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Tema: Angustia Coronavírica

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  1. #1
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    Re: Angustia Coronavírica

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    Angustia coronavírica

    Juan Manuel de Prada


    Hace mucho que la ciencia abandonó su cometido natural --el conocimiento de la naturaleza-- para convertirse en una idolatría que expulsa la fe religiosa al lazareto de las supersticiones, brindando explicaciones "científicas" (en realidad, completamente supersticiosas) a lo que antaño se consideraban realidades sobrenaturales. Así por ejemplo, la idolatría científica niega la existencia del alma o del acto creador de Dios, para hacer creer a las masas cretinizadas que la naturaleza puede ser dominada en sus causas primeras por la ciencia (y para que las masas cretinizadas, a la vista de estos adelantos "científicos", puedan creerse Dios). De tal modo esta idolatría de la ciencia ha logrado embaucar a las masas cretinizadas que ya nadie se pregunta por qué, por ejemplo, hay científicos capullos que "saben" que el alma no existe o que Dios no creó el mundo, pero en cambio no saben cómo matar el bichito de la caries.

    De vez en cuando, sin embargo, sobreviene un cataclismo que hace añicos todos estos embelecos. Así ocurre ahora con la plaga del coronavirus. El espejismo del dominio de la naturaleza se hace añicos; y surge el fantasma de la angustia. El hombre religioso no tenía una solución "práctica" para el problema del mal, pero contaba con una explicación teológica esperanzadora; y contaba, además, con una comunidad que cuidaba amorosamente de él, absorbiendo el terror destructivo del mal. Las masas cretinizadas se han quedado sin una explicación teológica para el problema del mal, fiándolo todo a las soluciones "prácticas" que brindaba la ciencia; y se han quedado también sin comunidad, pues ahora cada miembro de la masa cretinizada se cree Dios. Pero llega entonces el bichito del coronavirus, contra el que la ciencia no tiene solución "práctica" alguna (como tampoco, por cierto, contra el bichito de la caries o el catarro); y entonces se rompe en mil añicos aquella fantasía supersticiosa del dominio sobre la naturaleza que la idolatría científica había conseguido imponer. Inevitablemente, surge entonces la angustia, que --como señalaba Max Scheler-- es un fenómeno típicamente moderno, nacido de un afán engreído de control sobre la naturaleza que acaba generando pavor ante lo incontrolable. Las masas cretinizadas descubren con horror que las soluciones "prácticas" de la ciencia no bastan; y descubren también que carecen de explicaciones teológicas y de una comunidad que las sostenga, porque entretanto han desaparecido los vínculos comunitarios entretejidos por la religión.

    La angustia llena entonces el vacío que ha dejado la idolatría; y la angustia crece todavía más ante la expectativa de sufrimientos que no podremos soportar (porque, entretanto, la idolatría científica ha rebajado considerablemente nuestra capacidad para soportar el dolor). Pero la idolatría científica, que no puede permitirse parecer impotente, tiene también una solución para nuestra angustia. Ya que no puede eliminarla (como tampoco el bichito del coronavirus, del catarro o de la caries), puede eliminar a los hombres enfermos o angustiados, evitando al mundo el espectáculo demoledor del fracaso de la ciencia. Puesto que las masas cretinizadas lo han fiado todo al poder ilimitado de los avances científicos, deben también entregar su vida a estos avances. ¡Si la ciencia no puede procurarnos una cura, al menos debe procurarnos una muerte dulce que nos libere de la angustia! ¡Ven, eutanasia liberadora, y aparta de nosotros la angustia de saber que la idolatría de la ciencia era una quimera irrisoria!

    Feliz cuaresma para todos los angustiaditos y todas las angustiaditas.




    https://www.abc.es/opinion/abci-juan...1_noticia.html
    ¿Es cristiano para un articulista que se auto proclama católico ensañarse 7 veces en 20 líneas contra las "masas cretinizadas? ¿Cuáles son? ¿Las que no le leen?

    Tampoco parece muy literario.

    Huele a problema psicológico.


    .
    Última edición por ALACRAN; 07/03/2020 a las 19:00
    DOBLE AGUILA dio el Víctor.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
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  2. #2
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    Re: Angustia Coronavírica

    Es que él no se considera dentro de esa "masa cretinizada"; estaría bien que esas expresiones las realizara frente a su "queridísima" Susana Grisso.

    Yo intenlectualmente, podría entender que ante una emergencia epidemiológica, no se permitiera el besapié (como de hecho se hace aquí también en Cartagena, con una talla de González Moreno de la Cofradía Marraja, perteneciente una Agrupación hermanada con la de Madrid). Lo que ya NO ME CUADRA nada, es que las autoridades sanitarias no cierren DE UNA VEZ esas aplicaciones de móvil, que sirven para que "la gente" (en expresión podemita) intercambie fluidos corporales todos los fines de semana. ¿Acaso han hecho alguna declaración en ese sentido?. ¿No hay mucho más riesgo en eso?, pregunto.
    ALACRAN dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: Angustia Coronavírica

    Histeria por el coronavirus: la verdadera actitud de un católico en una escena inolvidable




    Queremos compartir con ustedes esta escena (5 minutos) de la película “El Frente infinito” (1960), que nos debe motivar a reaccionar de una manera digna frente a la histeria ante el coronavirus, de la cual desgraciadamente se están dejando llevar muchos en la iglesia, sin duda revelando la corrupción en la fe que esconden.

    La escena evidencia la conducta del verdadero católico en tiempos de guerra, zozobra, epidemias, incertidumbre o riesgo para vida, que no es otra que apegarse y conservar con más fuerza si cabe la Santa Misa, y permanecer en ella a toda costa, y con más motivo, si hay peligro de muerte cercano.

    Pidamos a Dios para que este ejemplo pueda motivar a fieles y sacerdotes a mantener el coraje y valentía cristiana frente a la pusilanimidad y cobardía.




    https://adelantelafe.com/histeria-po...a-inolvidable/


    Pious dio el Víctor.

  4. #4
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    Re: Angustia Coronavírica

    Dado que el coronavirus mata solo a gente mayor debería ser bienvenido por las autoridades. ¿Acaso no están ellas en aprobar una ley de eutanasia y quitarse ancianos de encima? ¿De qué se quejan? El coronavirus les está echando una mano...
    Vamos, como si les hubiera oído.
    Pious y Agustín Acuña dieron el Víctor.
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  5. #5
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    Re: Angustia Coronavírica

    Detente, coronavirus


    En carlistas de Aragón nos dan un buen consejo




    Mañana, al parecer, tiene todas las probabilidades de que el Gobierno declare el “estado de alarma” por la crisis desatada por el COVID-19.

