Ricardo de la Cierva: de guardián de la Historia a historiador erradicado
(Pedro Carlos González Cuevas)
Se reconstruye la biografía y se analiza la obra del historiador y político fallecido en 2015
...2. Ricardo de la Cierva: el hombre, su formación intelectual y sus intentos de un franquismo liberal
De la Cierva fue un historiador con biografía. Nacido en Madrid el 9 de noviembre de 1926, Ricardo de la Cierva y de Hoces era nieto de Juan de la Cierva –el célebre ministro de Alfonso XIII– y sobrino del inventor del autogiro. Sus padres fueron Ricardo de la Cierva y Pilar de Hoces Dorticós. Fue bautizado en la parroquia de San Jerónimo, en cuya pila bautismal le impusieron los nombres de Ricardo, Mariano de la Almudena, José Ramón y Juan. El padre era abogado, había sido diputado en las penúltimas Cortes del régimen de la Restauración, militante durante la II República del partido monárquico Renovación Española y miembro de la sociedad de pensamiento Acción Española. De ahí que el joven Ricardo tuviera ocasión de ver en su propio domicilio a Ramiro de Maeztu y a José Antonio Primo de Rivera. Uno de sus primeros recuerdos fue el de su abuelo “de uniforme ministerial, entrando indignado en su casa el atardecer del 14 de abril cuando ya las gentes aclamaban a la República en la Puerta del Sol”{41}. En la biblioteca paterna predominaban los libros sobre Derecho, pero pudo leer igualmente al conde de Toreno, Emilio Salgari, Julio Verne o Ramiro de Maeztu{42}.
Cursó sus estudios primarios en los colegios de El Pilar y de Areneros de Madrid, donde hizo amistad con Juan Antonio Vallejo Nájera y Torcuato Luca de Tena. Tras la proclamación de la II República, la familia salió para Biarritz y luego a Hossegor en las Landas. Retornó a España, para exiliarse de nuevo, a raíz del 10 de agosto, porque su padre fue encarcelado. Al estallar la guerra civil, la familia buscó refugio en la Legación de Noruega, evadiéndose del Madrid revolucionario; y después de una odisea en tres navíos de la marina británica y de desembarcar en Marsella, emprendieron su exilio en Francia. El padre murió asesinado en Paracuellos del Jarama. Su tío Juan en un accidente de aviación mientras realizaba misiones en favor de los sublevados. El abuelo falleció en Madrid en 1938 en la embajada de Noruega. A fines de septiembre de 1936, la familia llegó de nuevo a Biarritz; y retornó a España por Vera del Bidasoa{43}. “La guerra civil me marcó –dirá– para la vida y para la lectura”{44}. Pudo conocer por vez primera al general Franco en Salamanca, el diez de marzo de 1937, cuando tenía diez años, formando parte de las milicias de Renovación Española. “Fuimos presentados a Franco, que nos estrechó la mano y me dijo algo que no recuerdo sobre mi familia”{45}. De hecho, ya en su casa había tenido oportunidad de escuchar voces en su cada “durante la angustia de los meses finales de la República, el nombre de Franco como una especie de invocación”{46}. No se le escapó, por cierto, la transformación mental y política que la guerra provocó en las clases altas, cuando oyó decir a una anciana sirvienta de la casa: “Los ricos han sabido ser pobres y los pobres no han sabido ser ricos”{47}. En no pocas ocasiones, recordó que “la religión fue al alma del Alzamiento”, “el alma de la zona nacional, el idealismo que reinó en ella en medio de las inevitables miserias humanas”{48}.
Dada esa trayectoria vital y familiar, no resulta extraña su fascinación por la figura de Franco. Y sólo algunos fariseos, como Alberto Reig Tapia o Ángel Viñas, pueden escandalizarse{49} del contenido de una dedicatoria que De la Cierva hizo al dictador en su libro Turismo-Teoría-Técnica-Ambiente: “El autor de esta obra, que en tiempos nefastos para España, empezaba a ir al colegio con el temor en la próxima esquina, que temía la hora del almuerzo por si no regresaba su padre –y un día no regresó-…”{50}. En San Sebastián, estudió en el colegio de San Ignacio, sintiendo la tentación de ser jesuita, pero sin pasar del noviciado. Por tradición familiar, se consideraba monárquico; y era partidario de un pacto entre Franco y Juan de Borbón. Tuvo oportunidad de conocer al heredero de Alfonso XIII en Villa Giralda en 1954{51}. Sin embargo, siempre se identificó intelectualmente con el falangismo “liberal” de Laín Entralgo y Ridruejo, y no con el neotradicionalismo del grupo Arbor, dirigido por Rafael Calvo Serer{52}. Estudió filosofía en Madrid, doctorándose con una tesis sobre Henri Bergson, bajo la dirección de Antonio Millán Puelles. Cursó la carrera de Químicas en las universidades de Madrid y Murcia, donde doctoró en 1957 con una tesis titulada Intensidades absolutas en infrarrojo de bandas fundamentales en derivados alogenados del metano. Al parecer fue publicada en Estados Unidos{53}. Se graduó en la Escuela Oficial de Periodismo y consiguió el título de técnico en Información y Turismo. En un primer momento, trabajó como empleado en la empresa de Manufacturas Metálicas Madrileñas. Luego, ingresó, por oposición, en el Cuerpo Técnico de Información y Turismo. Su orientación hacia la historiografía se produjo al ser nombrado jefe de la Sección de Estudios sobre la Guerra de España de ese Ministerio{54}.
No deja de ser curioso que nunca se licenciase en Historia. En realidad, fue un amateur de gran cultura y capacidad dialéctica. A pesar de su formación filosófica, nunca reflexionó sobre el conocimiento histórico. Sin embargo, inauguró en la sociedad española la figura del historiador mediático y divulgador de la Historia, a través de espacios televisivos y colecciones de fascículos como el dedicado a la trayectoria vital de Francisco Franco o La Historia se confiesa. Se consideraba discípulo de Tucídides, Jesús Pabón, Raymond Carr, Vicente Palacio Atard y Vicens Vives{55}. La Historia era, a la vez, “ciencia” y “arte”{56}. De Tucídides y su Historia de la Guerra del Peloponeso, decía: “Casi cinco siglos antes de Cristo ya estaba fijado, en ese libro, el canon de la historia científica, que, a mi modo de ver, nunca ha sido modificado. Allí está el conocimiento personal, pero despegado de aquello que se reconstruye; la búsqueda y el análisis de las fuentes, la articulación de los contextos, la síntesis de lo biográfico y lo colectivo, el tratamiento equilibrado de los datos militares, económicos, sociales y culturales”{57}. Consideraba anacrónico el marxismo tras las consecuencias filosóficas y epistemológicas del principio de indeterminación de Heisenberg. El marxismo era, en aquellos momentos, un lenguaje manipulador, cuya capacidad de análisis histórico era nulo, “vertedero cansado de un ridículo talante propagandístico”{58}.
