ALFONSO CARLOS DE BORBÓN Y AUSTRIA-ESTE
Extraído del Foro Viena-Budapest: http://vienabudapest.superforos.com
Alfonso Carlos I de Borbón y Austria-Este nació en Londres el 12 de septiembre de 1849, era el segundo hijo del matrimonio formado por el príncipe carlista don Juan de Borbón y Braganza, segundo hijo de Carlos María Isidro, y la archiduquesa doña Beatriz de Austria-Este, hija del duque de Módena. Por tanto, era el hermano menor de don Carlos VII, el rey carlista que dirigió la 3ª Guerra por sus derechos al trono de España.
Sus padres casi nunca se entendieron. Doña Beatriz era una legitimista consumada, conservadora y devota católica, de hecho, acabaría ingresando como carmelita en un convento de Graz. Pese a ello, Beatriz decidió separarse de su marido, con el que se había casado en 1847, y acudió a su corte natal de Módena con sus dos hijos. Quería apartarlos de la causa carlista para que no tuvieran que sufrir las desgracias de su abuelo Carlos V, y la leyenda popular afirma que los traía a menudo al panteón carlista de Trieste, y que allí les explicaba, en italiano claro, los sinsabores y desventuras sobre la misma tumba de Carlos María Isidro.
Allí pasó Alfonso Carlos sus primeros años, hasta que las tropas de unificación italiana destronaron a su familia materna de Módena, y fueron a refugiarse a Viena, donde el emperador Francisco José I daba cobijo a muchos de los soberanos exiliados del momento.
Cuando los Estados Pontificios también fueron objetivo de las tropas liberales de Saboya, gran número de voluntarios pertenecientes a la nobleza europea o a los partidos legitimistas corrieron a alistarse al cuerpo papal de zuavos pontificios.
Entre ellos se encontraba don Alfonso Carlos, que llegó a conseguir un merecido grado de teniente en dicho cuerpo. Forjó una buena amistad con el príncipe mexicano Salvador de Iturbide. Salvador era nieto del emperador Agustín I de México y había sido adoptado por el emperador Maximiliano I.
Enrolado como simple soldado en el cuerpo de Dragones Pontificios en 1868, Salvador Iturbide hizo amistad con don Alfonso Carlos de Borbón (Alfonso Carlos I), el hermano menor de don Carlos VII, que lo introdujo en la familia carlista. Al acabar la guerra en 1870, con la entrada de las tropas saboyanas en Roma, Salvador fue a refugiarse a Venecia, posesión entonces del Imperio Austro-Húngaro, donde se convirtió definitivamente en el más fiel amigo de Carlos VII, ya que casi tenían la misma edad.
En Veinte años con Don Carlos, el conde de Melgar se refiere a él:
"El mayor amigo que tuvo en Venecia Don Carlos fue el príncipe don Salvador de Iturbide, nieto del emperador Agustín de México, que venía diariamente al palacio de Loredán y acompañaba a Carlos VII casi todos los días al Lido. El príncipe de Iturbide era, después de Don Carlos, uno de los hombres más hermosos que yo he visto, lo cual fue causa de que, en su primera juventud, mientras servía en el Ejército Pontificio, fuese el héroe de muchas aventuras galantes, pues todas las señoras de la aristocracia romana se lo disputaban".
Tanto lo llegó a apreciar don Carlos, que, al regresar de su viaje por Suramérica, en 1887, durante el cual también visitó, por recomendación de su amigo, México, le dijo:
"Si no fuese español, quisiera ser mexicano".
Ya en 1882, Carlos VII le daba a su fiel amigo una condecoración muy especial en reconocimiento por sus apoyos a la causa carlista, y para compensarle un poco de la desgraciada vida errante de exiliado que le había tocado llevar al defender el malogrado Imperio de Maximiliano:
"Mi querido Iturbide: siento no haberte conocido durante la guerra, se refiere a la Tercera Guerra Carlista, pues sé que hubieras sido un buen soldado y un leal defensor de mi causa, pero te he conocido en el destierro y he encontrado en ti a un verdadero amigo. Hoy es el día de mi santo y te envío, juntamente con este billete, una medalla de Carlos VII, de las mismas que distribuía a mis heroicos voluntarios durante el combate. Llévala como un recuerdo mío y si alguno te dice que no puedes ostentarla oficialmente, contesta que nadie puede avergonzarse de ser cortesano de la desgracia. Tu afectísimo, CARLOS".
