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Tema: El Tratado de Corbeil entre Jaime I y Francia: raíz de las frustraciones catalanistas

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    El Tratado de Corbeil entre Jaime I y Francia: raíz de las frustraciones catalanistas

    El desconcertante Tratado de Corbeil (1257), entre Jaime I y Francia extirpó toda posible extensión más allá de los Pirineos, haciendo de Cataluña un espacio encajonado y minúsculo. Se completa el artículo con la polémica que tuvo sobre dicho tema el profesor Elías de Tejada con un nacionalista-separatista catalán


    Revista FUERZA NUEVA, nº 520 25-Dic-1976

    VII centenario de la muerte de Jaime I

    JAIME I: CONQUISTADOR, PERO NO DEL TODO

    En este año (1976) se ha celebrado el séptimo centenario de la muerte de Jaime I, rey de Aragón y conde de Barcelona. La evocación ha tenido plurales manifestaciones de homenaje. Acontecimiento conocido por toda España fue el solemne funeral ofrecido por el alma de Jaime I, en nuestro monasterio de Poblet.

    La biografía de Jaime I transcurre desde su nacimiento en Montpellier, en 1208, hasta su muerte, el 26 de julio de 1276, en Alcira (Valencia). Fue el conquistador de Mallorca, Valencia y Murcia. Intervino, junto con San Pedro Nolasco y San Raimundo de Peñafort, en la fundación de la orden de la Merced.

    Esta conmemoración ha servido para renovar la memoria del monarca. Y para que de nuevo se interpolaran las interpretaciones sobre su reinado. Intentaremos, sumariamente, apuntar algunas opiniones, sin recatar nuestro sentir. Y sea la primera exégesis sobre Jaime I la que Francisco Cambó asentó en su obra “Por la concordia”. Dice Cambó:

    Rovira y Virgili elogia al gran rey don Jaime por su gesto de ceder al rey de Castilla el reino de Murcia; su pensamiento se concentra en estas palabras: “El alto rey tuvo la intuición de que no era aquél el camino de Cataluña. El camino de Cataluña era y es el del mar, el del Oriente, el de la Grecia antigua”. Yo creo que el gesto del rey don Jaime, que inspiró a Rovira este cálido elogio -¡que es todo un programa!- constituyó el error más fundamental de su política, mucho más grave aún que la funesta división testamentaria de sus Estados. Creo que en aquel momento se imprimió a la política catalana una dirección que, fatalmente, había de acarrear todas las consecuencias que después vinieron… Antes de Muret, el alejamiento de la Península podía ser una sabia política para Cataluña. Después de Muret y del Tratado de Corbeil, que fue su consecuencia, eliminada la posibilidad de un Estado pirenaico y limitada la expansión de Cataluña a la parte de acá del Pirineo, la única política sensata que podía y debía seguir Cataluña era la de extender cuanto fuese posible su soberanía, su población y su lengua dentro de la Península… El olvido de una realidad hispánica, a la cual está inexorablemente ligada Cataluña, sería políticamente tan funesto en el siglo XX como lo fue en la Edad Media”.

    Que conste que la realidad hispánica nunca fue olvidada por Jaime I. En su crónica pondera a Cataluña como “lo mellor regne d’Espanya, el pus honrat, e el pus noble”. El rey Jaime I es uno de los grandes obreros de la unidad española, y, empujado por su sentido de cristiandad, luchó contra los sarracenos hermanado con los otros reinos hispánicos. Tenía razón Manuel de Montoliu cuando lo invocaba como “adalid de la hispanidad”. Y asentaba que “la comunidad de destino en lo universal de todas las regiones hispánicas cristalizó de una vez por todas con la dureza del diamante en época ya remota, ya lo suficientemente remota para que nadie tenga derecho a interpretar la unidad lograda como una obra efímera o quebradiza, sino como una conquista permanente y definitiva, elevada a la categoría de las cosas perennes e irrevocables”.

    Esto es lo mismo que se puede decir del rey Jaime I.