Su estilo era periodístico; su método, positivista, combinado, por lo general, con opiniones muy personales, a menudo intuitivas. A ese respecto, hay que tener en cuenta algunos rasgos de su carácter, por él mismo señalados en alguna entrevista: el egocentrismo, la belicosidad y su tendencia a considerarse el ombligo del mundo{59}. En sus obras, aspiraba a una “historia absolutamente descomprometida”, a “contar lo que pasó”. Sin embargo, rechazaba el principio de objetividad: “Lo que pretendemos no es objetividad, sino juego limpio. Sabemos que la verdad se basa en una combinación de hechos y opiniones y que los dos elementos son inextricables. Intentamos siempre que nuestros hechos se seleccionen a través de una valoración equilibrada y que nuestros juicios se apoyen en hechos comprobables”{60}. En sus obras, las tramas narrativas{61} son múltiples. Como tendremos oportunidad de ver, el historiador madrileño utiliza en unas el romance; y en otras, la comedia, la tragedia o la sátira.
De la Cierva se dio a conocer con Los documentos de la Primavera trágica y Bibliografía sobre la guerra de España (1936-1939) y sus antecedentes{62}. Esta última fue muy criticada por el polemista norteamericano Herbert R. Southworth, para quien esta obra no sólo era metodológicamente muy defectuosa, sino que, en el fondo, sus objetivos eran de mera “propaganda” del régimen español y de legitimación de la nueva escuela “neofranquista”. Calificaba a De la Cierva como un “bibliofobo”{63}. Desde entonces, la enemistad entre ambos fue radical. Para De la Cierva, el norteamericano era un “botarate de la historia, vendedor de bibliotecas que fichaba pero leía superficialmente sus libros”, “repugnante e ignorante”{64}.
En esta etapa de su trayectoria vital, Ricardo de la Cierva ejerció la función de Guardián de la Historia{65}. Sin embargo, no hay duda de que el historiador madrileño significó un cambio positivo con respecto, por ejemplo, a Joaquín Arrarás. En un discurso sobre la figura de José Antonio Primo de Rivera, pronunciado el 29 de octubre de 1969, De la Cierva abogó por “conseguir de una vez para siempre la integración democrática de este pueblo”, perdiendo el miedo a “una auténtica democracia para España”. “Hora es ya de perder el miedo a la democracia, de purificar su ideal de los fantasmas de un pasado irreversible, de no caer otra vez en traducciones cuando nos enfrentamos al supremo desafío de la configuración evolutiva de nuestro futuro”{66}.
Como jefe de la Sección de Estudios sobre la Guerra de España, director de Editora Nacional y director general de Cultura Popular, ejerció la censura y su influencia a la hora de facilitar o bloquear, por ejemplo, el acceso a los fondos de los archivos públicos. Según los humoristas de izquierda Rafael Wirth y Jaume Bach, colaboradores de la revista Por favor, De la Cierva fue “todo lo bueno que puede ser un franquista”{67}. Otros, desde una acentuada perspectiva antifranquista, han criticado acremente su actuación{68}. Por allí pasaron Teodomiro Menéndez, Gabriel Jackson, Herbert R. Southworth, Ramón Salas Larrazábal, etc{69}.
En sus comentarios críticos, rechazó El laberinto español, de Gerald Brenan, al que calificó de “concienzudo amateur” y “romántico impenitente”. Alababa a Joaquín Arrarás, pero criticaba su antirrepublicanismo, su “óptica reductora sobre indudables aspectos positivos de aquel Régimen que para muchos españoles fue la gran esperanza de la historia contemporánea”. Elogiaba a Manuel Azaña y su “talante literario-político”. Acusaba a Salvador de Madariaga de “oportunista indiferencia”. Ramos Oliveira no pasaba de ser un “periodista de la Historia”. Hugh Thomas la parecía prorrepublicano y su Historia de la guerra civil, “un hilvanado periodístico de historias inconexas”. Stanley Payne era un “discípulo de Tucídides”; y su obra sobre Falange “una espléndida y difícil aproximación histórica, que estimamos aceptable y lógica, aun cuando no faltan en ella desenfoques y defectos, en perspectiva y detalle”. Southworth le parecía “un propagandista y un destructor de propaganda, no un historiador”{70}. No menos crítico se mostraba con Ignacio Fernández de Castro, cuyo libro De las Cortes de Cádiz al Plan de Desarrollo calificaba de “obra de humor negro”{71}. Tampoco se mostró afín a los postulados tradicionalistas de la Escuela de Navarra, cuyos intentos de reivindicar a Fernando VII juzgaba infructuosos{72}. De Tuñón de Lara destacaba –siguiendo a Velarde Fuertes– su “insuficiente asimilación de la historia económica en una perspectiva general”, a lo que se unía “una deficiencia de información monográfica incluso en períodos que ya están aceptablemente cubiertos por ella”. Lo consideraba el historiador “quizá oficioso de la izquierda hispana”{73}. No obstante, destacó, en alguna ocasión, su “sentido del diálogo profundo”{74}.
Para la elaboración de su libro más innovador, Historia de la guerra civil española. Perspectivas y antecedentes, De la Cierva tuvo acceso a los manuscritos existentes en el Servicio Histórico Militar, en los Servicios de Documentación de Salamanca y en la Sección de Estudios sobre la Guerra de España del Ministerio de Información y Turismo. Significativamente, iba precedida de una larga cita del discurso de Manuel Azaña pronunciado en Valencia el 18 de julio de 1938: “Paz, Piedad y Perdón”. Su trama narrativa es de claro sesgo trágico. La sociedad española aparece, en el fondo, como un personaje que se conduce a su hundimiento. De la Cierva nos viene a decir que, gracias a los horrores presentados, el lector puede comprender lo concreto de la dureza de la realidad, para poder enfrentarse a ella de manera más inteligente en el futuro. Para De la Cierva, la contienda fue “exclusivamente un asunto español”; y negaba que hubiese sido fruto de la lucha de clases: “Llamar guerra de clases es no comprender ni a las brigadas de Navarra…, ni a la aviación gubernamental”. En su opinión, la contienda había sido “la culminación y degeneración de un proceso interno o, lo que es lo mismo, que sus causas y su gestación se encuentran muy atrás”. El autor lo remontaba a la crisis del 98. El pueblo español era, por entonces, “inculto” y “pobre”. Las diferencias de clase eran “explosivas”. La Iglesia católica se había convertido en un “actor negativo” en aquel contexto. Atribuía al tándem Maura-Cierva los intentos renovadores de 1907-1909. Calificaba a los nacionalismos periféricos de “mininacionalismos”. El Ejército se encontraba hipertrofiado en sus jerarquías. De la Cierva veía en la huelga general revolucionaria de 1917 “una revolución fracasada”, que luego “tendrá que abrirse paso por imprevisibles senderos”, “el primero de los ensayos generales para 1936”. El retrato de Miguel Primo de Rivera era más bien favorable, “un patriotismo sincerísimo, sentado en el alma y en el cuerpo”. No obstante, su régimen político era juzgado con severidad, denunciando su “convicción mesiánica”, ciertas “originalidades nefastas”, “hachazos a las libertades constitucionales”, “el cáncer de la arbitrariedad” y la “faceta antijurídica”.
