Extraido de las memorias del conde de Melgar, secretario de Don Carlos VII: "Veinte años con don Carlos".

Carlos Calderón

Don Carlos Calderón fue uno de los jefes carlistas con quien más intimidad tuvo don Carlos y a quien yo traté más hasta el último día de su vida. Sus antecedentes nada tenían de carlista. Decíase que su padre, que pereció siendo él muy joven, había hecho la mayor parte de su fortuna con la compra de bienes nacionales, cosa vitanda para los carlistas; lo cual no predisponía mucho a favor de éstos a su heredero. Sus temores carecían de fundamento, pues don Carlos había declarado pública y privadamente que él no sería nunca más papista que el Papa, y que desde el momento en que la Santa Sede había echado un velo sobre la desamortización y no quería que se molestara a los que se habían aprovechado de ella, éstos podían estar tranquilos. Pero no opinaban así los carlistas más exaltados, que consideraban nefanda toda la obra de la revolución; más aún, todos los progresos de la civilización material, que creían haber sido anatematizados por Pío IX en el Syllabus.

Así, por ejemplo, al veterano general Yoldi, que había hecho la guerra de los Siete Años, se le hacía la boca agua pensando que el día que subiese al trono Carlos VII desaparecerían de España el telégrafo y los ferrocarriles; atrocidad de la que no pudo disuadirle nunca ni el mismo don Carlos por más esfuerzos que hizo.
– Aunque el Rey no quisiera –decía Yoldi–, el pueblo leal arrasaría todos esos inventos diabólicos que sólo sirven para desmoralizar a los pueblos. Si por las razones antedichas don Carlos Calderón no se sentía atraído hacia los carlistas, le inclinaba, en cambio, a éstos la influencia de su madre, doña Josefa Vasco, que era profundamente cristiana y a la que horrorizaron los comienzos tan descaradamente antirreligiosos de la revolución de septiembre.

Cuando ésta estalló, Carlos Calderón, teniente de caballería, era agregado militar de España en la Embajada de San Petersburgo al lado del Duque de Osuna, embajador, que le quería entrañablemente; las malas lenguas añadían que, sin embargo, nunca tanto como su mujer. Es de advertir que Calderón era una arrogante figura del más puro tipo árabe. Apenas caída Isabel II, el joven agregado abandonó la carrera diplomática al mismo tiempo que el ejército y se vino a vivir a España, cerca de su madre, a la que encontró metida de lleno en los centros más ardientemente carlistas, con los cuales se puso tanto más fácilmente en contacto cuanto que en ellos se encontraban sus amigos personales más íntimos: los Marqueses de la Romana, Cavero, etcétera, etc. Por otra parte, sentía la nostalgia de la carrera militar y al persuadirse de que venía encima la guerra se resolvió a ofrecer su espada a don Carlos, al que se presentó en París con este objeto.

Tanto él como su madre, a la que don Carlos agració posteriormente con el título de Marquesa de la Caridad, en recompensa de los servicios que había prestado a la Cruz Roja carlista, que llevaba aquel nombre y que presidía en persona doña Margarita, teniendo como primera vicepresidenta a doña Josefa Vasco de Calderón, hicieron generosos sacrificios pecuniarios en los preparativos de la guerra, en la que Carlos Calderón tomó la parte que todos saben como coronel del famoso segundo de Navarra, el batallón de Radica, del cual era inseparable.

En las operaciones se condujo con tanto valor como poca fortuna, habiendo tenido la desgracia de que, al atacar a Estella el general Primo de Rivera, se le encomendase a él la defensa de la plaza al frente de una división navarra muy levantisca y desfavorablemente impresionada, la cual se le desbandó en el momento decisivo, presa de indescriptible pánico; por lo que se vió obligado a capitular el jefe carlista.

El general vencedor, que le conocía personalmente, se negó a recibirle la espada cuando se la entregó en el momento de rendirse. Aquella galante delicadeza y otras muchas que con él usó sacaron de quicio a los revoltosos navarros, entre los cuales empezó a circular la voz de que su general los había traicionado, habiendo vendido Montejurra al enemigo por cinco mil duros…, suma que él se gastaba en la menor de las fiestas que con frecuencia ofrecía.
Esta voz persistió tanto tiempo, que aun al año siguiente de la guerra, hallándome yo en el palacio de la Marquesa de la Rochejacquelein, en París, que daba alojamiento a mi amigo el general don Antonio Lizárraga, al anunciar al general Calderón, Lizárraga, que bajo las apariencias de gran dulzura tenía un genio violentísimo y compartía las ideas de los navarros, tan ofensivas para el honor de Calderón, no quiso estrechar la mano que éste le tendía, y abandonó el salón sin saludarle.

