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Tema: Pregunta histórica sobre la "clase media"

  1. #1
    Avatar de Alejandro Farnesio
    Alejandro Farnesio está desconectado Miembro Respetado
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    Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Quería hacer una pregunta que me ha surgido leyendo un post en el que un forero aseguraba que en la Edad Media ya existía la clase media con el nombre de hidalguía. Me gustaría saber si disponemos de datos numéricos fehacientes sobre cuál era el número de nobles sea del rango (o como se diga) que sea. Es decir, cuántos era condes, duques, barones, etc... y si realmente la clase media o hidalguía era mucho mayor en número que la de los de clase baja (campesinos, artesanos, comerciantes, etc...).

    ¿Alguien puede arrojar un poco de luz a esto?
    ¡VIVA ESPAÑA! ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA HISPANIDAD!

    "Dulce et decorum est pro patria mori" (Horacio).

    "Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el Honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios" (Calderón de la Barca).

  2. #2
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Es que difícilmente se pueden comparar dos conceptos que pertenecen a dos cosmovosiciones opuestas, como son la Tradición y la Revolución.

    De manera resumida, las clases en el orden tradicional se regían por la pertenencia a una determinada familia (era lo que Álvaro D´Ors calificaba magistralmente como un conjunto de familias regidas por una familia), que a su vez conformoban los estamentos (inter pares), que venían dada o bien por la sangre y la herencia, o bien por la pertenencia a una determinada agrupación (gremial o municipal). Si se refiere usted a la diferencia económica, ciertamente en un mundo prácticamente agrícola en su totalidad y no monetizado o apenas monetizado como aquél, las diferencias se establecían principalmente por las tierras. Pero ello no constituía un empobrecimiento de la población carente de tierras, ni una necesidad absoluta para recurrir al Patrimonio de los Pobres o propiedad social eclesiástica, sino que bien podían aprovecharse las tierras municipales, los pastos comunes y los montes comunales. En el ámbito urbano, los gremios agrupaban a las distintas familias en los distintos ramos de las profesiones mecánicas o liberales (dentro de éstas últimas incluyo la militar, la universitaria, la judicial y la eclesiástica), permitiendo la entrada en las mismas a nuevos miembros.

    Ahora bien, el concepto de clase media o burgués, aunque pudiera tener cierto origen en el orden tradicional antiguo, se desarrolla de manera decisiva a partir de la entrada de la Revolución en suelo español. El nuevo criterio que va a determinar la división de clases revolucionarias va a ser el nivel de renta financiera que uno tenga, y todo lo demás (tierra, trabajo, maquinaria y herramientas, etc...) va a depender de "lo que produzca de beneficio financiero". Este nuevo criterio provenía de Inglaterra (creo recordar que ya a finales del siglo XVIII Moratín se sorprendía de que la gente para conocerse preguntaba lo que "valía" una persona o la clase a la que pertenecía interrogando "¿qué nivel de renta tiene?"), y venía a sustituir paulatinamente la antigua situación, no diré rica, pero sí digna y suficiente, de las familias pertecientes y ligadas a los distintos cuerpos sociales, en donde podían vivir bien con la propiedad comunal y sus "seguros" comunitarios para el caso de contingencias.

    A medida que se implantaban las medidas desvinculadoras y "desamortizadoras" y se afianzaba la acumulación de la "propiedad privada" y su protección por el Registro de la Propiedad y la Ley Hipotecaria, fueron desarraigándose y masificándose las antiguas familias, cuyos herederos iban conformando lo que se ha venido en llamar proletariado. En el siglo XX, el proletariado, a causa de la subida del nivel de su renta (recuérdese la clasificación revolucionaria antes señalada), en cuyo origen o causa no es necesario entrar aquí, pasó a ser un proletariado sin dinero a un proletariado con dinero, y a esto último es a lo que se le ha denominado burguesía o clase media en el contexto masificador y desvinculador de la disociedad actual.

    La diferencia entre la antigua hidalguía y la actual mesocracia (o, mejor, habría que decir entre el espíritu de hidalguía o aristocrático y el espíritu burgués-mesocrático o democrático) radica sobre todo en una cuestión moral o de cosmovisión, más que en el origen (aunque también, por supuesto, lo condiciona en cierto sentido) de sus respectivos, podríamos llamarlos, medios de vida (principalmente tierra y/o artesanía corporativa en uno, y renta financiera -o "latisueldismo", como lo llamaba, no sin cierta sorna, Canals Vidal- exclusivamente en el marco de grandes estructuras empresariales-estatales, en el otro).
    Última edición por Martin Ant; 17/02/2014 a las 19:05

  3. #3
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Cita Iniciado por Alejandro Farnesio Ver mensaje
    Quería hacer una pregunta que me ha surgido leyendo un post en el que un forero aseguraba que en la Edad Media ya existía la clase media con el nombre de hidalguía. Me gustaría saber si disponemos de datos numéricos fehacientes sobre cuál era el número de nobles sea del rango (o como se diga) que sea. Es decir, cuántos era condes, duques, barones, etc... y si realmente la clase media o hidalguía era mucho mayor en número que la de los de clase baja (campesinos, artesanos, comerciantes, etc...).