    Los sofismas de Jaime Sobrequés y Miguel Coll Alentorn

    Jaime Sobrequés, profesor de Historia de la Universidad de Barcelona, es muy simplista en sus afirmaciones. Entre otras originalidades, sostiene que “los Reyes Católicos se unieron personalmente sin ninguna consecuencia inmediata para Cataluña”. Cuando es evidente que los Reyes Católicos, al unirse en matrimonio, lograron lo que era el ideal pleno de todos los reinos. Luis Suárez Fernández afirma:

    Los Reyes Católicos construyen una comunidad de reinos, cada uno de los cuales conserva sus propias leyes, sus instituciones administrativas, su justicia peculiar. El modelo parece proporcionado por la Corona de Aragón, que, desde el siglo XIII, estaba dotada de tan singular constitución. Desde luego, no hay nada que se parezca al centralismo y, en el orden de valores de la XV centuria, no existe tampoco justificación para llamarles monarcas absolutos… En el exterior de la Península no se habla tanto de los reinos como de la nación española. Esta es la consecuencia, sobre todo, de la gran expansión mercantil y marinera hacia Flandes e Inglaterra. Para los flamencos, franceses, ingleses o alemanes, los súbditos de los Reyes eran unos solos, españoles, y éstos se alegraban de tal situación, porque pretendían extender a todos los privilegios concedidos en principio solo a algunos”.

    Sin embargo, Jaime Sobrequés limita la acción de Jaime I a que “sentara las bases para que alguien algún día pudiese pensar en la posibilidad de potenciar los Paisos Catalans…”. Y es que cuando no se comulga en la filosofía tradicionalista de la unidad nacional perfectamente compatible con la personalidad de las sociedades infrasoberanas, sólo queda el dilema del centralismo o del separatismo, aunque se disfrace de “autodeterminación”. Pero Jaime I, rey de Aragón y conde de Barcelona, es un paso más en el proceso superador e integrador del desarrollo que la Reconquista llevaba en sí hasta lograr la meta de la gran tarea de España: su unidad.

    En la misma línea, Miguel Coll Alentorn (…), en “La Vanguardia”, ha publicado unos artículos sobre Jaime I, mutilando la envergadura de aquel reinado a la Reconquista, con estas palabras:

    Configuró al lado del viejo solar del principado, los demás países catalanes y dio al conjunto catalano-aragonés un peso importante dentro de la constelación hispánica y dentro de la Europa mediterránea y occidental, que permitió el destacado protagonismo de las grandes figuras de Pedro el Grande, Jaime II, Pedro el Ceremonioso y Alfonso el Magnánimo”.

    Como debe admitirse, Coll Alentorn no es infalible. El profesor Robert Lanfont, profesor de Montpellier, sostiene una tesis muy distinta, pronosticando que “nada me impide creer que el espacio roto en Muret pueda encontrar su lógica de relación, y que, de alguna manera, bajo el personaje de Jaime el Conquistador, reaparezca el hijo de María de Montpellier”. Lo que nos aproxima a Francisco Elías de Tejada.


    El diálogo que se convierte en monólogo

    Francisco Elías de Tejada, auténtico polígrafo y mente lúcida, en su libro “Las Españas”, bucea profundamente sobre Jaime I, y afirma:

    En la encrucijada del destino de los suyos, optó por soluciones en las que tanto perdió como ganó. Y, sin embargo, sólo se han calibrado sus ganancias. ¿Por qué? No lo sé. El caso de Jaime I constituye uno de los más estupendos fenómenos de espejismo histórico que yo conozca. Alfarero de reinos con barros de conquistas y abandonos. Cataluña perdió con su quehacer real las posibilidades de pesar decisivamente en la historia peninsular, y a la larga, en la del mundo, a pesar de lo cual, es el rey más querido de este pueblo a quien empujó al despeñadero de lo diminuto. Porque si Cataluña es hoy suelo ibérico y no llega hasta las márgenes del Ródano es porque este príncipe, nacido en Montpellier, entregó incomprensiblemente a Francia por el Tratado de Corbeil (1257), los intereses transpirenaicos del pueblo catalán

