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Tema: «Antinatalistas» por Juan Manuel de Prada

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    «Antinatalistas» por Juan Manuel de Prada

    «Antinatalistas (I)» por Juan Manuel de Prada para la revista «XLSEMANAL».

    ______________________

    Hace algunas semanas, Irene Hernández Velasco firmaba un excelente reportaje en el diario El Mundo en el que entrevistaba a varios antinatalistas militantes que se han esterilizado, para evitar tener descendencia, convencidos de que la procreación es la mayor de las calamidades. A diferencia de los habitantes de Uqbar, aquella geografía borgiana, estos antinatalistas no abominan de la cópula «porque multiplica el número de los hombres». Se conforman con abominar de la procreación, porque son adeptos de esa religión erótica avizorada por Chesterton que, «a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad». Sus adeptos más integristas y furibundos.

    Se trata, evidentemente, de una religión nihilista. No sólo por enmascarar su odio al género humano pretendiendo que la vida carece de valor intrínseco; sino también por postular burdos sofismas que delatan un deterioro de la razón lastimoso (pero muy característico de nuestra época). Los antinatalistas del reportaje repiten como discos rayados que «la vida es sufrimiento»; y que, por lo tanto, al no traer nuevas personas al mundo están actuando benéficamente, pues les están ahorrando dolor. Pero si fuese verdad que la vida es sufrimiento estos antinatalistas empezarían por suicidarse, pues nadie ama más al prójimo que a sí mismo. Así, suicidándose, no sólo evitarían el sufrimiento de su hipotética descendencia, sino también el propio, mucho menos hipotético (pues se supone que, al afirmar que la vida es sufrimiento, se fundan en su propia experiencia). Pero aceptemos que, aunque estos antinatalistas sufren una barbaridad, no tienen valor para suicidarse, porque les marea la sangre o no les gusta el sabor del cianuro. ¿Por qué no imitan entonces a los habitantes de Uqbar y reniegan de la cópula? Si la vida es sufrimiento, la cópula debe ser al menos tan dolorosa como un cólico miserere, pues se trata de una de las experiencias vitales más intensas. ¿Por qué estos antinatalistas no abrazan radicalmente su causa, renunciando a la vez a la fecundidad y a la lujuria? De este modo, aparte de no procrear, mitigarían el sufrimiento de su existencia, pues la harían menos sobresaltada, más estoica e impasible (y ya se sabe que quien no siente no padece). Abominar del coito sería una actitud antinatalista mucho más coherente y cabal que ligarse las trompas o hacerse la vasectomía.

    En realidad, estos antinatalistas saben perfectamente que la vida está entreverada de goces a los que se aferran como lapas; lo que pretenden es prescindir, precisamente, del entrevero. Quieren gozar sin dolerse, quieren la risa sin el llanto, quieren disfrutar de los placeres de la vida y expulsar los sinsabores. No sólo los dolores del parto, sino también los sacrificios que exige la crianza de un hijo, a menudo tan gigantescos como las alegrías que brinda; pero, con tal de evitar los sacrificios, están dispuestos a prescindir de las alegrías (que, por otro lado, esperan sustituir con las alegrías sucedáneas que les dispensen sus mascotas). Y disfrazan su egoísmo de filantropía y su esclavitud de generosidad, según esa inversión de las categorías que tanto gusta a nuestra época. No contentos con ello, lanzan además un reproche sobre quienes osan procrear: «Tener un hijo es un acto egoísta que responde sólo a los intereses de los progenitores», afirman sin rebozo. Pero, suponiendo absurdamente que tener un hijo fuese una cuestión de mero ‘interés’, lo cierto es que ‘interesaría’ a mucha más gente que a sus progenitores. Interesaría, por ejemplo, a los propios antinatalistas, que (puesto que no se suicidan ni a tiros) algún día querrán cobrar una pensión que esos hijos nacidos de un ‘acto egoísta’ les sufragarán. También, por cierto, les puede ‘interesar’ a estos antinatalistas tan aferrados a la vida que, llegados a la senectud, alguien les limpie el culo, allá en la residencia de ancianos que podrán pagar más fácilmente que esos progenitores que tuvieron que emplear sus ahorros en la crianza de sus hijos. Y quien entonces les limpie el culo será hijo de alguno de esos progenitores que cometieron el ‘acto egoísta’ de concebirlo, parirlo y criarlo.

    Tener un hijo no es un acto interesado, sino más bien –considerando el clima adverso– un acto de generosidad extrema. Y es también, como nos enseñaba Chesterton, «el signo de la libertad personal» más heroico que un hombre y una mujer pueden realizar, en medio de una sociedad capitalista. Pero, ¡oh sorpresa!, resulta que estos antinatalistas también justifican su religión erótica afirmando que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Desmontaremos este ridículo sofisma en una entrega próxima.

    https://www.xlsemanal.com/firmas/201...atalistas.html
    Kontrapoder y César Ignacio dieron el Víctor.