    ¿Alguien puede arrojar un poco de luz a esto?
    Resultaría sorprendente tal afirmación sino fuera porque hoy se puede leer o escuchar cualquier cosa por disparatada que sea, y que no es sino producto de un profundo desconocimiento de las cosas. Si nos atenemos a lo que decía R. DAHRENDORF, autor de Clases y conflictos de clases en la sociedad industrial, Stanford University Press. California 1959, pág., 52, "No hay palabra en el lenguaje moderno que describa este grupo que no es grupo, esta clase que no es clase y este estrato que no es estrato", comprobamos que la clase media no es nada en realidad. Y si nos ajustamos a una definición de diccionario encontraremos que con la expresión de "Clase media: designación de aquellos grupos sociales cuyos miembros ocupan una posición intermedia según sus ingresos y su forma de vida: comerciantes, artesanos y campesinos (antigua clase media), funcionarios y profesiones independientes, así como empleados y obreros cualificados (nueva clase media) y sus límites son fluctuantes."

    Diccionarios Rioduero: Sociología Ediciones RIODUERO, Madrid 1980.

    Es decir, lo que en la Edad Media era la burguesía, mientras que la "Hidalguía" era (en realidad sigue siendo) la baja nobleza que se correspondía con el estrato más numeroso del orden nobiliario. Así, David García Hernán, La Nobleza en la España Moderna, Edit ISTMO, Colec. "La Historia en sus textos", Madrid 1992, página 21, afirma:

    "la hidalguía era considerada la base fundamental de la escala nobiliaria porque significaba la primaria distinción entre noble y plebeyo."

    Y es que al propio rey se le tenía por hidalgo, pues la hidalguía era la distinción de la condición de nobleza, no la correspondiente a un titulado, sino a la condición inherente a la persona, condición que periódicamente se sometía a probanza ante las correspondientes Chancillerías de Valladolid ("Sala de los Hidalgos"), Sevilla... Por tanto, no cabe pensar, salvo por manifiesto desconocimiento del tema, que la hidalguía fuese "una" de las clases medias medievales.

    Hoy los hidalgos tienen su representación social en la "Real Asociación de Hidalgos de España" (RAHE), que publica una gaceta como "Hidalgos", que tiene su reconocimiento en el "Instituto Salazar y Castro" del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), etc., etc.


    Saludos.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  4. #4
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    No obstante, y para una ampliación de las respuestas, te recomiendo este hilo:

    Hidalguía, símbolo de lo hispano.


    Y es de especial importancia diferenciar entre "clase social" y "estatus social", pues se trata de dos cuestiones bien distintas.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

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    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  5. #5
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    La hidalguía era el 10% de la población en España. Lo cual es mucho si comparamos con otros países, donde la nobleza era un porcentaje mucho más reducido. Por ello España se consideraba un país muy igualitario, quizás el más igualitario de Europa. Es importante señalar que nobleza o hidalguía en España no implicaba dinero o fortuna. Muchos hidalgos realizaban trabajos manuales para sobrevivir. Se sabe de hidalgos que trabajaban de zapateros. Por otra parte, se daba el caso contrario. Había una burguesía no noble pero con holgura de dinero, que fácilmente conseguían convertirse en hidalgos. Así tenemos que burguesía (clase media alta) e hidalguía (baja nobleza) convivían estrechamente y se confundían. La burguesía mandaba a sus hijos a las universidades y competían con los hijos de los hidalgos en conseguir los mismos empleos en la judicatuta, clero, ayuntamientos, etc. Se puede decir que la clase media española era una combinación de burguesía pudiente e hidalguía. Y fue en parte esta clase media la que apoyó y a la que benefició el liberalismo y las desamortizaciones del siglo XIX.
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  6. #6
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Estimado Alejandro Farnesio si tienes micho interés en este tema te adjunto algunos enlaces:

    Hidalgos de Espaa. Ediciones Hidalgua

    También tienes un interesante curso on-line aquí:

