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Tema: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

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    Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Un repaso a las más famosas leyendas históricas españolas

    *****

    Gala Placidia (año 390-450 d. C)

    (Leyenda layetana)


    Gala Placidia, alma piadosa, cultivada, refinada y artista era hija de un emperador romano, Teodosio el Grande, hermana de dos Emperadores, Arcadio y Honorio, primera reina de la nueva monarquía gótico española, amada apasionadamente por cuántos la rodearon, parecía destinada a una vida feliz, brillante y placentera. Y sin embargo… Su figura, nimbada por la belleza y el dolor, llega hasta nosotros como un hálito de tristeza y melancolía, envuelta en atroz tragedia de odio, envidia y crueldad bárbaras…

    ***
    El más importante tributo que España dio a Roma fue, según la expresión de un poeta latino, el gran número de emperadores españoles, ilustres regidores del Imperio. Así el excelso Trajano, el celoso Adriano, Marco Aurelio, el filósofo y su hermano adoptivo, asociado por él al mando Lucio Aurelio Vero, pertenecientes a la dinastía Antonina, de los buenos días de esplendor. Y cuando el poderío romano vacilante se desmoronaba ante el empuje de los pueblos bárbaros, que desbordaban ya por las fronteras, fue también un español ilustre el que con mano firme le sostiene: Teodosio el Grande contuvo durante su mando la invasión de los bárbaros del Norte. Tenía condiciones de gobierno excepcionales. Pero desgraciadamente para Roma murió cuando más falta hacía, dejando dividió el Imperio entre sus hijos Arcadio y Honorio.

    A Arcadio cupo en suerte el Oriente; a Honorio el Occidente, bajo la tutela del general vándalo Estilicón. La muerte de Teodosio fue como la señal esperada por los pueblos bárbaros para las invasiones. Los godos bajaron a las campiñas de Italia. Derrotados por Estilicón se contuvieron, de momento. Radagasio, caudillo de varias hordas, sufre la misma suerte y sus gentes se refugian en las Galias (Francia) y en España. Es cuando saltan el Pirineo los suevos, vándalos y alanos. Estilicón ha muerto víctima de la traición y cobardía de Honorio y ya nadie puede contener las invasiones.

    Alarico I lanza, otra vez, a los godos sobre Italia; asalta y saquea Roma y “como si su destino hubiera sido tan solo clavar su espada en las puertas del Capitolio”, muere al poco tiempo. Otro miembro de la familia Balta, sagrada entre los godos, Ataúlfo, le sucede en el mando. Y Honorio para alejar aquel peligro constante, pacta con Ataúlfo. Los godos, al servicio de Roma, lucharán contra los otros invasores de las provincias imperiales. La prenda de este pacto será Gala Placidia, la hermosa hermana del emperador, de quien prendióse Ataúlfo.

    Y Gala Placidia se sacrificó por la Patria. Acaso renunció a algún amor juvenil ilusionador. Se casó con el jefe godo. La boda tuvo mezcla del refinamiento decadente del Imperio y de la bárbara pompa de los pueblos nuevos recién enriquecidos. Ataúlfo se presentó vestido a la romana y seguido de cincuenta mancebos que ofrecían a la bella desposada azafates llenos de joyas y pedrerías preciosas procedentes del saqueo de Roma... Y fue así como los godos, guiados por Ataúlfo -que tal vez sintió, igual que Alarico, una voz interior que le gritaba: Anda a dominar a los otros bárbaros invasores de España y funda allí una monarquía poderosa- pasaron el Pirineo, y fue así también como el jefe godo, con su mujer Gala Placidia, estableció su corte en Barcelona.

    ***
    Los visigodos estaban más civilizados que los otros invasores del Imperio. Los prolongados años de contacto con los romanos, el haber sido tropas auxiliares de varios emperadores, y, sobre todo el cristianismo -aunque herético- que profesaban, dulcificaron un tanto sus costumbres, romanizándolos superficialmente. En el fondo quedaba, no obstante, el espíritu belicoso, acostumbrado a imponer su ley por el hierro y el fuego y mal avenido con la paz, la tranquilidad y el sosiego.

