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Tema: El duelo de los indios

  1. #21
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    Re: El duelo de los indios

    Hoy reparto de indios. A toda familia que requiera se le entregará un varón como peón, una china como sirvienta o un chinito como mandadero”

    Reportaje a Osvaldo Bayer


    ¿Cuál es el origen de la distribución de la tierra?

    La distribución de la tierra se originó con las llamadas “campañas del desierto” sobre la tierra donde vivían los pueblos originarios. La mayor de esas masacres fue llevada a cabo por el general Julio A. Roca en 1879. La Sociedad Rural, creada por los estancieros de la provincia de Buenos Aires en 1866, cofinanció la campaña. El Ejército argentino marchó sobre los pueblos originarios y perpetró un verdadero genocidio. Roca reestableció la esclavitud en Argentina –eliminada en 1813–. En los diarios argentinos se podía leer: “Hoy reparto de indios. A toda familia que requiera se le entregará un varón como peón, una china como sirvienta o un chinito como mandadero”. También se repartieron 42 millones de hectáreas a 1.800 estancieros integrantes de la Sociedad Rural. Al presidente de la Sociedad Rural, el señor José María Martínez de Hoz, se le entregaron 2.500.000 ha. Los Martínez de Hoz eran una familia de españoles que habían llegado al Virreinato del Río de la Plata cuando era de dominio español como traficantes de esclavos. Luego se convirtieron en una familia de terratenientes y hoy todavía dominan la escena. Tanto es así que el ministro de Economía más famoso de la última dictadura militar era bisnieto de aquel traficante de esclavos.


    ¿Cuáles fueron las justificaciones para la “conquista del desierto”?

    Primero tildaron a los indios de ladrones, decían que se llevaban las vacas. Para luchar contra eso empiezan a construir la famosa zanja de Alsina, un foso de cinco metros de profundidad y tres de ancho, desde el Atlántico a la cordillera de los Andes. Se hicieron más de 360 kilómetros de zanja. Pero los pueblos originarios tuvieron mala suerte. Murió Alsina y el presidente Nicolás Avellaneda nombró al general Julio A. Roca como ministro de Guerra. Roca decide imitar la estrategia norteamericana: importa 10.000 fusiles de repetición, para terminar para siempre con los “salvajes”. Con apoyo de los grandes diarios de Buenos Aires se inició una gran campaña contra los pueblos originarios. El resultado fueron 14.000 indios muertos y unas 14.600 personas tomadas como esclavas, peones que irían a trabajar en las fortificaciones militares de la isla Martín García [en el Río de la Plata] o en la zafra del azúcar en la provincia de Tucumán. A las indias se las pone como sirvientas y se las separa de sus hijos. Para los integrantes de los pueblos originarios que se salvaron empezó un periodo de indigencia, de mucha pobreza. Muchos de sus nietos forman hoy parte de las villas miseria.

    "A los pueblos originarios se les tildó de salvajes, los héroes son gente como Sarmiento, que les llamaba ’indios piojosos", Para los poderes feudales provinciales ‘el mejor indio sigue siendo el indio muerto’..


    ¿Cómo se enseña hoy la historia de esta época en Argentina?

    Los grandes héroes de la patria, además de los que lucharon en la independencia contra España, son los de la conquista del desierto. A los pueblos originarios siempre se les tildó de salvajes y los héroes son Roca, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento. Sarmiento era un racista insoportable. Él casi siempre hablaba de los “indios piojosos”, a pesar de que tenía un 25% de sangre india, por su madre. Roca tiene el monumento más grande de Buenos Aires. En la Patagonia, las calles principales se llaman Julio A. Roca. Hace diez años hemos empezado con una campaña para cambiar esto y hemos logrado algunos triunfos. En algunos pueblos se ha cambiado el nombre de la calle Roca por Pueblos Originarios. Y ya hemos recolectado más de un millón de llaves de bronce para construir un monumento a la mujer originaria que reemplace el de Roca en el centro de Buenos Aires.


    La radio de Liliana













    https://www.facebook.com/permalink.p...0489&__tn__=-R

  2. #22
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    Re: El duelo de los indios

    Comunidades indígenas mueren de hambre en Venezuela

    Publicado el 2 jul. 2016

    Una comisión de la Asamblea informó de al menos 28 muertes infantiles diarias por desnutrición. Las autoridades lo niegan.





    https://www.youtube.com/watch?v=7nTPwrmkjBM

  3. #23
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    Re: El duelo de los indios

    Asesinan y calcinan a 10 músicos indígenas en Chilapa de Álvarez, Guerrero

    Según comenta la policía comunitaria este pasado viernes estos hombres fueron emboscados mientras se dirigían en su camioneta a una comunidad cercana; los encontraron quemados

    18 enero, 2020




    Según comenta la policía comunitaria este pasado viernes estos hombres fueron emboscados mientras se dirigían en su camioneta a una comunidad cercana; los encontraron quemados



    Redacción

    Guerrero.- Durante la mañana del pasado 17 de enero se confirmó que un comando armado asesinó a diez músicos de la agrupación conocida como Sensación, en la que figuraban dos chicos de quince años de edad, esto sucedió en el municipio de Chilapa de Álvarez.

    Según los testimonios dados por la Policía Comunitaria de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC), fue el pasado jueves cuando los músicos se dirigían a la comunidad de Alcozacan, de donde eran originarios, a Talyelpan.



    _______________________________________

    Fuente:

    https://periodicocorreo.com.mx/asesi...arez-guerrero/

  4. #24
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    Re: El duelo de los indios

    Indígenas mueren asesinados, en su lucha por defender al medio ambiente

    10/08/2019

    El Sie7e de Chiapas

    NOTIMEX


    México.- En la última década, 108 personas fueron asesinadas en México por defender los bosques y los ríos, y 68 de ellas eran indígenas.





    Los principales perpetradores de los crímenes contra personas defensoras del territorio son agentes estatales, pero también actores privados como sicarios, bandas criminales y terratenientes, advierte la organización internacional Global Witness en su informe de 2019.

    Michoacán es el estado más mortífero para las y los defensores indígenas del territorio, al concentrar el 63 por ciento de los asesinatos, de acuerdo con la base de datos procesada por Mexico.com, de donde se extrajo esta información.

    De los 43 crímenes registrados en esta entidad, 29 ocurrieron en la localidad de Santa María Ostula y están relacionados con la resistencia del pueblo ante proyectos mineros.

    A nivel nacional, el pueblo nahua, con presencia en 12 estados del país, registra el mayor número de los asesinatos, 37 en total; le sigue el purépecha, en Michoacán, con 14, y el ramámuri, en Chihuahua, con 7.

    Integrantes de los pueblos indígenas wixárica, triqui, tsotsil, yaqui, ayuuk y mixteco también fueron asesinados en este periodo, crímenes que se consumaron en Jalisco, Nayarit, Oaxaca, Chiapas y Sonora.

    La base de datos elaborada por Laura Castellanos y Denisse Sandoval inicia su conteo en 2009 y el último asesinato que registra es el del Margarito Díaz González, ocurrido en septiembre de 2018 en Nayarit.

    El indígena huichol que denunció la presencia de empresas mineras en territorio wixárica, murió de un disparo en el rostro.

    A los 6 asesinatos registrados en 2018 se suman 4 más que Global Witness incluye en su informe; así, al menos 10 defensores indígenas fueron exterminados en el país el año pasado por defender el territorio, incluida una mujer.

    Son Guadalupe Campanur Tapia y Jesús Álvarez Chávez, de Michoacán; Manuel Gaspar Rodríguez y Adrián Tihuilit, de Puebla; Abraham Hernández González, Noel Castillo Aguilar y Rolando Crispín López, de Oaxaca; Julián Carrillo y Joaquín Díaz Morales, de Chihuahua y Margarito Díaz González, de Nayarit.

    En su informe ¿Enemigos el Estado? De cómo los gobiernos y las empresas silencian a las personas defensoras de la tierra y el medio ambiente, Global Witness destaca el caso de Julián Carrillo, líder rarámuri que luchó contra las concesiones mineras en su comunidad, Coloradas de la Virgen, en el estado de Chihuahua.

    El defensor fue acribillado en octubre de 2018, pero antes había sobrevivido al asesinato de cinco miembros de su familia y al incendio de su casa, y librado reiteradas amenazas de muerte.

    En la última década también fueron desaparecidos 14 defensores indígenas del territorio, entre ellos Sergio Rivera Hernández, integrante del movimiento en resistencia contra el proyecto hidroeléctrico Coyolapa-Atzala.
    En 2019, nueve asesinatos





    Hasta el 5 de julio pasado, la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos había contabilizado 13 asesinatos de activistas y personas defensoras de derechos humanos en 2019.

    Información recogida de reportes de prensa permite concluir que 9 de estos crímenes fueron contra defensores indígenas de la tierra y el territorio.

    En mayo pasado se supo del asesinato del defensor indígena Leonel Díaz Urbano, opositor a la construcción de una hidroeléctrica en la comunidad de San Juan Tahitic, en Puebla.

    Ese mismo mes fueron asesinados José Lucio Bartolo Faustino y Modesto Verales Sebastián, quienes eran promotores del Concejo Indígena y Popular de Guerrero “Emiliano Zapata” y defensores de su territorio y cultura.

