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Honores4Víctor
  • 4 Mensaje de Hyeronimus

Tema: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

  1. #1
    Avatar de Hyeronimus
    Hyeronimus está desconectado Miembro Respetado
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    Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    En la película Altamira estamos ante la enésima manipulación destinada a presentar a la Iglesia católica como la mayor enemiga de los hombres.



    Antonio Banderas en la película de Altamira/ Morena Films

    El pasado primero de abril se estrenó la película Altamira, que cuenta entre sus atractivos el papel protagonista deAntonio Banderas y que intenta (o al menos eso pretende) explicar lo sucedido en torno al descubrimiento de las pinturas de la Cueva de Altamira por parte de Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888), bisabuelo del difunto banquero Emilio Botín.

    Estamos, a priori, con una iniciativa que reúne varios méritos: buenos actores y dirección y una historia nuestra, apasionante y con enseñanzas para el día de hoy. Y sin embargo, esa primera impresión se desvanece pronto al comprobar, ya desde los carteles promocionales, que estamos ante la enésima manipulación destinada a presentar a la Iglesia católica como la mayor enemiga de los hombres. La caracterización de Rupert Everett, en su papel de párroco de Santillana del Mar, no deja lugar a dudas: su rostro desagradable, su mirada torva, más propia de un psicópata asesino que de un sacerdote, recuerda a la más trasnochada propaganda anticlerical. A la hora de presentar a la Iglesia como repulsiva no hay sutilezas que valgan, habrán pensado los ideadores del film, y para que nadie se llame a engaño presentan al sacerdote como una mezcla de Nosferatu y Voldemort.

    Se conforma una Iglesia enemiga de la ciencia y empeñada en seguir manteniendo su poder sobre la gente

    Lo que las imágenes anunciaban, la película lo confirma. La Iglesia es presentada como enfrentada a la ciencia y el gran obstáculo en su desarrollo. El tema no es banal, pues como bien señala el P. Spitzer, uno de los caminos por los que los jóvenes pierden la fe es el considerarla incompatible con la ciencia. Una parte importante de la propaganda atea va en esta línea: la ciencia es verdadera, se puede verificar, y contradice la religión, un cuento de hadas fantástico impropio de personas adultas y cultivadas. Poco importa que todas las evidencias indiquen lo contrario (desde innumerables científicos católicos que no han percibido ninguna contradicción entre su fe y la ciencia hasta documentos magisteriales y obras de filosofía que desmontan el relato antirreligioso), las películas y las series van conformando la mentalidad de la gente, que se quedan con la cantinela de una Iglesia enemiga de la ciencia y empeñada en seguir manteniendo su poder sobre la gente por cualquier medio, incluso la mentira y la violencia.

    Por fortuna, aún hay quien no traga y, todavía más, investiga y estudia lo que realmente ocurrió. Es el caso de Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC, que arroja luz sobre Altamira en una serie de artículos publicados en Religión en Libertad, a los que se suman los redactados por Pablo Ginés para completar un acercamiento histórico riguroso que desmonta la versión de la película.

    ¿Y en qué se diferencia la realidad de lo que nos intenta vender la Altamira de Antonio Banderas? En base a lo aportado por Carrascosa y Ginés, podemos afirmar lo siguiente:

    1. Marcelino Sanz de Sautuola era católico practicante y nunca encontró que su fe chocara con su actividad científica. Curiosamente, este aspecto se silencia en la película.

    2. El científico español que más le apoyó, Juan Vilanova y Piera, considerado el padre de la geopaleontología española, también era un fervoroso católico.