    Ataúlfo eran más culto que los otros de su raza. Tenía espíritu de gran señor. El amor a su esposa, romana espiritual y artista, la convivencia con ella, le transformaron en un hombre refinado y pacífico, más amante del progreso y de las dulzuras de la paz que del torbellino, los atropellos y las crueldades. de la guerra. Siete hijos le había dado Gala Placidia; había muerto el hijo primogénito y el dolor de esta pérdida unió más a los dos esposos. Ataúlfo -el que quiso antes borrar de la tierra el nombre romano- se romanizó totalmente. Pero ya no fue el monarca sagrado -el Balta- en quien su pueblo confiaba; perdió el amor de su gente; la traición hizo lo demás. Una conjuración de nobles, acaudillados por el ambicioso Sigerico, le quitaba el trono y la vida, asesinándolo en su propio palacio.

    ***
    Sigerico no solo representaba el espíritu intransigente y belicoso de los godos, estaba poseído por un odio furioso a todo lo romano y por una envidia vil de su antecesor; los seis hijos de Ataúlfo y Placidia -el mayor contaba doce años- cayeron por el puñal de los sicarios del nuevo monarca. La hermosa romana sufrió asimismo vejaciones atroces. Arrastrada a presencia de Sigerico y obligada a besar la sandalia del bárbaro, el mismo rey, asesino de su esposo y de sus hijos, le anunció la terrible humillación que la preparaba: formaría en el cortejo que recorrería las calles de la ciudad para la proclamación del nuevo soberano, e iría desnuda totalmente, montada en un caballo negro delante del carro de combate del triunfador. -Así quedará memoria eterna de mi venganza -agregó Sigerico- y Roma recibirá a la vez la noticia de la muerte de tu marido y la de tu vergüenza al ser expuesta en público a la ciudad de Laye (Barcelona).

    Ni las lágrimas ni los ruegos de la bella Placidia conmovieron el duro corazón de Sigerico. El bárbaro ultraje se verificó: Gala Placidia, apenas cubierto su hermoso cuerpo con una larga cabellera de oro, fue paseada por las calles de Barcelona sobre un caballo negro. Detrás iba en su carro de guerra el nuevo rey visigodo; seguía el cortejo real fastuoso y bárbaro. Al final del recorrido, el caballo que conducía a la infeliz ex reina, fustigado furiosamente, fue abandonado con la preciosa carga en las calles solitarias, ahora temerosas las gentes de provocar la cólera del nuevo e injusto rey.

    ***
    Por fortuna, Sigerico sólo reinó ocho días. Cayó víctima del acero de los mismos caudillos que le ayudaron a asesinar a Ataúlfo y a los cuales había horrorizado la crueldad y sed de venganza del que ellos elevado al solio. Las legiones romanas empezaron a moverse desde las Galias contra los godos. Las guiaba un buen general, Constancio, movido por el estímulo de libertar a Gala Placidia y vengar el atroz ultraje. Constancio adoraba a Gala desde la juventud y Honorio, el Emperador, le hizo la promesa de casarle con su hermana, si la libertaba, y de asociarle al mando con el título de Augusto. Walia, el sucesor de Sigerico, comprendió que le convenía pactar con los romanos. Devolvió la libertad a Gala Placidia, entregándola a Constancio. Recibió en cambio la Aquitania y continuó guerreando con los otros pueblos bárbaros invasores de España, por cuenta de Roma.

    ***
    La hermosa viuda de Ataúlfo, recibida con ternura por Honorio, casó de nuevo con Constancio, el amor de su juventud, asociado por su cuñado al Imperio como Augusto. Más tarde ocupó el solio imperial durante la minoridad de su hijo -habido en el matrimonio con Constancio- Valentiniano III. Heredera de las altas cualidades del gran Teodosio, dotada de una firmeza de ánimo que sus desgracias y las del Imperio habían fortalecido, Placidia poseyó el arte de escoger buenos generales y rodearse de ministros hábiles. Sostuvo así durante su mando el edificio en ruinas del Imperio Romano y logró desviar el peligro de la invasión de Atila.

    Pero ni la ternura de su nuevo esposo, ni el cariño de sus hijos, ni los cuidados del gobierno lograron borrar del todo el recuerdo de la bárbara tragedia. De vez en cuando, una sombra de tristeza y de dolor nublaba la clara mirada de sus ojos garzos… Recordaba los horribles días del final de su reinado sobre los visigodos, el terrible camino recorrido por las calles de Barcelona una tarde de agosto del año 415. Tragedia amasada por el odio, la envidia y la crueldad, episodio doloroso que, rebotando de siglo en siglo, recogido por el pincel de los artistas e inmortalizado en lienzos famosos ha llegado hasta nosotros, nimbando la hermosa figura de la hija de Teodosio de un aire de simpatía al par que de melancolía dulce y atrayente…






    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 19:04
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Un rey nada puede

    (Leyenda leonesa de la bella Jacober)

    Alfonso I, llamado después el Católico, ocupó el trono de la recién nacida monarquía asturiana el año 739, al morir trágicamente Favila -hijo del fundador D. Pelayo- destrozado en una cacería por un oso. Alfonso era hijo de Pedro, Duque de Cantabria, y estaba casado con la hermosísima Ormesinda, hermana de Favila.