    También fueron ejecutados en 2019 los defensores Samir Flores, Estelina López, Bernardino García Hernández, Gustavo Cruz Mendoza, Noe Jiménez Pablo y José Santiago Gómez Álvarez.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.sie7edechiapas.com/singl...medio-ambiente

  5. #25
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    Re: El duelo de los indios

    Cuando aconteció el descubrimiento de América y la Conquista, muchos españoles insistieron en que los naturales eran semejantes a bestias salvajes carentes de racionalidad, negaron su cualidad de seres humanos y su derecho a la libertad, pero España misma se reencontró frente a ese otro rostro al otro lado del Atlántico, frente a ese otro mundo que se abría ante sus ojos, el advenimiento de la Edad Moderna como la conocemos hoy.

    Enfrentar a las Indias provocó una revolución española que permitió el Siglo de Oro, que permitió un florecimiento en la filosofía y catapultó a la escolástica de maneras insospechadas, los pensadores españoles se enfrentaron a las concepciones del poder y el derecho, hurgaron su propia conciencia filosófica, religiosa y jurídica para responder a esos planteamientos, lo que hoy nos parece obvio, no lo era en el siglo XVI, pero los pensadores españoles lo hicieron posible, los indígenas son seres humanos y no basta que una autoridad los considere como bestias salvajes, irracionales y privadas de libertad, la verdad es objetiva y los indígenas no son una especie inferior, sino la misma que somos nosotros, iguales a nosotros y libres como nosotros, la ley del más fuerte no inválida la igualdad y libertad, ellas son inherentes a nosotros.

    La bula «Sublimis Deus», de 1537, reconoce la racionalidad de los indígenas y resolvía el problema de si los indios debían gozar de su libertad y disponer de sí mismo y sus propiedades, declara «como verdaderos hombres que son...determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libremente y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a la servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor».

    A día de hoy, len México, sería bueno hurgar en nuestra conciencia, dado que el artículo 420 del Código Nacional de Procedimientos Penales, impide que las mujeres indígenas accedan a la justicia comunitaria porque de manera implícita y discriminatoria, presume que la justicia indígena viola los derechos de las mujeres como si la violencia de género fuese exclusiva de los indígenas como ente separado de resto de la sociedad, hoy, las comunidades indígenas no cuentan con preparación ni infraestructura o apoyo gubernamental para fortalecer el derecho indígena; de 160 mujeres mayas entrevistadas en Yucatán, solamente 1 sabía que era el Poder Judicial, mientras que en Oaxaca, en una encuesta, el 48 % de las mujeres desconocía la existencia de autoridades estatales.

    El estado mexicano debe garantizar el acceso a traductores para los indígenas, pero apenas hay acreditados 1,649 intérpretes por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas en todo el país, existen únicamente 25 integrantes en el cuerpo de defensores bilingües de México, lo que obliga a las mujeres a esperar, negarles acceso a servicios de justicia, obligarlas a declarar en español y finalmente, culpabilizarlas por la violencia doméstica que sufren y que llegan a demandar.

    Como declararon los escolásticos españoles del siglo XVII y la bula Sublimis Deus, los indígenas gozan de los mismos derechos que cualquier ser humano, pero Adela García Carrizosa y su esposo no gozaron de esos derechos, en mayo del 2009, Artemio Rosas, cuñado de Adela, agredió sexualmente de ella enfrente de su hija de tres años y su hijo recién nacido, mientras la atacaba, llegó Germán Rosas, esposo de Adela, quien golpeó a Artemio con un machete, privándolo de la vida; la pareja no tuvo presunción de inocencia, no contó con un defensor e intérprete de su lengua, no fue juzgado en tiempo razonable y Germán fue declarado culpable de homicidio, ¿su esposa? Cómplice.

    La Encuesta Intercensal 2015 arroja que el 21.5 % de los mexicanos se considera indígena, pero menciona que hay solamente 7,382,785 hablantes de alguna lengua amerindia mayores de tres años. Según la Encuesta sobre discriminación en la Ciudad de México 2013, los indígenas son los más discriminados en la capital mexicana, por encima de los homosexuales, de las personas de piel morena, de los pobres; 784,000 indígenas que viven y son discriminados en la capital de su propio país, viviendo muchas veces 10 personas en espacios reducidos sin ventanas.

    México debería hurgar su conciencia, su filosofía, su política, su teología, su ética, como lo hicieron los escolásticos, para admitir que conforme a la Evaluación Política de Desarrollo Social del 2018, 3.2 millones de indígenas presentaban tres o más carencias, cuyo ingreso no les permite el acceso a la canasta básica y están en pobreza extrema, que 71.9 % de indígenas, es decir, 8.3 millones de mexicanos, 8.3 millones de seres humanos estaban en situación de pobreza en el 2016, mismo año en el que el 19.8 % de ellos, de indígenas entre los 30 y 64 años, no sabía leer y escribir, mientras entre los no indígenas la cifra es solamente del 4.3 %.

    Por si fuese poco, 77.6 % de los indígenas, hablamos de 8.9 millones de mexicanos, 8.9 millones de personas, carecen de seguridad social ante desempleo, enfermedad, invalidez y muerte, mientras el 15.1 % presentaron carencias en servicios de salud, porque el costo de la enfermedad o accidente, es el patrimonio familiar e inclusive, la integridad física. Quizás México, quizás los mexicanos deberían hurgar su conciencia y dejar de culpar a los españoles, a la Iglesia, a las multinacionales, aceptando que los indígenas, como lo dijeron los escolásticos españoles y la bula Sublimis Deus, son seres humanos con los mismo derechos que cualquier otro humano.

    La humanidad del indígena no se encuentra ligada a si alguna vez, algunos españoles y eclesiásticos dijeron que no eran seres humanos, el logro de la escolástica no fue decir que lo indígenas eran seres humanos, sino ir más allá, al decir que su cualidad de ser humano iba más allá del subjetivismo de la autoridad, la desgracia es el retroceso mexicano de no tratarlos como iguales, de discriminarlos e impedirle el acceso y goce pleno de sus derechos, porque aunque la autoridad mexicana reconoce tales derechos, niega la aplicación efectiva de las leyes y la sociedad insiste en discriminarlos, negando ambos, Estado y Sociedad, la calidad humana del indígena.


    Fuentes: Acceso a la justicia para las mujeres indígenas. Informe para el comité de la ONU para la eliminación de la discriminación racial.
    Patiño Gutiérrez, C. 2017. La validez del derecho en la escolástica. Desobediencia, iusnaturalismo y libre albedrío en Francisco Suárez. CDMX UNAM.






    _______________________________________

    Fuente:


    https://www.facebook.com/gazetamexic...96Ol&__tn__=-R
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  6. #26
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    Re: El duelo de los indios

    La crisis con indígenas se inició en Chaparina





    Redacción Central

    Publicado el 26/09/2017 a las 3h11



    Desalojo de dirigentes no afines al Gobierno de las sedes de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) y del Consejo Nacional de Pueblos y Markas Quillasuyu (Conamaq), división de las organizaciones, el conflicto en Takovo Mora por la explotación hidrocarburífera y planes extractivistas en áreas protegidas que son resistidos, son algunos de los hechos que han vivido pueblos indígenas durante seis años desde la violenta intervención a la marcha por el Tipnis en Chaparina, Beni.

    Ayer, en el aniversario de esa acción de represión policial, indígenas criticaron que el caso haya quedado en la impunidad y organismos que apoyan a estos movimientos dijeron que hay un retroceso en el respeto a los derechos de los pueblos.

    El director del Cedib, Marco Gandarillas, dijo que en Bolivia no se respeta ni el más básico derecho de esta población que es el acceso a un territorio y el director de la Fundación Tierra, Gonzalo Colque, advirtió que los indígenas no exageran al denunciar que están en peligro de exterminio.

    “Hay situaciones similares en las que el Estado deliberadamente conculca en el más básico derecho de los indígenas que es el derecho a tener un territorio en el que habiten para reproducir sus formas de vida tradicionales”, manifestó el director del Centro de Documentación e Información de Bolivia (Cedib), Marco Gandarillas.

    El 25 de septiembre de 2011, efectivos policiales reprimieron violentamente a la marcha de los indígenas del Tipnis, quienes se dirigían hacia La Paz para exigir respeto a su territorio y que no se construya una carretera a través del mismo.

    “Chaparina va a doler siempre, no sólo para quienes hemos sido golpeados, sino para aquellos hermanos que sufrieron, que lo sintieron, que lloraron, que jamás van a olvidar”, manifestó el exdirigente Fernando Vargas, en entrevista con radio Patujú de la Red Erbol.

    Ayer, varios dirigentes indígenas recordaron esa fecha con un acto en el monumento erigido, en Trinidad, en homenaje a la marcha por el Tipnis de 2011. La dirigente de la Subcentral de Mujeres Indígenas de ese territorio, Marquesa Teco, cuestionó que hasta la fecha no existan detenidos por el caso Chaparina y que contrariamente se haya designado al entonces ministro de Gobierno, Sacha Llorenti, como embajador ante la ONU.

    Coincidiendo con esa postura, Vargas señaló que al Ministerio Público no le interesa avanzar en este caso, porque responde al Gobierno. Lamentó que la justicia no sea independiente y que no se garantice un Estado de derecho en el que se respete la libertad de pensamiento y de expresión.

    Para Gandarillas, Chaparina es el punto de inflexión para el despliegue de “una estrategia de control social represivo” que tuvo varios momentos de “mucha violencia”, como en el caso de Tacobo Mora, desalojos violentos de la sede de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob) y del Consejo Nacional de Pueblos y Markas Quillasuyu (Conamaq).

    Colque advierte sobre una actitud pasiva en la población ante este tipo de hechos que afectan a los pueblos indígenas y al país.


    HOSTIGAMIENTO A ORGANISMOS

    Según el director del Centro de Documentación e Información de Bolivia (Cedib), Marco Gandarillas, existe un “hostigamiento” de parte del Gobierno hacia los organismos que apoyan a los pueblos indígenas.

