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Tema: Carlos d´Espagnac

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    Carlos d´Espagnac

    La verdad es que sobre este personaje, tan importante por otra parte en la Historia Española, pocos juicios serenos se pueden escuchar. Expongo aquí algo y me gustaría informarme más.



    Carlos de España (Charles d'Espagnac), militar francés que, huyendo de la Revolución francesa, sentó plaza en el Ejército español, en el que llegó a general. Participó, durante la guerra de la Independencia, en las batallas de Bailén y Arapiles.



    Nació en el Castillo de Foix, en Francia, en 1775, en el seno de una familia noble de origen español. A la entrada de los aliados en Madrid (agosto de 1812) fue nombrado gobernador de la plaza, y después participó también en la batalla de Vitoria, en el bloqueo de Pamplona (en el que resultaría herido) y en la batalla de Sorauren, entre otras.




    Al terminar la guerra, se puso incondicionalmente al lado de Fernando VII para reprimir el liberalismo. Más adelante se puso del lado de Carlos María Isidro de Borbón en la primera Guerra Carlista, muriendo en el valle de Capo.





    Este conde no fue asesinado en Orgañá, sino que lo fue en el Puente de los Espías en 1839, poco antes de terminar la Guerra Carlista y del Convenio de Vergara (fue detenido cuando venía del cuartel de Berga, y este puente está en la ruta), en Coll de Nargó (Lleida)



    Dicen los viejos del lugar que fue enterrado en esta población y, cuando la familia lo reclamó, le fue entregado el de un vecino del pueblo (tal era el odio hacia este personaje que el sacerdote del pueblo engañó a la familia).





    REPORTAJE [41] MALOS DE LA HISTORIA

    El fanático reaccionario

    Carlos d’Espagnac, más conocido como el conde de España, ha sido uno de los personajes más siniestros de la historia contemporánea de nuestro país. Exaltado absolutista, beato compulsivo y estrambótico personaje, fue durante cinco años amo y señor de Cataluña, persiguiendo y exterminando a todos los sospechosos de liberales.




    JUAN CARLOS LOSADA 15/01/2006




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    Carlos d’Espagnac, más conocido como el conde de España, ha sido uno de los personajes más siniestros de la historia contemporánea de nuestro país. Exaltado absolutista, beato compulsivo y estrambótico personaje, fue durante cinco años amo y señor de Cataluña, persiguiendo y exterminando a todos los sospechosos de liberales.


    La noticia en otros webs







    Colgaba los cadáveres de los que mandaba ejecutar como escarmiento


    Fanático y siniestro. La historia de Carlos d’Espagnac, una de las más desconocidas de la historia de España, es digna de formar parte de una galería de malvados. Carlos d’Espagnac nació en Foix (Francia) en 1775, en el seno de una linajuda dinastía. Hijo del marqués de Espagnac, pertenecía a una familia de orígenes hispanos afincada en la vertiente norte de los Pirineos. De muchacho entró a servir en la corte de Luis XVI, pero cuando estalló la Revolución Francesa en 1789 y su familia fue perseguida –varios de sus parientes murieron en la insurrección realista de la Vendée– tuvo que emigrar a Inglaterra y desde allí a España, donde llegó en 1792. Su objetivo era vengarse y participar en la invasión del Rosellón que Carlos IV estaba protagonizando en su guerra contra la Francia revolucionaria, cosa que consiguió al darle el rey español el oportuno permiso. Así, con 17 años, y con el grado de capitán del ejército español, invadió su propio país.




    La consolidación de la revolución en Francia le obligó a afincarse definitivamente en España. Años después volvió a luchar contra los franceses en la guerra de la Independencia, llegando a alcanzar el grado de mariscal de campo. En 1812, por un breve espacio de tiempo, fue gobernador militar de Madrid, y pudo así mostrar su odio hacia todo lo revolucionario al perseguir enconadamente a los afrancesados que no se habían marchado al exilio. Cuando acabó la guerra y en Europa se restablecieron las monarquías absolutas, el nuevo rey galo, Luis XVIII, le propuso volver a Francia para formar parte de su ejército, lo que rehusó. Fervoroso súbdito de Fernando VII, españolizó su apellido en 1817 cambiando Espagnac por España. En 1819 recibió del monarca el título de conde por los servicios prestados, la condición de grande de España y la jefatura de la Guardia Real.