    Junto a todas las medidas que las autoridades sanitarias piden se sigan, desde este humildísimo blog, recomendamos el uso del “Detente” que en otras ocasiones resultó tan eficaz para combatir plagas, guerras y males de todo tipo junto a la oración y las prácticas propias del tiempo litúrgico en que estamos, llevándolo encima en un bolsillo o en la cartera, prendido a la ropa, en la puerta de casa, …


    DETENTE, CORONAVIRUS, EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ CONMIGO





    https://barraycoa.com/2020/03/13/detente-coronavirus/

  6. #6
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    Re: Angustia Coronavírica

    El Detente o “Salvaguarda” ante la Gran peste de Marsella de 1720


    Gran peste de Marsella en 1720

    Detente o detente bala es un escapulario, bien de chapa o bien de tela con la leyenda «Detente, bala, el Sagrado Corazón está conmigo» o los más antiguos simplemente «Detente, bala», que llevaban junto al corazón los combatientes tradicionalistas de las distintas guerras de los siglos XIX y XX. Dicha leyenda solía estar acompañada por una representación del Sagrado Corazón de Jesús. Los detentes se asocian normalmente con el movimiento carlista aunque su uso estaba generalizado entre muchos católicos. Ya hablamos al principio del libro de la devoción entre los carlistas al Sagrado Corazón. Una devoción extendida por la cristiandad gracias a las apariciones a santa Margarita María de Alacoque.

    En una de las muchas apariciones, más concretamente en la del 2 de marzo de 1686, Jesús le pidió que difundiera esta petición: «Él (Jesús) desea que usted mande a hacer unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas peque- ñas para llevarlas puestas». Ella misma llevaba una debajo del hábito, a la altura del corazón, e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo.

    Cruz de Borgoña.

    Esta imagen empezó a llamarse «salvaguarda» a raíz de una peste en Marsella,
    en 1720, la gente se ponía este escapulario del Sagrado Corazón para protegerse de la plaga. Bordeando la imagen se escribía la leyenda «Oh, Corazón de Jesús, abismo de amor y misericordia, en ti confío». La eficacia del salvaguarda fue tal que permitió expandir la devoción al Sagrado Corazón por toda la ciudad. Durante la Revolución francesa, los católicos veneraban esta imagen y los revolucionarios los tuvieron como «la manifestación viva del fanatismo» y una provocación contrarrevolucionaria.

    Durante el juicio de la reina María Antonieta se presentó como prueba contra ella un pedazo de papel muy no que poseía y en el que estaba dibujada la imagen del Sagrado Corazón, con la llaga, la cruz y la corona de espinas, y con la leyenda:

    «Sagrado Corazón de Jesús, ten mise- ricordia de nosotros». Fue a raíz de la guerra franco-prusiana, cuando muchos soldados franceses católicos fueron al frente con esa imagen para que les protegiera. En la guerra civil espa- ñola, todos los requetés llevaban cosido el detente bala en sus camisas, al lado del corazón.


    Fuente: Eso no estaba en mi libro de historia del carlismo








    https://barraycoa.com/2020/03/13/el-...sella-de-1720/
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  7. #7
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    Re: Angustia Coronavírica

    Esto es lo que hay que hacer en vez de cerrar iglesias:



    El arzobispo de Poznan propone más misas dominicales ante el coronavirus

    Stanislaw Gadecki ha propuesto incrementar el número de misas dominicales para evitar aglomeraciones




    Con motivo de la epidemia del coronavirus, aún intensificada en países europeos como Italia, Francia y España, se sigue abordando lo relacionado con las prevenciones de propagación (aunque algunos sanitarios sostienen que ya no se está en fase de contención).

    A lo largo de la primera mitad de la presente semana, tanto el gobierno nacional como los de algunas regiones han comenzado a adoptar medidas tales como la suspensión de clases, la prohibición de eventos que congreguen a un mínimo determinado y la prohibición de vuelos comerciales entre países como Italia.

    La situación ha llegado a poner sobre la mesa (bueno, mejor dicho, incorporar al debate público) la consideración de suspensión de eventos como partidos de fútbol, las Fallas valencianas y la Semana Santa. También se ha llegado a abordar cómo desarrollar actividades religiosas.

    Ahora bien, la Iglesia Católica de Polonia, país donde, a las 23:45 del 10 de marzo de 2020, la cifra no alcanzaba la treintena, ha pensado en medidas que hagan compatible la precaución recomendada por los sanitarios con una práctica religiosa en condiciones.

    Precisamente, Stanislaw Gadecki, arzobispo de la diócesis de Poznan (ubicada en el voivodato de Gran Polonia), también famoso, junto al de Cracovia, porsus aguerridas opiniones frente a la amenaza revolucionaria (en su cuarta fase), ha hecho una propuesta de práctica religiosa bastante plausible.


    De acuerdo con Catholic Herald, Gadecki ha propuesto incrementar el número de misas dominicales (al mismo tiempo que ha aconsejado a ancianos y enfermos seguir la misma por medios audiovisuales o telemáticos) para evitar aglomeraciones en un momento dado.

    A juicio del también representante supremo de la Conferencia Episcopal Polaca, «del mismo modo que los hospitales tratan las enfermedades del cuerpo, la Iglesia está para sanar las enfermedades del alma. Por ello es inimaginable que no debamos orar en nuestras iglesias».





    https://www.tradicionviva.es/2020/03...l-coronavirus/


  8. #8
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    Re: Angustia Coronavírica

    Modelo polaco. Omella aconseja la misa por TV. Pues no: necesitamos más misas y más sacerdotes mártires

    Las leyes injustas no hay que cumplirlas y las eucaristías privadas niegan la comunión a los laicos.


    Eulogio López 13/03/20




    La confusión empieza a resultar curiosa. Infolibre, un medio progresista, naturalmente, pone al cardenal, José Luis Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), como no digan dueñas por permitir, gran pecado contra lo políticamente correcto en tiempos de coronavirus, mantener abiertas las iglesias. Y el inefable Jiménez Losantos, progre de derechas y comecuras liberalísimo, hace lo propio y en la misma dirección: ¡qué vergüenza, Omella no cierra los templos! Es un asesino que pretende inocular el maligno virus a los fieles a la luz de las velas. La salud de los fieles le preocupa muchísimo a don Federico.

    Sin embargo, miren por dónde, vamos a la página oficial de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y encontramos un escrito tan corto que parece elaborado por alguien realmente desganado y no muy a favor de la propuesta. Ahí la tienen: Omella aconseja a los fieles que vean la misa por la tele. Incluso, cuánto bueno, se aporta un horario de las misas digitales, de la que insisto, el Magisterio asegura que no cumplen el precepto dominical y que, casualmente, hacen imposible la comunión del Cuerpo de Cristo. Ahí donde el cristiano se traga su propia salvación o su propia condenación.

    Mucho mejor Osoro que Omella, malo el uno, peor el otro, y una lección para ambos: no esperes el aplauso de los cristófobos, no les hagas concesiones en materia tan crucial como la Eucaristía: sólo sirve para que te insulten mientras traicionas a los tuyos.