    En sus últimas intervenciones, sólo en el caso del Tipnis, el Gobierno arremetió contra algunas ONG advirtiendo que lucran con las denuncias de los pueblos indígenas.

    Sin embargo, para Gandarillas existe una persecución de dirigentes indígenas que piensan distinto al Gobierno. “Ha habido una acción deliberada del Gobierno de daño a las estructuras del movimiento indígena independiente”, dijo.

    El director de la Fundación Tierra, Gonzalo Colque, en su artículo titulado, “Tipnis bajo asedio”, las presiones sobre el Tipnis son abrumadoras e imparables. “Los indígenas no exageran para nada al denunciar que están en peligro de extinción y etnocidio a nombre del desarrollo y el progreso”.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.lostiempos.com/actualida...icio-chaparina

  7. #27
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    Re: El duelo de los indios

    Crónica: la masacre que sufrió la comunidad asháninka a manos de Sendero Luminoso

    Hoy, fiscales y autoridades buscan fosas con restos de las víctimas en la zona de Satipo.





    Entre los años 1989 y 1996, las comunidades nativas asháninkas ubicadas en la zona de Satipo, provincia de Junín, fueron víctimas de una feroz masacre a manos de los mandos subversivos de Sendero Luminoso, quienes al no poder adoctrinarlos a su ideología en su totalidad, decidieron exterminarlos.

    En su informe, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) calculó que las víctimas mortales ascendieron a cerca de seis mil; cinco mil nativos quedaron cautivos por los senderistas, mientras que otros diez mil fueron desplazados de sus tierras.

    Por los años 85 y 88, los asháninkas se enteraron de la presencia de Sendero y sentían temor de las ejecuciones que realizaban en los poblados colonos, sin embargo consideraron que se trataba de algo 'positivo' pues los inmigrantes eran considerados como personas del 'mal vivir', que traían vicios y otros males a la comunidad.

    Sin embargo, los senderistas lograron adoctrinar a algunos profesores y dirigentes asháninkas a quienes usaban como nexo con las comunidades. Es así que realizaban visitas periódicas a los nativos, sembrando terror y muerte en forma frecuente hasta establecerse en la zona.

    Dentro de su ideología, los terroristas consideraban a los asháninkas como una comunidad prehistórica, sin cultura propia ni civilización. Además, se les obligaba a hablar el quechua y las mujeres eran forzadas a trenzarse el cabello, como en la sierra.

    Por su parte, los nativos se resistían a creer en la ideología de Sendero Luminoso y huían de los subversivos. Aunque escondían a sus hijos de las tropas, éstos eran encontrados y enlistados para ser adoctrinados. Es así que desde los 10 años, se les enseñaba a cometer asesinatos y causar temor a la población, además de ser llevados a otras provincias.

    Cabe indicar que las Fuerzas Armadas del Ejército y la Policía se encontraban concentradas en el sur del país, en donde la presencia terrorista era constante. Es por esto, que las autoridades no se percataban de la magnitud del genocidio que ocurría en la selva central.

    Al resultar la situación insostenible debido a la masacre de su gente, los asháninkas deciden formarse para luchar contra los subversivos. Es así que se crea formalmente el Comité Central de Autodefensa y Desarrollo Asháninka en 1990, en donde sus integrantes lucharon con lanzas, machetes, arcos y flechas para recuperar a sus familias secuestradas, sin ayuda del Estado.

    No fue sino hasta los años 1992 y 1994 que los militares se establecieron en la zona, desatándose una lucha por la recuperación de la zona, junto a las labores de misioneros que jugaron un papel importante en la caída de los terroristas.

    Luego de la pacificación, para el año 1996, los nativos que decidieron regresar pese a la experiencia traumática que les tocó vivir, se enfrentaron a un nuevo problema: sus tierras habían sido otorgadas por el Estado a los colonos, muchos de ellos incluso con antecedentes terroristas.

    Varios años después, la comunidad asháninka pudo recuperar su número de población y está en proceso de rehabilitación. Hoy, especialistas del Ministerio Público se encuentran en la zona buscando fosas que contendrían restos de los nativos asesinados por los terroristas en la localidad de Alto Sinivieri y otras zonas de Yanapango.


    [LEA: Encuentran fosa común con cerca de 800 víctimas de Sendero Luminoso en Junín]




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.americatv.com.pe/noticia...minoso-n140589
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  8. #28
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    Re: El duelo de los indios

    Recuerdo haber leído en aquella época que los "terrucos" de Sendero Tenebroso hacían cosas como aparecer de pronto en un poblado ashaninka y cortarles a todos las orejas. Un horror.

  9. #29
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    Re: El duelo de los indios

    Los logros de la masonería. El holocausto de los indios de Argentina.


    Los campos de concentración de la “conquista del desierto

    Los sobrevivientes de la llamada “Conquista del Desierto” holocausto argentino fueron “civilizadamente” trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.




    A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta, en Río Negro. El colono Galés John Daniel Evans recordaba así aquel siniestro lugar: “En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (…) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos; ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor)”.1

    La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso… a mí me… casi no tengo coraje de contarla. Es historia… es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?…único yo que voy quedando… conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre, comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”. 2

    De allí partían los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.

    Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”, en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso “desfile de la victoria”.

    Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García. Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba “Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”.3

    Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar.



    En otro articulo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de “beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.

    Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros.

    Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados en la vida de familia”.4
    Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.
    La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.

    Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.

    Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.5

    Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas.

    Ya nada sería como antes en los territorios “conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los “salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado “Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz” 5.



    Fuente: http://www.elhistoriador.com.ar


    Referencias:
    1 Walter Delrio, “Sabina llorar cuando contaban. Campos de concentración y torturas en la Patagonia”, ponencia presentada en la Jornada: “Políticas genocidas del Estado argentinos: Campaña del Desierto y Guerra de la Triple Alianza”, Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Poder Autónomo, Buenos Aires, 9 de mayo de 2005. Citado por Fabiana Nahuelquir en “Relatos del traslado forzoso en pos del sometimiento indígena a fines de la conquista al desierto”, publicado en http://www.elhistoriador.com.ar/…/sometimiento_indigena_con….
    2 Testimonio recogido en Perea Enrique: “Y Félix Manuel dijo”, Fundación Ameghino, Viedma, 1989. Citado por Fabiana Nahuelquir, op. cit.
    3 El Nacional, Buenos Aires, 31 de diciembre de 1878.
    4 Álvaro Yunque, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Anfora, 1968.
    5 Manuel Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Eudeba, 1966.
    6 Osvaldo Bayer, “Rebelde amanecer”, Buenos Aires, Página/12, 8 de noviembre de 2003.
    Artículos relacionados:
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    btnConquista del desierto
    btnUn militar valiente y honorable denuncia los negociados de la “Conquista del Desierto”
    btnMensaje al Congreso Nacional de Nicolás Avellaneda sobre la “conquista del desierto”
    btnBiografía deNicolás Avellaneda
    btnBiografía de Julio Argentino Roca


    Fuente: www.elhistoriador.com.ar





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    Re: El duelo de los indios

    La lucha de Emiliano Zapata y Nueva España.

    Durante el virreinato de Nueva España los pueblos indígenas mantenían un sistema de tenencia de tierra y de propiedades que se basaba en una estructura comunal de la economía, dichas propiedades no solo habían sido reconocidas por la Corona española, sino que se remontaban a tiempos prehispánicos, por lo que fueron puestas bajo el manto jurídico novohispano (https://archivos.juridicas.unam.mx/w...os/1/387/9.pdf)

    Tras la independencia, México pasó rápidamente por una serie de reformas, entre ellas se encontraba la ley de Lerdo, como parte de un proyecto de modernización liberal e introducción a las leyes del mercado que exigía la individualización de las propiedades indias, desconociendo su carácter comunitario. Ello dañó gravemente la base de la economía de las comunidades indígenas, las cuales poseían todas las tierras dentro de sus límites.

    (http://www.anfade.org.mx/docs/ponenc...rdo_Anexo4.pdf)

    Dicho territorios representaban un importante ingreso para las comunidades, pues las tierras que no usaban para cultivo, las arrendaban a terceros, generándoles esto un ingreso extra.

    Desde el virreinato las haciendas de criollos amenazaban con absorber propiedades comunales indígenas y esto era pan de cada día en las reales cédulas emitidas por los reyes de España, quienes tenían que estar constantemente ordenando castigos y devoluciones de tierra, por ejemplo, esta cédula fue expedida por la reina consorte de Carlos I de España, Isabel de Portugal:

    Real Cédula para que se haga justicia sobre los agravios que los encomenderos hacen a los indios tomándoles sus tierras.

    Valladolid, 9 de octubre, 1549

    La Reina

    Presidente y oidores de nuestra Audiencia Real de los Confines

    A Nos se ha hecho relación que al servicio de Dios, Nuestro Señor, y nuestro y al bien de los naturales de las provincias sujetas a esa Audiencia conviene que se haga una visita general de esas provincias por personas de conciencia y temerosas de Dios, para que vean y examinen los agravios que se han hecho a los indios por los encomenderos y sus casiques y otras personas: y las tierras que les han tomado, propias suyas, y se las restituyen, no embargantes que di*jesen que se las habían comprado: porque se las habían tomarlo por fuerza, poniéndoles miedo para ello; y que la paga que les daban era una camisa o una arroba de vino por tierra que valga muchó más. Y que así, para remediar lo susodicho, como para desagraviar a los dichos indios convenía que hubiese la dicha visita.