Los zuavos pontificios eran bastante similares a las tropas carlistas en varios aspectos, y Alfonso Carlos tomó buena nota de ello para inspirarse en el diseño de un batallón de zuavos que, durante la Tercera Guerra Carlista, lo acompañó a él y a su esposa María de las Nieves de Braganza a modo de guardia de honor.
Se trató siempre de una selecta unidad de choque y de asalto que participó, por ejemplo, en la famosa victoria de Alpens de 9 de julio de 1873 o en el asedio, igualmente victorioso para las armas carlistas, de Igualada los días 17 y 18 de julio de 1873.
Estos zuavos carlistas formaban un selecto grupo dentro del ejército de Cataluña y del Maestrazgo, y por eso causaron ciertos recelos y envidias entre los demás batallones y partidas de los jefes del carlismo catalán: especialmente capitaneados por Francesc Savalls, cabecilla de Girona.
Vestían, como el mismo Alfonso Carlos, un uniforme gris azulado que se inspiraba bastante en ciertos aires orientales. Pantalones bombachos e inflados hasta la altura de la rodilla, polainas y faja roja apretada a la cintura.
Los oficiales se distinguían gracias a un color algo más claro, entre gris y azul claro, y por la boina blanca, la roja estaba reservada a los generales, a Carlos VII, y a su hermano Alfonso Carlos y a su mujer, María de las Nieves de Braganza, que menuda era, iba armada con dos pistolas.
Su divisa era también el "DIOS-PATRIA-REY" y sus emblemas guerreros la Inmaculada Concepción y el Sagrado Corazón de Jesús con el "detente-bala" grabado en el pecho, cerca del corazón. Los requetés de la Guerra Civil Española copiaron ese símbolo heredado de sus abuelos. El mismo don Alfonso Carlos I, en una reunión celebrada en Toulouse el 3 de junio de 1932, prometió que si algún día llegaba a reinar, incorporaría el Sagrado Corazón al escudo nacional español.
Contrajo matrimonio don Alfonso Carlos con doña María de las Nieves, la popular "doña Blanca" tan elogiada por los carlistas catalanes y valencianos y por poetas como Frederic Mistral, el 26 de abril de 1871. No tuvieron hijos, pero siempre estuvieron muy unidos.
Volviendo con el recorrido militar del príncipe, transcurrió éste al cargo de las tropas carlistas catalanas, aragonesas y valencianas como comandante general. Don Carlos VII le confió este cargo como prueba de su máxima y firme confianza, pero, la verdad sea dicha, su hermano le decepcionó en más de una ocasión.
Alfonso Carlos ya tuvo muchos problemas la primera vez que pisó tierras catalanas por la frontera norte francesa.
En el contexto general de anárquicas partidas y de influyentes jefes que reinaban en tierras catalanas y valencianas, el deseo de Alfonso Carlos de orden, rigurosidad y disciplina nunca pudo llegar a fraguarse bien. Él quería que los voluntarios se ajustaran a una compañía de forma fija, prohibió que se llevaran cargados los fusiles durante los momentos innecesarios, obligaba a los oficiales a pasar continuas revistas a las tropas, a llevar bien colocados sus galones para acreditar adecuadamente sus grados, y exigía rigurosos comunicados de guerra e informes de cada acción. Y para completar el cuadro, prohibió también que se cantara durante las largas marchas por las sierras y los llanos catalanes.
Esto lo enfrentó casi de inmediato a diferentes y muy individualistas jefes, sobretodo a Savalls, pero le dio el apoyo de otros menos influyentes como Camps y Castells.
