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Tema: El ministro J. de la Cierva intentó disuadir a Alfonso XIII de abdicar

  1. #1
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    ALACRAN está desconectado YO, TESTIGO DE CARGO
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    El ministro J. de la Cierva intentó disuadir a Alfonso XIII de abdicar

    Quemante y trascendental diálogo entre Juan de la Cierva, ministro del último Gabinete monárquico, con el titular de la Corona, Alfonso XIII, en abril de 1931. Lo explica el mismo La Cierva en su obra “Notas de mi vida”.

    La Cierva preguntó a Don Alfonso, en uno de los postreros despachos: "Ha de permitirme Su Majestad que antes de ampliar esas consideraciones y agregar otras le haga a mi vez una pregunta: ¿ha decidido Vuestra Majestad marcharse? Porque el conde de Romanones me acaba de decir, en la galería de Palacio, que ha adoptado el Rey esa resolución”.

    Al escuchar la determinación del Monarca de abandonar el poder y dejar a España en manos del Comité Revolucionario, La Cierva replicó con extraordinaria nobleza: “Señor, si V. M. desea y puede formar otro Gobierno, es cosa que está dentro de sus facultades, y únicamente corresponde a los demás reservar o exponer su juicio, y acatar la resolución del Rey. Pero lo de ausentarse V. M. en la forma que ha expuesto, permita que diga, con toda lealtad y franqueza, movido por el deber que con España y con V. M. tengo, que no lo puede ni lo debe hacer.

    Esa ausencia sería la renuncia a la Corona, que no es de V.M. más que en un momento histórico, que es de su estirpe, y que, por representar la Institución secular de España, a ésta en realidad pertenece. Como estoy seguro de que, si el Rey se va, España cae en el abismo, y la Monarquía será barrida por las olas revolucionarias, ya tan agitadas; y nuestra civilización se destruiría, y se desmembraría la Patria, porque el conglomerado revolucionario se impondría a toda idea de orden y de defensa de la sociedad; yo me atrevo a protestar de tal propósito, y como español y como ministro me opongo a él y pido al Rey que se mantenga fiel a la Patria, y valerosamente afronte y venza las dificultades”.
    Última edición por ALACRAN; 09/04/2019 a las 12:51
    DOBLE AGUILA dio el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  2. #2
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: El ministro J. de la Cierva intentó disuadir a Alfonso XIII de abdicar

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Fuente: Informaciones, Suplemento del Sábado, 25 de Junio de 1955, página 5.



    LA RESPONSABILIDAD DE LA CIERVA

    “El pacto contra la Patria se había hecho”


    Por Luis Ortiz y Estrada



    Esto escribió Don Juan de la Cierva en 1932, y se ha publicado ahora en el libro «Notas de mi vida» [1], de que es autor. No se refería al pacto de San Sebastián, entre los republicanos y los separatistas catalanes, sino al que, en casa de Marañón, celebró Romanones, el 14 de Abril, por expreso encargo de Don Alfonso, con Alcalá Zamora, Presidente del Comité Revolucionario.


    «NO VEN MÁS ALLÁ DE SUS NARICES»

    Aquella mañana, previamente citados, fueron recibidos por Don Alfonso juntos: La Cierva, Bugallal y Gascón Marín; antes lo habían sido Romanones y Alhucemas. Habló primero Bugallal. Luego, dirigiéndose a La Cierva, dijo Don Alfonso:

    «– ¿Y tú, qué opinas?».

    «– Señor, en absoluto conforme con lo que ha expuesto el Conde de Bugallal, con quien he cambiado impresiones. Pero ha de permitirme Su Majestad que, antes de ampliar esas consideraciones, le haga, a mi vez, una pregunta: ¿Ha decidido V. M. marcharse? Porque el Conde de Romanones me acaba de decir, en la galería de palacio, que ha adoptado el Rey esa resolución».

