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Honores1Víctor
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Tema: Podemos, ¿una revolución gnóstica?

  1. #1
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    Podemos, ¿una revolución gnóstica?

    Madrid, junio-julio 2017. Hace unos días FARO reseñaba la nota aparecida en Carlismo.es "La ley LGTB y Podemos", introducción a una serie de artículos: dos de Juan Manuel de Prada que también reseñábamos, y uno más por el Profesor José Miguel Gambra, Jefe Delegado del Carlismo, cuya publicación acaba de concluir. Pulsar sobre los títulos de las entradas para acceder a ellas:



    Artículos de Juan Manuel de Prada:





    Sobre estos mismos asuntos, es recomendable la relectura de la reciente declaración de la Comunión Tradicionalista sobre el temible proyecto de ley "contra la discriminación por orientación sexual" que los ahora llamados LGTB etc., a una con Podemos, han presentado en el Congreso de los Diputados: "Maricas, políticos y eclesiásticos".




    Agencia FARO
    Pious dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Podemos, ¿una revolución gnóstica?

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    Podemos ¿una revolución gnóstica? (I)

    por José Miguel Gambra



    1 julio, 2017

    Una vez fracasado su primer intento de asalto al poder de la mano del PSOE, algunos creen que Podemos es agua pasada; que ha sido absorbido en la casta política; eso sí en una casta

    de extrema izquierda, pero que tiene tantas posibilidades de llegar a la Moncloa como en su día tuvieron el PCE e Izquierda Unidas. Sin embargo creo que puede haber una diferencia esencial entre estos casos. Podemos parece haber alcanzado el estatus de movimiento revolucionario gnóstico, cosa enormemente más peligrosa que un movimiento político sin más. Su peligro no radica en el contenido de su ideología, que puede ser de todo jaez, sino en la psicología irracional y contagiosa que genera. Psicología que explica cómo pueden acogerse a su protección los grupúsculos de los más incompatibles propósitos, como ecologistas, separatistas, LGTB y, por supuesto, los comunistas. De todos es sabido cómo Eric Voegelin mantuvo que los principales movimientos políticos de la Edad Moderna, a diferencia de lo comúnmente admitido, no son retornos al paganismo, sino al gnosticismo. La influencia de esta herejía, la primera de las que sufrió la Iglesia, pervivió durante la Edad Media, pese a las condenas, y resurgió a partir del Renacimiento con tal fuerza que buena parte de las concepciones políticas posteriores sólo se explican desde esa perspectiva. No voy a presentar la teoría de Voegelin ni las analogías sobre las que se apoya para sostenerla. Lo que aquí interesa es su análisis de la psicología de masas que acompaña a las revoluciones gnósticas. Voegelin expone, de manera general, las etapas por la que se generan esa mentalidad, apoyándose en la descripción que hizo Richard Hooker del movimiento puritano, que transformó radicalmente el orden jurídico y social de la Inglaterra del s. XVI. Comparar esas etapas con lo que piensan los seguidores de Podemos resulta sumamente ilustrativo para ver a lo que se está convirtiendo en una realidad cada vez más inquietante y amenazadora. El primer paso de esa mentalidad exige que alguien presente machaconamente una «causa», o denuncia, consistente en un conjunto de «severas críticas de los males que afectan a la sociedad y, en especial, de la conducta de las clases altas». Esto queda evidentemente reflejado en la mente de los podemitas que se empeñan en exagerar la situación caótica de España y los sufrimientos indecibles de los españoles, hambrientos, perseguidos y esclavizados.
    El segundo paso «consiste en lograr concitar las ira popular contra el gobierno establecido y en atribuirle todas las faltas y la corrupción que a causa de la fragilidad humana existen en el mundo». Las críticas demonizadoras de los populares y, especialmente de Rajoy, no permiten dudar de que este paso también fue dado por Podemos desde el principio. Como dice Juanma del Álamo, «a veces parece que a los podemitas les gusta la corrupción de los populares».

    Hemos visto en el artículo anterior los dos primeros pasos que dan todos las revoluciones gnósticas. Primero se insiste en la denuncia de una supuesta situación caótica, como la que Podemos cree hallar en España, no sin razón en algunos puntos. Luego se atribuyen todos los males al gobierno, como los podemitas hacen con el gobierno del PP. A estas primeras fases meramente negativas le sigue un tercer momento positivo. Una vez detectada la raíz de todo mal, se está preparado para el tercer paso, que consiste, según Hoocker, en presentar al acusador como persona de extraordinaria inteligencia, capaz de haber detectado lo que el común de los mortales por sí solos no hubiera podido ni pensar; y en atribuirle también una gran integridad, pues «sólo los hombres singularmente buenos pueden sentirse tan profundamente ofendidos por la existencia del mal». Consiguientemente ese acusador será el que está capacitado para ofrecer una nueva forma de gobierno «que sea el soberano remedio de todos los males». No creo que sea difícil reconocer esa tendencia en los seguidores de Podemos, para quienes, Iglesias representa una especie de redención universal. Alegre Zahonero, por ejemplo, declara sin sonrojarse que Podemos hubiera sido «total y absolutamente imposible» sin el «liderazgo carismático» de Pablo Iglesias. Dicho sea de paso. Flaco favor le hace al orden social adecuado a la naturaleza humana quien, ahondando en las críticas de los podemitas, denuncia los engaños de las finanzas, de las organización del trabajo, de la estupidizadora influencia de los modernos instrumentos de comunicación, de la manipulación educativa y, en general, el peso de esa losa inmensa que el capitalismo supone para nuestra sociedad. Semejante apoyo, si no va acompañado de una visión positiva del orden social y de sus verdaderos fines,sólo redunda en beneficio del fin totalitario de Podemos. Fin soviético, como todo el mundo sabe, a pesar de que esa formación política lo niega ante sus seguidores, con la esperanza de que, sin hacer más preguntas, entreguen un poder ilimitada su líder y crean que eso resolverá todos los problemas. Y es que comulgar en las críticas no determina lo que se debe hacer, pues oponerse a algo deja siempre abiertas las infinitas posibilidades que ofrece la contingente actuación del hombre. Creer que la negación es una determinación unívoca y que entraña una sola posibilidad de acción da por supuesto, como invariablemente hace el gnosticismo, que la historia humana tiene un sentido prefijado que se hace cada vez más patente, según se eliminan los errores actuales. Dejar de lado, incluso momentáneamente, el fin que se debe perseguir, para insistir sólo en lo que, a la vista de sus malos resultados, debe eliminarse es un craso error que cometen cuantos reconocen las justas críticas de los líderes de Podemos, pues ellos sí saben muy bien adónde pretenden llegar y están convencidos de que llegarán ineluctablemente.