    Cuando, en 1820, Riego se pronunció y reimplantó la Constitución de Cádiz, el conde vio con desesperación cómo su nueva patria comenzaba a seguir la senda revolucionaria tan odiada por él. Por encargo del rey viajó a Viena y París con el fin de concretar la ayuda extranjera que vendría a reponer a Fernando VII en su autoridad absoluta. Así, junto al duque de Angulema y los Cien Mil Hijos de San Luis, invadió España en 1823, poniendo fin al trienio liberal e inaugurando la década ominosa.




    En 1827 estalló en España una revuelta protagonizada por realistas puros o intransigentes que acusaban al rey y a sus ministros de ciertas veleidades liberales. La sublevación, conocida como la guerra de los agraviados, estaba protagonizada por militares, clérigos y campesinos que habían luchado contra el Gobierno del trienio y se creían poco recompensados en sus esfuerzos. Abogaban por un absolutismo más extremista, y ya comenzaban a apoyar al hermano del rey, Carlos, como el futuro nuevo monarca. Sin duda esta guerra era ya la antesala de las posteriores guerras carlistas.




    Fue en Cataluña donde la insurrección prendió con especial virulencia, y allí se dirigió el rey Fernando VII junto con su ejército, comandado por el conde de España. Aunque éste simpatizaba ideológicamente con los insurrectos, no dudó en reprimirles a sangre y fuego y ejecutar a sus principales cabecillas, acabando así en pocos meses con la sublevación. Como conclusión de la campaña, el rey y su esposa se quedaron en Barcelona, en diciembre de 1827, por espacio de cuatro meses. Allí las tropas del conde relevaron a las francesas de ocupación que aún quedaban en la región tras la invasión del duque de Angulema, y él pasó formalmente a ocupar el cargo de capitán general. Curiosamente, la Administración militar francesa había librado, en buena medida, a Cataluña de la dura represión que durante la reinstauración del absolutismo había asolado toda España, pero esto iba a cambiar enseguida. El objetivo era conseguir que Barcelona dejase de ser el foco liberal que había sido hasta entonces.




    El conde de España, ejerciendo un poder absoluto, se dedicó, nada más llegar a Barcelona, a eliminar todos los vestigios liberales. Prohibió inmediatamente aquellos sombreros o adornos que pudiesen recordar la moda del trienio y puso especial énfasis en perseguir el pelo largo de los jóvenes, algo de indudable aire revolucionario. Tiempo después también ordenó que todos los ciudadanos se afeitasen los bigotes, ya que, a su juicio, le parecían que proporcionaban un aire sospechoso. Igualmente ordenó la supresión de aquellos anuncios publicados en el Diario de Barcelona que evocaban cierta escandalosa liberalidad de costumbres, como los de pomadas para curar las almorranas o los aceites para eliminar el vello de las mujeres.




    Ante la proximidad de la Navidad, y para favorecer el recogimiento y devoción de la población, cerró todos los cafés, tiendas y ferias, un desatino que el rey tuvo que revocar. El conde de España, beato y fariseo, siempre acudía a las ceremonias religiosas cargado de estampas y escapularios. No conforme con arrodillarse, permanecía buena parte de la misa con los brazos en cruz y con los ojos cerrados o en blanco para sugerir el éxtasis divino que le embargaba. En una ocasión, en medio de la misa, fue presa de tal arrebato místico que las convulsiones de su cuerpo hicieron que cayeran sonoramente sus rosarios y medallas, una acción más que sospechosa y muy posiblemente destinada a impresionar a los reyes, que estaban presentes. Obsesionado por la presencia de la religión en las incipientes industrias españolas, ordenó que antes de concluir la jornada laboral se rezase en todas las fábricas el rosario y que aquel obrero que no lo llevase siempre consigo fuese encarcelado.




    Su misoginia también fue legendaria. No soportaba que las mujeres fuesen coquetas y no mostrasen el recato y sumisión que según él todas debían tener. En más de una ocasión ordenó que las bellas trenzas rematadas con lazos que muchas jóvenes llevaban fuesen cortadas. Una vez, mientras paseaba por un pueblo cercano a Barcelona, indicó a una partida de gitanos que persiguiesen a todas las muchachas así peinadas para que las esquilasen, mientras él contemplaba el espectáculo y se partía de la risa viendo huir a las jóvenes aterrorizadas. Obviamente, la mujer tenía que estar recluida en su hogar, adecentándolo y cuidándolo. En otras ocasiones, cuando veía peinándose a las mujeres en las puertas de sus casas, o simplemente charlando con las vecinas, ordenaba que se entrase a inspeccionar las viviendas. Si advertía algún descuido o desorden indicaba a sus hombres que lo corrigiesen, fuese fregando cacharros, quitando el polvo o barriendo los suelos. A continuación imponía a las desconcertadas mujeres una multa en función de las labores que habían hecho sus soldados y que a ellas les hubiese correspondido hacer. Para llamarlas al orden mandó que todas ellas barriesen, antes de las ocho de la mañana, la porción de acera que tuviesen ante sus casas, bajo amenaza de multa. De todas estas acciones no dejaba de jactarse con sus amistades mientras exclamaba, orgulloso: “¡Así aprenderán!”.