    Afluían constantemente al entonces exiguo reino fugitivos cristianos, de lugares más o menos lejanos, ansiosos de encontrar en las montañas de Asturias y Cantabria, al amparo del poder de sus reyes, asilo seguro donde librarse de las vejaciones que les hacían sufrir los musulmanes.

    Alfonso, belicoso de suyo, saturado de los santos ideales de reconquista que animaron a su suegro Pelayo, viendo, además, aumentarse de día en día el número de sus súbditos, se lanzó a poco de ocupar el trono a la lucha contra los moros invasores, emprendiendo campañas sucesivas y afortunadas. Abandonó las montañas, cruzó los puertos y descendió a la meseta, llevando a las poblaciones oprimidas la buena nueva del resurgir de España.

    Fueron en realidad, expediciones de aceifas o razzias que dieron a Alfonso I el sobrenombre de “el Temido”. Quedó desde entonces entre los dominios cordobeses y los asturianos una comarca poco. Poblada, sujeta a las correrías de unos y otros, vasto desierto estratégico, en los llamados “Campos Góticos” o tierras de Toro y de Campos.

    Astorga había caído en poder del monarca cristiano. Era plaza fuerte e importante. El botín fue cuantioso. Los prisioneros en número extraordinario. Los cristianos de la comarca, liberados, acudían a acudir a rendir pleitesía al rey astur, quien escuchaba, según costumbre de aquel tiempo, sus quejas a fin de vengar afrentas recibidas de la morisma.

    A la derecha del improvisado trono, levantado en una extensa pradera de las cercanías para celebrar la ceremonia, se alineaban largas cadenas de moros prisioneros, cuya suerte estaba decidida de antemano: serían reducidos a la servidumbre o caerían bajo el hacha del verdugo. Muy cerca del trono, en una de las cadenas de prisioneros, acertó a quedar colocado un hermoso mancebo, de pura raza árabe, que miraba al monarca vencedor con ojos fieros, fulgurantes como brasas.

    Transcurría el desfile de gentes cristianas, como en tantos otros casos semejantes: besaban la orla del manto real en señal de sumisión y acatamiento, y exponían sus quejas o sus agravios, que el monarca, tras informarse rápidamente, mandaba remediar a los capitanes del séquito. De improviso, el cordón formado por los soldados de la guardia, fuertes y aguerridos, armados de largas lanzas, fue roto por una hermosa muchacha mora.

    Jacober-Al-Mufita, que así se llamaba la joven, dijo, en el lenguaje vulgar, mezcla de latín y godo con palabras árabes, en uso por entonces, a los soldados:

    -¡Perdonad; quiero pedir una gracia a vuestro señor! ¡Dejadme acercar a él!

    Alfonso I, a quien llamó la atención el incidente, informado por uno de los capitanes, dio orden de permitir que la hermosa mora cumpliera su deseo.

    - ¡Señor! -dijo Jacober, hincando las rodillas y sonriendo con inocente desenvoltura que cautivó al monarca-, vengo a pediros una gracia, con la seguridad de lograrla de vos.

    -Habla y dime qué quieres- concedió el rey.

    -¡Os pido la vida de mi prometido; ese árabe de barba negra, que está ahí, a vuestra diestra!

    La voz recia y varonil del prisionero se elevó, antes de que el rey hubiera tenido tiempo de mirar.

    -¡No quiero la vida! No quiero deberla un rey enemigo. Cúmplase en mí la ley del vencedor. ¡Soy prisionero y deseo la muerte! ¡Véte, Jacober!

    Alfonso, interesado por el incidente, volvió la cabeza y examinó con rápida mirada al prisionero. En verdad era gallardo el mozo.

    -¿En qué te fundas, Jacober, para pedirme la vida de ese hombre? ¿Ha hecho algún mérito? ¿Lo has hecho tú, acaso?... Levántate.

