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Tema: Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represente»

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    Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represente»

    Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represente»

    INÉS MARTÍN RODRIGO

    El escritor reúne en «Dinero, demogresca y otros demonios» una selección de sus mejores artículos en ABC y XL Semanal


    IGNACIO GIL
    Juan Manuel de Prada, fotografiado en Madrid




    Juan Manuel de Prada
    (Baracaldo, 1970) se considera un «patriota español». Esa definición se desprende de la lectura de sus columnas en ABC y XL Semanal. El escritor ha reunido una selección de esos artículos en «Dinero, demogresca y otros demonios» (Temas de Hoy), libro que disecciona en esta entrevista.


    - Su tesis es que el buen periodismo resiste al paso del tiempo.


    - Sin duda. Es cierto que a la prensa escrita, en un afán por mimetizarse con otros medios de comunicación, concretamente con la televisión e internet, le ha invadido el síndrome del apunte sobre la más estricta actualidad, que al día siguiente se pierde. Pero la misión que tiene el periódico, y que va a tener en el futuro, es la de tratar de comprender la realidad a partir de una mirada panorámica sobre lo que nos está sucediendo. Eso no se va a perder nunca, y es vigente. Por otra parte, yo leo mucho a los clásicos de ABC, a José María Pemán, a Agustín de Foxá, y es impresionante; los lees 50 años después y sus artículos están plenamente vigentes. Eso es lo que debe buscar el periodismo.


    - En ese sentido, afirma que se le antoja más actual un ABC de 1950 que todos los periódicos que ha leído en los últimos años.


    - Sí, sin duda. Esto fue una cosa que me ocurrió muy graciosa: en un contenedor de escombros de una obra que estaban haciendo en mi casa había un ABC de 1950; lo cogí y era admirable cómo estaba concebido el periódico en ese momento, porque estaba lleno de reportajes que 50 años después podías leer exactamente igual. Ese es el periodismo al que hay que volver. No nos tenemos que obnubilar, porque cada medio de comunicación tiene su naturaleza propia y tratar de competir con Twitter es una gilipollez, porque Twitter es una gilipollez, y si te pones a imitar una gilipollez, es una cosa patética. Yo creo que el periódico puede tener una vida larga, pero tiene que ofrecer a los lectores algo distinto a lo que ofrecen otros medios.


    - Metidos en materia, estructura el libro en once apartados. ¿Cómo hizo la selección?


    - Tenía una idea, que es recurrente en lo que voy escribiendo, del proceso de descomposición que están sufriendo las democracias occidentales. Por razones muy diversas: primero, por la adulteración del principio de representación política; luego porque, como predijo Pío XI, los Estados, en vez de ser árbitros del dinero, se han convertido en lacayos del dinero. También quería hablar del proceso de abolición del hombre, de destrucción de lo humano a través de una serie de engañifas que se le dan a la gente. Con todo lo que había escrito sobre estas cuestiones, quería ofrecer una visión unitaria de lo que para mí era este proceso de crisis, de decadencia, pero sobre todo de fin de una civilización. El libro es un libro político, de pensamiento político, con una filiación muy evidente, que es el pensamiento tradicional español, y es una llamada a recuperar una serie de cuestiones fundamentales, que los españoles hemos dejado en la cuneta.


    - De ese proceso de descomposición tiene mucha culpa lo que usted denomina «demogresca».


    - Sí. La «demogresca» es un mecanismo de protección que tiene el poder para que la gente no se preocupe de lo verdaderamente importante. Ahora mismo, el grave problema que tiene la democracia es que el principio de representación política no rige; tú votas a un señor y ese señor no te representa, representa unos intereses de partido, plutocráticos, que no tienen nada que ver con las razones por las que te ha pedido su voto. Al mismo tiempo, el político deja de ser representante de sus votantes para tener representación en ámbitos que no le corresponden, para los que tú no le has votado. Entonces, se necesita que la gente esté constantemente en una refriega ideológica, falsa, porque la dura realidad es que en las cuestiones más importante existe una absoluta coincidencia entre los partidos, pero necesitan escenificar, como si fueran actores, una rivalidad absoluta. Para eso necesitan la «demogresca», para que la gente esté peleada por todo, que no exista en el pueblo una concordia mínima que le permita abordar las grandes cuestiones sin que exista división. Este es el gran tema que habría que considerar si queremos salvar esta forma de gobierno.


    - Me gustaría que me definiera el concepto de «podemonios».


