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Tema: Apuntes Socieconómicos Hispanoamérica XVIII

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    Avatar de Ordóñez
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    Apuntes Socieconómicos Hispanoamérica XVIII

    He intentado poner esto que he escrito directamente del diskette pero no me deja. En el Foro Carlista sí entró sin problemas, así que lo copio y lo pego de allí :


    APUNTES

    SOCIOECONÓMICOS DE LOS

    VIRREINATOS DE LA NUEVA

    ESPAÑA Y

    LA NUEVA CASTILLA

    -SIGLO XVIII-



    PRÓLOGO :



    En vista a que uno es compasivo y, por lo tanto, no obliga a nadie a adormecerse con sus escritos, esta vez, haciendo un ejercicio, quizá de chulería, me he decidido por mi propio pie a realizar el prólogo :



    Un servidor de ustedes trata de exponer, de mejor o peor manera, lo que mismamente he titulado : Unos APUNTES SOCIECONÓMICOS DE LOS VIRREINATOS DE LA NUEVA ESPAÑA Y LA NUEVA CASTILLA EN EL SIGLO XVIII . No es una tarea fácil, e, historiográficamente, no se ajusta demasiado a la justicia, debido a los límites de las generalizaciones y del espacio.


    Por mi deformación académica, me veo obligado a trabajar con datos y conceptos que si bien no me simpatizan demasiado, me veo obligados a transmitir, como me los han transmitido a mí, por la obligación del rigor. En el tema de los conceptos, como verán mis sufridos lectores, introduzco muchas comillas; pues es que uno no concuerda mucho para con lo que la Historiografía oficial acostumbra…..


    Debido a mi nula capacidad de aprendizaje y al nulo talento del profesorado, puedo decir, no sin orgullo, pues así están las cosas, que en estos años de Universidad no he aprendido casi nada. La honrosa excepción la he encontrado en el Departamento de Historia de América que, al calor del Archivo de Indias, y en su proximidad con la Catedral y lo que fue la Casa de la Contratación ( Hoy edificio de la Diputación de Sevilla ), bajo aquellas pedregosas calles que tienen fácil comunicación con el Rectorado ( La Antigua Fábrica de Tabacos que aún en su decoración conserva la seña identitaria de esta tierra, como lo fue la imperialidad de castillos y leones a través de San Fernando III, tan bien plasmado en la vidriera de la Capilla de la Antigua de la Catedral Gótica más impresionante del mundo…..); en esas asignaturas, con excepciones claro está, me he encontrado profesores entusiasmados con que sus alumnos aprendieran. Mi triste figura, pues, ha encontrado un aliciente en sus estudios a través de una historia apasionante, y que desde muy niño me ha llamado. No sabe uno si el Ultramar le llama, quizá consciente porque tuvo uno un bisabuelo que fuera Alférez y Teniente en las Islas Filipinas, Don Felipe Becerril Vela, oriundo de Pilas ( Sevilla ); o si es que uno, al verse imbuido con naturalidad de sevillanía a través del barroco y del romanticismo tardío, acude a esa imperialidad desde la mismísima Puerta de Indias como fueron los puertos de este ya fallecido Reino. Vayamos todos a saber….Lo que sí sé es que, dentro de mi inútil carrera, ha sido América el tema de mi mayor entusiasmo y análisis; y quien sabe si allí irá en ligazón mi destino…..


    No requerirán ustedes de opinión mía alguna; no obstante, yo a dársela voy; total, soy caprichoso, para qué nos vamos a engañar…. :

    El siglo XVIII comienza muy mal para España; quizá no mucho peor de lo que había terminado el siglo XVII con los “ Austrias Menores “. Tras un desastroso reinado de Carlos II, conocido como el “ Hechizado “; hombrecillo con serios problemas físicos y mentales; un testamento dudoso que ciertas Cortes de Las Españas no reconocen será la punta de lanza de lo que será conocida como “ Guerra de Sucesión Española “. La España soberbia y altanera, que en su más modesta generosidad había derramado su sangre en pro de la Unidad Cristiana de Europa y de la Conquista Terrenal y Espiritual Dios mediante del Nuevo Mundo, se ve asaltada en su mismo y antiguo solar por las emergentes potencias que ya la asolaban a base de piraterías y demás malas artes.


    Utrecht viene a designar, pues, un nuevo mapa político dentro de unas aspiraciones ya muy definidas y que desembocarán, por “ lógica “, en la plena consecución del liberalismo. Austria, la cabeza visible de la Tradición Católica Romana en su proyección germana, y bastión inexpugnable en el Centro de la Europa y con miras hacia el Este del antiguo Sacro Imperio Romano-Germánico; ve ya muy pausadamente como, tras la plenitud de las herejías y la venida de Westfalia, el Imperio Tradicional en esa Europa de la Cristiandad que reposaba sobre su Misión Espiritual Conquistadora hacia el Orbe se resquebraja. Al perder ante los Borbones, pues, se refugia en esa centroeuropea y apocada intimidad, forjando un Imperio hacia la Europa Oriental. Los Estados Alemanes pierden ya todo el sentido de unidad. España y Austria se van alejando y sus lazos de antigua hermandad se diluyen como los azucarillos en los cafés. España poca hermandad tendrá ya en la Vieja Europa; más bien, una losa pesada que se destapará del todo con el bonapartismo…..


    Y, en este contexto, Las Españas se ven abocadas hacia un servilismo repugnante; servilismo que conlleva en su propio seno tras el triunfo borbónico. Ideas extranjerizantes son las que culminan, como la pronta uniformidad estatalista. En política exterior, los intereses franchutes primarán, cuando no dominarán, sobre todas las cosas. La Borgoñona Cruz de San Andrés se va sumiendo en un profundo letargo, mientras que los Tercios son sustituidos por regimientos “, y los fueros de las regiones de la Corona Aragonesa, sustituidos por los Decretos de Nueva Planta. Felipe de Anjou y sus vástagos mantienen esta política particularmente “ rencorosa “; por el hecho de que la nobleza y las milicias de esta parte concreta y señera de la Hispanidad, en especial el Principado de Cataluña y el Reinado Valenciano, inclináronse hacia el bando austriacista en la “ Guerra de Sucesión “. Ello no quiere decir que el 100 % de los castellanos ( Pues ya “ Castilla “ como que engloba desde Galicia hasta Tarifa….Cosa que en absoluto es cierta; pero esa es otra historia….) fueran radicalmente borbónicos ni que el 100 % de los hijos del Reino Aragonés fueran radicalmente austriacistas; es algo bastante más complejo, pero se ve que desde Anjou no lo entendieron así. A algunos les resulta curioso que Felipe V muriera loco como una regadera; a mí me parece una consecuencia muy lógica. Para gustos los colores, que se dice; aunque, sin embargo, acuñamos frecuentemente la acepción “ mal gusto “. Contradicciones de la vida, supongo…..



    Con todo, sería muy fácil y comodón echarle toda la culpa de la decadencia hispánica a los Borbones, pero desde luego, no sería justo.


    Para un servidor de ustedes existe un antes y un después; quizá ya previsto por Felipe II cuando decía de su hijo “ temo que me lo gobiernen….”; el ya mismo sistema de los “ validos “….Cuya cara más triste la cristalizan una esperpéntica triada : El Conde-Duque de Olivares, Pau Claris y Richelieu. Hablamos pues de la separación de Portugal ( Que bien que nos costó y la deseamos….) y del robo del norte del Principado Catalán…..


    El poco respeto por las disposiciones del Papado se refleja en el triunfo del “ Mare Libervm “ de Grotivs y, por consiguiente, Las Américas entendidas no ya como el triunfo de la Misión Conquistadora; de Las Españas en particular y de la Latinidad en general como máximas defensoras de la Catolicidad triunfante; sino como un inmenso mundo a explotar y disfrutar. Esa mentalidad “ colonial “ irá embadurnando a los Borbones, que, con unos políticos tan impotentes o más que ellos, van destrozando el sello imperial que relucía en Las Indias Occidentales a través de la Causa Virreinal; impresa en la Nueva España y la Nueva Castilla. Virreinatos que irán siendo desgajados y que, con el tiempo, se separarán de su Madre Patria. Las Españas venían, pues, desde los albores del Barroco peleando con unos piratas ( Pues de guerreros con honor poco demostraron ) sin escrúpulos; mientras había contenido al islamismo más sangriento ante las puertas de lo mejor del Viejo Continente y le había dado duro a la judería; en otros, es la judería el pilar nacional y van al timón de lo que el español descubre, conquista y evangeliza. En el mundo animal, puede recordar quizá esa actitud a la de la hiena…..Los dineros se resentían y las fuerzas flaqueaban ante tanto enemigo en tan vasto espacio. Y ya pues, el siglo XVIII es consecuencia plena de nuestra decadencia. El remate de la faena, hablando en plan taurino. ( Sin premio, por favor, gracias )


    Luego vendrá el “ emancipacionismo “ que hasta algún patriota hispanoamericano puede “ justificar “….Como aquí se justifican los “ nacionalistas antiespañoles “ o Ramiro Ledesma justificaba y apremiaba las revoluciones liberales e incluso la revolución soviética…..Emancipacionismo dirigido, sobre todo, por y para la Francia y la Gran Bretaña, con las garras de la judeomasonería como principal estandarte. Después del ya esquilmado mapa borbónico, surgirán naciones donde no las había. Los distintos militarotes, más de uno afiliado a la masonería en España, como Bolívar o Miranda, se enzarzarán en disputas internas feroces; y la lucha será cruenta con los realistas; siendo grandes bastiones de esta noble causa ( Por encima de reyes incompetentes y de políticos corruptos ) los Llanos de la Venezuela, la Banda Oriental del Uruguay, el Perú y su Alto Perú. Un San Martín dudosamente monárquico incorpora al blasón de la Inmaculada el Inti Inca; e incluso para atraerse a cierta causa “ indigenista “, ofrece la “ restauración de una monarquía incaica “…..El resultado para él no pudo ser más decepcionante; por lo cual emprendió una lucha cruel contra el Perú principalmente, que muchos “ justifican “ en base a las crueldades peruanas…..



    Con todo, todo ello no sería posible sin un riguroso estudio del siglo XVIII, desde que comienza hasta que termina.


    No creo en la Leyenda Negra; es decir, que no soy como la inmensa mayoría de mis compatriotas, que desde siglos ha, como bien recogió Ramiro de Maeztu en Defensa de la Hispanidad; acompañan en su culpa por el triunfo del desarraigo/hispanofobia y por el arrodillamiento ante lo extranjero; mientras más malo mejor. Pero ello no quiere decir que yo quiera fundar una “ leyenda rosa “; “ leyenda rosa “ que no creo que haya existido; ni que mis propios padres conocieran durante los no pocos años de la dictadura del General Franco. Lo que sí va siendo hora es de reconocer nuestro papel ante la Historia.


    Como patriota tradicional, y por ende, hispanista de este siglo XXI, me repugna, al hilo de todo esto, es que en Sevilla haya notorias placas y/o monumentos a Simón Bolívar, José Martí o San Martín; mientras caen en el olvido figuras como José Tomás Boves, Liniers, Elío, Antonio Navala Huachaca o el Cascorro…..Todos ellos son, en cierto modo, dentro de su bando, la consecuencia señera de lo que este siglo nos deparó y cómo nos entrega el siglo XIX; ante una España desestructurada por la invasión napoleónica ( Consecuencia lógica y que hubiera festejado más de un borbónico francés desde el siglo XVI ), coto privado de un rey incompetente que provocó todo lo que ya conocemos….Y como no hay mal que por bien no venga; nace y se desarrolla el Carlismo…..Y qué es el Carlismo, por encima de otras muchas cosas, sino la respuesta social del innato patriotismo hispánico……


    Es triste comprobar cómo los hispanos, en multitud de ocasiones, cuando nos guía más el rencor, tendemos a justificar lo injustificable. Y de cómo es, por encima de todo, la Luz de la Fe Católica la que nos guía por nuestro común destino; y no “ Castilla “; y semejantes teorías estatalistas fracasadas. Nada más antipática a la esencia hispánica que el estatalismo; y nada más falso que atribuir a Castilla la unidad de España; unidad que existe siglos antes de existir Castilla, unidad que se forja antes de existir Castilla, y unidad que se construye, o mejor dicho, reconstruye, con una Castilla a la sombra de los caracteres sociopolíticos y de la idea imperial que, principalmente por las Coronas de León, Portugal y Aragón van premiando. Una Castilla orgullosa y sana, apegada al fuero de villa y tierra, que conectará honradamente con las Provincias Vascongadas y que aportará muchos hijos a las grandes empresas hispánicas; todo hay que exponerlo. Algún castellano tendrá culpa del “ castellanismo medular “ del que hasta los masones jacobinizantes tomaron como bandera; pero no Castilla. No obstante, como “ Castilla “ es un término que aparece en abundante-y no muy verdadera-bibliografía hispanoamericana; creo necesario recalcar el asunto.


    El principio de Las Américas se basa en multitud de reinos, y sobre todo, por la médula gloriosa del sudoeste español, desde la Extremadura de León hasta los extremos del Reino de Sevilla; amén de otros muchos acompañamientos. Las mismas Islas Canarias están en íntima ligazón con ello; y no se entienden sin la intrepidez del Reinado Sevillano; sin el Puerto de Triana o el Condado de Niebla; éste último, dando sus Reyes…..El siglo XVIII será, sin embargo, la confirmación centralista de lo que ya en el barroco muchos falseaban con “ Castilla “. Las Indias Occidentales no constituirán, conceptualmente, una excepción. Y, sin embargo, políticamente, la debilidad de las “ élites “ las irá menguando injustificadamente; hasta deshacer por completo toda una Tradición Imperial de Conquistadores y Fe en Comunidad. Paradojas de la Historia, como de la vida….


    Los que ya conócenme saben que no soy muy dado a incorporar bibliografía; no por apología de la injusticia, sino más bien por despiste, cosa innata en mi triste figura. Pues bien, ahora sí que la incorporo. “ Bibliografía “ no ortodoxa, pues no sólo se trata de obras que se remitan al respecto, sino de la amplitud del pensamiento y de otros medios que me han ido formando en algo, por poco que sea.


    También quisiera dejar claro que me gusta especificar en el esquema dual virreinal; más que nada, por la falta de datos que me acucian con respecto a la entereza del Reyno D Yndias; en el cual incluir podríamos al Brasil y a las Filipinas.


    No deseo una política “ neocolonial “; y, visto lo visto, quizás tampoco sería muy prudente el reclamar de nuevo un Imperio en Ultramar….Me conformo, acaso, con el resurgimiento de la Hispanidad como concepto, sentimiento, idea y Fe, acá y allá, por la Justicia y por la Historia. El Hispanismo como una firmeza irrenunciable; y, sobre todo, frente a los dos principales monstruos que tenemos que soportar bajo la atenta mirada del mundialismo : La judeomasonería y su demoliberalismo, y el islamismo. La Tradición Hispánica como bandera de un sentimiento imperial común que, por el momento, y sin dármelas de visionario, será nuestro eje de salvación, y quien sabe si en un futuro el reconquistador del espíritu para tan tamañas gestas…..


    Y desearía que no me tomen bien por “ borbónico “ bien por “ austriacista “ porque no soy ninguna de las dos cosas. Al menos, puedo asegurarles que rechazo radicalmente el “ legitimismo “ afrancesado-fetichista. Con esto, añado que no digo que el Archiduque Carlos de Austria hubiera sido mucho mejor que Felipe de Anjou; aunque peor es difícil hacerlo; todo hay que decirlo.


    Les deseo una buena lectura. Ah, y antes que nada, no olviden, amén de supervitaminarse y mineralizarse, que yo soy mi más feroz y deslenguado crítico.


    Un saludo en Cristo Rey.





    - La Minería :


    La minería constituyó todo un eje articulador de la economía de las Indias Occidentales. Fue el motor del proceso creativo de un nuevo ámbito mercantil y división del trabajo.


    Los metales preciosos, especialmente la plata, fueron el principal de los recursos exportables por la economía hispanoamericana, y aquel por el cual la metrópoli había manifestado mayor empeño.


    El drenaje de la plata americana hacia la Europa determinó el funcionamiento del sistema de transportes y de relaciones comerciales, organizado desde el siglo XVI, bajo el sistema de puerto único, con sede primero en Sevilla y, a partir del 1717, ya en plena época borbónica, en Cádiz. Directa o indirectamente, los ingresos básicos de Las Españas en Ultramar-quinto real, tributo, alcabala, almojarifazgo-dependían de la producción minera. En el primero de los casos citados de un modo directo; en los restantes, en función de la capacidad de generar renta como resultado de los procesos de especialización agrícola y ganadera, estimulados por el mercado minero.


    Los distritos mineros de Méjico y del Perú continuaron aportando la mayoría de la plata beneficiada en el Nuevo Mundo. En la Nueva España, la producción argentífera pasaría por un trío de coyunturas distintas, que se sucederían dentro de una tendencia general hacia el crecimiento : A una etapa inicial, que podría extenderse hacia el 1760, de alza sostenida en las acuñaciones, seguiría una década de estancamiento, durante la cual la producción media descendió, para iniciar en los años 70-del XVIII, se entiende-un nuevo periodo expansivo que finalizaría a comienzos de la segunda década del siglo XIX. A finales del XVIII, la producción platera novohispana representaba todo un 60 % de la producción mundial. Si bien las explotaciones mejicanas se habían caracterizado por unos niveles de productividad inferiores a los del Alto Perú-lo que hace tiempo los sanguinarios masones llamaron “ Bolivia “….-, esto es, 100 marcos de plata por quintal de azogue, frente a 150-200; originados por la menor calidad de las minas, y por dificultades técnicas en la extracción, estos problemas superaríanse en la centuria que nos ocupa gracias a una serie de factores de índole muy diversa, que contribuyeron al relanzamiento de la minería novoespañola.


    Cabe la necesidad de hacer referencia a las mejores técnicas introducidas en el laboreo minero y el correspondiente beneficio argentífero : La difusión del uso de la pólvora en las excavaciones de galerías, la generalización del sistema “ del patio “ o amalgama del mercurio, y el uso del “ arrastre “ en el triturado del mineral, constituyeron aspectos concretos en este sentido. En gran medida, la política de apoyo desplegada por la administración imperial ( Con los Borbones se adopta una mentalidad más “ colonial “ por así decirlo, al estilo franchute, que es su origen ) contribuyó a difundir algunas de estas técnicas.


    Durante el último tercio de siglo, la administración borbónica intentó esforzar la regulación del sector, promulgando unas nuevas Ordenanzas en el 1783, reorganizando el Cuerpo de Minería como órgano supuestamente representativo de los intereses mineros dentro de la sociedad imperial, y dotándolo de un Tribunal General, con competencia judicial. Las Ordenanzas concedían al Cuerpo de Minería ¾ de real por marco de plata beneficiado con la intención de crear un fondo que pudiera destinarse, por un lado, a la creación de una Escuela de Minería, y por otro, a financiar el Banco de Avío, que debía resolver los problemas de liquidez de los empresarios mineros.


    De un modo singular, quizá la reducción de los costes laborales debiera influir decisivamente en la recuperada rentabilidad de los yacimientos del Virreinato de la Nueva España. La población de distritos mineros como Zacatecas y Guanajuato creció a un ritmo superior al del conjunto poblacional mejicano, contribuyendo a la estabilización de la esfera laboral, en un momento de incremento de la demanda de brazos. Si tenemos presente que el trabajo asalariado representaba, a comienzos de este siglo, un 68 % de la mano de obra ocupada en las minas, no hay duda de que la caída del salario real compensó, en el terreno de los costes comparativos, otros problemas de la minería novohispana.


    * No es servidor muy amigo de las cifras, y menos aún en la “ historia económica “, ya que es imposible que reflejen una realidad ( Como así no lo entienden los marxistas y su materialismo histórico-dialéctico ). No obstante, veo estos datos con interés y por ello me decido a exponerlos, como adelante haré con los de la Nueva Castilla :



    Producción de plata en las minas de la Nueva España ( 1695-1814 ) ( millones de pesos fuertes por quinquenio ) :


    1695-1699 --- 19,6

    1700-1704 --- 25,3

    1705-1709 --- 28,5

    1710-1714 --- 32,8

    1715-1719 --- 35

    1720-1724 --- 50,3

    1725-1729 --- 52

    1730-1734 --- 52

    1735-1739 --- 47,7

    1740-1744 --- 48,6

    1745-1749 --- 59,6

    1750-1754 --- 64,6

    1755-1759 --- 65,7

    1760-1764 --- 58,5

    1765-1769 --- 60,9

    1770-1774 --- 80,8

    1775-1779 --- 91

    1780-1784 --- 100,3

    1785-1789 --- 93,2

    1790-1794 --- 109,7

    1795-1799 --- 121,2

    1800-1804 --- 104,6

    1805-1809 --- 122

    1910-1914 --- 47,1



    La minería del Virreinato de la Nueva Castilla vivió un proceso de recuperación durante el siglo XVIII, aunque éste fue de características más modestas que el mejicano. Si en la Nueva España la población llegó a sextuplicarse en el transcurso de la centuria, en el Andino Virreinato sólo llegaría a doblarse.


    Esta recuperación minera se produjo en el primer tercio del siglo XVIII como respuesta a la necesidad de numerario provocada por el activo contrabando gabacho en el Océano Pacífico ( “ La Mar del Sur “ ). A partir de los años 30 del XVIII, la documentación de las Cajas Reales permitirá constatar un incremento que sólo se detendrá en el último lustro del siglo. La tendencia general, sin embargo, esconde cambios muy distintos que permiten establecer análisis regionales dentro del Imperio muy dispares sobre estos cambios que afectan a la minería. Así, en el diagrama de barras del profesor Tepaske pueden observarse un par de realidades bien distintas : Mientras la producción de los yacimientos “ tradicionales “, ubicados en el Alto Perú ( Potosí, Oruro, Chicuito, Carangas, Arica, La Paz ) se estanca, a partir de mediados del siglo la del Bajo Perú ( Cerro de Pasco, Vico, Arequipa, Cailloma, Trujillo, Huamanga, San Juan de Matucana, Jauja, Puno y Cuzco ) compensará parcialmente este estancamiento, creciendo a un ritmo similar al de la minería novohispana. Producto de este crecimiento desigual será que la participación del Bajo Perú en la producción minera total ascenderá de un escaso 15 % al 45 % hacia el 1797-1800.


    Ya más de un siglo antes se había lamentado en Potosí el cura minero Alonso Barba de la carestía del combustible para los hornos de la plata, “ por ser éste el lugar más falto y caro de leña que se conoce de todos los minerales deste Reyno “. Así, “ el gasto inexcusable de la leña es la cosa que con más aparente color pudiera causar descrédito a este modo de sacar la ley a los metales “.


    Desde el último tercio del siglo XVI, la mita constituía el sistema de reclutamiento habitual de la fuerza de trabajo empleada en el laboreo y beneficio de las minas del Potosí y de Huancavelica. Hacia el 1700, unos 3000 mitayos constituían el grueso de los trabajadores del mineral ocupados en el Potosí. Sin embargo, y a medida que avanzó la centuria, el número de trabajadores mingados, esto es, asalariados, tendió al alza, hasta el punto que, en el año de 1790, llegaron a superar finalmente a los mitayos ( 2.583 frente a 2.376 ). Esta sustitución de trabajo obligatorio por trabajo libre aceleróse en el curso de los años centrales del XVIII, y en términos comparativos, los costes laborales en la Nueva Castilla eran sensiblemente inferiores a los de las grandes minas neohispánicas, donde los salarios debieron adaptarse al ritmo de la inflación ( Se iba cabalgando cada vez más descaradamente hacia una economía liberal….). Por el contrario, en los yacimientos del Bajo Perú la mano de obra asalariada fue siempre dominante.


    El llamado “ reformismo “ borbónico también se dejó sentir en la minería de Los Andes. Se organizó un Tribunal de la Minería sobre la base de unas nuevas Ordenanzas-1787-, el precio del mercurio fue objeto de sucesivas rebajas, y el quinto real fue sustituido por el menos gravoso diezmo. Pero fueron los cambios introducidos en los sistemas de crédito y financiación de las empresas los que tuvieron unos efectos más profundos en el sector. A diferencia de la Nueva España, predominaba en la minería novocastellana un tipo de empresa de reducidas dimensiones, que explotaba una pequeña concesión, en régimen de arriendo. En el Potosí de finales del XVIII, de las 26 unidades productivas-documentadas por Tándeter-, tan sólo 4 eran explotadas por sus propietarios. La duración media de estas empresas era reducida; sometidas al lastre de la inexperiencia de los arrendatarios, muchas veces emigrantes de la metrópoli, sin conocimientos en minería, y endeudadas para el pago de tan elevado arriendo, para financiar la puesta en marcha de la explotación, rápidamente eran embargadas y concedidas a un nuevo explotador, que veríase afectado por los mismos problemas. En un mercado de capitales menos desarrollado que el mejicano, al pequeño explotador le resultaba difícil obtener crédito. Tanto los comerciantes aviadores como la Iglesia concedían préstamos pero siempre con garantía sobre bienes raíces.


    La creación de un Banco Minero de carácter público constituyó la medida de mayor efecto sobre la minería peruana. Este banco, filial del de San Carlos, proporcionaba diferentes modalidades de crédito, que iban desde los “ auxilios ordinarios “ ( 1.ooo pesos por cabeza de ingenio explotada, devueltos mediante descuento a las piñas presentadas por el Banco para su rescate ) hasta la provisión de repuestos a mineros y azogueros.



    Producción de plata de la Nueva Castilla ( 1701-1800 ) ( miles de pesos fuertes por quinquenio ) :


    Periodo Alto Perú Bajo Perú

    1701-1705 - 4.975,1 - 1.528,4

    1706-1710 - 9.304,9 - 786,4

    1711-1715 - 5.752,4 - 1.036,5

    1716-1720 - 6.669,8 - 2.817,6

    1721-1725 - 5.551,2 - 3.017,7

    1726-1730 - 7.206,8 - 3.031,7

    1731-1735 - 7.095,1 - 3.251,4

    1736-1740 - 7.969,3 - 7.576,9

    1741-1745 - 5667,7 - 6004,4

    1746-1750 - 8.935 - 9.680

    1751-1755 - 10.400 - 6.916,7

    1756-1760 - 11.306,6 - 7.124,5


    1761-1765 - 11.928 - 8.352,2

    1766-1770 - 12.025,6 - 7.857,5

    1771-1775 - 13.239,9 - 9.841,3

    1776-1780 - 15.782,6 - 11.430

    1781-1785 - 15.886,6 - 12.418,3

    1786-1790 - 15.869,2 - 13.394,2

    1791-1795 - 16.637,9 - 20.5256

    1796-1800 - 16.115,9 - 20.086,5



    Con los años, Potosí ( En quechua : “ cosa grande “ ) se había reducido a 20.000 habitantes, esto es, la quinta parte de la población que tuvo en su época mejor; los pozos iban agotándose, aunque todavía se produciría cierta recuperación, por mejoras técnicas en el modo de beneficiar la plata. Pero, a la hora de la “ independencia “, como parte de la artificial creación de la nacionalidad boliviana, Potosí sólo conservaría 8.000 habitantes.


