UNA VÍCTIMA DEL SISTEMA
JUAN MANUEL DE PRADA
MIENTRAS Jordi Pujol, gran prohombre de nuestra democracia, era vituperado por los hombrines que antaño mamaban de su teta (más próvida que la cabra Amaltea), ha tenido que ser una prohembra, moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho (como diría el buen Sancho de Aldonza Lorenzo), quien saliera gallardamente en su defensa. La semana pasada, para escándalo de gente sugestionable, la garrida Pilar Rahola escribía en un tuit que, aunque Pujol no sea ningún santo, «es nuestro padre y una víctima del sistema». En el reconocimiento de la paternidad simbólica de Pujol hay un patetismo hondo, un agradecido reconocimiento al pionero venerable que nos conmueve casi tanto como cuando Areúsa llama paladinamente «madre» a Celestina. Y en la caracterización de Pujol como una «víctima del sistema», enseguida piensa uno en aquellos pícaros de nuestro Siglo de Oro, víctimas de las terribles condiciones de miseria que los rodeaban, de su poco honrosa cuna y de la perfidia de sus semejantes.
Pero aquí uno tiene que reconocer que Jordi Pujol, gran prohombre de nuestra democracia, no tiene cuna dudosa, ni ha sufrido laceria, pues es un burguesazo orondo y satisfecho, nacido entre mantillas y crecido (¡tampoco mucho!) entre algodones. Y cuando ya nos disponíamos a revolvernos contra los piropos de la garrida Rahola (creyendo que, por no ser de origen miserable, Pujol no podía ser considerado una «víctima del sistema»), hemos recordado aquella «Patología del golfo» que Pío Baroja incluye como colofón de sus Vidas sombrías. Allí, además de recordarnos que las culpas del golfo «son las culpas de una sociedad que le abandona» (y así, abandonado, se convierte, el pobrecillo, en víctima del sistema), Pío Baroja escribe que «el golfo no pertenece a una sola categoría social; es un detritus de las distintas clases sociales. Hay golfos no solo entre los miserables, sino también entre burgueses y aristócratas». Y pone como ejemplos al político mendaz o al marqués que vive del dinero de su consorte.
¿Y cuál es la causa principal, a juicio de Pío Baroja, de que en España florezca tan profusamente la golfería? Dejemos que sea él mismo quien nos lo explique: «Una de las causas de la golfería es la democracia que gastamos en España, que me parece la institución más estéril, la más superficial y estúpida. La democracia para nosotros no ha sido más que un camino abierto a todas las ambiciones pequeñas, a todos los deseos mezquinos y malsanos. Ha hecho que el hombre busque su progreso social, más que su perfeccionamiento moral; ha producido en todos la ambición de representar más que la de ser. De aquí un desequilibrio, una necesidad de aparentar lo que no se tiene, ni se es; de ese desequilibrio nacen las situaciones falsas. (...) Los golfos envidian si están abajo, desdeñan si están arriba. La democracia, al destruir las murallas que separaban las clases, ha producido la golfería».
Para Pío Baroja, sin embargo, mucho más lastimosos que los efectos deletéreos de la democracia, fábrica incesante de golfos, son las pretensiones democráticas de acabar con la golfería. Y remacha socarronamente: «Si los políticos, los directores de la farsa social, pudieran y quisieran exterminar a los golfos, ¿no correrían el peligro de exterminarse a sí mismos?». ¡Bastaría exterminar a los golfos para quedarnos sin la munífica y opípara democracia, pues ya no tendríamos quien nos gobernase!
Todas estas enseñanzas barojianas están contenidas (¡quintaesenciadas!) en ese clarividente tuit de la garrida Rahola, que con devoto y compasivo amor filial llama a Jordi Pujol, gran prohombre de nuestra democracia, padre y víctima del sistema.
Histrico Opinin - ABC.es - lunes 18 de agosto de 2014
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