    Y visto por los del nuestro Consejo de las Indias fue acordado que debía mandar dar ésta mi cédula, y Yo túvelo por bien, porque os mando que veáis lo susodicho y hayáis información, y sepáis qué daños y agravios se han hecho a los indios de las provincias sujetas a esa Audiencia, y qué tierras se les han tomado. Y llamadas y oídas las partes a quien atañe, breve y sumariamente, sin dar lugar a largas ni dilaciones de malicia, hagáis y administréis sobre ello lo que halláredes por justicia, por manera que los dichos indios no reciban agravio de que tengan causa de quejarse, y no fagades ende al. (https://archivos.juridicas.unam.mx/w...os/1/387/9.pdf)

    Tras la independencia con la ley de lerdo, los pueblos indígenas y sus propiedades quedaron fuera del manto jurídico mexicano pues estas fueron expropiadas y luego vendidas a hacendados, muchos de los cuales, desde el virreinato intentaban arrebatar esas tierras a los indígenas.

    Zapata fue un caudillo mundialmente conocido que se alzó en armas junto a miles de campesinos del centro y sur de México durante la revolución mexicana. El objetivo principal de este movimiento fue la restitución de tierras al campesinado. Zapata usó los documentos expedidos por los reyes de España durante 3 siglos para probar que la ley de lerdo no había sido más que una excusa para robar lo que siempre fue suyo.

    Imágenes: Zapatistas y títulos de propiedad indígena.






    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.facebook.com/cesar.elarc...24684602594988
    Imágenes adjuntadas Imágenes adjuntadas
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: El duelo de los indios

    BOLÍVAR Y LOS INDÍGENAS

    By Francisco Martinez Hoyos 6 años





    Es un lugar común denunciar las atrocidades de los conquistadores españoles sobre los nativos americanos, pero se suele olvidar lo que sucedió después de la independencia, a principios del siglo XIX. Las nuevas repúblicas, por desgracia, fueron obra de blancos para blancos, donde los indios quedaban reducidos a la condición de ciudadanos de segunda categoría.

    Con unas condiciones de vida a menudo peores que las que habían sufrido bajo el virreinato, porque el liberalismo triunfante acostumbró a significar la privatización de sus tierras comunales. La gran masa campesina vivirá, a partir de entonces, sometida a un régimen de “colonialismo interno” por parte de los terratenientes. Frente a su poder, las leyes son papel mojado. Tanto es así que José Carlos Mariátegui, el gran pensador marxista, reconocerá tristemente cómo, respecto a esta problemática, “el Virreinato aparece menos culpable que la República”.

    En lugar de cumplir su deber de mejorar la situación del indio, la República había incrementado su pobreza mientras le consideraba un ser inferior, decía Mariátegui en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana.

    Dedicada a explotar a los indígenas vivos, la burguesía caerá en la contradicción de exaltar a los que llevaban varios siglos muertos, los aztecas, los incas o los araucanos de los tiempos precolombinos. En ellos se hallaban, supuestamente, las raíces de las naciones modernas, obsesionadas en establecer una continuidad con el pasado saltándose la dominación española, una especie de gran paréntesis asimilado a la oscuridad.

    Los libertadores, como era de esperar, se habían apuntado con entusiasmo a denominada “leyenda negra”. La crítica a la conquista les permitía arremeter contra la causa realista, presentando a enemigos como los herederos de aquellos “primeros monstruos que hicieron desaparecer de la América a su raza primitiva”, tal como dijo Simón Bolívar en su primera carta de Jamaica. Los españoles, en su opinión, no eran sino una raza de exterminadores. Había llegado el momento de hacerles pagar sus culpas, convirtiendo el momento secesionista en la instancia vengadora de seculares agravios. Así, mientras se encuentra en Cajamarca, Perú, hace jurar a los solados “por las cenizas del gran Atahualpa” que morirán por la independencia nacional. Atahualpa, el gobernante inca depuesto y ejecutado por Pizarro, tendrá por fin justicia.

    En tanto que criollo, Bolívar era consciente de pertenecer a “una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles”. Los blancos americanos como él tenían que afrontar un reto difícil, el de independizarse de la metrópoli con una población racialmente heterogénea, en la que podía estallar una “guerra de castas” en cualquier momento. Por un lado, necesitaban el apoyo de mestizos y de indios en su lucha contra España, pero por otro temían ver cuestionados sus privilegios. ¿Y si una raza trataba de imponerse con la violencia a las otras? El Libertador deseaba que esta pesadilla nunca llegara a materializarse. Creía que el indio, con su carácter apacible, se limitaría a la vida privada sin pretender acaparar la cosa pública. Pero, por si acaso, para evitar sorpresas, promulgó leyes privándole de derechos políticos. Así, la Constitución de Angostura, de 1819, concedía el voto sólo a los individuos alfabetizados con un cierto nivel de recursos económicos. Los requisitos, obviamente, dejaban fuera de la ciudadanía activa a la mayoría de la población.

    Más tarde, Bolívar firmó varios decretos destinados a proporcionar al indio la propiedad de la tierra, consciente de que así ampliaría la base social de la causa independentista. Recordaba muy bien lo que había sucedido durante las dos primeras repúblicas de Venezuela, concluidas con derrotas desastrosas porque los criollos no habían realizado concesiones a otros grupos sociales, en busca de apoyos.

    Tenía, seguramente, buenas intenciones, un deseo sincero de corregir los abusos que habían sufrido los indígenas durante el dominio español, tal como señaló en el Decreto de Cundinamarca, de 1820. Deseaba, por ejemplo, que se les retribuyera con un salario monetario, no en especie, ya que de esa forma acaban endeudados con sus amos y perdían su libertad, porque nunca había forma de saldar cuentas.

    El problema era que sus propósitos no estaban acompañados de un conocimiento profundo de la realidad indígena y su fundamento comunitario, algo muy difícil de comprender desde su individualismo burgués. En su concepción liberal, el mundo se dividía en propietarios que ejercían a título personal el dominio sobre sus tierras. Las comunidades nativas, en su opinión, constituían un resto arcaico del pasado, exactamente igual que los gremios, las viejas corporaciones que los revolucionarios decimonónicos dieron por finiquitadas.

    Por otra parte, en un momento en que la burguesía imponía su moral basada en el trabajo convertido en mercancía, resultaba difícil de aceptar un sistema de prioridades alternativo como el de los indios, que trabajaban lo necesario para vivir en lugar de vivir para trabajar.

    No obstante, el Libertador tomó alguna precaución antes de entregar tierras a los que él denominaba “naturales”. Hasta 1850, los nuevos propietarios no podrían vender sus tierras si no querían ver anulada la concesión. Intentaba así que los indios no fueran estafados. Ello no impidió que se vieran indefensos frente a los latifundistas, de manera que el acceso a la tierra continuó en el primer lugar de las aspiraciones campesinas.



    Francisco Martinez Hoyos

    Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre la JOC (Juventud Obrera Cristiana) bajo el franquismo. Volvió a profundizar en el mundo de los cristianos progresistas con otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (2009), el conocido artífice del diálogo entre fe y marxismo. Esta pasión por la historia religiosa se refleja, también, en Cristianismo e Islam (2020), acerca de las relaciones entre ambos monoteísmos. Su otro gran centro de interés, el pasado latinoamericano, con especial énfasis en el periodo de las independencias, puede rastrearse en títulos como Francisco de Miranda (2012), El indigenismo (2018) o Las Libertadoras (2019). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario 16, El Ciervo, Foc Nou o Claves de Razón Práctica, entre muchos otros.




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    BOLÍVAR Y LOS INDÍGENAS

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    Re: El duelo de los indios

    Napalpí: la masacre de indígenas por la que el Estado argentino debe rendir cuentas

    Un siglo más tarde, la verdad de lo que ocurrió en Chaco está saliendo a la luz: Juan Chico, un investigador de historia, acaba de encontrar a quien parece ser la última sobreviviente de la matanza.

    Por Javier Sinay 2 May 2019 · 6 min





    Ilustración: Pablo Domrose



    En la mañana del 19 de julio 1924, un número indefinido de indígenas qom y mocoi (entre 300 y 1.000 personas, o quizás más) fue ultimado en Napalpí, una base de trabajo maderero (lo que por entonces se conocía como una “reducción aborigen”) en la provincia de Chaco, a 147 kilómetros de Resistencia. Un avión biplano Curtiss JN-90 sobrevoló la zona arrojando comida y caramelos, y cuando los indígenas salieron a recogerlos un centenar de policías y de colonos, apostados a 300 metros, les dispararon. Se cuenta que además persiguieron a los sobrevivientes para darles el tiro o el machetazo de gracia. El episodio fue tan grave como olvidado: durante mucho tiempo la policía y los jueces negaron la masacre. Pero ahora, 95 años más tarde, la verdad está saliendo a la luz. Juan Chico, un investigador de historia que sigue el rastro de ese exterminio, acaba de encontrar a quien parece ser la última sobreviviente: una mujer de entre 105 y 110 años.

    “Se llama Rosa Grillo”, dice Chico, él mismo nacido en Napalpí, creador de la Fundación Napalpí (desde la que estudia la historia del sitio) y descendiente de indígenas qom. “Ella vivió toda su vida ahí, pero pocas veces había contado lo que pasó. Todos buscamos mecanismos de sobrevivencia y uno de los que encontró ella fue no mencionar la masacre de Napalpí, mirar para adelante y pensar en el futuro. Le cuesta hablar de eso porque allí vio cómo murió su padre”.