    Cierto es que conquista países mediterráneos; que Mallorca y Valencia son dos reinos de sello catalán que compensan la pérdida de la Provenza. Pero es una compensación dudosa, pues a la larga, más tarde o más temprano, habrían caído en poder de los reyes aragoneses, mientras que el desarreglo de Corbeil no ha podido ser remediado con posterioridad. Bien lo cantan los trovadores, al sentir perderse la coyuntura propicia a la unificación de catalanes y provenzales en el gran reino del Pirineo oriental, heredero de las tradiciones que trazó la espada gótica, en la Septimania. La lírica de los trovadores es el gran responso, trágico y poético, al holocausto de aquel pueblo que caía bajo las garras de Francia, simplemente porque un hijo no hacía honor a la memoria de su padre, porque Jaime I parecía ignorar cómo y por qué cayó en Muret Pedro II de Aragón… La política de abandono practicada por Jaime I despierta iras jamás vistas. Podía permitirse a los franceses la ambición de conquistas, mas no era concebible el desdén del conde de Barcelona…

    No compensa Valencia la pérdida del Limosín; ya lo dijo antes Durán de Paernas. Mas Jaime I opina de otro modo y se consuma la trágica ruptura que debilitará durante siglos a Cataluña, impidiéndola hombrearse con Castilla dentro de la comunidad hispánica y creando, por ende, ese sentimiento de pequeñez que es complejo de inferioridad mientras España sea grande, y odio incontenible cuando suene la hora de la decadencia… Porque superar la estrechez de los linderos del actual principado es consecuente aspiración heredada del magno problema de la historia catalana: pesar bastante en el concierto de los pueblos hispánicos. Latente a lo largo de los años, se reproduce sobremanera en el siglo XIX, no pareciéndome muy difícil demostrar cómo esa angustia de los recortado es el secreto móvil que da bríos a todos los escritores del catalanismo, lo mismo en lo político que en lo literario. Apenas si queda ningún nombre ni ningún hecho relevante en los últimos cien años de aquel pueblo que no implique la aspiración a ensanchar los confines de lo catalán hasta el Ródano y Cerdeña, hasta Menorca y Alicante. Y es que la tragedia de Cataluña reside en la desproporción entre las magnitudes históricas a que estuvo abocada, magnitudes que perviven en la subconsciencia de sus hijos, y la ruindad de sus fronteras posteriores”.

    Miguel Coll Alentorn quiso refutar esta visión poderosa y concienzuda de Elías de Tejada, en un artículo de “La Vanguardia”, de 25 de agosto (1976), en el que no demostraba nada. Repetía tópicos. Y se quedaba tan ancho con el unilateralismo de gozar de las páginas de un diario de alta difusión, mientras Elías de Tejada quedaba en plena inferioridad de condiciones para la controversia. Lo demostraremos.


    Lo que no publica “La Vanguardia”

    Francisco Elías de Tejada replicó el alegato de Coll Alentorn en favor del Tratado de Corbeil. En una carta al director, inserta en “La Vanguardia”, del 2 de septiembre, Francisco Elías de Tejada rubrica estas afirmaciones:

    Miguel Coll Alentorn sigue aquí la pauta de los nacionalistas catalanes en general: amistad con Francia, cegados de su odio contra Castilla, con olvido de la historia de Cataluña. Estoy dispuesto, si usted, señor director, me concede sus páginas, a demostrar al señor Coll Alentorn que el moderno nacionalismo catalán no es que no tenga nada que ver, es que constituye la negación de la Cataluña auténtica; que exclusivamente los tradicionalistas catalanes, esto es, los carlistas, sustentamos en esta hora estúpida de la europeización sin límites. A ello se debe que Miguel Coll Alentorn apruebe la acción de Jaime I. Porque no es el caso saber si fue política realista o no, ni si era hacedero o imposible luchar contra la adversidad de las circunstancias. Lo cierto es que todavía resuenan en mi pecho las quejas de los trovadores reseñadas en un libro mío entre otras partes, así como que el Tratado de Corbeil cercenó las grandezas de la Casa de Aragón, dentro de cuya monarquía el principado (Cataluña) era solamente una parte.