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    Re: «Antinatalistas» por Juan Manuel de Prada

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    «Antinatalistas (II)» por Juan Manuel de Prada para la revista «XLSEMANAL».

    ______________________

    Glosábamos en un artículo anterior un excelente reportaje de Irene Hernández Velasco sobre el movimiento antinatalista, en el que entrevistaba a un grupo de personas convencidas de que la especie humana es «algo nefasto» que conviene erradicar. Para camelar a la gente desprevenida, estos antinatalistas afirmaban que «vivimos bajo un capitalismo terrible y despiadado y tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Se trata de un sofisma especialmente irrisorio, pues lo cierto es que el capitalismo ha tenido siempre la obsesión recurrente de disminuir la población; y, puesto a elegir su prototipo de esclavo favorito, ha buscado siempre consumidores sin compromisos familiares, personas ‘solteras’ en el sentido etimológico de la palabra, mucho más permeables a sus mensajes y menos pugnaces en la lucha por sus derechos laborales. Incluso en sus épocas de mayor expansión, el capitalismo siempre ha preferido forzar corrientes migratorias antes que favorecer la natalidad.

    Este designio antinatalista del capitalismo lo hallamos en todas las épocas y circunstancias; es, pues, constitutivo de su esencia. Adam Smith solicitó la prohibición de las ‘Leyes de Pobres’ que, al asegurar subsidios a las familias más necesitadas, favorecían que tuviesen hijos. David Ricardo defendió que los salarios debían tender hacia un nivel que apenas cubriese las «necesidades de subsistencia» de los trabajadores, que de este modo se abstendrían de aumentar su prole. Thomas Malthus, por su parte, afirmó sin ambages que el modelo económico capitalista sólo podría sostenerse si se realizaba un «control preventivo» de la población, para lo que recomendaba que los pobres permaneciesen solteros, o que en todo caso se les obligase a «matrimonios tardíos» (exactamente como ocurre hoy). John Stuart Mill, por su parte, afirmó que la doctrina capitalista sólo se podría afianzar si se lograba que la población trabajadora «restringiese voluntariamente su número».

    Y aquella obsesión antinatalista de los padres del capitalismo se extremó durante los siglos XX y XXI. Thomas Nixon Carver defendió tras el crack de 1929 la necesidad de esterilizar a los «palmariamente ineptos», entendiendo como tales a aquellas personas que no lograban alcanzar un ingreso anual de mil ochocientos dólares (que entonces era la mitad de la población estadounidense). Más tarde, el capitalismo disimularía sus fervores eugenésicos (para que no pudieran emparentarlo con el derrotado nazismo) sustituyéndolos por otras modalidades mucho más eficientes de antinatalismo: fabricación industrial de anticonceptivos, legalización del aborto, exaltación del homosexualismo y demás «políticas de identidad», etcétera. Algunos marxistas clarividentes, como Pier Paolo Pasolini, advirtieron que el capitalismo estaba utilizando la ‘libertad sexual’ –que los ilusos izquierdistas de entonces, como los cínicos izquierdistas de ahora, jaleaban–como instrumento para imponer sus designios. Pero fueron excepciones entre los loritos que repetían, a modo de salmodia lobotomizada –como hacen los antinatalistas del reportaje que comentamos–, que «tener un hijo significa darle un nuevo esclavo al sistema». Si estos antinatalistas no estuviesen cegados por su nihilismo doctrinario (que, en realidad, es el rebozo de su hedonismo egoísta) repararían en que notorios plutócratas y adalides del capitalismo, desde Soros a Gates, gastan ingentes cantidades en promover exactamente lo mismo. Y entonces descubrirían con horror que ellos son los auténticos esclavos del sistema.

    El capitalismo no quiere que la gente tenga hijos por dos razones muy sencillas: cada vez necesita menos mano de obra para garantizar la producción; y la gente sin hijos acepta condiciones laborales más oprobiosas y tienen menos fuelle y redaños en el combate contra la injusticia. Además, para ser sostenible, el capitalismo necesita consumidores que puedan emplear la mayoría de sus ingresos en la adquisición de los chismes superfluos que fabrica. La gente que tiene hijos es menos permeable a los reclamos del consumismo; y exige salarios más altos, para poder alimentar a su prole. Como nos enseñaba Chesterton, «la gente que prefiere los placeres del capitalismo a semejante milagro [tener un hijo] está agotada y esclavizada. Prefiere la escoria antes que la fuente primigenia de la vida. Prefiere la última, torcida, subalterna, copiada, repetida y muerta creación de nuestra agonizante civilización capitalista a la realidad que supone el único rejuvenecimiento verdadero de cualquier civilización. Son ellos los que abrazan las cadenas de la esclavitud».

    https://www.xlsemanal.com/firmas/201...stas-y-ii.html
    César Ignacio dio el Víctor.

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