    El Rey:

    «– Sí, he decidido marcharme, formando un Gobierno casi nacional, en el que figurarán personas como, por ejemplo, el Marqués de Lema, que dirija las elecciones a Cortes Constituyentes, a fin de que resuelvan si España quiere Monarquía o República. De ese modo, estando ausente, nadie dirá que he influido en tales elecciones. He citado para esta tarde a los constitucionalistas para que formen en el Gobierno».

    «– Señor –dije–, si V. M. desea y puede formar otro Gobierno, es cosa que está dentro de sus facultades, y únicamente corresponde a los demás reservar o exponer su juicio y acatar la resolución del Rey. Pero lo de ausentarse V. M. en la forma que ha expuesto, permítame que le diga, con toda lealtad y franqueza, movido por el deber que con España y V. M. tengo, que no lo puede ni lo debe hacer. Esa ausencia sería la renuncia a la Corona, que no es de V. M. más que en un momento histórico, que es de su estirpe, y que, por representar la institución secular de España, a ésta en realidad pertenece. Como estoy seguro de que, si el Rey se va, España cae en el abismo, y la Monarquía será barrida por las olas revolucionarias, ya tan agitadas, y nuestra civilización se destruiría, y se desmembraría la Patria, porque el conglomerado revolucionario se impondría a toda idea de orden y de defensa de la sociedad, yo me atrevo a protestar de tal propósito como español, y como Ministro me opongo a él, y pido al Rey que se mantenga fiel a la Patria y valerosamente afronte y venza las dificultades actuales».

    «El Rey –continúa La Cierva–, que ya manifestó disgusto cuando le hice la pregunta, porque tal vez quisiera ocultarnos en aquel momento su resolución (y les ocultaba que, por su encargo, ya Romanones gestionaba el pacto con el Comité), fue acentuándolo a medida que yo pronunciaba esas palabras, que estoy seguro las consigno fielmente, pero, de todas suertes, el contenido era ése»; y dijo:

    «– Lo que pasa es que hay en España algunos que en estas materias “no ven más allá de sus narices”, y no aprecian el problema en su conjunto, no ven la lejanía, sólo ven el aspecto inmediato de la perspectiva. Yo no puedo consentir que, con actos de fuerza para defenderme, se derrame sangre, y, por eso, me aparto de este país».

    «– Señor, siento mucho molestarle, pero estos momentos son históricos, y he de hablar con firmeza y claridad. Lo peor no es que en España “estemos algunos” que no veamos más allá de nuestras narices; lo peor es que, al nivel y junto a ellas, la trágica realidad española nos diga que el Rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la Corona evitarán que se viertan lágrimas y sangre en España…».


    «A CAMBIO DE UN SEGURO PARA EL REY»

    Mientras tanto, Romanones, cumpliendo el encargo recibido de Don Alfonso, preparaba la desdichada entrevista con Alcalá Zamora, en casa de Marañón, en la que se pactó la marcha de Don Alfonso y la entrega del Poder Supremo al Comité Revolucionario, que era bastante más de lo que a La Cierva y sus acompañantes dijo Don Alfonso haber resuelto.

    En el Consejo de aquella tarde, Martes 14, La Cierva luchó ardientemente para convencer a Don Alfonso y los Ministros de la necesidad de reaccionar contra aquel espíritu, haciendo frente resueltamente a la Revolución.

    «Yo, entonces –escribe–, insistí con gran energía en lo que había dicho al Rey por la mañana, y, pidiendo perdón por la vehemencia patriótica de mi expresión, protesté de que tal cosa hiciera S. M., porque se había de estimar siempre como una deslealtad a España; que si no había podido formar otro Gobierno, nosotros teníamos el deber, ante nuestra conciencia y ante la Patria, de defender la Monarquía, como habíamos jurado, y yo estaba resuelto a hacerlo sin vacilaciones. El Rey insistió en que no quería que por él se vertiera sangre. Repliqué que, si él nos abandonaba, se verterían mucha sangre y muchas lágrimas por los fieles españoles, que no podrían comprender que de tal manera se les dejara indefensos…».