    3. No es verdad que la Iglesia católica viera con aprensión el descubrimiento de Altamira como contrario a la interpretación literal de la Creación. Lo cierto es que nadie con autoridad en la Iglesia sostenía la necesidad de interpretar literalmente la Biblia. De hecho, Vilanova y Piera, en 1872, siete años antes de los descubrimientos de Altamira, había publicado una obra, “Origen, naturaleza y antigüedad del hombre”, que incluía dataciones geológicas y biológicas distintas a las de la Biblia y a la que la vicaría apostólica de Madrid había dado su visto bueno. En las palabras literales del censor de la época, “La Iglesia no ha declarado el número fijo de años que lleva el hombre en la tierra… Tampoco vemos que se contraríe el texto sagrado cuando la geología ha descubierto que las capas terrestres nos demuestran que la vida ha debido sucederse por grados en la tierra y aun en razón directa de la complicación del organismo“. Así pues, los personajes de la película que se espantan, aferrados a las cronologías bíblicas, no son creíbles, son una manifiesta manipulación. Como se ve, nada que ver con lo que la película nos intenta hacer creer.

    4. En la película se sostiene que la Iglesia se opuso al descubrimiento y acusó a Sanz de Sautuola de falsificador. No es verdad. No hubo ningún pronunciamiento oficial de la Iglesia Católica, ni en España ni en el Vaticano, sobre la autenticidad o falsedad de las pinturas de Altamira.

    5. Quienes sí se pronunciaron fueron los laicistas, que atacaron despiadadamente el descubrimiento, pensando que era contrario a la visión del hombre prehistórico predominante en la época. La Institución Libre de Enseñanza, con el laicista Francisco Giner de los Ríos a la cabeza y la Real Sociedad Española de Historia Natural, con el laicista Ignacio Bolívar al frente afirmaron que las pinturas eran falsas y se negaron a admitir su autenticidad, poniendo a Sanz de Sautuola en una dificilísima situación. Las críticas también llegaron del extranjero, donde el paleontólogo Gabriel de Mortillet, llevado de su pasión anticlerical, llegaría a escribir acerca de Altamira, en una carta a su colega Carthailac lo siguiente: “No te fíes, amigo, es una trampa que nos tienden los jesuitas a los prehistoriadores para reírse de nosotros”. Es decir, que en 1881 lo que creían los científicos enemigos de Sautuola era que “sus pinturas” eran el fruto de una conspiración de la Iglesia.

    6. Finalmente, y tras mucho sufrimiento, la comunidad científica mundial confirmó la autenticidad de las pinturas. ¿Quién fue el abogado de Sanz de Sautola? ¿Algún científico comecuras? Pues no precisamente: quien logró que Carthailac retirase sus acusaciones de falsificación fue el sacerdote y paleontólogo Henri Breuil. Ya lo ven, los curas empeñados siempre en atacar a la ciencia…

    7. Como explica Carrascosa, la película presenta a la esposa del descubridor como una católica fanática, algo histérica e ignorante, una caricatura que no por repetida deja de ser lamentable y que, por cierto, supone una actitud machista que desprecia la capacidad de raciocinio del sexo femenino.

    8. El párroco de Santillana proclama en la película, para justificar su oposición al descubrimiento: “Mi deber es proteger la fe de la Iglesia”. La frase es absurda, pues ya hemos visto que ni la fe, ni la Iglesia estaban amenazadas por la autenticidad de las pinturas, una apreciación que nadie compartió y menos aún científicos católicos como Sanz de Sautuola o Juan Vilanova.

    9. Más frases absurdas y gratuitas, esta vez en boca de Sanz de Sautola: Es el hombre desafiando la voluntad de Dios”, Si alguien explora el misterio de la Creación, le despoja de su grandiosidad. El científico, como buen católico, sabía que era exactamente al revés: penetrando en el misterio de la Creación se descubre la grandiosidad del Creador. No hay ningún desafío, sino un ir comprendiendo mejor la obra de Dios y un maravillarse ante ésta.

    10. De hecho, esta versión anticatólica de don Marcelino Sanz de Sautuola se contradice con la imagen que de él ha conservado su familia. Ramon Pérez Maura, descendiente del descubridor de Altamira, escribía en un artículo en ABC al respecto que jamás habían oído hablar de nada semejante en la tradición familiar.