    - El fenómeno de Podemos me resulta muy interesante, porque se nutre de unos anhelos nobles de una gran parte del pueblo español, de una rabia, de una indignación, de un descontento popular. En este sentido, me parece muy interesante, porque ese descontento tiene unas razones profundas que deben ser atendidas. Lo que Podemos hace con ese descontento popular es lamentable, porque es introducir la dialéctica marxista; halaga los anhelos populares, pero ideológicamente es un partido marxista, y concretamente muy adscrito a la estrategia del espartaquismo de Rosa Luxemburgo, que consiste en aprovechar el descontento popular para ponerlo al servicio del marxismo. Podemos es el producto natural de la descomposición del sistema, y en este sentido el término «podemonios» es un juego de palabras con la novela de Dostoievski «Los demonios». Podemos es la consecuencia lógica de unas oligarquías políticas irresponsables, que han ido erosionando y destruyendo cosas que eran fundamentales para la salud social; empezando por la religión y siguiendo por todo lo que de bueno ofrece la religión a la vida social: una moral, unas costumbres… Ese vacío que se genera se intentó llenar con bienestar, consumismo…


    - Lo que usted denomina «idolatría plutónica».


    - Bueno, el dinero como nuevo dios de las sociedades.


    - El dinero, pero también la cultura de la distracción.


    - Absolutamente. Claro, ideotizarnos con diversas morfinas. Hay varias estrategias; ese estado casi de catalepsia, de personas drogadas por entretenimientos banales, por unos medios de comunicación cada vez más degenerados… eso es importantísimo. Del mismo modo que también es importantísimo lo que yo llamo los «derechos de bragueta»: a la gente le vendes que esa libertad de cintura para abajo es el logro de una vida mejor, cuando eso va deteriorando a la gente, la va destruyendo. El consumismo ha sido otro instrumento, lo que pasa es que ahora cada vez está más jodido, con lo cual tienes que subir el listón de la ideotización. Una de las cosas que me resulta más pavorosa es la dependencia que tenemos de la tecnología; viajar en tren es algo que te da miedo, ver a todo el mundo con sus cacharritos todo el viaje.


    - Bueno, si fuera sólo en el tren... Pero es que te lo hacen incluso en cenas o comidas.


    - Sí, sí, sí, sí. Eso tiene mucho que ver con la deshumanización. Es evidente que hay un proceso de deshumanización en el cual no interesa que la gente tenga relaciones profundas y verdaderas.


    - En esos medios de comunicación a los que se ha referido antes hemos visto caer a gente que, en su momento, ocupó puestos de gran responsabilidad. Estoy pensando en Rodrigo Rato.


    - Tendríamos que hacer una reflexión de por qué convertimos en santitos de peana a personas que a lo mejor lo único que nos dieron fue un espejismo de prosperidad. ¿Esa es la misión de un buen gobernante? Yo no lo creo. El buen gobernante es aquel que es capaz de aunar las voluntades en la consecución de un bien común. Rodrigo Rato era ya un juguete roto al que a nadie interesaba, porque arrastraba consigo demasiadas nubes grises y ha llegado un momento que había que ponerlo en la picota, porque ya no tenía rédito. El sistema, de vez en cuando, necesita liberarse de los michelines para llegar con buena línea al verano. Esto no deja de ser un escandalete; Rato era un hombre que había quedado muy desprestigiado y esto ha sido una escenificación aspaventera y un poco esperpéntica.


    - El problema es que, como usted escribe, en la partitocracia los políticos honrados no son la regla.


    - Porque la partitocracia se constituye como un mecanismo para sustraer, para abolir el principio de representación política. La dura realidad es que yo voto a unos señores para que protejan a los trabajadores, o para que se carguen el aborto; y luego esos señores ponen leyes que precarizan el empleo y dejan el aborto como está. Eso es partitocracia. Yo creo que contra esto hay que luchar, porque al final estos señores son señores descontrolados, que no responden ante quien les ha votado.


    - Pero eso habría que planteárselo, sobre todo, a la hora de depositar el voto en la urna.


    - Esto es un tema de cabeza. Tenemos que darnos cuenta de que hay que reformar el estatuto del representante popular. Hay que instaurar un sistema en el cual el político tenga que hacerse responsable de su programa, en donde haya un control, por parte del pueblo, para que estos políticos hagan aquello por lo que se les eligió. Y hay que conseguir que los políticos no tengan entrada en otros ámbitos que no sean los estrictamente políticos.