    Sonrió la muchacha y repuso sin levantarse:

    -¡Señor!, no hay mérito ninguno; pero le adoro con toda mi alma y, si él muere, yo moriré también. Os pido su vida en nombre de mi amor. ¡Salvad a mi Yusuf, Señor!

    Los hermosos ojos de Jacober, negrísimos y enormes, se llenaron de lágrimas. El rey, conmovido por tanta belleza y tanto amor, tuvo un gesto magnánimo. Y pronunció estas palabras que después se han hecho proverbiales:

    -¡Bien, sea! Yusuf no quiere que yo, su vencedor, le perdone la vida; pero no seré yo; será tu amor. Un rey nada puede contra el amor verdadero.

    Yusuf y Jacober se casaron aquella misma tarde. Alfonso les permitió conservar sus bienes. Y de esta gentil y enamorada pareja mora tuvieron origen las célebres familias de los Xifras-Al Mufita y de los Abbas-ben-Seffás. Así al menos lo cuenta la viejísima conseja.


    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 21:51
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Las Fervencias

    (Leyenda castellana)

    Buen monarca y buen guerrero, pero rudo cruel, astuto, feroz y sanguinario; tal era el Rey de Aragón, Alfonso I el Batallador. Tuvo el gran pensamiento político de reunir todos los reinos cristianos españoles -al menos Castilla, unida entonces a León, con Aragón- en una monarquía única y fuerte. Mas su matrimonio con Dª Urraca, reina de Castilla, a causa del carácter ligero y liviano de ella y de la dureza y brusquedad de él, lejos de producir la ansiada unión de ambos Estados, fue un semillero de disgustos, discordias intestinas y guerras civiles.

    Complicaron la situación al intervenir en las contiendas los partidarios del príncipe heredero de Castilla -el que luego se llamó Alfonso VII el Emperador-, hijo del primer matrimonio de Dª Urraca con Raimundo de Borgoña, la actitud del obispo Gelmírez y la de los condes de Portugal. Fue uno de los períodos de mayor anarquía, más tristes y desgraciados del reino castellano.

    Episodio de estas luchas es el dramático suceso que se conoce con el nombre de las “Fervencias”, impregnado del ambiente de la tierra castellana con sus hondas virtudes raciales de lealtad, honor, decisión y arrojo.

    ****
    Allá por el año 1113, los caballeros de Ávila, deseosos de poner término a las luchas que originaba el desdichado reinado de Dª Urraca y valladar a las ambiciones del Batallador, abrigaban el propósito de trasladar a su ciudad desde Simancas, donde estaba, al príncipe Alfonso Raimúndez con el fin de proclamarle rey.

    Alfonso I de Aragón, al tanto de estos propósitos, envió un embajador a Ávila, pidiendo le recibiesen en la ciudad con obediencia de súbditos. Blasco Jimeno, alcaide a la sazón, contestó al mensaje del aragonés, haciéndole saber que los caballeros abulenses le recibirían cordialmente e incluso le ayudarían en la guerra contra el moro; pero que se opondrían con todas sus fuerzas y se le mostrarían enemigos, si intentaba apoderarse del príncipe niño, jurado y reconocido por ellos como heredero de Castilla.

    Decidido el monarca aragonés a llevar adelante sus proyectos, acampó en las cercanías de la ciudad con poderoso ejército, cuando ya estaba el príncipe dentro de sus muros. En seguida envió nuevo mensaje a Blasco Jimeno. Era el mensajero uno de los mejores capitanes de su séquito y el alcaide le recibió rodeado de los más destacados caballeros.

    -Castellano -dijo el embajador-: mi rey y señor me envía a manifestaros que corren rumores por el reino de que el infante D. Alfonso ha muerto; si es así, os pide le franqueéis las puertas de la ciudad, y le reconozcáis como soberano. En otro caso os ruega que os dignéis mostrárselo y promete y empeña su palabra real de, cerciorado de la falsedad del rumor, levantar el campamento y alejarse de Ávila.

    -Decid a vuestro soberano -contestóle Jimeno- que el rey de Castilla, mi señor D. Alfonso, se encuentra sano y bueno y que todos los caballeros avileses estamos juramentados para dar la vida en su defensa, si fuera necesario. No nos negamos a que el rey de Aragón penetre en Ávila a condición de que lo haga con sólo seis acompañantes, aunque vengan armados.

    Y como el mensajero iniciara un gesto, acaso desconfianza, añadió el leal alcaide:

    -Escuchad todavía: los abulenses ofrecemos sesenta personas, escogidas entre las principales familias, en rehenes. Permanecerán en vuestro campamento hasta que retorne a él el rey con su séquito. Pero ha de obligarse, so pena de ser tenido por perjuro, felón y fementido, a devolvernos los rehenes intactos y sin agravio alguno.

