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Tema: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

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    El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?



    El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    Publicado originalmente en: Instituto de Arquitectura Sacra. Volumen 15 – Primavera 2009
    Autor: Steen Heidemann
    Traducción: Pablo Álvarez Funes


    -o0o-o0o-o0o-o0o-o0o-

    Nací en Dinamarca en la década de 1950, alcancé la mayoría de edad en la sociedad de los 60, embebido en los clichés del ateísmo liberal que me dejaron un gran vacío espiritual. Vacío que no se rellenó hasta que me convertí al Catolicismo varios años después en la Catedral de Westminster en Londres. Con formación artística y habiéndome involucrado bastante en una gran exposición sobre los Jesuitas y el Barroco, me di cuenta de la importancia de la imagen sacra en la proclamación de la fe, tan vital hoy, considerando sobre todo la ausencia de investigación intelectual y lectura entre los jóvenes.



    Comparando el siglo XVII con nuestros días, he notado que ahora nos enfrentamos a un arte denominado Católico que la mayoría de las veces declara lo que Cristo no es, antes que lo que Él es. Es una forma de arte (si se puede llamar arte) donde lo trágico, lo absurdo y la negación de Cristo verdadero se convierte en una trinidad propia y perversa. Y ha creado su propia “pseudorreligión”, en la cual el “artista” ateo y humanitario se ha elevado a la categoría de sacerdote dogmático.


    Como respuesta a la reciente crisis de vocaciones, y con el apoyo de varios sacerdotes, he empezado a usar mis conocimientos artísticos para escribir un libro, que se publicará en varios lenguajes, titulado “El Sacerdote Católico: La imagen de Cristo a través de veinte siglos de Arte”. Alrededor de 550 obras de arte de todas las épocas desde los días de las Catacumbas, este libro intenta explicar el sacerdocio a través de imágenes con la esperanza de atraer vocaciones para su más importante y hermoso ministerio. No es necesario decir que surgió un dilema en cuanto a la elección de qué obras de arte podrían representar nuestros tiempos.



    Estudio para la Sexta Estación de la Vía Dolorosa. James Langley, Estados Unidos.


    Para entender por qué el arte Católico de los últimos cincuenta años ha sido un monumental fracaso, no sólo es necesario entender cómo ha evolucionado la sociedad, sino además cómo estos cambios se han visto reflejados en lo que se denomina “arte contemporáneo”. A ese respecto recientemente se han publicado dos libros: Christine Sourgin, “Los Espejismos del Arte Contemporáneo” (La Table ronde, París 2005); y Aude de Kerros, “El Arte escondido” (Enrolles, París 2007). Este último nos proporciona una buena descripción de cómo ha surgido y se ha desarrollado el arte contemporáneo:


    El movimiento dominante hoy día es el arte conceptual, que se autodenomina “contemporáneo”. No es una forma de arte en el sentido tradicional del término, sino más bien una ideología basada en lo que el propio artista considera arte, que luego es confirmado y aprobado por una élite. Esto ha sido bautizado como “arte contemporáneo”, fruto de la arbitrariedad, y no pretende tener un carácter esencial y verdadero. Sin embargo esta infinita diversidad excluye un elemento específico: el arte. El arte contemporáneo está fuertemente cimentado en varias claves prohibidas: el uso de las manos para moldear y transformar materiales con resultados formales positivos; la articulación de forma y significado en una unidad orgánica; la belleza y su manifestación misteriosa: el “aura”, la gloria de la sensibilidad. Muchos todavía creen que son continuidad de las “vanguardias” del arte moderno y no han percibido la realidad de la situación.



    Ordenación. Nelson Carlin, Estados Unidos.

    En Francia, pero también en otros lugares, el arte contemporáneo se ha convertido en la única y aceptable forma oficial de expresión. Ocurre tanto en el ámbito secular como en el Católico. Este “arte” forma parte de un mecanismo comercial donde las opiniones a menudo mal documentadas y políticamente correctas de la burocracia gubernamental determinan la asignación de fondos para la adquisición de obras de arte valoradas por intelectuales y críticos de moda, ignorantes nuevos ricos inversores de arte y punteras galerías de arte globales, generalmente Anglosajonas. Es un sistema totalitario donde el arte se ha convertido en una mercancía financiera con la que especular. Ha nacido el concepto de arte que no sirve sino a sí mismo. No hay transmisión de conocimiento, ni reconocimiento del pasado, y ciertamente no hay nada que pueda aprender el estudiante de arte, pues se percibe el riesgo de que el aprendizaje pueda “desnaturalizar” su talento espontáneo.


    El arte contemporáneo es un vacío cultural, pero quien se atreva a hablar – como la niña del cuento del nuevo traje del emperador que se dio cuenta que el monarca estaba desnudo- será ignorado o tratado como un ignorante. Es una cesta de dinero que poco tiene que ver con el arte y no tiene nada que ver con la transmisión del mensaje de Cristo. El arte contemporáneo no ofrece referencias a la belleza, la verdad o la bondad; y por tanto no puede tener idea de una estética moral. No puede tener lugar en la Iglesia, no sólo por razones estéticas, sino porque fue concebido con la intención de servir únicamente al ego caído. De hecho, al igual que con los ángeles corruptos, el lema del arte contemporáneo podría ser fácilmente “non serviam”. Esta tensión ya era palpable en el siglo XIX, cuando algunos de los artistas más cualificados, especialmente en Francia, volcaron su talento fuera del arte sacro. Lo secular tomó el control y no ha parado desde entonces. El Impresionismo no sólo dio paso a un estilo pictórico sino también a una filosofía de vida.


    Incluso dentro de la Iglesia, en un momento en que está necesitada de artistas capaces de transmitir claramente el mensaje de Cristo, es apreciable una marcada falta de filosofía y teología del arte. Sin que una gran mayoría se de cuenta, dos mil años de arte Cristiano han sido apartados silenciosamente, pero con firmeza. Se trata de una apostasía silenciosa que Christine Sourgins describe en términos de pseudorreligión:


    Sacerdote, profeta, artista de arte contemporáneo, el es también rey. Pero su reino es el de las pasiones, que herencia distante, pero directa de la Era de la Ilustración. Para el arte contemporáneo las pasiones son espirituales. Las transgresiones que nos permiten ir más allá de nuestras percepciones ordinarias es para el arte contemporáneo verdadera trascendencia. Como conclusión, nos enfrentamos con una religiosidad invertida, que sigue pensando en términos religiosos.


    Para la mayoría del arte contemporáneo no hay Resurrección ni sitio donde hallar al Redentor. El arte contemporáneo resulta ser una castración mental, o quizá, citando a George Orwell en 1984, “el estado mental predominante debe ser la locura controlada”. Y últimamente el arte contemporáneo encabeza un ataque contra la Fe Cristiana, que es la base de nuestra sociedad y su cultura.


    El sacerdote que se ve a si mismo en la Imagen de Cristo. Rodolfo Papa, Italia



    Los actuales principios anti-estéticos y la nueva ortodoxia de provocativa iconoclasia en los círculos artísticos no sólo han traído a los museos y galerías de moda blasfemias contra el mensaje de vedad y belleza de Cristo como los crucifijos de Andrés Serrano en un recipiente con orina o las burlas hacia la Misa Católica del austriaco Hermann Nitsch (por citar sólo dos ejemplos); también han creado un ambiente donde la ausencia de forma y expresión de distorsiones espirituales han ganado respeto. Es como si la belleza y la verdad hubieran sido sustituidas por la fealdad y la perversión como medio para representar lo sacro. Se supone que el arte contemporáneo debe ser “contextual”. Es el contexto el que generalmente corona a la “obra de arte”, y su revolucionaria trasgresión se convierte en sagrada o significativa. Un inodoro expuesto en una galería de moda londinense se convierte inmediatamente en obra de arte, mientras que en unos servicios públicos sigue siendo lo que es. Los artistas denominados “reales” en el mundo del arte contemporáneo pueden expresarse espiritualmente, pero sólo si demuestran dudas acerca de la religión, especialmente la Cristiana. De ahí que la ambigüedad y la ironía sean bienvenidas. Los iconos New Age de Alex Grey constituyen una respuesta “ideal”. La mutilación hace algunos años de la Piedad de Miguel Ángel probablemente muestra el emblema de un mundo empeñado en destruir la verdad, la bondad y la belleza y suplantar a Cristo con un programa basado en la cultura de la muerte espiritual. Resulta interesante apuntar que “La última Cena” y la “Crucifixión” de Salvador Dalí sean las dos únicas obras pictóricas del siglo XX que hayan alcanzado fama universal. Todavía pueden adquirirse reproducciones en cualquier tienda del mundo. Ninguna obra pictórica contemporánea de naturaleza Cristiana ha alcanzado, ni siquiera por aproximación, tal estatus.