    En el siglo XVIII, Méjico disfruta de una reanimación minera, pero su economía interior no se beneficia sino muy parcialmente de ello : La mitad de la plata se va a la Piel de Toro sin contrapartida, y el resto se va como parte de un sistema comercial que privilegia a la metrópoli. Los Borbones pues hicieron de principal actor en ese cambio hacia un sistema “ colonial “ del estilo de la Europa liberaloide.



    Con todo, el caso es que la minería peruana atravesó por grandes dificultades durante la segunda mitad del XVIII, que anticiparon notablemente su decadencia. Al progresivo agotamiento de los yacimientos más ricos se sumarían las crecientes dificultades de los empresarios novocastellanos para conseguir el azogue necesario para el proceso de amalgamación. Con las “ reformas “ borbónicas, el descenso de la producción de mercurio en Huancavelica sólo pudo ser compensado coyunturalmente por medio de las importaciones de azogue español, expuestas siempre a las vicisitudes de la política internacional….Las guerras con la Pérfida Albión, que interrumpieron las comunicaciones ( La Union Jack se dedicaba en demasía a esta actividad sin el más mínimo escrúpulo, llenando su país de judíos, fundando logias masónicas, e intentando mermar a la principal contención de las invasiones de la Europa, esto es, la batuta imperial que llevaba España ) con la metrópoli, la retirada de las inversiones efectuadas por los españoles que decidieron repatriarse durante las primeras décadas del XIX, y la falta de repuestos al utillaje técnico, fueron los factores determinantes de la crisis minera peruana, a fines del periodo colonial.


    La explotación de yacimientos auríferos registraría una cierta, aunque modesta, reactivación en el transcurso del siglo XVIII. La producción del oro se localizó en pequeñas minas de la Capitanía General del Chile ( Llamada también Nueva Toledo, dentro del Peruano Virreinato de la Nueva Castilla ), de la Nueva España ( Zimapán, Durango, Rosario y Chihuahua ), y sólo en la Nueva Granada-La administración de los Borbones desgajó al Novocastellano Reino : Formó los Virreinatos de la Nueva Granada y el del Río de la Plata-llegó a constituir un factor de primer orden dentro de la economía regional. A comienzos del siglo XVIII, la producción de la región recién pacificada del Chocó tomó el relevo de Antioquía. Los nuevos empresarios procedían de Popayán y Cali, y habían intervenido directamente en la pacificación regional.


    Este origen facilitó que, durante el primer tercio de nuestra referida centuria, la mayor parte de la producción del oro escapara al control de la hacienda imperial, gracias a la complicidad de muchos funcionarios reales, que en muchas de las ocasiones se trataba de antiguos socios….Parte de la producción era entregada sin quintar, a cambio de comestibles, ropa, o incluso negros, y perdíase a través de las rutas contrabandistas del Océano Pacífico.


    La aurífera minería reactivó la actividad importadora del puerto de Cartagena de Indias, principal conexión de Popayán y Cali con los mercados internacionales. Los grandes mayoristas de la urbe, o “ mercaderes de la Carrera “, entregaban a crédito pequeñas partidas de mercancías a los pequeños negociantes, que especulaban con los márgenes de beneficio que ofrecían la diferencia del precio de los productos de importación entre la costa y el interior.


    A fines del XVIII, el Perú producía sólo la décima parte que Méjico, por más que Oruro compense en parte la decadencia del Potosí. Ya se ha referido cómo los nuevos procedimientos técnicos ayudaron a ese protagonismo de la Nueva España, así como las medidas administrativas que incluían la bajada en el precio del mercurio. Como curiosidad, cabría destacarse que un rico minero, José De la Borda, encargó al arquitecto español Diego Durán un grandioso templo : La Iglesia de la Santa Prisca, en Taxco-Méjico-; construida del 1748 al 1758; uno de los mejores ejemplos del Barroco Indiano-tardío-.



    - La Agricultura :



    En la agricultura radicaba, tanto por su participación en la renta como por el número de personas que mantenía ocupadas, el principal sector económico hispanoamericano. Por encima de las diferencias lógicas de los distintos climas en la producción y en las técnicas de cultivo, es posible sostener la existencia en los Virreinatos de la Nueva España y la Nueva Castilla de tres sistemas agrarios distintos, que competían por el control de la tierra y el trabajo :


    1 ) – El sistema campesino-o “ indígena “-, caracterizado por el predominio de la pequeña explotación familiar, organizada en el marco de la comunidad amerindia, y que sólo se conecta con el mercado a través de las necesidades : Tributo, diezmo, u otras exacciones. Los vegetales originarios de Las Américas, tales como el maíz, el ají o chile, la papa, la mandioca, las legumbres típicas, la coca, el magüey, el cacao, la yerba mate, etc., continuaban figurando como productores básicos de la agricultura de los indios, y eran componentes fundamentales de su dieta. La aculturación, que encontró enormes resistencias a la introducción de europoides cereales, como por ejemplo el trigo, resultó mucho más sencilla en el terreno ganadero, donde la ausencia de especies domesticadas, con la salvedad de los andinos camélidos, no planteó problemas a la rápida incorporación de la carne de oveja, cabra y cerdo, así como de todos sus derivados, en las pautas de consumo asiático-australoide. El maíz constituía el alimento básico de la población india. Respecto al trigo, sus ventajas eran más que considerables. Un ciclo geminativo más corto, de comienzos de la primavera a comienzos del otoño, lo cual reducía, aunque no eliminaba del todo, los posibles daños de la climatología sobre las cosechas; una productividad por unidad de semilla muy elevada ( eran corrientes rendimientos de 100 o 200 a 1, y buenos los que superaban los 300, frente al 4 o 5 a 1 del trigo ), y una gran adaptabilidad a diversos tipos de clima y suelo, aunque el empeoramiento de la calidad de la tierra acarreaba una reducción de la productividad.


    2 ) – La producción de subsistencias para el mercado interno : Se desarrolla allá en las tierras privadas, donde se consolida una economía urbana-centro minero, comercial y/o administrativo-, que demanda alimentos. Estas explotaciones ( haciendas, estancias, ranchos, e incluso las chacras ) utilizan preferentemente trabajadores indios asalariados, o en régimen de encomienda y peonaje por deudas y especialízanse en aquellos productos de mayor demanda interna; esto es : Trigo, maíz, caña, para la fabricación de aguardiente, magüey, yerba mate, etc.


    3 ) – La agricultura de plantación, concentrada en las regiones trópico-atlánticas del Imperio ( América Central, Las Antillas, la Nueva Granada, la Venezuela….), con mejores rentas de localización respecto al mercado europeo, especializada en la producción de materias primas industriales como el algodón, y los colorantes vegetales, o productos de gran consumo-azúcar, cacao, café-. En este sistema trabajaban principalmente esclavos. Este sistema forjó toda una economía en Iberoamérica : Durante el siglo XVIII, algunas regiones del Imperio recibieron ciertos estímulos del mercado internacional que resultaron harto importantes. Estas regiones que se van dedicando a esto poseen un par de características : Un clima cálido y húmedo, apropiado para el cultivo de productos tropicales, tales como el azúcar, el cacao y/o el café; y en segundo lugar, una localización que permitiera minimizar el impacto de los costes del transporte en el precio de las mercancías de exportación.



    El caso azucarero ilustra como ningún otro la importancia de ambos factores en el proceso especializador. El cultivo de la caña de azúcar estaba muy extendido en el Nuevo Mundo. En las tierras bajas de Méjico, América Central, Nueva Granada, Perú, e incluso Paraguay; fueron numerosas las grandes haciendas de caña que utilizaban esclavos. Con todo, solamente en Las Antillas ( Especialmente en Cuba ) combinaron el cultivo de la caña con unas rentas de localización que permitían la exportación del azúcar refinado a la Europa en condiciones a precios competitivos con los del colonialismo pirático establecido en el Caribe.


    Hacia el último tercio del siglo XVIII, Las Antillas Hispánicas constituían un 2,7 % de una producción mundial controlada ya por las colonias francesas-Francia era ya quien mangoneaba más fácilmente gracias a sus asentados Borbones-como Haití, Martinica y/o Guadalupe, que suministraban el 39,3 % del azúcar; las británicas ( Jamaica, St.Kitts, Antigua, Granada y Barbados ), con el 34,4 % . Contrarrestaba la Hispanidad más en esta época pero con el Brasil de los Portugueses, con el 16,7 %. Los precios de los ya mercados capitalistas internacionales solían fijarse en Londres y Amsterdam, centros con poderosas-bien asentadas de hace mucho- juderías y con notable “ tradición “ masónica.


    Las violentas convulsiones que sacudieron a partir del 1789-Año de la Toma de la Bastilla-a las colonias piráticas del Caribe, especialmente a Haití, constituyeron la gran oportunidad para que la industria azucarera de la Cuba Hispánica iniciara un proceso de transformación. De una superficie de unas 4.924 hectáreas dedicada a la azucarera agricultura, se pasó a las 61.000 del 1792. Ello venía representando que, en un periodo de muy pocos años, la hermosa isla triplicaría su participación a nivel mundial, situándose con una producción anual de 14.455 toneladas, como la tercera gran área productora tras Jamaica ( 55.464 ) y el Brasil ( 21.000 ). Resulta difícil desligar esta coyuntura expansiva de las repercusiones que los hechos revolucionarios franceses tuvieron en Las Américas. Mientras una parte de las áreas productoras fueron objeto de devastación por las tropas de la Pérfida Albión y de Francia, enzarzadas en la plenitud de una guerra colonial-Franceses y españoles ayudaban a los Estados Unidos a obtener su independencia contra el Reino Unido-; Saint Domingue, el primer productor mundial del azúcar, se vio sacudido por las revueltas “ antiesclavistas “-Es algo que habría que matizar muchísimo….- que provocaron la emigración de la población europea que andaba dirigiendo las plantaciones. Sin orden ni concierto, sin mercados y sin una organización eficiente de la producción alternativa a la del esclavismo, la producción haitiana cayó en picado; en tan sólo nueve años ( 1792-1801 )….Se vería reducida a un tercio. La violencia de las revueltas de esclavos también afectó a las restantes islas azucareras francesas, como Martinica y Guadalupe, aunque no alcanzara a desencadenar consecuencias de carácter irreversible. Los circuitos de distribución del azúcar, y de otros productos de plantación, en la Europa, sufrieron las consecuencias de lo acaecido.


    Mientras tanto, España intentaba hacerse con un mejor hueco dentro del mercado azucarero europeo, teniendo que seguir soportando al Reino Unido. Una serie de disposiciones dictadas durante estos años encamináronse directamente a favorecer la competitividad de las reexportaciones del azúcar efectuadas desde España. Así, una Real Orden de Octubre del 1791 concedía libertad de derechos de entrada en España de los frutos imperiales devueltos por falta de venta; otras dos, del 1792 y del 1796, eximieron de los derechos de la alcabala y diezmos a los azúcares exportados desde Cuba a la metrópoli, así como de todos los aranceles de entrada en ésta. La Real Orden del 1796 reconocería, además, a todas las regiones americanas libertad para el refinado del azúcar, primando la exportación al extranjero-primando esto y olvidando la propia economía….-, reintegrando las alcabalas pegadas por los exportadores en su compra, y permitiendo la libre exportación del ron cubano.


    El cacao de Caracas gozó desde finales del XVII de una especial predilección por parte de los consumidores españoles y novohispanos; premiando así su calidad. Esta variedad procedía de la franja costera que se extiende entre Coro y Cumaná. Su grano distinguíase por desprender un aroma muy especial; su sustancia, de un color marronáceo, y compacta, era la más indicada para la elaboración de chocolates finos. También el cacao del Guayaquil era una mercancía habitual en el tráfico transatlántico, aunque juzgarse solía de menor calidad.


    Fue la Capitanía General de la Venezuela en la que mayor grado desarrollóse una agricultura exportadora ligada a la producción de cacao. Hacia el 1684, un padrón reflejaba la existencia de 167 plantaciones con un total de 437.850 matas, en manos de propietarios residentes en Caracas. Hacia el 1720, antes de la fundación de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, las haciendas de Caracas, San Sebastián, Valencia, Nirgua, Barquisimeto, Guanaguanare, Trujillo, Carora y Coro sumaban 4,5 millones de cacaotales, cifra que aún se incrementaría en tiempos de esa compañía privilegiada ( Ahí se ve otro aspecto de cómo los vascos intervienen entusiasmados en la Historia de su Patria Española; como Juan de Garay fue el primer fundador de Buenos Aires, o el conquistador Lope de Aguirre y sus epístolas al Emperador Felipe de Habsburgo; o Juan Sebastián Elcano el primero en dar la vuelta al mundo; y tantos vascongados en sus puertos como en Sevilla para forjar el Imperio Español….), hasta alcanzar los 5,1 millones hacia el 1745.


    La Compañía Guipuzcoana de Caracas fue creada en el año de 1728 como una sociedad privilegiada por acciones cuya función radicaba en el ejercicio del control monopolístico de la producción y distribución del cacao venezolano, desplazando así a los contrabandistas. Según las cifras de Hussey, la Compañía Guipuzcoana introdujo en España, entre el 1731 y el 1775, 952.451 fanegas de cacao, es decir, el 55 % del introducido legalmente ( Reitero aquí la problemática de las cifras “ oficialistas “ en la Historiografía….) A estas cantidades habría que añadir las partidas extraídas clandestinamente de la Pequeña Venecia, e introducidas luego en puertos de la Europa ( En la misma España ), a través de provincias exentas….


    La ruptura del monopolio de la Compañía Guipuzcoana, con la incorporación de la Venezuela al “ área de comercio libre “, en Febrero del 1789, determinó el inicio de una etapa de dificultades para el cacao. La competencia por el uso del suelo con otros cultivos a los cuales la liberalización había beneficiado enormemente, como el añil, combinóse con el aumento de la presencia del cacao del Guayaquil en el mercado mejicano, en detrimento de las exportaciones venezolanas, que sólo lograron compensar en parte esta pérdida aprovechando las nuevas posibilidades que ofrecía el mercado metropolitano.



    Este trío de sistemas agrarios, organizados sobre relaciones sociales de producción bien distintas, pero movilizados en la misma dirección por la relación imperial común, sufrieron cambios entre los siglos XVI y XVIII.


    El Inca Garcilaso, en su más tierna infancia, había divisado los primeros bueyes arando en el Perú, y recordaba que los indios comentaban que los españoles usaban esos animales por holgazanería, para ahorrarse trabajar…..Recordaba también que ese espectáculo costóle un par de azotainas, de su maestro y de su padre, por no haber ido a la escuela ese día, dedicado a observar aquel insólito hecho en aquella gran tierra….




    - La Hacienda :


    En una primera etapa, el trabajo del campesinado garantizaba el abastecimiento de minas y urbes. Pero desde finales del siglo XVI, el descenso de la población asiático-australoide trasladó la producción para el mercado a las grandes explotaciones de hispana propiedad.


    El proceso de formación de la gran propiedad agraria durante el periodo imperial es relativamente bien conocido. Arranca de la concesión, durante el XVI, de mercedes “ de tierra “, “ estancia “ o “ labor “, concedidas por los Reyes de Las Españas para estimular el proceso de formación imperial en la América Hispana, siguiendo una vieja tradición medievalesca peninsular, que premiaba a los que habían intervenido directamente a la incorporación de nuevos territorios a la grandeza del Imperio, con la cesión de una parte de los derechos de propiedad sobre ellos. La extensión de estas mercedes fue variable, en función del mérito beneficiario. Si excluimos las grandes concesiones efectuadas a los jefes de las expediciones de Conquista-por ejemplo, el Marquesado del Valle de Oaxaca de Hernán Cortés-, las unidades de medida básicas para determinar el tamaño de las explotaciones fueron las peonías, en torno a las 10 hectáreas, y especialmente, la caballería ( 42-43 hectáreas ), extensión que correspondía al soldado que había participado en las campañas de la Conquista como heroico jinete, corriendo con el gasto del mantenimiento de su montadura.


    Las comunidades indias también fueron objeto de mercedes reales, especialmente en el marco de la legislación promulgada durante el siglo XVII, destinada a evitar que el descenso demográfico fuera aprovechado por el resto poblacional para acelerar el proceso de expropiación de la tierra. Así, las Leyes Reales de 1687-1695 aumentaron hasta 600 varas cuadradas el área vital de las reducciones amerindias, ampliando hasta 1.100 varas la distancia que debía separar a los pueblos indios de las tierras de la República de Españoles. Con todo, las “ composiciones de tierra “ actuaron como mecanismo que justificó a priori la “ aprisión “ de nuevas tierras por los españoles a cambio del pago de una contribución a la Corona. Mercedes, composiciones y compra de tierras a las comunidades asiático-australoides constituyeron los títulos delimitadores de los derechos de propiedad españoles sobre la tierra, ya se tratase de haciendas o estancias, o de ranchos y labores.


    La Iglesia contó con dos fuentes complementarias en la cuestión de los bienes raíces en el Imperio Americano. Uno se derivaba del ejercicio de su intensa labor pastoral entre los habitantes del Imperio; otra constituyóla el embargo de bienes hipotecados, o la compra de propiedades cuyos dueños se hallaban con problemas de liquidez. El patrimonio de las Órdenes Religiosas se hallaba destinado a asegurar unos ingresos con los cuales hacer frente a las actividades de los colegios, hospitales, y otros institutos urbanos. También nutríase con las donaciones y legados testamentarios de los devotos miembros de la élite criolla. Mientras la mayoría de las Órdenes-Franciscanos, Agustinos, Dominicos-prefirieron arrendar sus propiedades a cambio de una segura renta anual, la Compañía de Jesús optó por la administración directa de sus haciendas, circunstancia que le permitió la obtención de una mayor rentabilidad del trabajo para con su patrimonio. Los jesuitas se hicieron con un auténtico poder temporal en sus reducciones. Sin alcanzar nunca el número de 500 hermanos de la Orden, llegaron a controlar unos 300.000 indios, cuya vida-En la cual entraba una entrañable labor evangelizadora, el mayor y mejor propósito del Imperio Español-y trabajo regulaban con minuciosidad, incluso con un toque de campana nocturno para recordarles el deber de la procreación. Tuvieron una armada amerindia para poder defenderse de los “ bandeirantes “ del Brasil, los cuales, en algún instante, estuvieron al servicio de la Autoridad Imperial del resto de España; como por ejemplo, contra la rebelión “ comunera “ de Asunción. Decía el jesuita Antonio Sepp sobre el papel de los padres organizadores de las reducciones aquello de : “ El Padre debe ser todo para todos. Debe ser : el cocinero, el despensero, el procurador o comprador y distribuidor, el enfermero, médico de cabecera, constructor, jardinero, hilandero, herrero, pintor, molinero, panadero, co-regente, carpintero, alfarero, ladrillero y ocupar los demás cargos que aún haya en una bien organizada república, comunidad, ciudad, un pueblo, una aldea “. El mismo deja dicho también : “ Si alguien pregunta : ¿ De qué modo soléis castigar a estos indios ? Contesto brevemente : Como un padre a sus hijos, así castigamos a aquellos que lo merecen…Naturalmente, no es el padre, sino el primer indio que venga, quien toma el látigo-aquí no tenemos azotes de abedul o semejantes-, y no castiga de otro modo que como un padre suele azotar a su hijo o un maestro a su aprendiz en Europa. De esta manera son azotados grandes y pequeños y también las mujeres. Castigando de este modo conseguimos muchísimo, aun entre los más salvajes bárbaros, de manera que nos quieren como un hijo a su padre “.


    La documentación generada por el complejo proceso territorial que siguió a la extinción de la Orden de San Ignacio de Loyola en el 1767-llevada a cabo por un Carlos III dominado por la masonería- permite conocer con cierta precisión las dimensiones, la distribución geográfica y las características de sus hispanoamericanas propiedades. En la Nueva España, por ejemplo, los bienes de los jesuitas se distribuían por ocho Obispados, aunque la mayor concentración radicaba en las regiones neurálgicas de la economía novoespañola, en torno a los ejes Méjico-Puebla y Guanajuato-Zacatecas. La principal fuente de ingresos de la Jesuítica Orden provenía del trabajo de sus dominios territoriales. Podemos apuntar que en Méjico disponía de un mínimo de 45 grandes haciendas, con un total de 1,1 millones de hectáreas, lo que viene a significar un tamaño medio cercano a las 25.000 hectáreas por explotación. El rendimiento dependía más de la calidad del suelo y del aprovechamiento que de las dimensiones de la explotación. Una explotación como la del Colegio de Querétaro, con 65.8885 hectáreas, reunía una cabaña ovina de unas 6.763 cabezas, inferior a la sostenida a través del Rancho San José, que sumaba en tan sólo 43 hectáreas, 8.857. Cabe decirse que la actividad productiva de la hacienda jesuita ira en torno a la agricultura y la ganadería.


    Por lo general, y esto resulta ser válido para toda Hispanoamérica, las haciendas mayores se constituyeron en regiones poco pobladas, alejadas de las áreas más pobladas, mientras que las de dimensiones más reducidas fueron trabajadas de un modo más intensivo, aprovechando su mayor proximidad al mercado.


    Se estima que las propiedades de las Órdenes Religiosas en la América del Sur fueron superiores en extensión y calidad a las de Méjico. Hacia el año de 1767, las tierras ubicadas en el Alto Perú fueron valoradas en 5,7 millones de pesos. Se trataba de explotaciones de dimensiones medias quizá más reducidas que las del norte novohispano, pero que eran explotadas de un modo más intensivo, utilizando abundante mano de obra.


    En la región de Trujillo, las jesuíticas propiedades coexistían con las haciendas de los Hermanos Agustinos, cedidas en arrendamientos largos a españoles-Tanto de la Piel de Toro como criollos-. En las cercanías de Lima ( Valle de Chancay ), en la costa sureña ( Región de Arequipa ), y en la Sierra Central, se localizaban las explotaciones más fértiles del Novocastellano Virreinato : Cañaverales, viñedos y complejos hacienda-obraje se desarrollaron al estímulo de la demanda urbana. En un caso, la capital actuó de motor para la expansión de una agricultura de amplio mercado; en Arequipa, una localización privilegiada, sobre las grandes rutas del comercio a larga distancia, que enlazaban el Río de la Plata con el Alto y el Bajo Perú; en la Sierra, el ciclo expansivo de la minería en el Cerro de Pasco favoreció el desarrollo de explotaciones complejas que compaginaban la agricultura con los trabajos ganaderos y la producción obrajera.


    Más al norte, en la Audiencia de Quito, el poderío de la Orden de San Ignacio de Loyola no dejaba de ser notable. 100 haciendas, valoradas en el momento de la extinción en torno al millón de pesos, reunían una cabaña de 181.758 cabezas de ganado ovino y 23.921 de reses bovinas.


    En la Nueva Granada, de las 31 haciendas pertenecientes a la Compañía de Jesús, 8 eran de caña, 7 de cacao y 16 de ganado. El caso neogranadino resulta harto interesante para poder plasmar la complejidad de la economía de los terrenos jesuitas. Además de colocar en el mercado local sus producciones básicas ( Carnes, lanas, cueros y caña azucarera ), la Orden de San Ignacio vinculóse al comercio internacional, exportando cacao de Cúcuta a través del puerto de Cartagena de Indias. Por añadidura, su eje no abarcaba solamente el ámbito agropecuario. Los jesuitas también explotaron minas auríferas como la de Gelima en Popayán, o La Miel en Antioquía, y se dedicaron al curtido de pieles, o a la producción de materiales para la construcción, como la cal y las tejas.


    La Iglesia estaba exenta de alcabalas, almojarifazgos y otros impuestos y poseía muy buena información sobre los mercados del Imperio. Sus propiedades disponían de un volumen de efectivo abundante y constante, procedente de diversas fuentes ( Donaciones, diezmos y derechos jurisdiccionales, ingresos por prestación de servicios, arriendo de tierras, o venta de la producción al mercado ).



    - La Ganadería :


    La cría de ganados proporcionaba un sustancial complemento a la economía de subsistencia de las comunidades amerindias proporcionando a las familias campesinas carne, manteca, pieles y lana, que era destinados al autoconsumo; por otro, la economía doméstica, organizada en explotaciones a gran escala, constituía una de las actividades predominantes del hacendado imperial americano.


    La especialización ganadera fue particularmente intensa en zonas que, como el Norte de Méjico, los Venezolanos Llanos o el Río de la Plata, reunieron determinadas características; tales como la existencia de grandes espacios, poco poblados, con abundancia de pastos, donde la ganadería no entraba en conflicto, por el uso del suelo, con la agricultura; y la abundancia de ganado cimarrón, introducido por los españoles en los primeros periodos de la Gloriosa Conquista, pero que habíase multiplicado de un modo serio en libertad y ahora podía ser controlado por los estancieros mediante el rodeo. El rodeo, honda Tradición Hispánica, se aprecia en el Charro de la Nueva España, el estilo del jinete leonés-concretamente el salmantino-. La práctica se extendería después a los Descubrimientos y Conquistas de Las Españas en los actuales Estados Unidos de Norteamérica.


    En el Virreinato de la Nueva España, donde la cría a gran escala coexistió con las explotaciones colectivas de las comunidades amerindias, organizadas al modo hispánico en torno a las llamadas cofradías, que llegaban a reunir hatos hasta de 10.000 cabezas, fueron las regiones del Norte Virreinal-La Nueva Galicia y la Nueva Vizcaya-las que registraron las mayores concentraciones de ganado bovino, caballar y mular. Sobre una cabaña bovina estimada entre dos y cinco millones de reses, cada año, extensas manadas compuestas por decenas de miles de cabezas se ponían en marcha, en los últimos días veraniegos, hacia el interior del Virreinato, siguiendo un itinerario por cañadas rodeadas de pastizales que, en un mes, permitían la conducción de una vacada bien alimentada hasta las grandes ferias ganaderas del Méjico Central-Puebla, Tlaxcala-, donde era vendida a los Alcaldes Mayores, que incluían el ganado como mercancía del reparto indio, o al mercado de abastos de la capital. Este circuito, destinado a la comercialización, se yuxtaponía con la regular práctica de la trashumancia, organizada por la Mesta Novohispánica, que poseía, como característica diferencial de la española, el hecho de que organizaba la cría de toda la actividad ganadera, no sólo de la ovina.


    La explotación ganadera de la “ Tierra Adentro “ se caracterizaba por sus gigantescas dimensiones. Las haciendas de Durango, Coahuila, Guanajuato o Aguascalientes superaban con frecuencia las 100.000 cabezas de ganado-que dícese pronto….-, poniendo de relieve un elevado grado de concentración de la riqueza ganadera, que se acrecienta si analizamos el funcionamiento de los canales de comercialización. A mediados del siglo XVIII, el 57 % de las exportaciones autorizadas de la Nueva Galicia de la Nueva España eran controladas tan sólo por un cuarteto de hacendados, que también tenían en sus manos el abasto local de carne.