Franco fracasó “como organizador político”, ya que no supo “asegurar el orden sin hundir la libertad”. A la hora de analizar la caída de la Monarquía sigue a su abuelo Juan de la Cierva. El 14 de abril Alfonso XIII y los monárquicos ofrecieron una “insegura aceptación de la tesis de sus enemigos, un descomunal ejemplo de falta de información”. La II República fue una “fórmula imposible”, porque “cada grupo quería utilizar a la República no para algo, sino preferentemente contra algo”. Por eso, el nuevo régimen “quiso hacerlo todo a la vez, mientras trataba también de destruirlo todo”. Las dos figuras que parecían atraer más a De la Cierva eran Manuel Azaña, “personaje interesantísimo y fuera de serie de la Historia Contemporánea española”; y José María Gil Robles, cuya interpretación de los hechos, sustentada en No fue posible la paz, aceptaba en lo esencial. Respecto a la evolución de la conciencia de la clase obrera y su organización, tomaba nota del fracaso social del catolicismo. El proletariado se encontraba dividido entre anarquistas, socialistas y comunistas. Acusaba a Primo de Rivera de haber contribuido al desarrollo del socialismo español. Hacia 1933, los socialistas evolucionaron claramente hacia el bolchevismo; y al año siguiente se produce “la marcha socialista a la revolución”. Octubre de 1934 es el “antecedente esencial y determinante de la guerra civil”. De la Cierva hace historia crítica de Falange, a la que considera un partido de derechas, la manifestación española del fascismo europeo; y estima que su influencia en la sociedad española fue mínima. En 1936, no creía que sus militantes pasaran de 25.000. Hace referencia igualmente al “vértigo fascista” experimentado por las derechas españolas, en particular la CEDA y los monárquicos alfonsinos, con la excepción del carlismo -“imposible hablar de fascismo en el siglo XIX”– y del diario ABC. No obstante, el fascismo estuvo representado sobre todo por Ramiro Ledesma Ramos, el “gran fascista español”. Onésimo Redondo era intelectualmente inferior a Ledesma; era “un típico sindicalista católico” y no podía ser considerado un fascista sensu strictu, sino “un patriota que sustituía la teoría política por la violencia”. No creía que el nacional-sindicalismo se explayara en “una seria doctrina concreta, ni económica ni social”. José Antonio Primo de Rivera era “un español integral”, pero echaba de menos en sus escritos un pensamiento económico concreto. “Bien pobre es, por tanto, el programa económico-social expresado en los puntos programáticos de Falange Española”. En el caso de Primo de Rivera destacaba “su amor reaccionario y retrógrado hacia la agricultura, su desdén innato hacia la industria”. Los auténticos promotores del alzamiento fueron los militares y su líder Emilio Mola{75}.
Esta fue, sin duda, la obra más innovadora y ambiciosa de Ricardo de la Cierva. En otras, tendió claramente a la vulgarización, como fue el caso de La historia perdida del socialismo español. El libro era fruto de una serie de artículos publicados en El Alcázar, durante el mes de diciembre de 1969, cuyo contenido había sido bien recibido por algunos grupos socialistas exiliados en Méjico. Su trama coincidía con un momento en que ciertos sectores afincados en el régimen solían hacer declaraciones a favor de un vago socialismo nacional integrador o “humanista”. Igualmente, algunos antiguos miembros del Frente de Juventudes, como Manuel Cantarero del Castillo, hacían una “lectura” socialista de José Antonio Primo de Rivera. Y los denominados “neofalangistas”, a través de revistas como Criba o Índice, reivindicaban las figuras de Pablo Iglesias o de Julián Besteiro{76}, frente a los tecnócratas. No en vano De la Cierva hizo mención, un tanto irónicamente, a “los socialistados”, en paralelo a los “fascistizados” durante la II República. En su perspectiva, sigue dominando la trama narrativa de carácter trágico, porque el fracaso del socialismo español, como alternativa democrática, fue una de las claves del estallido de la guerra civil. En cualquier caso, el autor estimaba que la historia del socialismo español era una “historia perdida”, dado que no había interesado a historiadores extranjeros como G.D.H. Cole, ni había contado en España con historiadores solventes. Sin embargo, consideraba que se trataba de “un trozo de la historia de España contemporánea y ninguna gran empresa de los hombres de España puede sernos indiferentes a los demás”.
En los orígenes del socialismo, destacaba la presencia de “santos laicos” como Fermín Salvochea o Anselmo Lorenzo. Subrayaba la labor de los tipógrafos como “una especie de aristocracia que gustaba denominar a su oficio el noble arte de imprimir”. En ese sentido, Pablo Iglesias encarnaba un nuevo perfil de “santo laico”, partidario de la II Internacional frente a los anarquistas. Una de las principales características del socialismo español fue su enemiga hacia los intelectuales. Y es que Pablo Iglesias eran un “hombre tan honesto como poco flexible”, excesivamente identificado con las posturas y estrategias del socialismo francés. El único intelectual digno de mención era Jaime Vera. En consecuencia, el PSOE sólo cultivó “un marxismo vergonzante”. Ni Pablo Iglesias, ni Francisco Largo Caballero o Indalecio Prieto leyeron a Marx. Y Julián Besteiro fue incapaz de “trazar para las masas del PSOE una aproximación popular a Carlos Marx del estilo de la que su colega de Universidad Manuel García Morente lograse respecto a un pensador todavía más difícil como era Kant”. Como católico, De la Cierva volvió a lamentar la escasa iniciativa social de la Iglesia. El socialismo español destacó, en cambio, por capacidad en la gestión municipal, que no sólo fue “seria y eficaz”, sino que impidió “abusos y democratizó los Ayuntamientos”. Su alianza con los republicanos en 1909 consiguió un objetivo fundamental: la caída de Antonio Maura. El autor acusaba a los socialistas de “suprema ingratitud” hacia la figura de José Canalejas. Ya en la crisis de la Restauración, De la Cierva establecía un paralelo entre Petrogrado y Barcelona, ciudades ambas donde se desarrollaron sendos procesos revolucionario, victorioso uno, fracasado otro. No obstante, el historiador madrileño destacaba el rechazo de la revolución rusa por parte del sindicalista Ángel Pestaña y del socialista Fernando de los Ríos. A ese respecto, calificaba al Partido Comunista de España en sus orígenes de “dividido, raquítico, formado por los desechos de las dos grandes corrientes sindicalistas y socialistas, condenado a la inactividad durante quince años vitales”.