    11. Añadía, Pérez Maura que Don Marcelino Menéndez Pelayo, el develador de heterodoxos y herejes, se deshace en elogios hacia su tocayo y paisano: “La verdadera revelación del arte primitivo se debe a un español modestísimo, al caballero montañés don Marcelino Sanz de Sautuola, persona muy culta y aficionada a los buenos estudios, pero que, seguramente, no pudo adivinar nunca que su nombre llegaría a hacerse inmortal en los anales de la prehistoria“. Difícilmente Menéndez Pelayo habría elogiado a Sanz de Sautuola, si cualquier autoridad eclesiástica mínimamente significativa de la época hubiese considerado el hallazgo de Altamira, ya no contrario a la fe, sino una mera dificultad para ella.

    Ramón Pérez Maura atribuye el sesgo anticatólico de Altamira a necesidades del guión: “cabe entender la relevancia del papel malvado jugado en «Altamira» por el párroco de Santillana del Mar como una necesidad narrativa antes que como un hecho histórico de la relevancia que se le da”, y más adelante escribe que se “requiere de licencias para contar la esencia de una historia. Como cualquier obra de arte, «Altamira» las tiene“. Se advierte que Pérez Maura se esfuerza en hacer una interpretación bondadosa de la película en la que su antepasado es el héroe, desfigurado, sí, pero héroe al cabo.

    Los indicios aquí reseñados son demasiados para ser ignorados y apuntan a que se ha querido aprovechar la historia de un científico católico, de un hombre que hace un descubrimiento trascendental y que luego, ante los ataques injustos de sus colegas laicistas, supo defender la verdad y asumir las dolorosas consecuencias, para montar el enésimo ataque contra todo lo que huela a religión católica. Si la víctima es la verdad, la misma que con tanto ahínco defendió Sanz de Sautuola, peor para ella. Ya se sabe que en toda guerra hay daños colaterales y que en la tarea de aplastar a la Infame, que decía Voltaire, uno no se puede andar con chiquitas.

    Lástima. Don Marcelino Sanz de Sautuola no se merecía el ser usado como ariete contra la fe que iluminó su vida. Sí, las películas se toman libertades, pero no hasta explicar lo contrario de lo que realmente sucedió. De asistir a un pase de Altamira, Sanz de Sautuola no habría llegado hasta el The End: se habría levantado, indignado, y habría abandonado la sala donde otro que no es él pretende suplantarlo.

    Un último apunte: quien quiera saber más sobre el tema, Stella Maris ha publicado un libro, “Altamira. Historia de una polémica”, de José Calvo Poyato, donde se pueden encontrar más detalles acerca de lo que realmente sucedió.

    Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia - Actuall

  2. #2
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    Yo me lo esperaba en cuanto leí el resumen de la película en Altamira (2016) - FilmAffinity.

    En 1879, un arqueólogo amateur, Marcelino Sanz de Sautuola (Antonio Banderas), y su hija de 8 años, María, descubrieron en Cantabria una de las obras prehistóricas más importantes de la Historia: las pinturas de Altamira. Lejos de proporcionarle honor y gloria, su deslumbrante contribución a la historia le enfrentó sin embargo con la Iglesia católica, y también con la indiferencia y el escarnio de la comunidad científica de la época. A pesar de sus esfuerzos por demostrar la veracidad del descubrimiento.

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  3. #3
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    Fueron en realidad los franceses los que durante años no se lo quisiero creer hasta que descubrieron la cueva de Lascaux. La Iglesia, como es natural, ni comentó el asunto porque no tenía nada que ver con la teología, pero lógicamente tampoco lo rechazó.

