San Luis de los Franceses (Sevilla)
Tesoros ocultos. San Luis de los Franceses (I)
Es necesario remontarse a la Historia Sagrada, desde el Antiguo Testamento, con el Templo de Salomón, hasta nuestros días, para entender que por milenaria tradición, se ha puesto todo el intelecto y el arte de los mejores, en construir lo que en realidad son todas las iglesias y templos: la Casa de Dios.
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La Iglesia de San Luis de los Franceses, es el mejor ejemplo de la suntuosidad y esmero que pusieron sus hacedores, en realizar un Hogar Divino en la ciudad hispalense.
Incuestionablemente la mejor joya del barroco que posee la ciudad. Cada uno de los rincones de la capilla, cada trozo de las paredes, del techo y de las bóvedas que la recubren, son por si misma una obra de arte, independiente del gran tesoro que compone el conjunto del Santuario.
Hagamos un poco de historia. Las obras comenzaron en el solar de la que fuera casa de los poderosos Rivera, que ostentaron numerosos e importantes cargos al servicio de la Corona. Uno de sus miembros más gloriosos, Enriquez de Rivera, llegó a ser Obispo de Guatemala, Arzobispo de México, y virrey de Nueva España.
Sevilla no se podría entender, si desconocemos sus estrechos lazos con la América del descubrimiento.
Bien; sobre esta parcela se construyó la Iglesia de San Luis de los Franceses. Aunque la donación fue realizada por Doña Lucía de Medina a los jesuitas, durante el tiempo de lo que se ha dado en llamar el “Lustro Real”(siglo XVIII ), años en los que Felipe V y su Corte se trasladaron a Sevilla.
Pero como toda gran donación, siempre hay unas peticiones de contrapartida, y estas fueron las siguientes: ser enterrada en la capilla Mayor del futuro noviciado, y que el templo fuese consagrado a San Luis, rey de Francia.
Aunque el noviciado llevaba lustros de funcionamiento, se iniciaron las obras de construcción en el año del señor de 1699 y fueron concluida en 1730. Siendo su eminencia el arzobispo de Sevilla Luis Salcedo y Ascona, quién la bendijo con el nombre de Iglesia de San Luis de los Franceses; primo del monarca castellano San Fernando.
Sobre el arquitecto que la diseñó y diera las trazas del templo, hay sospechas, pero no datos que yo conozca, que indican que fueron enviadas desde la casa profesa que los jesuitas tenían en Roma.
Porque los planos incluían soluciones que no eran habituales en la arquitectura hispalense, presentando la novedad de ser de planta central con ábsides semicirculares en los ejes, a semejanza de la iglesia de Santa Inés en la plaza Navona de Roma. Un misterio más que añadir a las muchas leyendas que rodean a esta Iglesia.
Contemplada esta posibilidad; el arquitecto D. Leonardo Francisco de Figueroa, descendiente de padre y abuelo, también arquitectos, consiguió el encargo. No creo, debido a estos antecedentes, que sea aventurado decir que la profesión la llevaba en la sangre.
Sus padres eran oriundos de Antequera, por aquel entonces perteneciente al Reino de Sevilla, pero se asentó en la ciudad a la que tanto prestigió con sus obras, y de la que tanto reconocimiento recibió. Era la máxima figura del barroco en el reino.
Su primera obra importante fue el Hospital de los Venerables Sacerdotes (1686- 1696), otro tesoro oculto del que escribiremos llegada la ocasión. Su crédito incontestable entre los de su profesión, le hicieron merecido acreedor de capitanear este gran compromiso, aunque también intervinieron Antonio Matías de Figueroa, su hijo, y Diego Antonio Díaz.
La fachada de la Iglesia es fastuosa, aunque la falta de perspectiva debido a su ubicación en el estrecho tramo de la calle San Luis, la deja privada de la visión indispensable, para que se pueda valorar con toda definición la lujosa espectacularidad que le otorgó su autor. Es merecedora de un espacio mayor, para goce de quienes la contemplen.
Pero Sevilla no es una ciudad como las demás. Sus monumentos y palacios que están repartidos en abundancia por toda la ciudad, no están concebido para exhibirlos, sino para usarlos.
Otras ciudades más pobres en construcciones monumentales, siempre la realizan en lugares más abierto, donde puedan ser mostradas en su totalidad convirtiéndose en atrayentes embajadores de las misma.