    Su propia mujer y su hija sufrieron esos mismos rigores.




    En una ocasión, como consecuencia de la terrible disciplina que imperaba en el palacio de Capitanía, no dejaron entrar al vendedor de hortalizas, por lo que su mujer no pudo comprar batatas, a las que era muy aficionado el conde. Cuando llegó la hora del almuerzo, y ante la falta del producto, comenzó a proferir gritos a su esposa sin que de nada le valiesen las excusas. Como castigo llamó en ese mismo instante a dos soldados del cuerpo de guardia para que la arrestasen durante un día entero en un cuarto oscuro que había debajo de una escalera. En otra ocasión, su hija intercedió ante su padre por un pobre soldado que montaba guardia fuera del palacio en una gélida noche de fin de año. Le rogó que le permitiese hacerla dentro, a lo que el conde contestó afirmativamente; pero seguidamente ordenó a su hija que saliese al balcón y fuese ella, con una escoba al hombro a modo de fusil, la que hiciese la guardia toda la noche. Los mismos soldados sentían un pánico atroz hacia su persona debido a la terrible dureza con que castigaba cualquier falta.




    Pero lo cierto es que nadie estaba a salvo de las excentricidades, bromas o ataques de furia que solía sufrir frecuentemente, y que cada vez rayaban más en la locura. A ello contribuía, sin duda, su afición al ron y al aguardiente, que bebía con fruición mezclando ambos licores en un vaso. Así, con el brebaje en la mano, solía pasarse horas y horas contemplado la explanada del puerto de Barcelona que se veía desde los amplios ventanales de su palacio, mientras paseaba de un extremo a otro del salón. De vez en cuando detenía su andar, se asomaba a la ventana y contemplaba a la población que iba y venía para detectar cualquier gesto, andar o aspecto que pudiera ser seña de libertinaje, y descargar su cólera sobre cualquier desgraciado.





    En ocasiones, sus víctimas, a las que ordenaba detener con cualquier excusa, eran los labriegos que portaban la roja barretina, prenda que odiaba porque le recordaba el tocado de los revolucionarios franceses. Ante ella, según reconocía, la vista se le nublaba de sangre y le inundaba una ira incontrolada. En otras ocasiones eran simples paseantes o niños que jugaban el objeto de su furia. Una vez, una docena de críos cometió el error de ir a jugar allí con espadas de madera, fusiles de caña y sombreros de papel, imitando el desfilar de las tropas. El conde ordenó rápidamente a su guardia que les prendiese. Cinco escaparon de la singular redada, pero los siete restantes fueron enviados a prestar servicio de armas en unidades de pífanos y tambores. Una vez, dos jóvenes vestidos elegantemente paseaban por el puerto. Tras llamarles personalmente desde el balcón les ordenó subir a su presencia. Allí se rió de su indumentaria, les hizo caminar delante de él para mofarse de sus andares y, tras insultarles por, en su opinión, dárselas de caballeros, les envío sin más causa a Cuba en el primer barco que partía; uno de ellos, desesperado por aquella detención arbitraria, murió en la travesía. Un pobre jorobado también fue víctima de su humor negro. Pensó que sería muy cómico ver metido su cuerpo deforme en un uniforme, y así lo hizo, tras lo cual le obligó a hacer guardia en la puerta del palacio ordenándole no dejar entrar y salir a nadie. El pobre hombre sufría lo indecible mientras trataba de permanecer erguido para que no se le cayese el gorro o el fusil, al tiempo que negaba el paso a unos sorprendidos oficiales que no dejaban de protestar. El conde se desternillaba de risa viendo el espectáculo. Al final, el pobre desgraciado, víctima del terror y de la ansiedad, sufrió un ataque que le mató a las pocas horas.