    Mantener las iglesias abiertas para rezar. Se puede rezar en muchos sitios pero comulgar solo en la Iglesia y de forma presencial, no digital.

    De misa por TV nada, como los polacos: ¿Qué hay que evitar las aglomeraciones? Pues en lugar de una misa con 1.000 fieles haré diez misas con 100.

    Y si Sánchez exige, como en Italia, cerrar las iglesias… pues no se le obedece y en paz. Las leyes injustas no hay que cumplirlas. Y el sacerdote santo está llamado a dar buen ejemplo, aunque el buen ejemplo le lleve al martirio.

    Además, El sacerdote nunca se salva ni se condena sólo… y es mucho lo que está en juego.

    En cualquier caso, a última hora de la tarde, llegaba una igualmente equívoca nota de la Conferencia Episcopal Española (CEE) que podría haber sido enviada por el MInisterio de Sanidad, al que tanto se cita. Ahí va el texto clave: "Las celebraciones habituales de la Eucaristía pueden mantenerse con la sola presencia del sacerdote y un posible pequeño grupo convocado por el celebrante. En caso de celebraciones abiertas al pueblo recomendamos evitar la concentración de personas, siguiendo las instrucciones citadas en el apartado".
    O sea, que la Eucaristía se ha hecho para los curas. Pues si quieren cumplir las normas del Gobierno celebren misas en parques, espacios abiertos, aparcamientos, el Santiago Bernabéu. Ahí hay mucho espacio para mucha gente, convenientemente separada... con distancia social.




    https://www.hispanidad.com/confidenc...16979_102.html






  9. #9
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    Re: Angustia Coronavírica



    De pluma ajena: De virus, de tragedias y de realidades últimas –o bien «De cuaresma y de metanóia»–



    * Nota preliminar:

    Las siguientes líneas no pretenden avanzar juicio alguno sobre el estado de conciencia de ninguna persona en particular, cosa que está reservada exclusivamente a Dios. Lo que se procura es iluminar la situación actual desde la única fe verdadera en orden a ayudar a elevar la mirada al lector de buena fe, para que se tome cada vez más en serio la vida y la oriente cada vez más hacia Dios –que es de lo que se trata la cuaresma–.


    ¡Ah! «Metanoia» translitera el griego μετάνοια, que quiere decir «conversión», pero propiamente en el sentido de «cambio completo y radical de mentalidad, reprogramación total del proyecto, redefinición de prioridades».


    ________________________________


    Lo que la pandemia del Corvid-19 y la psicosis babilónica multinacionalha puesto en evidencia es una realidad sumamente trágica. Muchos la veíamos ya desde antes; pero ahora se hace evidente para muchos otros.

    Todo el mundo está pensando en cómo protegerse; nadie piensa en cómo convertirse.
    Todos procuran huir de la muerte; nadie prepararse para ella.

    Lo que pasa es que, más allá de las apariencias, ya no quedan, prácticamente, cristianos; de un gran número de sacerdotes y obispos, ni hablar… Lasciamo perdere, como se dice en italiano. Sea como sea, cristianos quedan pocos. Pocos tienen fe.

    Y es esta tragedia de la falta de fe, cuya ausencia a escala mundial es la antesala segura de la segunda venida del Señor (Lc 18,8), lo que ha quedado de manifiesto a partir de estos acontecimientos.

    La tragedia de la falta de fe en tantas personas resalta con evidencia solar a partir de aquello que inspira de manera directa y espontánea sus juicios prácticos, de carácter decisional. Lo único que los inspira es el miedo a la muerte. Y esto tampoco por temor al juicio divino, lo cual sería ya una auténtica fe inicial –puesto que «el inicio de la sabiduría es el temor del Señor» (Pr 9,10; cfr. Sir 1,14)–, sino simplemente porque son amadores de este mundo, amigos del mundo.

    En efecto, no es la posibilidad de enfrentarse a lo que inexorablemente se enfrentarán lo que los aterra, sino la posibilidad de tener que dejar aquello que aman. No los atemoriza aquello a lo que se enfrentarían, porque para ellos, en realidad, no se trata de otra cosa que de una «realidad» etérea, fantasmagórica, sin peso ni consistencia efectiva alguna; por el contrario, aquello que aman, en primer lugar sus afectos, es decir, sus lazos humanos, y en segundo lugar las cosas que prefieren, o sea, sus gustos, sus placeres, sus afecciones, son para ellos algo sumamente consistente, son el centro en torno al cual hicieron gravitar sus vidas. El Dios mismo en quien, algunos, con los labios dicen creer entra en sus vidas como Pilato en el Credo, «de costadelli», solamente en función de garantizar aquello a lo cual ante todo aman: la permanencia de sus lazos afectivos.

    El Cielo, para ellos, es el plan B. Y es que, a decir verdad, no les interesa. En todo caso, se trata de una hipótesis secundaria, una posibilidad lejana, una vaga teoría cuyo origen se desdibuja en la nebulosa de lejanas mitologías escuchadas distraídamente durante la niñez, carente de toda repercusión en la conducta y en la vida concreta, porque no es, ciertamente no lo es, el destino al queanhelan llegar, el fin que desean alcanzar. No. Sus deseos y sus anhelos más profundos están volcados sobre otras cosas, sobre cosas de este mundo. No consideran que sus vidas están escondidas en Cristo, porque no viven sus vidas como pertenencia de Cristo, porque no entienden ni quieren ni procuran entender que no se pertenecen, sino que le pertenecen a Cristo (cfr. Col 3,1-4). Son esos «católicos» que pueden recitar de memoria todos las formaciones de Boca y de River o de la Selección desde los años ’50 hasta nuestra fecha, pero que no pasan de Pedro si se les pide que elenquen la lista de los 12 apóstoles. No. Es que, en realidad, NO-LES-IN-TE-RE-SA-TRES-PE-PI-NOS. Ni los apóstoles, ni Jesucristo, ni el evangelio, ni la Iglesia.

    Y es por eso que para la graaaan, graaaaaan, grandíííííííííísima mayoría de las personas de nuestro tiempo, incluso un enorme número de «cristianos», resulta inexplicable que Dios sea «tan malo». Entendámonos: Dios no es malo, en él no hay siquiera la más mínima sombra de mal, él es todo bondad, bondad infinita e inagotable, hasta tal punto que él es la fuente única de todo bien y que todo lo que sale de él es bueno. Dios no es malo, pero lo perciben como malo aquellos que, justamente porque aman a este mundo, se vuelven enemigos de Dios, y toman como criterio de bondad aquello que les gusta y les causa satisfacción y placer y no aquello que se ordena a Dios.