    Rosa Grillo, en su casa de Colonia Aborigen (Napalpí). Foto: Jorge Tello/cortesía Fundación Napalpí


    La señora Grillo recuerda el avión que arrojaba caramelos y también recuerda que cuando la gente salió, comenzaron los balazos. Mientras muchos caían, su madre y su tío la tomaron y huyeron al monte, adonde pasaron escondidos varios y días y varias noches. “Durante años, Rosa le reclamó a su madre que no la hubiera soltado para ir a ayudar al padre”, dice Chico.

    El testimonio de la anciana es importante porque, desde 2014, la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía Federal de Chaco investiga la masacre como un crimen de lesa humanidad. El fiscal Diego Vigay busca probar que realmente hubo un asesinato en masa, tal como lo han contado durante tanto tiempo los más ancianos, y que éste se debió a la represión de una huelga general iniciada por hacheros qom y mocoi. En los mismos años en los que el movimiento obrero fue reprimido en La Forestal (en Santa Fe), en los eventos que narra la película La Patagonia rebelde (ocurridos en Santa Cruz) y en los de la Semana Trágica (en Buenos Aires), los hacheros de Napalpí pidieron una modificación en las condiciones de miseria en la que vivían y en la explotación en el obraje, y obtuvieron la represión del interventor de la provincia durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear, Fernando Centeno.




    Habitantes de Napalpí. Imagen histórica.


    “Como no hay imputados con vida, pedimos un juicio por la verdad”, dice el fiscal Vigay. “En la Argentina ya hay antecedentes de esto: mientras rigieron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final se hicieron varios juicios por la verdad que después sirvieron para condenar a los imputados. Así se estableció el criterio que vamos a plantearle a la jueza federal Zunilda Niremperger para que convoque a un juicio oral y público. Los acusados serán los responsables de la masacre, simbólicamente ya que no están, y el Estado argentino”.

    El fiscal Vigay fue a la casa de Rosa Grillo y le tomó una declaración de una hora y media. En el expediente también figuran los testimonios de Pedro Balquinta (una víctima de la masacre que declaró con 107 años) y de los hijos de otras dos sobrevivientes, ya fallecidas, llamadas Rosa Chara y Melitona Enrique. Además hay un estudio de contexto (basado en libros sobre el hecho), análisis de notas de prensa de aquella época y documentación original: el expediente policial, los informes de la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios (del Ministerio del Interior de la Nación), los legajos del gobernador Fernando Centeno y de otros funcionarios, y el diario de sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación. “En un mes daremos por cerrada la instrucción de la causa”, dice el fiscal Vigay.

    Hoy Napalpí se llama Colonia Aborigen, aunque todos la conocen por su antiguo nombre. Es un pueblo de unos 7.000 habitantes. Tiene una escuela primaria, una secundaria, un registro civil y una comisaría. La reducción, fundada en 1911, tenía 22.500 hectáreas y en esa superficie hay ahora diez escuelas primarias y otras secundarias. Ya no se corta madera ni se siembra algodón, sino algo de sementera baja (mandioca, batata y zapallo), y se crían vacas y chivitos.




    Habitantes de Napalpí. Imagen histórica.


    En la memoria oral nadie duda de que la masacre haya ocurrido. Pero cuando en 1924 un fiscal quiso investigarla, fue apartado. Y otro fiscal, cercano al gobierno, tomó testimonio a los policías que actuaron ese día. En el expediente oficial, doce agentes dijeron lo mismo: que se habían acercado a la aldea y que se encontraron con unos mil indígenas armados con lanzas y Winchester. Dijeron que cuando llegaron, los indígenas respondieron con tiros y que después hubo una revuelta en la toldería, de qom contra mocoi, que dejó cuatro muertos. “Esa es la versión oficial, y la que conoció todo el Chaco, de lo sucedido en Napalpí”, dice Juan Chico, que apoya la nueva causa judicial desde su inicio. “Pero la memoria oral del pueblo cuenta que no fueron cuatro muertos y que el Estado tuvo responsabilidad. Se ha construido un relato, en la historia argentina siempre pasa lo mismo con los indígenas. Por eso hay que probar lo que pasó”.

    Chico tiene 41 años. No se considera un historiador; de hecho, no completó la carrera de Historia en la Universidad Nacional del Nordeste ni tampoco la de Antropología en la Universidad de Córdoba. Pero desde hace 20 años viene investigando la masacre de Napalpí y escribió algunos libros sobre ella. “Soy, antes que nada, alguien a quien le gusta conversar con la gente”, dice. Así, conversando, logró sacar a la luz a dos sobrevivientes: Pedro Balquinta y Rosa Grillo.




    Juan Chico en Buenos Aires, en abril. Foto: JS


    “Cuando nosotros empezamos, la gente no quería hablar mucho del tema y algunos ancianos nos decían que dejáramos de investigar porque esas cosas ya habían pasado”, dice. “Por una sencilla razón: hubo un proceso de imposición de la historia oficial y, para sobrevivir, la gente trataba de olvidar lo que había vivido. No querían hablar por el trauma, por la falta de interés de las propias comunidades indígenas y porque vivimos en una sociedad en la que nos duelen más las heridas del blanco. Ser indígena y haber estado en Napalpí eran dos estigmas”.
    Pero Chico, nacido y criado en Napalpí (sus ancestros no estuvieron allí en los tiempos de la represión) recordó aquello de “cuenta la historia de tu aldea y será universal”. Y continuó buscando.




    Rosa Grillo y Juan Chico en Napalpí. Foto cortesía de Juan Chico.


    Así que cuando un referente social le comentó que, camino a la ciudad de Machagai, en el Lote 40, había una señora que tenía más de 100 años, Chico quiso ir a verla. Era octubre de 2018. “A uno, por lo general, le gusta hablar con la gente grande”, dice. “En la cultura occidental se recurre a los libros; en la cultura indígena, a los viejos: ellos son nuestros libros y hay mucho para leer y para aprender de ellos”. En el primer encuentro, Chico se presentó y la señora Grillo lo recibió con desconfianza. Pero él le hablo en qom y así logró romper el hielo. “Ella no creía que nosotros fuéramos qom hasta que le hablamos en nuestro idioma”, sigue. Desde entonces, Chico suele ir a visitarla muy seguido. “Nos gusta hablar con los ancianos: es como leer y releer un libro, y encontrarle nuevos significados”.

    Hace dos semanas, Rosa Grillo viajó a Buenos Aires, donde fue homenajeada en el Congreso por las diputadas Analía Rach Quiroga y Lucila Masin, y por la senadora María Inés Pilatti. Vino en avión y dijo que, si algún día vuelve a la capital, quiere volver a hacerlo volando. Camina con bastón, no usa anteojos.




    Rosa Grillo en el Congreso de la Nación, en abril. Foto: Fundación Napalpí.


    “Si se niegan los derechos de los pueblos indígenas y nosotros no trabajamos para revertir eso, ¿qué legado le estamos dejando a las futuras generaciones?”, dice por último Chico. “Argentina es un país joven y hay muchas historias silenciadas, y eso no es bueno para la sociedad a la que aspiramos”.




    _______________________________________

    Fuente

    https://www.redaccion.com.ar/napalpi...endir-cuentas/

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    Re: El duelo de los indios

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    Cuando el México revolucionario cazaba a los indios

    noviembre 9, 2021



    Grupo de apaches fotografiados por Edward S. Curtis (1868-1952) en 1903. Los llamados apaches broncos se rebelarían contra un destino de sometimiento en las reservas estadounidenses, lugares insalubres en los que vivían hacinados bajo la tutela agentes tan corruptos como ineficientes, la constante fricción entre las autoridades civiles y las militares, los inútiles intentos por sedentarizar a los indios y la progresiva usurpación por granjeros y mineros blancos. No es de extrañar que muchos decidieran abandonarlas para tratar de recuperar sus modos de vida tradicionales, aunque les costara la muerte. Fuente: Library of Congress.

    1935. Cacería humana de apaches en el México revolucionario
    Por José Soto Chica | Universidad de Granada

    Fuente: https://www.despertaferro-ediciones....aches-broncos/

    Mientras Diego Rivera pintaba los impresionantes murales llamados Epopeya del pueblo mexicano (1929-1935), en los que se mostraba la conquista de México por los españoles y se ensalzaba el pasado indígena, el mismo régimen que financiaba su obra daba fin a la última y cruel fase de la Guerra del Yaqui (1876-1929), en la que docenas de miles de indios yaquis, pimas, mayos y ópatas fueron asesinados o deportados como trabajadores forzados al Yucatán, y ello a la par que consentía y alentaba el exterminio de los últimos apaches libres de América. La historia de estos últimos y del implacable acoso al que fueron sometidos por mexicanos y estadounidenses, contra los que mantuvieron una guerra a muerte, merece ser contada y recordada.
    14 octubre, 2021 | José Soto Chica | Universidad de Granada

    En septiembre de 1886 los jefes Gerónimo y Naiche se entregaban con sus escasos seguidores al general Nelson Miles del Ejército de los Estados Unidos y con ello se ponía fin oficial a las llamadas Guerras Apaches. Pero en lo más agreste de Sierra Madre, en las llamadas montañas Jaguar y en las demás serranías igualmente quebradas e inaccesibles que se alzan en los límites entre Sonora y Chihuahua, quedaron pequeños grupos de apaches que, refugiados en los bosques de coníferas, siguieron llevando una vida independiente y libre. Eran llamados apaches broncos, esto es, “sin domar”, y hasta sus hermanos de las reservas norteamericanas –chiricauas, tontos, mescaleros, jicarillas, aravaipas, lipanes, etc.– los temían. Pues los apaches broncos no se habían aculturado como ellos y seguían usando el arco y vistiéndose con pieles de venado. Cazaban ciervos y cultivaban pequeños huertos de maíz y calabazas. Puede que algunos de ellos fueran apaches lipanes y que otros tuvieran parientes entre los mescaleros y los chiricauas, pero a fines del siglo XIX los broncos constituían por sí mismos un subgrupo apache cuya principal seña de identidad era su feroz determinación a seguir viviendo libres, así como su refractaria tozudez a la aculturación. En efecto, a fines del siglo XIX y durante el primer tercio del XX, los broncos siguieron siendo guerreros temibles y, cuando los inviernos eran duros y la nieve los obligaba a bajar de las alturas en donde habían tenido que refugiarse, asaltaban ranchos, granjas y pequeños poblados. El mundo había cambiado, pero ellos no.