    Tales excentricidades pronto revelaron que el conde no estaba muy en su juicio. En una ocasión mandó procesar y fusilar a un caballo porque le tiró al suelo; en otra, durante el curso de unas maniobras desarrolladas en la playa, ordenó a sus hombres marchar al frente, hacia el mar, mientras él lo presenciaba impertérrito sin importarle que se ahogaran, hasta que un oficial, desafiando sus órdenes, ordenó la media vuelta cuando tenían ya el agua por el pecho, lo que también provocó su hilaridad. En otro momento hizo llevar su caballo hasta el balcón del primer piso, desde el que se asomó montado para saludar a una escuadra holandesa que estaba atracando en el puerto.




    Pero sin duda fue la feroz represión que desató sobre la ciudadanía lo que más terror causó al pueblo de Barcelona. Él estaba convencido de la existencia de una confabulación secreta urdida por masones y liberales exiliados, confabulación que era preciso reprimir antes de que estallase. A los pocos meses había formado un cuerpo de sicarios, oficialmente policías, comandados por un tal Oñate, que por las noches se desplazaban en grupos de 10 o 12, casa por casa, a la caza de supuestos liberales. También creó un tribunal especial para juzgarles, en donde actuaron dos siniestros fiscales, Fernando Chaparro y Francisco Cantillón, que no dudaban en liberar a aquellos que pagaban su libertad a cambio de sustanciosos sobornos, condenando a los que no podían hacerlo. Pronto fue de dominio público que las casas de ambos fiscales estaban atestadas de los muebles y objetos de valor fruto de la corrupción con que actuaban.




    Sin ningún tipo de garantías judiciales ni pruebas, se juzgaba y condenaba a cientos de ciudadanos sin motivo aparente. Era suficiente tener ciertos libros o haber hecho ciertos comentarios. La delación se convirtió en la forma de evadir la persecución y la tortura, por lo que se dio entre amigos, parientes o hasta en niños hacia sus maestros, y las prisiones comenzaron a abarrotarse de cientos de presos. Tanto daba que fuesen o no culpables: lo importante era crear un clima de terror que paralizase a la ciudadanía. Decidido a escarmentar a los presuntos liberales, el conde se dedicó a organizar ejecuciones sumarias. Fueron tres las que se dieron bajo su mandato: la primera, en noviembre de 1828, en donde se empeñó en que fuesen 13, ni uno más, ni uno menos, los ejecutados, y las otras dos, en 1829. En total fueron 32 las víctimas. Pero si grave eran estas injustas ejecuciones, casi lo era más el uso que de las mismas hacía.
    Decidido a aterrorizar a la población, cada fusilamiento era seguido por un atronador disparo de cañón, por lo que la ciudadanía podía ir contando mentalmente cómo se segaban las vidas de sus convecinos. Una vez ejecutados, los cadáveres aún sangrantes eran trasladados fuera del recinto de la ciudadela, donde eran colgados del cuello durante días a la vista de todos como escarmiento. A muchos, incluso, se les había amputado una mano. Una vez allí expuestos, el conde, en uniforme de gala, se dirigía con su séquito hasta donde se encontraban, y en pleno estado de euforia etílica rompía en sonoras carcajadas y comenzaba a bailar al son de Las habas verdes, una canción popular muy de moda por entonces que hacía tocar a la banda militar, despertando el aplauso de sus seguidores y la indignación de otros. Esta macabra escena era particularmente odiosa para muchos de sus subordinados, como el mismo gobernador de la ciudadela, el coronel Manuel Bretón, quien, escandalizado por estos cuadros, así como por la manifiesta crueldad de su superior y por la corrupción de los fiscales, envió constantes quejas a Madrid sin que se le hiciese caso. Lo cierto es que el conde contaba con el decidido apoyo del ministro Calormade, el mismo que decidió cerrar las universidades y abrir la escuela de tauromaquia, e incluso con el soporte del rey, que le dejaba hacer. Se dice que Fernando VII dijo en una ocasión, a raíz de las denuncias sobre la crueldad y la salud mental del conde: “Ello será loco, pero para estas cosas no hay otro”.





    Para completar la represión del siniestro conde hay que contabilizar, aparte de los ejecutados, los más de 50 muertos en las prisiones a causa de las torturas y de las terribles condiciones de vida, 17 suicidados que no soportaron las mismas, más de 400 deportados a los penales de África y los casi 2.000 desterrados, casi todos familiares y amigos de las víctimas, a más de seis leguas de Barcelona.