    En el Perú, la gran estancia propiedad de los hacendados coexistió con importantes cabañas de propiedad comunera, o en manos de curacas y cofradías.


    En la Sierra Centro y Sur, curacas y cofradías reunían con cierta facilidad hatos que superaban las 20.000 cabezas de ganado; sin embargo, en la Sierra Norte-Huamachuco, Cajamarca-, la gran propiedad en torno a las 100.000 cabezas volvía a ser predominante.


    En los Llanos de la Pequeña Venecia o en las argentinas tierras, el desarrollo ganadero estuvo dificultado por la inexistencia, hasta muy avanzado el siglo XVIII, de grandes mercados urbanos consumidores de productos animales. En el último de los casos, la abundancia de ganados, tanto domesticados como cimarrones, unida al incentivo que para el comercio de España representó a partir del 1776-1778 ( Fecha clave para la independencia de los Estados Unidos, donde la España, con el ejemplo de los voluntarios de los Granaderos de Gálvez, participó activamente, también con la Francia ) el mercado bonaerense, ofreció la posibilidad de incluir en los retornos de los buques que venían de la metrópoli partidas crecientes de cueros al pelo, y rentabilizar, en parte, de este modo, una cabaña que podría superar fácilmente las doce millones de cabeza de ganado vacuno; y eso sin contabilizar el ganado cimarrón….


    El desarrollo de la ganadería caballar y mular merece especial atención por su conexión con el proceso articulador de aquellos vastos espacios del Imperio. El caballo y la mula, sobre todo, constituían el único medio de transporte terrestre y la principal fuente de energía animal.


    A comienzos del siglo XIX, el censo de mulas para el Virreinato de la Nueva España se situaría en torno al millón y medio de cabezas.


    Pero, en donde mayor desarrollo adquirió la producción y comercialización del mular híbrido—De ahí viene el adjetivo “ mulato “-fue en Los Andes, hasta el punto de constituir, junto al comercio de la yerba mate, su elemento integrador fundamental. El uso de la mula tendió a sustituir durante el siglo XVII a la llama y al propio hombre, como vehículo principal para el transporte de mercancías en la ruta Lima-Potosí. El negocio mular estaba en manos de ganaderos españoles de Santiago del Estero, Tucumán y Salta; alcanzando sus niveles más altos a comienzos del último tercio del siglo XVIII, antes de la sublevación tupacamarista y de la supresión de los repartimientos forzosos, cuando sólo de Salta se extraían para el Perú una media anual superior a las 30.000 cabezas.



    En todo este ambiente, Alonso Carrió de la Vandera publicó en Lima en el año de 1776 ( Con falsa indicación de Gijón 1773, y atribuyéndolo a su guía indio Concolocorvo ) sus impresiones de viaje que estableció la línea del correo entre Buenos Aires y Lima. Entre otras cosas, anotó aquello de : “ Cuando los indios deben….parece cada pueblo un enjambre de abejas y hasta las mujeres y muchachos pasan a las iglesias hilando la lana y el algodón, para que sus maridos tejan telas….Los indios son de la calidad de los mulos, a quienes aniquila el sumo trabajo y casi imposibilita el demasiado descanso. Para que el indio se conserve con algunos bienes, es preciso tenerle en un continuo movimiento proporcionado a sus fuerzas “.


    En Querétaro, centro ganadero y textil, las funciones de la Milicia Montada habían de ser sobre todo de vigilancia de la propiedad. Al Norte, y para después, quedaba la gran amenaza que arrebataría a Méjico la mitad de sus territorios, pero, en ese momento, todavía se estaba proclamando la independencia de los Estados Unidos, como ya referimos antes….



    - La Manufactura :



    Durante toda la etapa imperial, la consolidación de un sector manufacturero especializado estuvo condicionada por el limitado desarrollo de las fuerzas productivas, y por la existencia misma de la relación imperial.


    La especialización manufacturera sólo sobrepasó el ámbito estrictamente local allí donde existió una demanda de bienes de consumo satisfecha a través del mercado, que no era cubierta por las limitadas y costosas importaciones europeas, introducidas a través del monopolio o por medio del contrabando. Tanto en la Nueva España como en la Nueva Castilla, el desarrollo de la economía minera, desde mediados del siglo XVI, convirtióse en el aliciente necesario para que se produjera un proceso de especialización manufacturera; sin embargo, no todas las regiones de los espacios imperiales integrados en torno a los distritos mineros respondieron positivamente al estímulo.


    Constituía necesidad, además, la existencia de una dotación de factores, que permitiera aprovechar estas rentas de localización. Si algo tienen en común con Querétaro, San Luis de Potosí, San Miguel, Valladolid de Michoacán, entre los nuevos centros obrajeros novohispanos del siglo XVIII, con Puebla, Tlaxcala, Cuernavaca, Toluca, u Oaxaca, grandes áreas de producción manufacturera durante los siglos XVI y XVII, o con Huamanga, Cajamarca, Cuenca, Otavalo, Tucumán, etc.; en el espacio andino, fue, junto a la atracción del mercado minero, una amplia disponibilidad de materias primas básicas ( Lana, algodón, colorantes ), y una fuerza de trabajo abundante, en un medio agrícola pobre, cuya principal fuente de ingresos era el trabajo manufacturero.


    El desarrollo de la manufactura textil americana siguió las pautas antes marcadas, concentrándose, en sus formas más avanzadas, en la Nueva España y en la Nueva Castilla, es decir, en los ámbitos nucleares del Imperio-Castellano-Leonés-por la importancia de la minera economía. Sobre un sustrato asiático-australoide, anterior a la Conquista Española, centrado en torno al algodón, los Conquistadores introducirán la producción-y el correspondiente consumo-de la lana-de amplia Tradición en Las Españas-importando de la Península Ibérica las fuentes de materia prima : Los lanares ganados, la tecnología y la propia especialización laboral.



    Durante el siglo XVI, la manufactura textil nace como una industria sustitutiva de importaciones, ante la incapacidad del comercio trasatlántico de abastecer, a razonables precios, los indianos mercados. En la Nueva España, la industria lanera de complejo organigrama, es decir, el obraje mismamente; con un número determinado de telares y de operarios, es introducida principalmente por gentes venidas principalmente de Cuenca, Segovia-Reino de Castilla-y Toledo-Reino de Toledo-; hacia el 1530, aprovechando la situación de escasez manufacturera que se registra, especialmente a partir de los años 40-Siglo XVI-, en los distritos mineros-Zacatecas, Pachuca, Guanajuato-; y en los nuevos núcleos urbanos, y la incapacidad de la producción textil local por adaptarse rápidamente a las posibilidades que ofrecían los novedosos mercados.


    En el siglo XVIII, el obraje constituía toda una unidad productiva integrada en la cual se reunían labores que formaban parte del trío de fases del proceso textil ( Hiladura, tejido y acabado ), cuya fuerza de trabajo oscilaba entre los 170 y 200 trabajadores, sin contar con la mano de obra estacional, mujeres y niños, principalmente, ocupados mediante el trabajo a domicilio. El obraje diferenciábase de otras unidades de producción textil ( Obradores, trapiches, telares sueltos, en Méjico; chorrillos, en la Audiencia de Quito ) por el número de telares, la calidad del producto-paños frente a bayetas y sargas-, y por una mayor competitividad, lograda gracias a unos menores costes de transacción, y a la reducción de los salariales costes, mediante la utilización de medios coactivos sobre la fuerza laboral. La utilización de convictos y de esclavos, el empleo de la mano de obra india, a través de la encomienda y la mita textil, o el endeudamiento campesino, fueron algunos de ellos.



    El incremento de la demanda de textiles ocasionó, durante el siglo XVIII, importantes transformaciones en la manufactura. Los empresarios tradicionales, maestros gremiales o técnicos que invertían su capital en la formación de obrajes, fueron desplazados por inversores cuyo ahorro habíase forjado en otros sectores de la economía imperial, tales como el comercio, el arrendamiento de impuestos, los créditos….Y que consideraban rentable la industrial inversión. La entrada del capital comercial-Uno de los grandes dramas que consuma la decadencia de Las Españas : La pérdida de la organización económica tradicional y el extranjerizante servilismo, principalmente hacia la Francia….-debilitó a las organizaciones gremiales-Los Gremios serían abolidos incluso antes que los Fueros por la política liberal afrancesada-, que perdieron su capacidad de controlada y lógica organización sobre los mecanismos de acceso a los oficios artesanales y a la misma gestión empresarial. Es una de las fracturas-que se implica en la tradición de los factores sociales, económicos y hasta políticos- más grandes de la Hispanidad, tanto en la Celtíbera Península como en Ultramar.


    En el siglo XVIII, la expansión del mercado de bienes de consumo manufacturados también afectó el desarrollo de la industria de pequeñas dimensiones. Los telares sueltos, expresión que agrupaba a las unidades más pequeñas, ya fueran de doméstico carácter, artesanal, o “ protoindustrial “, crecieron en número, especialmente durante la segunda mitad del dieciochesco siglo; los 4.900 censados en la Nueva España del 1781 habían pasado a 7.800 en el año de 1793. En buena parte, esta expansión debióse a la entrada de mestizos y blancos en la algodonera producción, hasta el punto de relegar en las ciudades a los indios, que tradicionalmente se habían ocupado en ello. La concentración de esta pequeña industria independiente, pero que podía estar conectada por la vía del endeudamiento con los obrajes, fue especialmente destacada en el Bajío, Tlaxcala y Oaxaca. Por su parte, trapiches y obradores constituían centros de producción intermedios, organizados en torno a la figura de un maestro artesano agremiado que fabricaba de su cuenta las telas bastas-mantas, estofas ordinarias, bayetas-, usando de pocos telares, con la ayuda de los asalariados trabajadores y los respectivos aprendices.


    En ciudades como Méjico, los propietarios de trapiches utilizaban con frecuencia, como mano de obra para la algodonera hiladura, a personas recogidas en las casas de beneficencia e instituciones religiosas.


    En el Virreinato Peruano, la manufactura textil cristalizaría, entre los años 60 y 90 del siglo XVI, en los obrajes de comunidad, empresas de titularidad amerindia, pero en ligazón radicando, a través de la encomienda o de la mita textil, al rico hacendado español. Las coincidencias con la estructura industrial novohispana eran copiosas : En ambos casos obsérvase la coexistencia de grandes unidades productivas-obrajes- con una pequeña producción artesanal o doméstica-el chorrillo-; la concentración de la manufacturera actividad en áreas harto concretas-En el andino caso, Quito, la Sierra del Perú y Tucumán-, y la estrecha correlación que existe, hasta mediados del siglo XVIII, entre el ciclo de la minería y el ciclo manufacturero. Y, con todo, las diferencias son asimismo notables : El predominio de los obrajes de comunidad sobre los de propiedad privada; una unidad productiva de dimensiones mayormente reducidas y de menor productividad que la mejicana; el carácter eminentemente ruralista de la manufactura, la existencia de un mercado de trabajo organizado en torno a la mita….Todo ello caracterizaba al obraje novocastellano.


    En el siglo XVIII, todo parecía indicar que la gran época de la industria textil del Perú debía pasar a la Historia….Diversas razones quizá puedan justificar la decadencia del obraje. La privatización de los comuneros obrajes, vendidos por los borbónicos reyes mediante composiciones, para obtener recursos, favorecería el proceso de concentración de la propiedad obrajera en manos de un sector de la burguesía-Cierto que con menor poder que con sus hermanos de Francia-que, ya iba controlando, al menos durante la primera mitad de la dieciochesca centuria, la Audiencia de Quito ( Dentro de un Virreinato ya separado de su Imperial Comunión, como referimos antes, pero que nunca está de más la correspondiente reiteración dentro del desastre que supuso este siglo para los nucleares Virreinatos Iberoamericanos ), pero que fue incapaz de introducir mejoras productivas. La crisis de la minería novocastellana, que culminaría con la inclusión del Alto Perú en el nuevo virreinato del Río de la Plata ( 1777 ), afectó especialmente a los centros productores quiteños, que entre el 1700 y el 1800 redujeron su producción en un 75 %.


    La caída de la demanda de paños finos, habitualmente consumidos en Lima, obligó además a una reorientación de la oferta, con la intención de aumentar su capacidad de penetración en el mercado de la Nueva Granada, consumidor de telas angostas. Con ello, la producción obrajera entró en competencia directa con los chorrillos, que tradicionalmente venían ocupando ese segmento. El cambio de la política industrial que efectuaron los Borbones, que tendió a promover el fomento del algodón con destino a las fábricas de la metrópoli, la competencia de la new drapery del Reino Unido, introducida de contrabando a través de los puertos del Océano Pacífico, y la supresión de los repartimientos de efectos, una de cuyas partidas más importantes era la de los tejidos “ de la tierra “, fueron factores decisivos en el declive de la manufactura quiteña.


    En la Sierra Peruana, la suerte de la industria textil durante el siglo XVIII fue diversa. Mientras los centros obrajeros ligados a la producción de paños ( Riobamba, Cochabamba, Cajamarca, Huamachuco, etc. ) seguían una coyuntura similar, afectados por los mismos problemas, el núcleo del Cuzco vivió cierta etapa de prosperidad que descansó quizá en la especialización algodonera y en la movilización de una mano de obra abundante por el sistema del endeudamiento indefinido.


    Sin embargo, el “ golpe de gracia “ a la industria hispanoamericana se fue a producir durante las dos primeras décadas del siglo XIX, cuando, en medio de las turbulencias desatadas por el proceso emancipador, ni la debilidad de la metrópoli, ni la necesidad de los gobiernos insurgentes de contar con aliados exteriores pudieron oponer la menor resistencia a la integración de la América Ibera en un mercado mundialista……



    - Demografía y Sociedad :



    Durante muchos años, numerosos debates manipuladísimos hasta la saciedad, en especial, por la oficialista Leyenda Negra que arraigó de un traidor a la Iglesia y a Las Españas-entre tantos otros-como fue el judaizante De Las Casas, servidor de los protestantes de la Francia y de la Centroeuropa, casi parecen haber impedido una correcta visión del tema que tratar debemos.


    Por lo general, admitirse suele aquello de que el siglo XVIII fue una etapa de crecimiento, o si mejor se quiere, de recuperación demográfica. Sobre ello se ha intentando omitir llenando el asunto con una especie de desinterés ante unas verdades que quizá no convienen demasiado…..Con todo, es de recibo destacar que la demografía histórica hispanoamericana no se encuentra exenta de gruesas dificultades ; incluso en cuestiones que puedan parecer tan primarias como el recuento poblacional del Nuevo Mundo. Disponemos de un trío de fuentes : Los censos tributarios; la actividad de la Iglesia ( Registros de comulgantes, visitas pastorales, informes ad limina dirigidos a Roma; registros de matrimonios y defunciones….); y los libros de viajes ( Alexander Von Humboldt desarrolló una importante labor en este campo ).


    Sea como fuere, la realidad es que la población de los Virreinatos de la Nueva España y la Nueva Castilla creció durante el siglo XVIII y que lo hizo a un ritmo bastante superior al que lo hacía la población del Viejo Continente. Frente al 0,5 % anual de la Europa, el indiano solar que estudiamos registraba una tasa de crecimiento de su población del 0,8 % entre el 1750 y el 1800. Sin embargo, y pese a todo, entre estos dos Grandes Reinos contaban hacia el año de 1800 con cerca de 5 habitantes por kilómetro cuadrado, una densidad ciertamente inferior a la de continentes como el Asia ( 11 habitantes por kilómetro cuadrado ) y sobre todo, la Europa ( 14,5 habitantes por kilómetro cuadrado ).


    En el caso mejicano podemos encontrar cifras más o menos “ fiables “ :


    Año Millones de habitantes Tasa de crecimiento

    1650 1

    1700 2 1,4

    1709 4,4 1,1

    1750 2,9 0,7

    1760 3,2 1

    1800 5,8 2,8

    1810 6,2 0,7




    Durante la primera mitad del XVIII, el conjunto de la población mejicana continuaría el proceso de recuperación demográfica iniciado hacia el 1650, sobre un mínimo histórico situado entre 1 y 1,1 millón de habitantes. Dentro de este movimiento más o menos general, las cifras muestran la existencia de un par de fases que pueden definirse en función de la relación que el crecimiento demográfico mantiene con el crecimiento económico. Así, hasta el 1760, el núcleo de hombres aumentó a un ritmo inferior que la producción de bienes y servicios, en lo que constituyó, posiblemente, la etapa más expansiva de la historia novohispánica. Pero, a partir del 1760, sin embargo, la tasa de crecimiento demográfico tendió a sobrepasar el movimiento ascendente de la renta mejicana, hasta llegar a una situación crítica en las dos décadas que precedieron al grito de Dolores.


    En algunas regiones, como en el Norte, o en el Méjico Central-Occidental, el empuje demográfico de la segunda mitad del XVIII supuso la ruptura de los techos demográficos alcanzados en la etapa prehispánica. En otras, como la Meseta Central, donde se había concentrado el grueso de la población azteca, alcanzando densidades superiores a los 40 habitantes por kilómetro cuadrado, parece que no fue así, a pesar de que las cada vez más frecuentes crisis de subsistencias, a partir de los años 60, y el alza del precio de los alimentos básicos indicaban la presencia de una creciente contradicción entre el número de hombres y la oferta de alimentos. Existían, por último, regiones que parecen seguir una dinámica propia, como es el caso de la Península del Yucatán.


    El Yucatán había alcanzado su momento de apogeo en la etapa tolteca y se hallaba ya en declive a la llegada de los Conquistadores Españoles. Ello explica que su población tocara fondo ya a comienzos del XVII, en torno a una quinta parte de las cifras documentadas un siglo antes. Con todo, a diferencia de lo sucedido en el Méjico Central, la recuperación no será sostenida sino que registrará sensibles movimientos de baja durante el segundo tercio del siglo XVII y primer tercio del siglo XVIII. De este modo, sería en torno a este último periodo cuando la población yucateca alcanzaría sus mínimos históricos durante la época imperial. Más que al aumento de la mortalidad, estas bajas se debieron a las características especiales que reunían el Yucatán y el Campeche como zonas de frontera, donde la población amerindia podía abandonar con cierta facilidad las áreas controladas por la administración hispánica, para ir a parar a las Selvas de Quintana Roo, o en Honduras. En cualquier caso, el crecimiento que siguió fue realmente espectacular. Entre el 1736 y el 1810, la población peninsular multiplicóse por 3,3 %, hasta llegar a alcanzar prácticamente el medio millón de habitantes; que no volvería a igualarse hasta el censo del 1940. La coincidencia entre este gran auge demográfico y el incremento de la demanda europea de las maderas tintóreas producidas en la zona parecen indicar que, en este caso, crecimiento económico y expansión demográfica pudieron avanzar a ritmos similares.



    Las áreas limítrofes de la Nueva España también registraron unas tasas de crecimiento superiores a la media virreinal. En los territorios comprendidos en la Guatemala y el Panamá, la evolución demográfica fue desigual. En líneas generales, puede defenderse que la población centroamericana continuaría su declive hasta mediados del siglo XVIII, producto de una elevada mortalidad epidémica, hambrunas, inestabilidad social, etc. La recuperación rápida del último tercio del siglo XVIII sería harto desigual, tanto desde una perspectiva étnica como social. Desde el primer punto de vista, la población mestiza, blanca y negra tendería a ocupar el lugar de las razas amerindias; desde el segundo, las áreas productoras del añil ( Esto es, Guatemala y Honduras ) y del cacao ( Soconusco ) actuaron de incentivo al crecimiento poblacional.

    El arco antillano, con una tasa del 1 %, también se incluye entre las áreas de elevado crecimiento demográfico durante el siglo XVIII. Sobre la extinción de la población india durante el primer siglo imperial, la recuperación posterior será fruto de la integración de la América Insular en una sólida área comercial, como base productora del azúcar, y, en menor medida, del tabaco. Cuba, uno de los grandes centros criollos de Las Américas, que a mediados de siglo acogía a la mitad de la población de Las Antillas Españolas, registrará durante la segunda mitad del siglo XVIII un crecimiento espectacular ( Contando-hasta prácticamente la dictadura comunista de Fidel Castro, la cual provoca, entre otras cosas, un gravísimo etnocidio criollo-con una variada inmigración europoide; española principalmente. ), que contrasta con la lentita recuperación de Puerto Rico y Santo Domingo. El impacto de las “ reformas “ borbónicas que dotaron a la ínsula de un statvs especial dentro del sistema imperial, destinado a favorecer el desarrollo de la economía de plantación, convirtiéronla en polo de atracción para la emigración española y centro de demanda de la mano de obra negroide.



    La Venezuela y el Río de la Plata crecieron durante el siglo XVIII a un ritmo muy similar al de la media de la América Virreinal; es decir, en torno a un 0,1 %. En ambas regiones naturales del Virreinato de la Nueva Castilla, la población asentada tendió a crecer, en conflicto continuo con la población india que respondía con violencia a la presión expansiva de los asentamientos hispanos. En la Capitanía de la Pequeña Venecia, la población de origen asiático-australoide logró su asentamiento en el curso bajo del Orinoco, el Meta y el Apure, mientras que en Los Llanos, los indios no asimilados constituyeron un elemento más en la amalgama humana de esa zona mayoritariamente hispanizada que era la sociedad llanera.


    El Río de la Plata constituyó durante el siglo XVIII otro ejemplo de sociedad de frontera donde la necesidad de poblar constituía un objetivo estratégico frente a la propiedad de las posesiones de otras naciones europeas. El crecimiento demográfico rioplatense, será, sin embargo, resultado de la suma de dos tendencias contradictorias : Despoblación en la Banda Oriental-Uruguay-y rápido crecimiento del hinterland bonaerense. Las actuales Argentina y Uruguay comprendían una vastísima zona, donde la población india fue casi inexistente y siempre fue un reclamo de la emigración europea hasta prácticamente la mitad del siglo XX. En el Paraguay, la inestabilidad fronteriza con los bandeirantes del Brasil Portugués-también hispánico-, la hostilidad de los hacendados españoles contra el sistema misionero y, finalmente, la expulsión de los jesuíticos-llevada a cabo por un Carlos III mangoneado por la judeomasonería-fueron responsables de un continuo descenso en la población guaraní a lo largo del siglo XVIII.


    Las misiones de la zona oriental del Alto Perú, aunque lograron sobrevivir parcialmente a la expulsión bajo la administración borbónico-estatalista, siguieron la misma tendencia; no obstante, siempre fue el indio el elemento predominante de la zona hasta nuestros días. Hacia el año de 1788, el gobernador Ribera informaba que, en la provincia de Moxos, los jesuitas habían dejado una quincena de pueblos “ llenos de felicidad y opulencia “; con unos 30.000 habitantes; veinte años después, la población se había reducido en un tercio; mientras que algunos curas seglares sacrificaban gran parte del ganado para el comercio del sebo; permitiendo el pillaje portugués. Las reducciones de Chiquitos, diez para un territorio similar al de España, no escaparían a la misma suerte.


    El espacio regional articulado en torno a Buenos Aires constituye la otra cara de la moneda. Convertido en época borbónica en una de las zonas neurálgicas del Imperio gracias a la generosas inversiones de la plata altoperuano efectuadas por el nuevo estado, presenció la articulación de una economía que giraba en torno a la demanda de la ciudad rioplatense, favoreciendo un proceso de especialización agropecuaria en su hinterland más cercano y, a la vez, consolidando la producción textil de Cochabamba y Tucumán.


    La Nueva Granada y el Perú presentan un seguimiento que contrasta con la del resto de las Indias de los Virreinatos. En parte ello se explica por una dinámica a largo plazo de la población india. Según el insigne historiador Claudio Sánchez Albornoz, el retraso en el proceso de baja demográfica, que alcanzaría al primer tercio del XVIII, una mayor incidencia del azote de las enfermedades infecciosas y la huida de tributarios hacia fuera del sistema colonial, constituyen las principales causas de esta evolución diferenciada. Para el último tercio del siglo y sobre una población que parecía ya más resistente a la baja, la crisis de las comunidades indias, fruto al menos parcial de las “ reformas “ borbónicas, forzaron el descenso registrado en las anteriores estimaciones.


    En cualesquiera de los casos, el crecimiento demográfico en los Virreinatos que tratamos fue producto de la combinación de un par de factores : Por un lado, el crecimiento natural de la población ya asentada y, en segundo lugar, el flujo migratorio procedente del exterior. Con respecto al crecimiento natural, resulta difícil establecer conclusiones firmes, generalizables para el conjunto hispanoamericano, dado el carácter más o menos limitado de los estudios realizados sobre los archivos parroquiales. Con todo, y aprovechando la información disponible, podría deducirse que en el transcurso del siglo XVIII la fecundidad de la población asiático-australoide tendería al aumento como resultado de un pronto acceso al matrimonio. Según los estudios de Klein sobre la comunidad india de Amatenango ( Chiapas ), población estable en una región de agrícola asentamiento, caracterizada por bajos niveles de ilegitimidad, las féminas casábanse con una media de 16,5 años, y el 90 % de ellas ya lo habían hecho a los 20 años, mientras que los varones cambiaban de estado civil en torno a los 19,6 años. Las prácticas contraconceptivas, más o menos frecuentes en los siglos XVI y XVII, se reducirían de un modo considerable, a Dios gracias, hasta el punto de que la media de hijos nacidos por mujer casada de cada generación se situaba en torno a los 8,5. En los núcleos urbanos, la media de hijos se reduciría sensiblemente, como resultado de un retraso en la edad de matrimonio, producto de las dificultades económicas que la vida urbana imponía a la fundación de una nueva familia.


    Para el conjunto de la Nueva España ( A partir de los trabajos de Cook, Borah y Rabell ), además de confirmar estas tendencias, podría añadirse que el celibato tendió a retroceder, mientras que el número de hijos concebidos al margen del matrimonio crecería respecto a los legitimados por la Iglesia Católica. En el centro de la Novocastellana Capitanía del Chile, una de cada tres mujeres había sido madre antes de cambiar de estado civil. Sobre unos niveles de fecundidad altos, el crecimiento natural de la población dependió de la diversa incidencia social y regional de la mortalidad. Junto a una elevada mortalidad infantil, situada entre el 200 y el 300 %, el mecanismo regulador de la población virreinal continuó siendo, durante el siglo XVIII, la mortalidad catastrófica, asociada a periodos cíclicos de epidemias y malas cosechas.


    La peste bubónica ( 1719-1720 ), tifus ( 1761, 1779-1780 ) y viruela ( 1761-1766 ) continuaron constituyendo un freno importante al crecimiento de la población indiana, especialmente en el Cono Sur. En Méjico, la dinámica a largo plazo de poblaciones como Puebla o San Luis de Paz, en Guanajuato, permite comprobar que, por encima de las diferencias locales, los principales picos de la mortalidad coinciden casi exactamente : 1737, 1761-1763, 1779, 1783-1784.