    Para esas pequeñas bandas de apaches broncos, los mexicanos o los estadounidenses no eran ciudadanos de países poderosos, sino vecinos molestos que les habían usurpado sus mejores tierras de caza y cultivo. Los apaches, divididos en diminutas bandas, no podían entender que los mexicanos de tal rancho o tal poblado formaran parte de la misma “banda” que los que habitaban a cien kilómetros del lugar. Por eso, podían llegar a convivir con algunos de sus vecinos, pero a la par hacer la guerra contra otros, sin tener conciencia alguna de que atacar a unos era desatar un conflicto contra todos ellos.



    Además, los apaches broncos no olvidaban. No olvidaban años, décadas de acoso y exterminio. El Gobierno mexicano venía pagando una prima por cabellera de indio bravo, hombre, mujer o niño, desde que se convirtió en un país independiente en 1821. Atraídos por esas recompensas, muchos ganaderos, pistoleros y hasta mercenarios, mexicanos y estadounidenses por igual, se habían dedicado durante todo el siglo XIX a una brutal y despiadada cacería humana fruto de la cual fue que hacia 1887 poco más de trescientos apaches siguieran viviendo en la Sierra Madre mexicana.

    Hay que reconocer que su integración era difícil. Los apaches, desde los días en que se vieron desplazados de las Grandes Llanuras por la presión de los comanches, habían constituído un pueblo belicoso y duro que veía a menudo a sus vecinos como una fuente de recursos. Todavía en la década de 1920, el “Indio Juan”, uno de los últimos jefes de los apaches broncos, gritaba a los desgraciados vaqueros y campesinos mexicanos a los que dejaba con vida tras robarles: “No os mato para que podáis seguir criando ganado para mí.” Evidentemente, este rasgo depredatorio de la cultura apache atraía el odio y el encono de la población mexicana y estadounidense que sufría las incursiones de los broncos y justificaba ante la opinión pública de la época que se les tratara de exterminar a toda costa

    Como fieras

    Como fieras. Así fueron tratados los apaches broncos y, justo es decirlo, así trataron a sus enemigos mexicanos y estadounidenses. A través de las noticias que los periódicos de Estados Unidos y México recogieron podemos ir esbozando su historia desde 1887 hasta su completo exterminio hacia 1940. Es una historia sangrienta y amarga.Los apaches broncos, recluidos en sus boscosas y casi desconocidas montañas, evitaban en lo posible el contacto con los mexicanos. De tanto en cuanto, sin embargo, una partida de guerra, espoleada por el hambre o por el deseo de venganza, bajaba de sus refugios serranos y realizaba larguísimas expediciones que a veces los llevaban hasta Texas, Nuevo México y Arizona, aunque por lo general solían limitarse a los territorios de los estados mexicanos de Chihuahua y Sonora. A menudo, el único indicio, la única evidencia de que tal o cual minero, trampero, viajero, ranchero o campesino había sido asesinado por ellos o de que el ganado de tal o cual rancho lo habían robado los apaches broncos, eran las singulares y extrañas huellas que dejaban sus caballos calzados con botines de piel de venado.

    La mayoría de estos apaches usaban rifles, pero también llevaban arcos y flechas. Por ejemplo, en 1892, un grupo de vaqueros norteamericanos que había sufrido el robo de ganado por parte de una partida de apaches broncos, persiguió y dio muerte a uno de ellos y comprobó que iba armado con un “excelente arco” y con una aljaba que contenía cuarenta flechas.

    Desde 1889 los apaches broncos pasaron a formar parte de una suerte de “psicosis colectiva y nostálgica.” Sus ataques eran puntuales y espaciados: un goteo diminuto de violencia en un área gigantesca que entre Estados Unidos y México sumaba más de un millón de kilómetros cuadrados y que se podría haber “disuelto” entre los innumerables actos de violencia que los propios ciudadanos mexicanos y estadounidenses de la época cometían, sino fuera por el exotismo, la fascinación y el encono que los apaches atraían sobre sí desde hacía generaciones. En efecto, entre 1889 y 1935, los apaches broncos mataron a unas trescientas personas en el área antes indicada, pero durante esos mismos años y en la misma región, Arizona, Nuevo México, oeste de Texas, Sonora y Chihuahua, las muertes violentas causadas por ciudadanos estadounidenses y mexicanos pueden contarse por millares. Pero, sin embargo, cada ataque apache, y la mayoría no pasaban de robos puntuales de ganado o causaban una o dos víctimas mortales, atraía la histérica atención de los periódicos y de los gobiernos locales y regionales, mientras que los asesinatos e incluso matanzas perpetradas por ciudadanos mexicanos o estadounidenses no merecían semejante cobertura.

    Así, el 2 de mayo de 1889 se reportaba que los broncos habían atacado una explotación minera cerca de Dee Creek, Arizona, capturando a un hombre al que habían herido y al que habían dado muerte torturándolo salvajemente mediante el horrible método de asarlo vivo sobre una estufa. Mientras que los días 30 y 31 de mayo de 1890 el diario Ephita de Tombstone, Arizona, publicaba la noticia de que diez apaches habían atacado a un grupo de agrimensores y que la misma partida de guerra, dos días más tarde, asaltó una caravana en la que dieron muerte a un hombre e hirieron a otro, completando su incursión en Arizona con el ataque lanzado el 24 de mayo, en los montes Chiricaua, sobre un reputado abogado local y su cuñado, dando muerte al primero y persiguiendo sin éxito al segundo. El Ephita de Tombstone aprovechó para clamar contra los apaches y denunciar la supuesta pasividad del Ejército estadounidense.

    ¿Pero qué podía hacerse? Ese mismo año, 1890, los apaches broncos realizaron más incursiones en Arizona y durante toda la década de 1890 atacaron establecimientos en todo el norte de México. Esta belicosidad apache se explica porque su territorio estaba siendo más y más limitado por los rancheros y granjeros euroamericanos. Por ejemplo, muchos colonos mormones se estaban mudando al norte de México y se establecían en las proximidades de los últimos asentamientos de los apaches libres. Estos se veían más y más empujados hacia las cumbres de las montañas más inaccesibles y sus recursos en caza y tierras fértiles disminuían obligándoles a depender más y más de las periódicas y ahora cada vez más frecuentes incursiones de saqueo.

    Por otro lado, los apaches eran guerreros despiadados: en septiembre de 1892, una partida de guerra de ocho broncos cayó sobre un rancho mormón, Cliff Ranch, a unos 50 km al oeste de Colonia Juárez, dando muerte a un hombre y a su anciana madre y robando el ganado y cuantos enseres domésticos lograron cargar.

    Un factor a tener también en cuenta es que los apaches broncos se veían a menudo reforzados por la llegada de apaches fugados de las reservas norteamericanas, algunos de ellos tan célebres como Massai o como el conocido “Apache Kid”. Estos “refugiados” solían guardar un fuerte rencor contra los blancos y un considerable desprecio contra los apaches que preferían seguir malviviendo en las reservas. De hecho, en cierta manera eran la prueba viviente para los broncos de cuál era el destino que podían esperar si cesaban en su guerra contra los euroamericanos. Quizá por todo ello, la hostilidad de los broncos y de los apaches norteamericanos que se les sumaron en la década de 1890 se dirigía también contra los apaches de las reservas de Arizona y Nuevo México, a los que hostigaban con frecuencia y que aprendieron a temerlos.



    Apache Kid (Haskay-bay-nay-ntayl) posa desafiante en el centro de esta fotografía tomada en la década de 1880, escoltado por Massai a su izquierda y un apache llamado Rowdy a su derecha. En su más tierna infancia, Haskay-bay-nay-ntayl (c. 1860-1894/1930) había sido capturado por los indios yuma, y posteriormente liberado por soldados estadounidenses. Al Sieber, jefe de exploradores del Ejército, acogió bajo su protección al por entonces adolescente, que unos años después se alistó como explorador indio, alcanzando el rango de sargento. Un desgraciado incidente truncaría su carrera y le empujaría a una vida de forajido que alternaría con periodos en prisión. Tras su última fuga, en 1899, Apache Kid se esfumó. Es en ese momento cuando su historia se trenza con la leyenda, y con el paso del tiempo sus supuestas fechorías se entretejen con las historias de los varios pistoleros que aseguraron haberle dado muerte y de los testimonios de los que juraban haberlo visto aún con vida. Fuente: Wikimedia Commons.

    Para 1896 los ataques de los apaches broncos de México habían causado tanto temor y revuelo que el 6 de junio de ese año los gobiernos de México y Estados Unidos firmaron un acuerdo que permitía a los ejércitos de ambos estados cruzar la frontera para perseguir a las partidas de guerra apaches.