    La Noche Oscura de San Juan de la Cruz. Philippe Leujene, Francia

    Un buen artista Cristiano, especialmente aquel que se exprese de forma figurativa, es para los medios de comunicación un artista muerto, objeto de piedad en el mejor de los casos y apto para ser colocado en un museo como mero folclore. Dos años antes de su muerte, Andy Warhol creó una obra titulada “¡Arrepiéntete y no peques más!”. Se plantea la cuestión de cómo expresar artísticamente el mensaje de Cristo de forma que los fieles puedan comprenderlo. Hay artistas que tienen el coraje de sobresalir y crear obras de arte donde el mensaje de Cristo está clara y atractivamente representados sin la necesidad de un suplemento por escrito. Su trabajo es lo que Aude de Kerros denomina “el arte oculto”. Los medios de comunicación simplemente los ignoran, como si no existieran, o en el mejor de los casos los trata como artesanos y ciertamente no como “artistas”.


    Siguiendo a Aude de Kerros, existen indicios de que en América, el arte contemporáneo está ampliamente aceptado como lo que es, una suerte de mercancía, y que lo que podemos considerar arte verdadero conserva su propio lugar. Sin embargo, como concluye, hay que esperar a que se haga una distinción semántica que separe el arte contemporáneo del arte verdadero. Así entonces podríamos empezara a evaluar el arte no conceptual y a cada artista individual. Esto es importante en general, pero vital en la Iglesia para marcar claramente los límites entre uno y otro.


    ¿Qué significa alcanzar este hito para el arte Cristiano? Lo primero a considerar sería darnos cuenta que el arte no puede producirse de la misma forma en que se encarga un coche o una pieza de arte contemporáneo. Es una especie de don que no se puede conseguir desde el materialismo. Requiere el don de la Fe. Dondequiera que se presenta, el mensaje de Cristo a través del arte encuentra su propia expresión. Está más allá del alcance de este artículo entrar en una discusión profunda y detallada sobre el arte Cristiano, sin embargo me gustaría hacer algunas sugerencias, la primera articulada muy bien por Rodolfo Papa, artista y profesor en la Academia Pontificia de las Artes de Roma:


    La Iglesia no tiene un estilo artístico propio, porque lo importante no es cómo decir algo, sino lo que se quiere decir o comunicar; es fácil saber qué hacer “Rem tene, verba sequuntur” (Domina el tema, las palabras le seguirán). Creo que sólo el arte figurativo es capaz de hablar de los misterios Cristianos. El arte Católico se ha expresado a través de muchos estilos en el pasado, pero todos eran figurativos.



    S. Alfonso Ligorio. Giusseppe Antonio Lomuscio, Italia.


    Algunos podrán argumentar que lo abstracto puede usarse beneficiosamente para mostrar aspectos de la verdad que no son específicamente narrativos. De hecho, lo no figurativo puede subrayar el misterio de lo infinito y la mística con una intensidad que ninguna otra forma puede lograr. El peligro, sin embargo, es que, siendo totalmente abstracto, la obra de arte puede perder rápidamente su sentido Trinitario y convertirse rápidamente en una imagen que puede adherirse tanto a los conceptos de la Nueva Era como a la realidad Cristiana. Pintores, como por ejemplo Giovanni Battista Gaulli (“Il Baciccio”), abordaron en el pasado este tema con éxito, combinando la inundación de luz con el simbolismo figurativo Cristiano. Aquí se incluyen algunos ejemplos recientes como las obras de Philippe Lejeune y Agnès Hémery. Tal vez podamos sentir preferencia por la sobria expresión monástica de la Edad Media, el barroco exuberante o algunas de las obras más sentimentales del siglo XIX, pero un Católico ve todas estas formas de expresión como parte de la misma unidad centrada en Cristo. El problema surge cuando contemplamos obras recientes del arte contemporáneo donde el espíritu subyacente ha sido eliminado.


    El Bautismo de Cristo. Sergio Ferro, Brasil


    Christine Sourgins escribe que “lo visible se convierte en digno de Dios porque Dios lo ha hecho visible; esta podría ser la base del arte Cristiano”. De acuerdo con Sourgins, el pintor figurativo necesita fe y conocimiento de la verdad para ejecutar su arte. En una de las exposiciones más relevantes celebradas en los últimos años centrada principalmente en temas de arte Cristiano (Galería Nacional de Victoria, Australia, 1998), se expuso una obra que mostraba a una mujer como un Cristo crucificado. Como sugiere Sourgins, tales imágenes blasfemas no pueden orientar a los fieles hacia la oración, devoción o un sentido auténtico de Cristiandad en línea con las enseñanzas de la Iglesia. Muchos excelentes artistas del pasado fueron grandes pecadores, pero su fe les permite que sus obras encarnen la divinidad de la Trinidad. Un artista no necesita la perfección de la santidad para ser un buen artista Cristiano, pero la fe trae consigo una transformación. Durante el siglo XIX la Cristiandad aún representaba una base social que, a pesar de sus diferencias, animaba a la sociedad en general y tenía una influencia subyacente en muchos artistas que trataban temas sagrados. Aunque no sean grandes obras de arte en un sentido espiritual, algunos artistas conservan cierta “aura” Cristiana.


    Sin embargo, hay que admitir que ya no se da ese caso. Lo mejor que se puede esperar de los artistas del siglo XX es una especie de misticismo cósmico. Muchos intelectuales que se enfrentan a esta cuestión han olvidado que el artista Cristiano puede ser el instrumento de la gracia divina. Se conoce la famosa cita de Fra Angelico: “para pintar a Cristo, hay que vivir a Cristo”, o como dice el artista americano James Langley:


    El último punto de referencia para el artista Cristiano no es la cultura contemporánea ni su propio ingenio, pero sí el descubrimiento de la belleza en el encuentro con Cristo. Partiendo de la experiencia del radiante Dios-hombre vestido como en la Liturgia Divina, el enfoque Católico a la realización de arte religioso se basa en la experiencia común de una tradición recibida a la que se añaden humildemente las contribuciones individuales. Para aceptar que la tradición implica un estudio y apreciación de cómo otros artistas han visto la imagen de Dios. Las formas artísticas que mantienen la originalidad y la autoexpresión como fin supremo comienzan por un entendimiento desordenado de la libertad de los hijos de los hijos de Dios. Por lo tanto corren el riesgo de producir arte, como hemos visto en las últimas décadas, que distorsiona y es literalmente irrelevante para la experiencia Cristiana.


