Desde 1521, año en que la Gran Tenochtitlán cayó en manos de los españoles, hasta nuestros días, han sido muchos y muy variados los libros que se han publicado en castellano y otros idiomas acerca de la conquista de México y de la vida Hazañosa de Hernán Cortés.
Desgraciadamente, la enorme mayoría de ellos fueron escritos con premeditados propósitos y tales visos de parcialidad que chocan a primera vista ya que a cuatro siglos y medio de distancia de la epopeya que sacudió en sus entrañas al Anáhuac no se puede continuar engañando al mundo en general y a los mexicanos y españoles en particular, ni se debe seguir propiciando el encono que lógicamente existió durante el fragor de la lucha en que se derramó generosamente la sangre de unos y otros para dar paso al México progresista de nuestros días, cuna de añeja y portentosa civilización.
Si algún mérito tiene nuestra obra –producto de largos años de estudio, detenidos análisis y bien fundadas conclusiones- es que está apegada a la más estricta verdad, por bonita o espantosa que parezca. Amamos al heroico México y a la hidalga España y sentimos en carne propia los reveses que sufrieron mexicanos y españoles durante la sangrienta lucha en que chocaron los hombres de dos culturas anacrónicas para construir un nuevo mundo en las vírgenes tierras de América, gigantesca tarea que no hubiera sido posible sin el concurso de ambos, el conquistador y el conquistado.
Nos hiere el navajón de pedernal que abría el pecho de los españoles inmolados en la piedra de sacrificios y nos duele el infamante hierro que marcaba a vivo fuego el rostro de los indígenas esclavizados porque nos parece tan salvaje unas cosa como otra. Pero sobre todo, nos revelan las injusticias cometidas por quien fuera que las cometiese.
Naturalmente, se debe tomar en cuenta que aquellos fueron otros tiempos, que la conquista no se hizo a base de combates de flores, que la defensa presentada por los indios fue durísima y que México, como todos los países del Hemisferio Occidental, estaba predestinado a caer, tarde o temprano, en manos de naciones más adelantadas y fuertes que disponían de armas superiores como la pólvora, el cañón y el caballo, poderosísimos elementos totalmente desconocidos por el aborigen.
Aquella fue una lucha feroz, típica de la época, en la que Hernán Cortés no sólo combatió a las numerosas tribus indígenas que se le enfrentaron sino a los mismos españoles que se acercaron a las costas de México con intenciones de arrebatarle el territorio que había conquistado. Quizá los iberos fueron los enemigos más peligrosos que tuvo porque vinieron a combatirlo mejor armados que él. Pero también los venció y los hizo sus aliados mediante maniobras de doble estrategia: se valió de los españoles derrotados para vencer a los indios y de ambos para aplastar al enemigo donde quiera que lo encontró.
Desde aquellos días se formaron dos corrientes antagónicas: la de los cortesistas y la de los anticortesistas. Los primeros pretendieron convertirlo en un santo; los segundos, en un demonio. Ambas tendencias son erróneas. Cortés fue un hombre realmente excepcional, tan devoto o pecador como el que más, con sus aciertos y desaciertos. Tenía dos debilidades: las mujeres y el juego. Dos ambiciones: el oro y el poder. Una virtud: su valor temerario.
A su incuestionable audacia y valentía debe la conquista de México; a la ambición del oro y el poder, sus enemigos; a las mujeres, muchos de los placeres y sinsabores que tuvo desde la juventud hasta poco antes de morir.
Tenía condición de “putañero” afirma el capellán Francisco López de Gómara, uno de sus más brillantes panegiristas. Era celoso de sus mujeres y enamoradizo con las ajenas. Cuando apenas contaba 17 años de edad huyó de la Universidad de Salamanca, donde estudiaba leyes, porque le fascinaba la carrera de las armas, y regresó a la casa paterna en el pueblo natal de Medellín, Extremadura, con el propósito de encontrar la manera de empuñar la espada. Y llegando se prendó de la atractiva mujer de un vecino. Cierta noche encaminó los pasos en busca de amores ilícitos a la alcoba prohibida, pisó en falso, cayó desde lo alto de un tejado, se
hirió malamente y estuvo a punto de que lo matara a puñaladas el marido ofendido.
