Malta
JUAN MANUEL DE PRADA
Es triste que las autoridades maltesas hayan acatado para su isla este destino de esclavitud, ahora que por fin se libraron de la égida británica
HUYENDO de la tabarra gibraltareña nos hemos venido a Malta, que es como salir de Málaga para entrar en Malagón. Allá donde la pérfida Albión ha extendido sus dominios, ha dejado un rastro de feísmo en verdad digno de estudio clínico. No es el feísmo iconoclasta, violento y deicida, propio de los revolucionarios, sino más bien un feísmo rumiante, recocido en sus miasmas, como el de la solterona agria que odia la exuberancia de su sobrina adolescente, a la vez que pretende imitarla patéticamente en sus elecciones indumentarias. En Malta, como en Gibraltar, el viajero enseguida descubre ese urbanismo cementoso, amontonado, plebeyo, hórrido, con el que los británicos gustan de sepultar sus colonias; y ese oficinismo de hormiguero que convierte los locales de los edificios en una sucesión de cuchitriles o covachas horteras. Hace un siglo, en Malta se suscitó una controversia cultural y política, entre una facción más anglófila y otra más italianizante, pero con la llegada al poder de Mussolini la pérfida Albión se puso seria y desarticuló toda veleidad proitaliana. Luego, la Segunda Guerra Mundial acabaría de signar el destino de esta pequeña isla, convertida en un enclave que determinaría el curso de las batallas del norte de África. A los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, que dejaron arrasada parte de la isla, atribuyen los malteses el desbarajuste urbanístico que sobrevino en la décadas sucesivas, sobre todo en la costa norte; pero es el precio de haber caído bajo la égida británica, en vez de mirar a Roma. Malta, que repelió heroicamente tantos desembarcos turcos, cuando los caballeros de su Orden eran auténticos monjes y soldados, fue luego conquistada por las hordas napoleónicas, que muy ilustradamente rapiñaron sus riquezas artísticas y prohibieron el culto; así que a los ingleses se les tomó por liberadores. Pero las dominaciones británicas son siempre lo contrario de una liberación.
Ahora Malta se enfrenta a un destino sórdido, convertida –al estilo de Ibiza– en destino de un turismo de borrachería y putiferio, pululante de jovencitos con aspecto de Cristianorronaldos poligoneros y jovencitas que, apenas cumplidos los veinte, son ya puro desecho de tienta, maleadas por la promiscuidad. Vienen a Malta, engañando a sus papás con la coartada del turismo cultural o del turismo de playa, para ponerse ciegos de pastillas y follar animalescamente. Es triste que las autoridades maltesas hayan acatado para su isla este destino de esclavitud, ahora que por fin se libraron de la égida británica; pero, en honor a la verdad, no es un destino muy distinto del que padecen otros países de tradición católica como la propia España, convertidos en casa de lenocinio y vomitorio de la Europa protestantoide, que les inoculó sus vicios, envueltos en el papel de celofán del «progreso» y las «libertades». Para huir de esa especie de folladero cuchitrilesco que son las localidades costeras maltesas, el viajero ha de adentrarse en la meseta, al suroeste del país, hasta llegar a Mdina, una ciudad-fortaleza que esconde en su corazón de piedra, dorado por el sol de la tarde, el esplendor del barroco; o hasta Rabat, el arrabal de Mdina, en cuyas catacumbas predicó San Pablo, después de naufragar en las costas maltesas. En la bellísima iglesia de San Pablo de Rabat, los lugareños se reúnen para rezar en la eufónica lengua autóctona un rosario vespertino (en Rabat ni Dios habla inglés; pero es que Dios no hablaría inglés ni harto de vino); y el murmullo de ese rosario tiene algo de enjambre y algo de berbiquí, aguijoneando y taladrando la cochambre que se agolpa en la costa maltesa, lavando la mugre que la pérfida Albión desovó en estas latitudes.
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