EL ABSOLUTISMO, ESE EXTRANJERISMO
Edición de "El Patriarca", de Sir Robert Filmer
LA MONARQUÍA HISPÁNICA
FRENTE AL
ABSOLUTISMO EXTRANJERO
Al servicio de la demagogia propia de la falsa democracia, al servicio de la demagogia liberal, ha obrado la confusión que -a despecho de la misma tradición- perdura en el campo tradicionalista, a saber: creer que nuestra Monarquía Tradicional es la Monarquía absolutista.
Es cierto que en España, al retorno de Fernando VII, los hombres del partido monárquico apostaron por el Rey Absoluto y vinieron a llamarse así, haciendo suyos los postulados absolutistas que, tras el cataclismo napoleónico, se impusieron con el Congreso de Viena y con la Restauración. Pero, un examen detenido de la cuestión nos depara el descubrimiento de una paradoja politológica cuya explicación está en la tremenda y desesperada reacción que en toda Europa se produce contra la Revolución.
Esta paradoja tiene lugar, sobre todo, en España; tal vez no la encontremos en otro lugar, donde existían antecedentes verdaderamente "absolutistas". Dicha contradicción consiste en pretender que pase por "tradicional" un concepto monárquico que nada tiene que ver con nuestra genuina tradición hispánica.
El absolutismo teórico -sus alegatos y apologías mejor articuladas- se configuran -es bueno recordarlo- en Inglaterra con Thomas Hobbes (1588 - 1679) y el menos conocido Sir Robert Filmer (1588 - 1653). Será Filmer el que establezca la analogía entre el Rey y el Patriarca en su obra titulada Patriarcha, or the Natural Power of Kings. Con la comparación que traza Filmer entre rey y patriarca, este autor se revelaba como un firme partidario del poder monárquico en su sentido patrimonialista: lo mismo que el clan es una posesión de su patriarca y éste sobre su parentela ejerce un poder absoluto, así se supone que el Rey tendría derecho de comportarse con sus súbditos y su reino. Es interesante advertir que John Locke construyó todo el edificio de su filosofía política contra la filosofía patriarcalista filmeriana.
Juan de Mariana, el gran teórico político español
En España, bastaría mencionar la egregia figura de Juan de Mariana (1536 -1623), de la Compañía de Jesús, para pulverizar cualquier tentación absolutista; pues, fiel al sentido tradicional, la mejor Monarquía Hispánica nunca fue absolutista (a menos que se quiera abusar del término "absolutista" para enturbiar demagógicamente la realidad histórica).
¿Qué fue, entonces, lo que ocurrió? Muy sencillo. En una Europa conmocionada por la tragedia que trajo consigo la Revolución Francesa que Napoleón se encargó de extender, los monárquicos europeos se agarraron a la doctrina absolutista, como quien se agarra a un clavo ardiendo. Tampoco era algo novedoso: la tentación del absolutismo planeó siempre sobre todas las monarquías europeas (podríamos remontarnos al conflicto entre Imperio y Papado), pero la Iglesia Católica atemperó esa perniciosa tendencia (el pensamiento del P. Mariana -partidario incluso del regicidio- es buen indicio).
Se da, pues, el caso paradójico de encontrarnos, en la primera mitad del siglo XIX, con un escenario español en el que el discurso de nuestros monárquicos deriva al absolutismo, impregnándose de su lenguaje, por contrariar el espíritu revolucionario y, mientras reclaman al Rey Absoluto, los mismos invocan a la Tradición, ignorando que -merced a esa deriva absolutista- estaban apartándose clamorosamente de la tradición paradigmática de la Monarquía Hispánica que, en su justa y cabal acepción, es el Ideal de la más democrática -en el más noble de los sentidos- de todas las Monarquías.
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