    Hidalgos de Espaa

    O puedes dirigirte directamente al siguiente correo:

    cursoonline@ieen.es
    Alejandro Farnesio dio el Víctor.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  7. #7
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Respecto al ALTO número de hidalgos en la sociedad española, baste decir que todos los vizcaínos eran considerados hidalgos. Creo que también los asturianos de nacimiento eran considerados hidalgos. Este era un privilegio concedido por los reyes a determinados territorios y se conocía como HIDALGUIA UNIVERSAL. Por eso he afirmado en otro mensaje anterior lo de que España era un reino realmente DEMOCRATICO desde sus inicios más tempranos.
    Última edición por Valderrábano; 17/02/2014 a las 21:57

  8. #8
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Cita Iniciado por Valderrábano Ver mensaje
    Respecto al ALTO número de hidalgos en la sociedad española, baste decir que todos los vizcaínos eran considerados hidalgos. Creo que también los asturianos de nacimiento eran considerados hidalgos. Este era un privilegio concedido por los reyes a determinados territorios y se conocía como HIDALGUIA UNIVERSAL.
    Según los más enjundiosos estudios publicados, el 50% de los hidalgos que había en España en los Siglos XVI al XVIII se concentraban en la Cornisa Cantábrica, siempre tomando esta proporción en un sentido muy amplio. En efecto, los vascos, principalmente los del Señorío de Bizcaya, tenían concedida la hidalguía universal, aspecto ampliamente tratado en el enlace puesto 4 mensajes más arriba. Luego, sobre la misma condición en Asturias también es cierta y al respecto, el mejor estudio publicado acerca de la situación del Principado es el de Tirso de Avilés, (1517-1599) Armas y Linajes de Asturias y Antigüedades del Principado, y cuya primera edición data de 1956 por parte del Instituto de Estudios Asturianos y vinculado éste al Patronato José María Cuadrado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, si es que los datos de los que dispongo son exactos.

    Más recientemente, en 1966 para ser exactos, se publicó un estudio titulado Heráldica de los apellidos asturianos de F. SARANDESES, y por I.D.E.A. Con posterioridad, el GRUPO EDITORIAL ASTURIANO (G.E.A.) tuvo la feliz idea de sacar una edición facsimil más amplia que los 1.000 ejemplares de 1956, bajo el mismo título y con los derechos de D. José M. GÓMEZ-TABANERA en 1991. Por si hubiese alguien interesado en su búsqueda y adquisición, tiene el I.S.B.N. 84-88071-01-9
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

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  9. #9
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Al respecto del mensaje anterior, he buscado en Iberlibro, por si alguien tiene interés en su posible adquisición, y el resultado es que hay 8 ejemplares disponibles.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

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  10. #10
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Cita Iniciado por Valderrábano Ver mensaje
    Respecto al ALTO número de hidalgos en la sociedad española, baste decir que todos los vizcaínos eran considerados hidalgos. Creo que también los asturianos de nacimiento eran considerados hidalgos. Este era un privilegio concedido por los reyes a determinados territorios y se conocía como HIDALGUIA UNIVERSAL. Por eso he afirmado en otro mensaje anterior lo de que España era un reino realmente DEMOCRATICO desde sus inicios más tempranos.
    Así que ahora nos enteramos que la democracia implica "privilegios concedidos por un rey" y además discrecionalmente y por si fuera poco, a las regiones más cazurras de España. Muy bonita idea esa la de los hidalgos demócráticos; con muchísima más razón, alguno los podría considerar nazis o similares por lo de la limpieza de sangre judía y mora y tal y tal.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  11. #11
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Cita Iniciado por ALACRAN Ver mensaje
    Así que ahora nos enteramos que la democracia implica "privilegios concedidos por un rey" y además discrecionalmente y por si fuera poco, a las regiones más cazurras de España. Muy bonita idea esa la de los hidalgos demócráticos; con muchísima más razón, alguno los podría considerar nazis o similares por lo de la limpieza de sangre judía y mora y tal y tal.
    Ese concepto de "democracia" no es exactamente el mismo que hoy en día entiende la masa amorfa de este país. El tema está muy tratado en el enlace que puse en el #4 de este mismo hilo. Por eso, en esta ocasión, tengo que darle la razón al Sr. Valderrábano, pues así está recogido hasta en los textos legales del Señorío de Bizcaya, incluidos el llamado Fuero Viejo, y el llamado Fuero Nuevo, aspectos que historiadores, sociólogos y antropólogos sociales, han tratado ampliamente.

    Luego, la expresión de "cazurros" yo no la aplicaría a los asturianos y tampoco a los vascos "normales", que son muchos, quedando para los tipejos que han ocupado moralmente una tierra que no les corresponde, mediante tácticas genocidas de terrorismo. Pero eso ya es harina de otro costal. Y es a ellos, y sólo ellos, a los que se les puede aplicar el término peyorativo de "nazis".