  4. #4
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    Estamos ante una mala película pero bien hecha en cuanto a los medios empleados. Lo que parece una paradoja no lo es en realidad, pues con todas las licencias que se quieran, en las películas que tratan sobre temas históricos no se debería mentir, manipular o lanzar falacias insidiosas. En cuanto al protagonista, Antonio BANDERAS, ¿qué decir? no sólo interpreta al personaje falseándolo, sino que se presta a la falacia, luego vendrá cada Semana Santa y cada Romería del Rocío a hacerse la foto vestido de costalero, coherencia moral e ideológica la suya, esperemos que en lo sucesivo se quede en su Jolivú.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  5. #5
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    A mí me ha extrañado bastante que Antonio Banderas se prestara a eso, porque tengo que reconocer que le he oído algunas veces hablar sobre temas religiosos con bastante más seriedad y respeto que sus colegas del cine antiespañol. Además está el hecho de que se siente muy orgulloso de pertenecer a una Cofradía religiosa, pero debe ser uno más de esos españoles que se definen como católicos "alejados del Clero" o "no practicantes" y claro, pasa lo que pasa......

  6. #6
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    El director de la película es anglo-escocés y no católico, he ahí la clave. Lo de Antonio Banderas sigue siendo lo extraño.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  7. #7
    Avatar de Hyeronimus
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

    A mí lo de Antonio Banderas no me sorprende. Aparte de que como actor le gusta lucirse, desgraciadamente en el mundo cofradiero de hoy hay muchísimo fariseísmo. Aunque todavía hay muchos católicos que participan (participamos; me incluyo) con sincera devoción en la Semana Santa, hay muchísima gente que nunca recibe los sacramentos ni va a misa, e incluso que hasta convive sin estar casado con otra persona (en muchos casos del mismo sexo) y no cree (o cree a su manera, escogiendo lo que gusta y como le gusta), pero luego que no le quiten de salir de nazareno o de costalero, o tocando un tambor o una trompeta. Banderas no hace otra cosa que ejercer su profesión: representa un papel ante un público que lo admira y aplaude. Y pensar que lo de desfilar con la cara cubierta tiene su origen en lo que dijo el Señor de que cuando hagamos penitencia no sepa nuestra mano izquierda lo que hace nuestra mano derecha...

  8. #8
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    Re: Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia

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    Adán y Eva: ¿eran monos dibujantes? Las pinturas rupestres