Varios meses permaneció en cama, circunstancia que le impidió sumarse al ejército del Gran Capitán, Gonzalo de Córdova, y quiso el destino que en lugar de ir a pelear a Italia viniese a la isla de Santo Domingo donde inició la carrera de conquistados después de negarse rotundamente a trabajar como granjero, según lo manifestó al secretario del gobernador Nicolás de Ovando. En el momento mismo de pisar tierra le advirtió que no había hecho el viaje desde Castilla para ocuparse de semejantes menesteres sino “para comer con trompetas o morir ahoracado”.
Es decir, el audaz jovenzuelo ya había tomado la determinación de vivir como rey o morir en el patíbulo.
De los amores con una bella india caribeña nació su primera hija. Bajo la espesa barba ocultaba la cicatriz de la puñalada que le dio el soldado Garavito por cuestiones de faldas, pues era público y notorio que varias veces se “acuchilló con hombres esforzados” y salió vencedor al disputarse los encantos de algunas damas de ojos azul cielo o negro azabache.
Los dos encarcelamientos que padeció en Cuba, con sus correspondientes y espectaculares escapatorias, fueron motivados por la atractiva doncella Catalina Xuárez que llegó a Santo Domingo en “busca de marido rico” en compañía de su señora madre, su hermano Juan y tres hermanas. Arribaron a bordo de una de las naos de la flota en que hicieron el viaje a la Española los primeros virreyes doña María de Toledo y don Diego Colón, hijo y heredero éste del descubridor del nuevo mundo.
Cortés enamoró a Catalina y la hizo suya, provocando las iras del gobernador de Cuba, Diego Velásquez, que ya para entonces vivía en romántico amasiato con una hermana de la frívola doncella y lo obligó a cumplir su promesa matrimonial, deuda que, andando el tiempo, ambos pagaron bien caro.
Quizá a la mujer que más amó fue a Doña Marina, la Malinche , madre de Martín, el Bastardo , al que Cortés quiso tanto o más que a los hijos que tuvo posteriormente con su segunda esposa, la marquesa, doña Juana de Zúñiga, causa indirecta de que el conquistador cayera en desgracia con los soberanos de Castilla debido a unas valiosísimas esmeraldas que obsequió a su prometida como regalo de bodas, despertando con ello las intrigas de los cortesanos y la envidia de la reina Isabel, Infanta de Portugal y esposa de Carlos V, que a toda costa quería hacerse de ellas. Para colmo de la mala suerte, se las tragó el mar durante el naufragio que sorprendió a Cortés frente a las costas de Argel, cuando se unió a la armada española que iba a combatir a los moros.
Pero de sus dos matrimonios –trágico el primero, desafortunado el segundo- y de sus múltiples aventuras amorosas con indias y españolas, la de mayor repercusión fue la que tuvo con la virginal Tecuichpo, hija de Moctezuma II y esposa simbólica de los emperadores Cuitláhuac y Cuauhtémoc, aunque afírmase que “no padeció la honra” de la pequeña princesa azteca porque el ultraje cometido en su persona fue contra su voluntad. Tecuichpo pasó a las páginas de la historia con el nombre de Isabel de Moctezuma y dio al conquistador una hija, Leonor Cortés Moctezuma, tronco de una de las casas más nobles de Castilla. Posteriormente casó con tres caballeros españoles, pues enviudó en el primero y segundo de sus matrimonios.