    Siguió ardorosamente por este camino hasta que entró un ayudante de Don Alfonso con el recado para Romanones de que Alcalá Zamora urgía que, en cumplimiento de lo pactado, Don Alfonso había de marcharse antes de las siete de aquella tarde.

    «Un rayo de luz penetró, entonces, en mi cerebro», escribe La Cierva.

    «– ¿Cómo? –exclamé– ¿es que se ha pactado la entrega de la Monarquía y el advenimiento pacífico de la República?».

    «– Sí –contestó enérgicamente Romanones–. He tenido con Alcalá Zamora una entrevista, y, para salvar la vida del Rey y de la Familia Real, se ha convenido en entregar el Poder esta tarde, y el Rey saldrá inmediatamente para el Extranjero».

    «Hizo entonces explosión mi apasionada protesta, y dije que la vida del Rey era para nosotros sagrada, pero España necesitaba el sacrificio de todos, y nosotros habíamos de sacrificar nuestras vidas si fuera necesario. De suerte –agregué– que, sin contar con todos los Ministros, porque yo era uno de ellos y nada se me dijo, ni conocí esos manejos y conversaciones, se había pactado la “entrega de la Monarquía” a cambio de un seguro para el Rey. ¿Y quiénes somos nosotros para disponer de la institución secular española sin que España tuviera parte en la suprema transacción, y ni siquiera se tuviera con todos los Ministros la lealtad debida?

    Fue ya incoherente la discusión. El Rey sacó del bolsillo un sobre, y de él un pliego que nos leyó. Era el desdichado Manifiesto que le había redactado el Duque de Maura, en el que hablaba de las “faltas sin intención”. El Rey se despidió. Al abrazarme, me dijo: “Juan, no me guardes rencor”».


    «NI EL HONOR MILITAR NI LA LEALTAD A LA PATRIA»

    Todos los Ministros sabían que Don Alfonso había resuelto marcharse; no que se hubieran cerrado, ni tan siquiera pensado iniciar, tratos con el Comité Revolucionario en ningún sentido, y menos para resignar en él el Poder Supremo. Pero como el Comité exigía que se declarara el estado de guerra, fue necesario informar al Presidente Aznar, y a Berenguer, Ministro de la Guerra, cuando ya todo estaba consumado, y muy poco antes de comenzar el Consejo, según contó Berenguer en su libro. También hubo de saberlo el Almirante Ribera, para preparar el crucero en que se hizo el viaje. Ni La Cierva, ni Bugallal, sabían nada de ello al comenzar el Consejo, ni podían deducirlo de su conversación con Don Alfonso de aquella mañana.

    Es posible que Maura estuviera enterado. En cualquier caso, a él, ni podía indignarle, ni tan siquiera sorprenderle. La víspera, Lunes 13, pidió y obtuvo de Don Alfonso autorización para negociar con dicho Comité, como lo hizo, encargando que se entrevistara con su hermano Miguel al Marqués de Cañada Honda, si bien fracasó en su empeño, porque el Maura del Comité no aceptó las condiciones del Maura Ministro.

    El Duque ocultó al Consejo del Lunes tales negociaciones, en curso cuando los Ministros se reunieron, pues la entrevista no pudo celebrarse hasta media noche.

    En cambio, en dicho Consejo del Lunes manifestó lo que sigue, según atestigua La Cierva, y conviene no olvidar:

    «Por fin habló el Duque de Maura, y dijo: “¡Yo tengo el sentimiento de manifestar que, después de la elección de ayer, me parece ilegítima la Monarquía en España!”».

    Lo cierto es que Don Alfonso, Romanones y Maura ocultaron a los Ministros, por lo menos a Aznar, Berenguer, La Cierva y Bugallal, aquellos manejos, hasta el momento de colocarlos ante el hecho consumado, que había de enervar, como efectivamente enervó, los intentos de resistir que tuvo, por ejemplo, Berenguer, y exacerbó la exaltación no muy acusada de los revolucionarios.