    - Las famosas puertas giratorias.


    - Efectivamente. Hay que acabar con todo eso. No puede ser que un político después tenga representación en un consejo de administración. Porque, la dura realidad, es que tiene esa representación porque ha estado beneficiando a esa empresa mientras era gobernante. Con todo eso hay que acabar, y en ese momento habremos dado el primer paso para empezar a salvar las cosas.


    - ¿Y cómo se logra eso?


    - A mí me encantaría que del mismo modo que están surgiendo estos movimientos demagógicos…


    - ¿Se refiere a Podemos?


    - No sólo a Podemos. Bajo máscaras diversas están surgiendo nuevas fuerzas que vienen a confirmar lo que ya hay. Yo en partidos como Ciudadanos no percibo ningún impulso de cambio verdadero; creo que son movimientos que aprovechan una fuerza popular que existe. Creo que ese descontento debería tener una voz política. Pero ahora mismo en España la mitad de los españoles son metecos, personas que no tienen derechos políticos, porque no hay quien los represente. Me gustaría que surgiese una fuerza política que defendiera una serie de cuestiones que, hoy en día, nadie defiende, como la justicia social, el bien común, la moral… En definitiva, una fuerza política que tratara de restaurar una serie de principios políticos y de convivencia que han sido arrasados.


    [Lee el primer capítulo de «Dinero, demogresca y otros demonios»]





    Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represente» - ABC de Sevilla
    sjl dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represen

    Madrid, abril 2015. A fines del pasado mes de marzo se puso a la venta el nuevo libro del consagrado escritor Juan Manuel de Prada, Dinero, demogresca y otros podemonios (Ediciones Temas de Hoy, 2015). Mientras continúa el éxito de su novela Morir bajo tu cielo (Espasa, 2014), en su nuevo libro, como dice su contraportada, el autor "arremete contra los nuevos tiranos que proclaman la ruptura con la tradición como liberación para el ser humano, convirtiendo a los pueblos en masas invertebradas y fácilmente manipulables. Amputados de sus raíces espirituales y entretenidos en goces plebeyos y egoístas, los pueblos se entregan a una demogresca destructiva que la partitocracia favorece para hacer más fuere su alianza con el poder plutocrático".

    Por esta vez FARO no va a extenderse en su reseña. Vamos a optar, en cambio, por reproducir el prólogo de la obra, en que Juan Manuel de Prada nos deja las cosas bien claras:
    Los romanos completaban la compraventa de una casa mediante el acto de la traditio, por el cual el vendedor entregaba al comprador la llave que le franqueaba la entrada a su nueva propiedad. Y a esa entrega de una llave de unas generaciones a otras --una llave que, encajada en la cerradura del mundo, nos revela su misterio--, es a lo que llamamos tradición. Todos los tiranos que en el mundo han sido, para imponer sus designios, han tratado de destruir los lazos de la tradición, pues saben que las personas desvinculadas se convierten en carne de ingeniería social; de ahí que siempre hayan combatido los vínculos vivos que mantienen a los hombres unidos en su origen y orientados hacia su fin, empezando por los lazos familiares, siguiendo por los políticos y terminando por los religiosos.

    Nuestra época ha logrado disminuir las causas del hambre, de la enfermedad y el dolor físico; pero hay otro tipo de dolor, el más propio y exclusivo del hombre, que nace de la soledad espiritual, de la desesperación, de la falta de sentido de la propia existencia, que no sólo no se ha reducido, sino que se ha incrementado de forma alarmante. Y este dolor nace de la falta de lazos, de esa conciencia de desarraigo que vacía la vida de sentido humano, de objetivos y de esperanza. La tradición alberga al hombre en el tiempo, como su casa lo alberga en el espacio, y le otorga su bien más preciado: un sentido hondo de pertenencia que le permite no extraviar su vida en la incoherencia y el hastío, la incertidumbre y la dispersión.

    Los nuevos tiranos nos venden la ruptura con la tradición como una suerte de liberación mesiánica. Absolutizando el presente, los hombres llegan a creerse dioses; y olvidan que las ideas nuevas que les rondan la cabeza (que, por supuesto, son ideas inducidas por el tirano de turno, que ha modelado a placer sus conciencias) son repetición de los viejos errores de antaño, esos errores que sólo a la luz de la tradición se delatan. Porque la tradición nos conecta con un depósito de sabiduría acumulada que sirve para explicar el mundo, que ofrece soluciones a los problemas en apariencia irresolubles que el mundo nos propone; problemas que otros confrontaron y dilucidaron antes que nosotros. Y cuando los vínculos con ese depósito de sabiduría acumulada son destruidos, cualquier intento de comprender el mundo se hace añicos.