    Por supuesto también se puede argumentar que la esperanza y la fe pueden encontrar cabida incluso en el arte contemporáneo. Podríamos continuar diciendo que ahora vivimos en tiempos en los que un enfoque Cristiano directo es inviable y que el mensaje Cristiano sólo puedo ser percibido a través del absurdo y la desesperanza del arte contemporáneo. Y aunque de hecho sea difícil ser Cristiano hoy, los últimos dos mil años han visto muchos periodos de persecuciones directas o indirectas; no hay que perder coraje para levantarse y proclamar la fe. El arte contemporáneo tipifica una contracultura anti-Cristiana en la cual podemos contemplar a Cristo Crucificado pero no Su Resurrección. Cristo dijo “quien no esté conmigo está contra mí” (Lucas 11, 23). Un compromiso entre Cristianismo y contemporaneidad llevará inevitablemente conducirá a pinturas como la de la exposición australiana que hemos mencionado, donde la imagen de la Trinidad queda oculta por el absurdo, la tragedia y el nihilismo. Entonces, ¿es posible ver el arte contemporáneo como un posible lugar donde encontrar formas que sirvan al mensaje de Cristo? Anthony Visco escribió: “¿Contemplaríamos la posibilidad de ver sacerdotes satánicos como consultores litúrgicos para los ritos y rituales de la Iglesia? ¿Y a ateos como para consejeros de oración en los ejercicios espirituales de San Ignacio? ¿Por qué entonces confiamos en un arte contemporáneo, que ha apostado decididamente por no servir a la Iglesia, y seguimos preguntándonos como puede encajar en la misma?” Algunos Católicos se consideran “valientes” cuando inician un diálogo con el arte contemporáneo, pero por muy buenas que sean sus intenciones, sus esfuerzos nunca darán frutos reales, pues las raíces están podridas hasta la médula. Además alegan que el arte contemporáneo fomentará una nueva búsqueda espiritual y por tanto una comprensión más profunda de la verdad. Para ellos, las personas deberían ser atrevidas e intentar entender lo que es nuevo y poco convencional. Los intelectuales pueden pasarse días enteros discutiendo esto, pero ¿tendrían sus argumentos sentido común para los fieles ordinarios? Entonces algunos Católicos continuarían el debate diciendo que hubo artistas como Giotto que fueron revolucionarios en su día, y ¿por qué no debería ser aceptado el arte contemporáneo en la Iglesia? Obviamente esto es un punto que, por todos los motivos indicados en este artículo, no requiere respuesta.



    Verbum caro factum est. Ugo Riva, Italia




    La Iglesia Católica y Universal anhela un renacimiento, que no debe confundirse con una simple renovación. Algunos podrán decir que cuestionar el arte contemporáneo y buscar una alternativa nos llevaría a algún tipo de propaganda neofascista triunfal. Esto es tomar una postura fácil y cómoda y no enfrentarse a la realidad del mensaje de Cristo de salir y convertir al mundo. La Iglesia se ha enfrentado a dificultades antes, y encontrará un nuevo camino donde el arte Cristiano volverá a servir de nuevo a la palabra de Jesús de un modo pedagógico, inteligible y eficaz: una manifestación de esperanza y promesa, como se describe en la reciente encíclica Spes Salvi de Benedicto XVI. Tendremos que distinguir entre arte religioso, sagrado y litúrgico, pero no debemos tener miedo a reconocer las formas artísticas que mejor expresen los diversos mensajes de Cristo, así como las necesidades devocionales de los fieles en las diversas culturas y regiones del mundo. Una obra de arte en España obviamente no cumple los requisitos para una persona en Armenia, pero su espíritu subyacente debe ser el mismo. El Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, en una carta del 25 de noviembre de 2008 para el arzobispo Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y las Comisiones Pontificias para los Bienes Culturales de la Iglesia y Arqueología Sacra, expresó la necesidad de relanzar un diálogo entre estética y ética, entre belleza, verdad y bondad. De hecho, se está preparando un pabellón del Vaticano para la Bienal de Venecia 2011, un importante festival internacional de arte contemporáneo.


    En el centro de todo esto encontramos una necesidad de volver a la Eucaristía, fuente de la expresión artística. En palabras de Anthony Visco, “La realidad de la Eucaristía debe ser reafirmada en nuestro mundo. Con Cristo, la Eucaristía sigue siendo “un escándalo, algo que superar.” Sin esto, todo el arte se convierte en un mero adorno u ornamento del ego.” Con el fin de ser misionera, la Iglesia necesita volver a encarnarse en el arte el misterio de Cristo de una manera clara y exponerlo valientemente a un mundo que ha apostatado. Aunque el arte sagrado no puede darnos la salvación, ni contener la realidad del sacerdocio o de la Misa, se puede mostrarnos el camino hacia ellos. Debe rendir un servicio a la fe, a la comprensión de Dios, que ha hablado al hombre a través de las Sagradas Escrituras. La diferencia semántica entre “renacimiento” y “renovación” debe ser abordada con urgencia. Estamos empezando a ver un renacimiento, ya que algunos obispos han comprendido este problema y han tenido el valor de recurrir a arquitectos y artistas dignos de su nombre. También podría deducirse un estímulo adicional del hecho de que este año la famosa venta de arte contemporáneo de otoño en Nueva York fue un fracaso financiero; esto podría inducir a los coleccionistas a volver a evaluar lo que es el arte verdadero en su conjunto y la transferir del centro de atención de esta ciudad estadounidense, donde durante las últimas décadas el dinero y las ideologías actuales han sido el único criterio. El trabajo de algunos artistas nuevos y prometedores se ha ilustrado aquí, para mostrar que el arte verdadero está empezando a salir de las cenizas. Ha comenzado una verdadera búsqueda.


    Oriundo de Dinamarca, Steen Heidemann se educó en Inglaterra, graduándose en Arte y Arquitectura en Oxford y un master de gestión en Reading. Converso al catolicismo, más tarde se casó con una mujer francesa. En la actualidad organiza exposiciones internacionales de arte.

    Reflexiones sobre un clasicismo contemporáneo

  2. #2
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    En vista de que las imágenes que ilustraban este artículo han desaparecido (tampoco encuentro el original en español con que abrí inicialmente el hilo), reproduzco el original inglés con las imágenes. Y de paso lo pongo también en el foro inglés:

    Sacred Art of Today: Is It Art and Is It Sacred?

    by Steen Heidemann, appearing in Volume 15 - Download Issue PDF
    Born in Denmark in the 1950s, I came of age in 1960s society, surrounded by all the clichés of liberal atheism that resulted in my experience of a spiritual void. This void was not filled until I converted to the Catholic faith many years later at Westminster Cathedral in London. Being in the arts and having been deeply involved in the staging of a large exhibition on the Jesuits and the baroque, I came to realize the importance of the sacred image in proclaiming the faith, so vital today, especially given the prevailing absence of intellectual inquiry and reading among the young.
    Turning from the seventeenth century to our own historical period, I perceived that we are now faced with so-called Catholic art that more often than not states what Christ is not, rather than what He is. It is an art form (if one can call it “art”) where often the tragic, the absurd, and the rejection of the true Christ become their own new and perverse trinity. This has become a pseudoreligion of its own, in which the atheist, humanitarian “artist” has been elevated to the role of dogmatic priest.
    As a response to the recent crisis in vocations, I have started, with the support of various priests, to use my artistic knowledge to create a book, which will published in several languages, entitled The Catholic Priest: Image of Christ Seen through Twenty Centuries of Art. Through 550 works of art of all periods since the days of the Catacombs, this book seeks to explain the priesthood through the visual image with the hope of attracting vocations to this most important and beautiful ministry. Needless to say, the dilemma quickly arose as to which works of art should be included to represent our own times.1

    Study for Station VI of Via Dolorosa by James Langley, USA. Series commissioned by St. Paul Catholic Church in Pensacola, Florida and installed in February 2009.
    To understand why the great majority of Catholic art over the past half century has been a monumental failure, one has to understand not only how society has evolved, but also how this change has been reflected in what is termed “contemporary art.” Two recent books that address this issue are Christine Sourgins’s Les Mirages de l’Art contemporain (La Table ronde, Paris 2005) and Aude de Kerros’s L’Art caché (Eyrolles, Paris 2007). The latter provides a good description of how contemporary has emerged and developed:
    The dominant movement today is conceptual art, which nominates itself as “contemporary.” It is not an art form in the traditional sense of the word, but a named ideology based on the statement by the artist himself that “this is art,” all confirmed and approved by the establishment. This has been baptized “contemporary art,” fruit of the arbitrary, and does not pretend to have an essential or truthful character. However, this infinite diversity does exclude one specific element: art. Contemporary art is strongly based on several forbidden key elements: the use of hands to modulate and transform materials with its positive metamorphic outcome; the articulation of the form and meaning in an organic unity; the beauty and its mysterious manifestation: “aura,” the glory of sensitivity. Most people still believe they are in the continuation of the “avant-gardes” of modern art and have not perceived the reality of the situation.