    Dios no es referencia para los amadores de este mundo. Aunque lleven la etiqueta de «católicos». Incluso entre muchos «católicos», Dios es un simple convidado de piedra, un decorado exterior, un personaje imaginario que transcurre en paralelo con la vida, en la cual lo esencial y verdaderamente importante son los lazos afectivos con los seres queridos. Como lo único que para ellos tiene consistencia es el mundo, Dios, la Iglesia y el evangelio tienen que cambiar para adaptarse al mundo y a los tiempos: «¿Cómo van a pretender “convertir”! ¿Cómo van a pretender tener “la Verdad” absoluta! ¿Por qué no dejan que cada uno tenga las creencias que le parece, si una vale tanto como la otra y lo importante es no pelearse! ¿Cómo se permiten imponer una moral sexual, una moral social, una bioética! No. Que Dios la Iglesia y el evangelio me dejen vivir como me pinta, según lo que ya elegí y decidí, y que busquen la manera de cambiar su discurso para justificar mis opciones». Este tipo de discurso no es cosa exclusiva de personas ajenas a la Iglesia, sino que encuentra el consenso activo de muchos «católicos».

    Es siempre la misma «forma» mental, siempre el mismo principio orientador, el mismo criterio; lo que cambia es la materia a la que se aplica: puede ser el celibato, la orientación sexual, la ideología de género, la admisión de los sodomitas al sacerdocio, la validez positiva o hasta la equivalencia de todas las religiones… lo que sea. Siempre el principio y el criterio de los amadores del mundo va a subordinar a su imperativo y a sus preferencias todo lo que pretendan decir Dios, el evangelio, la Iglesia.

    Pero los amadores de este mundo son enemigos de Dios. Esto lo dice explícitamente la Biblia, en la que no creen los obispos y sacerdotes cuyas almas fueran infectadas por el virus «Modernismo 2.0» –muchísimo más grave que cualquier otro–, aunque se pasen todo el tiempo hablando de ella: «… ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» (οὐκ οἴδατε ὅτι ἡ φιλία τοῦ κόσμου ἔχθρα τοῦ θεοῦ ἐστιν; ὃς ἐὰν οὖν βουληθῇ φίλος εἶναι τοῦ κόσμου, ἐχθρὸς τοῦ θεοῦ καθίσταται –St 4,4).

    P. Christian Ferraro14.03.20




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    Valmadian y Agustín Acuña dieron el Víctor.

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    Re: Angustia Coronavírica

    Secretario del Papa advierte: la gente abandonará la Iglesia si la Iglesia les abandona en la epidemia

    Por Carlos Esteban | 16 marzo, 2020

    El padre Yoannis Lahzi Gaid, secretario del Papa Francisco, advierte en una carta revelada por Crux del peligro de que el pueblo de Dios perciba que la Iglesia les ha abandonado en este difícil tiempo de prueba y, a su vez, abandone la Iglesia para siempre.

    “En la epidemia de miedo que estamos todos viviendo debido a la pandemia del coronavirus, corremos el riesgo de comportarnos más como mercenarios que como pastores”, advierte el padre Yoannis Lahzi Gaid, secretario personal de Francisco, en una carta fechada el 13 de marzo en la que urge a llevar los sacramentos a los fieles en este tiempo de necesidad, publica Crux.

    “Creo que ciertamente la gente abandonará la Iglesia cuando esta pesadilla haya terminado, porque la Iglesia les ha abandonado cuando ellos estaban necesitados”
    , alerta Gaid.

    Gaid, quien ha confirmado que la carta transmite sus pensamientos personales y que no está reflejando necesariamente los pensamientos del Pontífice, recuerda el episodio de la tradición en el que San Pedro, en medio de la persecución que sufre la naciente Iglesia bajo la tiranía de Nerón, se dispone a huir de Roma y en el camino se tropieza con Jesús, que le dice que va a la ciudad a ser de nuevo crucificado. Esta aparición mueve al primer Papa a rectificar y a volver para ser martirizado con sus hermanos.


    “Humanamente hablando, Pedro tenía todo el derecho del mundo a huir para salvar su vida de la persecución y quizá establecer otras comunidades y otras iglesias”, dice la carta. “Pero en realidad estaba actuando según la lógica del mundo, como Satanás; es decir, pensando como los hombres y no como Dios”.

    “Pensamos en todas las almas que tienen miedo y se quedan solas porque nosotros, sus pastores, seguimos instrucciones del poder secular, lo que está bien y es claramente necesario en este momento para evitar contagios”, dice. Pero añade que, al hacerlo, los sacerdotes corren el riesgo de “dar de lado las instrucciones divinas, lo que es un pecado”.

    “Estamos pensando como los hombres, no como Dios”, insiste. “Estamos entre los asustados y no entre los médicos, enfermeras, voluntarios y padres de familia que están en primera línea de fuego”, se lamenta. Y aconseja, refiriéndose a los laicos, lo que ya ha afirmado el Papa: “Deben saber que pueden correr en cualquier momento y refugiarse en sus iglesias y parroquias y ser allí bien recibidos”, resaltando que la Iglesia debe ser el “número gratuito” al que puede llamar cualquiera “para hallar consuelo, para pedir confesión, para recibir la comunión, o para pedir oraciones por los seres queridos”.

    Gaid urge a los sacerdotes a no permanecer como “espectadores” a medida que avanza la pandemia, sino a aumentar las visitas a los hogares, tomando las precauciones necesarias. “De otro modo, se estarán llevando a los hogares pizzas y hamburguesas pero no comunión para quienes la necesitan porque son ancianos o están enfermos. Supermercados, quioscos y estancos permanecerán abiertos, pero no las iglesias, recuerda. Y reconoce que esos servicios cubren necesidades materiales valiosas, “pero nosotros tenemos que hacer lo mismo por las almas”.


    https://infovaticana.com/2020/03/16/...n-la-epidemia/
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


    Nada sin Dios

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    Re: Angustia Coronavírica

    ¿Es la Conferencia Episcopal Española un organismo burocrático?


    Coronavirus y clericalismo


    P. Santiago Martín FM

    Católicos ON LINE


    La Conferencia Episcopal alemana ha celebrado esta semana su asamblea plenaria, en la que ha salido elegido, como era previsible, un obispo en la línea de la inmensa mayoría de los prelados que componen esa Conferencia.

    Monseñor Batzing, obispo de Limburgo, quizá no sea tan radical como otros, pero se ha mostrado decidido a seguir adelante con el Sínodo y con la aplicación de lo que en él se apruebe. Veremos si consigue desactivar alguna de las propuestas más enfrentadas con la tradición, como la de la ordenación de mujeres o la aprobación de las relaciones homosexuales.

    También en esta misma plenaria ha sido reelegido el secretario general, el P.Langendorfer, jesuita, que había renunciado y advertido que no quería seguir; le han vuelto a nombrar, advirtiendo eso sí que está de forma temporal hasta que encuentren un sustituto, que posiblemente será una sustituta, pues muchos desean que ese cargo lo ocupe una mujer.