    Es verdad que los hombres han deseado siempre cambiar: pero los hombres con tradición desean ese cambio para acercarse a aquello que no cambia; los que carecen de tradición, en cambio, quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia, y no hacen sino perecer en su torbellino. Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, imaginaba una sociedad futura en la que una multitud innumerable de personas sin vínculos, que viven "como extraño el destino de los demás" llenaba su alma "con placeres ruines y vulgares"; y calculaba que sobre esa sociedad de hombres sin tradición no tardaría en emerger un "poder inmenso y tutelar", de apariencia benigna, incluso paternal, que se preocuparía de "asegurar los goces" de esa multitud, porque asegurándoselos se aseguraría también su dependencia, una idiotizada sumisión que los fijase irrevocablemente en la infancia. Y así --proseguía Tocqueville--, facilitando sus placeres plebeyos, consiguiendo que la multitud esté entretenida y gozosa, ese tirano podrá tomar entre sus manos a cada individuo y modelarlo a su antojo, mediante "un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes" que no destruyen su voluntad al modo violento de los tiranos antañones, sino que la ablandan, la someten y dirigen, la debilitan y reducen a voluntad gregaria, que luego el tirano puede pastorear a su antojo. Aquella estremecedora visión profética de Tocqueville se ha hecho realidad en nuestro tiempo, que bajo máscara democrática ha logrado la más pavorosa amalgama de poder, haciendo de los pueblos masa de hombres desvinculados, cretinizados con la golosina de la libertad que el tirano les brinda (por supuesto, siempre libertad negativa, libertad que se alza como una empalizada contra la comunidad de los hombres, para facilitar su aislamiento), enfangados en sus pasatiempos abyectos, orgullosos de poder afirmar su derecho a la vulgaridad, encantados de retozar en la cochiquera de las redes sociales, que ya son la única vivienda donde pueden alojar su vida desalmada.

    Convertirse en aquel rebaño de pesadilla prefigurado por Tocqueville es el destino natural de los pueblos sin tradición. Pero no pensemos que ese "poder inmenso y tutelar" se conforma con convertir a los pueblos en multitud de gentes colectáneas y animalizadas; su benevolencia taimada es la misma que la del Gran Inquisidor de Dostoievski, que mantiene a sus siervos en un estado de felicidad infantil a cambio de ordeñarlos a conciencia, como hacen las hormigas con los pulgones. El destino inevitable de los pueblos que se dejan arrebatar sus bienes espirituales es el expolio indiscriminado de sus bienes materiales: una vez que el tirano consigue convertir a los seres humanos en mónadas narcisistas que reniegan de los compromisos fuertes, para entregarse a sus apetitos y caprichos, resulta mucho más sencillo someterlos a exacciones y arrebatarles el futuro, en el que ya han dejado de creer. La corrupción endémica que galopa a lomos de la partitocracia, como los abusos del capitalismo financiero, no serían concebibles si previamente no se hubiese convertido a los pueblos en un hervidero de pulgones a los que se halaga con conexión wifi y derechos de bragueta, para que se crean libres y soberanos y puedan soltar exabruptos en Twitter, mientras se les deshumaniza y ordeña a conciencia, una vez agrupados en los negociados de izquierdas y derechas, que son los rediles que el tirano ha dispuesto para que su cautiverio resulte menos oprobioso (pues así, mientras los ordeña, los pulgones pueden entretenerse en la demogresca, increpando a los pulgones del redil contiguo).

    Desgraciadamente, los pueblos sin tradición ni siquiera pueden rebelarse contra ese poder que ha moldeado sus conciencias, pues su angosta y distorsionada visión del mundo es la que el poder les ha inculcado, y afuera hace mucho frío. Y si en algún caso ese pueblo sin tradición, medroso y debilitado por los placebos y morfinas que el poder le suministra, llega a descubrir que está siendo pisoteado, su rebelión será apenas un vómito estéril de odio, un grito emberrinchado e injurioso, un ansia desnortada de revanchismo y revolución, porque para entonces su alma hecha trizas y deshabitada de Dios ya habrá sido conquistada por todos los materialismos envilecedores que han constituido su habitual dieta. Y, a la vez que se rebelan contra el tirano que los ha convertido en un gurruño infrahumano, los pueblos sin tradición le solicitan que les siga suministrando la ración de veneno que, en época de vacas flacas, les racanea. Y ante su queja, el tirano podrá incluso doblarles la ración, benevolente y enternecido; pues en esos chiquilines emberrinchados (¡podemonios!) no verá sino criaturitas adictas a la dulce ponzoña de placeres plebeyos que él suministra.