    El mensajero se mostró conforme; las dos partes -el capitán en nombre y con autorización de su rey- juraron fidelidad a lo pactado.

    Poco después, mientras el monarca aragonés se acercaba a las murallas de Ávila, acompañado de sus mejores guerreros, dejaban la ciudad los rehenes y se encaminaban, en derechura, al campamento.

    ****
    Blasco Jimeno salió al encuentro del soberano aragonés:

    -Yo creo, buen Blasco -dijo éste, tras las obligadas cortesías- que vuestro rey es vivo y sano. Conque no es menester entrar en la ciudad. Bastará le traigáis para mostrármele o, al menos, que lo hagáis desde lo alto de la muralla.

    Recelaron los de Ávila alguna celada y subieron al rey niño al cimborrio de la catedral, no queriendo mostrarle desde muy cerca. Vióle el aragonés; a caballo, como estaba, hizo al joven príncipe respetuoso saludo, que el niño contestó con igual comedimiento, y, tras despedirse de los caballeros avileses, retornó al campamento.

    El Batallador iba ciego de cólera. Habían fracasado sus planes ante el tesón y la lealtad de aquellos castellanos. Sin pensarlo más, por una de las reacciones brutales propias de su carácter, mandó degollar a todos los rehenes La ira lo llevó hasta el punto de hacer hervir las cabezas de aquellos infelices, confiados a su lealtad y a su palabra, para enviarlas, como escarmiento, a las poblaciones del reino.

    El sitio donde tuvo lugar la tragedia se llamó, desde entonces, las Ferventias, por haber sido fervidas -como se decía a hervir en el viejo idioma de Castilla- allí las cabezas.



    ****
    Apenas se supo en Ávila la terrible nueva, Blasco Jimeno, al frente de más de dos mil caballeros, seguida de una hueste de guerreros muy numerosa, salió de la ciudad para retar al rey de Aragón. Le alcanzó en Fontiveros. Blasco se adelantó hasta colocar su caballo frente al de Alfonso I de Aragón. Y le retó por cruel, infame, alevoso y perjuro. En su furor, llevó las cosas tal vez demasiado lejos. Los mismos caballeros avileses estaban espantados y llenos de estupor por la dureza de las palabras de Blasco.

    De pronto, Alfonso dijo en voz baja algo a uno de los capitanes y éste desenvainando la espada lanzó su brioso corcel sobre el valiente alcaide, descargándole furiosa estocada. Blasco Jimeno se defendió: atravesó al agresor con la lanza, hirió a unos cuántos más; al fin, cayó acribillado a estocadas y lanzazos. Las dos huestes se aprestaban a embestirse, pero la intervención de varones prudentes logró que se apartaran sin combatir.

    ***
    En el lugar donde ocurrió esta segunda tragedia se levantó humilde ermita. Cuando después aquel príncipe niño llegó a ser un gran rey de Castilla y León, Alfonso VII el Emperador; cuando con la espada ganó tierras y laureles, premió la lealtad de los abulenses con grandes exenciones y privilegios. Desde entonces, Ávila se llamó “de los caballeros” y ostenta en su escudo la figura del rey-niño asomado a una almena.

    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 15:21
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

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    La "Campana de Huesca"

    (Leyenda del rey aragonés Ramiro II el Monje, 1086-1157)

    Le sacaron del convento donde, “ni envidiado ni envidioso” vivía retirado hacía cuarenta años y le sentaron en el trono de Aragón. Alfonso I el Batallador había muerto sin sucesión (año 1134) y los nobles aragoneses, en quienes prendieran las ideas del feudalismo al uso de Francia, pensaron que ningún rey sería más adecuado para consentirles la vida libre y semiindependiente a que aspiraban que aquel hermano del Batallador, monje benedictino, al cual suponían débil de carácter.