    Pero la atención del mundo y de la Iglesia no estaba esta semana puesta en Alemania, sino en la epidemia del coronavirus. Ya dije la semana pasada que en el norte de Italia se habían suprimido las misas para evitar el contagio, pero que los centros comerciales, el metro, los bares e incluso el museo de la catedral de Milán estaban abiertos.

    Pues bien, ya se han producido los primeros conflictos. Varios sacerdotes han celebrado misa y la gente ha ido. Uno de ellos, que tenía dos misas en su parroquia, ha celebrado cinco para que la gente pudiera estar más distanciada entre sí; a pesar de eso, el obispado correspondiente le ha abierto una investigación acusándole de desobediencia; el cura no se ha callado y ha dicho que si le tienen que castigar que le castiguen pero que él no es un funcionario sino un sacerdote y tiene el deber de dar apoyo espiritual a sus fieles, precisamente cuando más lo necesitan.

    En otro caso, ha sido la policía la que ha acudido a la iglesia durante la misa y ha evacuado el templo, llevando ante el juez al sacerdote que, por lo demás, cumplía las normas que ha impuesto el Gobierno italiano y que exigen que la gente esté separada entre sí un metro para evitar el contagio. Vuelvo a repetir: se está cayendo no sólo en el disparate sino también en la violación de los derechos de los fieles, que tienen el derecho a recibir los sacramentos, cumpliendo eso sí las medidas de precaución que determinan en cada caso las autoridades sanitarias.

    Suprimir el acceso a los sacramentos, ¿no es un acto de clericalismo? ¿Ha pensado alguien el dolor que representa para muchas personas no poder comulgar? Se está abriendo la mano para que puedan comulgar personas que no pueden hacerlo y, en cambio, se priva de la comunión a quien tiene derecho a ello. Vuelvo a preguntar, ¿no es eso clericalismo? Hay que poner condiciones para evitar los contagios, pero es absurdo que puedas ir a un bar a tomarte un capuchino y no puedas ir al templo a rezar o a comulgar.

    Menos mal que hay todavía obispos sensatos. Uno de ellos es monseñor Roland, obispo de Ars, la tierra de San Juan María Vianney, que ha publicado un aviso en la web de su diócesis diciendo que allí no se van a cerrar las iglesias ni a suprimir las misas.

    Incluso ha añadido que cada uno podrá comulgar como quiera, en la boca o en la mano. “Me niego a ceder al pánico colectivo”, ha afirmado, señalando que más que temer a la epidemia del coronavirus habría que temer a la epidemia de miedo que a tantos está contagiando. Precaución y respeto a las normas sanitarias sí, pero histeria no. Y mucho menos violación de los derechos de los fieles a poder acudir ante el Sagrario, a nutrirse de la Eucaristía y a recibir el perdón de sus pecados.

    Como dice monseñor Roland en su carta, en situaciones mucho más serias, en las grandes plagas, los cristianos se reunieron para hacer oración, para ayudar a los enfermos, asistir a los moribundos y enterrar a los muertos. Ni se apartaron de Dios ni se escondieron de sus semejantes. Quizá es porque tenían más fe en el poder de Dios y en la existencia de la vida eterna.


    CON MI LUPA: Coronavirus y clericalismo
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


    Nada sin Dios

  12. #12
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    Re: Angustia Coronavírica

    Cabalgando el coronavirus



    Mientras nos encontramos en los comienzos de lo que se prevé una larga cabalgata sobre el coronavirus, podemos ya ir recogiendo algunas conclusiones preliminares:



    1. Curiosamente y más allá de nuestras fantasías épicas, no es necesaria la llegada del Anticristo montado en un dragón escupiendo fuego y rodeado de una jauría de demonios aullando para desestabilizar al hombre y al mundo. Un virus con apenas el 5% de letalidad en el peor de los casos, es suficiente para hacerlo en apenas una semana. Somos mucho menos importantes de lo que pensamos, y el capitalismo globalizado es más frágil de lo que jamás se nos ocurrió suponer.

    Los gobiernos progres que denunciaban cualquier intento de aislamiento de los países más pobres y tendían puentes y abrían tranqueras, ahora se están encerrando a cal y canto: ni bolivianos ni paraguayos podrán ingresar al país, y nadie dice nada, ni siquiera Página 12. Sería interesante proponerle a los defensores de la ideología de género que lanzaran una agresiva campaña dirigida a las personas mayores a fin de enseñarles cómo autopercibirse como niños de diez años. De ese modo, evitarían todo riesgo. La naturaleza se impone y, cuando lo hace, las ideologías se desmoronan en cuestión de horas.

    2. Otra enseñanza que nos deja el virus está relacionada con un tema que hemos tratado en otras ocasiones: el hombre moderno ha abandonado la racionalizad y la sensatez, y se mueve y toma decisiones teniendo en cuenta solamente las emociones. Circuló por la web una carta escrita por el coordinador de geriátricos de alguna zona de España en la que en un tono lastimero pedía a los sacerdotes, en pocas palabras, que impidieran que las personas mayores asistieran a misa porque los residentes en geriátricos son las primeras víctimas del coronavirus, es decir, de la muerte. Quienes viven en geriátricos y las personas mayores son las primeras que morirán, querámoslo o no, con coranavirus o sin coronavirus. En condiciones normales, el ser humano tiene una tasa de mortalidad del 100%. ¿Es que es necesario recordar que la vida humana es finita y que a los ochenta o noventa años la muerte está irremediablemente cerca?

    He visto el video de un sacerdote plañendo como una magdalena porque se contagió del coronavirus y porque ahora toda su casa, incluidas sus cortinas y su cama, están llenas del virus. Yo entiendo que las emociones son parte integrante de la naturaleza humana y no podemos prescindir de ellas, pero también sé que deben estar dominadas por la razón. ¡Habrase visto un pastor joven llorar frente a sus ovejas porque se agarró un gripe —que de eso no pasará en su caso— y porque los padres mayores de algunos feligreses están con coronavirus y probablemente mueran! After virtues, como dice McIntyre. Emotivismo puro. Tiene razón el Papa Francisco cuando habla de la peste del coronavirus y de la peste del miedo, y ésta es mucho más peligrosa que aquella. El miedo —que es una emoción—, desbocado puede llevar a situaciones mucho más graves que la que pueda provocarnos el bichito.

    4. En el fondo, lo que le molesta al mundo y lo que le molesta a buena parte de los católicos es que el virus, y la naturaleza, no les obedezca. Nos malacostumbramos a dominar la naturaleza, y hacer del día noche, y del verano invierno con ayuda de nuestros artilugios tecnológicos. Lo que está sucediendo nos recuerda que, en realidad, somos incapaces de dominar siquiera a un microbio. Y nos viene bien recordarlo a todos, incluso a los que renegamos del mundo moderno y ansiamos, en la imaginación, vivir en tres acres de tierra con una vaca y cinco gallinas. Si aspiramos a ese retorno a la vida medieval, debemos aceptar también que aparezca un virus y se lleve en pocos días a los mayores y a los que no lo son tanto.