    marzo 11, 2014 quenotelacuenten

    Adán y Eva: ¿eran monos dibujantes?
    Las pinturas rupestres
    En los metros o “subterráneos” podemos encontrar todo tipo de bichos: lentas tortugas, hiperquinéticas liebres y hasta zorros muy amigos de lo ajeno; pero nunca hemos encontrado cavernícolas dibujando esos grafitis que alegran el inframundo.
    ¿Monos que dibujan? Sí, ¡como los de antes! ¡Como los de la “época de las cavernas”! Esos seres semi-encorvados que serían, según algunos, los antepasados de Fra Angélico, Boticelli o Da Vinci.
    ¿O acaso no eran tan cavernícolas?
    Hay, como ya dijimos antes aquí, una creencia general incluso entre gente “culta” y hasta universitaria, de que el hombre proviene de un antiguo primate cavernícola que gustaba de enamorar a su amada a fuerza de garrotes. Y digo “creencia” general, porque la hipótesis evolucionista ha quedado relegada solamente a los documentales de la BBC o a museos para el gran público (cada vez son menos los antropólogos que se arriesgan a sostener el darwinismo craso como a principios y mediados del siglo XX).
    La idea de que venimos del mono, vale decirlo, no existió nunca hasta el siglo XIX. Ni los aztecas, ni los mayas, ni los chinos y menos que menos la gran civilización greco-latina pensó nada similar; al contrario: la noción primera o a tradición primordial, como la llamó Guenón, hacía que los hombres rememoraban su origen en los dioses o en Dios (sea como fuere que lo llamasen), es decir, que iban de lo perfecto a lo imperfecto, de la divinidad a la humanidad. Baste con leer la Teogonía de Hesíodo o las grandes cosmogonías sumerias para comprobar cómo –aunque con errores y fantasías, cierto– se narraban la creación, la redención e incluso la “caída primigenia” por parte del hombre (el mito de la Caja de Pandora, el castigo de Prometeo o el diálogo de Platón sobre la Atlántida, son algunos de ellos). Es que no habían recibido la revelación completa como el pueblo judío, de allí que –como algunos sostienen– Dios se revelase poco a poco a los paganos con semillas de verdad[1].
    La historia, circular para la cosmovisión greco-latina a diferencia de la judeo-cristiana, hablaba de un estado de perfección donde el hombre, por diversas faltas, había ido decayendo en etapas y edades; la edad de oro (la más cercana a los dioses y por ello la más perfecta), la de plata, la de bronce y –por último– la de hierro explicaban ese deseo del hombre por perfeccionarse y volver a las épocas áureas, como lo cantaba Virgilio en su IV Égloga.
    Es decir, el hombre no suspiraba ante un espejo por los rasgos simiescos que había perdido antaño, sino todo lo contrario.
    – “Pero –podría preguntarse alguno– si los primeros hombres no fueron “cavernícolas” ni semi-encorvados: ¿Cómo se explican ciertas manifestaciones sub-humanas como las de las pinturas rupestres encontradas en algunas cuevas? Veamos.
    Las pinturas rupestres: ¿hechas por brutos?
    Cuando en 1868 un cazador encontró en Altamira, España, una profunda y desconocida cueva llena de dibujos, el mundo se asombró del hallazgo y el investigador Marcelino Sanz de Sautuola procedió a analizarlas atentamente. Hasta el momento, se conocían los jeroglíficos egipcios y las runas celtas; pero este descubrimiento era del todo novedoso al punto que se acuñó un nuevo epíteto para nombrarlas: eran “pinturas rupestres”, por su derivación del latín (rupes, roca). Paredes columnas y recovecos, todo estaba invadido por diversos motivos de caza y animales que sorprenderían a cualquier incipiente estudiante de dibujo. Eran sencillas pero poseían cierta dificultad: perspectiva, trazado en lo alto, sombras, etc., que aumentaban la complejidad del diseño.
    Gran parte de la comunidad científica de entonces, contagiada del darwinismo, lanzó rápidamente su respuesta: “¡los semi-encorvados también tenían arte!”. Y nada importó que el mismo Marcelino Sanz de Sautuola, su descubridor, planteara los clarísimos signos de civilización encontrados allí. Su opinión “no podía” ser cierta porque los hombres “provenían de los primates”, decía el dogma evolucionista (sólo después de su muerte algunos arqueólogos de renombre, como Cartailhac, le darían la razón diciendo que “hacía falta inclinarse frente a la realidad de un hecho”[2]).
    Pero, ¿eran o no cavernícolas? El tiempo hizo que, luego de estudios en ésta y en otras cuevas por el estilo se llegase justamente a la respuesta contraria; el “arte rupestre” era precisamente una de las razones por las cuales debía pensarse que aquellos hombres de antes eran tan hombres como los de las catacumbas, del medioevo o de los metros de hoy. Coincidimos en que tanto Altamira como el resto de los descubrimientos posteriores (Lascaux, Namibia, Castellón, etc.) no son de la complejidad de la Capilla Sixtina, ni de Las meninas de Velázquez, pero esto se debe a la sencilla razón de que el arte, como todo acto humano, se va perfeccionando con el tiempo y a lo largo del desarrollo cultural. Toda manifestación artística funciona de este modo, es decir, parándose en los hombros de los predecesores. ¿Qué hubiese sido de la literatura si no hubiésemos aprovechado que otros inventaron las letras? ¿O de las matemáticas si aún anduviésemos sin números? El hombre no nace sabiendo, sino que se aprovecha de la experiencia pretérita[3].
    Sobre la época a la que nos referimos, al menos la más estudiada de las cuevas, la de Altamira, posee una datación arqueológica de entre 15.000 y 20.000 años de antigüedad (los arqueólogos nunca se ponen de acuerdo con las épocas) y el fin por el cual se las hacía aún no ha sido dilucidado: una razón cultual, decorativa o simplemente el arte por el arte mismo[4] son algunas de las hipótesis.
    Pero, aunque no sepamos el fin que tenían, podríamos preguntarnos el cómo, es decir, ¿cómo eran estos seres? Para responder, creo que habría que seguir a Saint-Exupéry y hacerse niño como el Principito.
    Hagamos abstracción de la enseñanza dogmática, de la ciencia moderna y hasta de cualquier preconcepto; pensemos lo siguiente: si le presentásemos a un niño que aún no tenga dañado el sentido común por la televisión, internet y la play station ¿cuál de las dos imágenes diría que fue hecha por un mono y cuál por un hombre?