    Y si bien es cierto que los propios Fueros mencionados contienen la prohibición expresa de que judíos, moros y negros, puedan establecerse en el territorio del Señorío, ello no los equipara al nazismo, sino lo que se buscaba con ello era una limpieza de sangre según se entendía ésta en aquellos siglos. Y, sin embargo, hoy son muchos los que se quejan del mestizaje que se está llevando por delante al tipo español en todo el territorio nacional.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

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  12. #12
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Las cosas hay que ponerlas en su contexto. España ya desde el siglo XV era parte de la Europa más libre e igualitaria que había por entonces, junto con los Países Bajos e Inglaterra y Escocia. La nobleza aquí era menos potente que el Estado (gracias a los Reyes Católicos), y su poder (el de la nobleza) estaba sometido o limitado por la jurisdicción. Así tenemos una sociedad donde el campesinado estaba libre de servidumbres feudales (una libertad relativa, pero que suponía un gran avance respecto al viejo régimen anterior). Pero además de este campesinado "libre" de servidumbres, estaba una nobleza de provincias, campesina, no cortesana y austera, conocida como la hidalguía que tenía derecho a intervenir en los asuntos de su villa o de su comarca. Tenemos entonces un cuadro de la España del siglo XV-XVI que representa una de las sociedades más igualitarias y libres de Europa. A esto, con la mentalidad actual se le podrán poner los peros que se quiera, pero en aquellos años las cosas eran como yo he dicho aquí.
    Última edición por Valderrábano; 18/02/2014 a las 01:15
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  13. #13
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    En Cantabria la mayoría de la población era hidalga, era noble. Pero hidalgo era el vaquero, el labrador, el herrero, etc.

    Cantabria estaba muy por encima de Asturias en cúanto a número de hidalgos. Nada que ver.

    La gente confunde hidalguía con ser "rico" y cosas así. Aquí, en la Montaña, jamás fue así.

  14. #14
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Fuente: Montejurra, Número 32, Septiembre 1963, página 6.

    [Lo subrayado en el texto no es mío, sino del documento original].





    DE LA CAMPAÑA PRO-HIDALGUÍA

    Por Pedro José de Arraiza y Garbalena


    Reproducimos de la Revista “Hidalguía” (Junio de 1954) este trabajo de D. Pedro José de Arraiza, por su interés en una Monarquía orgánica y constructiva de la sociedad.





    Si la restauración del título de Hidalgo fuese una mera concesión a la vanidad de las gentes, o algo, más o menos, cotizable en la feria de los convencionalismos sociales, no nos interesaría ni por un momento el asunto.

    Y seguramente que nadie hubiera sentido la necesidad de plantearlo, porque quienes busquen una u otra cosa, ya tienen abiertos otros caminos para alcanzar sus deseos.

    Tampoco, en otro aspecto, puede tacharse de interesada, pues no se pretende, de ningún modo, reivindicar privilegios, que si en su origen estuvieron perfectamente justificados, porque se concedieron a los hidalgos en pago de sus servicios, hoy, cambiadas las formas de organización del Ejército y del Estado, no tendrían ya razón de ser. La campaña que se viene realizando en estas páginas para “librar del injusto olvido a esa Nobleza de linaje, no titulada, que fue la Hidalguía”, no tiene nada de trivial ni de egoísta: estimarla de esa forma sería no comprenderla.

    Por el contrario, a nuestro juicio, es algo que dice relación a un orden de principios y por consiguiente es tema que merece muy serias reflexiones.

    Comencemos por sujetar la imaginación, “la loca de la casa”. No sueñe nadie con aparatosos desfiles de hidalgos de los “de lanza en ristre” ni de los de jubón y gola, ni en resucitar aquellos que, por ejemplo, en el antiguo Reino de Navarra, se llamaron Caballeros Mesnaderos y que estaban “siempre prestos a servir a S.M. con su persona y picas a su costa como a fixodalgo facer pertenencia”, según ellos decían.

    “La pretensión de revivir la Hidalguía –se ha dicho acertadamente desde el editorial de esta Revista– es para que sirva de ejemplo y norma y para salvar los principios de la caballerosidad”.

    Se fundamenta –entendemos nosotros– en una concepción orgánica y constructiva de la sociedad tal y cual la ha propugnado siempre el sano Tradicionalismo español y por consiguiente busca, por encima de todo, el mejor servicio de la Patria, mediante una restauración acertada de aquellas grandes instituciones nacionales capaces de adaptarse a las necesidades de cada momento.