    En aquel momento y muy particularmente, destacaban los ataques encabezados por “Apache Kid”, un antiguo explorador del Ejército estadounidense que había terminado por huir a México y que ahora encabezaba una banda mixta de apaches broncos de las montañas mexicanas y de refugiados aravaipas, chiricauas y mescaleros de Arizona y Nuevo México. Hartos de sus ataques, Estados Unidos y México destacaron fuerzas contra la banda de “Apache Kid” y contra otras partidas de broncos. Concretamente fueron enviados contra ellos un pelotón de Rurales mexicanos, y por parte de Estados Unidos, dos compañías del famoso 7.º de Caballería, su última misión contra los indios, apoyadas por un destacamento de exploradores apaches. En total unos trescientos hombres que, sin embargo, no lograron ni atrapar ni dar muerte a “Apache Kid” ni a su banda de salteadores.

    Pero al cabo, siempre en guerra, siempre perseguido, “Apache Kid” fue abatido en Nuevo México, en el cañón de San Juan, en 1907, por un grupo de furiosos ganaderos estadounidenses que habían organizado una “partida de caza” contra los apaches. Su muerte era la demostración de que, por duros y rebeldes que fueran los apaches broncos, antes o después, serían aniquilados.

    Pero mientras tanto, como si el siglo XX no pudiera con ellos, los broncos se aferraban a sus refugios montañeses y combatían con fiereza a cuantos se acercaban a ellos. Su historia, una historia olvidada, parece fuera del tiempo e imposible de estar sucediendo en el México y en los Estados Unidos de los felices años veinte y de la Gran Depresión de los años treinta. Si en aquellos años hubo unas verdaderas “uvas de la ira”, sin duda las cosecharon los broncos.

    Cazadores de apaches

    Lenta, pero inexorablemente, las hasta ese momento inaccesibles montañas de los últimos apaches libres se vieron violadas por exploradores, tramperos, mineros, ganaderos y granjeros en busca de riquezas, una vida mejor o, simplemente, aventuras y emociones fuertes. Los apaches broncos llegarían a ser objeto de lo que hoy llamaríamos “turismo de riesgo” y eso, si cabe, hace todavía más patético y terrible su final.

    Así, por ejemplo, en 1929, H. White, un explorador y buscador de oro estadounidense guió a una partida de vaqueros hasta el corazón de las montañas Jaguar, el último santuario de los apaches broncos y asaltó su campamento principal. Los sorprendidos apaches se retiraron a los bosques circundantes y vigilaron a sus atacantes. White contó unas cuarenta y cinco chozas junto a un fuerte de adobe y tras recoger algunos objetos del abandonado poblado, se retiró ante el temor de que los apaches los cercaran. Según su informe, ampliamente replicado, los apaches broncos contaban aún con unos sesenta y cinco guerreros. De ser así, el grupo contaba con entre ciento ochenta y doscientos miembros.

    La expedición de White tenía como principal objetivo proporcionar a sus participantes la emoción y la celebridad de los “auténticos combatientes de indios”. No era barato conseguir formar parte de una partida que se adentrara en las montañas de la Sierra Madre Occidental en busca de los últimos apaches libres. Pero la expedición de White también era en cierta medida una respuesta a las incursiones apaches en territorio mexicano y estadounidense llevadas a cabo incesantemente por los broncos durante la década de 1920. En efecto, tras una década, la de 1910, en la que se reportaron pocas incursiones apaches, en la de 1920 estas se multiplicaron.



    Reservas y contexto geográfico del norte de México y sur de Estados Unidos donde moraron los últimos apaches broncos. Pincha en la imagen para ampliar. © Desperta Ferro Ediciones

    Durante sus últimos años, los apaches broncos seguían divididos en varias bandas, aunque dos de ellas, las encabezadas por el llamado “Apache Blanco”, un misterioso renegado anglonorteamericano, y la del “Indio Juan” se hicieron especialmente célebres por sus violentas correrías en Sonora, Arizona y Nuevo México. Así, por ejemplo, en 1924 la partida del “Apache Blanco”, formada por tan solo seis guerreros, cruzó la frontera y robó ganado en un rancho de Nuevo México, dando muerte, además, en otro rancho, a un vaquero. Los apaches broncos fueron perseguidos hasta las montañas mexicanas por un grupo de vaqueros norteamericanos que no lograron atraparlos.

    Sus últimos refugios, los de las montañas Jaguar, se veían cada vez más estrechados por el crecimiento de la colonización del área. Las comarcas de Bavispe y Nácori Chico, en los límites de Sonora con Chihuahua, fueron a menudo el escenario de sus últimas correrías en las que destacó por su crueldad el “Indio Juan”.

    Estas incursiones apaches causaron varias docenas de víctimas durante la década y culminaron en 1930 cuando un grupo de apaches, que según se decía iban encabezados por un nieto de Gerónimo, atacó cerca de Nácori Chico a un grupo de vaqueros y mató a tres de ellos.

    Ataques como el arriba mencionado provocaban las correspondientes expediciones de represalia mexicanas. A veces esas expediciones eran oficiales y otras las encabezaban particulares. Una de estas últimas fue la que capitaneó un ranchero de los alrededores de Douglas, Arizona, Francisco Fimbres, quien hacia 1925 se adentró en la sierra con dos de sus vaqueros con los que sorprendió a un poblado apache dando muerte a algunos broncos, recuperando parte del ganado robado y capturando a una niña que resultó ser una bisnieta de Gerónimo y que fue adoptada por la familia de Fimbres, que la bautizó como Lupe.

    Pero la frontera había sido siempre tierra de venganza y lo siguió siendo hasta el último de sus días. En octubre de 1927, una partida de guerra apache bajó de las montañas, cruzó la frontera y cayó sobre el rancho de Francisco Fimbres degollando a su mujer, dando muerte a uno de los hijos mayores del matrimonio y llevándose como cautivo al menor. Ojo por ojo.

    El ataque al rancho de Fimbres fue para los apaches broncos el comienzo de su fin. Francisco Fimbres resultó ser un hombre consumido por el deseo de la venganza y a ella dedicó su vida y su dinero. Contrató pistoleros estadounidenses y alistó a sus vaqueros y con este “ejército privado” batía incansablemente las montañas en busca de la banda apache que había raptado a su pequeño y matado a su mujer y al mayor de sus hijos.

    No solo apaches, Fimbres también acosaba a los escasos yaquis que aún no habían sido exterminados o deportados por el Gobierno mexicano. Así, el 12 de febrero de 1931, desde Ciudad de México se reportaba la siguiente noticia publicada en el Arizona Daily Star de Tucson, con el siguiente titular en grandes letras: “FIMBRES TIENE ÉXITO EN CAMPAÑA YAQUI.“ y que decía así:

    «Despachos de Guaymas informaron hoy de que Francisco Fimbres había entrado a caballo en el pueblo con tres cabelleras de indios Yaquis como evidencia del éxito de su larga campaña de venganza contra los indios que mataron a su mujer y a su hijo hace tres años. Fimbres dijo que él había seguido la pista de la banda hasta las montañas y había matado a tres de los guerreros. Ha sido su segunda expedición de venganza y ha durado varios meses. Dijo que pensaba que los indios aún mantenían cautivo a su otro hijo.»

    Guaymas, Sonora, está a unos 600 km al sur de Douglas y a más de 400 km de los refugios de los apaches broncos. Fimbres conocía bien el territorio y debía de saber sin lugar a dudas que no hallaría apaches broncos en Guaymas, sino yaquis, y sabía lo suficiente de indios como para tener plena conciencia de que los yaquis no habían tenido nada que ver con el asesinato de su esposa e hijo mayor, ni con el secuestro de su pequeño. Aun así, nadie pidió explicaciones a Francisco Fimbres por el asesinato de los inocentes y desgraciados yaquis. La venganza de Fimbres era indiscriminada: simplemente, odiaba a todos los indios y los perseguía y mataba allí donde podía hallarlos y la gente, tanto los estadounidenses de Arizona como los mexicanos de Sonora, aplaudían y admiraban sus “cacerías” y su determinación por vengarse.

    Francisco Fimbres atrae nuestra piedad por su desgraciada historia y al mismo tiempo, su implacable venganza nos asombra por su crueldad. Los yaquis, por ejemplo, no poseían una cultura depredatoria como los apaches. No lanzaban incursiones de saqueo contra sus vecinos si no eran atacados y su único crimen era el de haber constituido, junto a otros grupos como los mayos o los ópatas, pacíficas y prósperas comunidades que no consintieron en plegarse sin más a las disposiciones del Gobierno que los privaban de parte de sus tierras o que favorecían descaradamente los intereses de los grandes propietarios mexicanos que expoliaban las tierras indígenas.




    «Indios yaquis linchados por mexicanos», dice la leyenda que acompaña a esta macabra fotografía tomada en torno a 1900. Este pueblo, oriundo del territorio del estado mexicano de Sonora, sufriría la continua hostilidad del Gobierno, la sustracción de sus tierras y su deportación masiva como fuerza de trabajo al Yucatán. En 1910 este pueblo apoyó activamente la Revolución mexicana con la promesa de que sus tierras les serían restituidas, pero de nuevo fueron engañados y no se puso fin al acoso de Gobierno y colonos hasta los acuerdos suscritos por el presidente Lázaro Cárdenas a finales de la década de 1930. No será hasta una fecha tan reciente como septiembre de 2021 cuando un presidente de Gobierno mexicano, Andrés Manuel López Obrador, pida perdón y condene «las guerras de exterminio» de pueblos indígenas llevadas a cabo por el Porfiriato.

    Fuente: Library of Congress.

