Dos jesuitas moriscos que intentaron convertir a su pueblo

Jesús Caraballo





Tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos, el 2 de enero de 1492, la población musulmana que quedó en el antiguo reino nazarí supuso una fuente constante de problemas por su nula integración. Tras la guerra de las Alpujarras entre 1568 y 1571 fueron dispersados por los otros reinos de España, hasta su expulsión definitiva en 1609.

Durante ese largo siglo se multiplicaron los intentos de evangelización, pero las conversiones auténticas siempre fueron puntuales, y aún menos numerosos los conversos que entraron como religiosos. Dos de ellos fueron Juan de Albotodo (1527-1578) y su discípulo Ignacio de las Casas (1550-1608), ambos jesuitas, seguidores de su fundador, San Ignacio de Loyola, que quería destinar a un nutrido número de religiosos moriscos a la evangelización del norte de África.

Los padres Albotodo y Casas destacaron por su poderosa personalidad y su constancia apostólica, pero también como ejemplo de la pobre cosecha que la Iglesia pudo recoger tras un siglo de extenuante y descorazonadora siembra en el hermético campo del alma morisca.



Los conversos del Islam al Cristianismo tenían un doble mérito, no solo debían enfrentarse a sus comunidades de origen, sino también a las reticencias y desconfianzas de la sociedad española de su tiempo, obsesionada con la limpieza de sangre por la presencia de los judaizantes. Cuando además entraban en religión, su deseo natural era la predicación entre sus hermanos.

Albotodo, hijo de moriscos y nieto de moros, expresa muy bien su intención de «predicar especialmente a moriscos y a moros… y dar noticia de Nuestro Señor Jesucristo, que no se conoce, en agradecimiento al tan grande merced y beneficio que había recibido de Él con la luz de la fe”.



Los días de fiesta lo hacía, en árabe, en el Albaicín de Granada, donde había seis mil hogares de cristianos nuevos, a cuyos niños enseñaba la doctrina cristiana. Sus prédicas en el barrio o en sus misiones en las Alpujarras conmocionaban a sus oyentes, en particular a las mujeres, cuya conversión era fundamental por ser ellas quienes, en la discreción del hogar, transmitían de generación a generación las creencias mahometanas.



El padre Albotodo se entregaba también a la caridad y, merced a sus esfuerzos, se abrió un hospital de pobres y una escuela para la infancia y adolescencia patrocinada por el célebre arzobispo Pedro Guerrero, figura destacada en el Concilio de Trento. En su momento de esplendor llegó a tener 550 escolares.

Pero ¿cuál era el fruto de tan ingente esfuerzo apostólico? Destaca el contraste entre las cartas triunfalistas que se enviaban a Roma y el creciente pesimismo ante la esterilidad del colosal afán desarrollado, que no daba frutos.

Los jesuitas pensaron en el cierre, pero Albotodo no se rendía (apoyado por San Francisco de Borja), y se mantuvo como único sacerdote en el barrio, auxiliado por cinco hermanos jesuitas, hasta el adiós definitivo de 1569, cuando la guerra de las Alpujarras cambió por completo la relación con la comunidad musulmana.

Apoyo a la Corona

Dicha comunidad, que pocos años antes pedían jesuitas para el barrio, concibió hacia ellos un «rencor amargo», porque los hijos de San Ignacio, que conocían la realidad a la que se enfrentaban, habían aprobado las acciones militares de la Corona contra los levantamientos moriscos. Llegaron a atentar contra la vida de Albotodo, que salió ileso, y en la Nochebuena de 1568, los musulmanes asaltaron la casa de los jesuitas buscándole para matarle, de lo que se libró escapando en el último momento.



Aunque apoyase la represión de los alzamientos moros, el padre Albotodo protegió a sus consanguíneos y obtuvo de Don Juan de Austria, al mando de las fuerzas reales, garantías sobre sus vidas. Luego se entregó a otra labor apostólica en la que destacó, entre los presos, y hay registro de al menos una conversión, la de un morisco condenado a muerte y ejecutado en 1573.
El padre Ignacio de las Casas, discípulo de Albotodo, continuó su obra, aunque con estilos muy distintos. Si el maestro lo había hecho sobre todo por medio de la caridad, Casas se entregó a una eficaz defensa pública de su gente. Eso sí, sin relativismo alguno, porque del mismo modo que propugnaba un estudio profundo y ordenado del Corán para acercarse mejor a sus seguidores, animaba a «odiar y aborrecer la secta del perverso Mahoma».



De hecho, en la célebre polémica de los Plomos del Sacromonte, se opuso a toda componenda entre el Catolicismo y el Islamismo. En 1595, se habían descubierto unas láminas en un extraño latín mezclado con árabe que pretendían ser un quinto evangelio, con supuestas revelaciones de la Santísima Virgen y de Santiago Apóstol, buscando una componenda entre la fe cristiana y las creencias mahometanas. Una falsificación ― obra probablemente de moriscos de alto nivel económico y cultural, ansiosos de rebajar la tensión entre ambas comunidades ― que no engañó a Las Casas.

Aun así, buscaba más la compasión que la confrontación, y no dudó en hacer en sus cartas y escritos, una emotiva y a la vez razonada reivindicación de las cualidades morales atesoradas por el pueblo morisco. Al mismo tiempo, denunciaba los contrasentidos de las políticas asimiladoras de la Corona y la Iglesia, que simultaneaban los bautizos masivos con la «incomunicación» y el «desprecio» hacia los neófitos.

A Casas, como a Albotodo, lo que les movía era un sincero deseo de una conversión auténtica gracias a una catequesis de verdad, en vez de una política de pactos que se daba por contenta con la sumisión puramente exterior de los moriscos, para luego tener que someterlos por la fuerza cuando, resentidos por su propia doble vida, se rebelaban. Él mismo se dirigió al Rey y al Papa para censurar con desparpajo esta forma de actuar.
Lo cierto es que la labor evangelizadora de Albotodo y Casas no obtuvo los resultados esperados, ante la resistencia cerrada de sus destinatarios, que acabaron viendo en los jesuitas unos meros agentes del poder para despojarles de su identidad y de sus tradiciones.

Y ellos mismos comprendieron y apoyaron las posteriores decisiones de la Corona, cuando esa resistencia cerrada se tradujo en insumisión abierta, acompañada de crímenes y martirios contra los cristianos. Eran buenos y celosos pastores de almas ― almas del pueblo al que pertenecían por sangre ―, pero no se les ocultaba el peligro del islam interior como cáncer de la Cristiandad, el pueblo al que pertenecían por fe.



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