    Fernando VII, de la mano de su mujer, María Cristina. El nuevo hombre fuerte del Gobierno, Cea Bermúdez, decretó una amnistía en octubre de 1832, que el conde de España tardó en hacer pública una semana y que cuando lo hizo fue mediante el peor pregonero que tenía a mano para que nadie le entendiese. Pero estaba claro que estas argucias no podían detener el curso de la historia. En diciembre fue relevado en el cargo por el general Manuel Llauder, lo que provocó un estallido de gozo en la ciudadanía. Mientras se producía el relevo, una multitud ansiosa de venganza comenzó a insultar, apedrear y escupir al conde, que tuvo que refugiarse en la ciudadela y huir en la noche siguiente, en un barco, a Mallorca y de ahí a Génova, ante el temor de ser asesinado. Lo cierto es que el conde había logrado que Barcelona y las comarcas circundantes abominasen para siempre del absolutismo.




    Una vez estallada la guerra carlista, estaba claro a quién apoyaría este abyecto personaje. Desde su exilio en Francia trabajó para el pretendiente Carlos, y en julio de 1838 fue enviado a Cataluña con el mando supremo de las tropas y de la junta carlista de Berga. La tiranía que había ejercido antaño sobre Barcelona pronto se dejó sentir sobre el territorio que controlaba. La discrepancia la castigaba con la horca, y las prisiones comenzaron a estar atestadas. Pronto el sector carlista más moderado de la junta se exilió a Francia por temor al conde. Sus acciones militares también estuvieron teñidas de sangre: la conquista, en la primavera de 1839, de Ripoll, Manlleu, Olvan y Gironella las acompañó del saqueo y del incendio, lo que provocó un profundo odio entre las mismas clases campesinas a las que el carlismo aspiraba a representar. La consecuencia fue que todos los dirigentes carlistas de Cataluña pidiesen la destitución del conde, a lo que el pretendiente accedió a finales de octubre de 1839, ordenando que fuese conducido a Francia. Pero los carlistas catalanes tenían pánico de una posible venganza de Carlos d’Espagnac, por lo que prefirieron matarle. Al cruzar un puente sobre el río Segre, cerca de Organya, le estrangularon, y tras desfigurarle la cara con un puñal le ataron una gran piedra al cuello y le lanzaron al río. Tenía 64 años. Sus asesinos dirían después, como excusa, que el conde era en verdad un masón que sólo ansiaba desprestigiar el carlismo y rendirlo a los liberales, como había sucedido en Vergara.




    Años después, sus familiares reclamaron el cuerpo, que había sido enterrado en un pueblo cercano a Organya. Cuenta la leyenda que los lugareños les dieron el de otra persona porque al verdadero cadáver le habían robado la cabeza con el fin de estudiar la mente criminal que albergaba, un cráneo que estuvo paseándose por Europa durante varios años.

  2. #2
    Hispaniae está desconectado Miembro graduado
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    Re: Carlos d´Espagnac

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    Copio un artículo publicado en el diario catalan "El Temps" y una entrevista en el "Avui" con el autor Marcel Fité de una novela "El carrer dels Petons" en la que un joven investiga la muerte del Conde.