    En el fondo mas profundo, vemos una enorme falta de humildad y la consecuente incapacidad para someternos a la voluntad divina, aceptando que cargamos sobre nuestras espaldas el pecado original y todas sus consecuencias, nos guste o no.

    5. Y cuando todo pase, quedarán ruinas. La crisis económica, como señalan los especialistas y los que no los somos podemos percibirlo, será brutal. Veremos si el capitalismo planetario es capaz de recuperarse de las heridas que está sufriendo. Y esto significa, entre otras muchísimas cosas, que millones de personas perderán sus empleos, y ya no podrán pagar sus hipotecas por lo que perderán sus casas, e imaginemos todo lo que sigue.

    Todos sabemos que un ambiente de catástrofe como el que se avecina es el momento propicio para la aparición de los grandes salvadores de la humanidad. Y me cuesta creer que a la humanidad actual le interese seguir a un líder cristiano, si es que este apareciera; la creo más propensa a seguir a Julián Felsenburgh, o a alguno de sus primos.



    6. La peste ha sido un medio privilegiado para comprobar la sinceridad de nuestros pastores. Corresponde destacar en primer lugar la actitud que tuvo ayer el Papa Francisco que se acercó a Santa María Maggiore a rezar a la Salus Populi Romani, y la imagen de su solitaria peregrinación por la vía del Corso para rezar ante el crucifico milagroso que se conserva en la iglesia de San Marcello, es reconfortante. Lo justo es justo.

    Los episcopados, en cambio, han tenido una actitud indignante. En España, aunque el real decreto no prohibe los actos de culto —solamente indica que debe conservarse la distancia de un metro entre cada uno de los fieles—, la mayor parte de los obispos han prohibido las misas públicas. En Madrid, la única posibilidad de asistir a misa por estos días, es en la capilla de la Fraternidad San Pío X. Veremos qué pasa en Argentina con las disposiciones que tomó ayer el gobierno nacional. Sin embargo, importa destacar que, en al menos diez diócesis españolas, la misa se sigue celebrando con asistencia de fieles, y algunos obispos, como el de Jerez, están ofreciendo una mirada sobrenatural de la situación.

    Y aquí cabe otra reflexión. En situaciones como estas, es necesario ser racionales y juiciosos, y evitar fundamentalismos. Nadie puede poner en duda que la distribución de la comunión en la boca es un fuente próxima de contagio. La opción, dice la mayoría, es comulgar en la mano. Para mí, esa no es una opción. Lo es, en cambio, no comulgar. Ya lo dije en otro post. Aunque nos cueste aceptarlo porque desde hace algunas décadas así se impuso, se pude ir a misa y no comulgar. Es lo que hicieron todos los católicos durante mas de mil quinientos años. La obligación es comulgar una vez al año, por Pascua de Resurrección. No es necesario comulgar diariamente, ni semanalmente, ni siquiera mensualmente. Si estamos en gracia, podemos recurrir a la comunión espiritual, que no es lo mismo que comunión sacramental, pero fue siempre recomendada por todos los santos y doctores. Y mal no nos va a venir privarnos durante algún tiempo de la Sagrada Eucaristía pues, como todo, hará que cuando retornemos a ella, más la valoremos.



    The Wanderer: Cabalgando el coronavirus
    ALACRAN dio el Víctor.

  13. #13
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    Re: Angustia Coronavírica

    «¡No tengáis miedo!» Meditación navideña de Mons. Viganò

    por Mons. Carlo Maria Viganò

    15/12/2020[/SIZE]

    Duerme, Niño del Cielo; los pueblos
    no saben Quién ha nacido
    y en un humilde establo
    polvoriento está escondido.

    Mas un día habrán de ser
    tu noble heredad
    y conocerán al Rey.

    Manzoni, Il Natale


    En menos de dos semanas, por la gracia de Dios, concluirá este año 2020, marcado por acontecimientos terribles y una gran agitación social. Permítanme que formule una breve reflexión a fin de dirigir una mirada sobrenatural al pasado reciente y el futuro inminente.

    Los meses que dejamos atrás han constituido uno de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad: por primera vez desde el nacimiento del Salvador, las Santas Llaves han sido empleadas para cerrar los templos y limitar la celebración de la Misa y de los Sacramentos, casi anticipando la abolición del sacrificio diario que, según profetizó Daniel, tendrá lugar durante el reinado del Anticristo. Por primera vez, muchos nos vimos obligados a asistir a la celebración de la Pascua de Resurrección por internet y nos vimos privados de la Comunión. Por primera vez nos hemos dado cuenta, con dolor y consternación, de la deserción de nuestros obispos y párrocos, que están atrincherados en sus palacios y residencias por miedo a una gripe estacional que se ha cobrado casi el mismo número de víctimas que en los últimos años.

    Hemos visto, se puede decir, a los generales y los oficiales abandonando su ejército, y en algunos casos poco menos que pasarse a las filas enemigas para imponernos una rendición incondicional a los absurdos razonamientos de la pseudopandemia. Jamás a lo largo de los siglos ha encontrado tanta pusilanimidad, tanta cobardía y tanta manía de complacer a nuestros perseguidores terreno abonado entre quienes deberían ser nuestros guías y caudillos. Lo que más nos ha escandalizado a muchos ha sido constatar que en dicha traición participa la cúpula de la jerarquía mucho más que los sacerdotes y los fieles de a pie. Desde la más alta Sede, de la cual habría cabido esperar una intervención con autoridad y firmeza en defensa de los derechos de Dios, la libertad de la Iglesia y la salvación de las almas, nos ha venido la exhortación a obedecer leyes inicuas, normas ilegítimas y órdenes irracionales. Es más, en las palabras que los medios de prensa se han apresurado a difundir desde Santa Marta, hemos reconocido muchos, demasiados guiños al lenguaje iniciático de lo políticamente correcto de la élite mundialista: fraternidad, ingreso mínimo universal, nuevo orden mundial, build back better, gran reseteo, nada volverá a ser como antes, resiliencia.Palabras todas de la neolengua que atestiguan un mismo sentir entre quien las pronuncia y quien las escucha.

    Es una auténtica intimidación, una amenaza no muy velada, con la que nuestros pastores han ratificado la alarma de pandemia sembrando el terror entre los sencillos y dejando abandonados a los moribundos y los necesitados. En el colmo de un cínico legalismo, se ha llegado a prohibir a los sacerdotes escuchar confesiones y administrar los últimos sacramentos a quienes habían sido abandonados en las salas de cuidados intensivos, privar de sepultura religiosa a nuestros difuntos y negar el Santísimo Sacramento a numerosas almas.