Los sucesores de Pablo Iglesias se caracterizaron por su “doctrinarismo” en el caso de Julián Besteiro; por el “oportunismo nada intelectual” de Francisco Largo Caballero; y por el “centrismo” de Indalecio Prieto, “un buen burgués socialdemócratico”. La trayectoria de Largo Caballero fue la de un oportunista, como lo demostró su colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera y luego su adhesión a la República. Los socialistas identificaron República con Revolución. Sin embargo, De la Cierva valoró positivamente su labor en los primeros gobiernos republicanos. Tan sólo censuraba el anticlericalismo de Fernando de los Ríos en Justicia y Educación. Largo Caballero desarrolló una política social “sin duda progresiva, pero no puede tacharse de irresponsable, ni menos de revolucionaria”. De “brillante” califica la gestión de Prieto en Obras Públicas y Hacienda. Sin embargo, la reacción negativa vino de la base socialista sindicalista y rural, como se demostró en Castilblanco y Arnedo; y en las huelgas del Sindicato Minero Asturiano en 1933. A partir de ahí, Largo Caballero intentó situarse “a la izquierda” mediante el recurso a la “demagogia revolucionaria”. Todo ello en el contexto de la crisis de la democracia centroeuropea. La revolución de octubre de 1934 aparece de nuevo como “la purificación por el fuego”. Era el preludio de la guerra civil: “A partir de octubre termina abruptamente el difícil diálogo de izquierdas y derechas en la República española; a partir de octubre se impone una nueva dialéctica, de la revolución y contrarrevolución”. Lo demostraba la conversión de Santiago Carrillo y de las Juventudes Socialistas a la estrategia revolucionaria. Fue igualmente la “gran hora” del PCE. El Frente Popular sólo pudo fraguarse, como consecuencia de la presión de Largo Caballero, mediante la inclusión en sus listas de los comunistas y de otros partidos de extrema izquierda. Sin embargo, las contradicciones entre los diversos sectores socialistas hicieron inviable el gobierno del Frente Popular, tras su victoria en febrero de 1936.
Siguiendo a Burnett Bolloten, el historiador madrileño estima que, tras el estallido de la guerra civil, existía un “doble poder” en la España republicana. El PSOE iba siendo hegemonizado paulatinamente por el PCE. El gran proyecto stalinista para España era “la fusión absoluta” de los partidos socialista y comunista. No obstante, De la Cierva estima que Largo Caballero pretendió garantizar la independencia nacional frente a la URSS. Tras su caída en 1937, el período presidido por Negrín no era, a su entender, “un capítulo de la historia del socialismo, sino un capítulo de la historia del comunismo español y del comunismo soviético en la guerra de España”. En consecuencia, exaltaba la actuación de Besteiro en apoyo al coronel Casado. La desaparición de Besteiro coincide con “el final de la historia pública del socialismo español”, que, a partir de entonces, será “la de un destierro y, tal vez (sic), la de una clandestinidad”{77}.
En Leyenda y tragedia de las Brigadas Internacionales se esforzó en desmitificar la trayectoria de los voluntarios izquierdistas en la guerra civil. En ese sentido, destacaba su obediencia y militancia comunista y su condición de “hijos de la crisis, del hambre y de la persecución”{78}. Publicó, además, una divulgativa Historia ilustrada de la guerra civil, publicada por Ediciones Danae, con la colaboración de Manuel Rubio Cabeza y José Lázaro González.
Con gran escándalo de su enemigo Herbert Routledge Southworth y de José Martínez, el promotor de la editorial Ruedo Ibérico, De la Cierva consiguió un gran éxito a nivel internacional, al verse reconocido por el influyente Raymond Carr, quien le invitó, junto al embajador Manuel Fraga, a una cena en St. Antony´s con los jóvenes investigadores Juan Pablo Fusi, José Varela Ortega y Slhomo Ben Ami. Carr tenía una buena relación con el establishment político español, sobre todo con los generales Martínez Campos y Díez Alegría {79}. De la Cierva colaboró en el libro coordinado por Carr, Estudios sobre la República y la Guerra Civil española, al lado de Edward Malefakis, Richard Robinson, Stanley G. Payne, Burnett Bolloten, Ramón Salas Larrazábal, Robert H. Whealy y Hugh Thomas. El madrileño trató el tema de “El Ejército nacionalista durante la guerra civil”. En el texto, insistía en el carácter “popular” del Ejército nacional: unos quinientos mil hombres.
De la misma forma, señalaba que el alzamiento no se hizo contra el régimen republicano, sino contra el Frente Popular. A su entender, la aceptación del liderazgo de Franco y la unificación tanto política como espiritual fueron vitales para el triunfo final del bando nacional. Señalaba que la represión se atenuó cuando Franco asumió el mando único, en ese momento “el derecho de vida y muerte sobre los presuntos enemigos tendría que someterse al supremo arbitraje del cuartel general”. El apoyo exterior a uno y otro bando estuvo equilibrado. El más importante resultó ser el italiano. Franco dominó, según él, en el aspecto logístico. Además, Franco “nunca perdió de vista que luchaba contra otros españoles y que esos españoles acabarían por integrarse en una España única”. De ahí que, por ejemplo, no se destruyeran los embalses de los que dependía el abastecimiento de Madrid{80}.
Su participación y la de Salas Larrazábal en el libro, hizo que Southworth calificara a Carr de líder, junto a Stanley Payne, de una especie de conspiración “neofranquista” en contra de la historiografía proclive a la II República{81}. Hugh Thomas consideraba, por su parte, a De la Cierva “un hombre inteligente del régimen”, que “auspició a varios jóvenes para que escribieran historias opuestas a la mía, pero historias fundadas, documentadas”{82}.