    Article publicat a “El Temps” el 22/1/04 per Lluís Bonada
    La tardor del 1829, l’escriptor liberal, i de tarannà independent,Henri Beyle, que passaria a la posteritat amb el nom de Stendhal, va ser expulsat de Barcelona pel paranoic comte d’Espanya, capità general de Catalunya nomenat pel Ferran VII més absolutista del seu regnat. Poc després comentaria el fet als seus íntims fent referència al “terror” imposat pel comte. Només feia dos anys justos que el comte exercia el càrrec i el terror imposat a la població, en especial la sospitosa de ser liberal i simpatitzar-hi, però també la que només volia passar-s’ho bé amb festes i celebracions, ja era famós a tot Europa. Aquesta etapa va continuar fins al 1832 i va ser tan plena d’arbitrarietats que, en agermanar l’absolutisme borbònic amb el sadisme i la injustícia, va fer més per convertir la població catalana al liberalisme que tots els liberals i llotges francmaçòniques junts. Tenia el títol de comte d’Espanya *comte d’Espagne*, però es deia Charles d’Espagnac i era un cabaler noble de Foix que es va exiliar arran de la Revolució Francesa i que, a causa d’això, va combatre a foc les idees de la il·lustració, fins al punt que es va posar primer al servei de l’absolutista Ferran VII i, a la mort del rei, dels carlins. Cal observar aquí que ni Stendhal ni els biògrafs i editors de l’obra de Stendhal *d’Henri Martineau a Victor Del Litto* no van voler dir, i encara ara no han volgut fer-ho, que el comte que va ser famós internacionalment per aterrir Barcelona era francès. Els escriptors liberals de l’època es van cansar d’explicar les atrocitats del comte. L’any 1835, Abdon Terradas va parlar del clima de terror en una novel·la. La història d’aquestes accions més pròpies d’un sàdic va ser enriquida posteriorment amb documents i testimonis extrets de diaris i memòries. Joan Amades reporta, en les seves Històries i llegendes de Barcelona, moltes de les seves intervencions malaltisses contra els costums dels catalans. Com és prou sabut, el seu caràcter extravagant i cruel va ser molest fins i tot per als seus amics carlins, que, farts d’ell, el van executar. Les circumstàncies fosques de la seva mort i la recuperació del cos llançat al Segre van alimentar especulacions i llegendes que han arribat ben vives, algunes per tradició oral, en especial als Pirineus, on va ser executat. Un fill de Coll de Nargó, l’escriptor Marcel Fité, catedràtic d’institut de llengua i literatura, ha convertit la Barcelona del comte d’Espanya en la novel·la El carrer dels Petons, publicada per Barcanova a la col·lecció “Càlam”. Se n’ha ocupat, ens diu, “perquè el comte va aparèixer mort al Pirineu, d’on sóc, a Coll de Nargó, i em van arribar algunes informacions d’ell, per transmissió oral i a partir d’aquí vaig iniciar una investigació sobre la seva actuació a Barcelona, algunes d’elles desconegudes i que apareixen per primera vegada al meu llibre”. Sobre el carrer dels Petons que dóna títol al llibre, al barri de Ribera, l’escriptor va descobrir-hi una llegenda romàntica. “El carrer donava al passeig de l’esplanada que hi havia davant del fossat de la Ciutadella *ens diu* i era el lloc on els familiars s’acomiadaven dels condemnats a mort, o a presidi, o galeres, versió contrària a la d’alguns historiadors, que pensen que era el carrer dels enamorats. Em vaig adonar que era la metàfora de la novel·la que estava escrivint. Penso que no tenia cap lògica, aquesta versió dels enamorats. El passeig dels enamorats era el del Mar.” A més, Fité va trobar un paral·lel europeu. “Amb el Pont dels Sospirs a Venècia. Els enamorats també es pensen que és el seu pont, però era el dels condemnats que passaven de la presó a ser jutjats al Gran Ducat.” Explica el sentit de la metàfora: “La metàfora ens explica el que passava en una Barcelona emmurallada i encerclada per forts i casernes, com Montjuïc, la Ciutadella i les Drassanes. Els condemnats anaven constantment d’una presó a l’altra, o a la forca, de manera arbitrària. Jo necessitava un punt de vista humà i alhora geogràfic i per això situo l’epicentre de l’acció en aquest carrer, que és un cul de sac, metàfora de l’època.” La Barcelona del 1827 al 1832 del comte d’Espanya, i del borbó Ferran VII, és, per a Marcel Fité, una ciutat que viu dins d’una presó i aterrida. “És *diu* l’expressió més plàstica del domini d’un estat foraster sobre una ciutat: els