    Por el lado religioso, hemos visto tratar a los fieles como extraños y negarles el acceso a nuestras iglesias, como se hacía con los moros, mientras continúa inexorablemente la invasión de inmigrantes irregulares para llenar la arcas de organizaciones supuestamente humanitarias. Por el lado civil y político, hemos descubierto la vocación de tiranos de nuestros gobernantes, que con una retórica alejada de la realidad pretenden que los consideremos representantes del pueblo soberano. Desde jefes de estado y primeros ministros a gobernadores regionales y alcaldes, nos han impuesto el rigor de la ley como si fuéramos súbditos rebeldes, sospechosos a los que hubiese que vigilar incluso tras de la intimidad de los muros domésticos, o criminales a los que perseguir por la soledad de los bosques o a la orilla del mar. Hemos visto a personas arrastradas por soldados con uniforme antidisturbios, ancianos multados mientras se dirigían a la farmacia, comerciantes obligados a tener cerrado el local y restaurantes a los que se imponían rigurosas medidas de seguridad para posteriormente decretar el cierre de los mismos.

    Hemos visto desconcertados a gran cantidad de supuestos expertos –la mayor parte de los cuales faltos de toda autoridad científica y en buena parte con un grave conflicto de intereses debido a su relación con compañías farmacéuticas o con organismos supranacionales– pontificando en televisión y en la prensa sobre contagios, vacunas, inmunidad, gente que da positivo, obligatoriedad de las mascarillas, riesgos para los ancianos, contagiosos asintomáticos y la peligrosidad de que se reúnan las familias. Nos agobian con expresiones esotéricas como distanciamiento social o aforo máximo, en una serie incesante de contradicciones grotescas, alarmas absurdas, amenazas apocalípticas y preceptos sociales y ceremonias sanitarias que han sustituido a los ritos religiosos. Y mientras esos, generosamente pagados por intervenir a todas horas, aterrorizan a la población, nuestros gobernantes y políticos ostentan la mascarilla ante las cámaras de televisión para luego quitársela enseguida.

    Obligándonos a ir enmascarados como seres anónimos y sin rostro, nos han impuesto un tapabocas totalmente inútil para evitar el contagio y nocivo para la salud, pero indispensables para que nos sintamos sometidos y homologados. Nos impiden curarnos con terapias válidas y conocidas, mientras nos prometen una vacuna que quieren hacer ya obligatoria antes de conocer su eficacia, habiendo probada de forma incompleta. Y para no arriesgar los enormes beneficios de las farmacéuticas, les han concedido inmunidad por los daños que dichas vacunas pudieran ocasionar a la población. Nos han dicho que la vacuna será gratuita, pero que habrá que costearla con el dinero de los contribuyentes aunque los fabricantes no nos garanticen que nos librará del contagio.

    Ante semejante perspectiva, que recuerda a los efectos desastrosos de una guerra, la economía de nuestros países está por los suelos, mientras las empresas de comercio en línea, las agencias de reparto a domicilio y las multinacionales de la pornografía aumentan sus ingresos. Cierran las tiendas pero se mantienen los centros comerciales y los supermercados, templos del consumismo en los que cualquiera, incluso aquejado de covid, no deja de llenar el carrito de productos extranjeros como mozzarella alemana, naranjas marroquíes, harina del Canadá, teléfonos celulares y televisores fabricados en China.

    El mundo se prepara para el Gran Reinicio, nos dicen obsesivamente. Nada será como antes. Tendremos que acostumbrarnos a «convivir con el virus», sometidos a una pandemia perpetua que alimenta el Moloc farmacéutico y legitima unas limitaciones cada vez más odiosas de libertades fundamentales. Aquellos que desde la cuna han predicado el culto a la libertad, la democracia y la soberanía popular, nos gobiernan ahora privándonos de la libertad en nombre de la salud, nos imponen la dictadura y se arrogan una autoridad que nadie les ha conferido jamás, ni desde arriba ni desde abajo. Y el poder temporal que la Masonería y los liberales siempre han criticado en los pontífices romanos, hoy lo reivindican en un sentido inverso con miras a someter a la Iglesia de Cristo al poder del Estado con la aprobación y colaboración de los más altos jerarcas eclesiásticos.

    En este panorama humanamente desconsolador surge un dato ineludible: hay una brecha entre quienes ejercen la autoridad y los que les están sometidos; entre gobernantes y ciudadanos, entre la Jerarquía y los fieles. Un monstruo institucional en el que el poder civil y el religioso están casi enteramente en manos de personajes sin escrúpulos nombrados por su total ineptitud y sumamente vulnerables a los sobornos. Su misión no consiste en administrar la sociedad sino destruirla; no en respetar la ley sino en transgredirla; no en proteger a sus miembros, sino en dispersarlos y alejarlos. En resumidas cuentas, nos encontramos ante una perversión de la autoridad, que en este caso no es fruto de la impericia sino que se procura con determinación y siguiendo un plan preestablecido, un guión único a las órdenes de un mismo director.

    Y así, tenemos a gobernantes que persiguen a los ciudadanos y los tratan como a enemigos, mientras acogen y costean la invasión de criminales e inmigrantes clandestinos; fuerzas del orden y jueces que detienen y multan a quienes incumplen el distanciamiento social pero hacen caso omiso de delincuentes, violadores, asesinos y políticos traidores; profesores que no transmiten la cultura y el amor por el saber, sino que adoctrinan a sus alumnos con la ideología de género y el mundialismo; médicos que se niegan a atender a los enfermos e imponen una vacuna genéticamente alterada cuya eficacia y efectos colaterales se ignoran; obispos y sacerdotes que niegan a los fieles los Sacramentos pero no desaprovechan la menor oportunidad de hacer gala de su incondicional adhesión al plan globalista en nombre de la fraternidad masónica.

    Cualquiera que se opone a estar inversión de todos los principios de la vida en sociedad se encuentra abandonado, solo, falto de un guía que aglutine las fuerzas. De hecho, la soledad permite que nuestros mayores enemigos –que es lo que en gran medida han demostrado ser– nos inculquen miedo, inquietud y la sensación de no poder hacer un frente común para resistir los asaltos de que somos objeto. Los ciudadanos están solos ante los abusos del poder civil, solos ante la arrogancia de los prelados herejes y viciosos, solos están quienes quisieran disentir en las instituciones, alzar la voz, protestar.

    La soledad y el miedo aumentan cuando les damos consistencia, pero se desvanecen cuando pensamos que cada uno de nosotros ha merecido que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarne en el seno purísimo de la Virgen María: qui propter nos hominem et propter nostram salutem descendit de caelis. He aquí el misterio que nos aprestamos a contemplar en estos días: la Inmaculada Concepción y la Santísima Natividad. De ambos, queridos hermanos, podemos sacar renovadas esperanzas con las que afrontar lo que nos aguarda.