    Desvelar las diversas estrategias que este tirano vislumbrado por Tocqueville emplea para confiscar nuestras almas (apareciendo, incluso, como nuestro mesías salvador, en medio de la crisis que él mismo ha provocado) es lo que nos hemos propuesto en este libro que tienes entre tus manos, querido lector. Muchas de las tesis que en él se defienden las hemos ido desarrollando durante los últimos años en el diario ABC y en la revista XL Semanal, a cuyos responsables hemos de agradecer que siempre nos hayan dejado expresarnos sin bozo ni rebozo, a despecho de quienes les calentaban las orejas, solicitando nuestro ostracismo. A medida que hemos profundizado en las entretelas de ese "poder tutelar e inmenso" que se adueña de los pueblos sin tradición hemos ido tropezándonos con mayores animadversiones e intentos de tergiversar nuestro pensamiento, procedentes por igual de los negociados de derecha e izquierda; y es natural que así sea, pues tales animadversiones y tergiversaciones las dicta ese rechazo instintivo --muy sagazmente detectado por Leonardo Castellani-- que quienes viven en tiempo presente (¡y disfrutan de las ventajas y sobornos del tiempo presente!) sienten hacia el profeta que vive en tiempo futuro, al que desean empujar hacia la soledad, silenciar y finalmente matar, siquiera civilmente. Siendo sinceros, este designio lo han ido cumpliendo implacablemente durante todos estos años: negar que estamos cada vez más arrinconados sería tanto como vivir en un mundo de fantasía.

    Siendo también sinceros, hemos de reconocer que nos lo hemos ganado a pulso. Pero, aunque desde la soledad y el desprestigio las dentelladas de los chacales hieren mucho más, mientras tengamos voz no hemos de callar, "por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo". Y, además, siempre habrá alguien como tú, querido lector, dispuesto a abandonar el redil y acompañarnos en el destierro. Mil gracias por tu sacrificio y tu lealtad.

    Madrid, enero de 2015

    Prada, Juan Manuel de, Dinero, demogresca y otros podemonios. Ediciones Temas de Hoy, Madrid 2015. ISBN 9788499984780. Rústica con solapas, 15 x 23 cm. 272 páginas.



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  3. #3
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    Re: Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represen

    Se puede leer el primer capítulo del libro "Dinero, demogresca y otros podemonios" aquí: http://static0.planetadelibros.com/l...podemonios.pdf

    También se puede leer el prólogo y el primer capítulo en Google Books: https://books.google.com.pe/books?id...monios&f=false

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    Re: Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represen

    Lo último de Juan Manuel de Prada



    Es un espectáculo hermoso ver a Juan Manuel de Prada batiéndose a espada contra los sicarios que lo arrinconan. Me gusta verlo defender la palabra. Me encanta que, como en otros episodios de nuestra historia, un español se acoja a la misericordia de Dios y plantee combate a quienes pretenden esclavizar a su pueblo.



    En una entrevista reciente ha afirmado: “Las causas perdidas hoy pueden ser las causas de la victoria de dentro de cien años. Alguien tiene que mantener encendida la llama. La frase evangélica de que la semilla para dar vida, tiene que morir, de alguna manera, uno se la tiene que aplicar”. En este libro, recopilación de los más sagaces artículos de entre sus últimos escritos en ABC y XL Semanal, Prada denuncia muchos males, pero también nos descubre una civilización alternativa: la nuestra.

    El brindis del Retiro

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    Re: Juan Manuel de Prada: «La mitad de los españoles no tiene a nadie que la represen

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    El último libro de Juan Manuel de Prada.






