CAPITALISMO Y DERECHOS DE BRAGUETA (I)
Juan Manuel de Prada

(ABC, 9 de julio de 2016)


Iniciamos con este artículo una serie de cuatro, en respuesta al profesor Carlos Fernández Liria, quien ha tenido la gentileza de contestar desde el periódico digital Cuartopoder.es a la crítica que, desde estas mismas páginas, hicimos a su ensayo "En defensa del populismo". El profesor Fernández Liria, a quien algunos consideran “padre intelectual” de Podemos, merece todo nuestro respeto, por más que discrepemos de aspectos medulares de su pensamiento; y mantener con él una controversia nos honra y gratifica. En su libro, Fernández Liria sostiene que, para combatir el capitalismo, la izquierda debe utilizar las creaciones de la Ilustración, no las alternativas inoperantes del marxismo; pues considera que la Ilustración ha brindado una serie de “victorias irrenunciables de la razón”, entre las cuales ocupan un lugar primordial lo que nosotros, menos fervorosamente, hemos denominado “derechos de bragueta”. En nuestro análisis, señalábamos que lo que Fernández Liria considera “victorias de la razón” no son sino argucias del capitalismo para imponer sus postulados. Tal vez nuestra afirmación resultase demasiado apodíctica; pero nuestro detractor incurre en el mismo vicio cuando afirma que “no hay mejor forma de constatar la mucha razón que teníamos que ver lo cómodo que se siente Prada identificando la conquistas de la Ilustración con las exigencias económicas del capitalismo”. Para que no se nos pueda acusar de comodones, trataremos de argumentar más exhaustivamente.


Como Fernández Liria, consideramos que el capitalismo es un sistema económico que ha devastado millones de vidas (como la de la niñera a la que se refiere nuestro detractor, que vive separada de sus hijos por el océano). Sin embargo, si el capitalismo se hubiese limitado a destruir vidas de forma tan salvaje no habría podido triunfar, porque sus cientos de millones de damnificados se habrían rebelado; para triunfar, el capitalismo necesitó sobornar a una mayoría de las gentes a las que se proponía devastar. Sólo el mal más burdo aspira a triunfar mediante el ejercicio de la pura fuerza; en cambio, el mal sofisticado y protervo, el mal propiamente mefistofélico necesita ofrecer a quienes anhela destruir (o siquiera a una mayoría) una golosina que los contente, como a Fausto le ofreció eterna juventud. Y la golosina que el capitalismo nos ofreció fueron, precisamente, esos derechos de bragueta que Fernández Liria denomina “victorias de la razón”. Así lo percibieron espíritus clarividentes como Chesterton, quien afirma que los ricos, para esclavizar a los pobres, impusieron una “religión erótica que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad”. O como Hilaire Belloc, quien afirma: “Siempre resulta ventajoso para el rico negar los conceptos del bien y del mal, objetar las conclusiones de la filosofía popular y debilitar el fuerte poder inmediato de la voluntad humana. Siempre está en la naturaleza de la gran riqueza obtener una dominación cada vez mayor sobre el cuerpo de los hombres, y una de las mejores tácticas para ello es atacar las restricciones sociales establecidas. (…) La anarquía moral es siempre muy provechosa para los ricos y los codiciosos”.


El capitalismo tuvo claro desde el principio que, si deseaba que sus víctimas acatasen gustosamente su esclavitud, tenía que evitar que procreasen; pues de este modo podría pagar salarios más baratos y contratar cada vez menos gente (dejando que las máquinas hicieran el trabajo, garantizando una mayor plusvalía). En nuestros próximos artículos, demostraremos cómo la obsesión antinatalista fue primordial en todos los padres del (si el oxímoron es tolerable) pensamiento capitalista.


(Continuará)












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