    Debemos recordar ante todo que ninguno estamos jamás realmente solos. Tenemos a nuestro lado al Señor, que siempre quiere nuestro bien y por eso no deja que nos falten nunca su ayuda y su gracia. Basta con que las pidamos con fe. También tenemos a nuestro lado a la Virgen Santísima, Madre amorosa y seguro refugio nuestro. E igualmente nos acompañan ejércitos de ángeles y multitudes de santos que interceden por nosotros desde la gloria del Cielo ante el Trono de la Divina Majestad.

    La contemplación de esta sublime comunidad que es la Santa Iglesia, la Jerusalén mística de la que somos ciudadanos y miembros vivientes, debería convencernos de que lo que menos debemos temer es estar solos, así como de que no hay motivo alguno para temer aunque el demonio se desviva por hacérnoslo creer. La verdadera soledad está en el infierno, donde las almas condenadas carecen de la menor esperanza; esa es la soledad por la que realmente debemos sentir horror; ante ella debemos invocar la perseverancia hasta el fin, es decir, que podamos merecer una muerte santa por la misericordia de Dios. Una muerte para la que debemos estar siempre preparados encontrándonos en estado de gracia, en amistad con el Señor.

    Es innegable que en este momento nos enfrentamos a unas pruebas tremendas, porque nos dan la sensación de que triunfa el mal, de que cada uno de nosotros estamos desamparados, de que los malos han conseguido dominar a la pusilla grex y a toda la humanidad. Pero ¿acaso no estaba solo Nuestro Señor en Getsemaní, solo sobre el leño de la Cruz, solo en el sepulcro? Volvamos al misterio de la Natividad, ya inminente: ¿acaso no estaban solos la Virgen y San José cuando se vieron obligados a refugiarse en un establo porque no había sitio en la posada? Ya nos podemos hacer una idea de cómo debió de sentirse el padre putativo de Jesús viendo a su santísima Esposa a punto de dar a luz en la fría noche de Palestina. Pensemos en su preocupación por huir a Egipto sabiendo que el rey Herodes había mandado a sus soldados a matar al Niño Jesús. Aun en unas situaciones tan terribles, la soledad de la Sagrada Familia era aparente mientras Dios lo disponía todo según su plan, enviaba a un ángel a anunciar el nacimiento del Salvador a los pastores y nada menos que movía a una estrella para hacer venir a los Magos de Oriente para que adorasen al Mesías, mandaba coros de ángeles a cantar en la gruta de Belén y advertía a San José para que escaparan de la matanza ordenada por Herodes.

    También a nosotros, a los que padecen la soledad del confinamiento en el que muchos nos hemos visto obligados a vivir, o abandonados en hospitales, en el silencio de las calles desiertas y las iglesias cerradas al culto, el Señor viene a hacernos compañía. También nos manda a su ángel para inspirarnos santos propósitos, a su Santísima Madre a consolarnos y al Paráclito, dulce huésped del alma, a confortarnos.

    No estamos solos. Nunca lo estamos. Y en el fondo, eso es lo que más temen los perpetradores del Gran Reseteo: que nos demos cuenta de esta realidad sobrenatural –pero no por ello menos cierta– que hace que se derrumbe el castillo de naipes de sus engaños infernales.

    Si pensamos que tenemos a nuestro lado a Aquella que aplasta la cabeza de la Serpiente, y al ángel que ha desenvainado la espada para arrojar a Lucifer a los abismos; si tenemos presente que nuestro ángel de la guarda, nuestro santo patrono y nuestros seres queridos que están en el Cielo y el Purgatorio están con nosotros, ¿a qué podemos temor? ¿Vamos a creer que el Dios de los ejércitos vacilará en derrotar a todo sirviente del eternamente derrotado?

    La que en 630 salvó a Constantinopla del asedio aterrorizando a los ávaros y los persas cuando se apareció terrible en el Cielo; la que en 1091, invocada en Scicli como Señora de las Milicias, se apareció sobre una nube resplandeciente poniendo en fuga a los moros; la que en 1571, y una vez más en Viena en 1683, como Reina de las Victorias, concedió la victoria a los ejércitos cristianos contra los turcos; la que durante la persecución anticristiana de México protegió a los cristeros y rechazó los ejércitos del masón Elías Calles no nos negará su santo auxilio, no nos dejará solos en la batalla, no abandonará a cuantos recurran a Ella con oración confiada en el momento decisivo del conflicto, cuando el fin esté cerca.

    Hemos tenido la gracia de entender en qué puede convertirse este mundo si renegamos del señorío de Dios y lo sustituimos por la tiranía de Satanás. Tal es el mundo rebelde a Cristo Rey y a María Reina, en el que a diario se ofrecen a Satanás miles de vidas inocentes asesinadas en el vientre de su madre; ése es el mundo en el que vicio y el pecado tratan de borrar todo rastro de bien y de virtud, toda memoria de la religión cristiana, toda ley y vestigio de nuestra civilización, todo resto del orden que puso Dios en la naturaleza. Un mundo en el que arden las iglesias, se derriban las cruces y se decapitan estatuas de la Virgen; ese odio, esa furia satánica contra Cristo y la Madre de Dios es la seña distintiva del Maligno y sus sicarios. Ante esta revolución desenfrenada, este maldito Nuevo Orden Mundial que tiene por objeto preparar el reinado del Anticristo, no podemos creer que sea posible fraternidad alguna sino bajo la Ley de Dios, ni que sea posible construir la paz sino bajo el manto de la Reina de la Paz. Pax Christi in Regno Christi.

    El Señor no nos dará la victoria hasta que nos postremos ante Él reconociéndolo como Rey. Y si todavía no podemos proclamarlo Rey de nuestras naciones por culpa de la impiedad de los gobernantes, en todo caso podemos consagrarnos a Él junto con nuestra familia y nuestra vecindad. A quien se atreva a desafiar al Cielo alegando que «nada volverá a ser como antes», respondemos invocando a Dios con renovado fervor: como era en el principio es ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.

    Roguemos a la Inmaculada Virgen, tabernáculo del Altísimo, para que al meditar en la Santa Natividad, ya próxima, de su divino Hijo disipe nuestros temores y la soledad mientras nos congregamos adorantes en torno al pesebre. En la pobreza del pesebre y en el silencio de la gruta de Belén resuena el canto de los ángeles y resplandece la verdadera y única Luz del mundo, adorada por los pastores y los Magos, y se inclina la creación adornando la bóveda celeste con un cometa radiante. Veni, Emmanuel: captivum solve Israël. Ven, Emanuel. Libra a tu pueblo prisionero.


    +Carlo Maria Viganò, arzobispo.
    13 de diciembre de 2020
    Domingo de Gaudete, III de Adviento
    (Traducido por Bruno de la Inmaculada)




    Mons. Carlo Maria Viganò

    Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.




    _______________________________________

    Fuente:

    «¡No tengáis miedo!» Meditación navideña de Mons. Viganò | Adelante la Fe

  14. #14
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