    LA HIDALGUIA Y SU HISTORIA

    Así la Hidalguía en su larga y gloriosa historia –desde los albores del siglo VIII hasta los primeros años de la pasada centuria– si bien cambió de formas en la paulatina y decantada evolución de la vida, conservó siempre su carácter en el manso correr de unas generaciones fieles al recuerdo de las glorias y al sentimiento del honor y del patriotismo de los antepasados y llegó a constituir una magnífica floración selectiva de la raza que ejerció el más firme y beneficioso influjo como rectora y aglutinante de la estructura social. Y por eso, cuando la vida civil se hizo más ordenada y tranquila, aquellos buenos hidalgos que ya no eran requeridos para servicios bélicos, supieron conservar las antiguas virtudes que dieron vida a su estado, el sentido austero y generoso en la conducta, el culto del honor, la inquebrantable lealtad y el exaltado patriotismo y proyectaron esta superioridad moral en todas las manifestaciones de la actividad pública, actuando con exquisita delicadeza siempre, desempeñando muchas veces altos cargos sin sacar de ellos más ventaja que la del aumento de sus prestigios y haciendo verdad, en todas partes, la máxima proverbial: Nobleza obliga.

    Y en el lenguaje del pueblo que sabe juzgar atinadamente las conductas, la frase de “obrar con generosidad y con nobleza”, de “portarse hidalgamente” valía tanto como “ánimo”, y la palabra hidalgo quedó como sinónima de “persona de ánimo generoso y noble”.

    No se engañaba el sentido popular: así eran, efectivamente, aquellos buenos hidalgos.

    El culto familiar, tan acendrado en ellos, y el amor a sus Palacios y Casas solariegas, verdaderos santuarios de la raza y focos de benéfico influjo para todos, les vinculaba al país. Desentendidos de apetencias cortesanas y celosos guardadores del prestigio heredado –tantas veces secular–, se consideraban especialmente obligados a proceder en todo con desprendimiento, y los pueblos depositaban en ellos su confianza y sus cuitas porque sabían muy bien que, en el Palaciano o en el Caballero, habían de encontrar en todo momento el consejo acertado y la ayuda generosa.

    De fe profunda y de vida austera, sencillos y providentes en su relaciones patriarcales con sus colonos, sentían como imperativo de su honor la protección al débil, sentimiento auténticamente caballeresco y cristiano. Y así llegaron a constituir una minoría de verdadera selección, saludablemente directora del pueblo español, primero en el agro y después, cuando la mudanza de los tiempos llevó a la mayoría de sus miembros a las profesiones liberales y a las magistraturas del Reino, en todos los órdenes de la vida nacional, irradiando con su ejemplo, siempre, la elegancia espiritual que correspondía al culto del honor en que había sido formada.

    Bien pueden presentarse hoy como ejemplo y norma. Ejemplo –“caso o hecho sucedido en otro tiempo que se propone o refiere para que se imite o siga”–, y norma, como “regla que se debe seguir”.

    ¡Hidalgos de nuestra tierra! Hoy vemos con claridad que cumplieron bien su destino y que, en la mayor parte de los casos, los pueblos más perdieron que ganaron al verlos sustituidos por quienes no tenían sus virtudes. Aquéllos tuvieron un concepto claro de sus responsabilidades sociales, que aceptaron como misión a cumplir y fueron fieles a ellas; los otros no saben más que de responsabilidades meramente legales, en las cuales solo alcanzan a ver trabas molestas que por todos los medios procuran eludir. Esa fue, en definitiva, la obra revolucionaria: deshacer las auténticas y tutelares jerarquías; anular a los hidalgos; destruir los patrimonios comunales, y al privar a los pueblos de sus bienes propios, realizar así un doble despojo: el de su auténtica aristocracia, que los dignificaba y ennoblecía, y el de sus bienes propios, que fueron entregados, mal vendidos, para buscar adeptos al nuevo régimen, a unos ricos improvisados que así debían su fortuna, precisamente, al expolio del bien común y que habían de emplear su poderío económico en su exclusivo provecho.

    ¡Menguado negocio hicieron los pueblos al cambiar los Caballeros por los caciques!


    LA SOCIEDAD EN EL SIGLO XIX

    Teníamos, hace poco más de un siglo, una sociedad organizada: las corporaciones municipales y regionales vivían su vida propia en el buen servicio del procomún, sin admitir injerencias extrañas que las desnaturalizaran, y eran representación auténtica del país. Y por encima de ellas, pero formadas por ellas, las Cortes antiguas significaban la verdadera expresión de la voluntad nacional. A ellas enviaban los municipios sus procuradores con un mandato imperativo que consagraba el poder de los representados y hacía imposible la omnipotencia de los representantes. Y eran los hidalgos, precisamente, inteligente y abnegada mesocracia, la base fundamental de toda esta estructura.