    * La Inmigración Blanca :



    Los distintos estados europoides no reconocieron el derecho de sus administrados a emigrar hasta el segundo tercio del siglo XIX, y ello dentro del marco jurídico-constitucional de las nuevas democracias burguesas. Esta regla no tuvo una excepción en la España del siglo XVIII, donde era el rey quien en calidad de soberano de las tierras imperiales del Nuevo Mundo concedía una licencia personal y temporal para pasar a las Indias Occidentales. Sea como fuere, el caso es que muchos “ pro-inmigración “ en nuestro solar pretenden escudarse en el “ ejemplo americano “; cuando eran los mismos Reyes de Las Españas, al frente de la Casa de la Contratación , los que regulaban las migraciones españolas a Las Américas ( Prohibiendo el embarque a moriscos, judíos, gitanos y herejes ), cuanto más aquí eso era poco menos que impensable; y cuanto más la invasión del islam…..



    Los requisitos exigidos para obtener la licencia de pasajero indiano quedaron recopilados en una Real Cédula del 5 de Abril del año de 1552, texto que aún continuaba siendo de obligada referencia a finales del XVIII. Al informe sobre la Limpieza de Sangre-Cristiano Viejo-, acompañado de certificación firmada por los justicias de los respectivos lugares de origen de los solicitantes, debían añadirse una instancia donde constaran los datos personales del emigrante, edad, estado civil, y el juramento de no estar afectado por ninguna de las causas que impedían la obtención del Real Permiso.


    A pesar de los grandes cambios que afectaron a la organización del monopolio continental español durante el borbónico siglo XVIII ( Traslado de la cabecera de la carrera americana a Cádiz, proyecto del 1720, “ reforma “ de la administración americana en todos sus niveles, “ comercio libre “, “ libertad para el tráfico de negros “….), las leyes de emigración, cristalizadas antes del 1650, mantuvieron su vigencia ( Sólo con algunos retoques ).


    En el marco del sistema del “ comercio libre “, las leyes reguladoras de la emigración a Las Américas tendieron a hacerse aún más restrictivas, limitando las posibilidades de acceder a la licencia y, repitiendo hasta la saciedad las penas que aguardaban a los que osaran realizar el viaje sin ellas. Las reglas a que debía ceñirse la tramitación de licencias quedaron recogidas en cuatro textos legales publicados durante el año de 1778 : Las Reales Órdenes del 6 y del 23 de Marzo, y del 27 de Junio, y el Reglamento del 12 de Octubre. De su lectura despréndese que no fue la intención de los gobernantes “ ilustrados “ favorecer el flujo migratorio a Las Indias, sino más bien todo lo contrario. Los extranjeros continuaban teniendo vedado el acceso al Imperio Americano. Entre los españoles no pertenecientes a ningún Instituto Religioso se distinguían, más o menos, cuatro tipos de viajeros a Ultramar : Marineros matriculados, cargadores, encomenderos y pasajeros. Los primeros debían hacer necesariamente el viaje de ida y vuelta en la misma embarcación. Cuando el capitán de un buque del “ comercio libre “ solicitaba la Real Patente de Navegación a Indias, documento imprescindible para la realización de cada viaje, se responsabilizaba del regreso a la metrópoli del buque con toda su tripulación, prestando una fianza que era igual al valor pericial de su embarcación. A su retorno, el comisariado de la Marina de los puertos habilitados comprobaba si existían diferencias entre lo consignado en el rol de matrícula confeccionado, tras la oportuna inspección, a la ida, y la marinería embarcada en el viaje de regreso. El Capitán era responsable de cualquier falta. Los cargadores y encomenderos eran los comerciantes que se embarcaban con mercancías para negociarlas en la colonia; la única diferencia entre ambas categorías radicaba en el hecho de si la cargazón transportada era por cuenta propia o por cuenta ajena. En ambos casos, estos comerciantes viajaban como sobrecargos.


    Otras disposiciones contenidas en el Reglamento y órdenes citados reproducían los preceptos ya establecidos en el siglo XVI : Cargadores y encomenderos podían permanecer en Las Indias durante tres años, sólo en el caso de que no hubieran logrado vender todas sus mercancías; los casados debían presentar la oportuna licencia marital; los menores de 18 años, permiso paterno, y todos la Fe del Bautismo. Era también, pues, imprescindible presentar certificación de la aduana donde constase que las mercancías aforadas a su cuenta tenían un valor mínimo de 52.941 reales 6 maravedís, es decir, seis veces más de lo establecido por el Proyecto del 1720. Respecto a los pasajeros, las leyes eran igual y efectivamente estrictas : Tal categoría reservábase, en principio, a funcionarios, clérigos o militares; sólo excepcionalmente podía viajar un comerciante, cuando poseía algún pariente directo-padre, hermano, cónyuge o tío-, con negocio abierto en la América.


    La emigración ibérica al Nuevo Mundo durante el siglo XVIII es la peor conocida de todo el periodo imperial. Las estimaciones que poseemos coinciden en afirmar que el flujo de pasajeros en dirección a Las Indias Virreinales registró una sensible reducción con respecto a anteriores épocas, situándose, aproximadamente, entre los 50.000 y los 100.000, frente al medio millón largo calculado para los siglos XVI y XVII. Este descenso vino acompañado de un cambio en los incentivos que proporcionaban el deseo de emigrar. Al tradicional predominio de gentes de los Reinos de la Andalucía, de la Extremadura de León, de Castilla La Vieja y del Reino Toledano; sucedería ahora el apogeo de las gentes del Reino de Galicia, de las Provincias Vascongadas, y de los Principados de Cataluña y Asturias, que llegarían a suponer prácticamente el 60 % de la emigración total.



    * La Trata de Esclavos :



    La introducción de negros bozales ( Esto es, recién venidos del África, sin saber la lengua castellana y en su mayoría careciendo de evangelización alguna ) en la América Virreinal fue función del sistema agricultor de plantación. Ello explica que la demanda conjunta iberoamericana ( Los Virreinatos de la Nueva España y la Nueva Castilla y el Brasil ) absorbiera, durante la segunda mitad del XIX, sólo el 40 % de los esclavos transportados hasta la América por los buques negreros; de este porcentaje, apenas una cuarta parte bastaría para cubrir las necesidades de las imperiales tierras hispánicas. La especialización del sur de los Estados Unidos de la América del Norte, y de las colonias británicas, gabachas y holandesas, en la agricultura esclavista de exportación, justificarían un predominio ya consolidado en la etapa anterior.


    Aun aceptando que las cifras de Curtin pueden minimizar las introducciones de negros bozales ( Se llamaba así al negro recién vendido por sus padres y extraídos por mercaderes europeos, árabes o hebreos; y para nuestro caso, carente de evangelización y sin conocimiento de la lengua castellana ) en la América Virreinal ( Los recuentos de J. M. Fradera y Pablo Tornero arrojan para Cuba un saldo de más de 200.000, entre el 1790 y el 1810, frente a los 185,5 estimados para la América Virreinal entre el 1791 y el 1819 ), el flujo de hombres transportados desde África por los mecanismos de la trata doblaría, como mínimo, al de aquellos otros que llegaron voluntariamente de la metrópoli.


    Hasta el 1789, año en que se autorizó el “ comercio libre “ de africanos, la provisión regular de las colonias se realizó a través de contratos de asiento, en pro de los cuales, y a cambio de una prestación pecuniaria, uno o varios comerciantes obtenían licencia para introducir, en determinada región americana, una cantidad de negros bozales, fijada de antemano. El asentista gozaba, durante el tiempo pactado en la contrata, del monopolio de provisión en el área de su concesión. Durante el siglo XVII, los grandes contratos de asiento, con intervención directa del rey, alternaron con las avenencias o acuerdos de menor envergardura con particulares, pactados por la Casa de la Contratación.


    Durante la mayor parte del siglo XVIII, España debió recurrir a los servicios de los comerciantes extranjeros para cubrir la demanda americana de esclavos, más que por incapacidad de los españoles, como resultado de compromisos adquiridos por la Corona en momentos de debilidad. Así, entre el 1701 y el 1713, los franchutes rentabilizaron a través del control del asiento el apoyo concedido a Felipe de Anjou. La vergonzosísima “ Paz de Utrecht “ ( 1713 ) traspasó el usufructo de esta fuente de beneficios a la South Sea Company de la Pérfida Albión, que desde sus bases de Jamaica y Barbados aprovisionaron durante 37 años los puertos autorizados para este tráfico, extrayendo a cambio de las tierras imperiales españolas plata, oro, cacao, azúcar, pieles y colorantes ( Tales como grana, palo campeche o índigo ).


    Tras el rescate del asiento, en el Tratado de El Retiro del 1750, los gobernantes españoles retornaron al viejo sistema de las licencias particulares, limitando el alcance de las concesiones y prestando una especial atención a las áreas donde el desarrollo de la agricultura de plantación hacía más acuciante la escasez de mano de obra esclava. El proyecto “ reformista “ de Carlos III para la cubana ínsula convirtió en cuestión de vital importancia el suministro de esclavos del África. Tras unos años de tanteos, en el 1765 se concedería un nuevo asiento general para la introducción de esclavos en Cuba a Miguel de Uriarte, que sería gestionado por la Compañía Gaditana de Negros, de la cual formaba parte. Entre esta fecha y el 1779 se introducirían en Cuba, y en menor escala, en Puerto Rico, Cartagena de Indias, Portobelo, Cumaná y Honduras, 26.585 esclavos, adquiridos a los grandes mayoristas del tráfico negrero. La incapacidad de esta oferta restringida para hacer frente a las necesidades de los grandes plantadores indianos, llevó a que, en la etapa “ reformista “ de Floridablanca, el tráfico de esclavos pasara a incorporarse al sistema de “ comercio libre “. En Febrero del 1789 se habilitarían Caracas, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, donde el desarrollo de la agricultura de plantación había progresado más rápidamente, y un par de años después, Santa Fe y Buenos Aires eran igualmente autorizados a la libre importación de negros. Aunque las cédulas del 1789 y el 1791 autorizaban a la compra de esclavos en las colonias extranjeras de Las Américas, la intención de la corona era que, a medio plazo, los comerciantes españoles lograran construir su propia red mercantil en el tráfico esclavista, adquiriéndolos en las factorías de las costas africanas. Los pocos progresos que tuvieron lugar, en ese sentido, llevaron al gobierno español a aumentar las facilidades para que el comercio peninsular se interesara en la trata. Una Real Orden de Enero del 1793, destinada a “ promover el tráfico directo de los comerciantes españoles con las Costas de África “, autorizó la práctica de la actividad negrera desde todos los puertos de Las Españas o Las Américas; incluidos en las regiones habilitadas, con absoluta libertad de derechos fiscales incluido el de extranjería por los buques de fábrica extranjera; el único requisito exigido era que el capitán y la mitad de su tripulación fuesen españoles. Esta política de fomento a la trata esclavista continuaría en los años siguientes. En el 1795, el comercio de negros se extendió por el Virreinato de la Nueva Castilla, y en el 1804, las ventas concedidas a los comerciantes españoles prorrogaríanse por 12 años más. La adopción de estas medidas tuvo efectos inmediatos sobre el comercio entre la España y la América, y sobre el desarrollo de la agricultura esclavista. A partir del 1789, los buques-registro del “ comercio libre “ que partían de los puertos habilitados de España comenzaron a practicar el comercio triangular, incorporando a sus derroteros habituales en la escala en la Costa de la Guinea para la carga de negros con destino a Las Indias, logrando, de este modo, rentabilizar de nuevo los intercambios con América.


    Desde el segundo punto de vista, las medidas “ liberalizadoras “ favorecieron el incremento del tráfico, especialmente en aquellas regiones que, como Cuba, se hallaban inmersas en un rápido proceso de crecimiento demográfico que descansaba sobre la producción del azúcar para un mercado a nivel prácticamente mundial. Según Pablo Tornero, en el 1789 es cuando comienza el proceso de “ transformación “ social, económica y cultural de la isla, y el inicio de una etapa que no finaliza hasta la llegada al poder del dictador comunista Fidel Castro en el 1959; era la etapa de predominio social, económico y político del grupo dominante que Moreno Fraginals bautizó como la sacarocracia.



    Cuadros de las ciudades con más de 20.000 habitantes y porcentaje sobre la población virreinal :



    1700


    Méjico-100.000

    Potosí-95.000

    Oruro-72.000

    Puebla-63.000

    Lima-37.000

    Cuzco-35.000

    Zacatecas-30.000

    Quito-30.000

    Guatemala-30.000

    La Habana-25.000

    Huamanga-25.000

    Mérida-20.000





    562.000

    7,5 % del total








    1750


    Méjico-110.000

    Puebla-53.000

    Zacatecas-40.000

    Cuzco-40.000

    Lima-40.000

    Potosí-39.000

    Oruro-35.000

    Guatemala-34.000

    La Habana-34.000

    Quito-30.000

    Guanajuato-30.000

    Arequipa-26.000

    Huamanga-26.000

    Mérida-24.000

    Oaxaca-20.000

    Guayaquil-20.000

    Guadalajara-20.000

    Cochabamba-20.000





    641.000


    6,3 % del total







    1800



    Méjico-128.000

    Guanajuato-65.000

    Puebla-65.000

    La Habana-60.000

    Lima-54.000

    Buenos Aires-50.000

    Cuzco-34.000

    Zacatecas-33.000

    Guadalajara-31.000

    Caracas-30.000

    Mérida-30.000

    Arequipa-25.000

    Oaxaca-25.000

    Guatemala-25.000

    Huamanga-25.000

    Cochabamba-22.000

    La Paz-20.000

    Bogotá-21.000

    Santiago-20.000






    766.000

    5,7 % del total






    Desde los primeros momentos del Imperio Indiano, los gobernantes ibéricos prestaron una especial atención a la fundación de núcleos urbanos ex novo, o la reconversión de los viejos centros administrativos amerindios en municipios para acoger a la población blanca. Ésta debía empadronarse en estos núcleos urbanos, aunque residiera habitualmente en su hacienda, y participar en las cargas concejiles, asignadas por el cabildo. Era un concepto de sociedad participativa y auténticamente representativa; herencia directa de la Foralidad Hispánica. La nueva ciudad europea se configuraba como centro de poder y control social asumiendo un papel decisivo en la reordenación del territorio integrado por el Imperio. La población celtíbera convivió en la ciudad con otros grupos raciales que, atraídos por la demanda urbana, se acogieron en su seno, especializándose en la producción de aquellos bienes y servicios demandados por funcionarios, militares, hacendados y encomenderos. Hasta las primeras décadas del siglo XIX, y mientras la emigración europoide estuvo sometida a fuertes restricciones ( Que ya quisiéramos en nuestro suelo ante la invasión del islam, por poner un ejemplo….), mestizos y mulatos coparían los llamados “ oficios viles “ y el servicio doméstico.


    Según todos los indicios, el proceso de urbanización ( En principio, en base al tradicional modelo latino ) progresó decisivamente durante el siglo XVII, cuando posiblemente los habitantes de los núcleos urbanos con más de 20.000 habitantes llegaron a representar el 10 % de la población de los Reinos que tratamos. Más que un crecimiento espectacular de las urbes, ello fue el resultado de la despoblación paralela de las áreas rurales donde se concentraba una población amerindia azotada por varias calamidades. A partir del 1700, sin embargo, la tendencia invertiríase y, aunque las principales ciudades continuaron aumentando el número de sus habitantes, perdieron peso dentro de la población total, ante el empuje de la recuperación demográfica experimentada por la compañía.


    Las generalizaciones sobre un territorio tan inmenso como el de las Monarquías Indianas obligan siempre a introducir algunas matizaciones : Entre el 1700 y el 1800 se produjo un cambio decisivo en el peso relativo dentro de ambos hemisferios dentro de la población urbana. Si en el 1700 las ciudades del Virreinato de la Nueva Castilla representaban el 52,3 % del total, hacia el 1800 habían caído al 29,2 %, mientras que la población mejicana pasaba del 38 % al 49,2 % del total. Aún más significativo es el avance de las nuevas capitales administrativas y económicas, tales como La Habana, Caracas y Buenos Aires, donde se estaba gestando una clase dirigente criolla más vinculada a los nuevos estímulos surgidos del comercio exterior que a la reproducción de los mecanismos de captación del excedente organizados desde centros de poder tradicionales, como la peruana Lima o la Ciudad de Méjico.


    Según Morse, el proceso de desurbanización relativa de la vida colonial se acentuaría a partir del último tercio del siglo XVIII, en todas las regiones del imperio, siguiendo la evolución siguiente :



    % del total Bajan a % del total

    4 ciudades
    mayores de 24 ( 1778 ) 14 ( 1817 )
    la Argentina


    4 ciudades
    mayores de 15 ( 1772 ) 10 ( 1810 )
    la Venezuela


    3 ciudades
    mayores del 16 ( 1758 ) 9 ( 1813 )
    Chile


    3 ciudades
    mayores de 35 ( 1774 ) 22 ( 1817 )
    Cuba


    2 ciudades
    mayores del 8 ( 1760 ) 7 ( 1820 )
    Perú


    Ciudad de
    Méjico 2,9 ( 1742 ) 2,2 ( 1793 )


    Montevideo 30 ( 1769 ) 18 ( 1829 )



    Las causas a que se atribuye este descenso son, por un lado, demográficas-el hecho de que el descenso en las tasas de mortalidad comenzara por las áreas rurales, la inmigración de esclavos negros destinados a las plantaciones-, pero también económicas : En una época de aumento del control estatal, el abandono de las ciudades constituía una táctica para eludir las cargas crecientes que la Real Hacienda imponía sobre mestizos y mulatos.


    Esta decadencia relativa de las grandes urbes contrasta con la proliferación de pequeños núcleos urbanos, fundados en las áreas de frontera, como la Banda Oriental del Paraguay, las Provincias Internas de la Nueva España, o el Noroeste del Chile, con la intención de asentar a la población asiático-australoide y atraer a la población blanca. Del mismo modo que las Misiones cumplieron en especial el primero de estos objetivos, los presidios se consolidaron como avanzadillas de la civilización hispánica en áreas particularmente hostiles. Este tipo de asentamiento tuvo una especial importancia en el norte de Méjico, donde el presidio fortificado continuaría la tradición de control y sujeción de apaches y otras tribus amerindias especialmente belicosas. Aunque el núcleo del presidio estaba formado por las familias de la guarnición, atrajo también a indios pacíficos y a comerciantes y artesanos blancos y mestizos, que aseguraban el suministro de bienes de consumo básicos.



    * La cuestión del mestizaje :



    Después de más de dos siglos de contactos entre la población autóctona, y unos inmigrados de raza blanca y negra, que coincidían en su elevada tasa masculina, la mezcla de razas vendría a constituir una de las características más relevantes. Antes que nada, cabría decirse que no es sólo el mestizaje algo oriundo de la sociedad imperial hispana ( Incluida la portuguesa ); ha ocurrido en muchos otros momentos y con muchos otros pueblos a lo largo de la Historia y seguirá ocurriendo ( Un caso continuo es el de la Inglaterra y el judaísmo…..)


    Sobre unos tipos básicos, claramente diferenciados en el lenguaje popular ( Mestizos, ladinos, mulatos ), el siglo XVIII será testigo de una fiebre taxonómica empeñada en crear un complejo glosario para definir a cada una de las variantes posibles en el producto del cruce racial. “ Español “ era un término que seguía siendo valido tanto como para el de la Vieja España como para el criollo. Las preocupaciones de la época están bien plasmadas en la obra de los artistas poblanos Ignacio de Castro y José Joaquín Magón :



    Español con India : Mestizo

    Mestizo con Española : Castizo

    Castizo con Española : Español

    Español con Negra : Mulato

    Mulato con Española : Morisco

    Morisco con Española : Chino

    Chino con India : Salta Atrás

    Salta Atrás con Mulata : Lobo

    Lobo con China : Jíbaro

    Jíbaro con Mulata : Albarazado

    Albarazado con Negra : Cambujo

    Cambujo con India : Zambaigo

    Zambaigo con Loba : Calpamulato

    Calpamulato con Cambuja : Tente en el aire

    Tente en el Aire con Mulata : No te entiendo

    No te entiendo con India : Torna atrás

    Albarazado con India : Barsino



    …..Son unas de las muchas clasificaciones que podemos encontrar.


    La distribución de los diferentes tipos raciales por la geografía de indiana fue muy variable. Si a finales del XVIII, y para el conjunto de estos Reinos, indios y blancos representaban el 80 % del total; y la población amerindia doblaba con creces a la Estirpe Conquistadora, las variaciones regionales a estas cifras medias podían ser considerables. En el Virreinato de la Nueva España, el análisis regional de la composición racial revela diferencias abismales. La “ gente de razón “, minoritaria, alcanzaba sus mayores niveles de densidad en la costa y en el norte, zonas antiguamente poco pobladas o habitadas por tribus harto belicosas; mientras que su presencia disminuía notablemente en el Méjico Central. Las proporciones entre blancos, mestizos, negros y mulatos eran asimismo variables. En términos generales, decirse podría que, mientras negros y mulatos eran relativamente numerosos en las costas centrales, norte y oeste; mestizos y blancos predominaban claramente en la región centro.


    Descendiendo hacia la América Central, la población india americana disminuía hasta porcentajes situados entre un cuarto y un tercio de la población total, ocupando su lugar las castas y los negros. Tanto en la Guatemala como en Las Antillas, la Nueva Granada o la Pequeña Venecia, blancos e indios eran minoritarios. La población negra y mulata concentrábase en las áreas donde tendió a desarrollarse la economía de plantación, alcanzando unos niveles de elevada densidad en Las Antillas.


    En el resto de las tierras que tratamos, la distribución espacial y sectorial de la población negroide dependió de la importancia relativa de la agricultura de exportación en la economía regional, actividad que combinó con la minería en las costas de la actual Colombia y en los valles del Magdalena y del Cauca. En el Perú, con unas cifras absolutas muy inferiores a las del arco antillano, aproximadamente el 50 % de los esclavos se ocupó de la agricultura de la costa. De Trujillo a Pisco, las haciendas y chacras productoras de azúcar y vid utilizaron en distinta proporción la mano de obra importada. En el Altiplano, la presencia de población del África fue anecdótica : Sólo el 8 % de los negros se instalaron allí. Por lo que se ve, no se adaptaban bien al clima.


    Donde la agricultura de plantación tuvo un menor desarrollo, los negros se concentraron en las urbes, formando parte del servicio doméstico de los blancos-en especial, las mujeres-, y ocupándose en la manufactura y el pequeño comercio. Ciudades como Méjico, Lima, que acogía el 50 % de la población negra del Virreinato Peruano, o Buenos Aires, donde representaba el 60 % del artesanado, constituían ejemplos bien representativos de esta situación. La población urbana gozó de una situación de privilegio. Los mismos dueños abrían el camino a la promoción social al favorecer el aprendizaje de algún oficio, con cuya práctica se lucraba en primer lugar el propietario, pero que permitía al esclavo ahorrar dinero para comprar su libertad y la de su familia, posibilidad fuera del alcance del negro de plantación. El negro o mulato libre no escatimó a la hora de poseer esclavos; como pasaba también con el cacique o curaca indio. El mismo trato directo entre amo y servidor que caracterizaba las relaciones domésticas constituía un elemento propicio para otras formas de manumisión también frecuentes, como la testamentaria. Por esta razón, la población negra y mulata libre tendió a instalarse en los núcleos urbanos, encuadrada en sus propias cofradías artesanales, desde las cuales defendía sus intereses en el mundo de la manufactura y el pequeño comercio. En el norte peruano y la Nueva Granada, costa de Santa y tierra de Trujillo, se produjo un proceso de mestizaje especialmente intenso, hasta el punto que, a finales de la centuria, las “ castas “ constituían el sector más numeroso. Por la contra, el Altiplano Andino constituíase en una zona hostil para el europoide. Sobre un promedio cercano al 57 % para todo el territorio virreinal, en el Reino de Quito, la intendencia del Cuzco, Huancavelica y Charcas, la población india rondaba el 75 % del total, mientras que en Salta o Potosí la distribución se acercaba mucho a la media. La población blanca, a su vez, alcanzaba sus mayores puntos de concentración en ciudades como Lima o Arequipa, con porcentajes del 30 %, que contrarrestaban con el 8 % de Huancavelica. Los blancos eran mayoría en la parte central del Río de la Plata, como por ejemplo Montevideo, Corrientes, Córdoba, Buenos Aires; y, por aquel entonces, en algunos rincones del Chile.


    No obstante, el blanco era el elemento más prestigioso de aquella sociedad ( Como nos dice Alexander Von Humboldt entre otros ). Con todas las discusiones ya conocidas, siguió predominando la idea del indio como inmaduro y necesario de tutela; debiendo permanecer en ligazón a la Estirpe Conquistadora, que además de velar por su formación espiritual, formaba el producto de su trabajo. Las “ gentes de razón “ : Mulatos, mestizos y negros libres, tenían, al menos, una mayor capacidad de elección. Poco indicados al trabajo de la tierra, desarrollaron habilidades en la minería, la manufactura y los servicios, a cambio de un salario. El mestizo encontraba en los núcleos urbanos su medio natural, dedicado al trabajo manufacturero o al pequeño comercio, y nutría, asimismo, los cuerpos subordinados de la administración, la milicia y el clero. Las Leyes de Indias vetaban el acceso de los negros a los cargos públicos, a la enseñanza universitaria, y por extensión, a la práctica de las “ profesiones liberales “, para las cuales la educación superior era un requisito imprescindible.



    * Comercio y Relación Colonial-Principios Básicos de la Política Colonial :



    Si expone un servidor de ustedes el adjetivo “ colonial “, es quizá para subrayar el cambio de modelo que se desarrolla con los Borbones.


    Siguiendo la definición de G.J. Beer, el sistema colonial “ es un complejo de relaciones regladas con la pretensión de crear un imperio colonial autosuficiente, de partes económicas mutuamente complementarias, cuyas características básicas se configuran a partir de un objetivo, la defensa imperial, a través del ordenamiento fiscal como medio para la captación de recursos “…..


    Se suponía que la intervención estatalista había de garantizar que la Carrera de Indias cumpliera un trío de funciones :

    - Traer la plata, pero no en exceso, para evitar su depreciación

    - Exportar mercancías

    - Dar ocupación a la Marina Española



    La clave del éxito del sistema comercial radicaba en el acierto o desacierto en la combinación entre estos fines, y el fin último de garantizar la dependencia entre las dos partes del Imperio. Para ello era necesario regular los intercambios de tal modo que los productos de importación-la plata en la Europa, y las mercancías europeas, en Las Indias Occidentales-mantuviéranse en una situación de escasez relativa, es decir, poner dificultades a un incremento excesivo del comercio.


    Así pues, el fomento del comercio quedaba supeditado a otras prioridades de carácter más o menos político, cuyo fin último era garantizar la estabilidad de la “ relación colonial “ entre la metrópoli y el Ultramar.


