Fuente: El Pensamiento Navarro, 16 de Enero de 1977.
Visto en: FUNDACIÓN IGNACIO LARRAMENDI
Las tres Monarquías posibles (reflexiones de un tiempo indigente)
Por Rafael Gambra
En el alzamiento y guerra de 1936, que es el origen concreto del actual «establishment» político, participaron, junto al Ejército, dos grandes fuerzas o movimientos: la Comunión Tradicionalista (o Requeté) y la Falange.
En torno a ellas se polarizaron otras corrientes políticas más o menos afines que no lograron levantar ejércitos o milicias propios y cuyos miembros se adhirieron por proximidad ideológica o por simpatía a uno u otro de esos dos grades movimientos combatientes.
Grupos diversos de inspiración fascista y sindicalistas no marxistas se adhirieron a las banderas de Falange. Al Requeté acudieron, en cambio, numerosos monárquicos que, pese a haber mantenido su adicción a la rama dinástica que destronó la República, profesaban ideas tradicionalistas. Su posición había sido semejante a la que en otro tiempo sostuvieron Balmes o Menéndez Pelayo, y a la que, en años previos al Alzamiento, profesaron muchos partícipes del grupo y revista «Acción Española». Propugnaban éstos una restauración monárquica dentro de la misma línea entonces llamada «alfonsina», pero con la estructura política de la monarquía tradicional. Algunos de ellos pensaban que se trataba de la rama dinástica legítima y que el liberalismo o «constitucionalismo» que profesó en el último siglo era algo adventicio e impuesto de lo que podría y debería librarse en una futura restauración; afirmaban otros que en el destronado Don Alfonso, o en su heredero Don Juan, confluirían los derechos sucesorios de las dos ramas en pugna: la de Isabel (II) y la de Don Carlos María Isidro. El hecho de que, al poco de empezar la guerra, se extinguiera la rama directa del legitimismo carlista con la muerte sin sucesión de Don Alfonso-Carlos, hizo que estas posiciones tomaran algún atisbo dentro del Carlismo, y que, incluso, carlistas de raigambre se mostrasen proclives a ellas.
Así planteada la situación inicial –y dada la voluntad de establecer una monarquía al término de la vida o del mandato del Generalísimo–, la monarquía podría plantearse sobre supuestos distintos según esas diferentes mentalidades.
El falangismo hubiera apoyado una monarquía sin pasado, de nuevo cuño, producto de una «voluntad de imperio»; monarquía «instaurada», sin problemas de legitimación ni de justificaciones históricas o jurídicas: monarquía voluntarista y totalitaria que recordaría en un todo al Imperio creado por Napoleón. Sobre tales bases no habrían tenido inconveniente en personalizarla en un miembro de la dinastía histórica, reduciéndolo siempre a mero continuador del Estado nuevo. También Napoleón procuró un injerto de sangre real para prestigiar su propio poder. No otro ha sido el empeño «instaurador» –no «restaurador»– con que se inició la nueva monarquía durante la vida de su promotor.
La lógica y la experiencia histórica coinciden aquí en demostrar la inviabilidad de tal concepto de la monarquía. Si la monarquía no es un poder en cierta medida sacralizado por su origen histórico y por el peso de la tradición, la monarquía no es nada. Sólo como guardadora de la continuidad y del derecho y las sanas costumbres puede ser concebida. Un rey por voluntad propia es difícilmente concebible, pero un rey por voluntad ajena, sin otro título que esa voluntad instauradora, es un puro absurdo. Máxime si se la supone emanada de un poder militar, de naturaleza instrumental y subordinada, al que sólo la necesidad de una ocasión puede legitimar como poder provisional.
La otra alternativa de monarquía era la que ofrecía la única fuerza monárquica de las dos que, como tales, formaron con el Ejército las filas de la España nacional: la Comunión Tradicionalista o Requeté.
Esta monarquía sería siempre una restauración. Es decir, habría de enlazar con fundamentos históricos, jurídicos y doctrinales muy anteriores a la coyuntura de su proclamación oficial y de las fuerzas o grupos que la hubieran hecho posible. Pero no restauración de la monarquía caída (o fugitiva) el 14 de abril de 1931, ya que esa monarquía había abdicado de su origen y fundamento al declararse «constitucional», es decir, emanada de la Constitución o contrato social, producto de la llamada «Voluntad general» o mayoritaria. La antigua monarquía (o monarquía de la cristiandad) había perdurado, con mayores o menores de facto, hasta la muerte de Fernando VII. Las guerras carlistas fueron precisamente la defensa de aquella monarquía tradicional frente a la nueva monarquía aliada de la revolución y tres veces destronada a lo largo de su desdichado siglo. De aquella antigua monarquía hubiera sido precisamente esa restauración.
En esta fundamentación doctrinal e histórica hubieran coincidido los genuinos carlistas con aquellos otros monárquicos «alfonsinos» que en 1936 se adhirieron a las filas del Requeté, pues la triste experiencia de la II República y de la guerra les había llevado al tradicionalismo político. Podía separar a unos de otros la cuestión dinástica. Pero años más tarde tal cuestión quedó relegada o anulada al producirse el hecho insólito de que el «último pretendiente» del Carlismo desertase de su misión histórica para abrazar la bandera de los más irreductibles enemigos de la Causa carlista, de la fe católica y de la patria.
Esa monarquía tradicional –o monarquía a secas– hubiera podido prolongar sin traumas cuanto de inspiración tradicional poseía en sus Leyes Fundamentales el régimen vigente desde 1936, perfeccionándolo y otorgándole realidad y eficacia en sus cauces institucionales y representativos. Hubiera sido también la única instancia posible de reconciliación nacional, toda vez que la unión de los españoles sólo puede encontrarse en aquello que era su patrimonio cuando política y religiosamente eran unánimes: en aquello que, en rigor, es de todos por pertenecer a una común tradición.
Pues no señor: la monarquía elegida no será ni la napoleónica, ni la tradicional, sino la monarquía constitucional o liberal-democrática: la que abdicó en 1931 y originó la doble tragedia de la revolución y la guerra de España. Exactamente la que no hubieran querido ni los unos ni los otros. La que querían los enemigos vencidos con tanto sacrificio en 1939, y no por ella misma (pues monarquía es la antítesis de la democracia liberal, del anarquismo o del marxismo), sino sólo como medio o trampolín para sus fines. Con todo rigor, la que nadie quería, la que es insostenible por su misma contradicción interna, la que nadie sostendrá.
¿Quién dirigió la brillante opción y la consiguiente operación? Dios lo sabrá. Queden aquí estas breves consideraciones en el pórtico de uno de los más sombríos horizontes de nuestra historia para quien quiera entender y para quien pueda y deba responder.
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