    Así subió Ramiro II, ya casi sexagenario, desde el claustro al trono de sus mayores. Y, efectivamente, la tolerancia y liberalidad que mostró el nuevo monarca en los primeros pasos fue interpretada como falta de energía; los nobles empezaron a dar señales de inquietud y desobediencia. Se burlaban -sobre todo después de las derrotas que les infligieron castellanos y navarros- de aquel monarca, más amigo de la paz y del sosiego que de cabalgar e ir a la guerra. Le llamaban Rey Cogulla y era objeto de ludibrio y mofa. Ramiro II, probo y recto, bondadoso y pacífico, pero a la vez autoritario, duro y severo, esperó pacientemente algún tiempo, confiando en que los señores feudales del reino acabarían por reconocer su error y depondrían la actitud levantisca. No logró nada: los nobles se mostraban cada día más altivos, agresivos e intransigentes. Las burlas arreciaban: la anarquía en la nobleza llegaba al paroxismo.

    ****

    Fray Frotardo, abad de Tomares, paseábase aquella tarde en el claustro del monasterio, salmodiando los latines de su breviario. El rezo fue interrumpido por la llegada de dos caballeros aragoneses de la Casa del Rey. Ramiro II había sido monje en Tomares y fray Frotardo dirigió como confesor durante muchos años la conciencia del ahora monarca de Aragón. Los caballeros, llegados a matacaballo, eran portadores de una carta sellada para el abad. Leyóla éste en silencio. Contaba en ella Ramiro sus apuros y pedía el consejo del que sabía era prudente y talentudo.

    -Seguidme -dijo el Abad a los mensajeros. Y descendió con ellos, sin hablar más palabras, al huerto del convento. Macizos de flores le exornaban y en un bancal crecían soberbias coles rematadas por frondoso penacho de anchas hojas.

    El abad tomó en sus manos una vara y empezó a golpear las cabezuelas de las flores que se elevan sobre sus pies. Caían tronchadas las coronas más altas y orgullosas. Después con una hoz, y siempre en silencio, comenzó a cortar los tallos y la parte superior de las coles frondosas.

    -Id y contad al Rey lo que habéis visto; es mi respuesta -dijo el abad, sonriente, al terminar la extraña tarea.

    Partieron los mensajeros al galope de los caballos, sin explicarse aquella misteriosa embajada y contaron a su señor lo sucedido.

    ***

    En Huesca, capital a la sazón del reino aragonés, el Rey había convocado Cortes. Acudieron al llamamiento acaso con el propósito de acabar con el anciano Monarca y, sobre todo, con el de mofarse del proyecto extravagante que el Rey Cogulla les había anunciado pensaba realizar: construir una campana, cuyo tañido se oyese en todo el reino. “Cosas del viejo fraile que era el Rey”, comentaban entre ellos con desprecio.

    Tan poseídos estaban del poder propio; tan seguros de la falta de energías del Rey Monje que aquellos quince nobles -los más ricos e influyentes- y el famoso e inquieto caballero D. Ordas no se recelaron de acudir uno a uno, cuando a medida que entraban en el palacio, eran llamados por el Rey para consultarles privadamente negocios importantes. El Rey Cogulla les conducía con misterio a una cámara secreta donde -decía- guardaba el tesoro con el cual pensaba fundir la colosal y monstruosa campana, cuyo tañido había de congregar a la nobleza, sumisa a la voz del Monarca. Sonreían con petulancia los llamados ante la extravagancia del anciano y, con aire de superioridad, bajaban a la cámara.

    *****

    Hervía en los salones del palacio real la multitud de nobles aragoneses que asistía a las Cortes. Estaban convidados a suntuosa fiesta. Un cortesano dijo unas palabras al oído de Ramiro el Monje.

    -¡Vais a ver -exclamó el Rey- la campana que he mandado fundir en los subterráneos del palacio para que pregone la gloria y la fortaleza del rey D. Ramiro¡ Estoy seguro que su tañido os hará prudentes y comedidos, serviciales y solícitos a mi voz.

    Y los condujo a la cámara misteriosa. Abrió por sí mismo la puerta de la estancia e invitó a todos a que fueran bajando a contemplar la campana.
    Los primeros que descendieron a la cripta retrocedieron espantados: el terror se pintó en los semblantes y un grito de horror se escapó de todas las gargantas.

    En el centro de la sala y pendientes del techo estaban las cabezas de los quince magnates decapitados, formando círculo perfecto, y en medio de ellas, sobresaliendo de las demás, la del caballero D. Ordas, como si fuera el badajo de la horrorosa y terrible campana.



    ***

    Y los tañidos de la famosa campana -que aún, según la tradición, se escucha de noche en el antiguo palacio real de Huesca con sonido congojoso-, recogidos por la leyenda, la literatura y el arte, se han perpetuado a través de los siglos y han llegado hasta nosotros con un eco trágico y espeluznante.


    .
    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 18:53
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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