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Tema: Ramiro Ledesma, José Antonio y Franco vistos por Giménez Caballero

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    Re: Ramiro Ledesma, José Antonio y Franco vistos por Giménez Caballero



    José Antonio, el Mártir


    Revivo el momento cuando le agarré del brazo, le abracé, por la vieja calle de Santiago, en Valladolid, yendo con Ramiro, Julio, Onésimo, entre otros, 4 de marzo de 1934, camino de su discurso. Precisamente vengo ahora de Valladolid, tras proclamar lo que esa ciudad significa —corazón de España—, frente al Madrid sucedáneo, burocrático y capitalero, bueno para «alzar bandera» el 29 de octubre de 1933, en el orteguiano Teatro de la Comedia, y anunciar «un Movimiento con irrevocable unidad de destino», «en vigilancia tensa», y mientras los demás —ayer como hoy— «sigan con sus festines».

    Porque fue en sus palabras de Valladolid, bañadas ya con sangre, donde de veras el Movimiento comenzó, al exigir «que nadie es nadie» «sino una pieza y un soldado», y por eso no éramos un partido, «sino una milicia», «aspirando a ser los primeros en el peligro».

    Yo había estado cerca de José Antonio plurales ocasiones, desde que nos abrazamos una noche del 32 (me abrazó como premio a mi Genio de España que acababa de aparecer). Luego, en su despacho o bufete, junto a la Presidencia, desde donde parecía pedir paso a ella en la vacancia de su padre. Y aquella noche imborrable cuando nos sorteó en Riscal para represaliar a los chibiris. Y en almuerzos y cenas con camaradas. Y en mi propio hogar, a solas, varias veces, donde le descubrí ya su destino en su rostro de «Agnus Dei qui tollis peccata Hispaniae» y no se lo quise decir, pero sí a mi esposa (¡Le van a matar! ¡Le crucificarán! ¡Lo lleva en la cara!). Yo no sabía entonces que cuando los pueblos quieren salvarse, desde las más remotas culturas, se busca «un arquetipo o héroe» «para un "asesinato primordial" que regenere lo que se estaba muriendo». Por eso las juventudes no se mueven con discursos, sino con sangre y ejemplaridad. «¡Ecce José Antonio!» Le tenía tan cerca aquella mañana que casi bajo su brazo sentía palpitarle el corazón.

    —José Antonio, ¿no notas que tu presencia hace nuevas estas calles viejísimas de Valladolid?

    José Antonio se sonrió y yo proseguí:

    —Nunca sabrán en América ni en Rusia lo que una milenaria ciudad de Europa con solera conserva de juventud inagotable. Y siempre se engañan respecto a Europa, jamás vencida cuando más vencida parece.

    José Antonio se detuvo un instante. Me miró soltándose de mi brazo. Pero en seguida me volvió a coger, ordenándome con gran dulzura, mientras reanudábamos la marcha:

    —Sigue. Me interesa lo que dices.


    Y yo seguí:

    —Mira. Ése es Santiago, el símbolo de todos los resucitamientos españoles. En esa parroquia hay un Cristo que se llama de la Luz. Pero con tal luz de juventud que más que muerto parece resucitado, como si su sacrificio no fuera morir... ¡Quién de nosotros pudiera imitarle! ¡Sabiendo que la muerte es la salvación de todos los demás, de todos los cobardes y viles y los débiles, de los que no se atrevieron, de los que no sospecharon la existencia de un sábado de gloria!

    Sentí a José Antonio estremecerse. Y proseguí:

    —Creo que en la iglesia hubo también un Della Robbia, el florentino. Esta ciudad es muy romana, muy renacentista dentro de su goticismo ario. Esta ciudad es más tuya que Madrid, José Antonio... Tu figura la veo encuadrada en esta ciudad como en ninguna otra de España. Es la ciudad de la unidad, del imperio, y también de los caudillos como aquel gran don Alvaro de Luna, el precursor, que murió traicionado como tu padre...

    Alguien vino por José Antonio. Y ya no me le acerqué hasta después del mitin en el Calderón, junto a Alvargonzález, que le habían dado un balazo en el muslo. Mientras sonaban los tiros a la salida del mitin, yo miraba arder de resurrección a Valladolid. No me había engañado. Bastaron unas palabras de José Antonio, con dureza de arado que rotura la tierra seca, para que creciera el grano de que hablara fray Luis «y se aumentase a millares el fruto deseado».