De la Cierva era, por aquellas fechas, consciente, de la crisis experimentada por el catolicismo español. A ese respecto, hacía referencia al “enquistamiento negativo de la religión viva a lo largo de los siglos XIX y XX, al margen de la primera gran marcha del pueblo desde el campo a la ciudad”; a la influencia del movimiento carlista, que supuso el “enquistamiento de la original corriente tradicional española”; a la persistencia del anarquismo como “fenómeno carencialmente religioso”; y al anticlericalismo liberal. La Iglesia no tomó conciencia, además, de la existencia del movimiento obrero, “se marginó de él, lo trató exclusivamente con un sentido paternalista”. Su apologética fue “anticientífica”; y la escolástica se explicaba tan sólo “en sentido decadente”. Calificaba la interpretación de la guerra civil como “Cruzada” de “absolutamente real, pero necesariamente parcial y necesariamente, por tanto, no total y totalizadora”. Fue “una consecuencia histórica necesaria de la persecución”. Con esa trayectoria regresiva, la Iglesia católica española, pretendía, ante el fenómeno conciliar, recuperar el tiempo perdido, lo cual explicaba hechos, como el de la Asamblea Conjunta, que el historiador madrileño calificaba, como católico, de “dolorosa, incomprensible y absurda; como historiador, fríamente, me parece una inversión inconsciente de planos y una inmensa estupidez”. Y señalaba: “Es para pensar que nuestra Iglesia hoy quiere quemar etapas para salvar hacia el futuro aquel retraso. Posiblemente esté quemando, para ese ancho y necesario objetivo, unas reservas. Quizá son para eso las reservas, sobre todo, cuando todo lo esencial se mantiene enraizado en la misma roca”.
En ese sentido, parecía como si estuviese emergiendo una especie de “anarcocristianismo”. Ante toda aquella problemática, propugnaba un “pluralismo de unidad” y la creación de una intelectualidad católica “abierta, autónoma, crítica (y no simplemente mimética, como por desgracia ha sido la incipiente intelectualidad católica que tuvimos en los tiempos de la apologética), apta para esta España en la cual ya no causa escándalo alguno decir que está dejando de ser católica”{83}.
De la Cierva adquirió de nuevo notoriedad como biógrafo oficial de Francisco Franco. Publicada primero en fascículos por la Editora Nacional, la biografía era una obra monumental en dos gruesos volúmenes, con abundancia de fotos y lujosa encuadernación. Sin abandonar la trama narrativa de carácter trágico, el historiador madrileño la combina con el romance, ya que presenta al general Franco como el héroe que pelea contra el mal ganando la batalla. Franco es una esperanza en una sociedad en permanente inestabilidad y decadencia. En su presentación, De la Cierva destacaba, ante la proliferación de obras de autores anglosajones dedicadas a Franco, la necesidad de una biografía “desde dentro, en casa”. Se comprometía, además, a realizar no una “apología benévola”, sino una “crónica fiel que se acerque todo lo posible al ideal imposible de una auténtica historia”. La figura de Franco era analizada en el contexto de una “nueva interpretación de la historia contemporánea de España”. La obra se dividía en dos partes: la primera, de 1892 a 1937, era la de “un ascenso”, “una carrera en el condicionamiento vital de la milicia”; la segunda, de 1937 a 1972, era la de “incertidumbre y victoria en la guerra civil, frustrada esperanza de entreguerras, resistencia alternativa durante la Segunda Guerra Mundial, cerco numantino de la postguerra en Europa, rehabilitación y reintegración internacional, recuperación, despegue y desarrollo económico, concreción institucional y redención cultural del pueblo español que, desde 1951, por vez primera en toda su historia, ya no tiene hambre”. De la Cierva presenta a un Franco marcado emocionalmente por la crisis de 1898.
En ese sentido, resalta su condición de militar. Y es que el Ejército, ante aquella situación de decadencia, se sentía llamado a la “salvación de la unidad nacional en peligro”. Franco era un militar patriota, pero sobre todo un militar profesional preocupado por la unidad de las Fuerzas Armadas. Su matrimonio con Carmen Polo contribuyó a acentuar su conservadurismo; pero sin abandonar su actitud profesional y apolítica. No obstante, la guerra de África y su jefatura de la Legión marcaron igualmente su mentalidad. Ante la crisis de la Restauración, se adhirió, en un principio, a las Juntas de Defensa, pero las abandonó cuando vio peligrar la unidad del Ejército. Respecto a la Dictadura de Primo de Rivera, Franco rechazó sus proyectos de abandono de Marruecos. Valoró positivamente su política de autoridad y de desarrollo económico, pero no su aferramiento a la provisionalidad. Durante el período republicano, siguió manifestando su profesionalismo, pero mostró su desacuerdo con la política militar de Azaña. Mantuvo buenas relaciones no sólo con la CEDA, sino con el Partido Radical. Su actuación frente a la huelga general revolucionaria de octubre de 1934 fue decisiva. Aunque contrario al Frente Popular, no decidió su adhesión al alzamiento hasta no estar plenamente seguro del carácter revolucionario de la situación. Su pensamiento político estuvo marcado por la lectura de Anarquía o jerarquía, de Salvador de Madariaga, los planteamientos de Acción Española, y por los discursos de José Antonio Primo de Rivera. Su régimen se diferenció claramente de los fascismos por su impronta católica y por su recelo ante cualquier tipo de mímesis exterior. Durante la Segunda Guerra Mundial, defendió la neutralidad, salvo en un corto período de tiempo en que quedó seducido por las victorias de Alemania. Tras la entrada de Estados Unidos en el conflicto, Franco desechó cualquier posibilidad de entrada en la guerra. Fue capaz de institucionalizar su régimen y, finalmente, de instaurar la Monarquía y desarrollar económicamente la sociedad española{84}. El libro fue presentado en sociedad, coincidiendo con el ochenta cumpleaños de Franco, por el embajador Manuel Aznar Zubigaray{85}.
Mientras tanto, había logrado, por oposición y gracias al apoyo de Vicente Palacio Atard, la cátedra de Geografía e Historia en el Instituto de Madridejos, en Toledo, que compaginaba con las clases de Historia de las Ideas Políticas en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid; y de Política Exterior Contemporánea en la Escuela Diplomática de Madrid.
A mediados de 1973, fue nombrado Director General de Cultura Popular por el ministro de Información y Turismo Fernando de Liñán y Zofío, con el beneplácito del almirante Carrero Blanco; cargo en el que fue confirmado tres meses después por Pío Cabanillas. En la línea de Manuel Fraga, Cabanillas se mostraba partidario de una política cultural basada en el principio de colaboración y respeto a la autonomía, “en la mayor participación posible de la sociedad”. Hizo pública la idea de crear un Consejo Nacional de la Cultura, una especie de Senado del que formarían parte las personas más influyentes en cada uno de los diversos contextos artísticos e intelectuales. Además, elaboró una Ley del Libro cuyo objetivo era “promover el libro español en sus diferentes modalidades, en sus diversas expresiones lingüísticas, tanto en España como en el exterior”{86}.