    Ordinatio by Neilson Carlin, USA, 2008. Commisssioned for the book “The Catholic Priest” by Steen Heidemann.
    In France, but in various degrees also elsewhere, contemporary art has become the official and only acceptable form of expression. This is in the secular as well as in the Catholic sphere. This “art” is part of a commercial mechanism in which the often poorly informed and politically correct opinions of government bureaucrats determine the allocation of funds for the purchase of artworks esteemed by intellectual and fashionable art critics, ignorant nouveau riche investors, and trendy, predominantly Anglo-Saxon, mondialistic art galleries. It is a totalitarian system, where art has become another financial commodity with which to speculate. The concept of art serving nothing but itself has been born. There is no transmission of knowledge, no recognition of the past, and there is certainly nothing for the art student to learn, given the perceived risk that learning might “de-nature” his spontaneous talent. Contemporary art is a cultural vacuum, but anyone daring to speak up—like the little girl in the story of the emperor’s new clothes who realized that the emperor was naked—will be either ignored or regarded as ignorant. It is a money racket that has little to do with art and has nothing to do with the transmission of Christ’s message.
    Contemporary art offers no reference to beauty, truth, or goodness; and thus can have no idea of a moral aesthetic. It can have no place in the Church, not just for aesthetic reasons, but because it was conceived with the intention of serving nothing other than the fallen ego. In fact, much like the corrupted angels, the motto of contemporary art could easily be “non serviam.” This tension was already visible in the nineteenth century, when some of the most skilled artists, especially in France, turned their talents away from sacred art. The secular took control and has not let go since. Impressionism gave way not only to a style of painting, but also to a philosophy of life.
    Even within the Church, at a time when she is in particular need of artists able to convey Christ’s message clearly, one senses a marked lack of a philosophy and theology of art. Without most people realizing it, two thousand years of Christian art have been quietly, but firmly, pushed aside. It is a silent apostasy that Christine Sourgins describes in terms of a pseudoreligion:
    Priest, prophet, artist of contemporary art, he is also king. But his kingdom is that of passions, which is the distant, but direct, inheritance of the age of Enlightenment. For contemporary art the passions are the spiritual. The transgression that enables us to go above our ordinary perceptions of matters, is for contemporary art a true transcendence. One is, as a conclusion, confronted with an inverted religious, who still thinks as a religious.
    For most contemporary art there is no resurrection and nowhere is the Redeemer to be found. Contemporary art results in a mental castration, or perhaps, quoting George Orwell in 1984, “the prevailing mental condition must be controlled insanity.” And what contemporary art ultimately constitutes is an attack on the Christian faith, which is the foundation of our society and its culture.

    The priest who sees himself in Christ’s image, by Rodolfo Papa, Italy.
    The current anti-aesthetic principles and the new orthodoxy of provocative iconoclasm in artistic circles have not only brought to museums and fashionable galleries such blasphemies against Christ’s message of truth and beauty as Andres Serrano’s crucifix in a vat of urine and the Austrian Hermann Nitsch’s mockeries of the Catholic Mass (to take only a few examples), they have also created an ambience in which a lack of form and the expression of mental and spiritual twistedness have gained respectability. It is as if beauty and truth had been replaced by ugliness and perversion as the medium for depicting the sacred! Contemporary art is supposed to be “contextual.” It is the context that often crowns the “artwork,” and its revolutionary transgression becomes sacred or meaningful. A toilet shown in a fashionable London gallery becomes immediately an artwork, while seen in a place of public amenities it remains what it is. So-called “real” artists in the world of contemporary art may express themselves spiritually, but only if they show that they have second thoughts about religion, especially the Christian religion. Hence ambiguity and/or irony are much welcomed elements. The New Age icons of Alex Grey constitute an “ideal” reply. The smashing (some years ago) of Michelangelo’s Pietà perhaps offers an emblem of a world bent on destroying the true, the good, and the beautiful and supplanting Christ with an agenda steeped in the culture of spiritual death. It is interesting to note that Salvador Dali’s Last Supper and Crucifixion are the only two twentieth-century paintings of a religious subject that have won universal acclaim. They are still seen in all poster shops around the globe. No contemporary art painting of a Christian nature has even come near these in status.

    The Obscure Night of St. John of the Cross, by Philippe Lejuene, France.
    A good Christian artist, especially one who expresses himself figuratively, is to the media a dead artist, an object at best of pity and fit to be placed in a museum as merely folklore. Two years before Andy Warhol died, he created a work entitled Repent and Sin No More! The question arises as to where we are to turn from here in order to express Christ’s message artistically in a way that the ordinary faithful can comprehend. There are artists who have had the courage to stand out and create artworks where Christ’s message is clearly and attractively represented without a ten-page “written supplement” to understand them! Their work is what Aude de Kerros terms “the hidden art.” The media simply ignores them, as if they did not exist, or rather as if they were mere decorators, and certainly not “artists.”
    According to Aude de Kerros, there are indications that in America contemporary art has been largely accepted for what it is, a sort of merchandise, and what one would term real art retains its own place. However, as she concludes, one will have to wait until a semantic distinction is made separating contemporary art from real art. One could then start to evaluate non-conceptual art and each individual artist. This is important in general, but it is vital for the Church to clearly mark the boundaries.
    Were this milestone to be achieved, what would it mean for Christian art? The first consideration would be to realize that art cannot be produced in the same way in which one orders a car or a piece of contemporary art. It is a kind of gift that cannot be had through materialism. It requires the gift of faith. Wherever that presents itself, Christ’s message as expressed in art finds its proper expression. It is beyond the scope of this article to enter into a detailed and profound discussion on Christian art, however, I should like make some suggestions, the first articulated well by Rodolfo Papa, artist and teacher at the Pontifical Academy for the Arts in Rome:
    The Church does not have an artistic style of her own, because it is not important how to say something, but it is important what you want to say or communicate; it is easy to know what to do: “Rem tene, verba sequuntur” [Grasp the subject, the words will follow]. I think that only figurative art is able to speak about Christian mysteries. Catholic art has expressed itself in many various styles in the past, but all of these are figurative.

    St. Alphonso Liguori, by Giuseppe Antonio Lomuscio, Italy.
    Some will argue that the abstract can be used beneficially to depict aspects of the truth that are not specifically narrative. In fact the non-figurative can underline the mystery of the infinite and the mystical with an intensity that no other form can accomplish. The danger, however, is that, if totally abstract, the artwork can quickly lose its Trinitarian sense and quickly become an image that might just as well adhere to New Age concepts as to Christian realities. Painters, for example Giovanni Battista Gaulli (“il Baciccio”) have in the past tackled this subject with success, combining the flood of light with Christian figurative symbolism. Some recent examples are included here, namely, works by Philippe Lejeune and Agnès Hémery. One may have a preference for the sober monastic expressions of the Middle Ages, the exuberant baroque, or some of the more sentimental works of the nineteenth century, but a Catholic welcomes all these forms of expression as part of the same unity centered on Christ. The problem arises when contemplating recent works of contemporary art where the underlying spirit has been destroyed.