    Con tener tantas ventajas esta organización, nacional, como obra humana al fin, no podía ser perfecta ni eterna. Eran convenientes, ¿por qué no decirlo?, algunas reformas para corregir los defectos que existían y proveer a las nuevas necesidades de los tiempos.

    Pero el turbión revolucionario, desconociendo que no se puede interrumpir la historia, hizo tabla rasa de todas las instituciones tradicionales que, como la hidalguía, constituían la garantía más firme de aquel sentido de continuidad necesario a todo pueblo que no quiera desaparecer. Porque, como se ha dicho muy bien, “una nación no es un todo simultáneo que existe sólo en el tiempo actual, sino que es un todo sucesivo, una larga serie de generaciones animadas sustancialmente por los mismos propósitos, por las mismas creencias y por las mismas ideas”.

    Con el acostumbrado énfasis revolucionario, la disposición que declaró “que en lo sucesivo no se concederían ejecutorias de hidalguía”, proclamó que lo hacía “en nombre de los eternos principios del derecho, como tributo de respeto a la libertad y a la igualdad humanas”.

    Acertadamente decía Balmes “¿a qué ese prurito de igualarlo todo, de nivelarlo todo, cuando es más claro que la luz del día que, si algún grave peligro amenaza a las sociedades modernas, no es por la prepotencia de las jerarquías, sino porque, a fuerza de individualizarlo todo, la sociedad ha quedado como pulverizada?”.

    El resultado de ese frenesí demagógico pudo comprobarse pronto. Aquella frondosa variedad de los reinos de España se convirtió en páramo desolador, llanura atomizada de individualidades disgregadas como los arenales del desierto, sobre la cual nada estable y permanente se podía edificar, y aquel organismo sano y vigoroso, en “la nación sin pulso”. Lo reconocieron así las dos mentes más excelsas de los mismos doctrinarios del liberalismo.

    Nos ha tocado presenciar la liquidación de ese período de decadencia: el constante antagonismo entre la Nación y el Estado; la superposición arbitraria de organizaciones que usurpaban el puesto a las auténticas representaciones de los intereses patrios; la descomposición progresiva de los partidos políticos; el desgaste y derrumbamiento de Instituciones que, privadas de sus raíces seculares, quedaban a merced de todos los vientos.

    Bien pudo aplicarse a España la frase de Le Play: “No son los vicios, sino los errores, los que corrompen a los pueblos”.

    La verdad es que estuvimos a punto de perecer, y si un día glorioso pudo reanudarse el curso de nuestra historia, aún a costa de los heroicos sacrificios de la guerra, fue porque, gracias a Dios, conservábamos la magnífica reserva de aquellas fuerzas sociales que, aunque perseguidas y vejadas por las oligarquías que detentaban el poder, habían permanecido fieles al culto del honor y a las doctrinas y sentimientos del alma nacional.

    Cuando meditamos hoy sobre la historia de nuestra nación en el pasado siglo, lamentamos profundamente las grandes posibilidades que se malograron de injertar en el viejo tronco hispano lo que de bueno había en el deseo de reformas, por volver, sistemáticamente, la espalda al pasado y correr, ingenuamente, tras el espejismo de utópicas novedades.

    El gran filósofo alemán Leibnitz escribía que “el porvenir es hijo del presente y que el presente está preñado del pasado”. Y nuestros grandes maestros han desarrollado, inmejorablemente, ese concepto.

    No incidamos hoy en los mismos errores: los arqueólogos realizan excavaciones para sacar a flor de tierra culturas que pasaron; bien está. Pero, también, en la obra de restauración que nos incumbe, debemos desenterrar “las verdades que forjaron nuestra grandeza antigua”.

    Y debemos repristinar aquellas instituciones tradicionales injustamente soterradas por el torbellino liberal desintegrador de la Patria.


    ARISTOCRACIA RURAL

    Concretamente, por lo que se refiere a la Hidalguía, sigamos el consejo del gran Balmes, cuya mente clara y serena supo apreciar todo su valor cuando decía: “Para conseguir la gran España hay que crear una aristocracia rural”.

    Y ésta es, en nuestra modesta opinión, la más fundamental y trascendente de las razones que justifican la campaña tan acertadamente iniciada y seguida por esta Revista.

    Porque, con ser interesantes y de gran importancia otras que también la abonan, pudiérase tal vez decirse que, en el orden de los principios, fluyen de ella.

    Así, es evidente que para robustecer esa célula social que es el hogar –tan amenazado hoy por mil estímulos disgregadores y disolventes– ha de ser oportuno, en sumo grado, devolver a las gentes aquel espíritu de los antepasados, saturado del culto familiar, que hizo posible la persistencia de los linajes a través de los siglos.