Como Director General de Cultura Popular, De la Cierva se pronunció por una política “aperturista” e hizo un llamamiento a los “núcleos intelectuales fieles al Régimen y, a la vez, leales al futuro, que emprendan tareas como la de aquella Acción Española inacabada”. A ese respecto, hizo referencia a la “cuarta apertura” del régimen. La primera se debió a José Antonio Primo de Rivera en sus últimos escritos próximo ya a la muerte. La segunda fue “la social” con la política de José Antonio Girón. La tercera fue “la cultural” con Joaquín Ruíz Giménez al frente del ministerio de Educación Nacional. Y la cuarta debería ser “la política”. En el fondo, De la Cierva intentaba perfilarse, a semejanza de los falangistas de Escorial, como un “franquista liberal”. Definió la cultura popular como “todo lo que constituya el nivel expresivo de un pueblo”{87}. Sus proyectos podían ser considerados ambiciosos. Concebía a la Editora Nacional como “posibilidad de convivencia”. En un principio, anunció la publicación de una biografía de Franco, que inauguraría una colección titulada Libros de Choque. Con la Historia del Ejército Popular de la República, Ramón Salas Larrázabal, se abriría una segunda colección, Libros Decisivos, que abordaría temas políticos, económicos, de política interior y exterior española. Una tercera colección llevaría por título Clásicos del Siglo XX, donde se publicarían obras agotadas o injustamente olvidadas. Escalada se ocuparía de la literatura. Los libros blancos de Editora Nacional presentarían “los auténticos objetivos de la Administración Española”. Libros Directos y del Teleclub se ocuparían del campo de los libros de bolsillo y de divulgación literaria. Entre los directores de estas publicaciones figuraban Vintila Horia, Tomás Solís, el propio De la Cierva, Fernando Díaz Plaja y Luis Sánchez Agesta{88}.
Se declaró defensor de las librerías frente a los ataques que sufrían por parte de algunos grupos de extrema derecha, como los autodenominados “Guerrilleros de Cristo Rey”: “Una amenaza o una agresión a una librería es una amenaza a la Dirección General de Cultura Popular”. Igualmente se mostró partidario de la “amistad entre las cuatro lenguas”: castellano, catalán, gallego y vascuence, “por encima de todo lo que pudiese ser disgregador”. La promoción del libro era otro de sus proyectos: “con Franco, el pueblo español dejó de pasar hambre y aprendió a leer…Ahora hay que conseguir que lea. Esa es la misión de Cultura Popular”. Se esforzó en lograr la reapertura del Ateneo de Madrid, que sería, en lo sucesivo, “un Ateneo centrista, lejos del reducto revolucionario y de la propaganda demagógica, huyendo por igual de la nostalgia y del temor”. Al final, el Ateneo se inauguró oficialmente durante las Fiestas de San isidro de 1974. Otro de sus deseos fue la convocatoria de los intelectuales o su retorno si se encontraban en el exilio. A su entender, “el español del siglo XXI verá en un mismo bloque cultural a Picasso, Casals, Cela y Jesús Pabón”. “¿Quién recuerda ya o da importancia a la política de Goya?”. Y abogaba por el “redescubrimiento de Cernuda”{89}. En ese sentido, se comprometía a garantizar la libertad de los intelectuales mediante “una política de reconciliación”, aunque siempre dentro de la ley. Denunciaba, no obstante, la existencia de un “desfase publicitario, propagandístico de la obra de los intelectuales adeptos al Régimen, y quiero compensar esa situación; quiero hacer por ello mismo que he intentado hacer con los historiadores que han defendido al Régimen de Franco”. “Los intelectuales de izquierda –no me gusta usar esa terminología– han tenido siempre más ayudas, mejores editoriales, mejores libreros, más atención a sus obras. ¿Por qué? Sin duda porque lo prohibido siempre atrae más”. Sin embargo, no se mostraba muy optimista respecto a sus posibilidades de éxito: “Si, creo sinceramente que fracasaré. ¿Por qué?. Sencillamente, porque soy historiador y puedo intuir el futuro. Los intelectuales como grupo, todavía no se ha repuesto del trauma de la guerra civil, porque han sido instrumentos y víctimas de todas las propagandas”{90}.
Sin duda, De la Cierva se convirtió en una de las bestias negras de la extrema derecha del régimen, en particular del sector acaudillado por el notario Blas Piñar López, líder de Fuerza Nueva. Cuando se autorizó una versión “pop” del Cara al Sol Juan Moso Goizueta, desde la revista dirigida por Piñar, lo denunció como una especie de intento de trivialización del himno falangista “para servir de jolgorio en cualquier decadente discoteca, sala de fiestas a gogó o club de gestos híbridos”{91}. El conocido comediógrafo Alfonso Paso denunció las infiltraciones marxistas en los libros de texto de historia de la literatura, con la presencia de escritores como Neruda, Tolstoi, García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández y Ángel María de Lera{92}. Y es que, según denunciaba Ernesto Giménez Caballero, “España no aparta y silencia a los intelectuales disidentes de Estado, sino a aquellos que lo defienden”{93}. El sacerdote tradicionalista Antonio María de Silva de Castro hizo referencia “al pobre La Cierva”{94}. El falangista Rafael García Serrano decía: “Con motivo de cumplir ciento cincuenta años de edad don Salvador de Madariaga ha declarado a los herederos de Ricardo de la Cierva que él no volverá a España mientras el general Franco siga al frente de la Jefatura del Estado español”{95}. José María Ruíz Gallardón le reprochó su permisividad por la publicación de libros subversivos cuyos autores eran Tierno Galván y López Aranguren; al igual que el silencio respecto a autores conservadores como Manuel Machado o José María Pemán{96}. Frente a todas estas acusaciones, De la Cierva contestó: “En un futuro más o menos próximo, pero inevitable, va a producirse en España una inundación de libros demoledores, negativos, libros-revancha contra todo lo que ha supuesto esta época histórica. Esto es lo que se trataba de evitar con aquella política: evitar la ruptura, lograr una inflexión controlada”{97}. De hecho, bajo su égida, la izquierda intelectual escaló posiciones. De la Cierva declaró de “interés nacional” el libro del escritor comunista Manuel Vázquez Montalbán, La penetración americana en España, al igual que el de Carlos Paris, La Universidad española. Posibilidades y frustraciones{98}. Por aquellas fechas, Tuñón de Lara pudo publicar algunos de sus libros e impartir conferencias en España.
Más importantes fueron los ataques a Cabanillas de José Antonio Girón, quien publicó en el diario Arriba, su famoso discurso conocido como el “gironazo”, en el que denunciaba la nueva permisividad y advertía que no podría tolerarse ni el olvido de la guerra civil ni la traición al régimen. Días después Blas Piñar aludió a los “enanos infiltrados” –Cabanillas era hombre de escasa estatura– en el régimen para subvertirlo y denunció la “prensa canallesca”{99}.