    The Baptism of Christ, by Sergio Ferro, Brazil
    Christine Sourgins writes that “the visible becomes worthy of God for the reason that God made himself visible; this could be the basis of Christian art.” According to Sourgins, the figurative painter needs faith and knowledge of the truth to execute his or her art. At one of the largest exhibitions held in recent years to focus mainly on Christian topics (National Gallery of Victoria, Australia, 1998), a work was displayed that depicted a woman as a crucified Christ. Such blasphemous images cannot orient the faithful, as Sourgins suggests, toward prayer, devotion, or an authentic sense of Christianity in line with the teaching of the Church. Many an excellent artist in the past has been a great sinner, but their faith permitted their works to embody the divinity of the Trinity. An artist need not be the perfection of sanctity in order to be a good Christian artist, but faith does bring about a transformation. During the nineteenth century Christianity still represented something of a social foundation that, despite its shortcomings, did animate society in general and did have an underlying influence on many artists dealing with sacred themes. Though often not masterpieces in a spiritual sense, some paintings did retain a certain Christian “aura.”
    However, one has to conclude that this is no longer the case. The best one can hope for in most artists in the twentieth century is a kind of cosmic mysticism. Many intellectuals dealing with this question have forgotten that the Christian artist can be the instrument of divine grace. Fra Angelico is reputed to have stated that “To paint Christ, one must live Christ,” or as the American artist James Langley sees it:
    The ultimate point of reference for the Christian artist is neither contemporary culture nor one’s self, but rather the discovery of beauty in the encounter with Christ. Proceeding from the experience of the radiant God-man as clothed in the Divine Liturgy, the Catholic approach to the making of religious art is grounded in the common experience of a received tradition to which one’s own contribution is humbly added. To accept that tradition implies a study and appreciation of how other artists have seen the image of God. Art forms that hold originality and self-expression as paramount begin with a disordered understanding of the freedom of the children of the children of God. As such they risk producing art, as we have seen in recent decades, that distorts and is literally irrelevant to the Christian experience.
    It can of course be argued that hope and faith can find expression even in contemporary art. The argument might follow that we now live in times when the direct Christian approach is no longer viable and that the Christian message can only be perceived in the absurdity and the despair of contemporary art. And yet, while it is indeed challenging today to be a Christian, the last two thousand years have shown many other periods of direct or indirect persecutions; one must not lose courage to stand up and be counted. Contemporary art typifies an anti-Christian counterculture, in which one may contemplate the Crucified Christ but not His Resurrection. As Christ stated “He who is not with me is against me” (Lk 11:23). A compromise between Christianity and contemporary will inevitably lead to paintings as in the aforementioned Australian exhibition, where the image of the Trinity is hidden by the absurd, the tragic, and nihilism.
    Is it possible, then, to still look toward contemporary art as a possible place to find art forms that will serve Christ’s message? As Anthony Visco has written, “Would you look to devil worshippers for liturgical consultants on the rites and rituals of the Church? Would we look to atheists for prayer advice on the spiritual exercises of Saint Ignatius? Why then look towards contemporary art that has decidedly made itself not serve the Church and wonder how it might fit in?” Some Catholics deem themselves “courageous” when they commence a dialogue with contemporary art, but however well-intentioned they may be, their efforts can never bear real fruit, as the roots of the tree are rotten to the core. They argue further that contemporary art will encourage a new spiritual search and hence a deeper understanding of the truth. For them, people should be adventurous and try to understand the new and unconventional. Intellectuals may have a field day arguing this, but will their arguments make any sense to the ordinary faithful? Some Catholics will then continue the debate saying that many an artist such as Giotto was revolutionary in his day, and so why should contemporary art not be accepted in the Church? This is obviously a point that for all the reasons stated in this article does not require an answer.

    Verbum caro factum est, by Ugo Riva, Italy
    The Catholic and universal Church longs for a renaissance, not to be confused with a simple renovation. Some will argue that to question contemporary art and to look for an alternative would lead to a triumphal type of neofascist propaganda. This is to take the easy and comfortable stance and not to confront the reality of Christ’s message of going out and converting the world. The Church has faced difficulties before, and she will find a new way forward where Christian art will again serve the word of Jesus in a pedagogical, intelligible, and effective fashion: a manifestation of hope and promise, as Pope Benedict XVI’s recent encyclical Spe salvi describes. One will have to distinguish between religious, sacred, and liturgical art, but overall one should not be afraid to recognize those art forms that best express Christ’s various messages as well as the devotional needs of the faithful in different cultures and parts of the world. A work of art in Spain will obviously not meet the criteria of a person in Armenia, but the underlying spirit should be the same. The Holy Father, Pope Benedict XVI, in a letter of November 25, 2008, to Archbishop Gianfranco Ravasi, president of the Pontifical Council for Culture and the Pontifical Commissions for the Cultural Heritage of the Church and for Sacred Archeology, expressed the necessity of relaunching a dialogue between aesthetics and ethics, between beauty, truth, and goodness. Indeed, a Vatican pavilion is being planned for the 2011 Venice Biennale, a major international festival of contemporary art.
    At the heart is a need to return to the Eucharist as the wellspring of artistic expression. In the words of Anthony Visco, “The reality of the Eucharist must be reaffirmed in our world today. With Christ, the Eucharist is still ‘a scandal, something to get over.’ Without this, all art becomes mere decoration or ornament of the ego.” In order to be missionary, the Church needs to re-incarnate in art the mystery of Christ in a clear manner and expose it courageously to a world that has apostatized. Though sacred art can not effect salvation, nor contain the reality of the priesthood or the Mass, it can show the way. It should render service to the faith, to understanding of God, who has spoken to man through Holy Scripture. The semantic difference between “renaissance” and “renovation” urgently needs to be addressed. We are beginning to see a renaissance, as some bishops have comprehended the issue and have had the courage to commission architects and artists worthy of their name. Further encouragement might also be gleaned from the fact that this year’s famous New York autumn sale of contemporary art was a financial flop; this might prompt collectors to reassess what real art is all together and transfer the center of attention away from this American city, where over the last few decades money and current ideologies have been the only criteria. The work of some promising new artists has been illustrated here, to show that real art is beginning to rise out of the ashes. A true search has commenced.
    A native of Denmark, Steen Heidemann was educated in England earning degrees in art and architecture at Oxford and an MSc in management from Reading. A convert, he later married a French woman. He currently organizes international art exhibitions.



    The Institute for Sacred Architecture | Articles | Sacred Art of Today: Is It Art and Is It Sacred?

  3. #3
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?


  4. #4
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    CRUCIFIJOS REPUGNANTES

    Las imágenes religiosas se supone que nos deben evocar la piedad y el fervor. Los crucifijos se supone que nos hacen recordar la pasión y muerte de nuestro Salvador.

    ¿Usted piensa en el amargo sufrimiento de Nuestro Señor mirando estos crucifijos?





    ¿O usted sufre con sólo mirarlos?

    Nunca antes en la historia de la Iglesia habíamos visto este tipo de arte religioso, que a la vez ni es religioso ni es arte.

    Simplemente son basura.

    CRUCIFIJOS REPUGNANTES | Ecce Christianus

  5. #5
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    UN ARTE PARA LA APOSTASÍA

    En tren de atenernos a la novedosa y bergogliana sustitución del concepto de Iglesia como «Cuerpo Místico» por el más aséptico y anguloso símil del «poliedro», se podría abordar la desazonante crisis eclesial desde cualquiera de los múltiples costados del cuerpo geométrico, encontrando entre ellos una diáfana coherencia recíproca. Y es que las miasmas hallan copiosa vertiente en cualquiera de los múltiples planos a escrutar: en el de la fe, en el de las costumbres, en el público testimonio. Nada que no se sepa a suficiencia: apostasía por acá, mundanización acullá; lascivia agravada por el uso contranatural en enteros seminarios; rapiña de cargos y prebendas; nepotismo o amiguismo indisimulados en la curia; «creativismo litúrgico», etc. Era sazón como para entronizar a un Hildebrando, pero los cardenales eligieron a Bergoglio.

    Una de las aristas implicadas en tan descomedido desorden, como no podía ser de otra manera, es la que trata de la representación de la belleza, tan necesaria ésta para el culto. Aludimos en concreto a las artes pictóricas, a la escultura, a la arquitectura, a todo aquel apéndice sensible del mensaje evangélico que en pasadas edades (cuando la lecto-escritura era de adquisición minoritaria) inspiró aquello que se dio en llamar la Biblia pauperum.