canons de Montjuïc apunten cap a la ciutat, i al passeig de l’esplanada, on hi havia la fira de Bellcaire, quan el comte ordenava retirar-ho tot, era indici que l’endemà s’hi farien execucions arbitràries.” Políticament s’explica, reflexiona Fité, perquè és el final d’una època, l’intent desesperat de Ferran VII de perllongar l’absolutisme i retardar l’arribada dels nous aires liberals. És l’últim espetec de l’absolutisme. “A més *continua el novel·lista*, aquest espetec està protagonitzat per un personatge cruel, fanàtic, de la crosta més dura, disposat a tot per demostrar que mana i que ho mana tot, fins i tot sobre la vida privada i quotidiana de la gent i els costums aparentment innocents, com el teatre d’aficionats, que suprimeix. Ho controla tot. Fa fora Robrenyo, entre més gent. Fa un espectacle del poder, de la mort, i estableix un ritual. Per primera vegada s’aixeca una bandera negra a la Ciutadella en senyal d’execucions i va retrunyir el canó. I controla com mai la premsa.” La mort del comte. Sobre l’enigma de la mort, i els punts foscos que encara ara es discuteixen, Marcel Fité proposa una versió que ho deixa tot ben clar, pensa. “No s’havia valorat prou bé *ens comenta* que ell va participar, en vida de Ferran VII, en la repressió dels Malcontents, moviment previ a l’aixecament carlista. A la novel·la es veu molt clar que els carlins que l’executenhavien estat malcontents represaliats per ell el 1927. És una venjança per la repressió. Quan el comte comandava les tropes carlines, va fer traslladar a Berga els malcontents que van sobreviure a la seva neteja i se’ls va trobar de camí cap a Andorra, quan va ser desposseït del càrrec de capità general dels carlins a causa de la crueltat de les seves accions, que van escandalitzar fins i tot els seus correligionaris. Va ser determinant la destrucció de les poblacions sotmeses o abandonades, en especial la de Ripoll, on no va quedar cap paret dreta, i les execucions massives.”El comte, que després de la mort de Ferran VII i la seva destitució com a capità general de Catalunya, vivia a l’estranger *Itàlia i els Països Baixos* va ser reclamat pels aristòcrates barcelonins carlins que vivien al Rosselló. “L’exèrcit carlí *diu Fité* era un exèrcit desgavellat, fragmentat en partides i desorganitzat i necessitaven un professional que el disciplinés. I van pensar en el comte, tot i que llavors ja és vell, xacrós i depressiu.” Era el 1938. “El comte, efectivament, posa fi a la indisciplina, però aviat l’exèrcit carlí comença a perdre poblacions tan importants com Solsona i els aristòcrates demanen a Carles V que el substitueixi. És quan, amb l’aparent compromís de portar-lo sa i estalvi a Andorra, abans d’arribar-hi és detingut i executat, no al Pont de l’Espia, com s’ha dit i ha repetit la imatgeria romàntica, sinó a Organyà, poc abans d’arribar als Tres Ponts.” La tècnica novel·lística. La novel·la té un narrador plural. “Diferents persones *diu Marcel Fité* expliquen els fets. Així, es poden parlar d’accions simultànies en llocs diferents. Però ho faig també perquè, en un país que no ha tingut i en certa manera no té una escola i uns mitjans de comunicació que transmeten la pròpia història, volia reflectir que aquí la història s’ha anat transmetent per la via oral, a través de generacions i a través dels gremis. El noi que utilitzo com a narrador que centralitza la majoria de les narracions és analfabet i ho aprèn tot de l’entorn, dels companys de la dispesa i dels companys de la feina, i del mateix amo. I després ja va creixent i ho veu i comprèn tot amb els seus ulls. Per això apareixen a la novel·la els romanços, les dites de l’època. Hi ha en aquest sentit una cançó de Pere Serafí, que és clau i que té un paper fonamental en la part amorosa de la novel·la.” A l’hora de perfilar el model de novel·la històrica, Marcel Fité va optar per donar un gran protagonisme a la història i que els referents no fossin només un marc més o menys llunyà. “No volia de cap manera *ens diu* una història d’amor situada en un marc. Sense renunciar a la història d’amor, el protagonisme el té la crònica de l’epoca i per això un dels meus referents han estat les grans cròniques catalanes, però posades al dia.” I sobre la llengua utilitzada, la defineix així: “Escric com un fill de Coll de Nargó que ha après el català literari a Barcelona i, per tant, modifica també la seva llengua materna.”