    Denunciar males inmensos, culpabilizar universalmente al gobierno y enaltecer al líder son, según lo visto en las primeras partes de este escrito, las tres primeras etapas que da la mentalidad del revolucionario gnóstico. Después viene lo que Voegelin considera el paso más decisivo dentro de la actitud gnóstica. Consiste en adquirir la conciencia de los elegidos, de los inspirados por el Espiritu Santo. «Esa experiencia –dice Hooker – engendra altos grados de separación entre los elegidos y el resto del mundo», de lo cual resulta como añade Voegelin que la humanidad quedará dividida entre los «hermanos» y los «mundanos». Esta separación es común a todos los movimientos gnósticos de todo tiempo y también de los que en la modernidad se han dado. De una parte, los hombres espirituales, santos o impecables, que acaudillarán la realización efectiva de una era de futura felicidad en este mundo. A esa élite moralmente irreprensible, en su día, pertenecieron los elegidos, para el puritanismo; los proletarios, para los marxistas; los arios, para el nazismo y los camaradas, para el fascismo. De otra parte están los perversos o materiales, contra los cuales se tiene la obligación moral de combatir, sean los réprobos, los capitalistas o los judíos. Esa oposición entre ellos y nosotros, cualquiera que sea el criterio de división social en que se apoye, debe de producir en la gentucilla gregaria una intensa satisfacción que siempre es cuidadosamente cultivada por los movimientos gnósticos y constituye su baza esencial. Quien se haya tomado el desagradable trabajo de leer la literatura generada por Podemos, se encuentra a cada paso con la distinción entre el «ellos», o «el enemigo» y el «nosotros», o el «pueblo». La humanidad se divide en dos clases, la del podemita y la del resto que, si no se compone de fascistas, son «peperos» destinados a la depuración. Voegelin prosigue señalando que, una vez dados estos pasos, el gnóstico revolucionario adquiere una impronta indeleble que se detecta por dos características. Ambas son perfectamente identificables en los parciales de Podemos. En primer lugar, se habrá convertido en seguidor de un caudillo, cuya compañía y cuyos consejos le resultan preferibles a los de otro cualquiera; y se convertirá en un propagador de su doctrina, dedicando gran cantidad de tiempo al servicio de la causa, aun a expensas de sus propios asuntos. No hay más que ver la presencia permanente del podemita en las redes sociales para hacerse una idea de su entrega completa y permanente. En segundo lugar, «será difícil, si no imposible», tratar de romper con la persuasión el ambiente social así creado. «Que cualquier hombre de opinión contraria abra la boca para persuadirles y cerrarán sus oídos; no pesarán sus razones, y a todos contestarán con la repetición de las palabras de Juan: “Somos de Dios; quien conoce a Dios, a nosotros nos escucha; en cuanto al resto, sois del mundo”». Del Álamo cita varias conductas tipificadas que responden a esa actitud. Así, ante cualquiera que acuse de corrupción a sus líderes, la respuesta invariables es que el PP roba. En palabras de del Álamo: «Pablo Iglesias se ha contradicho treinta veces, pero al menos no roba como el PP. Colau enchufa a su pareja, pero al menos no roba como el PP. Monedero no paga a Hacienda a tiempo y cobra dinero público venezolano por un informe inexistente, pero al menos no roba… O sí. Dejémoslo». Los pasos por los que inconscientemente se genera la psicología del revolucionario gnóstico, según Voegelin, y la mentalidad del podemita presentan una clarísima coincidencia y permiten avizorar la deriva de Podemos hacia un movimiento revolucionario dominado por la voluntad de un despótico Stalin con coleta. Hasta Rajoy se dio cuenta de eso cuando habló, hace unos días, de la «liturgia redentora» de Iglesias, aunque probablemente no captaba, ni de lejos, el peligro que eso entraña. Da mucho que pensar el peligro que esa clase de movimientos supone a ojos de Voegelin, cuando llega incluso a decir lo siguiente: «si por inadvertencia un movimiento semejante se ha multiplicado hasta alcanzar ese punto de alarma que es la conquista de la representación existencial mediante la famosa “legalidad” de las elecciones populares, el gobierno democrático no debe “inclinarse ante la voluntad del pueblo”, sino dominar el peligro por medio de la fuerza y, si es necesario, quebrantar la letra de la Constitución para salvar su espíritu». Voegelin todavía creía en la racionalidad del sistema democrático. Pobre.
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