Texto: Luis Yanguas y Gómez de la Serna. Se llamaba Gonzalo Fernández, nació hace 559 años en el seno de una familia cordobesa de la alta nobleza (Montilla, 1 de Septiembre de 1453. Casa de Aguilar), y pasó a la historia como uno de los mejores militares y estrategas que ha dado no sólo España sino el mundo.
Gonzalo vino a nacer en un tiempo verdaderamente apasionante. El decadente Imperio Bizantino caía a manos de los turcos, perdiendo la mítica Constantinopla, y en España Juan II de Trastámara degollaba públicamente a su favorito don Álvaro de Luna, al tiempo que en el horizonte se divisaba la vibrante unión de Reinos que dio origen a nuestro Imperio. Era el segundo de dos hermanos y desde muy temprana edad le fueron inculcados por sus instructores (entre ellos Pedro de Cárcamo, muy influyente en su educación), los valores caballerescos de la fe, la templanza o la lealtad. Y creció en un entorno que le facilitó sin duda el desarrollo de sus más íntimos instintos y vocaciones militares, como más tarde se pudo comprobar.
Dada su condición familiar de “segundón” y sus claras dotes militares, a la temprana edad de 12 años se puso al servicio de Alfonso “El Inocente”, hijo de Juan II, a favor del cual combatió brillantemente cuando años más tarde pretendió el Trono de Castilla a su hermanastro Enrique IV. Tras la prematura muerte de “El Inocente”, en pleno conflicto contra su hermanastro, Gonzalo fue llamado al servicio de la Infanta Isabel, hermana de los anteriores, para la cual combatió participando destacadamente en la Guerra de Sucesión Castellana, que finalmente le dio el Trono Castellano a la Infanta, futura Reina Isabel la Católica, y que supuso sin duda el momento a partir del cual se forjó la excelente relación que Gonzalo mantuvo siempre con la Reina Católica.
Tras dicho conflicto castellano, y una vez la Reina Católica llevó a cabo junto a Fernando de Aragón la histórica unión de Reinos, fundando la España moderna, ahora el objetivo se centraría en la conquista de Granada, último reducto musulmán en la península y que se consiguió conquistar tras una durísima guerra de 10 años que finalizó con la toma de Granada, entregada finalmente por el Sultán Boabdil el 2 de enero de 1492. En dicha larguísima guerra, tuvo Gonzalo de Córdoba una imprescindible participación, conquistando plazas cruciales como Loja, Íllora, Antequera o el castillo de Tájara y demostrando en todos aquellos lances una valentía y una capacidad de mando, de táctica y de precisión estratégica jamás vistas en ningún otro soldado de la época. Además, la naturaleza le había dotado de una sobresaliente capacidad diplomática y de una especial concepción de la piedad y la justicia. Cabe destacar que cuando Gonzalo tomó Loja, aprisionó en ella al Rey Boabdil, quien le demostró una gran categoría personal y militar al rogarle el perdón de los habitantes de aquella ciudad, provocando el nacimiento de una excelente relación entre el prohombre cristiano y el Rey nazarí, que se mantuvo intacta hasta que tiempo más tarde, durante la definitiva toma de Granada, Gonzalo de Córdoba fue el encargado de las negociaciones con su amigo musulmán destinadas a su definitiva rendición y posterior entrada triunfante de los Reyes Católicos en la ciudad.
Culminada la toma de Granada, el nuevo enemigo de aquella recién fundada España no era otro sino el Rey francés Carlos VIII, que pretendía conquistar las plazas importantes de Italia como instrumento para avanzar hacia la reconquista de Tierra Santa. Fue entonces cuando los Reyes Católicos enviaron a Italia a Gonzalo al frente de una expedición formada por unos 750 jinetes y aproximadamente 6.000 hombres, con el objetivo de impedir las incursiones francesas en Nápoles y defender al Rey napolitano, pariente del Rey español por su rama de Trastámara. Y fue sin duda en estas campañas italianas donde el gran Gonzalo de Córdoba demostró ser un absoluto prodigio en todos los órdenes que puede abarcar un militar.
Tras desembarcar y ocupar el “Regio Calabria”, en la punta de la “bota” italiana, Gonzalo se enfrentó y perdió la primera y única batalla de su vida, en Seminara, no tanto por error suyo sino por dejarse llevar por la voluntad del Rey Ferrante de Nápoles, que manejó la situación y no supo medir la estudiada estrategia del francés. Pero el capitán español supo tomar buena nota tanto de aquel error como de las medidas oportunas a tomar, y fue entonces cuando, situándose como líder indiscutible de aquel ejército de valientes, reestructuró al mismo revolucionando para siempre la técnica militar y pasando a la historia como el “gran reformador” de los ejércitos modernos. Gonzalo agrupó a su ejército en “coronelías” dieron, ni más ni menos, origen a los míticos Tercios Españoles que barrieron Europa durante los siglos posteriores. Aquellas “coronelías” cambiaron el modelo de organización que hasta entonces tenía el ejército, dando un predominio claro a la infantería, ubicando el doble de arcabuceros y creando una caballería más importante que se ubicaba tras los infantes y arcabuceros, haciendo que la misma se enfrentara y arrasara a un enemigo previamente debilitado. Aquel capitán irrepetible reformó las tácticas de lucha de manera inteligentísima y restó importancia por primera vez a las armas en beneficio de la infantería, mucho más ágil y adaptable a cualquiera de los diversos terrenos que encontraban en los campos italianos.