    «Y aquel Monarca –añade La Cierva–, protegido por Dios en varios atentados que afrontó valerosamente, decidió abandonar el Trono, no defender nada de lo que los siglos habían acumulado en su persona y representación, y el secular edificio vino a tierra con estrépito, sin que en sus escombros brillaran, ni el honor militar, ni la lealtad a la Patria…».

    Y todavía sigue:

    «Pero se entregó todo, como algo carcomido e inútil, para dar en el desastre nacional que tantos lloran hoy».

    «He relatado los hechos con toda exactitud –concluye–. Si en alguno me he equivocado ha sido involuntariamente. La responsabilidad que en ellos me alcance la determinarán los que me lean. Confieso desde luego una: la de haber creído que no serían capaces de acordar y realizar a espaldas mías lo que hicieron. ¡Mi perspicacia política no podía llegar a suponer la deslealtad!».


    «NO PODÍA LLEGAR A SUPONER LA DESLEALTAD»

    Son graves esas palabras. Justo es decir que La Cierva no podía sorprenderse de cómo se portaban con él quienes, ante sus ojos, de tal modo procedían con la Patria. En realidad, aquella manera de proceder con él, era un homenaje que le rendían. Don Alfonso, Romanones, Maura, maniobraban a escondidas porque temían que la lealtad de los Ministros de quienes se ocultaban, acuciada por la firme entereza de La Cierva, hiciera fracasar sus propósitos y les obligara a ellos mismos a resistir, haciendo frente, en sus puestos, a la Revolución, que es lo que, ni Don Alfonso, ni Romanones, ni Maura, querían, aun a costa de las grandes desdichas que la Patria iba a sufrir. A eso le llamaba Don Alfonso «no ver más allá de sus narices».

    Lo que estaba ocurriendo aquel año de 1931, Mella lo había anunciado en 1906; el 13 de Noviembre, en uno de sus más celebrados discursos, le decía a Don Antonio Maura, a la sazón en el apogeo de su esplendor:

    «Su Señoría llegará al Poder; Su Señoría tiene cualidades excepcionales para ejercerlo, porque, aparte de una inteligencia clarísima, tiene una condición más rara en estos tiempos, un carácter firme y entero, y una honradez acrisolada; Su Señoría, lo repito, tiene grandes cualidades para ser un gran Ministro de un gran Rey; pero, ¿cree Su Señoría que allá en las alturas del mando, tal como ahora se ha planteado la cuestión religiosa y otras cuestiones, podrá estar por mucho tiempo y sin peligro? No. ¿Ese peligro dimanará de debilidad en el gobernante? ¡Ah! Yo conozco el valor cívico de Su Señoría, sus grandes cualidades morales, y sé que no retrocedería, y que, por su propio impulso, daría sin vacilar la batalla a la Revolución material; pero, ¿la dará Su Señoría? ¿Podrá darla?

    ¿Responde el Señor Maura de que, en todo lo que hay detrás de Su Señoría, tendría todo aquel amparo, toda aquella protección, en momentos críticos y supremos, para garantizarle la seguridad del mando?».

    En 1909, en 1918, dichas palabras habían ya tenido plena confirmación, como puede verse en el interesantísimo libro del Señor La Cierva; lo estaban teniendo en aquellos días de 1931, con mucha mayor gravedad, y no se le ocultaban al Ministro las graves consecuencias de aquel propósito manifiesto de Don Alfonso. La responsabilidad del Señor La Cierva está en haberse empeñado en fiar en el brazo de quien no sentía escrúpulos de entregar la Patria a la demagogia; debió intentar, y quizá lo hubiera conseguido, otras vías y caminos, dejando de lado a quien se había empeñado en perderse.






    [1]
    Editorial Reus, Madrid.
    Rodrigo dio el Víctor.

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