    Si alguien respondió: “la de la izquierda fue hecha por un hombre”, entonces no piensa como un niño.
    En realidad, la de la derecha se encuentra en uno de los techos de la cueva de Altamira, y la otra en algún museo de “arte” moderno…
    Entonces: ¿no será más bien al revés? ¿No será que los hombres de antaño, aunque artistas incipientes, eran más “hombres” o al menos más “artistas” que los de ahora? Podían ir semidesnudos o mal vestidos (como nosotros en el verano) y hasta podían comer bananas, pero eso no nos llevaría a pensar que fuesen primates-pintores.
    Es más: el hecho de que las pinturas estuviesen en una cueva, tampoco obligaría a pensar que vivieran allí, así como un artista no vive en un museo o un futbolista en un estadio. Pero, en el caso de insistir y pensar que así sucedía ¿acaso no corrobora esto lo que incluso se lee en el Génesis, cuando se dice que “cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores… Y Dios dijo al hombre: «maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan»”? (Gén 3,7.17-19). No, no puede ser; por la Biblia nunca dice la verdad respecto al origen del hombre… dirán.
    “Si no os voléis a hacer como niños”, decía hace dos mil años un Hombre…

    Hay que hacer un esfuerzo por dejar de lado la ideología del evolucionismo en la que hemos nacido; hay que esforzarse para volver a pensar con cordura; los fósiles han hablado y hoy casi nadie se embarca en esa “evidencia” darwinista. Pero entonces, ¿por qué insistir tanto en esto? ¿Por qué machacar y machacar con que venimos del mono?
    La respuesta es doble, creemos: por un lado está la marcada tendencia racionalista que impide aceptar la posibilidad de la creación de un hombre y una mujer como los conocemos hoy. Pero por otro, hay una intencionalidad política como la hubo en el momento en que se comenzó con la hipótesis: en efecto, la “religión” del evolucionismo surgió en un período histórico donde hacía falta demostrar la superioridad racial de algunos sobre otros y, por ende, la “necesidad” de dominar y ser dominado[5] (no por nada Darwin colocaba al inglés como el más avanzado en la cadena biológica).
    Al sentido común, al más común de los sentidos, es a donde hay que retornar para pensar sin prejuicios.
    Fue justamente otro inglés, Chesterton, quien luego de su conversión al catolicismo, escribió un agudo texto sobre el tema que nos ocupa y que no podíamos dejar de compartir.
    El hombre de las cavernas: un hombre como nosotros[6]
    Las novelas y los periódicos nos hablan hoy con frecuencia de un popular personaje llamado el Hombre de las Cavernas. Se nos ha llegado a hacer familiar, no sólo en su aspecto público, sino también en el privado. Se habla muy en serio de su psicología en las novelas psicológicas y en la medicina del misino género. Parece, según lo que yo he leído, que su principal ocupación era golpear a su mujer y tratar a las otras mujeres como lo que se llama en el mundo del cine, un “villano”.
    Hasta ahora, no he podido convencerme de la verdad de este acierto. No sé en qué periódicos primitivos o procesos de divorcios prehistóricos se funda (…).
    Realmente, la gente se ha interesado por cuanto se refiere al hombre de las cavernas, menos por lo que hizo en ellas. Y, sin embargo, no nos faltan evidencias palpables de que hizo en ellas algo importante. No es mucho, como no lo es cuanto se refiere a la edad prehistórica; pero se refiere al verdadero hombre de las cavernas, y no al personaje literario “el hombre de las cavernas y su maza”. Lo que no se encontró en la caverna no fue la maza, la horrible maza sangrienta, marcada con el número de mujeres golpeadas en la cabeza. La caverna no era la cámara de Barba Azul llena de los esqueletos de las mujeres asesinadas; no estaba llena de cráneos femeninos puestos en fila y cascados como huevos. Era algo muy diferente a las frases filosóficas y a los rumores literarios que han hecho que la cuestión sea tan confusa (…).