    El retorno a la casa solariega, siquiera sea únicamente en un plano de estimación y afecto, ha de despertar en muchos la conciencia de su propio estado y con él el sentido de aquellas responsabilidades y de aquellos ideales que valoran la vida y estimulan al cumplimiento del deber. Y el vincularse de algún modo a los lugares donde radican los solares despertará, en no pocos, el sentido de una misión que tenían olvidada, y los municipios de los pueblos, al desempolvar sus viejos archivos para reconocer los títulos de quienes pretenden, como un honor, descender de ellos, comprenderán que son algo más que una oficina burocrática o una sucursal electorera, y sentirán acrecido el sentimiento de su dignidad, condición necesaria para una vida comunal firme y robusta. Y unos y otros irán, insensiblemente, reanudando su propia tradición y su propia historia, en mala hora olvidadas, que son la base y fundamento de la verdadera personalidad.

    Oportunamente se ha recordado en esta campaña que no se pierde el estado de Hidalgo por ejercer oficios ni artes manuales. Ésa es la verdadera doctrina: los prejuicios en contrario no están justificados.

    Como ya decía el autor de nuestro Nobiliario de la Valdorba (Nobiliario del valle de la Valdorba, por el Dr. don Francisco de Elorza y Rada. Editado en Pamplona el año 1714), “cuando la Nobleza está exenta de generosos empleos, el hacer alarde de ella es sacar a la vergüenza la persona en quien reside”.

    Y se ha indicado también que abiertas quedarán las puertas para los nuevos valores. En todos los tiempos es verdad, como ya observó Cervantes que “unos son que antes no fueron, y otros que fueron, no son”.

    Pero no vamos a incurrir en estúpidos y vanidosos engreimientos, ni en narcisismos orgullosos que llevan, fatalmente, al anquilosamiento.

    “Nadie se puede oponer a recibir en el estado de Hijosdalgo a quienes hicieran a la Patria servicios en cualquier actividad que pudiera, por su esfuerzo, considerarse digna de tal distinción para él y sus sucesores… creando con ello un estímulo apreciable en todas las capas sociales españolas, a las que se les dará nuevamente la posibilidad de distinguir con un título su linaje y así perpetuar de manera perenne el valor de un servicio a la Comunidad Nacional”.

    Se comprende cuán indicada ha de ser también la restauración que se propugna “de la Hidalguía que es distinción de estado, no de clase o casta (en el sentido antipático de lucha y división de esferas), sino de forma de sentir la vida, de vivirla moralmente, rectamente, honorablemente, dando ejemplo en todo… para salvar los principios de la caballerosidad”, como se ha dicho atinadamente.

    Es oportuno el empeño, porque para nadie es un secreto la crisis actual de la delicadeza, que era verdadero atributo del caballero. Hoy se buscan las ganancias fáciles como sea, cuanto más pingües mejor, atropellándose desconsiderablemente, y pisoteando para alcanzarlas, si no los fueros estrictos de la justicia, por lo menos aquellos miramientos y exquisiteces en los cuales antes se asentaba la propia estimación. ¡Buena falta hace llevar a todas partes el sentido hidalgo de la vida!

    En resumen: es justo que se restituya a los descendientes de esta españolísima nobleza de linaje el reconocimiento oficial de que fueron privados en la época revolucionaria con el especioso y miserable pretexto de “fundar en el general rebajamiento la grandeza común de los ciudadanos”; es conveniente restaurar una institución que en el orden familiar y social fortalezca la solidaridad de los pueblos de España y la continuidad de sus destinos históricos; y es oportuno purificar el ambiente con la irradiación de lo que, por su naturaleza, es exaltado servicio del culto del honor y de las tradiciones patrias.

    No olvidemos que hoy, como siempre, la verdadera proyección de España en lo universal ha de ser la causa santa de los altos valores del espíritu, y de esta noble misión pudieran muy bien ser paladines los Hidalgos de la Hispanidad.

  15. #15
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    Re: Pregunta histórica sobre la "clase media"

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: El Alcázar, 1961

    [Lo subrayado en el texto no es mío, sino del documento original]



    NUESTRA SOCIEDAD BURGUESA

    Por Rafael Gambra


    Es valor convenido atribuir el problema social y los males del socialismo que le han seguido, a la burguesía, a su mentalidad y a su modo de poseer; es decir, a esa clase social que fue adquiriendo preponderancia a lo largo del siglo XVIII hasta hacerse bruscamente rectora de la economía europea a principios del XIX. Resulta indudable que el problema social y la difusión del proletariado-mercancía no surgieron de la sociedad estamental –aristocrática, rural o artesana– de origen medieval, sino del predominio de una clase social que tenía de la propiedad y de la ocupación el concepto que anteriormente era privativo de los pequeños núcleos de mercaderes e intermediarios que vivían en las ciudades; esto es, de los burgueses.