En Sevilla puedes ir paseando tranquilamente por las calles estrechas de la ciudad, y a la vuelta de un callejón, de pronto, encontrarte una maravilla arquitectónica como la Iglesia de San Luis de los Franceses,
Viene de antiguo una usanza de los nobles hispalenses, que a diferencia de la nobleza en el resto del reino, vivían en la ciudad, y por ello, construían sus palacios en el interior de la misma junto a casas de inferior posición social.
El resto de la nobleza española construían sus Castillos y Palacios alejados de la población de las ciudades o pueblos, que tuviesen bajo su mando.
Retomando de nuevo la Iglesia de San Luis de los Franceses, lo que presagia su magnifica fachada rematada con las figuras de los Arcángeles Custodios con el escudo Real. Donde un elemento importante de la misma, es la admirable labor decorativa tallada en ladrillo que refuerza con intensidad sus elementos, en los que se muestra la impronta característica de Leonardo Francisco de Figueroa.
Ya en el interior del santuario no defrauda lo que nos encontramos, sino que nuestras expectativas se ven aumentadas con la admiración de todo lo que llega a nuestros ojos. Pedro Duque Cornejo, fue el artista responsable de la realización de los retablos y su decoración. Las pinturas que se integran en ellos, fueron encargadas principalmente a Domingo Martínez y Lucas Valdés, aunque intervienen otros pintores de gran calidad, pertenecientes a la escuela de Zurbarán.
De los siete retablos cobijado en esta iglesia, en esta primera parte del articulo, fijaré mi atención solo en el Retablo Mayor dedicado a San Luis rey(Luis IX de Francia), y la enorme cúpula de tambor, responsable de la intensa luz reflejada en el conjunto.
En su calle central el Retablo Mayor, está presidido por un lienzo de San Luis, de la escuela de Zurbarán, donde se ubica también una preciosa escultura de Duque Cornejo, dedicada a la Inmaculada Concepción de María.
Una pintura de la Virgen con el Niño de estilo manierista, que pudo realizarse sobre finales del siglo XVI y cuyo autor es de origen desconocido, también forma parte del mismo. Como es sabido, el manierismo había surgido en Italia como rechazo al clasicismo, debido sobre todo a la rigidez de sus normas. Buscaba la utilización libre de las formas.
El resto de casi todas la pinturas y murales del santuario son de Domingo Martínez, importante pintor del barroco y gran amante de la ciudad, hasta el punto, de rechazar el honor que suponía el ofrecimiento del rey para que lo acompañase, cuando de nuevo llevó su corte a Madrid.
Entres sus obras, tiene varios lienzos en el Palacio de San Telmo, en el convento de Santa Paula, treinta y dos lienzos para el retablo mayor de la Iglesia del Buen Suceso, Inmaculada en la Iglesia de San Lesme (Burgos), lienzos para la capilla de la Virgen de la Antigua en la Catedral de Sevilla, y un amplio trabajo distribuido por toda Sevilla.
Trabajador incansable, menos conocidos que otros grandes pintores de esta ciudad, pero no menos importantes. Su obra también está representada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, aunque su maestro fue Lucas Valdés, que colaboró con su pintura en el Retablo de San Luis de los Franceses, su influencia más directa creo que le llega de Murillo.
Columnas salomónicas profusamente decoradas, separan dos paneles a cada lado de la calle central. Se debe resaltar en este retablo, la maestría del principal diseñador en su aspecto decorativo Pedro Duque Cornejo, decorando con lienzos de la escuela de Zurbarán, dando muestra de su diversidad al combinar con facilidad y maestría, la rica colección de cuadros de distintos formatos de esta escuela, con espejos, relicarios y cortinajes.
Una amplia programación de imágenes de enardecida exaltación jesuítica, reviste por completo la cúpula del templo, donde los pintores Lucas Valdés y su alumno, pero no menos importante, Domingo Martínez , plasman todo lo mejor de su arte rematando lo que algunos han llamado, con justificada razón, el gran retablo de las maravillas.
De los seis retablos restantes dedicados a los Santos de la compañía de Jesús : San Ignacio de Loyola, San Estanislao de Kostka, San Luis Gonzaga, San Francisco de Regis, San Francisco de Borja, y San Francisco Javier, le dedicaré la segunda parte de este articulo, tratando de haceros llegar dosificado en dos artículos, lo que necesitaría un amplio libro para conocer con toda especificación, cada uno de los rincones de este gran tesoro no suficientemente conocido.
Como detalle curioso de este magnífico templo les diré, que no sale ninguna procesión de fieles devotos en la Semana Santa. Acontecimiento de una gran extrañeza en una ciudad como Sevilla, que llena de cirios ardientes, sus calles durante esa semana.
José Manuel Piñero
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