    Para el Estado, tenía mucha importancia el garantizar la transferencia de los recursos obtenidos de los dominios americanos. Ello hizo que, hasta avanzado el siglo XVIII, y también debido a la hostilidad de las otras grandes potencias, que ya venían rapiñando de antaño, la organización del tráfico trasatlántico respondiera mayormente a criterios de seguridad, anteponiéndolos a la eficiencia.


    El coste económico de la protección dispensada por España a los intercambios se procuró, en todo momento, que fuera soportado por los mismos comerciantes, a través del pago de unos aranceles, más o menos elevados, siempre en función de las dificultades existentes para garantizar este servicio público.



    * El Proyecto del 1720; “ para un equilibrio “ de la política colonial “ …..



    Con el Proyecto de Flotas y Galeones, del 5 de Abril del 1720, se abre una nueva etapa en la historia de ese comercio “ colonial “ ( Adjetivo que concuerda mejor con la política de los Borbones; aína de estilo francés ) español, que se extenderá hasta los comienzos del reinado de Carlos III. Para caracterizar este nuevo marco legal, podríamos tomar, como punto de partida, las palabras de José Muñoz Pérez : “ Surgió como medida de urgencia para intensificar y regularizar el comercio ultramarino, variándolo fundamentalmente en la parte arancelaria, respecto de la antigua organización, y procurando los siguientes objetivos : Hacer frente a la penetración inglesa en Indias, reanimar el tráfico español tras el colapso de la última guerra y obtener ventajas para el Fisco “. Por tanto, los Reinados Americanos serían algo así como los mayores recursos ante tantas y tantas embestidas…..


    En realidad, estos supuestos objetivos contradícense con las medidas contenidas en el Proyecto. La reforma del sistema comercial vigente debió estar en la mente de Felipe de Anjou, desde el mismo momento de su arribada al trono. Aun antes de finalizar la tristísima Guerra de Sucesión Española, la creación de la Junta para el Restablecimiento del Comercio ( 1705 ), en un contexto de fuertes presiones por parte de los aliados franceses, que querían ampliar su influencia en el Océano Pacífico, demuestra el temprano interés del nuevo monarca por el problemón. Por otro lado, el Proyecto no se explica sin traer a colación las novedades introducidas en la preparación de la flota del 1711, y las concesiones efectuadas al Reino Unido en el Tratado de Utrecht. Efectivamente, en el año de 1711 se impone definitivamente el sistema de palmeo para el adeudo fiscal de las mercancías, utilizado en cinco de las seis flotas que se remitieron a la Nueva España en la segunda década del siglo XVIII y recogido por el Proyecto del 1720; se trataba, pues, de un cambio meditado. Por otro lado, el navío de permiso y el asiento de negros, arrancados por los británicos a Felipe de Anjou, convirtiéronse en una obsesión tanto para las autoridades españolas como para los flotistas metropolitanos, más que por el volumen de mercancías que se podía introducir de ese modo, por el cambio cualitativo que representaba el aceptar públicamente el que buques de otra potencia practicaran impunemente el comercio con Las Indias y, lo que era más grave, el estímulo dado a la consolidación de circuitos comerciales que no tenían su matriz en la Península Ibérica o en nuestras más inmediatas ínsulas; sino en el norte de la Europa. El temor a que los consumidores americanos se acostumbraran a adquirir sus mercancías a través de estos nuevos canales hizo que los gobernantes españoles reaccionaran : Quedaba obligada la búsqueda de un método más eficiente para regular el tráfico trasatlántico.


    Tampoco es posible desligar de la nueva normativa comercial el triunfo de los intereses gaditanos sobre los sevillanos, en la que pugna en torno a cuál debía ser la cabecera de la Carrera de Indias. Un decreto del 8 de Mayo del 1717 trasladó el Consulado y la Casa de la Contratación a Cádiz, confirmando de este modo un cambio en la correlación de fuerzas entre las dos capitales béticas que era manifiesto, al menos desde el 1680. La modificación se justificó aduciendo razones de eficacia : Mejor ubicación de Cádiz, reducción de los costes de transporte, posibilidad de cargar en la bahía buques de mayor calado, etc. En el fondo, también encubrían las ventajas de todo tipo que iban a obtener los cargadores con el cambio : una presión fiscal más baja, mayores facilidades para el fraude, etc.



    En esencia, el Proyecto de Flotas y Galeones, publicado el 5 de Octubre del 1720, mantenía el esquema tradicional de navegación en convoyes periódicos, con el recurso auxiliar de la remisión de registros sueltos, y la fórmula del monopolio comercial centralizado en Cádiz. Los cambios más significativos producirían el ordenamiento fiscal al consolidarse como principal impuesto el llamado “ derecho de palmeo “, cuya base imponible era el volumen que ocupaban las mercancías, expresado en palmos cúbicos, manteniéndose vigentes todas las contribuciones que, en función del arqueo de las embarcaciones, se habían ido estableciendo durante la segunda mitad del siglo XVII. La administración de Felipe de Anjou pretendía sustituir un gravamen ya obsoleto como era el almojarifazgo, que, tiempos ha, arrojado había buenos dividendos, por otro que resultara más “ atractivo “ a los ojos de los grandes cargadores, en particular de los comisionistas especializados en la expedición de manufacturas extranjeras.


    Respecto a la organización de las expediciones, el Proyecto fijaba con precisión las fechas de salida de flotas y galeones : 1 de Junio y 1 de Septiembre, respectivamente; los días de estadía en los puertos americanos : Hasta el 15 de Abril, en Veracruz, 50 días en Cartagena de Indias, y 70 en Portobelo. En cambio, no se definía en aspectos tan vitales como el número de toneladas que debía transportar cada expedición, o la composición de las cargazones. En esta última cuestión, el legislador contentábase con establecer un par de principios más o menos generales : La preferencia, en los buques de la Real Armada que acompañaban a los mercantes, de los efectos cargados por cuenta de la Real Hacienda, y la reserva de un tercio del arqueo útil, para el transporte de frutos, en la flota de la Nueva España.


    Las críticas de los mismos contemporáneos efectuaron al llamado, a partir del 1720, Sistema de Flotas y Galeones, fueron copiosas, y muestran que su funcionamiento no resultó satisfactorio para nadie. Prescindiendo de las quejas que tenían como fundamento intereses económicos “ inconfesables “, pueden destacarse un par de perjuicios notables que se derivaron del nuevo ordenamiento : El estímulo al comercio de reexportación de géneros extranjeros, en perjuicio de los productos agrarios peninsulares; amén de la lentitud y el exceso de formalidades burocráticas, que dilataban el proceso de preparación de las expediciones.


    Un texto del 1776, elaborado en Méjico, describía con todo detalle el calvario que debían pasar cargadores, navieros y encomenderos, antes de avistar luz verde para integrarse en la flota. El documento resumía espléndidamente la complejidad de los laberintos burocráticos que debía atravesar la organización de cada viaje de la flota, a la vez que denunciaba, con irónico deje, los mecanismos a través de los cuales había medrado una picaresca ligada a la formalización de los trámites burocráticos en la bahía gaditana, que valíase de métodos como los “ refrescos “, los pagos no contemplados en ningún reglamento, en suma el soborno, para agilizarlos. No debe sorprender, por otra parte, que la denuncia no surgiera del Consulado de Cádiz, teóricamente el mayormente interesado en el buen funcionamiento de flotas y galeones. Como ha puesto de manifiesto A. García Baquero, los mismos cargadores matriculados eran los más proclives a la dilación del papeleo que precedía a cada expedición, para espaciar el periodo de tiempo transcurrido entre remesa y remesa, y especular de este modo con unas precios más elevados en Las Américas, producto de la escasez.


    El Proyecto de Flotas y Galeones del año de 1720 constituye la expresión más elaborada de la política de equilibrio propugnada por las autoridades españolas como norma rectora de sus relaciones con las imperiales tierras. Los principios rectores de esta política ( Supuestamente, autoridad y flexibilidad….) obligaban a ofrecer contrapartidas a los grupos dirigentes de la sociedad imperial, tal para que les fuera más llevadera esta política…..


    Y es precisamente en la regulación del comercio donde mejor se puede ver este interés por evitar, frente a las presiones de los monopolistas metropolitanos, la indefensión de los comerciantes criollos que controlaban el circuito de la distribución “ colonial “. Primeramente, en el sentido que tuvieron las reformas introducidas al Proyecto del 1720 : Tanto el reglamento del 1725 como la Cédula Real del 21 de Enero del 1735 ( esta última elaborada sobre los informes presentados por una comisión mixta de comerciantes peninsulares y americanos ) pretendieron, con poco éxito, asegurar la regularidad en los viajes de flotas y galeones para reducir el perjuicio que sufrían comerciantes y consumidores criollos de resulta de la dilación. Con mayor detalle, esta política de equilibrio puede seguirse a través de la solución finalmente arbitrada para la comercialización de la producción europea en Las Indias Occidentales.


    El 24 de Abril del 1720, pocos días después de la publicación del Proyecto, una Cédula Real trasladaba el ámbito de la feria novohispánica a Jalapa, para evitar las presiones que los “ aviadores “ mejicanos ejercían sobre los flotistas españoles. La ausencia de una infraestructura adecuada que soportar pudiera, durante los días feriados, la actividad de la muchedumbre de comerciantes que se concentraban con motivo de la llegada de la flota, hizo que de nuevo la feria se trasladara a la Ciudad de Méjico, aunque por poco tiempo. El Consulado de Cargadores de Cádiz presionó sobre la Corte, haciendo ver la necesidad de encontrar un emplazamiento nuevo para la realización de intercambios entre la Piel de Toro y Las Américas, partiendo del equilibrio que debía regirlos. Una Cédula Real emitida en Noviembre del 1724 determinó que las ferias se harían a partir de entonces en la ciudad de Orizaba, a medio camino entre Méjico y Veracruz; dificultades de orden práctico impediríanlo. Finalmente, el equilibrio en el marco del sistema de flotas y galeones se lograría a través de la Cédula Real del 2 de Abril del 1728, resultado de largas negociaciones entre el comercio monopolista de España y el novoespañol, que cristalizaron en una reglamentación de las ferias aceptables para ambas partes.


    La Cédula del 1728 regularía el funcionamiento del mercado legal de productos europeos hasta el 1778. Además de fijar definitivamente el emplazamiento de las ferias en Jalapa, se extendía en los preparativos previos a la apertura de las negociaciones y en los mecanismos que debían garantizar su normal desarrollo. En ambos extremos concedía un enorme protagonismo a los diputados del comercio ( comisión paritaria formada por tres representantes del comercio de Méjico, y tres del comercio de España ) y a la figura del Virrey. Los primeros debían velar por que los intereses de sus representados no se viesen perjudicados en la feria. Los diputados españoles, llegados con la flota, debían encargarse de organizar la descarga, viajar-uno de ellos-a Méjico, para comunicar al Virrey la noticia de su llegada, y acelerar la actividad de los comerciantes de la capital; mientras, otro diputado, viajaba con los primeros géneros descargados al escenario de la feria, instalándose en Jalapa. Los representantes de los flotistas y los del comercio mejicano tenían treinta días para ponerse de acuerdo sobre los precios a que deberían venderse las mercaderías. En el caso de no producirse acuerdo, eran sustituidos.


    El papel que se concedía en la actividad ferial al Virrey era considerable. Debía comunicar a todas las autoridades novohispanas el arribo de la flota, para que, desde las Audiencias y Gobernaciones, se pusieran en movimiento los comerciantes, acudir a Jalapa, y actuar como árbitro en los litigios entre el comercio peninsular y el mejicano, cuidando de que no se cometiesen abusos. En este sentido, el Virrey debía ejercer funciones de policía de precios, evitando el alza especulativa de alquileres y pensiones que se producía en el periodo feriado, asegurando el abastecimiento de la plaza, e intervenir en la fijación del justiprecio, cuando la comisión de diputados del comercio no llegase a ningún acuerdo.


    La Cédula Real del año de 1728 mantenía el principio de territorialidad en la actividad comercial. Del mismo modo que los comerciantes hispanoamericanos no podían realizar sus compras directamente en España, los españoles tampoco estaban autorizados a operar en la Nueva España fuera del ámbito espacial y temporal de la feria. Sin embargo, por primera vez introducíanse excepciones a esta regla, que ponen en evidencia esta política de equilibrio, continuada por la legislación de comienzos del siglo XVIII. Para evitar las estrategias dilatorias de los mercaderes novohispanos, en el sentido de retrasar sus compras, a la espera del fin de la feria, a sabiendas de que los flotistas acabarían vendiendo sus mercancías, aunque fuera a precios ruinosos para ellos, el legislador prorrogaba el tiempo de trato, si al cerrarse aquélla no se habían vendido todos los géneros traídos de España. El Virrey convocaba al comercio de Méjico para que adquiriera los sobrantes, y cuando éste no accedía, podía su encomendero cederlos en comisión a cualquier comerciante de Méjico, para que procediera a su venta, en el lapso de tiempo que mediara entre dos ferias.



    Los grandes mercaderes de Méjico conservaron, a pesar de todo, sus privilegios. Evitaban la intromisión de peninsulares, ya siendo llamados “ gachupines “; mantenían en arrendamiento las rentas reales derivadas de la actividad comercial ( Almojarifazgo, alcabalas y cientos ) y con el traslado de la feria a Jalapa eliminaban la competencia siempre molesta de los pequeños comerciantes, que no tenían recursos para correr con los gastos de alojamiento derivados de la nueva ubicación. Ello explica que, cuando tuvieron la oportunidad de terminar con el sistema de flotas, en el 1754, tras largos años de interrupción provocada por las guerras contra la Pérfida Albión, se mostraran favorables a su reanudación.


    La actitud del comercio de Lima frente al Proyecto de Flotas y Galeones fue distinta. La feria de Portobelo sería definitivamente suprimida en el año de 1739, con el aplauso de la burguesía mercantil limeña, que ya antes de conocerse la suspensión había manifestado al Virrey su intención de no acudir. En este caso, el equilibrio se logró eliminando el coste adicional que representaba para los comerciantes peruanos el traslado al Panamá. Hasta el 1739, los negociantes limeños financiaban el transporte de plata y mercancías, y los gastos de estancia en Portobelo, que en conjunto podían representar el 25 % del precio final de las mercancías.


    El reparto forzoso de mercancías constituía otra de las formas arbitradas en el marco de la política de equilibrio seguido por el gobierno español en la América. Su desarrollo, que se consolida en la segunda mitad del XVII, era una respuesta a la crisis minera, especialmente intensa en el espacio de Los Andes. El repartimiento de mercancías, junto al endeudamiento campesino, tendieron a desarrollarse como nueva fórmula coactiva para la movilización de la fuerza de trabajo, destinadas a mercantilizar las economías amerindias de subsistencia.


    La institución giraba en torno a la figura de un funcionario, el Corregidor de Indios, dotado de competencias coercitivas y judiciales sobre la población india y que podía, por tanto, obligar al campesinado indio a aceptar todo tipo de mercancías en calidad de prestación tributaria, y cobrar por ellas un precio muy superior al del mercado.


    El oficio de Corregidor debía obtenerse en la Corte, a donde acudían todos los candidatos en busca de apoyo político, y económico, a sus pretensiones. Por desgracia, cada vez fue “ progresando “ más en la América Virreinal, con respecto a los oficios-aun de gran responsabilidad-, aquello del “ tanto tienes, tanto vales “….. El principal obstáculo para acceder al cargo era el precio que la Corona fijaba para su venta, más elevado a medida que aumentaban los meritorios. Para conseguir el nombramiento era imprescindible lograr el apoyo de un “ protector “ influyente que, además de defender con habilidad la candidatura del protegido, estuviera en condiciones de anticipar la suma necesaria para la compra del oficio. Logrado el objetivo, el flamante Corregidor de Indios era presentado a un comerciante peruano, quien adquiría el crédito contraído, y otorgábale además fondos suplementarios para hacer frente a las necesidades del traslado a Indias e instalación en su distrito. La fecha de vencimiento de todas estas deudas coincidía con el final del mandato del Corregidor, y su interés era de un 8 % anual. La liquidación del débito, con sus intereses correspondientes, no se efectuaba por medio del corto sueldo que el funcionario recibía del Estado, sino gracias a los beneficios obtenidos en la venta de las mercancías repartidas a los indios.


    Los efectos repartidos eran de diversa naturaleza, aunque tenían en común el interés del Corregidor de que fueran éstos, y no otros, los bienes objeto del reparto. El beneficio económico de la transacción constituía el principal objetivo a la hora de componer la oferta de mercancías. Este beneficio estaba asegurado, si en ella se incluían 3 tipos de mercancías :

    1 )- Bienes producidos por los amerindios tributarios de otras regiones, y luego comercializados por el Corregidor : Coca, vino, aguardiente, ganado, productos agrarios, en general.

    2 )- Bienes producidos en haciendas y obrajes cuyos dueños utilizaban la oferta de trabajo indio que se ocupaba para pagar sus deudas : Tejidos bastos de lana, “ tocuyos “, telas de algodón, mulas.

    3 )- Productos europeos de comercio restringido, cuya importación era controlada por la burguesía privilegiada de la Ciudad de Méjico o de la Ciudad de los Reyes.



    La participación proporcional de estas mercancías en el total repartido variaba según el lugar y, en general, tendió a modificarse a medida que avanzaba el siglo XVIII. Si hasta los años 20 predominaban los productos de la economía virreinal ( Alimentos, ganados y tejidos de lana bastos ), desde esta fecha, y hasta la supresión del reparto, en el 1780, el aumento progresivo del precio puesto por la Corona al cargo obligó a los aspirantes a endeudarse cada vez más con sus valedores en la Corte y, por extensión, con los comerciantes limeños, lo que favoreció la inclusión, en cantidades crecientes, de manufacturas europeas.



    Fernando VI legalizaría, en el año de 1751, los repartos de mercancías, como fórmula válida para el pago del tributo indio, fijando, en el 1756, un arancel que determinaba los precios a que debían evaluarse los artículos repartidos en el Perú. Con ello la presión del reparto sobre las economías campesinas tendió a aumentar, hasta el punto de convertirse en uno de los principales móviles de las sublevaciones indias en el Perú del siglo que tratamos, y su base social a extenderse, al incluirse también en el sistema grupos sociales extensos, tales como los mestizos y algunos europeos. Se estaban fraguando una clase de rencillas que luego serían dominadas por los más avispados para conseguir las “ independencias “…..


    A pesar de la compulsividad de su carácter, lo cierto es que el mecanismo del reparto tuvo un papel importante en el proceso de crecimiento económico que estos Virreinatos vivieron durante los dos primeros tercios del XVIII. Los comerciantes del Consulado, dueños de los grandes almacenes de productos europeos, eran a la vez los organizadores del reparto, y prestaban a los Corregidores y Alcaldes Mayores el dinero para comprar mercancías. El abasto de los distritos mineros, el suministro a pulperías y pequeños comercios, incluso las existencias de los pósitos que garantizaban el suministro urbano de maíz y trigo, dependían del repartimiento. Valladolid de Michoacán, Guanajuato, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, San Luis de Potosí, Toluca, Puebla, Yucatán; áreas neurálgicas del Virreinato de la Nueva España, generaron excedente para el mercado interno y el mercado exterior, en buena parte gracias a la acción compulsiva de los repartidores. Aun en los presidios del norte, el reparto era utilizado para garantizar la provisión de productos importados.


    En algunas regiones que producían bienes para el mercado exterior, el circuito del reparto sirvió para garantizar la competitividad de la pequeña producción campesina frente a los grandes hacendados españoles y criollos. El caso de la región de Oaxaca, que junto a Michoacán prácticamente monopolizaba la producción del colorante más valioso para los fabricantes europeos : La grana o cochinilla; ilustra bastante bien este extremo. Los pequeños productos asiático-australoides lograron reducir sus costes de producción concentrando las tareas de elaboración de la grana en el domicilio familiar, utilizando el trabajo marginal subempleado ( Mujeres, niños, varones, en momentos de baja actividad agraria ), desplazando los costes de transacción hacia Alcaldes Mayores y comerciantes al por mayor, que se encargaban de conectar la pequeña producción doméstica con el mercado mundial. El interés de los funcionarios reales, y de los mismos mayoristas, constituía la mejor de las garantías contra cualquier tipo de maquinación por parte de los grandes productores.


    La venalidad de cargos públicos extendióse, a finales del siglo XVII, a otra de las instituciones básicas de la administración hispanoamericana : Las Audiencias. Ya en los últimos años de los Austrias Menores se percibía bastante impotencia al respecto. Las ventas de cargos como el de Oidor, Alcalde del Crimen y Fiscal, y aun la del mismísimo Virrey, se convertirá en un medio tristemente usual para la obtención de recursos por parte del Estado, en momentos de debilidad financiera.


    Sólo entre el 1687 y el 1712, la Corona se embolsó unos 600.000 pesos fuertes por este concepto. El sistema favoreció la progresiva penetración de la incipiente oligarquía criolla en la magistratura judicial, pues los hispanoamericanos siempre podrían pujar más por unos cargos públicos cuyo aprovechamiento era garantizado por las conexiones de futuros alcaldes y oidores en la imperial sociedad. No fomentaba pues la españolidad de ambos ( Esto es, de criollos y gentes de la Vieja España ); sino que todo se convertía en una cruenta competición economicista.


    Es sintomático, pues, que de los 80 oficios vendidos en el periodo poco antes citado, sólo el 12,5 % fueron adquiridos por gentes de la Vieja España, mientras que un 35 % se adjudicaron a criollos de la región donde se ubicaba la plaza. Hasta el desarrollo del programa “ reformista “ de Carlos III, el número de estos nombramientos estuvo ligado a las necesidades de numerario por parte de la Corona; a un relativo retroceso de la venalidad, entre el 1713 y el 1739, siguió una nueva etapa, donde las guerras contra la Gran Bretaña y la situación de bancarrota de la hacienda pública española hicieron de aquélla un mal menor. Entre el 1740 y el 1750, los cargos subastados, en su mayoría puestos supernumerarios, reportaron al fisco unos ingresos de 750.000 pesos, llegándose a pagar, por un puesto de oidor supernumerario de Lima, hasta 47.000 pesos.


    El control de las Audiencias por los criollos, que eran mayoritarios hacia el año de 1760, se reforzó, a través de la política de alianzas matrimoniales, con los magistrados peninsulares que, a pesar de las prohibiciones existentes, acababan emparentando con las ricas herederas criollas. A mediados del siglo XVIII, el control de las haciendas por el grupo dirigente de la sociedad imperial constituía otra de las garantías de su compromiso en la reproducción de un decaído orden imperial.


    Entre el 1720 y el 1759, el polinomio compuesto por el monopolio comercial, venalidad de cargos públicos, reparto forzoso y endeudamiento campesino se mostraron como mecanismos harto eficientes para la apropiación del excedente amerindio. El repartimiento rompía la autosuficiencia del campesino, obligándole a adquirir mercancías muchas veces superfluas, y a entrar en el mercado de trabajo, en beneficio de los propietarios de minas, obrajes y haciendas, para pagar las deudas contraídas. Para todos, salvo para la víctima, era un negocio más que seguro. El empresario disfrutaba de una mano de obra barata y tenía en el reparto una demanda inelástica, que aseguraba, en cualquier caso, la venta de sus producciones; la gran burguesía urbana de Méjico o de Lima financiaba al Corregidor, prestaba a mineros y obrajeros, y beneficiábase de la expansión del comercio exterior; los comisionistas españoles sacaban provecho del incremento de la demanda de bienes de consumo de la Europa y, en última instancia, el erario público, además de obtener elevadas sumas por la venta del cargo, veía incrementar sus ingresos fiscales sobre el comercio.


    Hasta las reformas del ya llamado sistema colonial, emprendidas en tiempos de Carlos III, el funcionamiento sincronizado de todas estas variables representó el culmen del “ pacto colonial “.


    Durante la monarquía de Fernando VI, los cambios legislativos fueron escasos y tendieron a reforzar lo ya establecido por Felipe de Anjou. La continuación de la guerra contra la Gran Bretaña mantuvo, con carácter excepcional, el sistema de navegación en registros sueltos, hasta el 1754, año en que volvieron a restablecerse las flotas a la Nueva España, gracias a la presión conjunta de almacenistas mejicanos y monopolistas gaditanos, cuyas rentas se resentían. El triunfo de los intereses del comercio privilegiado fue completo pues, en contra de lo establecido en el 1735, se fijaba una periodicidad bianual a las expediciones con destino a la Nueva España. El resto de las regiones imperiales continuaría siendo abastecido mediante registros sueltos.


    Mención especial merece la política de creación de compañías privilegiadas de comercio, siguiendo el modelo mercantilista francés. No se trataba de nada realmente original, pues su utilización se había ya considerado durante los reinados de Felipe IV y Carlos II el Hechizado, aunque sin resultados prácticos. Este tipo de iniciativas han recibido una especial atención por parte de la Historiografía, y constituyen uno de los extremos mejor conocidos, quizás, del comercio español con la América. Las empresas se organizaban como sociedades por acciones, en las cuales los poderes públicos solían tener una participación más que simbólica. Su función era gestionar, en régimen de monopolio comercial, el abastecimiento de determinadas áreas de Las Américas, que no producían plaza, pero que poseían un valor estratégico por hallarse próximas a los establecimientos de potencias rivales. El desinterés de los comerciantes gaditanos hacia estas regiones, y el hecho de que quedaran bastante al margen de los circuitos cubiertos por flotas y galeones, llevó a que su gestión fuera concedida a colectivos burgueses no dependientes del Consulado de Cádiz. Así, la Compañía Guipuzcoana de Caracas ( 1728 ), con sede primero en San Sebastián y luego en Madrid, autorizada para comerciar con la Venezolana Capitanía; la Real Compañía de San Fernando de Sevilla ( 1747 ), con licencia para las regiones no comprendidas en otras concesiones; la Real Compañía de Comercio de Barcelona ( 1755 ), mediante la cual los catalanes pudieron establecer vínculos muy directos con Cumaná, Margarita, Santo Domingo y Puerto Rico; etc. Salvo la primera, todas tuvieron una vida mediocre y no contribuyeron a la consecución de los objetivos para los cuales habían sido creadas.



    * Razones de una “ Reforma “ :



    El equilibrio de intereses contrapuestos, logrado tras superar los recelos mutuos que existían entre los diversos grupos que beneficiábanse del monopolio, debiera haber abierto una etapa de relativa estabilidad en la relación colonial. Y así hubiese sido de no primar la “ Razón de Estado “ sobre los intereses del sector privado.


    Desde el ascenso de José de Patiño a la Secretaría de Estado ( Año de 1727 ) y, de un modo especial, durante los ministerios de José Del Campillo ( 1741-1743 ) y del Marqués de la Ensenada ( 1743-1754 ), los empeños de Felipe de Anjou y de Fernando VI por “ modernizar “ a Las Españas en base al mercantilismo gabacho, contribuyó a agravar los problemas de liquidez del Tesoro, colocándolo repetidas veces en situación de bancarrota. Tradicionalmente, el déficit corriente de la Hacienda Hispánica logró financiarse merced a las remesas procedentes de Las Indias, es decir, el conjunto de ingresos obtenidos en concepto de alcabalas, almojarifazgos, rentas estancadas, venta de oficios y quinto real.