Pisaron Cataluña don Alfonso Carlos y su esposa en diciembre de 1872, y acto seguido surgió el antagonismo con Savalls, porque se dio el caso de que éste había prometido salir a recibirlos a la frontera de la Garrotxa para escoLtarlos... pero al final no se presentó.
Semejante plante ya auguraba malas relaciones entre ambos, que se tornaron más malas aún si cabe, cuando Alfonso Carlos comunicó su decisión de nombrar jefe del Estado Mayor del Ejército Carlista de Cataluña al navarro Larramendi.
Savalls se negó en redondo, tal era su indomable e inevitable orgullo, y en una acalorada entrevista que mantuvo con el príncipe en el Santuario de Santa María de Finestres, en Girona, se impuso con insultos y amenazas a su teórico superior. Resultado: Larramendi se tuvo que volver despechado a Navarra y don Alfonso Carlos no tuvo más remedio que ceder y concederle el mando a Savalls, que aportaba un considerable apoyo popular sin el que el carlismo no podría hacer casi nada en tierras de Girona.
Sabemos la mayoría de fechas en que acontecieron estos sucesos gracias a la provindencial faceta de escritora de doña María de las Nieves, dama muy culta y curiosa, que en sus "Memorias" divide en dos partes su estancia en el ejército carlista: la primera del 21 de abril de 1872 al 21 de agosto de 1873, y la segunda del primero de septiembre de dicho año hasta el 3 de abril de 1874.
Después de vagar por las comarcas del Ripollés, Osona, el Vallés y el Bages, Alfonso Carlos recibió otro plante de Savalls cuando éste se negó a acompañarlo en su retirada ante el avance del ejército republicano. Savalls era de la opinión de dividirse, lo que tenía su lógica, para despistar mejor así al enemigo.
Alfonso Carlos tuvo que ceder otra vez, y se marchó indignado hacia Ripoll mientras Savalls hacía lo propio hacia la zona de Olot, ciudad que, por cierto, conquistó.
La batalla de Alpens, pese a haber resultado muy satisfactoria para los carlistas, produjo otro notable borrón al advertir el príncipe que, en la caja de Intendencia que llevaba consigo el general liberal Cabrinnety, faltaban unos 10000 reales, Savalls la había "revisado" previamente.
Sumando a esto otro plante en Igualada, Alfonso Carlos tomó la decisión fulminante de destituir al jefe catalán.
Desde su cuartel general situado en Prats de Lluçanès, el príncipe firmó la orden de destitución el 26 de septiembre de 1873 acusándolo, no sin razón, de grave insubordinación.
Parecía haber terminado el arduo conflicto de competencias, pero lo mejor del caso es que, Savalls, ni corto ni perezoso, se fue precisamente a Navarra para entrevistarse con don Carlos VII a propósito del tema. Le contó, evidentemente, su propia versión... y Carlos VII, que por otro lado sabía que necesitaba contar con su popularidad magistral en Cataluña, no sólo lo perdonó y le restauró sus grados, sino que también le concedió grandes honores y el título de marqués de Alpens, en premio a su victoria en dicho pueblo catalán.
Al enterarse de esto don Alfonso Carlos, la reacción no se hizo esperar. Completamente humillado, incluso por su propio hermano y por su padre, Juan, que vino expresamente de Navarra con encargo de hacerle entrega de una carta ordenando la inmediata bienvenida a Savalls, se marchó junto a su esposa, con todo el equipaje, en señal de protesta, a los Pirineos franceses del Rosellón, la retirada-protesta duró del 8 de octubre de 1873 al 27 de abril de 1874.
Hay que decir, sin embargo, que haciendo honor a la verdad, Savalls tenía mucha pericia y sabía burlar contínuamente en largas marchas y emboscadas a los desorganizados liberales, mientras que Alfonso Carlos, con tanta oficialidad, muy bonita pero prácticamente nula sobre el campo catalán, era un estratega desastroso.