    Entrevista publicat al diari “Avui” el 20/01/04 per Enric Vila
    Al comte d'Espanya li deien 'l'assassí de Catalunya'
    E.V. Qui era el comte d'Espanya?
    M.F. El capità general de Catalunya en temps de Ferran VII: un sanguinari.
    E.V. Té una llegenda negra, oi?
    M.F. I ben guanyada. En l'imaginari popular va arribar a ser una mena d'home del sac. Les mares deien als nens: "Mira que si no fas bondat vindrà el comte d'Espanya".
    E.V. Un home cruel, doncs.
    M.F.Fins a punts malaltissos. El primer que va fer just arribar va ser fer executar tretze presos i obrir el carrer Ferran. Volia dedicar un carrer al seu rei.
    E.V. Mític, el carrer Ferran. Hi passejaven a pas lent els ciutadans elegants, amb barrets, bastons i paraigüets.
    M.F. ¿Doncs saps com el va obrir? Un dia es va aixecar i va dir: "Per demà al matí vull desallotjades totes les cases entre la Rambla i la plaça Sant Jaume a aquesta altura". Esclar: ningú li va fer cas.
    E.V. I ho deia seriosament.
    M.F. I tant. Va fer excarcerar presos, va llogar uns 150 manobres i bastaixos i va fer rebentar tots els ulls d'escala de les cases afectades. Quan la gent va arribar de treballar es va trobar els avis penjats als pisos i els van haver de baixar per les finestres amb sirgues.
    E.V. Un tipus equilibrat.
    M.F. Sí, veia complots per tot arreu i tenia un fiscal que jutjava els presoners amb una calavera sobre la taula.
    E.V. El fiscal Cantillón.
    M.F. Exacte. Va tenir una mort molt bèstia: es va exiliar a Suïssa i, als Alps, una allau el va sepultar fins al coll i les aus de rapinya se li van menjar el cap de viu en viu.
    E.V. Càstig de la providència!
    M.F. Com al comte: el van assassinar, van profanar la seva tomba, i el seu cap va rodar amunt i avall durant anys.
    E.V. Ja hi arribarem. ¿Va executar molta gent?
    M.F. Molta. Era el terror dels liberals i dels malcontents. I seguia rituals molt macabres.
    E.V. Per exemple?
    M.F. Doncs abans de pelar els condemnats els feia escoltar "Las habas verdes".
    E.V. Què és això?
    M.F. Una cançó castellana: "Ya viene san Juan de mayo / con muchas rosas y flores / ya viene santa Isabel / con muchas más y mejores...". Un cop va entrar a Vic tocant-la i la gent no sabia on amagar-se.
    E.V. D'això se'n diu humor negre.
    M.F. En tenia. Feia canviar de lloc els condemnats uns quants cops abans d'afusellar-los, estirava pels peus els penjats; fins i tot havia afusellat gent amb munició de fogueig abans de llegir-los la veritable sentència.
    E.V. Quin sàdic!
    M.F. Quan hi havia execucions hissava la bandera negra a la Ciutadella i descarregava una canonada per executat; així n'informava la ciutat. Tot seguit, entre els morts i mal rematats en feia penjar uns quants a l'esplanada de la Ciutadella, on es feia l'antiga fira de Bellcaire, i s'hi passejava dramatitzant, davant dels ciutadans, dient que no li havien deixat opció.
    E.V. Estava com una cabra!
    M.F. Ja ho crec. Però tenia admiradors, com l'"estudiant murri", que va arribar a ser cap de la seva policia, un cos d'expresidiaris que actuava amb total impunitat.
    E.V. Ningú se'n queixava a Madrid?
    M.F. Sí, però fins que no hi va haver el tomb liberal va ser inútil. Llavors va marxar disparat, entre insults. Li deien "l'assassí de Catalunya".
    E.V. Però tornaria.
    M.F. Els carlins el van repescar per posar ordre al seu exèrcit. Però va durar poc. A Berga, un trompeta molt estimat per la tropa va matar un soldat de guàrdia en una borratxera. L'home, que era un carlí orgullós, es va entregar demanant ser afusellat i el comte li va fer tallar un braç, després el cap i llavors el va esquarterar i va fer repartir els seus trossets per la ciutat.
    E.V. Com per fer-se carlí!
    M.F. Per això se'l van treure de sobre. Però mira si li tenien por que li van comunicar la destitució posant-li un ganivet al coll! Després, fent veure que el portaven cap a Andorra, el van assassinar a prop d'Organyà i el van tirar al Segre amb una pedra al coll.
    E.V. Però no s'acaba aquí.
    M.F. Va fer tempesta i el cos va aparèixer a Coll de Nargó. L'alcalde, atemorit, el va fer enterrar. Però al cap de poc temps Marià Cubí va encarregar al metge Josep Rosset robar el crani per fer-ne un motlle de guix i estudiar-lo.
    E.V. A Pau Piferrer també li van prendre el cap!
    M.F. I a Goya, a Bordeus. Llavors la frenologia tenia molt d'èxit. Es creia que l'estructura òssia del crani revelava el caràcter dels individus i els caps de gent excepcional anaven molt buscats. El fet és que Rosset se'n va anar a les Filipines amb el crani i va morir allà. Quan la seva germana el va rebre amb la resta de pertinences.

    http://www.joanducros.net/corpus/Marcel%20Fite.html

    El personaje histórico tal como está documentado no merece ningun respeto moral, utilizar la fe para obrar en total desacuerdo con ella es el peor de los insultos que se pueden cometer a la Palabra Divina. Dios lo perdone.


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