    Los políticos de Fernando VI, a pesar de los graves problemas financieros de la monarquía, optaron por mantener el pactismo tácito existente en las relaciones comerciales entre la Piel de Toro y el Nuevo Mundo, prefiriendo buscar soluciones al déficit público que comportaba la reforma de la fiscalidad en la metrópoli. Las Indias sólo debían proporcionar ingresos adicionales con los cuales hacer frente a gastos extraordinarios. Por tanto, la Tradicional mentalidad del Virreinato Hispánico en la América se iba diluyendo en torno al interés comercial ante un país acuciado y desesperado…..


    Ya en el reinado de Carlos III ( Esto es, del 1759 al 1788 ), la necesidad de nuevos ingresos fiscales se hizo apremiante; pues las remesas indianas para la Real Hacienda tendían muy claramente a la baja.


    Antonio García Baquero nos proporciona los siguientes datos :



    Particulares Real Hacienda

    Año Metales - Frutos - Total Metales - Frutos - Total


    1747 - 133.553- 25.023- 158.576 15.762 – 1.333 – 17.095
    1757


    1758 - 134.920- 40.548- 175.468 12.797 - 2.067 - 14.864
    1767


    1768 - 132.529 – 55.661 – 188.190 10.167 - 2.085 - 12.972
    1777



    ( En Números Índice )


    1747 - 100 - 100 - 100 100 - 100 - 100
    1757


    1758 – 101 - 162 - 110,7 81,2 - 155,1 - 87
    1767


    1768 – 99,2 - 222,4 - 118,7 64,5 - 210,5 - 75,9
    1777



    El cuadro expuesto muestra cómo, mientras los caudales de Las Indias Virreinales llegados a la Península Ibérica por cuenta de particulares se mantuvieron prácticamente constantes en torno a unos 13 millones de pesos fuertes anuales, los ingresos de la Real Hacienda descendieron de una media anual de 1,6 millones de pesos a sólo un millón . Considerando también las cifras referentes a las importaciones de frutos, el resultado final apenas sufre modificación, pues si bien en el caso del comercio de particulares los retornos en materias primas imperiales ampliaron su participación en el comercio trasatlántico, pasando de un 15 a un 30 % del total importado, constituían una parte ínfima de las importaciones estatales : El 0,2 % del 1768 al 1777…..



    Por si ya todo ello fuera poco, el estallido de la Guerra de los Siete Años vino a complicar las cosas, al demostrar que los sistemas de defensa de las plazas imperiales habían quedado anticuados frente a las nuevas tácticas puestas en práctica por los ingleses, principalmente en las tomas de La Habana y de Manila, que poco duraron, esto es, que sea como fuere, fracasaron; como tantas veces fracasaron ante España en la Piel de Toro y en Ultramar, y parece que sólo existiera Trafalgar….


    Con todo, lo cierto es que constituía necesidad, para que hechos similares no se repitieran, proceder a la fortificación de los principales puertos indianos, y establecer guarniciones permanentes, dispuestas a repeler cualquier invasión extranjera. Pero tal objetivo no podía ser posible sin la contribución de los hispanoamericanos, sin reducir las ya menguadas remesas de caudales que arribaban a la metrópoli…..


    Los cambios introducidos por Carlos III en el sistema colonial no siguieron un camino uniforme, sino que avanzaron por un camino lleno de dificultades, a base de bruscos acelerones, seguidos de fases donde predominó la atonía, la retardación de los cambios, e incluso la marcha atrás. En este marco, y a grandes rasgos, podrían distinguirse tres grandes etapas en el “ reformismo “ americano.



    Hasta la primavera del 1766, el marqués de Esquilache actuó como director del programa “ reformista “. A su haber debe imputarse la creación, en el 1764, de una junta para el estudio del “ comercio libre “, de la cual formaban parte hombres como Campomanes, el Contador de Indias Ortiz de Landázuri, y el Fiscal del Consejo de Hacienda, Francisco Carrasco. En su seno gestaríanse no sólo los primeros decretos del “ comercio libre “, sino también un plan de visita general a la Nueva España, para intentar poner fin a la corrupción administrativa que imperaba en el Virreinato.



    * La Etapa Esquilache ( 1760-1766 ) :



    Esquilache aplicó con rapidez los “ consejos de los expertos “. Por las Reales Órdenes del 24 y del 26 de Agosto, y del 14 de Octubre del 1764, pondríase en marcha un nuevo sistema de navegación regular entre el puerto de La Coruña y los puertos de La Habana y Montevideo, rompiendo de este modo el exclusivismo gaditano. La creación de los Correos Marítimos obedecía, en principio, a razones de tipo político : La necesidad de acelerar la transmisión de información oficial entre las dos orillas del Atlántico, en un momento especialmente delicado en las relaciones internacionales. Sin embargo, el hecho de que los buques del rey pudieran transportar también mercancías los convirtió en vehículos muy apetecidos, por su seguridad, rapidez y regularidad, especialmente para la repatriación de los metales preciosos.



    Acto seguido, el Real Decreto del 16 de Octubre del año de 1765 autorizaría el “ comercio libre “ con Barlovento. En su texto se contenía ya el trío de elementos del nuevo sistema de navegación trasatlántica, desarrollados luego en el 1778 ; La consagración del navío de registro como medio usual de transporte oceánico, la habilitación de varios puertos del litoral español para el comercio directo con Las Indias, y la sustitución de los derechos de palmeo y toneladas, por un principio de tributación ad valorem.


    La navegación en buques sueltos no fue, propiamente, una novedad puesta en práctica a partir del 1765, pues, como ya se ha dicho anteriormente, constituía un sistema habitualmente utilizado desde los años 40 del siglo. También pueden encontrarse precedentes más o menos lejanos a la habilitación de diversos puertos españoles al comercio indiano, que arrancan de una Cédula del año de 1529, dada por el César Carlos I de Las Españas. Lo realmente nuevo en la Instrucción del 1765 radica en la aplicación de un arancel ad valorem; con un par de tarifas : Un 6 % para las mercancías españolas, y un 7 % para las extranjeras, y la forma de adeudo de los derechos arancelarios, a través de la hoja-registro de carga.


    Sevilla ( Reino de Sevilla ), Cartagena ( Reino de Murcia ), Alicante ( Reino de Valencia ), Málaga ( Reino de Granada ), Barcelona ( Principado de Cataluña ), Santander ( Reino de Castilla ), Gijón ( Principado de Asturias ), La Coruña ( Reino de Galicia ); puertos habilitados en la metrópoli, podrían enviar expediciones de comercio a La Habana, Puerto Rico, Margarita y Trinidad, sin necesidad de hacer escala en Cádiz. Los intercambios estaban sometidos a importantes restricciones, que tenían la función de evitar la extensión del “ comercio libre “ a las áreas de la América no incluidas. Así, los buques salidos de España no podían modificar bajo ninguna circunstancia su puerto de destino, una vez cerrado el registro, y los géneros europeos introducidos en alguna de las islas tampoco podían ser reexportados, en embarcaciones de cabotaje, hacia otros lugares.


    A pesar de estas actuaciones en el terreno del comercio colonial, la “ reforma “ de la administración borbónica constituyó el campo de actuación más ambicioso durante la primera etapa del reinado de Carlos III. Mientras Francisco de Carrasco elaboraba su informe sobre la hacienda novohispánica, el conde de Ricla se embarcaba con destino a La Habana, con la intención de reclamar la plaza de los ingleses, en virtud de lo acordado en la Paz de París. La llegada del nuevo Capitán General a La Habana ( Junio del 1763 ) iniciaría lo que estaba destinado a convertirse en la primera experiencia piloto del “ reformismo “ borbónico en el Nuevo Mundo.


    Durante su mandato, Ricla contó con la colaboración inestimable de Alejandro O´Reilly, encargado de poner en pie una milicia de 7.500 hombres, y del ingeniero Agustín Crame, autor de los proyectos de fortificación del puerto de La Habana y de otras construcciones militares. Además de cumplir sus encargos, ambos expresaron la necesidad de que la isla debía aumentar su aportación a la Real Hacienda, para que el incremento del gasto no comprometiese las remesas de plata mejicana. En buena medida, la creación de la intendencia de La Habana, en Octubre del 1764, respondió a la necesidad de poner al frente de la hacienda cubana a un hombre capaz de llevar a cabo la aplicación de las nuevas normas fiscales. La introducción del sistema de intendencias, siguiendo el ya desarrollado por Felipe V en la Península Iberocelta, y recomendado por Campillo en su Nuevo sistema de Gobierno Económico para la América, obedecía al deseo de finalizar con la corrupción tan vigente en todos los niveles de la administración virreinal ( Virreinatos que serían desgajados conforme avanzara la dieciochesca centuria….).


    Aunque el primer intendente de Cuba, Miguel de Altarriba, nombrado en el 1764, tenía unas competencias limitadas a cuestiones fundamentalmente de Hacienda, su nombramiento significaba una importante ruptura respecto a los principios de la administración colonial.


    Los nuevos funcionarios borbónicos, que debían desempeñar un papel fundamental en el proceso de reforma, dependían jerárquicamente de la Superintendencia de la Hacienda, es decir, de Esquilache, y no del Ministro de Indias. De este modo, los intendentes no estaban condicionados por las complejas redes de influencias y grupos de presión tejidos en torno a los americanos asuntos.


    El segundo acto de la “ reforma colonial “ tendría un objetivo mucho más ambicioso : La Nueva España. El informe elaborado por Francisco de Carrasco sobre la corrupción y el fraude existentes en los imperiales pagos puso al descubierto que los ingresos de las Cajas Reales de Méjico, la Tierra Firme, el Perú y el Chile ascendían a unos cuatro millones de pesos fuertes anuales, cantidad ridícula teniendo en cuenta la prosperidad de la economía, siempre con sus más y sus menos, del Imperio; y, lo que era más grave : Que sólo 800.000 ingresaban efectivamente en las arcas del erario público. El informe prestaba una atención especial a la Nueva España, presentándola como tipología clara de funcionamiento corrupto, que necesitaba con urgencia de una intervención ejemplar.


    Esquilache apoyaría con decisión, frente a las reticencias de Arriaga, el dictamen de Carrasco, haciendo suya la idea de abrir una investigación sobre unas sospechas de corrupción que alcanzaban al mismísimo Virrey, Joaquín de Montserrat, marqués de Cruillas, y proceder a una remodelación a fondo de los cuadros de la administración civil y militar. La muerte de Francisco de Armona, fallecido en extrañas circunstancias, cuando se disponía a partir para Veracruz, obligó al Ministro de Hacienda a designar como sustituto a José de Gálvez, “ golilla “ malagueño ( Del Reino Granadino ) de 37 años, que había sido secretario de Grimaldi y Alcalde de Casa y Corte, y que estaba llamado a desempeñar un papel central en los asuntos imperiales durante más de dos décadas.


    Gálvez heredó de Armona la Instrucción que deberá observar el comisionado que pasa a Méjico para reglar la mejor administración de otra Instrucción secreta; ambas redactadas por Esquilache, en Julio del 1764, donde se le encomendaba, en especial, una investigación sobre las actividades sospechosas del marqués de Cruillas. Las pesquisas alcanzaban también a los Oficiales Reales, los plateros de Méjico, acusados de no quintar la plata, y los prelados y párrocos. La primera de las instrucciones aconsejaba, asimismo, un estudio sobre la posibilidad de introducir en la Nueva España el sistema de intendencias y subdelegaciones, para erradicar vicios como el reparto forzoso, practicado por los Alcaldes Mayores. Esquilache conseguiría, finalmente, forzar la destitución del marqués de Cruillas. Sería, sin embargo, una pírrica victoria. Los motines de Abril del 1766, en los cuales el sector “ antirreformista “ de la nobleza palaciega tuvo una intervención muy destacada, obligaron a Carlos III ( Marcado siempre por la inestabilidad y/o la debilidad ) a prescindir de sus más directos colaboradores.



    * “ Reformismo “ y “ Antirreformismo “ tras la caída de Esquilache ( 1766-1776 ) :



    La caída de Esquilache introduciría un nuevo ritmo en la dinámica reformista, pautado por un bailío Arriaga poco partidario de introducir cambios. La gestión de Gálvez como Visitador General de la Nueva España se vería entorpecida de modo sistemático desde el Ministerio de Indias, a pesar de lo cual fue cumpliendo uno a uno los objetivos señalados por su mentor. Entre el 1765 y el 1771, Gálvez modifica el funcionamiento de las Cajas Reales de Veracruz, reforma el ordenamiento de la feria de Jalapa, pone en marcha el monopolio del tabaco y otras rentas de la Corona hasta entonces casi simbólicas, incrementa las tarifas de alcabalas y almojarifazgos en las aduanas de Veracruz, Puebla, Méjico y Guadalajara, reorganiza la Armada Virreinal, “ españoliza “ la administración y aplica de un modo implacable al Virreinato el Decreto de Expulsión de los Jesuitas, a pesar de las resistencias populares desde la misma Jerarquía Eclesiástica a su aplicación.


    Uno de los contados asuntos que Gálvez no logró resolver satisfactoriamente fue la erradicación del repartimiento forzoso de mercancías, practicado por los Alcaldes Mayores con los amerindios de su jurisdicción. En Enero del 1768, en colaboración con Croix, elaboró un Informe y Plan de Intendencia que conviene establecer en las Provincias deste Reyno de la Nueva España; donde, además de proponerse una nueva división territorial del Virreinato en once intendencias, una general y de Ejército, y diez provinciales, se sustituían los Alcaldes Mayores por Subdelegados, encargados de gestionar la recaudación de los impuestos. La desaparición de las Alcaldías Mayores se justificaba en razón del extendido fraude, evaluado por los autores del Informe y Plan de Intendencia que conviene establecer en las Provincias deste Reyno de la Nueva España en medio millón de pesos anuales, que realizaban sus titulares, a través del repartimiento forzoso de mercancías. El proyecto, con el aval del Arzobispo de Méjico, y del Obispo de Puebla, llegaría a los Madriles, donde recibió el apoyo de las personalidades políticas de mayor peso en la Corte : Wall, Aranda, Grimaldi, Múzquiz, el Duque de Alba; mientras que Arriaga optaba por callar, ante la amplitud de los apoyos recibidos por Gálvez. Una Real Orden del 10 de Agosto del 1769 autorizaba al Virrey Croix la creación de intendencias.


    Todo ello no hacía sino confirmar la más sangrante decadencia y el resquebrajamiento de algo que un día se tuvo muy claro; tal y como era la constitución Virreinal de Méjico y del Perú; de la Nueva España y la Nueva Castilla…..


    Con todo, los planes “ reformistas “ no lleváronse a cabo. La renuncia al Virreinato por parte de Croix en el 1771, el retorno a la Vieja España del Visitador en el 1772, y el nombramiento como nuevo Virrey del hasta entonces Gobernador de Cuba, Antonio María de Bucareli y Ursúa, modificó drásticamente la situación. Bucareli, hombre afín a Arriaga, que desde La Habana había ya criticado con dureza los cambios introducidos por el tándem Croix-Gálvez en la administración neoespañola, evitó la aplicación práctica de la Orden del 1769. Con la colaboración del Oidor Conde de Tepa ( Un criollo ligado a los intereses monopolistas del comercio mejicano ), el nuevo Virrey defendería, en el 1774, la necesidad de mantener en sus puestos a los Alcaldes Mayores, justificando las posibles irregularidades que hubieran podido cometer en la realización de sus funciones. Tepa y Bucareli esgrimirán argumentos harto similares a los utilizados poco después por los defensores del reparto en el Perú. El beneficio mercantil obtenido por los Alcaldes Mayores en el reparto era un justo complemento a los ínfimos salarios pagados por la administración y además, esta institución tenía un efecto dinamizador de la economía del Imperio, pues el carácter indio ( Ya trazado anteriormente ), con según qué matices, les hacía poco inclinados a acudir al mercado como compradores de bienes, y la ausencia de necesidades materiales, en el marco de su economía de subsistencia, ponía en peligro la oferta del trabajo necesario para la explotación de minas, haciendas y obrajes. Era, pues, indudable que la actividad del Alcalde Mayor, era, más o menos, socialmente beneficiosa, ya que “ creaba la necesidad en los indios de producir determinados bienes “….


    Defenestrado Esquilache, el proceso de ampliación del sistema de “ comercio libre “ también vióse entorpecido por la actitud de Arriaga. El bailío remitía los expedientes de habilitación de nuevos puertos al Consejo de Indias para su informe. Éste, o bien era desfavorable, o bien se dilataba indefinidamente en su tramitación, sin llegar a ser resuelto. Sólo unos cuantos solicitantes lograrían finalmente pasar la criba, y entrar a formar parte del área de “ comercio libre “ : La Lusiana, en el 1768; el Yucatán y el Campeche, en el 1770; Santa Cruz de Tenerife, en el 1773; y Santa Marta, en el 1774.


    En la América, todos los bienes de la Compañía de Jesús pasaron a la Administración de Temporalidades, que los cedió en arrendamiento con el fin de financiar los gastos ocasionados por la deportación de los religiosos a la Europa. En los años 80 se inició su proceso de reprivatización, del cual se beneficiaron especialmente las élites virreinales, que van adquiriendo a buen precio, y en condiciones de pago inmejorables, edificios urbanos, haciendas y obrajes. Las repercusiones económicas de la medida resultan difíciles de evaluar en toda su amplitud. Las Cajas Reales Americanas, y con ellas la Hacienda Pública, recibieron más de diez millones de pesos como resultado de la liquidación del patrimonio de la Orden.


    La economía del Imperio, sin embargo, acusó negativamente la reprivatización. La desmembración de los complejos productivos gestionados por la Orden de San Ignacio se tradujo en una ruptura de los sofisticados circuitos de comercialización del excedente que habían puesto en marcha. Por doquier, el producto-y la respectiva productividad agraria-cayeron en picado, y los precios de las subsistencias tendieron a aumentar, especialmente en aquellas áreas que, como el Méjico Central, enfrentábase a problemas de sobrepoblación relativa.


    En las zonas periféricas del Imperio, donde la Misión había constituido un sistema eficaz de integración de los pueblos indios más alejados, la extinción provocó aún efectos más dramáticos. En el Paraguay, la sustitución de los religiosos por funcionarios reales al frente de las Misiones provocó, sencillamente, la despoblación de estos amplios territorios. En el año de 1792, la población guaraní asentada se había reducido a una cuarta parte de la existente en el 1767.



    * La Etapa Gálvez; el Triunfo del “ Reformismo Americano “ :



    El tira y afloja entre “ reformistas “ y “ antirreformistas “ se mantendría hasta el año de 1776. En ese año, la política española y la administración hispanoamericana fueron encomendadas a dos hombres nuevos.


    El conde de Floridablanca, desde la Secretaría de Estado, y el marqués de la Sonora, desde la de Indias, se vieron en la coyuntura de tener que resolver en muy poco tiempo problemas ya planteados una década antes por Esquilache….En víspera de una nueva guerra contra la Union Jack, los cambios que íbanse a introducir en la administración del Imperio entre el 1776 y el 1788 perseguirían, de un modo casi obsesivo, la obtención de nuevos recursos para financiar el crecimiento del gasto militar en el Imperio. Durante los cuarenta últimos años del siglo, el número de efectivos de la Armada triplicase, creciendo el gasto más que proporcionalmente, debido a la profesionalización del Ejército.


    Gálvez y Floridablanca aprovecharían una coyuntura especialmente favorable como la de 1776-1779 para poner en marcha una serie de medidas que podían ser objeto de represalias por parte de terceros países. La primera y más importante iba a ser la elaboración de un Reglamento y Aranceles para el comercio libre, que vería la luz después de un par de años de discusiones, el 12 de Octubre del 1778. Este texto legal, precedido el mismo año por diversas órdenes que habían incluido previamente en el área de “ comercio libre “ los puertos de Buenos Aires ( Antaño del Virreinato de la Nueva Castilla; ya con los Borbones, Virreinato del Río de la Plata; al cual se acaba adscribiendo el Alto Perú ), Almería ( Reino de Granada ), Palma de Mallorca ( Reino de Mallorca ) y los Alfaques de Tortosa ( Principado Catalán ); representó una ruptura en los esquemas del monopolio comercial español de Las Indias y el inicio de una nueva etapa comercial entre el viejo Solar Celtíbero y la América.


    Los 55 artículos que constituían la parte inicial del texto no introducían excesivas novedades respecto a la legislación anterior. Los puertos metropolitanos habilitados ya habían sido autorizados a la práctica del “ comercio directo “; en cuanto a los indianos, eran novedad algunos Golfos de la Guatemala, como Santo Tomás de Castilla y Omoa; y los de Cartagena de Indias, Santa Marta, Portobelo y Chagre; en Santa Fe y en la Tierra Firme. La versión definitiva del Reglamento…. no incluía entre los puertos habilitados en Las Américas a Veracruz, La Guaira, Cumaná, Guayana y Maracaibo. Esta ausencia siempre se ha interpretado como prueba de la voluntad de la Corona de mantener fuera del “ comercio libre “ a la Nueva España y a la Venezuela; opinión que viene avalada por el hecho de que sus puertos serían habilitados, efectivamente, en Febrero del 1789. No obstante, si considerar podemos que el “ comercio directo “ no era la principal novedad que se pretendía introducir en el 1778, puede decirse que tanto la Venezuela como la Nueva España quedaron integradas en sus circuitos. Desde esta fecha, la navegación a estas regiones americanas se haría siguiendo el idéntico sistema utilizado en las expediciones a los puertos habilitados : Los buques de registro. Con todo, el mejor indicador de la incorporación definitiva de ambas regiones al “ comercio libre “ será la aplicación del nuevo sistema de tributación ad valorem, introducido con los aranceles del 1778.


    Si reconocemos la existencia de un móvil fiscal subyacente en los cambios legislativos preconizados por los “ reformadores “ ilustrados, no hay duda de que las disposiciones arancelarias constituyen el capítulo fundamental del Reglamento….. Tanto el derecho de avería como el almojarifazgo de Indias, establecidos en la primera mitad del siglo XVI, o los gravámenes al comercio de Barlovento, introducidos por la Instrucción del 1765, constituían precedentes lejanos de derechos sobre el valor de las mercancías que concurrían a la Carrera de Indias.


    Los tipos de gravamen establecido podían variar en función de la procedencia de las mercancías, o del puerto de destino de la expedición imperial. Desde el primer punto de vista, distinguíase entre mercancías “ nacionales “, gravadas con un arancel del 3 %, y mercancías “ extranjeras “, que pagaban un 7 %. Estas tarifas solamente se aplicaban a las mercancías abiertas para alguno de los puertos habilitados “ mayores “ : La Habana, Cartagena de Indias, Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso, Concepción, Arica, El Callao y Guayaquil; para los puertos “ menores “, el derecho exigido era sólo de un 1,5 % sobre el valor de los productos, y del 4 % sobre los géneros extranjeros.


    La base imponible se determinaba aplicando a cada mercancía registrada la valoración contenida en los aranceles de exportación e importación que acompañaban al Reglamento. El primero hacía mención a los 362 renglones habitualmente embarcados en la metrópoli, 190 “ extranjeros “, y 172 “ nacionales “, y el segundo contenía un listado con 265 entradas. No conocemos, a ciencia cierta, el criterio seguido para el cálculo de estas valoraciones, aunque existen indicios de que se efectuaron siguiendo únicamente los precios corrientes del 1778….He aquí, una vez más, la problemática de las cifras…..


    Algunos memoriales dirigidos por los exportadores de productos agrarios al Ministerio de Indias se quejaban de que los avalúos fijados en algún caso eran sensiblemente superiores a los precios de mercado.


    Otra característica de los aranceles de “ comercio libre “ es la gran cantidad de excepciones contempladas a la aplicación de las tarifas generales, que descubren la voluntad del legislador de utilizar el arancel como instrumento de una política económica concreta, además de como fuente de ingresos. Así, pues, el gran número de prohibiciones a la reexportación de mercancías extranjeras refuerza el carácter “ protegido “ que tenía el “ comercio libre “, a la vez que descubre los sectores productivos a los cuales se dispensaba mayor protección efectiva.


    El reglamento, finalmente, modificaba las tarifas sobre el oro y la plata, reduciéndolas al 0,5 % y al 5,5 %, respectivamente, con la intención de desestimular las introducciones fraudulentas.



    * La Presión Fiscal del 1778 al 1787 :



    La actividad del legislador en materia de comercio colonial durante la década que en este momento concreto tratamos tuvo escaso relieve, y caracterizase por su obstinación en aumentar la presión fiscal. La guerra contra la Gran Bretaña ( La del 1779 al 1783 ) sirvió de excusa para establecer nuevos impuestos y aumentar los ya existentes. Una Real Orden del 17 de Marzo del 1780, vigente hasta Febrero del 1784, dobló la percepción en concepto de almojarifazgo de la América, mientras que otra, dada en Diciembre del 1781, imponía al comercio de retorno un 3 % adicional, de entrada en España, y un 4 % a la salida de Las Indias.


    En conjunto, las medidas dictadas entre el 1778 y el 1787 tuvieron una gran incidencia sobre el comercio imperial, produciendo no pocos efectos :

    Por ejemplo, el aumento del comercio de exportación a Las Américas Virreinales; aunque no en la medida observada por J. Fisher, quien afirma que las exportaciones multiplicáronse por cuatro, entre el 1778 y la media del 1782-1796. Si generalizamos la base a los años 70, solamente llegaría a doblarse.

    O bien, que los productos agrarios se vieron comparativamente menos perjudicados por la nueva tributación ad valorem. Ello explicaría el auge exportador de vinos y aguardientes del área iberomediterránea, muy especialmente de Cataluña.

    Con respecto a los productos industriales, hay que destacar el descenso de la protección efectiva dispensada por el sistema arancelario a las manufacturas españolas. El Reglamento permite la reexportación de géneros extranjeros cumpliendo únicamente el requisito de que reciban, en suelo español, valor añadido. La razón de tal permisividad era puramente fiscal; estos géneros contribuían en un 20 % a su entrada en España, más un 3 % adicional, en el momento de su reexportación a Las Indias Occidentales.

    Las remesas de plata para particulares se mantuvieron estancadas, sin que ello fuera compensado por un incremento de los retornos en frutos imperiales; la misma estructura del comercio imperial hispano se oponía a eso. Más del 60 % del comercio de exportación, la práctica totalidad del de productos españoles, se realizaba a través de un tipo muy peculiar de empresa mercantil, la comenda, o societas maris, constituida para la realización de un negocio concreto, habitualmente, un viaje de ida y vuelta a la América, que además se financiaba así íntegramente mediante créditos recibidos a cambio marítimo, con un vencimiento prefijado. La necesidad de retornar capital y premio nada más retornar a la Piel de Toro, llevaba a los componentes de estas sociedades a no correr riesgos innecesarios, invirtiendo parte de sus caudales en la adquisición de frutos imperiales cuyo aprecio en la Península Ibérica no era del todo seguro.