    Sin embargo, cuando hoy se hace la crítica de la burguesía –o del capitalismo, como más frecuentemente se dice–, tenemos la indefinible impresión de que algo suena a hueco o tal vez a trasnochado. Christopher Dawson lo ha señalado con singular agudeza: no puede hablarse ya de la burguesía como de una clase o como de un estadio de la evolución económica, porque las características de la burguesía se han extendido de tal modo en la sociedad occidental –incluso en el proletariado–, que podría calificarse, con entera verdad, de una sociedad burguesa. Criticar a la burguesía –a su modo de ser, de poseer o de actuar– viene a constituir para nosotros un modo de criticarnos a nosotros mismos.

    Marx incurrió en el mismo error de perspectiva al hablar de la burguesía como de una clase muy concreta –todavía lo era en la Europa oriental de su época, que él conoció más directamente–, y al ver en ella no más que un período inestable de la evolución económica, llamado a resolverse en el comunismo definitivo. No pudo prever la difusión de la burguesía como mentalidad y modo de vida en toda la sociedad de Occidente.

    Acertó, en cambio, Marx al caracterizar a la sociedad burguesa (y al capitalismo) como aquella en que se opera la separación de los medios de producción respecto de quienes los trabajan, convirtiendo así la propiedad en anónima e impersonal. De un modo todavía más radical podría reconocerse en la irrupción de la burguesía una ruptura del sentido creador y de la vinculación humana que debe conllevar el trabajo, para ver en él sólo un instrumento de lucro, cuyo aspecto puramente cuantitativo resulta, por serlo, extrínseco a la personalidad humana e intercambiable para ésta. El hombre de la sociedad burguesa deja de tener una labor raíz, a cuyo destino y vicisitudes se siente vinculado de por vida por lazos de habilidad, de herencia y de amor, para ver en su ocupación un negocio, simple medio crematístico ajeno al interés creador humano y al natural sentido de la perfección. (Obsérvese el origen del término negocio, que es negación del ocio, esa íntima fruición de la vida que justifica a ésta y, con él, de ese ocio fecundo a que idealmente debe asemejarse todo arte u oficio que se realice con entrega y con amor.)

    Esta universalización del status burgués puede hacernos comprender las profundidades a que cala eso que llamamos la “cuestión social” de nuestra época. Cómo el estado de infelicidad humana de la condición obrera no se resuelve con la cuantía de los salarios, ni aún con las seguridades sociales (aún cuando todo esto sea necesario), porque responde a una raíz más profunda: la forzada indiferencia hacia la obra que se ve obligado a realizar, su imposibilidad de apropiación espiritual de la misma, su imposibilidad de salir de tal condición ni de mejorar en ella en cuanto a este aspecto de fondo. Y puede también explicarnos cómo el patrón o el capitalista ha de ser forzadamente un financiero impersonal, con independencia de sus ideas sociales o religiosas, por su misma inserción en el medio burgués a que pertenece.

    Es frecuente pensar que la solución del problema social depende de prédicas sociales o de la aplicación de una fórmula o de un sistema de reparto o de participación. Tales medios pueden servir, en el mejor de los casos, de paliativos temporales, por más que su promoción pueda resultar necesaria y aun benemérita en una situación dada.

    Lo cual no quiere decir que la solución no exista, sino sólo que se trata de un asunto mucho más complejo que la aceptación de una fórmula o de un sistema. El problema entraña toda una obra de reconstrucción de la sociedad en sus instituciones, en sus hábitos, en sus vinculaciones patrimoniales y laborales, en sus corporaciones de defensa y estímulo, en su fe religiosa… Sabemos cómo el primer medio siglo liberal destruyó muchas de estas realidades, abriendo paso a ese desarrollo burgués y a la rápida expansión industrial-capitalista. Sabemos también que la reconstrucción es siempre más lenta y difícil que la destrucción. Quizá a nuestro tiempo sólo le quepa descubrir ese camino de la lenta y verdadera reconstrucción, discriminándolo de la absoluta destrucción que es el del socialismo, la gran herejía de nuestros días. Y emprenderlo, con la esperanza de que generaciones futuras conozcan otra vez todo aquello que hace a la vida realmente digna de ser vivida y amada: el sentido vincular de lo propio, el arraigo y la estirpe, el trabajo personal y creador, la estabilidad en el orden, el respeto a la legitimidad, el ocio y la contemplación…

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