    Un sacerdote y un niño entraron hace tiempo por el hueco de una montaña y pasaron a través de una especie de túnel que conducía a un laberinto de corredores. Pasaron por senderos que parecían intransitables; descendieron por boquetes como pozos, cual si se enterraran vivos, sin esperanza de resurrección (…). La secreta cámara rocosa, iluminada después de innumerables años, mostró sus paredes con grandes dibujos y pinturas, hechos con arcillas de diferentes colores; y al seguir sus líneas, reconocieron en ellas, a través de las edades, la mano del hombre. Eran pinturas de animales; y habían sido pintadas no solamente por un hombre, sino por un artista. Con todas las limitaciones impuestas por la época, aquellos primitivos artistas demostraban un gran amor por la línea curva ondulante, amor que reconocerá enseguida quien sepa o haya intentado dibujar. Aquellos dibujos demostraban el genio experimental y aventurero del artista, el espíritu de quien no evita sino busca la dificultad. Sobre todo, en el caso de aquel ciervo pintado con la cabeza vuelta hacia la grupa, en una actitud que sorprendemos frecuentemente a los caballos, y que muchos dibujantes de animales reproducirían con dificultad (…).
    Ciervo herido vuelto hacia atrás (Peña de Candamo, Asturias, España)
    No será necesario indicar, si no es de pasada, que nada en esa caverna sugiere la fría y pesimista atmósfera de la caverna, la caverna de los relatos periodísticos, que nos cuentan mil historias acerca de sus moradores. En tanto que se pueda aludir al carácter humano de esos restos del pasado, ese carácter humano es completamente humano y firmemente humano. No es verdad el ideal de un carácter inhumano, como el de esa abstracción que invoca la ciencia popular. Cuando novelistas, pedagogos y psicólogos nos hablan del troglodita, nunca lo hacen en relación con nada de lo que existe realmente en la caverna (…).
    Cuando el psicoanalista escribe a un paciente que “los instintos adormecidos del hombre de las cavernas pueden impulsarle a un acto violento” no se refiere al instinto de pintar a la acuarela ni al de dibujar con sencillez, directamente del natural, al ganado que pasta. Sin embargo, nos consta positivamente que el troglodita hacía estas cosas inocentes y, en cambio, no tenemos la menor prueba de que realizara las ferocidades de que nos hablan.
    En resumen: cuanto se dice de la brutalidad del hombre de las cavernas no es más que pura confusión, que no se apoya en ninguna evidencia científica, y que sólo sirve, en cierto modo, para excusar el moderno espíritu de anarquía. El caballero que necesite golpear a una mujer, que lo haga sin deshonrar al hombre de las cavernas, de quien apenas sabemos otra cosa, repito, sino que pintaba cosas muy agradables en las paredes (…).
    Si el niño (que encontró la cueva[7]) era una oveja del rebaño espiritual del sacerdote, se puede pensar que habría sido educado en el culto del sentido común, ese sentido común que, frecuentemente, se nos aparece bajo la forma de la tradición. En este caso, reconocería simplemente la obra del troglodita como la obra de un hombre, interesante desde luego, pero no increíble por tratarse de un primitivo. Vería lo que allí había que ver, y no caería en la tentación de ver lo que no había allí, excitado por una inclinación evolucionista o por cualquier otra especulación de moda (…).
    El hombre primitivo pudo complacerse tanto en pegar a las mujeres como en pintar animales. Lo único que podemos decir es que de una cosa han quedado huellas y de la otra no. Es posible que cuando terminara de pegar a su madre o a su esposa, le gustara recrearse en el murmullo de un arroyo y en la contemplación del ciervo acudiendo a beber en él. Estas cosas no son imposibles; pero sí son improbables. El sentido común del niño se limitaría a aprender de los hechos lo que los hechos le enseñaran y en las cavernas casi no hay más hecho cierto que las pinturas (…).

