Liderado por quien fuera su máximo representante en Italia –G. T. Marinetti (1876-1944)- el futurismo ve la luz el 20 de febrero de 1909.
En un ardiente documento titulado Fundación y manifiesto del futurismo, se exaltan las cualidades que habrían de caracterizar a los seguidores de esta corriente: “el amor al peligro”, “el valor, la audacia y la rebelión” como reflejo de una nueva sensibilidad que empezaba a abrirse paso en los albores de la nueva centuria, y en la que habría de predominar –igualmente- un nuevo tipo de belleza: la belleza de la máquina y la velocidad. Según se afirmaba en el texto, un automóvil de carreras era “más bello que la victoria de Samotracia”.
En su violento rechazo a la tradición, los futuristas italianos demandaban la destrucción de museos, bibliotecas y academias, por ser lugares donde se conserva la herencia del pasado. Si fuera poco, hacían gala de un desprecio absoluto hacia lo que denominaron “el moralismo y el feminismo”, glorificando de paso la guerra entendida como “única higiene del mundo”.
Se aprecian tres momentos esenciales en su desarrollo: el primero, entre 1905 y 1909, cuando Marinetti funda la revista Poesía y aboga por el verso libre; de 1909 a 1914, época de los manifiestos; y una última en la que los escritores y artistas afiliados a esta corriente terminan adhiriéndose al fascismo.
Al igual que otros movimientos de la vanguardia, el futurismo también defendía -a ultranza- una estética común para las distintas artes. En 1910 aparece el Manifiesto de los pintores futuristas, firmado por el pintor y escultor Umberto Boccioni (1882-1916), su principal artífice. De una primera etapa neoimpresionista –al modo de Seurat- los futuristas evolucionan hacia una especie de “cubismo dinámico” o “cubofuturismo”, en el que intentan imprimir movimiento a las soluciones propias del cubismo, pero sólo unos pocos como Boccioni, Giacomo Balla (1871-1958) y Gino Severini (1883-1996) alcanzarían notoriedad en sus búsquedas.
También los músicos adoptan ese mismo año la nueva estética mediante el Manifiesto de los músicos futuristas. Y en 1915, los actores la introducen en el teatro con el Manifiesto del teatro futurista sintético.
Más que reformas literarias y técnicas, los futuristas italianos practicaron la destrucción absoluta de la sintaxis, como explicara Guillermo de Torre en su libro Literaturas europeas de vanguardia (1925). Abogaron por el uso del verbo en infinitivo y la abolición de adjetivos y adverbios, así como la supresión del yo, pronunciándose “contra la sicología del hombre en todas sus expresiones”. Sin embargo, donde más innovaciones obtuvieron fue en el terreno de la tipografía; su propósito era convertir la visión tipográfica convencional en otra mucho más pictórica. Para lograrlo emplearon diversas tintas y numerosos caracteres en sus escritos.
Buena parte de los presupuestos ideológicos, filosóficos y estéticos del poeta Marinetti pueden ser hallados en su novela Mafarka, donde cobra vida el mito del superhombre guerrero, capaz de despreciar la vida y el amor de las mujeres.
La novela se desarrolla en nueve capítulos, precedidos por una introducción (”Grandes poetas incendiarios”) en la que el autor describe su obra como una “pieza polifónica” y a la vez como “un canto lírico, una epopeya, una novela de aventuras y un drama”. De todo hay en Mafarka, en especial ese gran disprezzo della donna, reducida a juguete erótico en unos casos, y a ser víctima de la misoginia en otros.
Guiados por el mismo espíritu aventurero, el pintor Boccioni y el arquitecto Sant’Elia serían de los primeros en caer en el frente de batalla, como parte de aquella política de higiene que tanto reclamaran.
En el libro Las vanguardias artísticas del siglo XX, Mario De Micheli observa que si en sus principales protagonistas resultaba típica la presencia de un espíritu revolucionario, en el decadentismo predomina una actitud contraria, “de aquiescencia”, al faltar en él “un sentido específico de la ruptura histórica”, que se hace manifiesta en “una extenuación espiritual más que en una rebelión”. Y define tal actitud de regresiva, por su tendencia a revelar en sí “los signos fatales de la muerte”.
Para él, Marinetti encarna el prototipo de escritor decadente. Un derrotero distinto seguiría el futurismo ruso, a cuya cabeza encontramos algunos escritores y artistas de renombre internacional. No es un secreto que mucho antes del estallido de la Primera Guerra Mundial Rusia se había convertido en centro del movimiento abstraccionista. Y continuó siéndolo –al menos durante un largo período todavía- cuando los bolcheviques tomaron el poder.
En 1909 Mijail Larionov (1881-1964) y Natalia Goncharova (1881-1962) fundan el rayonismo, mediante el cual se hacen eco de los aportes de la pintura cubista. Cuatro años más tarde, Kasimir Malevich (1878-1935) da a conocer sus teorías suprematistas, en las que predomina la pura sensibilidad plástica en detrimento de la realidad objetiva. Previamente, un grupo de escritores y artistas -con Vladimir Mayakovski al frente- da a conocer el manifiesto Una bofetada al gusto público (1912), en el que se exige arrojar a Pushkin, Tolstoi y otros “de la nave de nuestro tiempo”, y el derecho a practicar un cierto número de innovaciones en el idioma.
Aunque las tesis de los pintores abstraccionistas propendían al aislamiento y al rechazo de la representación tradicional, no todos los artistas modernos rusos aceptaron este principio. Encabezados por Vladimir Tatlin (1885-1953), los constructivistas se esforzaron en buscar la integración social de sus obras, renegando de cualquier posición que redujera su producto artístico a “estructuras inútiles”. El ala más politizada de esta vanguardia se nucleó entonces en el LEF (Frente de Izquierda de las Artes), donde sobresalieron figuras como Einseinstein, Meyerhold, Babel y el mismo Mayakovski.
De esta manera lograrían un sitio destacado en las distintas esferas del arte llamando poderosamente la atención de numerosos creadores occidentales. No obstante, sus resultados más significativos estuvieron en el campo de la docencia, donde desarrollaron un Método de Enseñanza Técnico-Estético, aplicado exitosamente en el Instituto de Moscú, y más tarde en el Bauhaus de Alemania.
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