El problema de la economía actual y su solución desde el catolicismo (I)
El primero de mes cerró un pequeño almacén que se ubicaba en la esquina de mi casa –ubicación inmejorable- ¿Cuál fue la razón? Fue la siguiente: en la esquina de en frente, se erigió hace algún tiempo un autoservicio de mayor entidad, de una firma que tiene varios locales dispersos por Montevideo. Es decir: el grande se comió al chico, un principio matriz de la economía.
Enseñaba H. Belloc que la economía es como hacer zanjas y diques con el fin de drenar aquello que si no se interviniera sería un pantano; o en otras palabras: débense alterar las tendencias económicas naturales para que el sistema sea justo. Pues al igual que con el concepto de libertad, el liberalismo nos ha engañado con el concepto de economía: si la libertad irrestricta en verdad no es libertad, sino un exceso de ella, y para que exista verdadera libertad ésta debe estar sometida a la razón (débense hacer zanjas), lo mismo ocurre con la economía: la “mano invisible” no hará sino beneficiar al más poderoso, y para que exista una economía justa ésta debe estar, también, sometida a la razón (débense crear diques).
En una economía sometida a la razón, la propiedad debe estar bien dividida. La propiedad es un derecho natural; a ese respecto, escribía lapidariamente Leon XIII: “¿Y va a admitir la justicia que venga nadie a apropiarse de lo que otro regó con sus sudores? Igual que los efectos siguen a la causa que los produce, es justo que el fruto del trabajo sea de aquellos que pusieron el trabajo.” Pues bien, es de toda justicia que ese derecho natural sea correspondido a todos (o la mayoría) de los hombres, y no solamente a unos pocos; escribía G.K. Chesterton con ironía: “Uno pensaría, al oír hablar de los Rothchilds y de los Rockefellers, que ellos estaban del lado de la propiedad. Pero obviamente ellos son los enemigos de la propiedad, pues son enemigos de sus propias limitaciones. Ellos no quieren su tierra propia, sino la de las otras personas. Es la negación de la propiedad que el Duque de Suderland sea dueño de todas las granjas en un estado. Lo mismo que sería la negación del matrimonio si él tuviera todas nuestras mujeres en un harén.”
De manera que, recapitulando: la propiedad, derecho fundamental, debe ser gozada por todos (o la mayoría) de los hombres. Mas, las tendencias económicas naturales no ayudan a ese respecto, puesto que como la libertad, la economía debe ser guiada por la razón para dar buenos frutos; de lo contrario, tenemos lo que le pasó a mi pobre comerciante vecino (entre otras cosas): el grande se lo comió; el grande se come al chico.
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Como no se hacen zanjas y diques, la situación actual es la siguiente: existe una casta muy pequeña que concentra una grandísima parte de la riqueza, otra muy grande absolutamente menesterosa, y una clase media de relativo tamaño, que no hace sino pagar impuestos altísimos y trabajar para los de arriba. Esta última se divide entre los que auténticamente gozan de un derecho de propiedad, con (por ejemplo) un comercio propio, una casa propia, un auto propio, etc., y los que en verdad no lo hacen, trabajando como asalariados, siendo arrendatarios y con apenas una moto o un auto rotoso. Así, los que realmente disfrutan del derecho de propiedad son poquísimos.
Y hay peores noticias: aquella clase media que sí goza del derecho, poco a poco va convirtiéndose en la que no, gracias al sistema imperante; H. Belloc explica por qué: “Bajo un régimen capitalista, donde debe dejarse a los simples salarios con los menores impuestos posibles, el sistema impositivo debe gravar en la máxima medida la propiedad. Este sistema frena la formación de la pequeña propiedad en el mismo momento en que tal formación se origina”. Está claro que a las grandes propiedades, a los multimillonarios, poco les afecta pagar impuestos o directamente no los pagan, colocando sus riquezas en paraísos fiscales o a través de otra artimaña.
El sistema, pues, es voraz: poco a poco destruye a la clase media, y finalmente queda, por un lado, una minúscula casta riquísima, y por otro, una grandísima clase menesterosa; la una, que goza de la propiedad en exceso; la otra, que no lo hace en absoluto (defecto). El término medio de la virtud, las zanjas y diques que deben hacerse para que la economía sea auténtica, no existe: nos quedamos con los dos extremos viciosos. Basta para creer esto aquella noticia que apareció en los medios hace poco: el 1% de la población concentra la mitad de la riqueza mundial.
Naturalmente, debe hacerse algo. Deben hacerse zanjas y diques para que la económica sea justa. En la próxima entrega daré algunas ideas.
FUENTE: eljovencriollo.blogspot.com
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