    Lo que no vería en la caverna sería un indicio de la evolución. Si alguien dijera que aquellas pinturas las había hecho San Francisco de Asís, llevando de su santo y puro amor a los animales, nada encontraría en la caverna que lo contradijera (…).
    En efecto, las pinturas no prueban que el hombre de las cavernas viviera en las cavernas, lo mismo que el descubrimiento de una bodega subterránea en Blaham (ciudad de Inglaterra) no demostrará nunca que la clase media de la época victoriana vivía bajo tierra. La caverna podía tener un destino especial como la bodega. Pudo ser una especie de capilla religiosa o un refugio en tiempo de guerra, o el escondite de una sociedad secreta o sabe Dios cuántas cosas más (…).
    ¿Y por qué no halla en los animales el menor indicio de un arte embrionario? Esta es la sencillísima lección que nos enseña la caverna de las rocas pintadas; tan sencilla que cuesta trabajo comprenderla: que el hombre se diferencia de los animales por la especie y no por una evolución; y la prueba está ahí; todo el mundo cree posible que un hombre pinte la imagen de un mono, y todo el mundo tomaría a broma el que se dijera que el mono más inteligente había logrado pintar la imagen de un hombre, hay algo que nos separa fundamentalmente a hombres y animales. El arte es patrimonio del hombre.
    Esta es la sencilla verdad con que debe dar comienzo la historia de los principios. El evolucionista se asombra en las cavernas de cosas demasiado grandes para ser vistas y demasiado sencillas para ser comprendidas. Y trata de sacar consecuencias indirectas y dudosas de los detalles de las pinturas, porque no acierta a ver el significado primordial del conjunto. Sólo consigue teóricas deducciones sobre la ausencia de religión o la presencia de la superstición; acerca de un gobierno de tribu, de raza, de los sacrificios humanos… (…).
    De todo lo descubierto en ella, lo único cierto que se desprende es que el hombre sabía pintar renos, y los renos no sabían pintar hombres (…).

    * * *
    ¿Cavernícolas pintores? ¿Monos con cincel?
    No perdamos el sentido común y…
    Que no te la cuenten…
    P. Javier Olivera Ravasi, IVE

    [1] Lo que se conoce en literatura y en teología como “semina verbi” o “logoi spermatikos”.

    [2] Cfr. Émile Cartailhac, La grotte d’Altamira, Espagne. Mea culpa d’un sceptique , L’Anthropologie, tome 13, 1902, p. 348-354.

    [3] http://www.fontdelpas.com/pinturas-r...matarranya.htm

    [4] Cfr. H. Janson, Historia del arte, Akal, Madrid 1988, 13.

    [5] http://06darwinismosocial.blogspot.c...ucionista.html

    [6] El siguiente pasaje corresponde a extractos de Gilbert K. Chesterton, Ortodoxia – El hombre eterno, Porrúa, México 1986, 126-131. Las cursivas son nuestras.
    [7] Nota propia.

    http://www.quenotelacuenten.org/2014...ras-rupestres/
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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