    Yo miro a la historia en función de las Españas, mientras que para Miguel Coll Alentorn lo que cuenta son los intereses parciales de Cataluña, concebida separada del resto de los pueblos españoles. Además, me sorprende su justificación indirecta de la pérdida del Rosellón, tierra y gentes indiscutiblemente catalanas y, por catalanas, españolas. Se ve aquí que le preocupa más Francia que Cataluña. Otro de los contrasentidos de un nacionalismo menudo y miope (…)”.

    Hasta aquí, Elías de Tejada. Y hasta la fecha, “La Vanguardia”, tan europea, tan liberal, tan democrática, no ha publicado los artículos de Elías de Tejada sobre el pleito interpretativo de la renuncia de Occitania por Jaime I. Por ello, los catalanes nos hemos quedado sin una lección magistral, que hubiera aclarado lo que documentalmente Elías de Tejada tiene pruebas convincentes para centrar como la tesis más verídica. Cosas de “La Vanguardia” y de los liberales, ¿verdad?


    El nudo de la cuestión

    Francisco Cambó consideraba a España pragmáticamente, como un mercado, con mentalidad burguesa, laica y materialista. Por esto lamenta que Jaime I no hiciera una política peninsular, a fin de asegurar la hegemonía política de Cataluña. No hay más, para Cambó, Rovira Virgili, Jaime Sobrequés y Miguel Coll Alentorn, que se cierran en un nacionalismo elemental, producto del romanticismo, reduciendo la nacionalidad a elementos meramente materiales o culturales. Robert Lafont es un pionero de la Europa de las regiones, tan apta para ser absorbida por el asimilismo marxista o multinacional. Todos ellos carecen de una filosofía de la historia, impregnada de la fe cristiana, que es la única expresión lógica de la vida.

    Francisco Elías de Tejada se apoya en un conocimiento profundo de las coordenadas históricas. ¿Quién puede negar que, sin el Tratado de Corbeil, Cataluña hubiera logrado la completa y eficaz presencia en la grandeza de España, logrando que Francia no hubiera sido -como lo es- la incómoda vecina, intrigante en todos los siglos, culpable de muchos de nuestros desaguisados internos? Cataluña hubiera sido Cataluña plenamente, y habría alcanzado una situación pareja a Castilla, logrando una España todavía más gloriosa, y con una unidad perfecta, que por el propio peso de las cosas hubiera evitado siempre toda tentación centralista. Francia hubiera tenido su propia medida. Si esto no ha sido, recae sobre el Tratado de Corbeil el origen de las tragedias catalanas. (...)

    Lo que Francisco Cambó, Jaime Sobrequés, Robert Lafont y Miguel Coll Alentorn sostienen sobre Cataluña padece de un historicismo calcado en esquemas de la Revolución francesa, de la Ilustración y del mundialismo capitalista o comunista. Por esto, compartimos lo que Elías de Tejada enseña sobre Jaime I. Este rey tiene méritos indiscutibles, pero también errores fatales. Entre ellos, el Tratado de Corbeil. Aunque “La Vanguardia” no publique los artículos de Elías de Tejada, privando a los catalanes de un texto dilucidador para entender a nuestra Cataluña, negada por los liberales y por los catalanistas históricos y marxistas que, al fin y al cabo, siempre se confabulan. Y es que el error de un monarca, cuando un rey no cumple lo que tiene obligación jurada de mantener, cuando falta a sagradas obligaciones, los pueblos la pagan caro. España y Cataluña lo han probado y sufrido en sus propias carnes.


    Jaime TARRAGÓ


    Última edición por ALACRAN; 08/12/2022 a las 17:44
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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