    Era el milagro presentido. Los desconchones de Valladolid en los muros desaparecieron y se veía brotar haces de rosas, y las torres derruidas se irguieron como brazos levantados y un olor de primavera inundaba el alma y cantos de juventud estallaban en ese aire florecido y marcial de marzo. Desde ese mismo momento surgía la futura victoria española. Se abría la salvación. Perdido Madrid el 18 de julio de 1936, Valladolid —abnegado, paterno, sublime— recuperaba la capitalidad que su hijo el vallisoletano Felipe II le quitara en 1605 para dársela a Madrid. Los indolentes paseantes de cafés y soportales empuñaron un fusil. Corrían en camiones, a pie, como podían camino de la muralla serrana que de Madrid les separaba. Era el rugido del león que le roban su cachorro. Y salta al alto, al «Alto de los Leones». (Sin imaginar que un día esos leones hechos Lion's Club los sustituirían en Madrid.)

    José Antonio miraría a lo lejos su Madrid perdido. Y su Valladolid ¡renacido! (Y el Cristo de la Luz en Santiago el Viejo ofreciendo su Cuerpo joven —los mismos años de José Antonio— al sacrificio redentor.) Había caído ya Onésimo. Y Ramiro. Y Julio. Y, al fin, José.

    ¿Sabe Valladolid hoy lo que se cierne sobre España? ¿Y que no es una catástrofe a lo 36, sino que el Pisuerga pueda convertirse en el Leteo, el río del olvido? En que se vaya poco a poco borrando el nombre de España. Por eso la otra mañana me fui a Valladolid a la vieja calle de Santiago. Y quise de nuevo ¡agarrarme a José Antonio! Para sentirle cerca, angustiadamente cerca, ¡José Antonio el Mártir!

    ¿Qué hubiera acaecido si José Antonio liberado se presenta en la Salamanca del 36? ¿Su lucha contra Franco? ¿La derrota de la España llamada nacional?

    Quizá no. Pero desde luego quienes fusilaron a José Antonio prestaron un máximo servicio a algo más allá de José Antonio y de Franco: a una España nueva y trascendental que reveló su entierro a hombros de millares y millares de juventudes españolas desde Alicante a El Escorial. Para ser sepultado bajo el altar mayor del templo y sobre el panteón de los pasados dinastas españoles. ¿Pudo darse mayor revolución?

    José Antonio llegó con ese entierro escurialense a Mártir de su pueblo. Y no por proceder, como sus coetáneos fascistas, de lo social, de lo marxista —tal el Duce, tal el Führer y hoy un Walesa en Polonia—, ¡sino por encarnar la saga heroica de una «nobleza obliga» como vengador de su padre ante la monarquía que lo liquidó, política y físicamente, en el destierro!

    ¡Aquel entierro de José Antonio! Que la España del 20 de noviembre de 1981 contempló hipnotizada en La Clave de TVE, resultando, así, la clave de todo cuanto se vio y discutió tal noche.

    La de entronizar una nueva dinastía social, juvenil, revolucionaria, en aquel Escorial de las estirpes ya consuntas, obligando a que el Victorioso de la guerra: Franco, le saludara con un ¡presente! como a un héroe que ya no podía morir, entrando en la eternidad. Al mismo tiempo que le ofrecía levantar otro nuevo Escorial revolucionario y social, donde el propio Franco, como colaborador suyo, se le uniría en una sola tumba emblemática de todos los caídos, y que vendría a ser para España lo que aquella de un Lenin, en Moscú, frente a las periclitadas de los antiguos zares.

    Ese Escorial (como tumba de dinastías, que se dio en todas las culturas desde las prehistóricas), y que en España, al fin definitivo, lo erige Felipe II para acabar con los enterramientos reales, dispersos por toda la Península en la Reconquista desde el de Pelayo, en Santa Eulalia de Abamia, hasta los de Isabel y Fernando en Granada.

    En mi documental de No-Do «Revelación del Escorial» mostré que ese Escorial felipeño significó la cima de nuestro poderío imperial, imitado por Les Invalides, de París; de Mafra, en Portugal, o de San Francisco, en Quito; empezando ya a dejar de ser entendido desde el XVIII por el liberalismo de un Schiller y un Quintana, y en el xix por las visiones sarcásticas de un Gautier o un De Amicis. Y que cuando retorna a recobrar su sentido originario es con Unamuno, que le restituye su «claridad». Y luego Ortega, el «Wille zur Macht», de Nietzsche, o voluntad de poderío, llamándole nuestra máxima piedra lírica, aunque debiera haber dicho «heroica». Y predijera un HAZ de juventudes. Y eso hizo posible que yo propusiera desde 1932, desde mi Genio de España, y en 1934, con mi Arte y Estado, el Escorial como resurgimiento. Aquel que encarnaría la saga, el romance de un José Antonio, llevado a hombros por muchedumbres juveniles y revolucionarias, esas que yo recojo y filmo en mi documental. Un nuevo Escorial, hecho ya sangre y esperanza. José Antonio, el Mártir.

    Última edición por ALACRAN; 03/05/2021 a las 19:30
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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