Tras aquella gran reforma militar, Gonzalo prosiguió con sus campañas italianas, enfrentándose en más de cien batallas a sus enemigos y quedando absolutamente invicto en todas y cada una de ellas. Aniquiló al duque francés de Nemours, a Luis de Armagnac y a toda su gigantesca infantería suiza de apoyo en las viñas de Ceriñola (año 1503), sufriendo escasas 100 bajas frente a las más de 4.000 del francés. En Garellano (año 1504) obligó a capitular al marqués de Saluzzo, causándole más de 9.000 bajas entre muertos, prisioneros y desaparecidos. Tomó contra todo pronóstico la gran fortaleza napolitana de Castel Nuovo. Y así, sucesivamente.
Aquellas grandes victorias resonaban en los tímpanos de toda Europa y atemorizaban al enemigo. Se contaba que cuando los franceses se sabían a menos de 1.000 kilómetros del capitán español, intentaban huir si les era posible… Todos querían combatir junto a Gonzalo, todos querían luchar a su lado para cubrirse gloriosamente de los honores que sin cesar obtenía para sus tropas y para España. Los soldados le adoraban. Adoraban su capacidad, su señorío, su dignidad, su valor y su piedad frente al enemigo, a quien siempre perdonó mientras le fue posible hacerlo. Unánimemente, todos le comenzaron a llamar, sin más, Gran Capitán. Porque para sus ejércitos no era un capitán cualquiera, sino un capitán casi celestial, signo del esplendor que todos querían alcanzar en sus vidas.
Finalmente, tras las campañas de Italia y la conquista de un nuevo Reino para España por parte del Gran Capitán, se firmó la paz entre Francia y el Imperio Español. Gonzalo de Córdoba, entonces en el momento culmen de su auge militar, victorioso y convertido en héroe, fue nombrado Virrey de Nápoles por los Reyes Católicos, Reino en el cual pudo demostrar sus grandes dotes de gobernante, además de su imbatible pureza militar.
Pero sucedió que, muerta Isabel la Católica, su gran valedora, en la lejana Corte de la España peninsular comenzaron las injurias y los rumores sobre el porqué del elevado gasto en tierras italianas (el carácter envidioso del español de hoy no es nuevo, como vemos)… De esta forma, instigado por determinados cortesanos, se cuenta que el Rey Católico pidió al Virrey de Nápoles las cuentas de sus gastos, a lo que según se dice, el Gran Capitán, entrado en cólera ante tal injusticia, respondió con sus famosas “Cuentas”, que fueron:
“200.000 ducados y 9 reales, en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
100 millones en picos, palas y azadones, para enterrar los muertos del enemigo.
110.000 ducados en guantes perfumados, para preservar las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla.
170.000 ducados en poner y renovar las campanas destruidas por el continuo repicar tras las constantes victorias conseguidas sobre el enemigo.
Y 100 millones de ducados por mi paciencia al escuchar ayer que el Rey pedía cuentas a quien le ha regalado un Reino”.
Sea como fuere, el Gran Capitán regresó tras cuatro largos años a España, donde vivió y murió el 2 de Diciembre de 1515, siendo enterrados sus restos en el Monasterio de San Jerónimo de Granada, bajo una lápida cuyo epitafio reza:
“Los restos de Gonzalo Fernández de Córdoba que, con su gran valor, se apropió el sobrenombre de Gran Capitán, están confiados a esta sepultura hasta que al fin sean restituidos a la luz perpetua. Su gloria no quedó sepultada con él”.
Gonzalo Fernández de Córdoba disfrutó de la gloria en el campo de batalla y también en sus honores, pues es desde entonces el español que más Grandeza y títulos acumuló por sí mismo en toda la historia. Obtuvo una encomienda de la Orden de Santiago, el Papa Alejandro VI le concedió la Rosa de Oro, fue señor de la Taha Órgiva y señor de la Taha de Busquístar, duque de Terranova, duque de Santángelo, duque de Sessa, duque de Andría y duque de Montalto. El nombre del Gran Capitán está escrito con letras de oro en los anales de la historia militar de España, y hoy los españoles y sus descendientes (entre ellos yo mismo, como su 18º nieto y bisnieto de Rafaela Osorio de Moscoso, duquesa de Terranova), debemos enorgullecernos de poder ver escritos en los libros de nuestra historia los nombres de héroes de la talla del don Gonzalo Fernández de Córdoba. Capitán de capitanes. El Gran Capitán.
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