Claro está que la disparatada calumnia no hizo nunca la menor mella en el ánimo de don Carlos, que le conservó hasta la muerte grandísimo afecto, conviniendo los dos que, mientras vivieran, pasarían juntos todos los años el día de su santo.

En cumplimiento de esta palabra, todos los años Calderón llegaba a Venecia el 2 o el 3 de noviembre y permanecía en el palacio Loredán un par de semanas, hasta el año de 1891, en que recibí yo la víspera de San Carlos una carta suya diciéndome que rogara al Rey perdonarle si, por primera vez, faltaba a su promesa; pero que le era materialmente imposible salir de París, porque en aquel instante acababan de llegar allí los grandes Duques Vladimiro de Rusia, que le habían distinguido extraordinariamente durante el tiempo que había permanecido en la Embajada de San Petersburgo, y que se veía obligado a no separarse de ellos los ocho o diez días que duraría su estancia en la capital de Francia. «De todos modos –terminaba diciéndome–, estaré libre antes de terminar el mes, y si el Rey lo permite iré a que celebremos juntos el día de nuestro santo, aunque sea en su octava o en su quincena.»

Esta fue la última carta que escribió al palacio Loredán. El 9 de noviembre nos sorprendió dolorosamente un telegrama de su fiel ayuda de cámara, Robledo, que había sido asistente suyo durante toda la guerra, participando la muerte repentina de su amo.

Pocos días después se presentó en Venecia el mismo Robledo, llorando a lágrima viva, y nos contó las circunstancias que habían precedido y acompañado a la muerte. La víspera había dado en su lujoso piso del bulevard Malesherbes una espléndida fiesta en honor de los grandes Duques Vladimiro; en ella fueron aplaudidos los primeros cantantes de la Ópera y las más famosas actrices de la Comédie Francaise, así como una vidente (Robledo creía que era la famosa madame de Thèbes), que invitó a los asistentes a una sesión de espiritismo.

Principiando por el amo de la casa, le rogó que evocase con el pensamiento, sin pronunciar su nombre, algún muerto, con quien le pondría en contacto. Carlos Calderón evocó a la difunta Duquesa de Osuna, con quien había tenido tan íntimas relaciones, y le preguntó dónde se hallaba en aquel momento y si estaba contenta con su suerte, a lo que contestó la evocada por boca de la vidente:
— Estoy en un sitio horroroso, donde padezco de insoportables torturas; pero hoy he recobrado un poco de ánimo porque acabo de saber que dentro de breves momentos te tendré a mi lado.

El pobre Robledo nos refirió todo esto tal como a él se lo había contado su amo mientras le desnudaba terminada la fiesta. Carlos Calderón era famoso por su manera de reír, y el calificativo de homérico encajaba perfectamente con sus carcajadas, que hacían temblar las paredes; pero su criado dice que nunca le había oído reír tan de buena gana como al hacer aquel relato.

Aunque Robledo tenía orden de no despertarle hasta que él le llamase, cuando vió que había pasado medio día sin que diese señales de vida se asomó a la alcoba, pues Calderón, como todos los grandes trabajadores –y él lo era en medio de su vida de placeres–, era madrugador. Se hallaba, en efecto, despierto, pero con aire muy fatigado, y le dijo: — Me siento muy oprimido; vuelve dentro de un par de horas. Quisiera descansar un poco.

Volvió a las tres o las cuatro, y lo encontró desfigurado, agitándose en el lecho y diciendo: «Un cura, que venga un cura. ¡Me muero!» Mientras fueron a buscar al sacerdote, el moribundo, pues ya lo era, encargó a su ayuda de cámara que, apenas le enterrasen, se fuese a Venecia y entregase a don Carlos, para que los conservase en la sala de banderas del palacio Loredán, varios recuerdos, entre ellos el último sable que había usado durante la guerra, sus condecoraciones y el casco de la granada que mató a Ollo, Radica y Escudero, y al cual estaba todavía adherido un pedazo de paño rojo de un pantalón de uniforme.