    Paradójicamente, y pese al éxito de corrientes "teológicas" como la Teología de la Liberación y afines, a los pobres de nuestros días les fue quitada la belleza de los templos -a menudo único refrigerio accesible en medio de los habituales rigores de la pobreza- a manos de quienes se dicen su defensores. El caso es que para todos, pobres y ricos, se empezó sustituyendo hace ya unos cuantos años los antiguos altares, tan bellamente labrados, por esos fríos dólmenes de factura industrial, cortados a implacable escuadra, que hoy afean multitud de basílicas y catedrales y las gravan con una nota de incomprensible arbitrariedad. Y aunque allí no haya parado todo, ya que abyssus abyssum vocat y a una defección sigue por regla un tropiezo y otro y otro, y como para que nos sintamos más que librados a la buena de Dios en este árido desierto poliédrico en que devino la Prometida del Cordero, ahí lo tenemos al cardenal Scola, papabile como el que más en el último cónclave -quizás el más próximo en orientación teológica al renunciatario Benedicto y número casi puesto, de no haber prevalecido el zorruno equipo que cabildeó a Bergoglio-, helo, pues, al arzobispo de Milán inaugurar una esperpéntica imagen de bulto -3400 kilos de mármol- comisionada al escultor Tony Cragg para ser colocada bajo uno de los arcos ojivales del célebre Duomo con el fin de acoger a los fieles en su ingreso al templo.




    La imagen está inspirada, dice el autor, en la célebre Madonnina, icono de la Sede ambrosiana, cuya similitud con el mamarracho en cuestión puede apreciarse a continuación:




    Aunque con vana intención encomiástica y con la jerga al uso en estos deplorables casos, quizás no podía explicarse mejor el desaguisado que con las palabras de Angelo Caloia, presidente de la Fábrica del Duomo: «contemplando la gran obra de Cragg resulta librada a cada espectador la posibilidad de vivir la misma emoción del escultor, entrando en diálogo con la forma artística en busca de una clave de lectura personal. Las líneas se desvanecen, las formas se abren: la paradoja está también en la posibilidad de hacer diversas interpretaciones». [Puede leerse más sobre el particular aquí]

    Lo dijo bien redondo Gómez Dávila: el diablo patrocina el arte abstracto, porque representar es someterse. El arte abstracto confirma de manera más que convincente la banalidad de los tiempos que corren, y en el aplauso que ese vulgo semiculto que acude a los museos de arte moderno dispensa a los adefesios insípidos que le ponen delante, hurgando virtud en la nulidad, en esto se refleja la tragedia soez del arte y de los gustos modernos.

    Que la regulación maquinal de la existencia llevase a la postre a esto no debe sorprendernos: lo irritante es la amistosa recepción de la Iglesia a semejantes bodrios, que podrían considerarse blasfemias más o menos solapadas. Lejos, casi como en otra era geológica, queda la condena fulminada por el Santo Oficio en 1921, en tiempos de Benedicto XV, contra la Pasión del Señor representada en clave expresionista por el artista belga Albert Servaes, de la que se consideró oportuno «prohiberi ipso iure, ideoque statim removendas esse ab Ecclesiis, Oratoriis, etc.» por el simple e irrebatible motivo de que la nueva escuela pictórica desfiguraba esas realidades eminentes que son el rostro y el cuerpo humanos. Lejos, muy lejos queda toda indagación metafísica acerca de la belleza como trascendental del ser, y por lo tanto subsidiaria de la verdad y del bien, como así también de la forma como inscrita en las perfecciones limitadas de los entes.

    Con mayor o menor éxito, el arte procuró siempre adunar el talento ejecutor con la riqueza simbólica (y esto consta en el mejor arte religioso, y lo vuelve elocuente, resonante a largo, capaz de instar a gozosa admiración). Si el arte moderno se caracteriza, en cambio, por su apelación a lo deforme, a lo informe, lo clamoroso del caso es que esta misma insensata rebelión ya se aposentó en el Lugar Santo. Allí donde, para sostén doctrinal de su rabiosa iconoclasia, el Papa del fin del mundo se atrevió a oponer dialécticamente «plenitud» a «límite» en el nº 222 de ese pastiche escrito que intentó colar en el Magisterio. Todo un programa para el moderno arte religioso, mudo como aquel endemoniado del Evangelio (Mc 9,14 ss.) pero de redención menos probable, ya que rehusó los medios aprontados por el propio Dios para su cura.

    In exspectatione: UN ARTE PARA LA APOSTASÍA

  6. #6
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    ICONOGRAFÍA NEOCATÓLICA PARA UN TIEMPO DE PAZ

    Abrazo cósmico. Respuesta a la tragedia del 11 de setiembre de 2001
    (tapiz) por Emanuel Demetrescu. Vaticano, Domus Sanctae Martae
    Si, según la socorrida fórmula, a la lex orandi le corresponde su propia lex credendi determinándose ambas en causalidad recíproca, no será mucho suponer la incidencia de una lex intuendi, un cierto talante representativo, una impronta valorativa manifiesta en formas y figuras, capaz de ingresar con eficacia en la órbita de la fe y la oración, y siendo al cabo por éstas visiblemente informada.

    De lo que se cree, así se pinta: que lo diga, si no, un fra Angelico. Lo mismo vale decir -sin la menor atenuación y como para dar una idea de la misérrima medida de la fe de nuestros pastores- de los disparates pseudoartísticos que, con profusión insensata, tiznan en nuestros días las iglesias, cuando no son estas mismas -en sus propias y opresivas líneas, en su deliberada frialdad e insipidez- las que profanan todo cuanto contengan. Como la capilla del albergue de Santa Marta, no sin algún acierto elegida por el papa Francisco para escenario de sus diarias homilías.

    En aquella época de crisis que fue el inmediato pre-concilio, sesenta o setenta años atrás, no faltaron católicos indulgentes con el arte moderno (un Maritain allende el océano, o un monseñor Derisi entre nosotros) que argumentaban que, siéndole inherente al mismo arte moderno un cierto desasimiento de la materia en atención a la pura forma -y habida cuenta de que por la materia ingresa la imperfección al mundo-, cabía entonces esperar el tiempo de un arte depurado de excrecencias, simple con la simplicidad del espíritu, elevado a instancias de su humildad. Como si dijéramos: un promisorio inicio, una respuesta a flor de piel (es decir, "estética") a las aporías irresueltas de la hora. Es curioso que esta gente formada en el tomismo no supiera advertir el peligro de angelismo ínsito en tales intentos. La cosecha que los años arrojaron y la insobornable perspectiva temporal acusan al arte moderno de haber liquidado junto con la materia también la forma, de haber propiciado lo informe, de haber engendrado (luego de rechazar la vis representativa del arte) todo un aluvión de impostores y parásitos que medran del increíble prestigio que la nulidad alcanza entre nuestros contemporáneos. Acá también vale lo de «un abismo llama a otro abismo»: el abismo del no-ser solicitando a la industria y los desvelos humanos para una obra de aniquilación consensuada, la tradición o «acto de la entrega» trocada por el juego estéril de dilapidarlo todo. Se trata de que en las próximas generaciones no quede ni memoria de la baquía y el mérito de aquellos que, merced a esa peculiar ascesis que exige la creación de arte, se rinden a la belleza hallada y -en una operación irrenunciable para el bien común temporal- la ofrecen a la pública ostensión.

    Al neocatolicismo (es decir, a la religión del Hombre) ese carácter informe del arte moderno le es connatural, como lo es el que el simbolismo cristiano se vea sustituido por uno enteramente ajeno, a menudo conservando algún elemento de aquél para someterlo a una reinterpretación abusiva. Valgan los ángeles girando esas manivelas en el tapiz que reproducimos arriba para dar fe de esta irónica intención resignificante: los seres espirituales como garantes del mecanicismo universal. Los dos androides fundidos en un abrazo en medio de una atmósfera irreal grabada con los signos del zodíaco son el meollo del mensaje: el de una solidaridad meramente humana, sin nada en absoluto que remita a la obra de la Redención.

    Y no esperemos ya otra cosa, que éste es todo el programa de Francisco, el hombre designado para apurar la torción antropocéntrica de la religión conciliar. El mismo que enseñó recientemente a siete mil niños congregados en el aula Paulo VI, pujantes todos por sonsacarle alguna máxima sapiencial acerca de la receta para alcanzar la paz, que «todas las religiones tienen un mandamiento común: “amar al prójimo”. Y este amar “nos ayuda a la paz”, a “ir adelante en la paz"», con la oportuna especificación de que «todos somos iguales pero no nos reconocen esta verdad, esta igualdad», lo que motiva a menudo que cundan las injusticias: éstas y sólo éstas son, a la postre, las que impiden la paz.