    El resto del comercio imperial español era, en su mayoría, comercio de comisión, controlado por los extranjeros, que no querían frutos, sino metales preciosos a toda costa.



    J. Fisher nos proporciona los siguientes datos :



    La Hacienda y la Comercio de Indias después de la “ Reforma “ ( 1785-1796 )


    Metales a particulares -Índice - Metales a Hacienda - Índice


    1774 – 28.851 - 100 - 2.516 - 100


    - - - - -


    1785 – 33.260 - 115,3 - 3.697,5 - 147


    1786 – 19.246 - 66,7 - 3.044 - 121


    1787 – 8.583 - 29,7 - 3.727 - 148,1


    1788 – 17.581 - 60,9 - 4.962 - 197,2


    1789 – 16.536 - 57,3 - 1.096 - 43,6


    1790 – 16.189 - 56,1 - 3.895 - 154,8


    1791 – 19.327 - 67 - 8.512 - 338,3


    1792 – 14.728 - 51,1 - 5.270 - 209,4


    1793 – 13.254 - 45,9 - 6.765 - 268,9


    1794 – 20.228 - 70,1 - 12.306,5 - 489,1


    1795 – 14.246 - 49,4 - 10.576 - 420,3


    1796 – 17.524 - 60,7 - 11.813 - 469,5




    Las relaciones reales de intercambio entre España y los Tradicionales Virreinatos de la Nueva España y la Nueva Castilla evolucionaron, como consecuencia de todo ello, de un modo favorable a los consumidores hispanoamericanos, que recibieron, gracias al “ comercio libre “, más mercancías europeas por menos plata. Los precios de los géneros traídos de España no hicieron sino bajar en Las Indias desde el año de 1778, arrastrando consigo el descenso de los beneficios medios. La crisis del 1787, en la que sucumbieron la mayoría de los cargadores gaditanos, y aproximadamente un tercio de los catalanes, es el resultado final de las medidas tomadas en la Etapa Gálvez.


    Junto a los consumidores americanos, la gran beneficiaria de la reforma vendría a ser la Real Hacienda, que logró de este modo alcanzar tres objetivos básicos :

    1 ) – Aumentar los ingresos fiscales en concepto de comercio exterior, gracias al juego de los Aranceles del “ comercio libre “ y de los Reales Aranceles recopilados del 1782

    2 ) – Conseguir que las regiones no productoras de plata generaran los recursos necesarios, y no constituyeran una sangría permanente, a través de los “ situados “, para las Cajas Reales de Méjico y del Perú

    3 ) – Enviar más plata a España, a pesar del aumento del gasto público en Las Indias.



    Los cambios introducidos en la administración “ colonial “, en la década que Gálvez estuvo al frente de la Secretaría de Indias, fueron como el segundo acto de la reforma novohispana. Las visitas generales al Perú ( Areche ), la Nueva Granada ( Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres ), y las subvisitas a la Capitanía de Nueva Toledo o el Chile ( Tomás Álvarez de Acevedo ) y Quito ( José García León y Pizarro ), pretendieron erradicar de los territorios visitados los viejos vicios administrativos, asumiendo la gestión directa de todas las rentas y mejorando el funcionamiento de los estancos y regalías, tales como el tabaco, el aguardiente o los naipes.


    Una gran reforma administrativa pretendió dotar de dinamismo propio a las regiones del Imperio más en contacto con las colonias piráticas de las naciones extranjeras. La erección del Virreinato del Río de la Plata, con el agregado del Alto Perú, y de la Comandancia General de las Provincias Internas de la Nueva España, en el 1776, o de la Capitanía General de la Venezuela, en el 1777, fueron los hechos más destacados en este sentido…..



    Pero, la “ reforma “ de la administración indiana fue mucho más profunda. Gálvez acabó con la venta de oficios públicos, desplazando de Audiencias, Corregimientos y Alcaldías Mayores a los miembros de la élite criolla que se habían consolidado en estos cargos durante los dos primeros tercios del XVIII. En el primer caso, el nuevo Ministro de Indias resolvió durante el primer año de su mandato. Una Real Orden, con fecha del 21 de Febrero del 1776, sugería que los criollos controlaban los Cabildos Eclesiásticos y Tribunales de Indios, y que a partir de entonces solamente un tercio de los beneficios de la Iglesia debería cubrirse con nacidos en Las Américas. El control criollo sobre las Audiencias desapareció, con la única excepción de Lima, la Ciudad de los Reyes, en tan sólo un trío de años. De las 34 personas designadas para ocupar vacantes o nuevos cargos entre el 1776 y el 1777, sólo tres eran criollas. La ampliación del número de magistrados, y la creación de la figura del Regente, permitió acentuar aún más una especie de “ dominio peninsular “ que se antojaba antipático; sobre todo, en el poder judicial. Y lo mismo puede decirse con respecto a las nuevas Audiencias de Buenos Aires, del 1783; de Caracas en el 1786 o del Cuzco en el 1787; constituidas con una abrumadora mayoría de funcionarios metropolitanos.


    La cúpula de la administración borbónica también fue objeto de atención por parte de Gálvez, que intentó renovar el prestigio del adormecido Consejo de Indias, dotándolo de cuatro nuevas plazas de letrado y elevándolo a la misma categoría que el Consejo de Castilla, es decir, a modo de culmen de la carrera funcionarial en los negocios coloniales.


    El desarrollo del sistema de intendencias sería ahorita emprendido con especial ahínco. Si hacemos abstracción de la Intendencia de Caracas en el 1777; o las restantes, tales como la del Río de la Plata en el 1782, la del Perú en el 1784, las de la Nueva España y el Chile en el 1786; seguirían a las grandes sublevaciones de carácter amerindio del 1780-1782; atribuidas en gran parte a los abusos cometidos con el reparto forzoso por los Corregidores.


    El Intendente se configuraba, siguiendo el modelo peninsular, como un funcionario con amplias competencias en materias de Hacienda, Justicia y Armada; bien remunerado, con sueldos que oscilaban entre los 4.000 y los 7.000 pesos fuertes anuales y que contaba con la colaboración de los subdelegados, funcionarios que sustituían a los Corregidores y Alcaldes Mayores en las relaciones con los indios. Los subdelegados deberíanse conformar con un sueldo más modesto, y un 3 % sobre la recaudación tributaria, ingresos insuficientes para evitar que volvieran a caer en las mismas prácticas que sus antecesores.


    El sistema de intendencias se “ mejoró “ con la figura del Superintendente General, superior jerárquico de los Intendentes, e independiente respecto a los Virreyes.


    Las consecuencias de la avalancha “ reformista “ que enterró el primerizo orden colonial borbónico entre el 1777 y el 1787 variaron según las características concretas de los espacios regionales que tratamos. Por lo general, afirmarse puede que las nuevas medidas favorecieron el crecimiento de las economías portuarias ligadas al comercio con la Península Hispánica, como resultado de la expansión del gasto público en ellas, y de las nuevas oportunidades de lucro mercantil que el “ comercio libre “ ofrecía para los exportadores del Imperio. Estas ciudades, de segundo orden durante la centuria anterior, presenciaron la simbiosis de la pujante burguesía criolla con los nuevos negociantes que tendían a instalarse en el indiano solar, al socaire de una legislación inmigratoria mayormente permisiva. Ciudades como Buenos Aires, La Habana o Caracas-Tradicionalmente, grandes centros criollos- ofrecían numerosas oportunidades de enriquecimiento para los españoles o gachupines, que, una vez hecha fortuna, ascendían con facilidad en la escala social por la vía matrimonial.



    Sin embargo, en lo que hasta entonces habían sido las grandes regiones neurálgicas de los Tradicionales Virreinatos, esto es, el Méjico Central, la Nueva Granada y el Perú, el impacto fue claramente negativo. El último tercio del XVIII presencia lo que la historiografía americana viene a decir como la “ crisis colonial “ : El inicio de una etapa depresiva, caracterizada por la ruptura de los mecanismos reproductivos que habían dotado de dinamismo a la economía interna y por una profunda crisis social, provocada por el aumento de la detracción fiscal sobre un campesinado y un incipiente proletariado urbano atrapados por el descenso de sus rentas y el alza del precio de las subsistencias.


    La crisis económica, cuya conexión directa o indirecta con las medidas “ reformistas “ del reinado de Carlos III es indiscutible, caracterizase por un triple proceso de desindustrialización, desmonetización y desurbanización. Desde el primer punto de vista, el estanco de productos como el tabaco o el aguardiente de caña, las restricciones impuestas a la comercialización de determinados productos que o bien competían con los estancados o con las mercancías procedentes de España, como el “ chiringuito “ novohispánico, frenó el proceso de especialización productiva de la economía imperial. El caso de los obrajes de la Audiencia de Quito, el área con un tejido industrial más denso de toda la formación imperial que tratamos, ilustra cómo el estanco del aguardiente de caña ( 1767 ) interrumpió el comercio del aguardiente de uva peruano, que permitía mantener abierta la exportación de textiles quiteños, provocando la ruina de la manufactura, en un momento en que, paradójicamente, se recuperaba la producción de plata….


    En otros casos, como el del tabaco, el control estatalista limitó las posibilidades del crecimiento de un sector cuyo mercado se hallaba en franca expansión. La Real Hacienda, que contemplaba el estanco únicamente como una fuente de ingresos, aplicó una política de maximización del ingreso fiscal. Como ha mostrado J. L. Phelan para el caso de la Nueva Granada, los beneficios fiscales se doblaron en los distritos mayormente tabaqueros, a costa de introducir un severo control sobre la producción, cuyos objetivos eran asegurar la oferta de la hoja de tabaco a unos precios bajos, elaborar los cigarros en sus propias factorías y comercializarlos en España y en Las Américas en régimen monopolístico. La reducción del área productora a los distritos de Girón y Zapatota fue garantizada por la creación de un cuerpo de vigilancia armado y de unos tribunales de contrabando, encargados, los primeros, de destruir los plantíos ilegales, y los segundos, de juzgar severamente a los exportadores clandestinos.


    Por si fuera poco, los estancos perjudicaban gravemente los intereses económicos de la Iglesia y los hacendados. Para los primeros porque perdían la posibilidad de rentabilizar sus excedentes por la vía del préstamo censitario; para los segundos, porque la renta de la tierra descendía al asumir el estado la producción y distribución del producto estancado. Rosemarie Terán ha puesto de relieve, a través de sus estudios, cómo algunas haciendas trapicheras de Santa Fe estaban gravadas con censos cuyo valor superaba el valor pericial de la explotación, y que la situación se mantuvo mientras el control del mercado del aguardiente de caña por el sector privado permitió obtener elevadas rentabilidades del cultivo de la caña. Tal situación se interrumpiría bruscamente con el inicio de la gestión directa del estanco, por parte de la Real Hacienda, en el año de 1764.


    La desmonetización de la economía imperial fue un fenómeno bien conocido, tanto para la Nueva España como para la Nueva Castilla. El aumento de la capacidad recaudatoria de la Real Hacienda, a un ritmo sensiblemente superior al del crecimiento económico, y al auge del comercio de importación tanto legal como ilegal, favorecieron el drenaje hacia el exterior del numerario, provocando graves problemas de liquidez. En la Nueva España, el problema logró paliarse en parte por la creación de medios de pago que, como las libranzas, permitieron que la gran burguesía mejicana mantuviera el control del dinero y el crédito en la economía novohispánica. Sin embargo, ello no tuvo lugar en el espacio peruano, y especialmente en la Sierra Norte, donde la creciente desmonetización condujo hacia una economía más o menos “ natural “.


    El proceso de desurbanización es el que mejor destaca el alcance de las reformas borbónicas. El estancamiento de Lima, en torno a los 50.000 habitantes, frente a la espectacular progresión de Buenos Aires, cuya población pasaría de unos 12.000 habitantes en el 1751 a los 43.000 en el 1800; constituye el ejemplo más significativo de las dos caras de una misma moneda. En otros casos, los efectos serán igualmente profundos : La creciente ruralización vendrá acompañada de un desplazamiento de importantes contingentes humanos desde la sierra hacia la costa.


    Para la Nueva España, Eric Van Young ha puesto de relieve cómo la urbanización se detiene, en líneas generales, hacia el 1760-1770; y que la existencia de núcleos como la capital del Virreinato, o Guadalajara, con una tasa de crecimiento superior a la media, procede de una inmigración empobrecida, que abandona sus lugares de origen en busca de mejores condiciones vitales.


    * Sublevaciones y/o Belicosidades :



    En un plano más puramente social, cabría decir que las “ reformas “ borbónicas tuvieron efectos tanto a corto como a medio y largo plazo. A corto plazo, la superposición de un nuevo sistema de detracción sobre el ya existente, que giraba en torno a formas tributarias como el “ repartimiento de efectos “, provocó levantamientos populares, que adoptaron la forma de revueltas contra el fisco, dirigidas contra los agentes recaudadores ( Alcabaleros, Corregidores, Funcionarios en general, e incluso Curas ).


    Estos movimientos subversivos, considerados malintencionadamente por no poca parte de la Historiografía “ oficial “ como “ precursores del independentismo “, no tuvieron lugar a la vez, sino que se escalonaron en intensidad creciente a lo largo del XVIII, por todo lo ancho y largo de la geografía que tratamos. No son movimientos antihispanistas; ni tampoco sincronizados; son respuestas espontáneas ante desmanes político-económicos puntuales.



    Conviene distinguir con claridad las revueltas “ antirreformistas “ con lo que fue durante el siglo XVIII una sorda guerra de frontera, librada por los soldados hispanos desde presidios y misiones, que tenía por objeto ganar tierra a los indios que se movían en los lindes más escabrosos de tan vasto Imperio. Esta guerra tuvo durante el siglo XVIII varios frentes; aunque, por su continuidad, sería necesario centrarse en un par de ellos :

    1 ) – El Norte del Virreinato Novohispano : Sonora, Nuevo Méjico, Nueva Vizcaya y Tejas; hostigado hasta el último tercio del dieciochesco siglo por tribus amerindias de carácter nómada, muy especialmente por apaches y comanches.

    2 ) – El Sur y Sureste del Peruano Virreinato, donde las tribus salvajes en el Chile denominadas como araucanos, sin una gran cultura como pudieron ser incas o mayas, ejercían sus feroces razzias; o también los puelches, pehueneches y pampas, que, con sus malocas, asaltaban las haciendas y estancias de Buenos Aires, San Luis, Córdoba y Mendoza. La inestabilidad fronteriza en esta parte alcanzaría su momento culminante durante la década de los 70; y la confusa frontera con el Brasil ( Que se instituiría como Virreinato en el año de 1762 ) del Reino Hispánico de Portugal. Hasta la expulsión de los jesuitas en el 1767, las reducciones de indios guaraníes constituyeron un obstáculo a la expansión portuguesa, azuzada por la Gran Bretaña; pero, a la vez, fue un motivo continuo de fricciones con los encomenderos paraguayos, que además de verse privados de trabajadores buenos y baratos, contemplaban cómo las Misiones Jesuíticas producían y comercializaban la hierba mate a menor precio que los hacendados de Asunción, distribuyéndola sin competencia por todo el gran espacio de Los Andes.



    Las sublevaciones de mestizos y amerindios encuadrados en el territorio imperial tuvieron pues este prurito “ antifiscal “; por así decirlo; y menudearon a lo largo de toda la centuria. El primer ejemplo en este sentido lo constituyó la revuelta de los vegueros, esto es, pequeños cosecheros de tabaco de la Isla de Cuba, en contra de la erección del estanco, entre el 1717 y el 1723. En la Nueva España, las primeras manifestaciones violentas de descontento popular registráronse en tiempos de la visita de Gálvez, en Valladolid de Michoacán, San Luis de Potosí y Guanajuato. A pesar de que acusárase a los jesuitas de estar detrás de estas sublevaciones, que coincidieron con la expulsión de los hijos de San Ignacio, lo cierto es que las alcabalas y el estanco del tabaco, que coincidieron con un periodo de malas cosechas, fueron los detonantes del descontento popular.


    Las sublevaciones de Quito, la Nueva Granada y el Perú alcanzaron un especial grado de intensidad en el periodo de las visitas generales. Más bien fueron, pues, reacciones contra reformas puestas en marcha antes del Ministerio de Gálvez. En el Reino Quiteño, esto es, de las zonas más señeras del Virreinato de la Nueva Castilla; donde al descontento por las nuevas medidas fiscales se añadía una profunda crisis económica, las asonadas comenzaron con la reforma del estanco del aguardiente y la introducción de la alcabala, en el año de 1765. En Mayo de este año estallaría un motín protagonizado por habitantes de los barrios mestizos de Quito que, tras saquear las oficinas del fisco en la ciudad, disolviéronse antes de la llegada de las tropas represoras, procedentes del Guayaquil. En la Sierra Quiteña, los alzamientos populares se concentraron más bien en las áreas manufactureras, donde la crisis del obraje hacía incluso menormente soportable el aumento de la exacción fiscal. Riobamba en el 1764 y en el 1778, Otavalo en el 1777, y Ambato en el 1780 fueron escenarios de varios motines contra la revisión de los censos y el aumento de los tributos.


    Sin embargo, fue en el Perú y en el territorio de la Audiencia de Charcas donde las expresiones puntuales de descontento popular fueron bastante graves. Entre el 1780 y el 1781 se produjeron frecuentes enfrentamientos donde se ven mezclados indios, mulatos y criollos.


    Ya entre el 1730 y el 1759 se documentan 26 rebeliones campesinas; alguna de ellas, como la de los mestizos de Cochabamba contra su inclusión en el reparto forzoso-11730-fue especialmente sangrienta. Pero sólo en los 20 años que precedieron a la gran sublevación y dentro del reinado de Carlos III, el número se triplicaría con creces. Como en las demás regiones del Imperio, la tensión llegaría a su clímax con motivo de las reformas introducidas por el visitador José Antonio de Areche en las aduanas, alcabalas y censos de tributarios. La resistencia activa acentuaríase durante el primer semestre del 1780, en una serie encadenada de revueltas que afectaron, entre otras localidades, a Urubamba, La Paz, Arequipa, Cuzco, Pasco, Huamanga, Chayanta, etc.


    Uno de los hechos que ha sido magnificado, y lo es a día de hoy, fue la revuelta encabezada por el mestizo José Gabriel Condorcanqui, “ Túpac Amaru “, iniciado a comienzos de Noviembre del 1780. No obstante, fue el comienzo de una espiral de inusitada violencia. “ Túpac Amaru “ ( Nombre que pretendía evocar cierta tradición inca ), descendiente del último inca de idéntico nombre, hijo del cacique Miguel Túpac Amaru y de Doña Rosa Noguera, y casado el 25 de Mayo del 1760 con Doña Micaela Bastidas, inició su campaña en su región natal de Tinta, engrosando su ejército con indios de las localidades vecinas de Tungasuca, Surinama ( Donde él nació ), Pampamarca, Acumayo, etc. Esto fue sólo una parte, pues también le acompañaron negros, mulatos y blancos. No se trataba sólo de campesinos empobrecidos, sino de miembros de la élite amerindia, pequeños propietarios, artesanos y comerciantes, encuadrados en poblaciones con economías en un estado de mercantilización avanzado, cuyas rentas habíanse visto afectadas por la tendencia a la baja de los precios, y estaban decididos a acabar con la competencia desleal del Corregidor y sus colaboradores. En sentido contrario, la población amerindia, encuadrada en el sistema de encomienda y mita, que se concentraba en la margen derecha del río Vilcanota ( Urubamba, Ollantaytambo y Abancay ), actuó como fuerza para mantener el poco orden imperial ya entonces existente; colaborando activamente con los defensores de la Autoridad Imperial en el sitio del Cuzco. En otros casos, como el de Oruro, con una economía minera en franco declive, el descontento fue capitalizado por empresarios mineros criollos empobrecidos, que atribuían todas sus desgracias a las maquinaciones de ciertos comerciantes peninsulares advenedizos ( En no pocas veces tildados de “ judíos “ ); cuya riqueza aumentaba a costa de la desgracia ajena. En última instancia, la cosmogonía inca seguía presente : Profecías escatológicas anunciaban para después del 1777 el pachacuti o inicio de un nuevo ciclo histórico, que pasaba por la destrucción del orden imperial hispano y el regreso a los tiempos del Tahuantinsuyo…..Realmente, el movimiento de “ Túpac Amaru “ fue una gran revuelta producto de un descontento. Que aún estaba presente cierta hechicería incaica es cierto. Pero de ahí a querer comparar a “ Túpac Amaru “ con los actuales indigenistas antieuropeos que elaboran sus teorías a partir de las peores “ doctrinas “ europeas, cree un servidor de ustedes que existe un abismo; mas cuando una abuela de “ Túpac Amaru “ era española…..


    Con todo, cabría recordar que hasta el Cuzco, la campaña de “ Túpac Amaru “ fue un camino sin muchas dificultades, consiguiendo siempre la adhesión de los pueblos por los que discurría su marcha. El asedio a la ciudad, sin embargo, no se culminó con éxito, y el movimiento pasaría, a partir de este momento, a una posición defensiva, hasta la derrota, captura y ejecución del líder insurrecto, en Mayo del 1781. Herida de muerte, la sublevación aún colearía con las acciones de Julián Apaza ( “ Túpac Catari “ ), que llegó a poner en asedio la ciudad de La Paz por dos veces, la última entre Agosto y Diciembre del 1781.



    En la Nueva Granada, las medidas del Visitador Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres provocaron también tumultos populares, entre los cuales destacó por su magnitud el levantamiento de los comuneros del Socorro, iniciado en el pueblo de este nombre a fines del invierno del 1781, y dirigido contra los símbolos de la opresión fiscal : La Instrucción de nuevos gravámenes, dictada por Gutiérrez de Piñeres, y los estancos. Los amotinados, principalmente mestizos e indios de Tunja y Cúcuta, lograron llegar hasta Bogotá, poniendo en fuga al Visitador, y obteniendo de una Audiencia atemorizada las Capitulaciones de Zipaquirá, donde accedíase a todos sus deseos. Se trataba sólo de una maniobra dilatoria. La llegada del Virrey Flores con refuerzos permitió denunciar los pactos, y reprimir el último foco activo de la sublevación, localizado en Antioquía.



    Las autoridades imperiales también serían puestas a prueba durante estos años en la Venezuela y en el Río de la Plata, aunque en estos casos los sucesos no tuvieron la gravedad de los registrados en Quito o en el Perú.



    * La Abolición del Reparto :



    Los sublevados, pese a su derrota, obtuvieron en apariencia que una de sus reivindicaciones fundamentales fuese atendida. Una Real Orden del 9 de Diciembre del 1780 declaraba abolidos los repartimientos forzosos de mercancías, y, poco después, comenzaría, con el desarrollo del sistema de Intendencias, el proceso de sustitución de los impopulares Alcaldes Mayores y Corregidores, por los subdelegados. No obstante, si analizamos fríamente la situación, convendremos en que estos cambios no ayudaron tampoco a restablecer el orden imperial, ya demasiado corroído….



    La supresión del reparto en el Perú, por una Real Orden del 9 de Diciembre del 1780, medida que ya figuraba en el programa de Gálvez durante su etapa de Visitador en la Nueva España, y que entonces no pudo concluir con éxito por la resistencia de los sectores de la administración borbónica y de la burguesía interesada en el sistema, representó una mera transferencia del excedente que antes absorbían Corregidores y comerciantes monopolistas hacia las arcas de la Real Hacienda, que ahora gestionaba de manera directa los tributos, las alcabalas y los estancos. Realmente, tratábase de la aplicación de los nuevos principios del “ pacto colonial “ a las áreas del Imperio donde no resultaba posible aumentar los ingresos de un modo sensible los ingresos fiscales a través del “ comercio libre “.


    Los casos del Cuzco y del Potosí, áreas señeras en la revuelta tupacamarista, son bien significativas. En el Cuzco, la recaudación bruta en concepto de alcabala pasaría de un índice 100 de media, para la década de los 70, a un índice 399,7 en la década siguiente; mientras que el tributo ascendía de 100 a 228 en el Potosí, los ingresos por alcabala se multiplicaron por 2,5 y el tributo por 2, proporción harto cercana a la media observada en la mayoría de las provincias de Nueva Granada y el Reino de Quito.


    La mayor eficiencia del sistema tributario en drenar recursos hacia el exterior, capturando el numerario que lubricaba los circuitos monetarios internos, acentuó el proceso de desmonetización de la economía imperial, provocando un retroceso en el papel que había adquirido el mercado como elemento dinamizador de los espacios regionales que tratamos. En el Perú, la contracción de la demanda de bienes y servicios se tradujo en la caída brutal de los precios agrícolas e industriales en el área andina; resultado de la retirada de la población india del mercado y el retorno a la economía de subsistencia.


    En la Nueva España, donde la oposición al sistema de reparto no fue objeto de una oposición tan radicalizada por parte de las comunidades asiático-australoides, la puesta en vigor de la Ordenanza de Intendentes, que sustituía a los Alcaldes Mayores por subdelegados sin atribuciones en cuanto a la gestión del tributo, puso en peligro el circuito mercantil que ligaba a la producción amerindia con la demanda externa, y obligó a la búsqueda de medios alternativos ( Como la creación de Montepíos o financiación a través de las Cofradías ) para solucionar el problema del capital circulante.


    La supresión del reparto fue, pues, un capítulo más en el proceso de derribo del sistema de equilibrio entre el poder metropolitano y los intereses económicos de los grupos criollos.


    Todo esto viene acompañado de una especie de desestructuración de la economía del campesinado amerindio, provocada por las alteraciones introducidas en los mecanismos de recaudación del tributo. Siguiendo el esquema interpretativo de D. Cahil, puede concluirse que la introducción del sistema de Intendencias constituyó una alteración en el equilibrio de fuerzas de los hasta entonces beneficiarios directos del excedente del producto de los indios : Curas, Caciques y Corregidores. La sustitución de estos últimos por los Subdelegados sirvió para reducir corruptelas y mejorar el producto de las Reales Rentas, pero, al ser dotados de menos atribuciones, debieron luchar con Caciques, Curas, y aun hacendados, por el control del excedente que la supresión del reparto forzoso generó, a partir del 1780. Esta lucha por el “ control social “ de la comunidad hizo que el nivel de explotación sobre el trabajo amerindio no llegara a reducirse en ningún momento.


    Realmente, lo que se plantea no es una cuestión de “ lucha de razas “ o “ racismo explotador “; sino circunstancias político-económicas que repercuten en la sociedad y en toda su amplitud, como percibir podemos.