Así se ve el decidido afán del conquistador de mezclar su sangre con la del pueblo que conquistó, aunque no ha faltado quien asegure que Cortés no respetaba pelo ni color y que en cierta ocasión que estaba durmiendo la siesta en su casa de Coyoacán, trató de abusar de una anciana que fue a pedirle una encomienda de indios. Sea como fuere, no se concretó a hablar de una nueva raza, sino que la propagó afanosamente.
A todos sus hijos, legítimos o naturales, criollos o mestizos, les inculcó la religión cristiana, el amor a México y España, y a la hora de morir no se olvidó de uno solo de ellos, dejándoles a todos bienes y dineros bastantes para que llevaran con dignidad la honra y fama de su nombre.
También en el momento de dictar su testamento pidió a sus herederos que no se detuvieran en gastos para investigar la legalidad o ilegalidad de los numerosos esclavos que tenía, ordenándoles que si el segundo era el caso, los dejaran en completa libertad y les remuneraran adecuadamente los servicios prestados a su casa.
Legó sendas sumas a diversas entidades religiosas y caritativas, fundó conventos e instituyó el Hospital de Jesús, que gracias a los fondos que le adjudicó, todavía presta servicios gratuitos a los necesitados.
Hay más: poseído por el recuerdo de la tierra que tanto amó, dispuso que muriera donde muriese, sus restos fueran sepultados en Coyoacán, México, “al lado de sus indios” y de las gentes que más quiso.
Cortés falleció en 1547 a la edad de sesenta y dos años en Castilleja de la Cuesta , población cercana a Sevilla, pensando en México, la tierra de sus glorias, la lejana Nueva España, imperio que arrebató a sangre y fuego a Moctezuma y que ensanchó desde la Alta California hasta Panamá.
Pensar en aquel enorme y rico territorio que fue nuestro –Alta California, Arizona, Nuevo México, Texas y lo que ahora son las Repúblicas de México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica y Panamá- equivale a pensar que Cortés fue más mexicano que muchos de los que entregaron al extranjero casi tres cuartas partes de la tierra que él conquistó para nuestro país.
Para conocer al verdadero Cortés no basta leer la obra de un solo autor porque fácilmente se caería en la parcialidad. Es necesario estudiar a fondo la vida de tan singular personaje, analizar conceptos, comparar hechos, fechas, situarse en la época en que se desarrollaron los acontecimientos y sacar conclusiones propias para acabar con el mito y las falsedades desatadas al correr de los años, siempre al servicio de inconfesables intereses.
No es pues, el propósito del autor de esta obra secundar la tarea de la parcialidad, sino de narrar los hechos, por más que nos duelan o nos estimulen, tal como se registraron, apegado siempre a la más rigurosa verdad, bajo el pleno convencimiento de que sólo la verdad habrá de prevalecer en el futuro y será la que borre el pernicioso parcialismo que a cuatro siglos y medio de la conquista (1971 es la fecha de esta última redacción del autor. Nota del Ed.) sigue siendo causa de malos entendidos, odios y resentimientos.
Debemos pensar de una vez por todas que la Conquista fue eso, una conquista en la que heroica y generosamente se derramó la sangre de indios y españoles y que Cortés no habría sido tan grande como fue si no hubiera tenido por contendiente al heroico Cuauhtémoc, ni Cuauhtémoc habría pasado gloriosamente a las páginas de la historia si no se hubiera enfrentado a un hombre de los tamaños de Cortés. Hablar mal, despreciar, minimizar el papel desempeñado por el uno o por el otro, es humillante a nosotros mismos.
Fueron cosas de la época, caprichos del destino, añejas heridas que jamás cicatrizarán si no se empieza a andar por el camino de la verdad. Ojalá y no tarde el día en que la imparcialidad y la comprensión, al son de clarines y caracoles, tambores y teponaxtles, levanten un monumento a los dos grandes de la historia de México, como auténticos símbolos de valentía y heroísmo que de esa mezcla, de héroes y valientes, está hecha nuestra raza.
¡Para orgullo de lo que fuimos y de lo que somos!
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