    [Comunión Tradicionalista, 18-Jul-2015]


    El último libro de Juan Manuel de Prada


    La lectura de Dinero, demogresca y otros podemonios resulta especialmente inquietante y desasosegadora para quienes vivimos en la España actual. Su autor, Juan Manuel de Prada, se ha convertido en tábano insidioso que desearíamos ver aplastado para sestear de nuevo. La tabanización es una metamorfosis voluntaria que acaece en contadas ocasiones a los más sabios, cuando en la ciudad se junta el conformismo idiota con el gobierno de los hipócritas. Todos sabemos que interrumpir la siesta es acto extremadamente arriesgado y que la vida del que lo hace corre serio peligro. Los atenienses decidieron curar con cicuta la manía socrática de despertarles. Hoy se recurre a medios menos directos, como el ninguneo, que acaba por matar de inanición al molesto autor tabanizado. Menos directo, pero igualmente eficaz.
    Los Padres de la Iglesia, viendo las prendas con que Dios adornó al hombre, viendo su racionalidad, su libertad y su señorío sobre la tierra, le rendían culto agradecido y cantaban sus alabanzas. Los renacentistas, viendo esas mismas prendas, se asombraron de su propia capacidad de crearse a sí mismos y decidieron hacerlo, dando vacaciones al Creador. Los modernos, organizados y reconstruidos, no ya a imagen de Dios, sino del hombre, cuando llegan a descubrir su propia condición, sólo pueden maldecir y denostar a los causantes de ella.
    Prada ofrece un panorama desolador del hombre español, que en nada se diferencia ya del ciudadano occidental ¿Qué queda de aquella racionalidad de que el hombre se envanecía? Sólo la aptitud para pulsar botones y enterarse de lo que las redes y otros medios defecan en su mente ¿Qué del libre albedrío? Dar un voto a ciegas cada cuatro años y desfogarse a través de internet, tomando parte en la lucha de todos contra todos que orquestan esos medios, dominados desde las alturas del poder (la demogresca); y luego disfrutar del sexo sin consecuencias, que sirve para relajarse tras la inútil y contienda internáutica (derechos de bragueta, como dice Prada) ¿Qué queda de su dominio sobre la tierra? Contratos basura, paro, pensiones miserables, impuestos expropiatorios, para beneficio de las grandes finanzas y de sus lacayos los políticos.
    Este hombre actual, interiormente deslavazado y exteriormente desarraigado, ajeno a cualquier obligación moral, al amor, a la amistad y al compromiso, es la obra maestra de tres clases de agentes que operan a muy diferentes niveles. Los políticos, que logran prebendas millonarias y un poder enorme, a una con banqueros y grandes empresas, aparecen como culpables en primera instancia. Pero esos políticos con nombre y apellido, por alto que hayan llegado, no son sino testaferros de un poder sin sujeto responsable al que se pueda insultar: la plutocracia, o poder del dinero, que dispone a su antojo de personas y países, pero que es poder de no se sabe quién sobre algo que no es nada en sí mismo. Y, detrás de todo ello, en el libro aún se avizora otro señor más poderoso que don dinero, al que se somete el poder personal de políticos y banqueros, el organizador de toda esta farsa destructiva, que no se conforma con nuestra decadencia moral y material, sino que persigue una venganza que no alcanzará, ni aun devastando toda la tierra.
    Prada presenta todo esto, y otras muchas cosas, con tan aceradas, acertadas y contundente razones, que no podemos sino abrir los ojos a la cruda realidad de nuestra triste condición. No podemos perdonárselo; la cicuta y la inanición son poco para él. Más aún si a primera vista se nos antojaba que no hay salida para la situación del hombre actual (cosa que, desde luego, no dice Prada).
    ¡Ah! Pero ahí están Pablo Iglesias y Podemos, un atisbo de esperanza. No porque sus propuestas de solución -el comunismo- tengan viso alguno de acierto, sino porque el desparpajo y la inteligencia de Iglesias, muy superior al de los actuales políticos de partido, han logrado probar que el gigantesco sistema que nos oprime tiene pies de barro o, por lo menos, grietas importantes. Prada, es verdad, parece creer que cuanto pueda destruir el comunismo ya lo ha hecho el capitalismo. El comunismo, sí, lo trae el capitalismo, pero no constituye sólo un paso más en la misma dirección. Es esencialmente otra cosa, y mucho peor. Hemos perdido de vista qué supone el comunismo. Pero eso es harina de otro costal.
    Podrá usted mirar para otro lado y esperar, como tanto español irresponsable, que las cosas se arreglen por sí mismas. También puede leer este libro, que le dolerá como picadura de tábano, pero le sacará del sueño vicioso para traerle a la realidad. Es lo que yo le recomiendo.
    STAT VERITAS: El último libro de Juan Manuel de Prada.

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