El 29 de octubre de 1974, Franco había ordenado al nuevo presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, el cese del ministro Cabanillas; lo cual provocó la dimisión del historiador madrileño. La izquierda intelectual de la época no dudó en homenajearlo. Se le ofreció una cena-homenaje en Barcelona, a la que asistieron Javier Godó, Alfonso Carlos Comín, Josep Pastor, Alexandre Argullós, José Manuel Lara, Jesús Pina, Federico Rahola, Rafael Soriano, Pere Fábregas, José María Boixereu y la adhesión de Carlos Barral, que no pudo asistir al acto{100}. Por cierto, Barral era el escritor favorito del historiador madrileño{101}. No deja de ser significativo que Barral, notorio antifranquista de la “gauche divine” barcelonesa, organizase una especie de bacanales y de orgías celebrando la enfermedad y la muerte de Franco{102}. El escritor comunista Manuel Vázquez Montalbán exaltó, por su parte, a De la Cierva en la revista Triunfo, afirmando que “el balance de su gestión es impresionante, y ahí están los escaparates de las librerías para corroborar lo que digo”{103}. Según señaló posteriormente, le fue ofrecido el cargo de consejero nacional, que rechazó: “Yo quería entrar en la Carrera de San Jerónimo o en el Palacio del Senado por una elección popular, como lo conseguí por dos veces, y no por designación”{104}.
Desde entonces, De la Cierva se dedicó a preparar oposiciones a la Universidad y reanudar su vida intelectual. Su libro Historia básica de la España actual fue escrito al calor de aquellos acontecimientos. A diferencia de lo sustentado por De la Cierva, no se trata en modo alguno de un libro de texto para sus alumnos universitarios. Es un ensayo histórico de síntesis, de contenido abiertamente presentista, muy alarmado por las consecuencias políticas de la cada vez más evidente decadencia física de Franco y su previsible muerte a corto plazo. Como señaló José María Ruíz Gallardón, se trataba ante todo de un libro para políticos{105}. En sus páginas, la trama narrativa trágica vuelve a ser dominante. En ese sentido, afirmaba: “(…) la historia de España de 1808 a 1939 es simple y trágicamente la historia larvada o declarada de un guerra civil”{106}. Su trama narrativa seguía los planteamientos de Jesús Pabón, Vicens Vives, Perpiñá Grau, Velarde Fuertes, Cuenca Toribio, Palacio Atard, Carr, Comellas y los hermanos Salas Larrazabal. La guerra de la Independencia y la pérdida de las colonias a comienzos del siglo XIX marcaron un nuevo y negativo horizonte histórico para España. En ese sentido, su valoración del siglo XIX era muy pesimista: “Ni esta historia quiere ser <conservadora> –dirá–, ni abominar de todo un siglo de esta. Pero negar el carácter trágico del XIX español parece casi masoquismo”{107}. Fernando VII fue “un regio histrión”. La Constitución de 1812 no era más que “un falso mito de estabilidad y seguridad histórica”. La sociedad española fue, a lo largo de aquella centuria, un país pobre y subdesarrollado, inculto y analfabeto, “un país de desajustes, difícil de entender desde dentro y desde fuera”. La Iglesia católica es presentada de nuevo por este intelectual católico como una institución inculta, inmovilista y cerrada al progreso y a la justicia social. Su intelectualidad, salvo en el caso de Balmes y Menéndez Pelayo, era “mimética y reaccionaria”. Claro que el krausismo, su gran enemigo, se configuró como una filosofía “minoritaria, esotérica y estrambótica”. El liberalismo español, globalmente entendido, resultaba “ingenuo y dogmático”; y trató de “convertirse en fantasmagórico ideal en forma de gobierno estable”. El carlismo no sólo fue reaccionario, sino que careció de eficacia política. Isabel II resultó ser una reina mediocre, “moza garrida, iletrada y chulapona”.
Los moderados son calificados de grupo “pragmático”. En el fondo, los identifica con los tecnócratas del franquismo, una “nueva versión para los nuevos tiempos del despotismo ilustrado clásico”. No obstante, ofrecía una visión más bien positiva de Mon y de Bravo Murillo, por su política económica y de infraestructuras. La Unión Liberal es “un centrismo burgués tan despreocupado por su vinculación popular como la etapa anterior”. Las sucesivas desamortizaciones supusieron un duro golpe para el poder económico de la Iglesia, pero no lograron “transformar la configuración de la propiedad agraria”{108}. La revolución de 1868 fue “prematura” y de carácter “pequeño burgués”. Desilusión política y desilusión religiosa provocaron la emergencia del anarquismo. La I República fue una “ilusión muerta”, caracterizada por la “indisciplina y la desintegración”. En un principio, De la Cierva daba una interpretación positiva de la Restauración, cuyo significado profundo fue “salvar, mediante la recuperación del ideal y la realidad monárquica, el caos desintegrador que precedía”. Destacaba el “roquero realismo político” de Cánovas; y el papel de “vertebración institucional y nacionalizador” del Ejército en esta etapa. Nuevo fracaso social del catolicismo español, incapaz de conectar con las clases populares, centrándose en las altas y medias, salvo en el ámbito rural, donde triunfa el sindicalismo católico. El fenómeno caciquil era, según él, “probablemente necesario y podía de hecho constituir una paradójica vía hacia una democracia auténtica”. Destaca la “comprensión y la inteligencia” de Alfonso XII, y lamenta su pronta muerte. El fracaso social de la Restauración se deba a que contempló el movimiento obrero como “un peligro y como un enemigo irreconciliable”, no como un “cauce necesario de frustraciones humanas seculares”. El fin del Imperio significó que “España tendría que sumirse en su propia tragedia para reconectar algo que desde 1898 le estaba vedado: la esperanza”. Sólo la Corona como institución pudo permanecer incólume ante la crisis. Desgraciadamente, Alfonso XIII no tuvo su Cánovas; y fracasó en sus funciones de carácter institucional y simbólico. De nuevo valoró positivamente las figuras de Maura, Canalejas y, naturalmente, su abuelo Juan de la Cierva. Maura fue “el primer teórico, hasta hoy, de la democracia en España”. Califica de “oasis” su “gobierno largo”. La trayectoria de La Cierva se caracteriza por la energía, la honradez y la eficacia. A Canalejas lo interpreta como “un adelantado de la era conciliar”; valora positivamente su “africanismo”, su actitud conciliadora ante el socialismo y su ruptura con el liberalismo económico.
