En febrero de 1955, el Generalísimo Franco hizo unas declaraciones al periódico falangista 'Arriba' en las que calificaba al carlismo como un "diminuto grupo de integristas seguidores de un príncipe extranjero (Javier de Borbón-Parma) apartados, desde primera hora, del Movimiento". No se podía hablar con mayor desprecio de una fuerza política sin la cual difícilmente habría salido adelante el Alzamiento de 1936. Aquellas palabras fueron un auténtico revulsivo para un grupo de jóvenes entusiastas que idearon devolver el golpe al Caudillo trayendo en secreto desde Inglaterra, donde estaba estudiando en Oxford, a Carlos Hugo, hijo de ese "príncipe extranjero", y lanzarlo como alternativa a Juan Carlos, que ya había sido elegido por Franco para ocupar la Corona de España. Pero primero tenían que enseñarle castellano y prepararle políticamente, para, en el momento oportuno, presentarlo públicamente como Príncipe de Asturias, hecho que ocurrió hace medio siglo en la concentración anual de Montejurra, el 5 de mayo de 1957, día que aquel año cayó en domingo.

La 'Operación Carlos Hugo', que puede ser considerada la primera campaña de 'marketing político' moderno realizada en España, se desarrolló íntegramente en Bilbao, debido a que su principal impulsor, el catalán Ramón Massó, daba clases entonces en un colegio que el Opus Dei tenía en Lejona (Vizcaya), y a que sus dos principales colaboradores residían igualmente en la capital vizcaína: Pedro Echevarría, que estudiaba cuarto curso de Comerciales, e Ignacio Ipiña, que acababa de terminar Derecho. Carlos Hugo cruzó la frontera por Hendaya en noviembre de 1956 y, a partir de ese momento, vivió clandestinamente en el número 51 de la calle Iturribide, domicilio de un viejo militante obrero del Partido Carlista llamado Perico Olartúa. En aquella casa, el propio Olartúa, Massó, Ipiña y Echevarría, ayudados por el requeté Ignacio Toca, consiguieron que Carlos Hugo hablara castellano en público, tuviera nociones sobre la Historia de España y se empapara de pensamiento carlista.

Fueron seis meses de intensa formación, en los que el futuro candidato al trono utilizaba nombre supuesto y evitaba, en la medida de lo posible, dejarse ver en público. Ni siquiera los dirigentes de la Comunión Tradicionalista supieron de la estancia en Bilbao del primogénito de los Borbón-Parma hasta su 'lanzamiento' el día 5 de mayo de 1957. Aquella jornada supone un auténtico hito en la historia del carlismo, ya que Carlos Hugo convirtió su estancia en España en una campaña política permanente, consiguiendo un apoyo popular que llegó a hacer sombra a la figura del actual rey de España, por lo que Franco decidió finalmente expulsarlo del país, junto a toda su familia, en 1968. Además de representar a dinastías enfrentadas desde 1833, los dos jóvenes príncipes personificaban modelos monárquicos opuestos y sistemas de organización territorial diferenciados. La monarquía carlista defendida por Carlos Hugo se basaba en la prevalencia de los Fueros o de los derechos históricos de las regiones y los antiguos reinos sobre cualquier ordenamiento legislativo superior o Constitución estatal. Se trataba de un sistema semejante al que funcionó durante el periodo de los Austrias, más parecido al modelo federal germánico o a la monarquía británica que al centralismo importado de Francia por la dinastía de los Borbones, de la que Juan Carlos era sucesor.

Con el nuevo líder surgido de Bilbao, el carlismo experimentó un importante resurgimiento en los años 60, lograba concentrar más de 100.000 personas en Montejurra (Estella) y sorprendió por copar, en 1967, frente a las candidaturas oficialistas, los puestos reservados a Guipúzcoa y Navarra en las elecciones a procuradores por el Tercio Familiar, los únicos que votaban directamente en las Cortes franquistas. Estos diputados dieron varios golpes de efecto; crearon las llamadas Cortes Trashumantes, fueron prácticamente los únicos en rechazar con un sonoro "¡No!" la proclamación de Juan Carlos como futuro Rey de España y, ya en plena transición, propusieron al PNV establecer una relación de Navarra con Vascongadas a través de una fórmula basada en el foralismo carlista. La propuesta se realizó en una reunión que varios de estos procuradores mantuvieron con una delegación peneuvista en San Juan de Luz antes de las primeras elecciones democráticas de 1977. Los carlistas aceptaban una autonomía conjunta, como ya lo habían hecho en 1919 y en 1931, siempre que se respetaran los Fueros de cada territorio. Además ponían otras dos condiciones para que la integración Navarra no tuviera problemas: que la nueva entidad política no se llamara Euskadi y que no se utilizara la 'ikurriña' como bandera. Nadie aceptó entonces semejante idea que, justo 30 años después, cobra más valor ante las irreconciliables posiciones que, incluso a nivel nacional, provoca este contencioso.

La representación carlista, encabezada por el navarro Auxilio Goñi, también advirtió al PNV que Navarra era un territorio políticamente virgen y que la primera formación que presentara un programa coherente con su idiosincrasia ocuparía ese espacio. El PNV no lo consiguió, pero tampoco lo hizo el carlismo. Navarra ya no era la región eminentemente rural que votaba en masa a los legitimistas. No pasaría mucho tiempo para que la bandera del navarrismo fuera levantada por una nueva formación política, la Unión del Pueblo Navarro, fundada, significativamente, por José Ángel Zubiaur, uno de los asistentes a aquella infructuosa reunión con el PNV en San Juan de Luz.