    ¿Por qué entonces atacar a los ya de por sí acorralados yaquis? La respuesta es desalentadora: porque se podía. Se podía matar indios que hubiesen sido señalados como “bárbaros” o “bravos” y para un hombre desquiciado por el dolor y el deseo de venganza, como lo era Fimbres, eso era suficiente. Lo que se debe de denunciar es ante todo que un Gobierno supuestamente moderno, como lo era el del México surgido de la revolución, lo permitiera.

    Para 1930 Fimbres no solo contaba con una veintena de hombres armados a su servicio, sino que había logrado el apoyo de influyentes hombres de negocios estadounidenses de Douglas, Arizona, y con su ayuda dio pie a una disparatada campaña publicitaria que recorrió todos los Estados Unidos promocionando abiertamente la que fue denominada como “la última cacería de apaches” y como “la última oportunidad de penetrar en las últimas regiones vírgenes e inexploradas de México”. Con semejante campaña en los medios de comunicación de la época, no es de extrañar que se reunieran más de un millar de “cazadores” estadounidenses equipados con las armas más modernas y asistidos incluso por una avioneta que debía de localizar desde el aire los campamentos apaches para señalizarlos y conducir hasta ellos a los “cazadores”.

    El Gobierno mexicano, alarmado por el número de estadounidenses armados que entraba en su territorio, terminó abortando aquella “cacería” pero a la par, apoyó a Francisco Fimbres en sus expediciones contra los apaches broncos dotándolo de cobertura oficial y facilitándole medios.

    El exterminio de los últimos broncos de Sierra Madre.

    Fue así como en marzo de 1931 Francisco Fimbres volvió a internarse en las montañas en busca de los últimos y acosados apaches libres. En marzo tendió una emboscada a una partida y mató a tres guerreros a los que arrancaron el cuero cabelludo. Con sus cabelleras posaron, días más tarde, para un fotógrafo del Daily Star de Arizona, que publicó a bombo y platillo la imagen acompañándola de una melodramática crónica en la que se resumía la particular guerra de Fimbres contra los apaches:

    «Trayendo consigo la sobrecogedora evidencia de que una sombría venganza ha tenido lugar, Francisco Fimbres, ranchero asentado cerca de Douglas, Arizona, ha regresado de las regiones salvajes del norte de México, con las cabelleras de tres indios apaches a los que Fimbres y su expedición mataron mientras buscaban a su hijo secuestrado hace tres años y mantenido como prisionero por los indios. La esposa de Fimbres fue asesinada por los indios cuando estos huyeron con el niño. Esta es su segunda expedición de venganza y aquí aparece (arrodillado, a la derecha) con sus macabros trofeos y con parte de su fuerte banda. Fimbres cree que el niño, ahora de unos ocho años de edad, sigue todavía con vida.»


    La fotografía, publicada en la página 6 del Daily Star del 13 de marzo de 1931, es impactante y ocupa la parte superior de la página. En ella podemos ver de pie, con sus modernos rifles de repetición apoyados en el suelo, a diez de los pistoleros al servicio de Francisco Fimbres. Todos ellos posan orgullosos y apuestos, como si en vez de haber estado acechando y asesinando a seres humanos, hubiesen estado en la Sierra Madre occidental cazando venados o antílopes. Fimbres, en el centro de la fotografía, está arrodillado, y exhibe sus recién cobradas cabelleras apaches, mientras que en cuclillas y a la izquierda, otro de sus hombres posa junto a un niño apache capturado por Fimbres en su expedición y que fue separado a la fuerza de su familia, puede que asesinada, para ser entregado a una familia mexicana.

    El periódico confundía algunos datos, por ejemplo, situaba el ataque apache al rancho de Fimbres en 1926 cuando realmente tuvo lugar en octubre de 1927, pero el éxito de su noticia, replicada en otros medios, muestra hasta qué punto era popular Francisco Fimbres y, sobre todo y de forma más siniestra, hasta qué punto, en plena década de 1930, pervivían las aptitudes de rechazo, exterminio, racismo y demonización esgrimidas por estadounidenses y mexicanos contra los indios y, muy particularmente contra los no sometidos y aculturados, así como hasta qué grado esas aptitudes eran no solo admitidas y reconocidas públicamente y sin pudor, sino también aplaudidas, tanto en los democráticos y capitalistas Estados Unidos, como en el revolucionario y socialista México.




    Francisco Fimbres y sus vaqueros posan con sus macabros trofeos (fotografía restaurada y coloreada por Federico Caracuel Armada). Abajo, página 6 de la edición del Arizona Daily Star del 13 de marzo de 1931 en la que fue publicada la fotografía y la crónica de la cacería humana de apaches de Fimbres, bajo el título «Padre vengativo regresa con cabelleras indias». Pincha en la imagen para ampliar.

    Y la cacería continuaba. Ese mismo año de 1931, Fimbres volvió a penetrar en Las montañas y esta vez logró hallar a la partida del “Indio Juan” sorprendiéndola y dando muerte a este último y a dos docenas de apaches entre guerreros y mujeres. Los supervivientes, en venganza y durante su huida, dieron muerte al cautivo hijo de Francisco Fimbres. El ranchero juró continuar con su venganza hasta dar muerte al último apache de Sierra Madre

    Mientras, el Gobierno mexicano llevaba a cabo su propia política de exterminio. De forma encubierta contrató a varios “cazadores” y así, lenta pero inexorablemente, fueron cayendo los últimos broncos. Al cabo, el propio Francisco Fimbres formó parte de esos “cazadores gubernamentales”, logrando así la aniquilación de la principal banda de apaches broncos.

    Para 1934, el antropólogo estadounidense Greenville Goodwin calculaba que no debían de quedar más de una treintena de apaches broncos. En una carta que escribió ese mismo año a su colega, el doctor Opler, reflexionaba así sobre el inexorable destino de los apaches libres: “Están librando una batalla perdida en México y solo es cuestión de tiempo que sean exterminados.” Tenía razón.

    Goodwin trató de contactar con los últimos apaches libres pero estos, en palabras del antropólogo, eran “tan primitivos” y tan desconfiados y belicosos que ningún hombre blanco podría acercarse a ellos con vida y en cuanto a los apaches de Arizona y Nuevo México que colaboraban con Goodwin, “Ninguno se atreve a aproximarse a ellos, pues les tienen mucho miedo.”

    Se podría haber intentado una aproximación a los apaches broncos? ¿Se podría haber contactado con ellos y haberles dado la oportunidad de sobrevivir como pueblo? Por los mismos años, en Brasil, el coronel Rondón lo hizo con tribus no menos belicosas y hostiles que los apaches broncos. Todavía hoy se hace con algunos grupos “no contactados” en Brasil, Perú, Paraguay o Ecuador. Pero en el México de los años 30 faltó la voluntad política de hacerlo y sobró hipocresía y violencia.

    Así que Goodwin tenía razón: los apaches libres estaban condenados. El año anterior, 1933, una partida de rancheros mexicanos había tendido una emboscada a una banda de apaches broncos y mató a dos docenas de ellos. Los asesinos advirtieron entonces que la mayoría de sus víctimas eran mujeres y niños, pues pocos guerreros quedaban ya entre el pueblo de los apaches. Los rancheros se llevaron con ellos a tres bebés que fueron adoptados por familias mexicanas. Otra superviviente de la matanza, una niña adolescente de doce o trece años, fue capturada días más tarde y encerrada en la cárcel del pueblo de Nuevo Casas Grandes en donde la niña, a quienes los campesinos contemplaban por los barrotes de la celda como si fuera una fiera, cayó en una fuerte depresión y se dejó morir de hambre y sed.

    La treintena de apaches que seguían vagando libres por los bosques más recónditos de las montañas y los despeñaderos más apartados no hallaron, sin embargo ni piedad, ni reposo. Cada vez que los vaqueros mexicanos avistaban a uno le disparaban y las cacerías de apaches eran todo un acontecimiento permitido y alentado por el Gobierno.

    En noviembre de 1935, obligados por las fuertes nevadas de aquel año, una pequeña banda de apaches broncos bajó de Sierra Madre y fue emboscada por Francisco Fimbres y sus cazadores, que dieron muerte a todos: dos guerreros y ocho mujeres.

    Aún quedaron, aislados, acosados, solitarios, aquí y allá, algunos broncos. Fueron cayendo durante los siguientes años. Para 1940 los bosques de las montañas Jaguar estaban en silencio. El único testimonio que quedaba de la libertad de los apaches broncos era el de sus abandonados huesos. El último pueblo indígena libre de México había sido total y sistemáticamente exterminado en pleno siglo XX.

    Bibliografía

    • Arizona Daily Star: jueves 13 de febrero de 1931 y viernes 13 de marzo de 1931. Tucson, Arizona. El periódico se sigue publicando hoy día bajo la cabecera de Tucson.com.
    • Chicago Tribune: 27 de julio de 1997: «Ghosts of a Vanished Frontier.” Con testimonios de un sobrino de Francisco Fimbres, Pedro Fimbres, y de un anciano de 82 años que vivió las últimas expediciones contra los broncos.
    • Flagler, Edward K. (2006): “Después de Gerónimo:los apaches broncos de México.” Revista española de Antropología americana. Vol. 36, pp. 119-128.
    • Meet, Douglas V. (1993): They Never Surrendered: Bronco Apaches of the Sierra Madre, 1890-1935. Tucson.
    • Opler, Morris E. (ed.) (1973): Grenville Goodwin among the Western Apache. Tucson.
    • Worcester, Donald E. (2013). Los apaches. Barcelona.
    • Roberts, David (2008): Las guerras apaches. Barcelona.





    https://www.quenotelacuenten.org/202...-a-los-indios/


    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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