    La sala de audiencias, presidida no ya por la Cruz
    sino por el engendro cósmico
    Es cierto que la virtud de la religión entra en la órbita de la virtud cardinal de la justicia, incluso como su expresión más eminente: el primer mandamiento acentúa esta relación. Vulnerado este deber de justicia primordial, no es extraño que cunda toda suerte de atropellos entre los hombres. Pero es claro que acá no se insinúa nada de esto, y que al igualitarismo civil como garante de la paz mundana se le adjunta el igualitarismo de las religiones, poseedoras -presuntamente todas- de un mandamiento común. Al modo de los gorgojos que atacan la harina, pronto llegará la exposición oficial de la eucaristía a su recepción sacrílega -allí donde todavía se la celebre válidamente. De lo que se trata es de promover la «igualdad» revolucionaria, cuyo auténtico y solapado nombre es individualismo crudo y descarnado.

    Para esto hacía falta un demiurgo orbital ceñido de una imaginería que actuara a modo de corifante de su programa. La horrible y novedosa iconografía que adorna las estancias papales le ofrece el marco más adecuado a este programa, que ya va siendo el más grande desafuero de la historia.















    In exspectatione

  7. #7
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    ¿Una Iglesia para bautizar extraterrestes?





    Templo de “El Señor de los rayos” a un costado del panteón de la cruz, de estilo modernista, edificado entre 1956 y 1957, ubicado en el Barrio de Cholula, cerca del Centro de la Ciudad de Aguascalientes, México.

    Un fruto más del modernismo conciliar y de la aberrante arquitectura moderna fea y alejada de la verdadera teología católica.
    STAT VERITAS: ¿Una Iglesia para bautizar extraterrestes?

  8. #8
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    Y el ojo masónico que no falte.

  9. #9
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?


    Monstruos en el Vaticano



    El Vaticano, lo que el común de los mortales identifica con la basílica
    de San Pedro, es un lugar lleno de hermosas obras de arte. La propia
    basílica es algo grandioso, sublime, admirable. Pero es mucho más que su
    tremendo templo. Se trata de un estado con apenas 44 hectáreas de
    superficie y una población estimada de 800 habitantes, que reúne a
    diario miles de almas para contemplar sus colecciones, y que es al mismo
    tiempo el centro neurálgico de la religión más importante del planeta y
    el sanctasanctórum de las bellas artes.
    Allí, en ese reducido espacio, de improntas y trazos sobrenaturales
    en cada una de sus piedras y en la totalidad de sus átomos, plasmaron su
    espíritu artistas como Bernini, Miguel Ángel, Carlo Maderno; se
    conservan con delicadeza las labores de Arnolfo di Cambio, Pietro
    Cavallini, Guido Reni, Rafael, Caravaggio; y testimonios marmóreos de la
    tradición grecolatina, como el Augusto Prima Porta, el Laocoonte, el
    Apolo de Belvedere, el Apoxyomenos… Maravillas que todo el mundo admira y
    con las cuales todos quieren un recuerdo.

    Pero el himeneo entre la Iglesia y el Arte, tan fértil en otras
    épocas, concluyó en sonado divorcio. Nuestra época es desgraciadamente
    inmune al contagio del esplendor artístico de otros tiempos, y las
    creaciones presentes han renunciado a toda belleza para perseguir lo
    feo, lo ridículo y lo grotesco. Y la Iglesia ha acabado arrodillándose
    también a la tendencia antiestética del arte moderno.

    La plenitud del arte sacro se produjo, a pesar de todas las leyendas,
    en la vilipendiada Edad Media. Durante aquellos siglos Europa se cubrió
    de iglesias y catedrales que todavía hoy admiramos por su dignidad y
    encanto. Expresó en las artes plásticas su espíritu devoto por medio de
    artistas geniales que reconocían el poder del arte para instruir a los
    fieles y sobrecogerles con sus representaciones del misterio, de lo
    celeste, de lo supraterreno. El Renacimiento, por diferentes motivos,
    supuso un giro importante. «En el siglo XVI el culto a la belleza se
    acentúa a expensas del sentido del misterio»1.
    La Reforma produjo a continuación un movimiento iconoclasta, y allá
    donde triunfó el protestantismo el arte sufrió un gran ocaso2. Pero la madre del cordero, cuando la serpiente puso realmente sus huevos más infectos, fue en el siglo XVIII.

    En consecuencia, la imagen sagrada entró en crisis en la época
    contemporánea. Por eso en los siglos siguientes (XIX y XX) «la jerarquía
    eclesiástica no veía nada que pudiera valer para la expresión de sus
    verdades y de sus misterios». Hasta que llegó Roncalli, el futuro papa
    Juan XXIII, instigador del último gran concilio celebrado por la Iglesia
    Católica, el Concilio Vaticano II.

    «En el breve pontificado de Juan XXIII se acentuó el acercamiento de
    la Iglesia a los artistas mediante el fomento de las Semanas de Arte
    Sacro. Precisamente en su discurso con motivo de la IX Semana de Arte
    Sacro (28 de octubre de 1961), el Papa exaltó la misión del arte
    cristiano que, según él, tiene un carácter cuasi sacramental, “como
    vehículo e instrumento del que el Señor se sirve para disponer el ánimo a
    los prodigios de la gracia”; y, sobre todo, mostró una sensibilidad
    propia de los artistas de su tiempo al señalar con conceptos propios de
    la estética moderna, los caracteres esenciales del lenguaje artístico:
    “la armonía de la estructura, la forma plástica, la magia de los colores,
    son otros tantos medios que tratan de aproximar lo visible a lo
    invisible, lo sensible a lo sobrenatural”, expresiones que hubieran
    firmado gustosamente un Matisse o un Kankinski.

    «En ese discurso Juan XXIII anunciaba ya los bienes que, a este
    respecto, debían esperarse del Concilio Universal que acababa de
    convocar. En efecto, la Constitución Sacrosanctum Concilium,
    dedicada a la Sagrada Liturgia, fue la primera constitución aprobada en
    aquella gran asamblea. Y en ella todo el capítulo VII está consagrado al
    arte religioso. Sus directrices no van más allá de las ya formuladas
    por Pío XII. Y en ese sentido, se ha observado justamente que la
    Constitución hubiera sido más explícita y valiente si sus cánones se
    hubieran formulado después de la aprobación de la Gaudium et Spes.
    De todos modos, se declara que “la Iglesia nunca consideró como propio
    ningún estilo artístico, sino que, acomodándose al carácter y las
    condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos,
    aceptó las formas de cada tiempo”. A los obispos se les recomienda que
    favorezcan un arte auténticamente sacro, buscando “más una noble belleza
    que la mera suntuosidad”, procurando excluir de las iglesias “aquellas
    obras artísticas que repugnen a la fe, a las costumbres y a la piedad
    cristiana y ofendan el sentido auténticamente religioso, ya sea por la
    depravación de las formas, ya sea por la insuficiencia, la mediocridad o
    la falsedad del arte”»3.



    Pues bien, a pesar de las pautas definidas y de la buena voluntad que se presupone
    a los dirigentes de la Iglesia, hoy habita en la Ciudad del Vaticano
    una creación con la que no desea nadie fotografiarse
    . A la que
    nadie admira. A la que nadie va a buscar expresamente. Que produce
    rechazo más que elevación y suspenso. Nos referimos a una obra que
    preside un auditorio gigantesco, uno de los espacios más visitados de
    hecho por los papas conciliares, el Aula Pablo VI. Se trata de La Resurrección de Pericle Fazzini, un autor cuyas obras repelen y atemorizan. Quien la haya visto sabrá lo que digo.

    Y es que salta a la vista la fealdad de semejante engendro broncíneo.
    Barbaridad que pretende representar la gloria de Dios resucitado pero
    cuyo evidente resultado es el de una imagen espantosa con un muñeco
    enajenado en el centro, recortado por un fondo con ramificaciones
    siniestras y calaveras que insinúan, más que el sol deshecho en rayos de
    oro del poema de Becquer, jirones de almas negras errando en Fangorn, o
    Aokigahara, el bosque donde van a suicidarse los japoneses que han
    caído en la desesperanza.