Su cuerpo de zuavos era demasiado elitista: entre sus miembros se contaban por ejemplo don Alfonso de Borbón y Austria, conde de Caserta e hijo de Fernando II de Dos Sicilias, el jóven sargento irlandés O'Bryan, los holandeses Augusto e Ignacio Wils, el noble castellano Luis de Barrantes Elío, el capitán granadino Julio Godoy, el barón austriaco Pío Lazarini, y los suboficiales Murray, un canadiense, y Carlos Eça de Gama Lobo, aristócrata portugués. La mayoría se situaba en primera fila de ataque, y por eso muchos fallecieron valientemente y para mayor honra de los zuavos en los combates de Igualada, Vic y Manresa. Incluso falleció en Igualada el mismísimo instructor de Alfonso Carlos en Roma, su apreciado maestro belga De France.
En el Maestrazgo surgieron muchos jefes carlistas de gran carisma, entre ellos el popular Pacual Cucala de Alcalà de Xivert, Ignasi Polo, el "confiter de Cinc Torres", Ramón Fabra, Borrás, el "Desorellat", Tomás Segarra, Ramón Piñol, el "Panera". La rebelión carlista en este sector fue confiada en un principio a Dorregaray, que fracasó en su intento de tomar Valencia, y después lo relevó Alfonso Carlos. Con el nuevo comandante del Maestrazgo llegaban, en mayo de 1874, nuevas órdenes de destitución, para Santés, y Marco de Bello, y el acostumbrado grupito de floridos militares, la cohorte de los generales Lafuente, Freixa, y sus primos don Alberto y don Francisco de Borbón.
Como ya sucedió en Cataluña, cosa que demuestra la terquedad del príncipe en sus métodos, volvió a surgir una rivalidad de envidias muy perjudicial para el carlismo de aquellas tierras. Los pomposos uniformes de la "corte carlo-alfonsina" no eran precisamente el nombroso ejército, bien pertrechado de armas, que se esperaban los valencianos que les llegaría de parte de su rey.
Los aragoneses, disgustados por el encarcelamiento de su jefe Marco de Bello, ya no actuaron tan eficazmente como hasta entonces lo habían hecho (fracasos de Teruel y Alcanyís)... y don Alfonso Carlos no tuvo más salida que quedar otra vez en ridículo delante de su hermano Carlos VII. El general Rafael Tristany, comisionado al efecto, le volvió a llevar una enojosa orden fraterna de apartamiento del mando. Sólo logró Alfonso Carlos la efímera toma de Cuenca, en julio, que causó una terrible matanza que, con el tiempo, contribuiría muy gustosamente a las intenciones de los liberales de formar la "leyenda negra del carlismo".
Los desaciertos del príncipe, aliviados solamente por las brillantes pero aisladas actuaciones de Santés, Segarra, Vallés, Polo, "el Serrador", "L'Arbolero", el barón de Benicàssim, Corredor, Valls, "Ximo el de Tales", el "Sec de les Parres", el "barber d'Useres", etc.
El jefe Villalaín fue siempre el ojo derecho de Alfonso Carlos, que lo protegía en todo momento, pero eso incrementó aún más los problemas. Finalmente, el pobre príncipe tuvo que abandonar el frente hacia Francia dejando la situación del Maestrazgo en un estado pésimo en diciembre de 1874.
Alfonso Carlos pasó el resto de su vida fuera de España. Tras la muerte de Carlos VII, pasó a ser considerado rey por los carlistas su hijo Jaime III. Al morir Jaime III en 1931, Alfonso Carlos se convirtió en el nuevo rey carlista.
Don Alfonso Carlos I murió en Austria, en Viena. Lo atropelló un camión del ejército el 8 de septiembre de 1936. Cruzaba en ese momento la Ringstrasse, cerca del palacio del Belvedere, cuando lo sorprendió el fatal accidente. Algunos rumores incluso apuntaron a un asesinato premeditado. El funeral se ofició a poco de fallecer el rey carlista, que ya era muy viejo, presidido por su viuda doña María de las Nieves y por su sobrino político don Javier de Borbón-Parma. El mismo general Franco mandó sus pésames en un telegrama, calificándolo de "buen español y espejo de caballeros". Fue enterrado en la capilla del castillo de Pucheim.
Saludos Imperiales.
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