden” neutro, coexistente, sin referencia a la comunidad de fe y prescindente de la unidad católica . Varias veces derrotada, pero nunca vencida definitivamente, rebrotará en el siglo XX en la ocasión singular de la guerra de 1936-1939 y sólo parecerá secarse con los cambios del desarrollismo tecnocrático de los sesenta y, sobre todo, tras el cambio constitucional que implicó un fugaz éxito de la aconfesionalidad, con la “nueva laicidad”, esto es, la que no se alza contra la Iglesia sino que la ha penetrado hasta el punto de asumir la “separación” del orden temporal y del religioso. La nueva laicidad no es otra que el viejo laicismo, en versión postmoderna, en el fondo radicalizada por su carga disolvente, y que ha invadido a la propia Iglesia. Así, el arbusto se ha convertido en un gran árbol cuya sombra llega a donde nunca se hubiera sospechado .


    5. Las incoherencias de la predicación actual y la reedificación del derecho público cristiano.

    Por ello, en la coyuntura presente el gran asunto es el que un gran obispo español acertó a cincelar en una frase no complaciente: “Iglesia y comunidad política: las incoherencias de la predicación actual descubren la necesidad de reedificar la doctrina de la Iglesia”.

    Juan Pablo II, en uno de los últimos actos de su pontificado, dirigió una carta a los obispos franceses en el centenario de la Ley francesa de separación de la Iglesia y el Estado, de 1905, condenada por san Pío X en Vehementer nos(1906). En la carta comienza afirmando, por el contrario, que “el principio de la laicidad, al que vuestro país se halla tan ligado, si se comprende bien, pertenece a la doctrina social de la Iglesia”. Frase equívoca, máxime si se tiene en cuenta que se dirige a los obispos de Francia en ocasión de una ley francesa. Pero la ambigüedad se prolonga acto seguido, a través del recordatorio “de la necesidad de una justa separación entre los poderes”. Pues, por vez primera, no es la “distinción” entre los poderes la que se reclama, sino la “separación”. Equívoco agravado por el hecho de que la ley de 1905 llevaba en su rúbrica precisamente el término “separación. Finalmente, la carta da un paso más, al establecer que “el principio de no-confesionalidad del Estado, que es una no-inmisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen al servicio de todos y de la comunidad social”.

    Así pues, no salimos de la ambigüedad en ese terreno. Con graves consecuencias. Pues la Iglesia no acierta a reafirmar el derecho público cristiano.

  14. #14
    Avatar de Ordóñez
    Ordóñez está desconectado Puerto y Puerta D Yndias
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿qué hacer?

    ¿ Qué la poligamia guarda el Orden Natural ? ¿ Qué orden es ese ? Si queríamos relativismo, tomemos dos tazas....Aceptación de la aberración y encima luego crearse una propia moral. Nadie se pasa realmente la Constitución por el forro. La Constitución fue un engendro hecho por una minoría política burguesa y apartados como estos lo tenemos ya en las Cortes de Cádiz con la minoría masónica conspiradora. ¿ Tú te crees que si a la gente se le hubiera preguntado realmente sus efectos hubiera pasado lo que pasó ? Eso por no hablar de que no todo el mundo votó, ni hubo cortes constituyentes, ni se hizo al modo orgánico ( En el franquismo tampoco se hacía ).


    Contra este falso " buen rollito ", la moral católica es lo que debe imperar. Y si los clérigos caen en la tibieza, seamos los seglares la vanguardia en el combate con los eclesiáticos que nos apoyan. Cuando quemen las iglesias, que llamen a las Nuevas Generaciones del PP para defenderlas....Ya hasta Ussía o Losantos le ven las orejas al lobo y dulcifican sus discursos sobre el carlismo....

  15. #15
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿qué hacer?

    Las nuevas generaciones del PP no saben defender ni sus sedes... jejeje. Estoy contigo en lo que dices, Ordóñez. Y para colmo de nuestros males, falta unidad entre los patriotas...

    Moral a la carta es lo que quiere el subjetivismo insolidario... Contra eso sólo hay una cosa: Tradición, Tradición, Tradición...

    Todavía hay clero que permanece fiel a Cristo, por mucho "progre" que veamos por ahí.

    La Iglesia es Eterna.

  16. #16
    Avatar de Cirujeda
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿qué hacer?

    Nos desviamos, pero bueno...

    El que está en Cristo es una nueva creación. Pasó lo viejo, todo es nuevo. 2 Co 5.
    "La Verdad os hará libres"

  17. #17
    Avatar de Ordóñez
    Ordóñez está desconectado Puerto y Puerta D Yndias
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    Re: Reconquista de la Unidad Católica de España, ¿qué hacer?

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    Sí tautalo, pero entre qué patriotas.....Si muchos de éstos nunca han aceptado la Tradición.....Como decía Fal-Conde, el pacto nunca conlleva sacrificio del ideal. Por " supervivencia " el carlismo ha tenido una larga historia de pactos, pero ya ves qué bien salió parado de 40 años de Movimiento Nacional.....No es sectarismo, pues incluso en el tradicionalismo siempre han existido varias " sensibilidades " pero siempre unidas por DPFR. Si un " patriota " no acepta la premisa de Altar y Trono, entonces es lo mismo de siempre....

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