    Recordemos en este momento qué opinión, en teoría, tiene la Iglesia
    sobre el arte sacro, y contrastemos las palabras y los hechos:

    «Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan,
    con razón, las bellas artes, principalmente el arte religioso y su
    cumbre, que es el arte sacro.


    Estas, por su naturaleza, están relacionadas con la infinita
    belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de
    obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su
    alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no
    sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los
    hombres hacia Dios.


    Por esta razón, la santa madre Iglesia fue siempre amiga de las
    bellas artes, buscó constantemente su noble servicio, principalmente
    para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas,
    decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales»4.


    Hoy, en efecto, contemplando esta Resurrección siniestra en el Aula
    Pablo VI del Vaticano, cualquiera diría que la Iglesia ha dejado de
    «orientar santamente los hombres hacia Dios» por el arte que adopta y
    propone como ejemplo.

    (Continuará)

    Luis Segura






    1 PLAZAOLA, J.: La Iglesia y el arte, BAC, 2001, p. 98.




    2 Cf. Idem, p. 99.




    3 Idem, pp. 116 y 117.




    4 SC, 122.


    http://ww.adelantelafe.com/monstruos-en-el-vaticano/
    Última edición por Hyeronimus; 20/05/2015 a las 13:53

  10. #10
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    EL HORRIBLE ALTAR DE SANTIAGO APOSTOL DE LA FSSPX EN MADRID

    22 de diciembre de 2015

    tags: actualidad, noticias, signos de los tiempos, Videos















    __________________________________

    Fuente:

    https://eccechristianus.wordpress.co...spx-en-madrid/

  11. #11
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    Re: El arte sacro de hoy: ¿es arte y es sacro?

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    La monstruosidad del arte sacro contemporáneo


    Editorial del profesor Roberto de Mattei que aparecerá en el número 111 de la revista mensual
    Radici Cristiane (febrero de 2016).


    La nueva catedral de Créteil, en Val di Marna, inaugurada el 20 de septiembre de 2015, acrecienta la ya larga lista de adefesios arquitectónicos de las últimas décadas. Lo que hace más grave esta devastación es que se trata de arquitectura sacra, es decir, de una expresión artística que debería ayudar al hombre a elevarse al Cielo.

    La primera característica de esas iglesias, así como de otros templos de la liturgia postmoderna, es que, por el contrario, alejan de Dios.
    Son iglesias feas porque los arquitectos que las proyectan desnaturalizan intencionadamente su función de lugar donde se celebra el culto divino. Es bello lo que es verdadero, y verdadero es lo que cumple su objetivo, lo que no traiciona su propio fin y naturaleza. En este sentido, como señalaba Mario Palmaro, la belleza posee un carácter normativo inherente, remite a la naturaleza humana que no cambia en ningún momento y lugar. Y como el hombre tiene naturaleza racional, «en las cosas humanas,--afirma santo Tomás de Aquino-- lo bello se da cuando una cosa se ordena según la razón» (Summa Theologica, II-IIae, q. 142, a. 2).

    Los arquitectos modernos se guían por sus propias construcciones mentales deformes en vez por las leyes inmutables que gobiernan el universo.
    Pero todo lo que produce el hombre sólo tiene perfección y belleza en la medida en que corresponde al fin que le es propio. Si Dios es el fin último de todas las cosas, todo ser creado tiene una finalidad concreta que se corresponde a su propia naturaleza y esencia. El fin es también una función, una actividad específica dirigida a un objetivo.

    La belleza de una obra de arte se deriva de su funcionalidad, esto es, de la capacidad de alcanzar el fin al que está dirigida. Santo Tomás lo explica con un ejemplo elocuente: «Todo artífice tiende a dar a su obra la forma mejor, pero no en un sentido absoluto, sino con respecto a un fin. No le preocupa si tal disposición tiene de por sí una deficiencia determinada. Por eso, el artesano que construye una sierra la hace de hierro para que cumpla adecuadamente su función. No le interesa hacerla de vidrio, material más hermoso, porque esa belleza le impediría cumplir su función» (Summa Theologica, I, q. 91, a. 3).

    Una sierra de vidrio no sería hermosa porque sería inútil, del mismo modo que una espada que no cortase no sería bella. Una catedral se edifica para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y congregar a los fieles para adorar y rezar. Está bien hecha, o sea es una verdadera catedral, si ayuda a los fieles a rezar y adorar. Si no logra este fin, será irremediablemente fea como las iglesias modernas, que parece más bien que fueran garajes o bodegas de almacenamiento en vez de lugares de oración.

    Las catedrales de Chartres, Amiens, Orvieto y San Marcos están consideradas las cuatro biblias de mármol por su capacidad para reproducir en piedra los textos sagrados del Cristianismo y constituyen, por el contrario, un luminoso ejemplo de la correspondencia entre medio y fin. Lo que has hace hermosas es que están creadas con vistas a elevar al hombre al Cielo y cumplen perfectamente dicho objetivo.

    Hoy en día es mayor el número de turistas que visitan las catedrales europeas que el de fieles que asisten a los cultos. Y sin embargo las catedrales se construyeron para rezar, no para ser admiradas como obras de arte. Su belleza es consecuencia de la verdad que transmiten y que pocos captan. Antes que fomentar la construcción de horrendos templos, la Iglesia debería tener el cometido de acompañar toda visita a una catedral con una apropiada catequesis que llevara de la belleza a la verdad.

    Una obra de arte no es sólo una combinación de superficies, formas y colores, sino la visualización de un pensamiento. Personas procedentes de todos los países y con ideologías muy variadas admiran la belleza de las obras de arte cristianas, sin tener en cuenta que esas obras no se habrían realizado si en primer lugar no hubieran sido concebidas según una mentalidad que era la filosofía del Evangelio. Las catedrales, los frescos y los objetos que forman parte de nuestro patrimonio cultural esconden una concepción del mundo que se reencuentra, un sentido que se redescubre. No podría haber una evangelización más eficaz hoy en día.

    La catedral de Créteil, como la iglesia construida por Massimiliano Fuksas en Foligno y el nuevo santuario del padre Pío edificado por Renzo Piano en San Giovanni Rotondo son horrorosos porque reniegan de su propia identidad de lugares sagrados.
    Son edificios feos, horrendos, porque no son funcionales. Es decir, que no corresponden al fin para el que fueron construidos. Quien visita las nuevas iglesias de Créteil, Foligno o San Giovanni Rotondo no contempla la belleza ni conoce la verdad; se encuentra en un ambiente contrario al deseo de recogimiento y elevación a Dios. La filosofía de vida que ha inspirado esas edificaciones es la de los arquitectos imbuidos de espíritu agnóstico y relativista que las han ideado.

    Es la cosmovisión del Occidente nihilista y opulento, extraño a Dios, encerrado en su orgulio, inmerso en su egoismo. En los neopaganos tiempos que corren no hay lugar para la liturgia millenaria de la Iglesia, para las melodías del gregoriano o de la polifonía, para la tierna devoción de los fieles a la Virgen y los santos. Como mucho, se apela a la Kaaba de La Meca, como en Foligno, o a la religiosidad masónica, como en San Giovanni Rotondo. El mensaje de Créteil es igualmente destructivo: la impresión es la de ser una efímera e ilusoria Disneylandia de la fe.

    Las raíces cristianas de la sociedad se extirpan cada vez que se erige un templo como los proyectados por las estrellas de la arquitectura contemporánea. Y esas raíces cristianas se vuelven a implantar cada vez que se construyen y decoran templos según las reglas dictadas por la razón, la fe y la Tradición. Las raíces cristianas se defienden también combatiendo el arte contemporáneo y prestando oídos al mensaje doloroso que nos transmite el pasado a través de las viejas catedrales. Radici Cristiane nació hace dieciocho años para hacer eco de esa voz.


    Roberto de Mattei


    Lo scempio dell’arte sacra contemporanea | CR – Agenzia di informazione settimanale

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