Muy crítico es de nuevo con el líder socialista Pablo Iglesias, “una catástrofe para el socialismo español”, por su intransigencia obrerista. El régimen de la Restauración fue incapaz de dar respuesta adecuada a la crisis de 1917, y lo mismo ocurrió con el desastre de Annual, todo lo cual abrió el paso a la dictadura militar. El gobierno de García Prieto le parecía “un intento infantil, nada serio”. El pronunciamiento de Primo de Rivera fue “un acto incruento, inevitable”. Nuevamente incidía en los graves errores del Dictador: las agresiones institucionales y la “espontaneidad simplificadora”. En ese contexto, se producía la ruptura de la unidad militar y la “frustración política del Ejército”. Más positiva fue su política económica, porque puso en marcha “el ideal intervencionista” y una política de infraestructuras. De la Cierva es muy crítico con Berenguer y sus gobierno, “el error de la Monarquía, un error de régimen y de sistema y de rumbo genérico, no meramente una aberración personal”. Denuncia “la soledad del rey” y la desunión monárquica. Se trataba de un sistema ni dictatorial ni plenamente constitucional. Tacha a Romanones de “irresponsable”. Y sentencia: “La derecha española tiene que sumirse en el desastre para reaccionar. Nunca ha sabido preverlo ni menos ejercer la autocrítica a la hora de evitar las causas”{109}.
Por todo ello, el 14 de abril fue “demasiado fácil, demasiado incruento; fue una inmensa sorpresa para los propios vencedores, que sólo triunfaron porque su propio miedo, su propia desesperanza, fue simplemente menor que el abandono suicida de sus adversarios”. La II República resultó “imposible”, porque heredó “las culpas, las lacras de la Monarquía”. Además, no fue revolucionaria, sino “reaccionaria, incluso en sus fases de demagogia aparentemente izquierdista, porque miraba al pasado en vez de prever el futuro”. Manuel Azaña es descrito nuevamente como “un liberal conspicuo”, “un centrista conservador”, un “filósofo, que se movía en el plano de la concepción y hasta de la intuición política”; fue siempre “un patriota”. Sus reformas, sin embargo, resultaron auténticas agresiones contra el Ejército y la Iglesia, “jamás supo discernir matices”. Sus políticas económicas fueron un fracaso; y careció de política exterior, salvo las elucubraciones de Salvador de Madariaga. En fin, la II República era un tipo de democracia liberal “sobrepasada y anacrónica, fundada en un parlamentarismo casi puro, sin más refuerzos autoritarios en la Presidencia de la República que las pequeñas manías y los resentimientos de un exministro de la Corona”. Al Partido Radical de Lerroux le atribuye el mérito de ser “el primero y hasta ahora el único movimiento político de centro en la historia política de España”. No obstante, las fuerzas de la derecha tampoco salían bien paradas. La CEDA era “la derecha confesional, monárquica remozada, aunque no sectaria, y socialmente mucho más conservadora y reaccionaria que progresista”. Los monárquicos eran “pequeños en efectivos, pero importantes por su influencia económica”. El fascismo español fue “una modernización del nacionalismo y del tradicionalismo”. Su valoración de la figura de José Antonio Primo de Rivera seguía siendo positiva; le atribuye el intento de “nacionalizar a la izquierda”{110}.
La revolución de Asturias no sólo fue antidemocrática, sino que se convirtió, insistía de nuevo el autor, en “una pequeña guerra civil a muerte y, lo que es peor, en su ensayo general con todo para la guerra civil”. En definitiva, se convirtió en ”el antecedente inmediato y decisivo para la guerra civil española de 1936”. Y es que tampoco las derechas estuvieron a la altura de las circunstancias. Gil Robles no sólo sondeó a los militares, sino que fue incapaz de seguir una política de carácter reformista: “la pugna entre su sentido social, derivado de la enseñanza pontificia, y su reaccionarismo, impuesto por las concesiones internas y externas con el capitalismo agrario de la época, tan ciego como antes y después”. Como en el caso de las izquierdas, las derechas carecieron de un programa de política económica creativa, como se demostró con los proyectos de Joaquín Chapaprieta. Las elecciones de febrero de 1936 fueron “un auténtico despliegue de totalitarismo preelectoral”. El centro “quedó borrado, con medio millón escaso de votos”. El Frente Popular era una coalición contradictoria, que fluctuaba entre el reformismo de los republicanos y la revolución de los partidos obreros. A ello se unió la “erupción autonomista”, la legalización gubernamental de las ocupaciones de tierras por parte de los sindicatos, y la obsesión antimilitarista.
Su conclusión estaba muy clara: “La guerra civil fue un fracaso total no de esta o aquella figura, sino de la propia España, con todo su peso real e histórico en cuanto tal España”, “nuestra mayor vergüenza histórica, de la que tardaremos al menos un siglo en reponernos”{111}. Siguiendo a Bolloten, De la Cierva continuaba sosteniendo que en la zona republicana existió un “doble poder”, gubernamental y revolucionario. Largo Caballero se convirtió en víctima de la influencia soviética. Negrín fue el hombre del comunismo en España. La zona nacional encarnó “el ideal político del Vaticano para el Estado católico en los años treinta del siglo XX”. No Mussolini o Hitler, sino Salazar y Dollfuss. De la Cierva reconocía, como había hecho en otros libros, la legitimidad del régimen nacido de la guerra civil; y le atribuía grandes éxitos históricos: unidad de las Fuerzas Armadas, neutralidad en la Guerra Mundial, garantía de orden, restauración de la Monarquía, erradicación del hambre y del analfabetismo y desarrollo económico. Siguiendo a Rodrigo Fernández Carvajal, sostenía que el régimen se había convertido en una “dictadura constituyente y de desarrollo”, aunque en el fondo estimaba que Franco se había comportado como un monarca absoluto en la línea de Carlos III. Sin embargo, criticaba que el desarrollo económico no hubiese tenido como contrapunto un auténtico desarrollo político. Alababa, en ese sentido, a Manuel Fraga. El problema de España radicaba en que, tras la caída de los sistemas políticos de Portugal y Grecia, era “el único Estado de sistema autoritario en toda Europa occidental”. Y no existía una “tercera vía” entre el totalitarismo y la democracia liberal. El destino de España era la democracia liberal. En ese contexto, De la Cierva mostraba su temor ante la posibilidad de una nueva guerra civil, que era un “peligro latente”{112}. De sus conclusiones históricas quien salía peor parada era la extrema derecha, a la que atribuía buena parte de la responsabilidad de la fallida trayectoria histórica de la sociedad española contemporánea, pero que en aquellos momentos se encontraba ya en decadencia: “Sin traducciones respetables, sin el apoyo de la Iglesia, la extrema derecha es ya una cáscara muerta”{113}.
Dándose por aludido, Blas Piñar no dudó en contestar a De la Cierva en un mitin: “¡Qué pena nos da que el señor De la Cierva haya olvidado que entre las cáscaras muertas se encuentra la del plátano, y que, si la cáscara del plátano se pisa, el resbalón es seguro y la caída peligrosa!”{114}.
http://www.nodulo.org/ec/2018/n183p11.htm
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