    * La Etapa Floridablanca. Cambio de rumbo en la política borbónico-colonial; 1788-1796 :



    La etapa Floridablanca, prolongada hasta el año de 1796, constituye, seguramente, el periodo más intenso en la “ reforma “ del comercio imperial. José Moñino había sido nombrado Secretario de Estado en el 1776, sucediendo en el cargo al vituperado marqués de Grimaldi. En la primera década de su mandato, la intervención de Moñino en los americanos asuntos se vio limitada por la enormidad del prestigio personal que desprendíase de José de Gálvez, nombrado Ministro de Indias por Carlos III a la muerte de Arriaga, justo el mismo año que el conde de Floridablanca era llamado a la Corte. Gálvez gozó de carta blanca en los asuntos de Indias hasta su muerte, acaecida a mediados del 1787, cuando el efecto de sus medidas comenzaba a vislumbrarse, tanto en un sentido positivo-el aumento de los fiscales ingresos-como negativo-sublevaciones indias, empobrecimiento de indios y “ castas “, malestar de la Iglesia y de los criollos, quiebras en los comerciantes que participaban en la Carrera de Indias….-.


    Floridablanca, defensor de Gálvez en su etapa de Visitador, y durante sus primeros años al frente del Ministerio de Indias, comenzó a apartarse de su radical regalismo tras la Paz de Versalles ( 1783 ). Sus discrepancias con los derroteros que tomado habían los asuntos de Indias quedaron recogidas en la Instrucción reservada, elaborada en el 1787 para fijar las bases de actuación de la recién creada Junta de Estado, que iba a permitir, por vez primera, la intervención directa del primer ministro en los asuntos de Indias, y el Memorial dirigido a Carlos III, ya en los últimos momentos de su reinado, y luego presentado a Carlos III, acompañado de su dimisión al Ministerio.


    Lo que sí es verdad es que, dentro de lo que cabe, el programa político de Moñino tenía la virtud de considerar la problemática del Ultramar como un capítulo más de la política española; rompiendo quizá el molde esquemático borbónico, al menos en este sentido. En su Instrucción reservada partía del principio general de que las reglas dictadas para el gobierno interior de España eran aplicables también a Las Indias, salvo en “ las cosas de su particular gobierno “. Éstas ocupaban muy poco espacio en el discurso político del Secretario de Estado; ni el 20 % de su articulado se dedicaba al análisis de la problemática hispanoamericana, es decir, un espacio muy similar al que ocupaba el contencioso del Peñón de Gibraltar, todavía éste último figurando para vergüenza de propios y extraños….Más que las cuestiones puramente gubernamentales, le preocupaba la política de defensa del dominio imperial frente a exteriores agresiones.


    Floridablanca aprovechó la muerte de Gálvez para disminuir el peso específico que el Ministerio de Indias tenía dentro de la administración, diviéndolo en dos : Uno de Gracia y Justicia, encomendado a Antonio Porlier, y otro de Hacienda, Guerra, Comercio y Navegación, en el cual colocó a Antonio de Valdés.


    Los clamores levantados entre el comercio español y el americano por la crisis del 1787 sirvieron de excusa al conde de Floridablanca para una intervención más directa en los asuntos de Indias. Para conocer mejor la situación en que se hallaba el comercio con Las Américas, el Secretario de Estado elaboró la Real Orden del 19 de Octubre del 1787, dirigida a los Consulados, Sociedades de Amigos del País, Virreyes, Gobernadores y Presidentes de Audiencias, con un interrogatorio que se interesaba por las siguientes cuestiones :

    - Si el comercio de Indias se había intensificado, como resultado de la “ libertad “.

    - El número de toneladas necesario para mantener el abastecimiento idóneo de la Nueva España.

    - Su reparto entre los diferentes puertos habilitados en la Península Ibérica.

    - Participación de las distintas regiones españolas en las exportaciones de vinos y aguardientes.

    - Opinión de los informantes sobre los derechos que gravaban el tráfico.

    - Tonelaje apropiado de los mercantes trasatlánticos.

    - Causas de quebranto experimentado por el comercio de Cádiz, y de los restantes puertos habilitados.

    - Soluciones a aplicar, para garantizar el fomento de la agricultura, industria y comercio.


    Resulta difícil extraer conclusiones de las respuestas remitidas por las autoridades e instituciones consultadas, pues éstas aprovecharon para arrimar el ascua a su sardina, atribuyendo todos los males del comercio imperial a la causa más acorde con sus intereses particulares. Así, mientras que para el Consulado de Cádiz, o el de Méjico, la crisis ponía en evidencia el fracaso de la reforma comercial, para las autoridades borbónicas, o los Consulados nuevos, creados en virtud del Reglamento del 1778, todo había sido provocado por no profundizar más en la liberalización del tráfico. Con todo, es posible encontrar lugares comunes en ambas líneas argumentales que permiten vislumbrar alguna de las causas del mal funcionamiento del sistema : Exceso de la presión fiscal, poca capacidad de maniobra del comercio español en la América, y descenso de los beneficios de los grandes mercaderes, como resultado de la incómoda competencia de pequeños cargadores y encomenderos endeudados, que preferían bajar sus precios antes que no vender parte de su mercancía.


    Parece que Floridablanca recogió estas mismas ideas comunes, presentes tanto en los escritos de los partidarios del monopolio como en los de los “ reformistas “. En su labor legislativa existe una preocupación nueva que no se encontraba en la etapa anterior : El deseo de evitar la ruina del comercio hispano, como resultado del descenso de los precios en el mercado americano. En esta línea, cinco objetivos presiden las disposiciones dictadas en materia de comercio colonial, durante el periodo 1788-1796 :

    1 )- Mejorar la información sobre la coyuntura :

    Una Real Orden del 8 de Octubre del 1788-quizá la última firmada por Carlos III-obligaba a las autoridades de los puertos habilitados americanos a remitir estadillos semestrales con información sobre el abastecimiento, o desabastecimiento, de las plazas, especificando las mercancías que se negociaban en mejores condiciones, y aquellas otras que era preferible no remitir, los precios seguros y los fletes corrientes, y el número de navíos ocupados en tareas de carga y descarga. También exigía de las autoridades de rentas que recabasen información de los capitanes que venían de la América sobre el estado de los puertos que habían visitado.

    2 ) – Aumentar el número de puertos habilitados en Las Indias :

    En contra de la opinión de los partidarios del retorno al monopolio de puerto único, Floridablanca optó por incluir a todas las regiones indianas dentro del sistema del “ comercio libre “. Además del Real Decreto del 28 de Febrero del 1789, habilitando los puertos de Veracruz y La Guaira, que constituye la pieza más conocida de esta segunda etapa reformista, entre esta fecha y Marzo del 1796, en vísperas de una nueva guerra contra el genocida Reino Unido, fueron autorizados a practicar el comercio directo con España un número mayor de puertos que en los 25 años anteriores.


    Con ello, los gobernantes borbónicos peninsulares pretendían, supuestamente, encontrar soluciones a los problemas que las autoridades del arco antillano ( El flanco más débil y castigado del Imperio ) habían puesto de manifiesto, en sus respuestas al interrogatorio del 1787 : Marginación de los circuitos del comercio trastlántico; graves déficits de alimentos y manufacturas básicas; escaso desarrollo de las fuerzas productivas, ante la imposibilidad de dar salida legal a la producción excedentaria; y extensión del contrabando con las vecinas colonias extranjeras, como única solución a estos problemas.

    3 ) – Potenciar el comercio interamericano :

    La encuesta del 1787 también descubrió que el aislamiento de los mercados coloniales entre sí, estableciendo para reforzar su dependencia respecto de la metrópoli, había resultado un factor agravante de la crisis, al reducir la capacidad de absorción de mercancías europeas en momentos de saturación parcial de uno o varios mercados americanos.


    El “ libre comercio interamericano “ que ahora se intentaba potenciar, tenía su precedente inmediato en la Real Cédula del 17 de Enero del 1774, levantando la prohibición del tráfico entre la Nueva España, la Guatemala, la Tierra Firme, el Perú y el Chile; aunque sujetándolo a numerosas restricciones encaminadas a evitar que de su fomento se derivara algún perjuicio para el comercio español. La Nueva España no podía importar vinos, aguardientes, vinagre, aceite de oliva, aceitunas, pasas y almendras del Perú y ni de su Capitanía de Nueva Toledo; ni exportar la manufactura producida en sus obrajes, los géneros importados de la Europa y las ropas del galeón de Manila ( Durante la época imperial, sabidas son las relaciones Manila-Acapulco ). La saca de numerario limitábase a la cobertura de las importaciones de cacao del Guayaquil, siempre que no pudiera llevarse a cabo con efectos “ coloniales “.


    Los circuitos del tráfico marítimo interimperial no se vieron ampliados sustancialmente hasta que no se hizo la Real Orden del 28 de Junio del 1789, que regulaba el papel de puerto de La Habana como redistribuidor del comercio hispanoamericano. Continuando el proceso de “ liberalización “, la Real Cédula del 23 de Octubre del 1792 facultó a los buques salidos de España, y con registro a Veracruz, la escala en puertos venezolanos, para emplear en cacao y otros frutos la plata extraída de la Nueva España. Finalmente, una Real Orden de Abril del 1796 eliminaría todas las cortapisas al permitir “ el comercio recíproco entre Nueva España, islas de Barlovento, puertos del sur de Guatemala, Buenos Aires y Cartagena de Indias “.

    4 ) – Moderar el derecho arancelario :

    El descenso de la presión fiscal sobre el comercio imperial, acompañado de un cierto interés por potenciar determinados sectores industriales, relegó a un segundo plano, al menos momentáneamente, la preocupación recaudadora que hasta este momento había presidido la reforma. La reducción impositiva cristalizó en los decretos de ampliación del tráfico, que a la vez suprimían alcabalas y derechos municipales vigentes en los indianos puertos hasta entonces, y en un conjunto de disposiciones particulares.

    5 ) – Autorizar el libre comercio de negros :

    La innovación de mayor importancia introducida en el sistema regulador de las relaciones comerciales entre España y América durante el reinado de Carlos IV ( El cual me causa un gran parecido físico a Juanca I el Esquiador Abortista….) fue, seguramente, la autorización, por dos resoluciones del 1789 y del 1791, del “ libre comercio “ de negros, legalizando, de este modo, la práctica del comercio triangular.


    En parte, la “ liberalización “ de la trata vino motivada por el temor a que el parlamento inglés llegara a aprobar su prohibición, tras los tensos debates de la primavera del 1788, y pusiera en peligro el necesario suministro de fuerzas de trabajo para las plantaciones. Pero tampoco hay que olvidar que la intención de buscar nuevas fuentes de suministro de esclavos es anterior, y enlaza con la crisis del 1787.

    La Real Cédula del 28 de Febrero del 1789 permitió a todo español domiciliado en la Península Ibérica o en Las Indias Virreinales la compra de negros en los puntos de su venta, extrayendo el dinero y frutos necesarios para su adquisición, siempre que se introdujeran por Barlovento y Caracas. La trata se autorizaba por un periodo de prueba de dos años, renovado por otros dos. Su confirmación tendría lugar mediante una Real Orden del 24 de Noviembre del 1791, donde, además de ampliarse su área de cobertura a Santa Fe y Buenos Aires, la prórroga alargábase a seis años.



    A corto plazo, la política inaugurada por Floridablanca, y continuada por Aranda y Godoy, obtuvo los resultados deseados : Sin comprometer las remesas de Las Indias, el nuevo marco legal proporcionó a los cargadores españoles fuentes de beneficios, y ello explica que desde el 1789 al 1796 fueran años de relativa prosperidad. Sin embargo, la mejora no resultó tan evidente para los grupos dirigentes de la sociedad criolla, cuyo descontento hacia el gobierno borbónico no hizo sino aumentar….La eliminación de los últimos bastiones del comercio monopolista ( Esto es : Veracruz, La Guaira, tráfico de esclavos….) se añadía al mantenimiento de la prohibición del reparto forzoso, y a la pérdida de los lucrativos asientos de gestión de los impuestos, pasados ahora a la administración directa de la Hacienda. Todo ello constituiría un casvs belli, de previsibles efectos en la fidelidad de la burguesía comercial americana hacia la Corona borbónica de España.



    * El Ocaso del Imperio



    Comercio de Neutrales, Políticas de Emergencia y “ Emancipación Económica “ :



    La declaración de guerra contra la Pérfida Albión, el 7 de Octubre del 1796, abre una nueva etapa en la historia de la América Virreinal, cuyo rasgo más sobresaliente se avista en la ruptura irreversible de los vínculos existentes entre la metrópoli y el Nuevo Mundo. Desde la perspectiva comercial, la ruptura de hostilidades obligó al gobierno borbónico a introducir importantes cambios en la organización del tráfico marítimo que, en la práctica, significaron la apertura, sin contrapartidas, de los puertos habilitados de la Península y de Las Indias Occidentales al comercio internacional. Era una consecuencia que se venía arrastrando desde el triunfo del “ Mare Libervm “ de Grotivs….Y aquí se verían pues las últimas estocadas de la faena.



    La cosa es que, cuando se publican los Reales Decretos del 17 y del 18 de Noviembre del 1797, admitiendo a los buques extranjeros en los puertos españoles e hispanoamericanos, la administración borbónica, ya más títere que nunca y sobre todo ante la Francia, no hace sino aplicar un “ remedio “ ya utilizado otras veces, a lo largo del siglo XVIII, cuando el navegar bajo pabellón de Las Españas se hacía particularmente difícil. El “ comercio de neutrales “ se autorizaría ya durante la “ Guerra de la Oreja de Jenkins “ ( Que fue del 1739 al 1748 ), coincidiendo con la suspensión temporal de flotas y galeones, y la generalización del uso de registros sueltos. Ya en esta ocasión se puso de manifiesto la facilidad con que el comercio de neutrales lograba burlar los controles y prevenciones establecidos por las autoridades hispanas.


    Durante la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica ( 1779-1783 ); en la que España intervino ( Como ejemplo, los Granaderos de Gálvez, a pesar de que mi querido y admirado, ese católico tradicionalista llamado Mel Gibson parece no acordarse de nosotros en su película El Patriota.... ) junto con la Francia, recuperando algunas posesiones ( No entrando en ello Gibraltar….); el “ comercio de neutrales “ adquirió una doble dimensión, que lo caracterizará a partir de este momento. Por un lado, las autorizaciones pretendían conceder a los exportadores españoles la posibilidad de continuar su giro bandera simulada, remitiendo sus cargazones en “ buques neutrales “. El balance de la Carrera de Indias para estos años, totalmente decepcionante, descubre que este primer objetivo no íbase a cubrir. Los comerciantes españoles se vieron desestimulados por la agresividad de los corsarios británicos, por los elevados costes de habilitación de los buques neutrales, en tiempos de guerra : Salarios de las tripulaciones anticipados en plata, primas de seguro cercanas al 50 % del monto de la póliza, cambios marítimos con premio superior al 100 %; todo ello para organizar unas expediciones que corrían el riesgo de encontrarse con mercados ya abastecidos a través de otros canales de comercialización.


    Desde otra perspectiva, y cuando el “ comercio neutral “ contemplaba la participación activa de comerciantes extranjeros, surgía la necesidad de abastecer a las economías del Imperio de aquellas mercancías que, en condiciones normales, debían recibir a través de la metrópoli. El “ comercio neutral “ desde “ puertos neutrales “ fue sólo autorizado en situaciones realmente extremas, y contra la opinión unánime de los cargadores de los puertos habilitados españoles. Cuando se autorice, siempre mediará una decisión previa de las autoridades virreinales, mayormente sensibles a las consecuencias negativas que para sus administrados tenía la interrupción del tráfico.


    Así, una Real Orden a fecha de 12 de Octubre del año de 1779, firmada por Gálvez, se limitaba a refrendar una medida ya tomada por el Gobernador de La Habana, dos meses antes, permitiendo la descarga de víveres transportados en diversos buques norteamericanos; lo mismo podría decirse de otra Real Orden del 20 de Abril del 1781, que daba licencia a los capitanes de los buques españoles detenidos en Cuba, para adquirir, en la colonia francesa de Guárico, lonas, jarcias y demás pertrechos necesarios para la habilitación de sus embarcaciones. Los ejemplos podrían extenderse también a la Nueva Granada, o la Intendencia Caraqueña.



    Los años del conflicto contra la Francia regicida ( 1793-1795 ) presenciaron una aplicación restrictiva del “ comercio de neutrales “, que no afectó a las exportaciones desde puertos habilitados españoles. Consideróse que el pirático país vecino no poseía el potencial naval suficiente para colapsar el tráfico trasatlántico, y que bastaba con proporcionar convoy a las expediciones que zarparan de Cádiz. En la América, el proceso que llevó a la autorización del comercio con las colonias extranjeras siguió la dinámica ya descrita para conflictos anteriores. Las autoridades locales autorizaron la admisión de buques extranjeros, apoyándose en precedentes. En algunos casos, el permiso, luego refrendado por Madrid, significó sólo un cambio de matiz respecto a la situación anterior. Así, la Real Orden del 18 de Noviembre del 1797 anteponía la necesidad de asegurar el abastecimiento de Cuba, permitiendo la entrada de buques norteamericanos, al interés del comercio metropolitano. Su texto, no sabemos bien si resultaba ser un prodigio de la ingenuidad, de la ignorancia, o de ambas cosas….En su virtud, permitíase hacer expediciones de géneros no prohibidos a Las Américas, en embarcaciones españolas y extranjeras, desde los puertos de “ potencias neutrales “ o desde la Piel de Toro, pero siempre con retorno preciso a la metrópoli, pagando los derechos arancelarios vigentes. Según Ricardo Levene, esta Real Orden nació por y para el fracaso “ porque el preciso retorno a España era absurdo pretenderlo, en una época en que la Península estaba bloqueada, y luego, porque sólo autorizaba el comercio de muy pocos frutos, y las colonias necesitaban de mucho más…..”


    Con lentitud, la administración borbónica fue cediendo en sus pretensiones, en un desesperado intento de continuar canalizando todo el tráfico de retorno hacia los puertos españoles. Otra Real Orden del 18 de Enero del 1798 concedía a los buques neutrales que utilizaran como punto de partida el territorio ibérico, la rebaja de la mitad de derechos. Aunque la presión conjunta de todos los consulados españoles, y particularmente del de Cádiz, obligó a dar marcha atrás, este retroceso no fue más que un espejismo; una concesión temporal, para recompensar al comercio gaditano por un empréstito de 15 millones de pesos que acababa de suscribir con el estado. Si bien una Real Orden del 20 de Abril del 1799 recordaba la plena vigencia de las Leyes de Indias, y del Reglamento del “ Libre Comercio “, pese a las circunstancias excepcionales del momento, otra del 15 de Mayo, provocada por el temor que el descontento de los comerciantes de Veracruz y La Habana pudiera facilitar la ocupación anglojudaica, autorizó de nuevo la entrada de buques extranjeros en los puertos americanos, con la única condición de que llevara sobrecargos españoles. El incumplimiento sistemático de este último requisito redujo las pretensiones de la Corona Española a la prestación de una fianza ante el Cónsul o Vicecónsul del puerto de salida, quien certificaba el carácter “ neutral “ del cargamento…..


    El cese de hostilidades con el Reino Unido, comunicado por la Orden del 16 de Noviembre del 1801, inició el “ Veranillo de San Martín “ del “ comercio libre “. La restauración del sistema del 1778 durante apenas un cuarteto de años hizo antojar algunas esperanzas a los comerciantes españoles de que el monopolio sobre el mercado indiano podría dejar de constituir un espejismo. Pero una nueva guerra con la Pérfida Albión, iniciada en una situación de penuria financiera, obligó a Carlos IV a desengañar de nuevo a sus administrados…..Otra serie de decretos de “ neutrales “ ( 20 y 22 de Diciembre del 1804 y 1 de Marzo del 1805 ) abrió una nueva etapa en la política comercial del gobierno borbónico, caracterizada por las concesiones a poderosas firmas comerciales de todo el mundo, de licencias, a cambio de fondos con los cuales financiar la guerra y alimentar la caja de consolidación de los despreciadísimos vales reales ( Muy conocidos estos con Carlos III ).


    La progresión del “ comercio neutral “ sólo detendríase en el año de 1808, con el cambio de las relaciones internacionales de España, provocado por la ocupación bonapartista. Inglaterra pasó de ser el principal verdugo de la navegación trasatlántica a dispensarle su “ apoyo y protección “…..Pero la recaudación de las comunicaciones con las antaño virreinales pagos no acarreaba necesariamente una recuperación paralela del mercado americano. El mismo hecho de la “ ayuda británica “ convirtióse en un obstáculo para la adopción de medidas de fuerza destinadas a evitar la intromisión creciente de esta potencia en las posesiones hispanas. Y cuando éstas se planteen seriamente, a partir del año de 1810, la presión de la burguesía anglohebraica resultará determinante a la hora de decidir el apoyo tácito de su gobierno a causa de la insurgencia.


    El periodo 1808-1814 constituye, dentro de los cambios que produce la interrupción en el sistema colonial borbónico, una etapa de escasa actividad, en la cual el problema del comercio con Las Américas pasa a ser secundario, frente a la lucha contra la invasión del masón Napoleón Bonaparte. Aduciendo razones de seguridad, la Junta Suprema instalada en Cádiz decidió, por dos Reales Órdenes del 6 de Enero y del 9 de Febrero del 1809, concentrar toda la actividad indiana en el puerto de Cádiz, prohibiendo la actividad indiana en el puerto de Cádiz; prohibiendo también la partida de expediciones que no viajaran convoyadas, y ordenando a las autoridades de la América Hispana que canalizaran todos los retornos hacia la Bahía de Cádiz. La protección que-se supone- dispensaba la marina de la Union Jack permitió que el tráfico trastlántico no se interrumpiese totalmente, a cambio de una absoluta permisividad hacia el contrabando inglés, tanto en España como en Las Américas, pese a la oposición de los comerciantes catalanes, que mantuvieron en todo momento la defensa a rajatabla de las Leyes de Indias.


    Los años de ocupación napoleónica giraron en torno a los intentos de reorientación de la política colonial borbónica. Una de las primeras realizaciones de la Junta Suprema había sido la creación de una comisión de expertos para estudiar cómo adaptar la legislación comercial al cambio de alianzas registrado en Mayo del 1808. Si bien eran conscientes de su estado de indefensión frente a las dos grandes potencias que se disputaban la hegemonía, no sólo de la Europa, sino del Orbe, las autoridades leales a Fernando VII contemplaban la posibilidad de una eventual “ reconquista “ comercial del mercado hispanoamericano mucho más factible que en el 1799, o en el 1805. A pesar del rápido avance de la Grande Armée, los principales puertos habilitados continuaban estando bajo control de la Junta Suprema, y el “ apoyo “ de la flota británica constituía una garantía para la normalización de los intercambios. Sólo dos sombras amenazaban sus proyectos. Por un lado, los planes de Napoleón de utilizar la “ legitimidad “ de su hermano José Bonaparte para abrir a la influencia franchute ( Más todavía de lo que llevaba ya durante todo el siglo XVIII ) a los antiguos Virreinatos ( ya más que desgajados ) de la Nueva España y la Nueva Castilla, y por otro, la presión de la Gran Bretaña para obtener contrapartidas a cambio de su ayuda.


    Ya en Noviembre del 1808, una comisión de expertos nombrada por la Junta había procedido a fijar las pautas sobre las que debía llevarse a cabo el restablecimiento de la normalidad en el tráfico con la América. Junto a la puesta en marcha de un plan de convoyes para proteger a la navegación mercantil del ataque de los corsarios galos, los expertos propusieron el pleno restablecimiento del sistema de “ comercio libre “. Nadie tenía presente en su análisis y valoraciones el proceso que estábase gestando, en aquellos momentos, al otro lado del Atlántico…..





    * BIBLIOGRAFÍA :



    - Antonio Domínguez Ortiz


    - Ramón María Serrera Contreras


    - Rosemarie Terán


    - José Luis Mora Mérida


    - Hugh Thomas


    - Isabelo Macías Domínguez


    - Carmen Borrego Pla


    - Claudio Sánchez Albornoz


    - J. Lockhart


    - Luis Navarro García


    - Pablo Tornero


    - S.B. Schwartz


    - J. M. Fradera


    - Moreno Fraginals


    - G.J. Beer


    - José Muñoz Pérez


    - Antonio García Baquero


    - Serafín Fanjul


    - J. Fisher


    - Alfonso Álvarez-Ossorio Rivas


    - J. L. Phelan


    - Eric Van Young


    - José María Delgado Ribas


    - D. Cahil


    - Ramiro de Maeztu


    - César Vidal


    - Francisco Rivas


    - Ricardo Levene


    - Juan Vázquez de Mella y Fanjul

  2. #2
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    Re: Apuntes Socieconómicos Hispanoamérica XVIII

    Me gusto mucho tu aporte Ordoñez ya que a mí tambén me interesa la historia aunque ahora por mis estudios no he tenido tiempo de leer cuanto he querido.
    Abusando de tu amabilidad. ¿No sabrás de algún sitio o libros donde se hable específicamente del régimen de castas en la Nueva España o en el mundo hispano en general?
    Me despido agradeciendo de antemano tu respuesta.
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  3. #3
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    Re: Apuntes Socieconómicos Hispanoamérica XVIII

    Cita Iniciado por HIDROCALIDO Ver mensaje
    Me gusto mucho tu aporte Ordoñez ya que a mí tambén me interesa la historia aunque ahora por mis estudios no he tenido tiempo de leer cuanto he querido.
    Abusando de tu amabilidad. ¿No sabrás de algún sitio o libros donde se hable específicamente del régimen de castas en la Nueva España o en el mundo hispano en general?
    Me despido agradeciendo de antemano tu respuesta.
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    HIDROCALIDO

    Ordoñez ha dejado este foro hace tiempo, ya.

    La única forma de contactar con él es buscando su nick en el foro de Santo Tomás Moro que es "hispanista". Ahí te logueas y le contás de este hilo abierto por él y ahí le preguntás todo lo que quieras si es que él te quiera contestar, por supuesto. Por vía PM, claro.

    Lástima que se haya ido, es amena su lectura. Ya había leído este tema y si, es bueno.

    Salud en Cristo Rey.
    -- " ¡Dios, Patria y Familia... o muerte! " --

  4. #4
    HIDROCALIDO está desconectado Miembro novel
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    Re: Apuntes Socieconómicos Hispanoamérica XVIII

    Gracias por el dato, ahí lo buscaré.
    Saludos.

  5. #5
    Casioo está desconectado Miembro graduado
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    Re: Apuntes Socieconómicos Hispanoamérica XVIII

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Cierto es que los Austrias menores no fueron ningún pan del Cielo pero jamás se compararan con la maldad de los Borbone y su mala administración, el divisionismo geográfico y la separación de Iglesia- Estado, desmembramiento de diócesis como la de Puerto Rico o la expulsión de jesuitas del Paraguay fueron decisiones nefastas para esos territorios, nefasto fue para Puerto Rico perder sus anexos como nefasto fue para paraguay
    Perder a sus jesuitas, nefasto fue para Cuba perder a la Florida como nefasto fue desmembrar el imperio peruano todas esas decisiones se hicieron durante los Borbones.


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